mexicana, y olvidando por un momento la peste y las pasadas calamidades,
la ciudad se cubrió de gente, todas las casas fueron adornadas con arcos
de flores, y nadie pensó sino en la ceremonia de la coronación, creyendo
también que los dioses habían ya mitigado su enojo y que la abundancia y
la victoria habían de borrar en lo futuro las plagas que habían caído
sobre la reina del Anáhuac con la venida de los terribles hijos del sol.
Una mañana, bajo un cielo azul y diáfano que dejaba ver los pueblos
lejanos que se reflejaban en las aguas del lago, las altas montañas y
los frondosos y alegres bosques de cedros de que estaba entonces
circundada la capital, una numerosa procesión atravesaba la ancha calle
principal y se dirigía al templo mayor. Era este templo un conjunto de
edificios, de torres y de capillas, cercado por una barda de piedra
donde estaban enroscadas, formando una cornisa, horribles serpientes de
granito, y las almenas coronadas con cráneos humanos, formando con los
huecos oscuros de sus ojos y de sus narices, hileras fantásticas que
parecían repentinamente animarse y devorar á los que pretendían poner el
pie en el santuario de la sanguinaria deidad. En el centro se elevaba
una gran pirámide orientada á los cuatro puntos cardinales, y una
escalera casi vertical de cien escalones conducía á la plataforma. Cerca
estaban unas grandes piedras convexas llenas de figuras deformes, y en
una torre principal de madera, encerrada la imagen horrenda del dios de
la guerra.
Los sacerdotes, vestidos con sus luengas capas de color sombrío,
manchadas de sangre, y sus largos cabellos en desorden, iban delante.
Seguían diez doncellas nobles con ramos de juncos rojos en las manos.
Luego diez mancebos con incensarios, de donde se elevaban blancas
columnas de humo oloroso. Después la nobleza, y al último sobresalía,
como la alta montaña entre las pequeñas colinas, el gallardo Emperador
de los aztecas con la rica vestidura real, recamada de figuras de oro y
de verdes y vistosos chalchihuites. En la cabeza llevaba la mitra ó
diadema real de los Emperadores aztecas. A su derecha iba
Cohuanacoxtzin, Rey de Texcoco, y á su izquierda Tetlepan-Quetzal, Rey
de Tlacopan.
A los tres Reyes seguían los prisioneros de guerra, españoles,
tlaxcaltecas, cholultecas y huexotzingas, que habían sido cogidos en la
Noche Triste y que estaban reservados para el sacrificio. Los españoles
caminaban desnudos, con una corona de vistosas plumas en la cabeza y
unos abanicos en la mano. Se distinguían por la blancura de su piel y
por las barbas largas y espesas, que daban á su fisonomía un aire
imponente. De tiempo en tiempo esta procesión se detenía, y se hacía
danzar á los prisioneros. Cuando los españoles se resistían, se les
obligaba hincando en sus carnes algunas espinas de maguey ó puntas de
pedernal. Así fué subiendo las difíciles gradas del templo toda la
numerosa concurrencia, hasta que llegó á la plataforma. Los prisioneros
se colocaron en dos hileras á los lados de la piedra de sacrificios. Los
tres Reyes entraron al templo de _Huitzilopoztli_, cuya fisonomía
deforme estaba cubierta con una máscara de oro macizo.
Los sacerdotes desnudaron á los Reyes, los vistieron con una especie de
túnica (_xicolli_) que tenía figurados con pintura calaveras y huesos de
muerto, les pusieron una calabaza llena de tabaco en las espaldas, con
tres borlas verdes, en la mano izquierda un saco con incienso blanco y
en la derecha un incensario. La cara y la cabeza se las cubrieron con
un velo verde. Así se acercaron al dios, y los Reyes comenzaron á
incensarlo, mientras el numeroso pueblo reunido en la plataforma y en
los patios, hacía un ruido disonante y confuso con cornetas, tambores y
otros instrumentos. Acabada la ceremonia, los Reyes vistieron de nuevo
sus mantos reales, y acompañados de cuatro senadores y de los
sacerdotes, descendieron las gradas y entraron en la casa que llamaban
_Tlacochalco_, donde durante cuatro días deberían ayunar y hacer
penitencia.
