fuego, el fuego que hacia hervir aquellas carnes; las llamas lamian como
con placer aquellos pies ungidos, y sobre los que se tenía cuidado de
seguir virtiendo aceite.
--¡Salazar! Salazar!--gritaba Rodrigo--no seas cruel, todos sus tesoros
se los ha llevado Cortés á las Hibueras...... déjame, déjame.... te lo
juro!
--Mientes--contestaba Salazar.
Y el tormento seguía, y aquellos pies habían perdido su forma, y en
algunas partes ardían, y levantaban llamas, y se desprendía de ellos un
líquido sangriento, espeso, que caía algunas veces encendido, y la piel
se tostaba, y se levantaba y se arrollaba, y los músculos se retorcían,
y las carnes se hinchaban rápidamente, y se abrasaban produciendo un
ruido débil, pero horroroso.
Después de esto seguían los huesos, que crujian y que estallaban como si
fueran de cristal, y los dedos comenzaron á desprenderse y á caer, como
informes masas, negras, hinchadas, fétidas.
Y todo esto en medio de un humo denso, nauseabundo, y entre los gritos y
los aullidos, y las quejas y las maldiciones del infeliz Rodrigo.
Los pies habían desaparecido; Salazar nada había logrado descubrir.
Rodrigo se desmayó por fin, y cesó el tormento.
La tarde de aquel mismo día, Rodrigo de Paz era sacado de su prisión y
conducido hasta el pie de una horca que había en la plaza.
Rodrigo no podía caminar, porque el fuego le había consumido los pies
hasta los tobillos, y le llevaban entre cuatro hombres.
Al llegar al patíbulo, y en el momento en que el verdugo iba á colocarle
el dogal, Salazar se apareció.
--Aun es tiempo;--le dijo--confiesa y vivirás.
--¿Vivir?--contestó Rodrigo con voz desfallecida y levantando una manta
que cubría sus mutilados pies--¿y para qué quiero vivir así?--y luego,
dirigiéndose á los que le rodeaban, gritó:
--Señores, si algunos de vosotros volvéis á ver á Cortés, decidle que me
perdone, por haber dicho que él se había llevado sus tesoros á las
Hibueras: el dolor del tormento me hizo mentir.
Salazar, enfurecido entonces, hizo á los verdugos una señal; tendióse la
cuerda, crujió el motón, y Rodrigo de Paz quedó suspendido en la horca.
Así murió el primer revolucionario de México, víctima, como todos, de la
ingratitud de los mismos hombres que le debían el poder de que gozaban.
_Vicente Riva Palacio._
LOS DOS ENJAULADOS
I
EL EMISARIO
Era el domingo 28 de enero de 1526.
Las companas de las iglesias y monasterios de la ciudad de México
llamaban á los fieles al sacrificio de la misa, y la multitud se
agrupaba á las puertas de los templos.
Los mexicanos recién convertidos eran los primeros y más solícitos en
acudir á la misa; y era que había castigo de azotes para el que faltase.
Permitirán nuestros lectores que se interrumpa por un momento el hilo de
nuestra comenzada narración, para referir, á propósito de la asistencia
á la misa, una anécdota de la vida de Hernán Cortés.
Luego que se establecieron en México, después de la toma de su capital,
los primeros templos católicos, Hernán Cortés publicó una ordenanza
disponiendo que ninguno fuese osado de no asistir á la santa misa los
domingos y días de fiesta, desde antes del Canon, bajo la pena de
azotes al que á dicha prevención faltase.
Un domingo comenzó la misa, y la gente extrañó que el general no se
hubiera presentado en la iglesia; pero conocida su piedad religiosa y lo
severo de sus ordenanzas, que á nadie exceptuaban, calcularon todos que
enfermo estaría de gravedad.
De repente oyóse un rumor por la puerta de entrada, y todos los rostros
se volvieron para mirar al que tan tarde llegaba exponiéndose así al
castigo, y encontraron con asombro que era el mismo señor Hernando
Cortés que atravesó el gentío y fué á arrodillarse devotamente delante
del altar.
Concluyó la misa, y allí mismo, delante de aquel concurso, Cortés fué
despojado de la ropilla y de la camisa y azotado en las espaldas
desnudas por un sacerdote, conforme á lo dispuesto por su ordenanza.
