Atravesó el istmo de Tehuantepec, se dirigió por un camino lleno de

ríos, de barrancas, de bosques oscuros donde no penetraban los rayos del

sol, y de pantanos intransitables donde los caballos se hundian con todo

y el jinete. El hambre, la sed, los insectos y las eternas y

desconocidas soledades acababan con las fuerzas físicas y con el ánimo

de los soldados. Muchos exhalaron el último aliento en aquellas sombrías

encrucijadas, Cortés no quería volver atrás, y la esperanza le anunciaba

que pronto podría encontrar una población donde guarecerse y tomar guías

que le condujesen á su destino. Su humor, sin embargo, no era de lo

mejor, y él mismo sentía la fatiga y el desaliento algunas veces.

Así llegó al territorio de un reino que llamaban Acallan. Llevaba como

siempre á su lado á Cuauhtimoc y á los dos Reyes de Tacuba y Texcoco.

Una tarde, después de una fatigosa jornada, hicieron alto en un

pueblecillo que nombraban _Izancaxac_. No había más que unas cuantas

chozas sin techo y un teocalli arruinado. Ni un solo habitante ni un

animal doméstico. Un bosque umbrío de altas ceibas aumentaba la tristeza

de ese sitio. A Cortés le formaron una habitación en las ruinas del

templo, y los Reyes se alojaron á poca distancia en una choza de palmas.

El resto de la tropa acampó como pudo en el bosque.

Cortés trató de recogerse, y sin saber la causa, no pudo conciliar el

sueño, y se levantó y escuchó que los Reyes platicaban alegremente,

procurando consolarse de sus penas y fatigas. Esta alegría le hizo mal,

le irritó de una manera terrible. Un bulto casi arrastrándose como si

fuera un animal deforme se deslizó por entre aquellas ruinas. Cortés

fijó los ojos en aquella aparición y puso la mano en el puño de su

espada, pero al sacarla reconoció á Cristóbal Mexicalcin.

--¿Qué quieres á estas horas?--le dijo severamente Cortés.

--Señor, los caciques y Cuauhtimoc tienen urdida una trama infernal: vos

y todos los españoles que hay en la tierra, perecerán.

--¡Por Santiago! Esta era la plática y la alegría de esos

perros,--exclamó Cortés lleno de cólera; y lanzándose fuera de las

ruinas, penetró en la choza donde estaban los Reyes. Cervan Bejarano y

Rodrigo Mañueco, que eran sus servidores y habían permanecido

despiertos, se lanzaron detrás de él.

«Llamad, les dijo, al padre Varilla. Voy á ahorcar á estos bárbaros que

han urdido una trama para matarnos, y no quiero que se pierda su alma.»

Marina, que también le había seguido, quiso interceder por ellos, pero

vió los ojos de Cortés llenos de furia y no se atrevió. Era nada más que

una esclava.

Cuando Cuauhtimoc fué sacado de la cabaña por los soldados que Cortés

había llamado para la ejecución, se volvió con una firmeza increible y

le dirigió la palabra: «Bien sabía, Malinche, lo que valían tus

promesas, y tenía por seguro que recibiría la muerte de tus manos. Dios

te pedirá cuenta de mi muerte.»

Los verdugos pusieron una cuerda al cuello del Rey, y lo mismo hicieron

con los de Tacuba y Texcoco, y los colgaron en unas altas ceibas.

Eran las tres de la mañana del segundo día de Carnaval del año de 1525.

La noche estaba serena y apacible, y las estrellas solas con sus tímidos

rayos alumbraban melancólicamente esta misteriosa ejecución. Cortés se

retiró cabizbajo y pensativo á su aposento. Allí permaneció un momento

fijo y de pie como una estatua; pero le vino repentinamente un rapto de

locura, de arrepentimiento quizá, midió á largos pasos la estancia y

salió con la espada desenvainada á cortar los lazos corredizos donde

pendían los cuerpos de los Reyes. Era ya tarde: Cuauhtimoc y el Rey de

Tacuba estaban muertos. El de Texcoco cayó al suelo todavía con vida.

Al abandonar el pequeño ejército de Cortés, al día siguiente, el

solitario pueblecillo, dos cadáveres se balanceaban al impulso de las

brisas de la mañana. Los buitres formaban en la atmósfera círculos

fantásticos, clavando sus ojos redondos y colorados en los cadáveres de

los dos más poderosos monarcas del Nuevo Mundo.

_Manuel Payno._

RODRIGO DE PAZ

I.

