Entonces siguió aquella espantosa operación; tras el aceite vino el

fuego, el fuego que hacia hervir aquellas carnes; las llamas lamian como

con placer aquellos pies ungidos, y sobre los que se tenía cuidado de

seguir virtiendo aceite.

--¡Salazar! Salazar!--gritaba Rodrigo--no seas cruel, todos sus tesoros

se los ha llevado Cortés á las Hibueras...... déjame, déjame.... te lo

juro!

--Mientes--contestaba Salazar.

Y el tormento seguía, y aquellos pies habían perdido su forma, y en

algunas partes ardían, y levantaban llamas, y se desprendía de ellos un

líquido sangriento, espeso, que caía algunas veces encendido, y la piel

se tostaba, y se levantaba y se arrollaba, y los músculos se retorcían,

y las carnes se hinchaban rápidamente, y se abrasaban produciendo un

ruido débil, pero horroroso.

Después de esto seguían los huesos, que crujian y que estallaban como si

fueran de cristal, y los dedos comenzaron á desprenderse y á caer, como

informes masas, negras, hinchadas, fétidas.

Y todo esto en medio de un humo denso, nauseabundo, y entre los gritos y

los aullidos, y las quejas y las maldiciones del infeliz Rodrigo.

Los pies habían desaparecido; Salazar nada había logrado descubrir.

Rodrigo se desmayó por fin, y cesó el tormento.

La tarde de aquel mismo día, Rodrigo de Paz era sacado de su prisión y

conducido hasta el pie de una horca que había en la plaza.

Rodrigo no podía caminar, porque el fuego le había consumido los pies

hasta los tobillos, y le llevaban entre cuatro hombres.

Al llegar al patíbulo, y en el momento en que el verdugo iba á colocarle

el dogal, Salazar se apareció.

--Aun es tiempo;--le dijo--confiesa y vivirás.

--¿Vivir?--contestó Rodrigo con voz desfallecida y levantando una manta

que cubría sus mutilados pies--¿y para qué quiero vivir así?--y luego,

dirigiéndose á los que le rodeaban, gritó:

--Señores, si algunos de vosotros volvéis á ver á Cortés, decidle que me

perdone, por haber dicho que él se había llevado sus tesoros á las

Hibueras: el dolor del tormento me hizo mentir.

Salazar, enfurecido entonces, hizo á los verdugos una señal; tendióse la

cuerda, crujió el motón, y Rodrigo de Paz quedó suspendido en la horca.

Así murió el primer revolucionario de México, víctima, como todos, de la

ingratitud de los mismos hombres que le debían el poder de que gozaban.

_Vicente Riva Palacio._

LOS DOS ENJAULADOS

I

EL EMISARIO

Era el domingo 28 de enero de 1526.

Las companas de las iglesias y monasterios de la ciudad de México

llamaban á los fieles al sacrificio de la misa, y la multitud se

agrupaba á las puertas de los templos.

Los mexicanos recién convertidos eran los primeros y más solícitos en

acudir á la misa; y era que había castigo de azotes para el que faltase.

Permitirán nuestros lectores que se interrumpa por un momento el hilo de

nuestra comenzada narración, para referir, á propósito de la asistencia

á la misa, una anécdota de la vida de Hernán Cortés.

Luego que se establecieron en México, después de la toma de su capital,

los primeros templos católicos, Hernán Cortés publicó una ordenanza

disponiendo que ninguno fuese osado de no asistir á la santa misa los

domingos y días de fiesta, desde antes del Canon, bajo la pena de

azotes al que á dicha prevención faltase.

Un domingo comenzó la misa, y la gente extrañó que el general no se

hubiera presentado en la iglesia; pero conocida su piedad religiosa y lo

severo de sus ordenanzas, que á nadie exceptuaban, calcularon todos que

enfermo estaría de gravedad.

De repente oyóse un rumor por la puerta de entrada, y todos los rostros

se volvieron para mirar al que tan tarde llegaba exponiéndose así al

castigo, y encontraron con asombro que era el mismo señor Hernando

Cortés que atravesó el gentío y fué á arrodillarse devotamente delante

del altar.

Concluyó la misa, y allí mismo, delante de aquel concurso, Cortés fué

despojado de la ropilla y de la camisa y azotado en las espaldas

desnudas por un sacerdote, conforme á lo dispuesto por su ordenanza.