Conservóse el recuerdo de este suceso notable en una pintura que existió
muchos años en una capilla que estaba situada en el cementerio de
Catedral, y fué ejemplo saludable para todos los habitantes de la
ciudad.
Por eso apenas se escuchaban los primeros tañidos de las campanas, todo
el mundo salia con precipitación de su casa.
En el domingo á que nos referimos había también en México una gran
novedad: el gobernador Gonzalo de Salazar daba un banquete á sus amigos
en una casa de su propiedad en el barrio de San Cosme.
Lucida comitiva acompañaba á Salazar y le cortejaba: damas y caballeros
de la naciente nobleza de México, empleados superiores, caciques amigos,
y detrás de todos, una escolta de más de doscientos hombres de toda su
confianza, perfectamente armados.
Aquella comitiva salió de la casa de Cortés, en donde vivía Salazar, y
se dirigió por la calle ó calzada de Tacuba, para San Cosme; los
transeuntes se detenían para contemplar tanto lujo, y las damas salían á
los balcones para mirar aquel soberbio acompañamiento: eran los primeros
albores de la corte de los virreyes.
En este mismo momento, por otro lado de la ciudad entraba un hombre que
trazas tenía de haber atravesado un largo y difícil camino.
De aquel hombre no podía decirse con seguridad si era un soldado ó un
paisano, porque lo parecía todo, aunque examinando detenidamente su
destrozado traje nada podía inferirse de él.
Sin embargo, en lo que no podía caber duda era en que caminaba de prisa
y procuraba recatarse de las gentes.
Atravesó sin detenerse por las calles de Iztapalapa, como se llamaban
las que hoy son del Rastro, llegó á la plaza mayor y se dirigió sin
vacilar al monasterio de San Francisco.
En estas calles había muy pocos transeuntes, porque todos se habían ido
para la de Tacuba con objeto de ver al gobernador.
El hombre misterioso aprovechó esta circunstancia, apretó el paso y muy
pronto se encontró en el monasterio de San Francisco.
Aquel monasterio parecía una ciudad según el número de personas que
dentro de él estaban.
Chirino y Salazar, apoderados absolutamente del mando después de la
muerte de Rodrigo de Paz, comenzaron á perseguir con tal encarnizamiento
á los amigos de Cortés, que todos ellos no encontraron otro medio de
libertarse que buscar asilo en San Francisco.
Por eso el recién venido se encontraba allí, con aquella gran multitud:
pero sin duda aquel hombre tenía ya conocimiento de lo que ocurría,
porque siguió allí con la misma conducta que en la calle: con nadie se
detuvo ni á nadie habló hasta haber encontrado á Pedro de Paz, hermano
de Rodrigo de Paz.
--Deseo hablar con vuestra merced á solas--dijo el recién llegado.
Pedro de Paz le miró sin poderle reconocer.
--Pero esto ha de ser ahora mismo--continuó el hombre.
Pedro le miró con desconfianza, y luego exclamó como resolviéndose:
--Vamos.
Dos horas después Pedro de Paz refería á algunos de los refugiados de
San Francisco que había llegado Martin Dorantes, lacayo del muy
magnífico señor Hernando Cortés, con cartas de su amo, en las que
destituía á los gobernadores, nombrando en su lugar á Francisco de
Casas.
Mostráronse las cartas, pero durante todo el día aquello permaneció con
el carácter de un secreto, y nada se supo fuera de las tapias del
convento.
II
EL PREGÓN
Llegó la noche, y en el azul purísimo del cielo de México se elevó
majestuosamente la luna, plateando con sus rayos los edificios aztecas
que se demolían para no volverse á reconstruir jamás, y las casas y los
templos que levantaban los conquistadores sobre aquellos escombros.
Porque en aquellos días la Tenoztltlán de Moctezuma desaparecía para dar
lugar á la México de Cortés.
Serían las once de la noche, reinaba en la ciudad el más profundo
silencio; ni un hombre se veía transitar por las calles, parecía que
todos los habitantes dormían el sueño de la muerte; ni un ruido en las
plazas, ni una luz en las ventanas, ni un eco siquiera de esas
canciones ó de esas músicas que se escapan, en las altas horas de la
noche, del interior de las habitaciones en todas las ciudades populosas.
El lánguido rumor del viento entre los pocos árboles que entonces había
en México, y el lejano ladrido de los pocos perros que entonces había,
esto era todo.
Sin embargo, ni en la casa de Hernán Cortés dormía Salazar, ni en el
convento de San Francisco los allí retraidos.
