EL LIBRO ROJO
DE VENTA
CORRESPONDENCIA DE JUÁREZ Y MONTLUC,
Antiguo Cónsul General de México
Acompañada de numerosas cartas de personajes políticos,
relativas á la Expedición de México
=Resumen=: Prefacio histórico.--Autobiografía.--=Capítulo I.
(1858-1860).=--I. Elsesser, cuñado de Jecker.--II. El Presidente
Juárez.--III. Morny y las minas de Sonora.--=Capítulo II. (1861)=.--I.
Almonte é Hidalgo.--II. Los bonos de Jecker.--III. Saligny.--IV. Cámara
Sindical de exportación.--=Capítulo III. (1862).=--I. El príncipe
austriaco.--II. Lorencez y Zaragoza.--III. Cartas al Emperador.--IV. El
general Forey.--V. Sus proclamas.--VI. Jecker protegido del ministro de
Prusia.--VII. El Congreso Mexicano.--VIII. Drouyn de Lhuys.--=Capítulo
IV. (1863).=--I. El Gobierno Mexicano aprueba los pasos conciliatorios de
su Cónsul General en París.--II. Nuevas proclamas del general
Forey.--III. Una consecuencia del negocio Jecker.--IV. Proceso de los
Cónsules.--V. Entrada de las tropas en México.--VI. El Marqués de
Montholon.--=Capítulo V. (1864-1866).=--I. El Imperio en México.--II. 1867
¡la catástrofe!--=Capítulo VI. (1867-1872).=--I. Juárez entra en
México.--II. México se levanta.--III. Guerra de Prusia.--IV.
Conclusión.--V. Ultima carta de Juárez.--DOCUMENTOS JUSTIFICATIVOS,
etc., etc.
Ejemplar, rústica $1 50
Para pedidos: ANGEL POLA
MÉXICO, CALLE DE TACUBA NÚM. 25
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importe. El pago en timbres postales tiene un recargo de 15 por ciento.
EL LIBRO ROJO
1520-1867
POR
VICENTE RIVA PALACIO, MANUEL PAYNO,
JUAN A. MATEOS
Y RAFAEL MARTÍNEZ DE LA TORRE
TOMO I
MEXICO
A. POLA, EDITOR, CALLE DE TACUBA, NÚM. 25
1905
Asegurada la propiedad de esta obra conforme á la ley
MOCTEZUMA.[1]
I
Era la media noche. Un profundo silencio reinaba en la gran capital del
Imperio Azteca, y las estrellas de un cielo limpio y despejado se
retrataban en las tranquilas aguas de los lagos y en los canales de la
ciudad.
Un gallardo mancebo que hacía veces de una divinidad, y que por esto le
llamaban _Izocoztli_, velaba silencioso y reverente en lo alto del
templo del dios de la guerra.
Repentinamente sus ojos se cierran, su cabeza se inclina, y recostándose
en una piedra labrada misteriosa y simbólicamente, tiene un sueño
siniestro. Abre los ojos, procura recordar alguna cosa, y no puede ni
aún explicarse confusamente lo que le ha pasado. Sale á la plataforma
del templo, levanta la vista á los cielos, y observa asombrado en el
Oriente una grande estrella roja con una inmensa cauda blanca que
cubría al parecer toda la extensión del Imperio. Apenas ha mirado este
fenómeno terrible en el firmamento, cuando cae con la faz contra la
tierra, y así, casi sin vida, permaneció hasta que los primeros rayos
del sol doraron las torres del templo. Alzó entonces el Izocoztli la
vista á los cielos, y la estrella había desaparecido[2].
II
Izocoztli al medio día se dirigió al palacio del Emperador. «Señor
temible y poderoso, le dijo, anoche he visto una grande estrella de
fuego en los cielos.»
Moctezuma dudó, pero quedó pensativo todo el día. En la noche él mismo
permaneció en observación en la azotea de su palacio, y á cosa de las
once vió aparecer repentinamente la fatal estrella roja.
Al día siguiente mandó llamar á todos los adivinos y hechiceros de la
ciudad. Ninguno había visto nada. Nadie se atrevía á interpretar la
aparición misteriosa de los cielos.