Conservóse el recuerdo de este suceso notable en una pintura que existió

muchos años en una capilla que estaba situada en el cementerio de

Catedral, y fué ejemplo saludable para todos los habitantes de la

ciudad.

Por eso apenas se escuchaban los primeros tañidos de las campanas, todo

el mundo salia con precipitación de su casa.

En el domingo á que nos referimos había también en México una gran

novedad: el gobernador Gonzalo de Salazar daba un banquete á sus amigos

en una casa de su propiedad en el barrio de San Cosme.

Lucida comitiva acompañaba á Salazar y le cortejaba: damas y caballeros

de la naciente nobleza de México, empleados superiores, caciques amigos,

y detrás de todos, una escolta de más de doscientos hombres de toda su

confianza, perfectamente armados.

Aquella comitiva salió de la casa de Cortés, en donde vivía Salazar, y

se dirigió por la calle ó calzada de Tacuba, para San Cosme; los

transeuntes se detenían para contemplar tanto lujo, y las damas salían á

los balcones para mirar aquel soberbio acompañamiento: eran los primeros

albores de la corte de los virreyes.

En este mismo momento, por otro lado de la ciudad entraba un hombre que

trazas tenía de haber atravesado un largo y difícil camino.

De aquel hombre no podía decirse con seguridad si era un soldado ó un

paisano, porque lo parecía todo, aunque examinando detenidamente su

destrozado traje nada podía inferirse de él.

Sin embargo, en lo que no podía caber duda era en que caminaba de prisa

y procuraba recatarse de las gentes.

Atravesó sin detenerse por las calles de Iztapalapa, como se llamaban

las que hoy son del Rastro, llegó á la plaza mayor y se dirigió sin

vacilar al monasterio de San Francisco.

En estas calles había muy pocos transeuntes, porque todos se habían ido

para la de Tacuba con objeto de ver al gobernador.

El hombre misterioso aprovechó esta circunstancia, apretó el paso y muy

pronto se encontró en el monasterio de San Francisco.

Aquel monasterio parecía una ciudad según el número de personas que

dentro de él estaban.

Chirino y Salazar, apoderados absolutamente del mando después de la

muerte de Rodrigo de Paz, comenzaron á perseguir con tal encarnizamiento

á los amigos de Cortés, que todos ellos no encontraron otro medio de

libertarse que buscar asilo en San Francisco.

Por eso el recién venido se encontraba allí, con aquella gran multitud:

pero sin duda aquel hombre tenía ya conocimiento de lo que ocurría,

porque siguió allí con la misma conducta que en la calle: con nadie se

detuvo ni á nadie habló hasta haber encontrado á Pedro de Paz, hermano

de Rodrigo de Paz.

--Deseo hablar con vuestra merced á solas--dijo el recién llegado.

Pedro de Paz le miró sin poderle reconocer.

--Pero esto ha de ser ahora mismo--continuó el hombre.

Pedro le miró con desconfianza, y luego exclamó como resolviéndose:

--Vamos.

Dos horas después Pedro de Paz refería á algunos de los refugiados de

San Francisco que había llegado Martin Dorantes, lacayo del muy

magnífico señor Hernando Cortés, con cartas de su amo, en las que

destituía á los gobernadores, nombrando en su lugar á Francisco de

Casas.

Mostráronse las cartas, pero durante todo el día aquello permaneció con

el carácter de un secreto, y nada se supo fuera de las tapias del

convento.

II

EL PREGÓN

Llegó la noche, y en el azul purísimo del cielo de México se elevó

majestuosamente la luna, plateando con sus rayos los edificios aztecas

que se demolían para no volverse á reconstruir jamás, y las casas y los

templos que levantaban los conquistadores sobre aquellos escombros.

Porque en aquellos días la Tenoztltlán de Moctezuma desaparecía para dar

lugar á la México de Cortés.

Serían las once de la noche, reinaba en la ciudad el más profundo

silencio; ni un hombre se veía transitar por las calles, parecía que

todos los habitantes dormían el sueño de la muerte; ni un ruido en las

plazas, ni una luz en las ventanas, ni un eco siquiera de esas

canciones ó de esas músicas que se escapan, en las altas horas de la

noche, del interior de las habitaciones en todas las ciudades populosas.

El lánguido rumor del viento entre los pocos árboles que entonces había

en México, y el lejano ladrido de los pocos perros que entonces había,

esto era todo.