La vida toda de la ciudad parecía haberse concentrado á esos dos
lugares.
En San Francisco se preparaba el ataque; en la casa de Cortés la
defensa.
Los retraidos en San Francisco habían citado al Ayuntamiento, y no
habían conseguido que fuera más que un alcalde y algunos regidores, pero
de la nobleza y los particulares reunieron más de cien personas.
Cortés en su carta nombraba para gobernador á Francisco de Casas; pero
Francisco de Casas no estaba en México, y era urgente proveer á la
necesidad y colocar á otro en su lugar.
Mil arbitrios se propusieron, y no faltó quien llegara á opinar que
podía borrarse el nombre de Casas en la provisión de Cortés y
sustituirle con otro más á propósito.
La incertidumbre seguía, y la noche avanzaba, y todos sabían ya que el
gobernador Salazar algo había maliciado y aprestaba sus tropas para
atacar ó resistirse.
--El tiempo vuela--dijo Jorge de Alvarado--y la indecisión es ahora
nuestro mayor enemigo; resolución, y adelante.
--Y bien, ¿qué hay que hacer?--preguntó Andrés de Tapia que hasta aquel
momento se consideraba como el jefe de los amigos de Cortés perseguidos
por Salazar.
--Ante todo, prender á ese hombre--contestó Alvarado--quitarle el poder,
impedirle que se fortalezca y pueda resistirnos.
--¿Tienes algún plan?
--Sí.
--Pues díle.
--Escuchadme--dijo con solemnidad Alvarado--en este momento no tenemos
aquí más que cien hombres de combate, pero decididos á morir ó á
castigar la perfidia y la tiranía de ese mónstruo: ¿es verdad?
--Sí--contestaron los presentes con una especie de rugido.
--Bien; tú, Andrés de Tapia, ¿tienes en el convento armas y caballos
para estos hombres?
--Y para otros más--contestó Tapia.
--¿Y hasta qué número puedes armar?
--Con lanzas, picas, ballestas, arcabuces y otras armas, hasta
quinientos.
--Con quinientos hombres resueltos me comprometo á batir á Salazar.
--Es que cuenta, según sabemos, con mil castellanos.
--Y nosotros con la justicia de nuestra causa, que vale por un ejército:
quinientos hombres me bastan.
--Pero aunque hay armas, faltan brazos que las esgriman.
--Dios nos ayudará; dispón que me sigan en este momento treinta jinetes
escogidos.
--¿Qué piensas hacer?
--Ya lo verás: yo saldré con esos treinta jinetes; tú entretanto te
pones en son de defensa con el resto de la gente, por si Salazar
intentase algo contra el convento: fía en Dios, y mañana á la madrugada,
armas serán las que falten para darlas á nuestros partidarios.
Andrés de Tapia salió de la estancia en que hablaban, y media hora
después volvió diciendo á Jorge de Alvarado:
--Los jinetes están listos.
Alvarado estrechó la mano de sus amigos, montó en un soberbio caballo
que un escudero tenía de la brida en el patio del convento, y salió á la
calle, en donde esperaba encontrar á los que acompañarle debían.
En efecto, allí estaban. La luz de la luna reflejaba sobre las
brillantes armaduras de treinta jinetes que como estatuas de hierro
aguardaban inmóviles las órdenes de su capitán.
Seguía reinando en la ciudad el silencio más profundo, y de repente el
tropel de la caballería, y gritos y pregones inusitados despertaron á
los habitantes, y las ventanas y las puertas se abrieron casi
simultáneamente y se llenaron de gente ansiosa de conocer la novedad.
Aquel extraño rumor lo causaban Jorge de Alvarado y los suyos que
recorrían las calles de la ciudad pregonando: «que los que quisiesen
servir al rey acudiesen inmediatamente á San Francisco, en donde les
mostrarían cartas del Sr. Hernán Cortés.»
Pesaba tanto sobre la ciudad la tiranía de Salazar y de Chirino, y tanto
se había sentido la fatal noticia de la muerte de Cortés, que aquel
pregón causó una verdadera alegría, y en muy poco tiempo toda la ciudad
se puso en movimiento.
Los mozos se reunieron inmediatamente á Jorge de Alvarado, los hombres
se dirigieron luego á San Francisco, y las mujeres y los ancianos
quedaron en guarda de las casas y rogando á Dios por los suyos.