El sacrificio comenzó en seguida, pues era la costumbre en la coronación
de un nuevo Rey, ofrecer al dios de la guerra todos los prisioneros. Los
españoles, cuando vieron aproximarse á los terribles sacerdotes, se
estremecieron, se miraron significándose una despedida eterna, y algunas
gotas de un sudor frío cayeron por sus mejillas moradas y huecas, como
si la muerte hubiera ya arrojado su helado soplo en sus semblantes.
Cuatro sacerdotes se apoderaron de un prisionero y le condujeron á la
piedra convexa, acostándole en ella y sujetándole fuertemente los pies y
las manos. El sacrificador, con una navaja de _obsidiana_ le hizo una
profunda herida en el costado izquierdo, metió por ella la mano y sacó
entre borbotones de sangre el corazón caliente y humeante de la
víctima, y entró á ofrecerle al dios de la guerra, mientras los otros
desbarrancaban al cadáver, que hecho pedazos era recibido en el patio
por otros sacerdotes. Lo mismo que se hizo con un prisionero, se hizo
con todos los demás, y ya muy entrada la noche todavía le ofrecían
corazones al incansable bebedor de sangre humana, que inmóvil, con su
gran boca sombría, parecía entre la oscuridad alentar desde su frío
altar de piedra el incansable furor de los sátrapas. A los españoles se
les cortó en pedazos: las piernas y los brazos fueron enviados á las
provincias, con estas palabras, que pronunciaban como una amenaza los
oficiales aztecas: «_Estos son los hijos del sol._» Sus cabezas fueron
clavadas en las almenas de las torres, y aquellos ojos abiertos y
contraídos al tiempo de morir por el dolor, parecían volverse á
Tlaxcala, reclamando el amparo del conquistador. Luego que el joven
Emperador salió de la casa de retiro y cumplió con todas las ceremonias
religiosas, se dirigió á su palacio, y allí con los Reyes, los senadores
y los ancianos caciques tuvo un solemne consejo.
--«El Malinche y nuestros eternos enemigos de Tlaxcala se preparan á
hacernos de nuevo la guerra, les dijo, y yo, el día que he recibido la
corona del imperio, he prometido en mi corazón defender la tierra de
mis padres y de mis dioses, y morir antes que sufrir el yugo de los
extranjeros.»
Los reyes y los nobles prorrumpieron en un grito de entusiasmo, y
juraron también ayudar al monarca y perecer en la guerra.
A los ocho días la peste había disminuido sus estragos; la tristeza y la
zozobra habían desaparecido; algunas palomas blancas que habían
atravesado por los terrados del palacio, habían infundido el ánimo y la
alegría en la ciudad. Más de cincuenta mil hombres trabajaban de día y
de noche, los unos construyendo flechas, macanas y escudos, los otros
profundizando los canales, los demás estableciendo fortificaciones en la
ciudad. El Emperador personalmente recorría las maestranzas, mandaba
reparar los daños hechos en la anterior campaña por los españoles,
ordenaba que se limpiasen los canales y se quemasen los muertos y que se
hiciese un grande acopio de maíz en los almacenes reales. Mandó
embajadores y oficiales á todas las Provincias con proposiciones de paz
y promesas lisonjeras, manifestando que si la raza azteca no se unía
para arrojar á los enemigos extranjeros, todos serían víctimas y
esclavos. En poco tiempo el reino abatido y casi al perecer, volvió á
cobrar ánimo y se dispuso á recibir resuelta y valientemente á los
enemigos.
II
EL SITIO Y EL ASALTO
Dos fuerzas, dos voluntades, dos derechos, dos razas iban próximamente á
chocarse, y de este choque debería resultar un río de sangre humana
donde hubiera podido navegar un bergantín. La fuerza de Europa auxiliada
por los descubrimientos del genio, contra la fuerza indígena sostenida
por el indomable carácter del monarca; el derecho bárbaro de conquista
contra el derecho eterno de la independencia; la raza caucásica contra
la raza india, nueva hasta ese momento en la historia humana. El
carácter de acero de Cuauhtimoc, contra el carácter de fierro del
capitán más valiente del siglo. Tales eran los elementos que iban á
entrar en acción y en un combate á muerte.