Sin embargo, ni en la casa de Hernán Cortés dormía Salazar, ni en el

convento de San Francisco los allí retraidos.

La vida toda de la ciudad parecía haberse concentrado á esos dos

lugares.

En San Francisco se preparaba el ataque; en la casa de Cortés la

defensa.

Los retraidos en San Francisco habían citado al Ayuntamiento, y no

habían conseguido que fuera más que un alcalde y algunos regidores, pero

de la nobleza y los particulares reunieron más de cien personas.

Cortés en su carta nombraba para gobernador á Francisco de Casas; pero

Francisco de Casas no estaba en México, y era urgente proveer á la

necesidad y colocar á otro en su lugar.

Mil arbitrios se propusieron, y no faltó quien llegara á opinar que

podía borrarse el nombre de Casas en la provisión de Cortés y

sustituirle con otro más á propósito.

La incertidumbre seguía, y la noche avanzaba, y todos sabían ya que el

gobernador Salazar algo había maliciado y aprestaba sus tropas para

atacar ó resistirse.

--El tiempo vuela--dijo Jorge de Alvarado--y la indecisión es ahora

nuestro mayor enemigo; resolución, y adelante.

--Y bien, ¿qué hay que hacer?--preguntó Andrés de Tapia que hasta aquel

momento se consideraba como el jefe de los amigos de Cortés perseguidos

por Salazar.

--Ante todo, prender á ese hombre--contestó Alvarado--quitarle el poder,

impedirle que se fortalezca y pueda resistirnos.

--¿Tienes algún plan?

--Sí.

--Pues díle.

--Escuchadme--dijo con solemnidad Alvarado--en este momento no tenemos

aquí más que cien hombres de combate, pero decididos á morir ó á

castigar la perfidia y la tiranía de ese mónstruo: ¿es verdad?

--Sí--contestaron los presentes con una especie de rugido.

--Bien; tú, Andrés de Tapia, ¿tienes en el convento armas y caballos

para estos hombres?

--Y para otros más--contestó Tapia.

--¿Y hasta qué número puedes armar?

--Con lanzas, picas, ballestas, arcabuces y otras armas, hasta

quinientos.

--Con quinientos hombres resueltos me comprometo á batir á Salazar.

--Es que cuenta, según sabemos, con mil castellanos.

--Y nosotros con la justicia de nuestra causa, que vale por un ejército:

quinientos hombres me bastan.

--Pero aunque hay armas, faltan brazos que las esgriman.

--Dios nos ayudará; dispón que me sigan en este momento treinta jinetes

escogidos.

--¿Qué piensas hacer?

--Ya lo verás: yo saldré con esos treinta jinetes; tú entretanto te

pones en son de defensa con el resto de la gente, por si Salazar

intentase algo contra el convento: fía en Dios, y mañana á la madrugada,

armas serán las que falten para darlas á nuestros partidarios.

Andrés de Tapia salió de la estancia en que hablaban, y media hora

después volvió diciendo á Jorge de Alvarado:

--Los jinetes están listos.

Alvarado estrechó la mano de sus amigos, montó en un soberbio caballo

que un escudero tenía de la brida en el patio del convento, y salió á la

calle, en donde esperaba encontrar á los que acompañarle debían.

En efecto, allí estaban. La luz de la luna reflejaba sobre las

brillantes armaduras de treinta jinetes que como estatuas de hierro

aguardaban inmóviles las órdenes de su capitán.

Seguía reinando en la ciudad el silencio más profundo, y de repente el

tropel de la caballería, y gritos y pregones inusitados despertaron á

los habitantes, y las ventanas y las puertas se abrieron casi

simultáneamente y se llenaron de gente ansiosa de conocer la novedad.

Aquel extraño rumor lo causaban Jorge de Alvarado y los suyos que

recorrían las calles de la ciudad pregonando: «que los que quisiesen

servir al rey acudiesen inmediatamente á San Francisco, en donde les

mostrarían cartas del Sr. Hernán Cortés.»

Pesaba tanto sobre la ciudad la tiranía de Salazar y de Chirino, y tanto

se había sentido la fatal noticia de la muerte de Cortés, que aquel

pregón causó una verdadera alegría, y en muy poco tiempo toda la ciudad

se puso en movimiento.

Los mozos se reunieron inmediatamente á Jorge de Alvarado, los hombres

se dirigieron luego á San Francisco, y las mujeres y los ancianos

quedaron en guarda de las casas y rogando á Dios por los suyos.