Cuando la aurora hizo palidecer la luz de la luna, Alvarado había
cumplido su promesa.
Faltaban armas á Tapia y le sobraban combatientes.
III
LA ARREMETIDA
Mil castellanos y doce piezas de artillería eran la defensa de la casa
de Hernán Cortés, en la cual se había encerrado el gobernador Gonzalo de
Salazar.
En cuanto á su compañero Peralmindes Chirino, había salido de México
hacía ya algún tiempo, á sofocar una sublevación de los naturales de
Oaxaca, que se habían levantado y dado muerte á cincuenta españoles y á
diez mil esclavos que trabajaban allí en las minas.
Peralmindes Chirino, que era, á lo que parece, tan mal gobernante como
inepto general, salió burlado en aquella empresa, porque rodeados los
enemigos en un gran peñón adonde se habían refugiado, escaparon durante
la noche con todos sus tesoros, con mengua de la vigilancia de
Peralmindes.
Por esta causa Salazar se encontraba solo en México la noche en que los
amigos de Cortés determinaron atacarle.
Las noticias de cuanto pasaba en las calles y en San Francisco le
llegaban á Salazar por momentos; podía haber salido con sus tropas en
busca de sus enemigos y haberlos derrotado, porque eran aquellos
inferiores en número y no contaban con artillería; pero nada hay tan
tímido como una conciencia manchada.
Salazar revisaba personalmente la artillería, las avanzadas y las tropas
de combate y las reservas, animaba á los soldados y á los capitanes, y
procuraba infundirles el odio y el rencor de que estaba poseído.
En la mañana, un hombre que llegaba del rumbo de San Francisco se acercó
á Salazar.
--Señor--le dijo--el enemigo se pone en movimiento.
--¿Y crees tú que se atreverán á atacarme?
--Tal creo, señor, porque reina entre ellos el mayor entusiasmo: han
nombrado por capitanes á Jorge Alvarado, Alvaro Saavedra y Andrés de
Tapia, y han sido electos gobernadores interinos Alonso de Estrada y
Rodrigo de Albornoz.
--¡Miserables! ¿Y cuánta gente tienen?
--Gran número de plebe, pero sólo quinientos hombres listos para el
combate.
--¡Que vengan!--dijo Salazar sonriéndose y dirigiendo una mirada de
satisfacción á sus tropas y á sus cañones.
--¡A las armas! ¡á las armas!--gritó á ese tiempo uno de los
centinelas--¡el enemigo!
--¡A las armas!--repitieron todos, y como estaban prevenidos, en un
momento se coronaron las azoteas de gente, y los artilleros, con los
mecheros encendidos, se colocaron al lado de los cañones.
En efecto, por las calles del monasterio de San Francisco caminaba con
dirección á la plaza mayor una columna á la cabeza de la cual iba Andrés
de Tapia.
Salazar hizo salir á la calle y formar enfrente de la casa de Cortés
gran parte de sus tropas y de su artillería.
La columna de los sublevados se detuvo antes de desembocar á la plaza, y
allí se adelantó gallardamente Tapia hasta ponerse á la habla con
Salazar.
--Señor factor y vosotros los que con él estáis--gritó esforzando su
robusta voz.--Sed testigos de que deseo la paz; me habéis perseguido,
pero estoy sin pasión: vos, factor, habéis dicho y á mí me dijísteis,
que teníades orden del consejo del rey para matar ó prender al
gobernador D. Hernando Cortés: mostrad esa instrucción, y os seguiremos;
si no la hay, ¿para qué tenéis engañada tanta gente? Y vosotros,
señores, pues habéis servido al rey, dad agora ocasión á vuestros
amigos, que roguemos al gobernador interceda con el rey para que os haga
merced, antes que él venga y os haga cuartos.
--Tal instrucción del rey no tengo, ni á vos la mostraría--contestó
Salazar con orgullo--más cuanto hago, bueno está, y antes moriré ó
saldré con ello.
Tapia escuchó con asombro aquella insolente respuesta, y sin reflexionar
en lo que hacía, dando espuelas á su caballo se lanzó sobre Salazar
gritando:
--Caballeros, prendedle, si no queréis ser traidores.
--¡Calla, ó doy fuego!--exclamó Salazar arrebatando un mechero y
precipitándose sobre un cañón.