EN EL QUE SE REFIERE QUIÉN ERA

RODRIGO DE PAZ, Y QUÉ PAPEL DESEMPEÑABA

EN MÉXICO

El muy magnífico señor Hernando Cortés, gobernador y capitán general de

la Nueva España, tenía necesidad de salir de México, con el objeto de

sofocar y castigar la rebelión de Cristóbal de Olid.

Aquel viaje debía de ser largo y penoso: la distancia á que iba á

encontrarse de la antigua capital del imperio Azteca, haría muy

difíciles las comunicaciones, y se necesitaba establecer un gobierno

provisional, que los intereses del rey y la paz de la nueva colonia

atendiese y vigilase.

Incierto estuvo por algún tiempo el gobernador y capitán general, sobre

á quién elegiría para encargo tan delicado, y sin poder fijarse

definitivamente, porque conocía que entre los que le rodeaban había

muchos, más afectos á las riquezas y á la tiranía, que amigos del buen

gobierno y de la felicidad de los pueblos.

Por fin, urgido de la necesidad y apremiado por las circunstancias, hizo

llamar al Lic. Alonso de Zuazo, al tesorero Alonso de Estrada y al

contador Rodrigo de Albornoz, y los nombró gobernadores durante su

ausencia.

El Lic. Zuazo era un antiguo amigo de Cortés y su asesor en los negocios

del gobierno de la Nueva España, y Estrada y Albornoz habian llegado á

México en 1524, enviados por el rey de España para componer el Tribunal

de Cuentas, en unión de Gonzalo de Salazar, factor, y de Peralmindes de

Chirino, veedor.

Cortés determinó llevar consigo á la expedición de las Hibueras, á

Chirino y Salazar.

Una vez organizado el gobierno, quiso Hernán Cortés cuidar de su

hacienda y dejarla encomendada á persona para él de toda confianza, y

para esto eligió á Rodrigo de Paz, primo suyo, hombre de grande espíritu

y de mucha influencia con el pueblo, y á quien invistió también con los

cargos de regidor y alguacil mayor de la ciudad.

Rodrigo de Paz admitió con gusto las comisiones que le confiaba su

primo, seguro de que esto le daría mayor prestigio y aumentaría el poder

de que entonces gozaba.

Partió Cortés, y el Lic. Zuazo, Estrada y Albornoz tomaron posesión del

gobierno como tenientes-gobernadores, asistiendo por primera vez al

cabildo con el carácter de tales, el día 4 de noviembre de 1524.

II

DE COMO LAS COSAS DEL GOBIERNO

DE LA NUEVA ESPAÑA IBAN MAL, Y DE COMO

CORTÉS LAS PUSO PEORES

Apenas se había alejado Cortés unas cuantas jornadas de México, cuando

Estrada y Albornoz, que ya desde antes tenían entre sí motivos de

rencor, se disgustaron completamente.

El nombramiento de un alguacil fué el aparente motivo de encenderse una

disputa, en la que los ánimos predispuestos se exaltaron, y siguiendo la

costumbre de aquellos tiempos en que las armas entraban como parte de la

razón en las cuestiones de los hombres de honor, los dos

tenientes-gobernadores echaron mano á los estoques, y en poco estuvo que

la espada hubiera dirimido la competencia.

Logróse contenerlos, pero el escándalo habia sido muy grande; y luego

partieron correos avisando á Cortés las desavenencias que ocurrían en la

ciudad.

Chirino y Salazar que acompañaban á Cortés, supieron casi al mismo

tiempo que él lo ocurrido en México, y vieron en esto un medio de

separarse de su lado y tornar á la capital.

Habían llegado á Goazacoalcos, pero el camino era en extremo penoso y

sembrado por todas partes de peligros.

Inmensas selvas, en donde los árboles seculares crecían tan cerca unos

de otros que se confundían sus ramajes; traidores pantanos cubiertos con

una engañosa capa de verdura, pero que estremeciéndose al soplo no mas

de los vientos, tragaban al desgraciado que ponía en ellos su imprudente

planta: vertiginosos precipicios en cuyo fondo se creía mirar de nuevo

el firmamento, y que parecian á los espantados ojos de los españoles,

como insondables vasos de roca, llenos de nubes y de tempestades:

serpientes y monstruos hasta entonces desconocidos, esto era lo que

encontraban por todas partes los que acompañaban á Cortés.