Cuando la aurora hizo palidecer la luz de la luna, Alvarado había

cumplido su promesa.

Faltaban armas á Tapia y le sobraban combatientes.

III

LA ARREMETIDA

Mil castellanos y doce piezas de artillería eran la defensa de la casa

de Hernán Cortés, en la cual se había encerrado el gobernador Gonzalo de

Salazar.

En cuanto á su compañero Peralmindes Chirino, había salido de México

hacía ya algún tiempo, á sofocar una sublevación de los naturales de

Oaxaca, que se habían levantado y dado muerte á cincuenta españoles y á

diez mil esclavos que trabajaban allí en las minas.

Peralmindes Chirino, que era, á lo que parece, tan mal gobernante como

inepto general, salió burlado en aquella empresa, porque rodeados los

enemigos en un gran peñón adonde se habían refugiado, escaparon durante

la noche con todos sus tesoros, con mengua de la vigilancia de

Peralmindes.

Por esta causa Salazar se encontraba solo en México la noche en que los

amigos de Cortés determinaron atacarle.

Las noticias de cuanto pasaba en las calles y en San Francisco le

llegaban á Salazar por momentos; podía haber salido con sus tropas en

busca de sus enemigos y haberlos derrotado, porque eran aquellos

inferiores en número y no contaban con artillería; pero nada hay tan

tímido como una conciencia manchada.

Salazar revisaba personalmente la artillería, las avanzadas y las tropas

de combate y las reservas, animaba á los soldados y á los capitanes, y

procuraba infundirles el odio y el rencor de que estaba poseído.

En la mañana, un hombre que llegaba del rumbo de San Francisco se acercó

á Salazar.

--Señor--le dijo--el enemigo se pone en movimiento.

--¿Y crees tú que se atreverán á atacarme?

--Tal creo, señor, porque reina entre ellos el mayor entusiasmo: han

nombrado por capitanes á Jorge Alvarado, Alvaro Saavedra y Andrés de

Tapia, y han sido electos gobernadores interinos Alonso de Estrada y

Rodrigo de Albornoz.

--¡Miserables! ¿Y cuánta gente tienen?

--Gran número de plebe, pero sólo quinientos hombres listos para el

combate.

--¡Que vengan!--dijo Salazar sonriéndose y dirigiendo una mirada de

satisfacción á sus tropas y á sus cañones.

--¡A las armas! ¡á las armas!--gritó á ese tiempo uno de los

centinelas--¡el enemigo!

--¡A las armas!--repitieron todos, y como estaban prevenidos, en un

momento se coronaron las azoteas de gente, y los artilleros, con los

mecheros encendidos, se colocaron al lado de los cañones.

En efecto, por las calles del monasterio de San Francisco caminaba con

dirección á la plaza mayor una columna á la cabeza de la cual iba Andrés

de Tapia.

Salazar hizo salir á la calle y formar enfrente de la casa de Cortés

gran parte de sus tropas y de su artillería.

La columna de los sublevados se detuvo antes de desembocar á la plaza, y

allí se adelantó gallardamente Tapia hasta ponerse á la habla con

Salazar.

--Señor factor y vosotros los que con él estáis--gritó esforzando su

robusta voz.--Sed testigos de que deseo la paz; me habéis perseguido,

pero estoy sin pasión: vos, factor, habéis dicho y á mí me dijísteis,

que teníades orden del consejo del rey para matar ó prender al

gobernador D. Hernando Cortés: mostrad esa instrucción, y os seguiremos;

si no la hay, ¿para qué tenéis engañada tanta gente? Y vosotros,

señores, pues habéis servido al rey, dad agora ocasión á vuestros

amigos, que roguemos al gobernador interceda con el rey para que os haga

merced, antes que él venga y os haga cuartos.

--Tal instrucción del rey no tengo, ni á vos la mostraría--contestó

Salazar con orgullo--más cuanto hago, bueno está, y antes moriré ó

saldré con ello.

Tapia escuchó con asombro aquella insolente respuesta, y sin reflexionar

en lo que hacía, dando espuelas á su caballo se lanzó sobre Salazar

gritando:

--Caballeros, prendedle, si no queréis ser traidores.

--¡Calla, ó doy fuego!--exclamó Salazar arrebatando un mechero y

precipitándose sobre un cañón.