--Retirémonos á la casa, señor,--gritó en este momento el jefe de la
artillería Don Luis de Guzmán, tomando á Salazar de un brazo--el enemigo
nos ataca por la retaguardia.
Salazar volvió el rostro con espanto, y en efecto, por la calle de
Tacuba desembocaba otra columna.
--¡A la casa!--gritó Salazar retirándose el primero.
Entonces hubo una terrible confusión: los soldados, imitando á sus
jefes, procuraron refugiarse dentro del edificio; pero el terror que se
había apoderado de ellos era tan grande, que los primeros que
penetraron, creyendo que tenían muy cerca al enemigo, cerraron las
puertas dejando á los demás afuera.
Lo que era natural sucedió entonces: los que habían quedado fuera
comenzaron á gritar: «Viva Cortés,» y se unieron á los asaltantes.
Desde este momento la derrota de Salazar fué inevitable.
Reunióse luego el Ayuntamiento, pregonáronse los nombramientos de
Estrada y Albornoz y la destitución de Salazar y Chirino.
Pero Salazar no se rendía, y sus soldados comenzaron á hacer fuego sobre
los que pasaban acompañando á Tapia que publicaba aquellos
nombramientos.
--¡Santiago y cierra España!--gritó Tapia arremetiendo á la casa.
El grito de guerra fué repetido, y comenzó el asalto.
Tapia cayó herido de una pedrada en la cabeza, pero en un momento sus
soldados derribaron las puertas y entraron á la casa.
Jorge Alvarado fué el primero que encontró á Salazar y le aprehendió;
pero apenas se supo que estaba preso, cuando toda la gente se lanzó
sobre él para asesinarle.
Apenas Alvarado podía defenderle; pero llegaron en su auxilio el mismo
Tapia, Saavedra y muchos de sus amigos, y con gran esfuerzo lograron
salvarle, haciéndole salir por una puerta excusada.
IV
LAS FIERAS
Hombres, mujeres, muchachos y viejos, todos salían á las ventanas y
corrían por las calles con gran alborozo para contemplar una extraña
procesión.
En medio de un grupo de soldados, entre la burla y la rechifla del
populacho, caminaba un hombre á quien llevaban casi arrastrando de una
gruesa cadena que tenía atada al cuello.
Aquel hombre, á quien agobiaban más que el peso de su cadena los
insultos de la multitud, era Gonzalo de Salazar.
Los ancianos le ponían como ejemplo de la vanidad de las glorias
humanas; las mujeres le compadecían, pero no deseaban su libertad; los
hombres se reían de él, y los muchachos le arrojaban lodo y cáscaras de
fruta á la cara.
Aquel hombre, ó más bien dicho, aquella fiera sombría y silenciosa, fué
paseada así largo tiempo por todas las calles de la ciudad.
Llegó después el caso de ponerle en una prisión, pero ninguna se
consideró bastante estrecha, ni nadie quiso recibir en su casa á aquel
_excomulgado_.
--Haremos una jaula--dijo el carpintero Hernando de Torres que se
encontraba allí.
--Sí, una jaula--dijeron todos.
Hernando de Torres salió y comenzó á trabajar con una actividad
increíble, ayudado de muchos.
Cuatro horas después, frente al palacio de Cortés, había ya dos fuertes
jaulas formadas de vigas.
--¿Para quién es esa otra?--preguntó Tapia mostrando la jaula que estaba
cerca de la de Salazar.
--Para Chirino, que viene en auxilio de su compañero--contestó Hernando
de Torres.
--Tienes razón.
Salazar quedó encerrado en su jaula, y atado en ella del cuello con una
cadena.
Todos los días los muchachos rodeaban aquella jaula, y se divertían en
arrojar piedras y cieno á Salazar.
Muy pronto Chirino, hecho prisionero por Tapia, vino á ocupar el puesto
que se le había destinado, y comenzó para aquellos monstruos la época de
la expiación.
Sin embargo, no les faltaron amigos que pretendiesen libertarlos, y se
formó para ello un complot, y los conjurados intentaron cohechar á los
guardianes y abrir las jaulas con llaves falsas.
Descubrióse la conspiración, y un Escobar que hacía cabeza en ella fué
ahorcado, y á sus cómplices se les cortaron las manos y los pies.
Salazar y Chirino, como dos fieras encadenadas y enjauladas, quedaron
allí sin esperanza de libertad en mucho tiempo.