Las tempestades pasaban algunas veces sus alas de fuego sobre aquella

naturaleza exuberante, y los robustos troncos de las ceibas se

estremecían como una caña cimbradora, al soplo de los huracanes.

Por las noches aquellas selvas se poblaban de habitantes misteriosos;

salían de ellas en espantoso concierto, aullidos siniestros, rugidos

pavorosos, silbos y gritos aterradores y desconocidos, y cruzaban por

los aires y entre las ramas y bajo la yerba, con fosfórica luz, millones

de insectos de todos tamaños y figuras.

El melancólico rumor del viento entre las hojas se mezclaba algunas

veces durante la noche al eco lejano de los torrentes, al mugido de la

tormenta que se alzaba en el horizonte, á los sonoros tumbos de los

mares.

Aquello era más sublime que lo que podian soportar las almas ruines de

Salazar y de Chirino.

Anhelaban por separarse de allí, y la nueva de los disturbios vino á

presentarles una favorable oportunidad.

Instaron, rogaron y suplicaron á Cortés pidiéndole volver á México,

representándole lo oportuna que sería su presencia en la capital, y los

servicios tan importantes que podían prestar á los intereses de S. M.

Cortés meditó aquella petición y accedió á la solicitud de Chirino y de

Salazar.

Estrada, Albornoz, Salazar y Chirino, aunque eran en apariencia amigos

de Cortés, le aborrecían secretamente, y procuraban desprestigiarle en

la corte y hacerle caer de la gracia del Emperador. Cortés lo sabía y lo

conocía, por eso no sólo no puso dificultad ninguna en la vuelta de

Chirino y de Salazar, sino que por el contrario les dió mandamiento

asociándoles también al gobierno de la Nueva España.

Aquellos dos hombres que caminaban de mala fe con Cortés, eran

imprudentes testigos de sus acciones, dieron la vuelta para México,

satisfechos y orgullosos de lo que habían conseguido, creyendo en su

fatuidad acabar con el poder de su favorecedor, y no comprendiendo que

sus desavenencias y torpezas en el gobierno debían dar el más completo

triunfo al esforzado conquistador.

Salazar y Chirino llegaron á México y presentaron en el cabildo de 29 de

diciembre de 1524, la provisión del muy magnífico señor Hernando Cortés

que los autorizaba para tener parte en el gobierno del reino.

El Ayuntamiento les reconoció sin dificultad, pero ellos no se

conformaron con eso, sino que excluyeron á Estrada y á Albornoz y se

apoderaron de la administración, no admitiendo en su compañía más que al

Lic. Zuazo.

La división entonces se hizo más profunda. Estrada y Albornoz se unieron

para derribar á sus nuevos enemigos, y con objeto de conseguirlo

quisieron y lograron atraer á su bando al alguacil mayor Rodrigo de Paz,

que ejercía tan decisiva influencia en el Cabildo y en la ciudad.

En aquel tiempo el Ayuntamiento de México tenía una grandísima

importancia: «ante él presentaban sus nombramientos los gobernadores,

prestaban ante él juramento; él decidía las cuestiones graves que entre

ellos se suscitaban, calificaba sus derechos y facultades, é imponía la

pena de muerte á los que desobedecieran las providencias que de él mismo

emanaban.»

Por eso Rodrigo de Paz que deseaba favorecer á Estrada y á Albornoz, se

presentó al cabildo en 17 de febrero de 1525, manifestando que Salazar y

Chirino no tenían derecho de excluir á sus colegas del gobierno, porque

el mismo Cortés los reconocía aún como tales tenientes gobernadores, en

cartas que de él se habían recibido.

El Ayuntamiento escuchó á Rodrigo de Paz, y acordó que el Lic. Zuazo

resolviera en este negocio[12].

III

DE COMO CINCO ENEMIGOS COMULGARON CON

UNA SOLA HOSTIA CONSAGRADA, DIVIDIÉNDOLA

EN CINCO PARTES

El Lic. Zuazo resolvió que Estrada y Albornoz volvieran á ser

reconocidos como tenientes gobernadores, y el cabildo aprobó esta

resolución.

Salazar y Chirino protestaron, y para infundir el terror decretaron pena

de muerte y perdimiento de bienes contra el alcalde ó regidor que se

«entrometiese» á aprobar lo que el Lic. Zuazo había determinado.

Aquellos hombres tenían un temple de alma tal, que era indudable que

tales penas se llevarían á efecto; pero en cambio tenían que luchar con

hombres de corazón altivo, y Estrada y Albornoz asistieron al cabildo y

fueron reconocidos sin dificultad.