--Retirémonos á la casa, señor,--gritó en este momento el jefe de la

artillería Don Luis de Guzmán, tomando á Salazar de un brazo--el enemigo

nos ataca por la retaguardia.

Salazar volvió el rostro con espanto, y en efecto, por la calle de

Tacuba desembocaba otra columna.

--¡A la casa!--gritó Salazar retirándose el primero.

Entonces hubo una terrible confusión: los soldados, imitando á sus

jefes, procuraron refugiarse dentro del edificio; pero el terror que se

había apoderado de ellos era tan grande, que los primeros que

penetraron, creyendo que tenían muy cerca al enemigo, cerraron las

puertas dejando á los demás afuera.

Lo que era natural sucedió entonces: los que habían quedado fuera

comenzaron á gritar: «Viva Cortés,» y se unieron á los asaltantes.

Desde este momento la derrota de Salazar fué inevitable.

Reunióse luego el Ayuntamiento, pregonáronse los nombramientos de

Estrada y Albornoz y la destitución de Salazar y Chirino.

Pero Salazar no se rendía, y sus soldados comenzaron á hacer fuego sobre

los que pasaban acompañando á Tapia que publicaba aquellos

nombramientos.

--¡Santiago y cierra España!--gritó Tapia arremetiendo á la casa.

El grito de guerra fué repetido, y comenzó el asalto.

Tapia cayó herido de una pedrada en la cabeza, pero en un momento sus

soldados derribaron las puertas y entraron á la casa.

Jorge Alvarado fué el primero que encontró á Salazar y le aprehendió;

pero apenas se supo que estaba preso, cuando toda la gente se lanzó

sobre él para asesinarle.

Apenas Alvarado podía defenderle; pero llegaron en su auxilio el mismo

Tapia, Saavedra y muchos de sus amigos, y con gran esfuerzo lograron

salvarle, haciéndole salir por una puerta excusada.

IV

LAS FIERAS

Hombres, mujeres, muchachos y viejos, todos salían á las ventanas y

corrían por las calles con gran alborozo para contemplar una extraña

procesión.

En medio de un grupo de soldados, entre la burla y la rechifla del

populacho, caminaba un hombre á quien llevaban casi arrastrando de una

gruesa cadena que tenía atada al cuello.

Aquel hombre, á quien agobiaban más que el peso de su cadena los

insultos de la multitud, era Gonzalo de Salazar.

Los ancianos le ponían como ejemplo de la vanidad de las glorias

humanas; las mujeres le compadecían, pero no deseaban su libertad; los

hombres se reían de él, y los muchachos le arrojaban lodo y cáscaras de

fruta á la cara.

Aquel hombre, ó más bien dicho, aquella fiera sombría y silenciosa, fué

paseada así largo tiempo por todas las calles de la ciudad.

Llegó después el caso de ponerle en una prisión, pero ninguna se

consideró bastante estrecha, ni nadie quiso recibir en su casa á aquel

_excomulgado_.

--Haremos una jaula--dijo el carpintero Hernando de Torres que se

encontraba allí.

--Sí, una jaula--dijeron todos.

Hernando de Torres salió y comenzó á trabajar con una actividad

increíble, ayudado de muchos.

Cuatro horas después, frente al palacio de Cortés, había ya dos fuertes

jaulas formadas de vigas.

--¿Para quién es esa otra?--preguntó Tapia mostrando la jaula que estaba

cerca de la de Salazar.

--Para Chirino, que viene en auxilio de su compañero--contestó Hernando

de Torres.

--Tienes razón.

Salazar quedó encerrado en su jaula, y atado en ella del cuello con una

cadena.

Todos los días los muchachos rodeaban aquella jaula, y se divertían en

arrojar piedras y cieno á Salazar.

Muy pronto Chirino, hecho prisionero por Tapia, vino á ocupar el puesto

que se le había destinado, y comenzó para aquellos monstruos la época de

la expiación.

Sin embargo, no les faltaron amigos que pretendiesen libertarlos, y se

formó para ello un complot, y los conjurados intentaron cohechar á los

guardianes y abrir las jaulas con llaves falsas.

Descubrióse la conspiración, y un Escobar que hacía cabeza en ella fué

ahorcado, y á sus cómplices se les cortaron las manos y los pies.

Salazar y Chirino, como dos fieras encadenadas y enjauladas, quedaron

allí sin esperanza de libertad en mucho tiempo.