Moctezuma mandó llamar á los justicias. «Encerrad, les dijo, á todos
estos adivinos y astrólogos en unas jaulas, y no les dareis de comer ni
de beber. Es mi voluntad que mueran de hambre y de sed.
«Marchad después por todos los lugares de mi reino y haced que las casas
de los hechiceros y adivinos sean saqueadas y quemadas, y traedme
arrastrando del cuello por las calles á todos los que teniendo la
obligación de observar los cielos y de interpretar las señales de los
dioses, nada han visto, ni nada han dicho á su Rey.»
La orden se ejecutó. Los hechiceros de México murieron rabiosos de
hambre y de sed en las jaulas, y á los pocos días los muchachos de las
escuelas arrastraban de unas sogas amarradas al cuello á los adivinos de
las provincias, que dejaban contra las esquinas de la ciudad los pedazos
sangrientos de sus miembros. Así se cumplió la voluntad del muy grande y
poderoso Señor Moctezuma II[3].
III
Una tarde, quizá con la intención de ir á la corte de Texcoco, el
Emperador se dirigió al lago; pero en el mismo momento espesas nubes
cubrieron el cielo, los rayos atravesaron el horizonte, iluminándolo de
una luz siniestra, y las aguas del lago comenzaron á agitarse y á
hervir, como si tuviesen una gran caldera de fuego en el fondo.
Moctezuma se retiró á su palacio más triste y abatido. Imaginó aplacar
la cólera de los dioses y mandó traer una gran piedra de sacrificios que
había ordenado antes se labrase con mucho esmero. Al pasar la piedra por
el puente de Xoloco, construído de intento con fuertes maderos, crujió
repentinamente, y la enorme piedra se hundió en las aguas, llevándose
consigo al sumo sacerdote y á la mayor parte de los que la conducían.
En ese día un temblor hizo estremecer como si fuese la hoja de un árbol
el templo mayor, y un gran pájaro de forma extraña atravesó por encima
de la ciudad, dando siniestros graznidos. Otra vez una negra tempestad
descargó sobre la ciudad. Un rayo incendió el templo.
Moctezuma no pudo ya dominar su inquietud y su miedo, y mandó llamar al
sabio Rey de Texcoco.
Los poderosos y magníficos reyes de México y de Texcoco tuvieron una
entrevista solemne.
Netzahualpilli era un Rey anciano, lleno de justicia, de bondad y de
sabiduría, é interpretaba los sueños y los fenómenos de la naturaleza, y
tenía el don de la profecía. Llegó ante Moctezuma, tomó asiento frente
de él, y largo rato permanecieron los dos taciturnos y silenciosos.
--Señor, dijo Moctezuma interrumpiendo el silencio, ¿has visto la grande
estrella roja con una inmensa ráfaga de luz blanca?
--La he visto, contestó el Rey de Texcoco.
--¿Anuncia hambre, peste, ó nuevas guerras?
--Otra cosa todavía más terrible, dijo gravemente el Rey texcocano.
Moctezuma, pálido, casi sin aliento, temblaba sin poder articular ya una
palabra.
--Esa señal de los cielos ya es vieja, continuó con voz solemne el Rey
de Texcoco, y es extraño que los astrólogos nada te hayan dicho. Antes
de que apareciera la estrella, una liebre corrió largas horas por los
campos hasta que se entró en el salón de mi palacio. Esta señal era
precursora de la otra más funesta.
--¿Qué anuncia, pues, la estrella?--preguntó Moctezuma con una voz que
apenas le salía de la garganta.
--«Habrá en nuestras tierras y señoríos, continuó el de Texcoco, grandes
calamidades y desventuras; no quedará piedra sobre piedra; habrá muertos
innumerables y se perderán nuestros señoríos, y todo será por permisión
del Señor de las alturas, del Señor del día y de la noche, del Señor del
aire y del fuego.»
Moctezuma no pudo ya contener su emoción, y se echó á llorar diciendo:
«¡Oh, Señor de lo criado! ¡oh, dioses poderosos, que dais y quitais la
vida! ¿cómo habeis permitido que habiendo pasado tantos Reyes y Señores
poderosos, me quepa en suerte la desdichada destrucción de México, y vea
yo la muerte de mis mujeres y de mis hijos? Adónde huir? adónde
esconderme?»