Ni la sangre ya vertida, ni la fuerza de los caballos, ni el estampido
de la artillería, ni los presagios intimidaron el ánimo fuerte de
Cuauhtimoc, como tampoco hicieron ni la más leve mella en el corazón
valiente del conquistador español, ni los desastres de la Noche Triste,
ni los riesgos y aventuras de la empresa...... Era la lucha nunca vista
en la historia de dos hombres de tal tamaño, que parecía que su sombra
imponente era más alta y de mayor volumen que los gigantes inmóviles de
la cordillera del Anáhuac.
El día alegre y sagrado para todo el orbe cristiano, del Nacimiento del
Salvador del mundo, del año de 1520, Cortés salió de nuevo con sus
fuerzas de la República de Tlaxcala y se dirigió rumbo á México. El día
último del año, al caer la tarde, las tropas invasoras entraban por las
calles solas y tristes de Texcoco. Sus fuerzas se componían entonces de
86 caballos, 118 arcabuceros, 700 infantes, 3 cañones gruesos de fierro,
15 más pequeños y 18 quintales de pólvora, cosa de 25 mil hombres que la
República de Tlaxcala había puesto á sus órdenes y 20 ó 25 mil
Cholultecas y Huejotzingas. Estas fuerzas, en el curso del tiempo se
aumentaron á 200 mil hombres, y con esta tropa emprendió el sitio
formal, y finalmente el asalto de la ciudad.
Cuauhtimoc por su parte tenía cosa de 200 mil hombres de guerra dentro
de la ciudad, y 150 mil en diversos pueblos que fueron ó vencidos antes
por los españoles ó defeccionaron por el influjo de Ixtlilxochitl, bravo
y terrible auxiliar, que fué, como se dice, el brazo derecho de Cortés
en esta guerra.
Luego que el capitán español tuvo listos sus bergantines y reconoció que
podían obrar bien en el lago, comenzó formalmente el sitio cortando la
agua de Chapultepec, impidiendo la entrada de víveres y atacando las
calzadas para penetrar en la ciudad. Fué á los cinco meses de su
llegada á Texcoco cuando ya decididamente organizó sus columnas. La
primera división que debía ocupar Tlacopan, la confió al terrible Pedro
de Alvarado. La segunda, que debía operar desde Cuyoacán al centro, la
mandaba Cristóbal de Olid, y la tercera, que debía situarse en
Ixtapalapa, la confió á Gonzalo de Sandoval. Él se reservó el mando de
la marina, pero después lo confirió á Rodríguez Villafuerte. La fuerza
naval al servicio del conquistador se componía de 13 bergantines y cosa
de 16,000 canoas[11].
El primer combate de importancia fué en las aguas. Cortés pasó en un
bergantín cerca de un gran peñón de piedra color de sangre que se
levantaba solitario é imponente en medio del lago (el Peñón Viejo). Un
alarido terrible se escuchó repentinamente, y una nube de dardos y de
piedras cayeron en la embarcación. Cortés hizo anclar el bergantín,
desembarcó con la tripulación y comenzó á subir por el escarpado cerro.
Gruesas piedras rodaban arrastrando á los asaltantes, y las flechas y
otras armas arrojadizas no los dejaban avanzar. Después de una cruda
fatiga y de perder mucha gente, los españoles subieron hasta la cumbre y
mataron á todos los soldados, perdonando á las mujeres y á los niños
que se habían refugiado allí creyendo que ese punto era inexpugnable.
Cuando Cortés volvió á bordo, el lago estaba cubierto de canoas
tripuladas por los mejores guerreros aztecas que se avanzaban remando
resueltamente. Un viento fresco hinchó las velas de la escuadra
española, y los pesados barcos, surcando rápidos las aguas, echaron á
pique las canoas. La artillería y la fusilería completaron la obra de
destrucción, y pocos momentos después flotaban en las ondas los
cadáveres y los restos y destrozos de las piraguas. Los indios que se
cogieron prisioneros fueron ahorcados en los palos y en la jarcia de los
bergantines que se retiraron á su fondeadero, balanceándose entre las
brumas del crepúsculo los cadáveres de los guerreros aztecas, todavía
adornados con sus vistosos penachos de plumas y sus vestiduras bordadas
de vivos colores. Alvarado y Olid por su parte penetraron por las
calzadas, tomaron varias albarradas y destruyeron algunas casas.