Esto acaecía el 25 de febrero de 1525.

Salazar, hombre ambicioso é inquieto, no podía estar tranquilo en

aquella situación: quería mandar, y mandar solo; Estrada y Albornoz le

estorbaban, y los creía fuertes porque contaban con la protección y

apoyo de Rodrigo de Paz, el hombre entonces más audaz y más poderoso;

Salazar necesitaba dividir á Paz de Estrada y Albornoz, y hacer de él un

instrumento para sus miras.

Entonces, como por una inspiración diabólica, concibió el plan que debía

darle el resultado apetecido, y convenció hipócritamente á sus colegas á

decretar la prisión de Rodrigo de Paz.

Un día repentinamente circuló en México una noticia alarmante: el

alguacil mayor estaba preso en la casa de Salazar de orden de los

tenientes gobernadores.

En efecto, Rodrigo de Paz estaba preso, y se paseaba tristemente en uno

de los salones de la casa de Salazar, con esposas de hierro en las manos

y arrastrando una larga y pesada cadena. Salazar entró y le contempló un

rato en silencio.

--Duéleme de verte en esa situación--le dijo--que á tal no habrías

llegado, si como la causa de Estrada defendiste, de la mía hubieras sido

partidario.

--Holgárame de estar libre--contestó Rodrigo--si mis amigos hubieran

triunfado, pero sigo la suerte á ellos reservada.

--¿Crees por ventura en tus amigos Estrada, Albornoz y Zuazo?

--De creer tengo, porque no hay motivos para lo contrario.

--Mira--dijo Salazar mostrándole la orden de prisión firmada también por

Albornoz, Estrada y Zuazo.

Rodrigo de Paz leyó aquella orden con espanto. No podía dudar, sus

amigos le abandonaban y le traicionaban.

Leyó la orden, inclinó la cabeza, y quedó meditabundo. Salazar respetó

aquella meditación, y después, acercándose, le dijo:

--Mira el premio de tus favores y servicios; esos hombres están

conjurados contra tí y ansían tu muerte; ¿quieres libertad, venganza?

--Sí--contestó sordamente Rodrigo.

--Júranos amistad, y Peralmindes de Chirino y yo te pondremos libre y

te vengaremos de tus enemigos.

--Os juro leal amistad por la hostia consagrada.....

Al día siguiente Rodrigo de Paz concurría al cabildo.

Estrada, Zuazo y Albornoz conocieron la intriga que tramaban Salazar y

Chirino, y no eran hombres para callar sus rencores.

Estalló un disgusto terrible en el cabildo, y Salazar, que tenía para sí

que aun no llegaba el momento de obrar, apeló al engaño y la hipocresía.

Nada le importaba, dijo, la amistad de Rodrigo de Paz, cuyo pernicioso

influjo era necesario combatir, y para esto debían ellos de unirse

estrechamente, y como señal de unión y para acallar los rumores que

había en el público, concluyó proponiendo que todos los tenientes

gobernadores comulgasen públicamente, dividiendo la hostia consagrada en

cinco partes.

Aceptaron los otros, y aquel pacto, aconsejado por la más negra falsía y

cubierto sacrílegamente con el manto de la religión, se cumplió en la

iglesia del convento de San Francisco.

Tan engañosa amistad debía desaparecer muy pronto, y así fué en efecto.

El día 19 de abril, Rodrigo de Paz se presentó en el cabildo é hizo

reconocer á sus nuevos amigos Salazar y Chirino, como gobernadores, con

entera exclusión de todos los demás.

En vano protestó con energía el Lic. Zuazo; repitióse el acuerdo y se

impusieron doscientos azotes de pena y perdimiento de bienes á

cualquiera que se atreviese á oponerse á lo dispuesto.

Estrada y Albornoz, lejos de conformarse, pensaron excitar al pueblo,

suscitáronse graves dificultades, los dos bandos estuvieron á punto de

llegar á las manos, y sólo se impidió el conflicto porque el alcalde

Francisco Dávila prohibió que se acudiese con armas en pro de uno ú otro

partido.

Conducta tan prudente costó al alcalde ser maltratado y verse conducido

á la cárcel, de donde tuvo que huir para salvar la vida.

IV

DE LO QUE HICIERON SALAZAR Y CHIRINO CON

ZUAZO, ESTRADA, ALBORNOZ Y PAZ

Las alarmas en la ciudad eran de todo el día, y de todos los días; á

cada momento querian llegar á las manos los partidarios, y el fuego de

la discordia se encendía más y más á cada momento.