--En vano el hombre quiere escapar, contestó tristemente el Rey de
Texcoco, de la voluntad de los dioses. Todo esto ha de suceder en tu
tiempo, y lo has de ver. En cuanto á mí, será la postrera vez que nos
hablaremos en esta vida, porque en cuanto vaya á mi reino moriré.
Los dos Reyes estuvieron encerrados todo el día conversando sobre cosas
graves, y á la noche se separaron con gran tristeza[4]. Netzahualpilli
murió en efecto el año siguiente[5].
IV
El 8 de noviembre de 1519 fué un día de sorpresa, de admiración y de
extraños sucesos en la gran ciudad de México.
A eso de las dos de la tarde, una tropa de europeos, á caballo los unos,
á pie los otros, y todos revestidos de brillantes armaduras y cascos de
acero, y armados de una manera formidable, hacían resonar las piedras y
baldosas de la calzada principal con las herraduras de sus corceles, y
el son de sus cornetas y atabales se prolongaba de calle en calle. En el
viento ondeaban los pendones con las armas de Castilla, y á la cabeza de
esta tropa, seguida de un ejército tlaxcalteca, venía el muy poderoso y
terrible capitán D. Hernando Cortés.
Las azoteas de todas las casas estaban cubiertas de gente, las canoas y
barquillas chocaban en los canales, y en las calles se agolpaba la
multitud, estrujándose y aún exponiendo su vida por mirar de cerca á los
hijos del sol y tocar sus armaduras y caballos.
Moctezuma, vestido con sus ropas reales adornadas de esmeraldas y de
oro, acompañado de sus nobles, salió á recibir al capitán Hernando
Cortés y le alojó en un edificio de un solo piso, con un patio
espacioso, varios torreones y un baluarte ó piso alto en el centro. Era
el palacio de su padre Axayacatl. Moctezuma, después de haber
cumplimentado á su huésped, se retiró á su palacio. Al día siguiente,
mandó que se hiciese en la montaña un sacrificio á los dioses
_Tlaloques_. Se sacrificaron algunos prisioneros, que estaban siempre
reservados para estas ocasiones; pero los dioses se mostraron más
irritados. Se estremeció la _Mujer Blanca_, y desde la azotea de su
palacio pudo contemplar asustado el Emperador azteca los penachos de
nubes negras y fantásticas que cubrían la alta cima de los gigantes del
Anáhuac.
V
A los ocho días de estar Hernando Cortés en México, los aztecas,
irritados con la presencia y orgullo de sus enemigos los tlaxcaltecas y
con las demasías que cometían los soldados españoles, dieron muestras
visibles de hostilidad y de disgusto. Cortés no sabía si permanecer, si
abandonar la capital ó situarse en las calzadas. Dos días estuvo sombrío
y pensativo, y al tercer día llamó á sus capitanes. «He resuelto prender
al Emperador Moctezuma, les dijo, y traerle á este palacio. Su vida
responde de la nuestra; lo demás que siga, está encomendado á la guarda
de Dios y de Santiago.»
A la mañana siguiente, después de oir toda la tropa española una misa,
de rodillas y con ejemplar devoción, Cortés tomó la palabra y dijo:
«Vamos á acometer hoy una de nuestras mayores hazañas, y es prender al
monarca en medio de todo su pueblo y de sus guerreros. Los españoles
somos un puñado que con el soplo de los indios podemos desaparecer; pero
están Dios y la Virgen con nosotros. He escogido á vuesas mercedes para
que me ayudeis á dar cima á esta arriesgada aventura.» Esto diciendo,
señaló á Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Francisco de Lujo,
Velázquez de León y Alonso de Avila, y estos caballeros, seguidos de
algunos soldados, cubiertos todos de armaduras completas, se dirigieron
al palacio del Emperador de México.
VI
Moctezuma procuraba aparecer tranquilo y afable ante sus súbditos, pero
no pensaba sino en los medios de que quedasen contentos los españoles, y
de que saliesen prontamente de la ciudad.