Cuauhtimoc era incansable, no dormía de noche, y en medio del silencio
reparaba todos los daños que en el día habían hecho los enemigos, y
procuraba sorprenderlos en las horas de silencio y de reposo. Cortés,
que tenía acampadas sus tropas á la intemperie, resolvió dar un asalto,
y en esta ocasión tuvo la condescendencia de dejarse guiar por un plan
que le propuso el tesorero Julián de Alderete. Las columnas se
organizaron, y Cortés, pie á tierra, se puso á la cabeza de la
infantería. Atacadas sucesivamente por los españoles las fortificaciones
aztecas, cedían después de una corta resistencia. Así fueron penetrando
hasta el interior, y Alderete el primero estaba cerca del gran mercado
de Tlaltelolco. Cortés reflexionó y se alarmó: era una celada en que
habían caído sus tropas, y no había ya remedio. En efecto,
repentinamente se escucha la corneta terrible de Cuauhtimoc que sonaba
desde lo alto de un _teocalli_. Los mexicanos, como la avalancha de un
volcán, como las olas de un mar enfurecido, se precipitan sobre los
enemigos, pelean cuerpo á cuerpo, se revuelven, se matan, se arrojan á
los canales, y desde las azoteas las mujeres, lanzando alaridos
terribles, arrojan piedras y proyectiles sobre los combatientes. Una
masa sangrienta y confusa de hombres empujada por otra, caía en el lago,
y así sucesivamente, sin que fuera posible ya ni huir ni resistir, ni
aun pelear contra masas tan compactas que eran lanzadas con una fuerza
irresistible. Cortés fué cogido por seis guerreros y derribado por
tierra; procuraban asegurarlo para presentarle como el más grande trofeo
al Emperador. Cristóbal de Olea y un jefe tlaxcalteca acudieron y
salvaron al capitán. Olea murió en el combate, y Cortés con mil peligros
y trabajos logró llegar al extremo de la calle de Tlacopan, donde
ordenó se hiciese un vivo fuego de artillería para proteger la retirada
y reunir los dispersos. Los españoles quedaron completamente derrotados.
En la tarde, con la viva luz de un crepúsculo rojo y gualda, los
españoles pudieron ver desde su campamento una larga procesión donde se
distinguían sesenta y dos españoles desnudos que subian las gradas
sangrientas del templo para ser en seguida sacrificados. En la noche se
encendieron luminarias en las plataformas de los templos y en las
azoteas de las casas, y una multitud frenética recorría las calles con
teas encendidas, bailando y entonando cantos de guerra.
Los españoles veían mudos, llenos de espanto y con la mecha encendida en
la mano, estas escenas, y su corazón fuerte temblaba pensando que quizá
tendrían igual suerte que sus compañeros.
Cuauhtimoc permanecia grave, callado, triste quizá, en lo alto de su
palacio. Había rechazado todas las propuestas de paz que le había hecho
Cortés. La guerra no estaba concluída con esta derrota. Cortés estaba
vivo, y la hambre y la peste devoraban ya á la ciudad. Los cadáveres
estaban amontonados y hediondos en las casas y calles: las gentes vivas
discurrian á los pocos días de esta victoria como sombras en las calles,
arrancando las cortezas de los árboles, cazando á las sabandijas para
mantenerse, y saciando la sed que les producía la fiebre y las heridas
en las aguas cenagosas y sangrientas de los canales.
Los grandes y negros ojos de Cuauhtimoc se humedecieron un momento; su
corazón vaciló ante los ruegos de unos nobles á quienes Cortés había
enviado á rogarle con la paz, pero se repuso inmediatamente, y con voz
resuelta dijo: «No, no; todos debemos perecer defendiendo nuestro honor,
nuestros dioses y nuestra ciudad.» La guerra y la hambre continuaron.
Cortés por su parte, repuesto de la derrota y con el auxilio de nuevos
aliados, se propuso terminar el largo sitio y apoderarse, si no de la
ciudad, al menos de los escombros.
Un día Cuauhtimoc vió desde la torre del templo de Tlaltelolco su ruina;
pero su ánimo no desfalleció ni un momento.
Cincuenta mil hombres se ocupaban de demoler calles enteras. La
artillería las batia primero, y después los aliados con grandes maderos
acababan de destruir las casas, derribando los techos sobre los heridos,
los niños y las mujeres que estaban dentro, y robando las telas y
objetos que encontraban. Los lloros y los alaridos subian á los cielos.