V
DOS GOTAS EN EL MAR
Cortés volvió á México al saber cuanto ocurría en la ciudad, pero sus
enemigos no dejaban de trabajar contra él en la corte, y así es que no
quiso volver á recibirse del gobierno; y después de mil peripecias,
Alonso de Estrada fué reconocido como gobernador.
Entonces Salazar fué sacado de la jaula, y esto aconteció en Agosto de
1527.
Su prisión había comenzado en Enero de 1526: cerca de veinte meses
estuvo encadenado y enjaulado.
Chirino había sido puesto en libertad un poco antes.
Salazar quedó aún en la Nueva España intrigando con los visitadores y
gobernadores que el rey enviaba.
Pasó después á España, donde se le confió el mando de una flota que
venía á México, en compañía de la armada que mandaba D. Hernando de
Soto; pero al salir de Cuba, Salazar desobedeció á Soto, y en poco
estuvo que Soto no le hubiese ahorcado.
Desde entonces los nombres de Salazar y de Chirino se pierden en la
oscuridad, y desaparecen como dos gotas de agua que caen en el mar.
Sin embargo, algunos dicen que Chirino murió á manos de los indios en
Jalisco.
Tal fué la suerte de los primeros tiranos que tuvo México después de la
conquista.
_Vicente Riva Palacio._
LA SEVILLANA
I
LA TEMPESTAD
En una hermosa tarde del mes de Octubre del año de 1550, una barca
pequeña se desprendió del embarcadero de Veracruz y se hizo mar afuera.
Iban en ella dos bogas, un viejo piloto manejando el timón, y un grueso
personaje vestido con un largo gabán ó pellica oscura, y un sombrerillo
arriscado sin plumaje alguno, al estilo de los que usaban los que no se
consideraban como hijodalgos. Cuando hubieron pasado los arrecifes, el
piloto hizo señal á los remeros de que bogaran más despacio, y se
dirigió al hombre gordo.
--¿Piensa vuesa merced que en esta cáscara de nuez lleguemos á Cádiz ó
al Puerto de Palos?
--Yo te lo diré, Antón, antes de cinco minutos. El hombre gordo se puso
en pie, sacó de un estuche de baqueta un anteojo, lo graduó á su vista y
se puso á registrar el horizonte. A los cinco minutos justos se volvió
á sentar en la barca y le dijo al piloto:--Adelante, Antón, porque no
tardaremos media hora en descubrir los palos de la Covadonga.
--¿Qué horas son?--preguntó el piloto.
--Las cinco,--contestó el hombre gordo alzando la vista al sol.
--Pues á las seis ó á las seis y media tendremos una tempestad.
La mar estaba tranquila, el sol brillante; de vez en cuando se sentía un
viento caliente como si viniese del desierto de Africa, y en el
horizonte se aglomeraban algunas nubes de formas caprichosas. Los bogas
volvieron á tomar aliento, y la barca volaba como un alción en la
superficie de las aguas.
Después de un cuarto de hora el hombre gordo volvió á ponerse en pie, á
tomar su anteojo y á registrar el horizonte; y volviéndose después al
piloto le dijo:
--Creo haber descubierto en el horizonte alguna cosa como un palo, pero
tan delgado que más bien parece una espiga de trigo. ¿Qué dices, Antón?
--Digo, mi señor D. Jerónimo, que lo que vuesa merced ve con el anteojo,
lo he visto yo con mi vista natural. O la Covadonga está ya subiendo la
última escalera de las aguas, ó yo no me llamo Antón de Peralta: pero
antes que nosotros lleguemos á la Covadonga, y la Covadonga al puerto,
ya soplará recio y muy dichosos seremos si Dios y sus santos nos dejan
llegar á los arrecifes.
--¿Y en qué te fundas para tan triste pronóstico?
--Conozco mucho estos mares, y nunca he visto en el horizonte rayas
amarillas, sin que á poco no haya soplado lo que se llama entre nosotros
borrasca desecha. Mirad.
El hombre gordo miró con cuidado el horizonte. Las nubes de un amarillo
opaco y triste como el fuego cuando va perdiendo su color rojizo con la
luz del sol, formaban unas rayas uniformes y que parecían, más bien que
naturales, formadas ó arregladas de intento. Las ráfagas de viento
caliente se hacían sentir con más frecuencia, y de vez en cuando se oía
un ruido como si fuese el lejano disparo de un cañón.