El salón en que estaba era espacioso, tapizado con mantas finas de
algodón, bordadas de colores variados y con dibujos exquisitos. El suelo
estaba cubierto de finas esteras de palma. En el fondo el monarca estaba
reclinado entre cojines, y á su derredor había algunos nobles y una
muchacha como de 16 años, de ojos y cabellos negros, de tez morena, y
sonreía alegremente dejando ver entre sus labios rojos dos blancas y
parejas hileras de dientes.
Los españoles se presentaron en ese momento.
Las pisadas recias de los capitanes que hacían resonar sus espuelas en
el pavimento, el aire feroz é imponente que tenían, y el verlos
seguidos de algunos soldados, inspiró temor á Moctezuma; se puso algo
pálido, pero dominó su emoción y saludó á Cortés y á sus capitanes con
la sonrisa en los labios. «Voy á ensayar el último arbitrio,» pensó
entre sí; y dirigiéndose á Cortés, le dijo:
--«_Malinche_, tenía gran deseo de que tú y tus capitanes me visitaran,
y pensaba en ello, porque tenía preparadas algunas joyas y preciosidades
de mi reino para ofrecértelas.»
Los ministros y magnates que estaban cerca, presentaron á Cortés en unas
bandejas pintadas de colores, muchas figuras de oro, como sapos,
serpientes y conejos, primorosamente labradas, y además, esmeraldas,
conchas, mosaicos de pluma de colibrí y otras maravillas del arte
indígena.
Cortés, preocupado, apenas miró los objetos é inclinó la cabeza
maquinalmente.
Moctezuma, que observaba la fisonomía del capitán español, cada vez
estaba más alarmado.
Olid, Sandoval y Alonso de Avila examinaron con más atención los
presentes; los demás guardaban silencio, y al disimulo requerían el puño
de sus espadas.
El monarca dominó su orgullo.
--«_Malinche_, dijo, tengo para tí reservada una joya de más valor que
el oro de todo mi reino. La joya que te voy á dar es mi corazón,» y al
decir esto se levantó, tomó por la mano á la linda muchacha y la
presentó á Cortés. «Es mi hija, Malinche, una hija que los dioses han
hecho hermosa, y que te doy para que sea tu mujer y tengas en ella una
prenda de mi fe y de mi cariño.»
Los ojos de Cortés se clavaron en la muchacha. Su mirada expresaba la
ternura que le inspiraron las palabras del Rey, pero reflexionó un
momento y cambió de resolución.
--«Señor y Rey, dijo el capitán inclinándose respetuosamente, mi
religión me permite tener una sola mujer y no muchas, y ya soy casado en
Cuba. Os doy gracias y os devuelvo á vuestra hermosa hija.»
Moctezuma quedó triste y corrido; la niña se cubrió de rubor al verse
rechazada, y Cortés, después de un momento, hizo un esfuerzo y cambió
bruscamente de tono.
--«He venido, señor, le dijo con semblante torvo, á deciros que mis
soldados han sido asesinados en la costa, y mi capitán Escalante herido
de muerte, y todo por la traición de _Cuauhpopoca_, que es vuestro
súbdito, y así he resuelto que entretanto viene este traidor y se le
impone el castigo que merece, os llevaré á mis cuarteles, donde
permanecereis bajo mi guarda.»
Moctezuma se puso pálido; pero á poco, acordándose que era Rey,
encendido de cólera se levantó y exclamó con energía:
--«¿Desde cuándo se ha oído que un príncipe como yo, abandone su palacio
para rendirse prisionero en manos de extranjeros?»
Cortés se dominó y trató con suavidad de persuadir al monarca de que no
iba en calidad de prisionero, y que sería tratado respetuosamente; pero
Velázquez de León, impaciente de tanta tardanza, dijo:
«¿Para qué perdemos tiempo en discusiones con este bárbaro? Hemos
avanzado mucho para retroceder ya. Dejadnos prenderle, y si se resiste
le traspasaremos el pecho con nuestros aceros.» Todos entonces pusieron
mano á la espada ó al pomo del puñal[6].
Cortés los contuvo.
Moctezuma bajó los ojos, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus
mejillas.