El ruido hueco y retumbante de la artillería acallaba á intervalos los
lamentos. Cuauhtimoc personalmente salia á combatir y á contener la
destrucción: los soldados, sin fuerzas por la hambre y la sed, se
arrojaban sobre los enemigos, pero eran recibidos por las espadas y
lanzas de los destacamentos españoles que protegían esta destrucción.
Así que con los escombros se llenaron los canales, y que Cortés concibió
que tenía terreno donde retirarse y donde maniobrase la caballería,
emprendió un ataque simultáneo y terrible. Cuauhtimoc recibió nuevas
propuestas de paz, y resuelto á defenderse hasta la última extremidad,
no contestó sino con atacar de nuevo á los enemigos. Tomados los templos
y los palacios y destruída en su mayor parte la ciudad, se retiró al
barrio de Coyonacaxco y se embarcó allí en una gran canoa llamada la
_Papantzin_, llevando á la princesa su mujer y á los reyes de Texcoco y
Tlacopan. El tamaño de la embarcación, las ricas vestiduras de los que
iban en ella y la velocidad con que remaban, llamó la atención. García
de Holguin, que mandaba el más velero de los bergantines, dió caza á la
canoa real, y en poco tiempo y ayudado del viento la abordó. Cuauhtimoc
en pie dijo su nombre con voz entera, tiró sus armas y se entregó
prisionero.--«Haced de mí lo que queráis, pero respetad á la
princesa,»--dijo á Holguin, y subió sereno y arrogante á la nave
española. El 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito y á la hora de
vísperas, fué llevado ante el conquistador el último Emperador de los
aztecas, y ese día terminó para siempre la monarquía y la nacionalidad
indígena, y comenzó la dominación de los reyes españoles. Los grandes
sucesos de la historia mexicana han sido marcados por terribles
fenómenos de la naturaleza. Esa noche comenzó á soplar un violento
huracán, el _viento del infierno_, como le llamaban los aztecas. Los
edificios demolidos acababan de caer, los fragmentos de las torres eran
arrancados, y el lago furioso se salia de su seno, inundaba los barrios,
y sus olas venían á estrellarse contra las ruinas. Los relámpagos
alumbraban á la ciudad desolada, á los muertos sangrientos y los templos
derribados, y después todo volvia á entrar en la obscuridad y el
silencio. Cortés y Cuauhtimoc permanecieron mudos y aterrados ante estas
fuerzas tremendas de la naturaleza que completaban la ruina de la más
grande y más hermosa ciudad del Nuevo Mundo.
III
EL TESORO Y EL TORMENTO
Al día siguiente de la rendición de la capital, Cortés se retiró á
Coyoacán, y los oficiales y soldados solemnizaron con un banquete donde
hubo vinos y tocino que habían recibido, la espléndida pero sangrienta
victoria que alcanzaron. En esa orgía tormentosa donde bebieron y
jugaron y donde no faltaron las mujeres que habían robado en la ciudad
saqueada y enteramente aniquilada por los aliados, se relajaron los
resortes del respeto y de la subordinación, y la sed del oro se encendió
con el estímulo de los licores. Deseaban oro y más oro y piedras
preciosas á montones, y lo que habían recogido y tomado de las casas no
era bastante. Supusieron que Cortés, de acuerdo con Cuauhtimoc á quien
tenía prisionero en Cuyoacán, había ocultado todos los tesoros para
apropiárselos y defraudar á la tropa su parte y al rey el quinto que le
correspondía. Al día siguiente amanecieron pasquines insultantes
escritos en las paredes de las casas, y Julián de Alderete, con el
carácter de tesorero de la Corona, tomó la demanda por su cuenta.
--¿Sabéis, señor, lo que se dice entre nuestra gente?--dijo á Cortés
antes de saludarle.
Cortés fingió no comprender nada y preguntó friamente: ¿Qué se dice?
--Se dice, prosiguió Alderete con firmeza y encarándose á Cortés, que
vuesa merced de acuerdo con el Guatemuz ha ocultado los inmensos tesoros
de la Corona Azteca, y que......
--Por Santiago, exclamó Cortés como buscando una arma; yo cortaré la
lengua á quien tal diga.
--Vos podéis cortar la lengua á vuestros soldados, pero no al tesorero
del rey de España,--contestó secamente Alderete descubriéndose y
haciendo una profunda reverencia.