V

DOS GOTAS EN EL MAR

Cortés volvió á México al saber cuanto ocurría en la ciudad, pero sus

enemigos no dejaban de trabajar contra él en la corte, y así es que no

quiso volver á recibirse del gobierno; y después de mil peripecias,

Alonso de Estrada fué reconocido como gobernador.

Entonces Salazar fué sacado de la jaula, y esto aconteció en Agosto de

1527.

Su prisión había comenzado en Enero de 1526: cerca de veinte meses

estuvo encadenado y enjaulado.

Chirino había sido puesto en libertad un poco antes.

Salazar quedó aún en la Nueva España intrigando con los visitadores y

gobernadores que el rey enviaba.

Pasó después á España, donde se le confió el mando de una flota que

venía á México, en compañía de la armada que mandaba D. Hernando de

Soto; pero al salir de Cuba, Salazar desobedeció á Soto, y en poco

estuvo que Soto no le hubiese ahorcado.

Desde entonces los nombres de Salazar y de Chirino se pierden en la

oscuridad, y desaparecen como dos gotas de agua que caen en el mar.

Sin embargo, algunos dicen que Chirino murió á manos de los indios en

Jalisco.

Tal fué la suerte de los primeros tiranos que tuvo México después de la

conquista.

_Vicente Riva Palacio._

LA SEVILLANA

I

LA TEMPESTAD

En una hermosa tarde del mes de Octubre del año de 1550, una barca

pequeña se desprendió del embarcadero de Veracruz y se hizo mar afuera.

Iban en ella dos bogas, un viejo piloto manejando el timón, y un grueso

personaje vestido con un largo gabán ó pellica oscura, y un sombrerillo

arriscado sin plumaje alguno, al estilo de los que usaban los que no se

consideraban como hijodalgos. Cuando hubieron pasado los arrecifes, el

piloto hizo señal á los remeros de que bogaran más despacio, y se

dirigió al hombre gordo.

--¿Piensa vuesa merced que en esta cáscara de nuez lleguemos á Cádiz ó

al Puerto de Palos?

--Yo te lo diré, Antón, antes de cinco minutos. El hombre gordo se puso

en pie, sacó de un estuche de baqueta un anteojo, lo graduó á su vista y

se puso á registrar el horizonte. A los cinco minutos justos se volvió

á sentar en la barca y le dijo al piloto:--Adelante, Antón, porque no

tardaremos media hora en descubrir los palos de la Covadonga.

--¿Qué horas son?--preguntó el piloto.

--Las cinco,--contestó el hombre gordo alzando la vista al sol.

--Pues á las seis ó á las seis y media tendremos una tempestad.

La mar estaba tranquila, el sol brillante; de vez en cuando se sentía un

viento caliente como si viniese del desierto de Africa, y en el

horizonte se aglomeraban algunas nubes de formas caprichosas. Los bogas

volvieron á tomar aliento, y la barca volaba como un alción en la

superficie de las aguas.

Después de un cuarto de hora el hombre gordo volvió á ponerse en pie, á

tomar su anteojo y á registrar el horizonte; y volviéndose después al

piloto le dijo:

--Creo haber descubierto en el horizonte alguna cosa como un palo, pero

tan delgado que más bien parece una espiga de trigo. ¿Qué dices, Antón?

--Digo, mi señor D. Jerónimo, que lo que vuesa merced ve con el anteojo,

lo he visto yo con mi vista natural. O la Covadonga está ya subiendo la

última escalera de las aguas, ó yo no me llamo Antón de Peralta: pero

antes que nosotros lleguemos á la Covadonga, y la Covadonga al puerto,

ya soplará recio y muy dichosos seremos si Dios y sus santos nos dejan

llegar á los arrecifes.

--¿Y en qué te fundas para tan triste pronóstico?

--Conozco mucho estos mares, y nunca he visto en el horizonte rayas

amarillas, sin que á poco no haya soplado lo que se llama entre nosotros

borrasca desecha. Mirad.

El hombre gordo miró con cuidado el horizonte. Las nubes de un amarillo

opaco y triste como el fuego cuando va perdiendo su color rojizo con la

luz del sol, formaban unas rayas uniformes y que parecían, más bien que

naturales, formadas ó arregladas de intento. Las ráfagas de viento

caliente se hacían sentir con más frecuencia, y de vez en cuando se oía

un ruido como si fuese el lejano disparo de un cañón.

El libro rojo, 1520-1867, Tomo I · 第 4 / 20 段