El 23 de mayo, con pretexto de conservar la tranquilidad y evitar

desgracias, pero más bien con objeto de expeditar el camino que se

habían trazado los gobernadores, ordenaron que nadie en la ciudad

llevase armas.

Todo parecía haber terminado; pero aquel mismo día Rodrigo de Paz

aprehendió al Lic. Zuazo, que vivía en la casa de Cortés, y se dió orden

para enviarle inmediatamente á la Isla de Cuba.

Alarmóse la gente de la ciudad con esta prisión, y Rodrigo de Paz

ocurrió, para calmarla, al engaño de que por orden del Rey iba á la Isla

á dar allí su residencia.

Estrada y Albornoz pensaron entonces en alejarse de sus enemigos, y

aparentando obediencia pidieron á los que habían sido sus colegas,

licencia para ir hasta Medellín á conducir una cantidad que enviaban á

S. M.

Los gobernadores concedieron sin dificultad aquel permiso.

Salieron Estrada y Albornoz, pero aun iban cerca de México, cuando

Salazar tuvo noticia de que de las Hibueras venían Gil González de Avila

y Francisco de las Casas, y temeroso de que se unieran y volvieran sobre

México, hizo salir á Chirino con una tropa, en persecución de Estrada y

Albornoz.

Chirino alcanzó á los que habían sido sus colegas, y aunque ellos

pretendieron resistirse, unos frailes de San Francisco, que se

encontraron allí, impidieron el conflicto, y Chirino volvió á México con

los prisioneros.

Dueños absolutos del gobierno Salazar y Chirino, sintieron la necesidad

de deshacerse de Rodrigo de Paz, echando por tierra su poder.

Salazar era fecundo en todo género de maldades, y no podía menos de

encontrar un modo para atacar á Paz, y fué sin duda tan ingenioso como

los anteriores.

Difundió la noticia de la muerte de Hernán Cortés.

Aquella noticia debía estar apoyada en todas las apariencias.

Celebráronse solemnes honras por el alma del _conquistador_, en las que

se predicó un sermón, moderando las alabanzas á Cortés por no ofender á

Salazar.

Procedióse á la venta de los bienes de todos los que habían acompañado

al gobernador y capitán general, por considerárseles difuntos, y sus

mujeres fueron autorizadas para pasar á segundas nupcias; y Juana

Mancilla, mujer de Juan Valiente, fué azotada porque afirmó que Cortés

vivía.

Rodrigo de Paz administraba los bienes de Cortés, y no creyó tan

fácilmente la noticia, pero como Salazar y Chirino sostenían que Cortés

debía al Rey setenta mil pesos, é insistían, con objeto de asegurarlos,

en tomar posesión de aquellos bienes, Rodrigo de Paz apeló á las armas y

se hizo fuerte en la casa de Cortés.

El asalto iba ya á darse, y todos preveían grandes catástrofes, cuando

el mismo Estrada, que estaba en calidad de prisionero, y los frailes de

San Francisco, que ejercían muy grande influencia en México, lograron

convencer á Paz que se rindiese.

Salazar y Chirino ofrecieron á Paz todas las garantías para su persona,

y así lo juraron ante los capitanes José de Alvarado y Andrés de Tapia.

Paz abrió las puertas del palacio de Cortés y las gentes de Salazar se

entraron. Allí robaron cuanto les fué posible, é insultaron gravemente á

muchas indias nobles que Cortés tenía allí recogidas para educarlas y

casarlas.

Paz determinó huir de la ciudad é ir en busca de Hernán Cortés á las

Hibueras.

V

REFIÉRESE CÓMO MURIÓ RODRIGO DE PAZ

«Si los conquistadores eran crueles con otros--dice D. Lucas Alamán en

sus _Disertaciones_--no eran por lo menos más benignos entre sí mismos.»

En efecto, así lo probó la conducta de Salazar y de Chirino.

Rodrigo de Paz, á pesar de las promesas y juramentos de los

gobernadores, no gozó mucho tiempo de libertad, y el día 4 de agosto de

1525 asistió por última vez al cabildo.

Al calce de la acta de aquel día, se lee una nota del célebre D. Carlos

de Sigüenza y Góngora, que dice:

«Esta es la última firma de Rodrigo de Paz en este libro, porque después

lo ahorcó su grande amigo Gonzalo de Salazar.»