«Vamos,» dijo á Marina que le había explicado, aunque suavemente, las
amenazas de los españoles.
Al día siguiente el monarca mexicano era prisionero de Cortés.
VII
Un día con un sol resplandeciente y hermoso, en medio de las calles
llenas de tráfico y de bullicio, apareció una inmensa comitiva. Era un
cacique ricamente vestido, que traían en unas andas unos esclavos.
Seguíanle su hijo y quince nobles de la provincia. Este cacique era
_Cuauhpopoca_, el mismo que había matado á los soldados españoles y
derrotado á Juan de Escalante.
La comitiva se dirigió al palacio de Moctezuma, y á poco salió y entró
con la misma pompa al palacio de Axayacatl, donde Cortés tenía todavía
sus cuarteles.
Cortés y sus capitanes recibieron al cacique, que ya iba triste,
cabizbajo y vestido de una grosera túnica de henequén.
--Cacique, le dijo Cortés con voz terrible, ¿eres tú súbdito de
Moctezuma?
--¿A qué otro señor podía servir?--contestó el cacique.
--Basta con eso, contestó secamente Cortés; y dirigiéndose á los
soldados, les dijo: Atad á esos paganos y preparad las hogueras. Las
flechas, jabalinas y macanas depositadas en el templo mayor servirán de
leña.
Los soldados ejecutaron prontamente las órdenes, y á poco diez y siete
hogueras estaban preparadas en el patio del palacio. Sobre cada hoguera
había uno de los nobles, amarrado de pies y manos. El cacique estaba
enfrente de su hijo.
Los indígenas, mudos de espanto, ni procuraron defenderse ni profirieron
una sola palabra. Con una resolución estoica se dejaron colocar en el
horrendo suplicio.
Cortés se dirigió entonces á la pieza donde estaba Moctezuma.
--Monarca, le dijo con acento feroz, mereces la muerte; pero quiero
castigar siempre tu crimen, pues eres el autor principal de la infamia
cometida con los españoles.--Soldado, ejecuta la orden que te he dado.
Un soldado que había seguido á Cortés, se acercó á Moctezuma y le puso
bruscamente un par de grillos en los pies.
Ahogados sollozos se escaparon del pecho del monarca. Sus sirvientes
derramaban lágrimas. Cortés volvió las espaldas al Rey y salió del
aposento.
Cuando llegó al patio, gruesas columnas de humo se levantaban de las
hogueras. Se oía el crugido de las carnes y de los huesos que se
tostaban. Algún lúgubre quejido salía del pecho de aquellos infelices.
Los españoles con la arma al brazo, y los artilleros con mecha en mano,
presenciaban el suplicio. Cuando el viento disipó las negras y hediondas
columnas de humo, se pudieron ver diez y siete esqueletos retorcidos,
deformes, negros, calcinados.
VIII
A este fúnebre acontecimiento siguieron otros; pero el más grave de
todos fue la llegada de Pánfilo de Narvaez á Veracruz.
Cortés, como en todas ocasiones, tomó una resolución extrema; dejó la
guarda de Moctezuma y de la ciudad á Pedro de Alvarado, _Tonatiut_ (el
sol), como le llamaban los indios, y marchó violentamente al encuentro
de su rival.
En el mes de mayo los aztecas acostumbraban hacer una solemne fiesta,
que llamaban _Texcalt_, en memoria de la traslación del dios de la
guerra al templo mayor. Se dirigieron á _Tonatiut_, quien les dió
licencia, con la condición de que no llevasen armas ni hiciesen
sacrificios humanos.
Cosa de 600 nobles concurrieron á la ceremonia, ataviados con sus más
ricas vestiduras cubiertas de oro y esmeraldas. Bailaban sus danzas y
_areitos_, como les llamaban los españoles, y se entregaban descuidados
á la alegría, cuando entró Alvarado al templo, seguido de cincuenta
soldados armados.
¡¡_Tonatiut_ cae sobre nosotros; _Tonatiut_ nos mata!! exclamaron varias
voces. Todos echaban á huir y querían salir; pero eran recibidos por las
picas de los soldados que guardaban las puertas. Alvarado y los suyos
mataban á diestra y siniestra, hasta que no quedó ninguno. La sangre
corría, y bajaba como una cascada roja por las escaleras del templo. Los
españoles arrancaban las joyas de los miembros destrozados y sangrientos
de la nobleza azteca. Alvarado se retiró con trabajo á sus cuarteles.