Cortés se dominó y replicó con una afectada amabilidad: Lo que se dice
en efecto es grave; pero ¿qué hacer para acallar esas murmuraciones?
--Hay un medio que os justificará á los ojos de vuestros soldados y de
S. M. El Guatemuz debe tener escondidos esos tesoros. Pedídselos, y si
no los entrega, sujetadlo al tormento, y en último caso mandadle
ahorcar.
--No, nada de eso, contestó resueltamente Cortés. Es mi prisionero y le
he dado mi palabra, y un castellano jamás falta á ella.
--Se cumple la palabra que se da á un castellano, pero no la que se
ofrece á un infiel y á un bárbaro. Acordáos del martirio de los sesenta
y cuatro castellanos sacrificados en las aras del demonio.
--No, replicó Cortés secamente.
--Como gustéis, dijo Alderete cubriéndose la cabeza y retirándose; pero
acordáos de que un amigo os ha venido á tender una mano cuando estábais
en el borde del abismo. Perdereis vuestra gloria y vuestra conquista, y
aparecereis en España como un defraudador del rey, como un ladrón.
Cortés se puso pálido, se mordió los labios, y volviendo las espaldas
dijo:--Os entrego al Guatemuz; haced con él lo que os agrade.
Alderete salió con los ojos llenos de alegría, participó esta orden á
los soldados, y no tardaron en encontrar el género de suplicio que
debían dar al infortunado prisionero.
Llamaron al conciliábulo al Maestre Juan que era el médico, á Murcia que
era el boticario, y al barbero Llerena y á otro llamado Santa Clara, y
dispusieron una grande vasija de barro con aceite hirviendo. Fueron á la
habitación que ocupaban los prisioneros, y sacaron á Cuauhtimoc y al rey
de Tlacopan y los llevaron al patio de una casa donde había dispuestos
unos maderos.
--¿Dónde está el tesoro de los Emperadores?--les preguntó Alderete.
Cuauhtimoc vió aquel aparato aterrador, comprendió de lo que se trataba,
sonrió tristemente y no contestó ni una sílaba á las interpelaciones de
Alderete, el cual furioso con este desprecio, ultrajó con palabras
soeces al monarca. Los soldados se apoderaron de los Reyes, los ataron
fuertemente á los maderos, y el barbero comenzó á bañarles los pies con
aquella resina hirviente, mientras otro les acercaba unas teas
encendidas.
--Señor, ¿no véis cómo sufro?--gritó retorciéndose el Rey de Tacuba.
--_¿Estoy acaso en un lecho de rosas?_--contestó con firmeza el
Emperador azteca.
El Rey de Tacuba se fortificó con esta heróica resolución de Cuauhtimoc,
y los dos sufrieron el tormento sin exhalar un quejido. Tanta firmeza
conmovió el pecho de los soldados, y los mismos que habían pedido el
suplicio comenzaron á murmurar contra Alderete.
--No os canséis, dijo Cuauhtimoc, que el que ha resistido la hambre, la
muerte y la cólera de los dioses, no es capaz de humillarse ahora como
una débil mujer: el Tesoro de los Reyes de México lo he hundido en la
laguna cuatro días antes del asalto de la ciudad, y no le encontrareis
jamás.
El padre Olmedo, á quien se había llamado para exhortar y amonestar á
los Reyes aztecas, no pudo contenerse, y salió, volviendo á poco en
compañía de Cortés.
El capitán español contempló un momento aquellas nobles víctimas,
dirigió una mirada terrible á los verdugos, y dijo con un acento que no
admitía réplica:--«Desatad á esos hombres y conducidles con cuidado á su
habitación. Que nadie sea osado de contradecir lo que yo mando.»
El tesoro se buscó en vano, y sólo se recogieron algunas frioleras en la
laguna, y un sol de oro en un estanque. Cuando el poético lago de
Texcoco se seque enteramente, el gran tesoro se encontrará. La sombra de
los Emperadores aztecas parece que le cuida todavía.
IV
LOS TRES AHORCADOS
El año de 1525, Cristóbal de Olid se rebeló en las Hibueras. Cortés
envió un oficial con alguna tropa; pero impaciente al no recibir ninguna
noticia, se puso en camino con una fuerza, resuelto á castigar
severamente al infiel capitán.