Terrible ironía encierran estas cortas líneas del ilustre historiador,

porque á pesar de esa grande amistad, el alguacil mayor volvió muy

pronto á ser reducido á prisión.

La codicia desenfrenada de Salazar no conocía límites, ni su ambición

encontraba obstáculo, por sagrado que fuese, que no atropellase con

violencia.

Religión, leyes, amistad, gratitud, todo en sus manos era arma

emponzoñada que esgrimía contra sus enemigos, sin escrúpulo de ninguna

clase; todo era en su camino sombra despreciable sobre la cual cruzaba

con indiferencia.

Aquella alma era el aborto espantoso de la codicia y la ambición; la

compañía de aquel hombre, era como la sombra venenosa de esos árboles

que se encuentran en nuestras montañas: convidan dulcemente durante los

ardores del día, y matan al que busca allí un refugio y un consuelo.

Demasiado tarde lo comprendió Rodrigo de Paz.

Preso y encadenado esperaba de un momento á otro que Salazar le enviara

desterrado, ó que la Providencia le deparara un momento oportuno para

huir é irse en busca de Cortés, en cuya muerte, como muchos, no había

creído ni un momento.

Como todos los prisioneros, Paz no pensaba sino en la libertad.

Una mañana, Salazar se presentó en su calabozo; había en el semblante

del fiero gobernador una sonrisa de amabilidad y un aire de benevolencia

tan extraños, tan forzados, que Rodrigo de Paz se estremeció.

Bajo aquella hipócrita bondad se descubría el fondo de una intención

negra; era como un abismo cubierto con un cristal, era como el hacha de

un verdugo envuelto en un crespón azul.

La sonrisa del hombre de bien no podía amoldarse sobre el rostro del

malvado; era un consorcio sacrílego; de la franqueza simulada y de la

perfidia debía resultar una cosa horrible: la hipocresía, el monstruo.

--Rodrigo--dijo Salazar--háste empeñado en labrar tu ruina, á pesar de

que yo procuro salvarte.

--No te comprendo--contestó Rodrigo de Paz procurando ocultar su

indignación--¿qué puedes reprochar de mi conducta?

--Rodrigo, tú tienes ocultos grandes tesoros que pertenecían á Cortés,

tú nos has engañado.

--¡Tesoros!--exclamó Rodrigo de Paz, comprendiendo adónde podía ir á

parar todo aquello.--¡Tesoros! nada tengo, y cuanto tenía, está ya en tu

poder.

--No me engañes, Rodrigo; ¿por ventura cuánto tenía Cortés me has

entregado?

--Todo absolutamente: ¿no se han inventariado los bienes? ¿no se han

almonedado? ¿no habéis ya extraído el oro que depositado se hallaba en

San Francisco? ¿no habéis dispuesto de los bienes de Gonzalo de Sandoval

y de otros capitanes?; entonces ¿qué más queréis?

--No vengo á dar contigo mi residencia--contestó friamente Salazar--sino

á amonestarte que entregues esos tesoros.

--Y yo te contesto que mal pudiera entregar tesoros que no existen.

--¿No?

--Nó, lo he dicho.

--Bien, tú lo has querido.

Y Salazar salió violentamente del calabozo.

Rodrigo le miró salir con terror, comprendiendo que algo espantoso se

preparaba contra él.

Y no se engañaba: un momento después, hombres siniestramente cubiertos

con capuchones y antifaces, penetraron en el aposento: mudos y sombríos

se acercaron al preso, y sin contestar á sus preguntas, y sin escuchar

sus razones, le sentaron en un sitial, y le ataron allí por los brazos y

la cintura.

Rodrigo creyó que había llegado para él el último instante, cerró los

ojos y comenzó á murmurar una de esas oraciones, que perdidas muchas

veces entre los vagos recuerdos de la niñez, vuelven puras y fervientes

á la memoria y á los labios del hombre, en los momentos de la suprema

tribulación.

Los verdugos con una destreza increíble quitaron el calzado y las calzas

á Rodrigo, que esperando la muerte y como para no verla venir, cerraba

los ojos con obstinación.

De repente el infeliz lanzó un grito agudo y desgarrador: aquellos

hombres vertian sobre sus desnudos piés aceite hirviendo.

--¡Jesús me ampare!--exclamaba--¡Infames!

--Confiesa en dónde tienes ocultos esos tesoros--dijo con una calma

infernal el gobernador.

--He dicho la verdad--contestó con energía Rodrigo.

--Pues adelante.

El libro rojo, 1520-1867, Tomo I · 第 3 / 20 段