Toda la población se levantó en masa, furiosa y desesperada, resuelta á
acabar con sus asesinos.
IX
Hernando Cortés, después de haber vencido á Narvaez, hécholo prisionero
é incorporado sus tropas, regresó á México y salvó á Alvarado, que
estaba ya á punto de sucumbir.
Los combates siguieron sin interrupción. Los españoles hacian salidas,
barrían con la artillería las masas compactas de indígenas, que volvían
á cerrarse y á cargar con hondas, maderos y piedras, cada vez con más
furor. Los cadáveres amontonados interrumpían el paso de las calles, los
heridos daban lastimosos gemidos, y las mismas mujeres corrían
frenéticas ayudando al ataque. Al cabo de algunos días los españoles
volvieron á encontrarse en la última extremidad. No podían salir de la
ciudad, ni capitular, ni rendirse, porque hubieran sido sacrificados á
los ídolos, y sus esfuerzos para pelear se agotaban. Todos comenzaban á
desconfiar, á murmurar contra su capitán.
Cortés requirió á Moctezuma para que se interpusiera con sus súbditos y
cesara la guerra.
--¿Qué tengo que hacer ya con el Malinche?--respondió despechado,
dejándose caer sobre sus almohadones.
Marina, Peña y Orteguilla, que eran sus favoritos, el padre Olmedo y
Olid interpusieron su influjo y le persuadieron á que se mostrase y
hablase á su pueblo. Moctezuma accedió, revistióse de su más rico traje
real, y subió al baluarte ó piso principal del palacio, y se dejó ver en
la parte más saliente. Apenas la multitud notó la presencia de su
monarca, cuando cesó el ruido y la gritería; los guerreros suspendieron
el ataque, y muchos se prosternaron y cayeron con el rostro en tierra.
Hubo un silencio profundo. Moctezuma habló, pero tuvo que disculparse,
que manifestarse el amigo de los españoles, que interceder por ellos.
Esto cambió súbitamente al pueblo; su furor redobló, y le gritaron con
rabia:
«Vil mujer, monarca indigno, azteca degradado, vergüenza de tus
antepasados, no queremos ya que nos mandes, ni siquiera verte un solo
momento.»
Un noble azteca, vestido fantásticamente como una ave de rapiña, se
acercó al baluarte, blandió airadamente su arco, y disparó una flecha al
Rey. Esa fué la señal del nuevo combate. Un alarido aterrador salió como
por una sola boca de todo el pueblo; una nube de flechas, de piedras y
de dardos nublaron por un momento el aire, y Moctezuma, herido en la
nuca por una piedra, cayó desmayado en la azotea.
X
Moctezuma fué recogido por dos soldados del terrado del cuartel y
conducido á su habitación, donde permaneció sin conocimiento algunas
horas. Cuando volvió en sí, su desesperación y despecho no conocieron
límites. Las afrentas que había recibido de los españoles eran poca cosa
cuando pensaba en la que le había hecho su pueblo, desconociéndole como
su Señor y volviendo contra él sus armas. Arrancóse de la cabeza una
venda que le habían puesto, y buscó una arma con que acabar con sus
días; pero los nobles que le acompañaban trataron de calmar los dolores
físicos y morales que le atormentaban, y á poco cayó en un abatimiento
sombrío; sus ojos erraban sobre las paredes del aposento y sobre las
tristes fisonomías de los que le acompañaban; cerró después sus labios,
que se habian abierto para pedir únicamente la muerte á los dioses, y no
volvió á proferir una palabra, rechazando resueltamente los alimentos
que le presentaban y las insinuaciones que le hacía el padre Olmedo para
que recibiese el bautismo.
En cuanto pasó el primer impulso del furor del pueblo azteca y vió
llevar en brazos, muerto al parecer, al Rey, su rabia cambió en pavor.
Los oficiales que habian tirado sobre él arrojaron las armas, otros se
prosternaron contra la tierra, y la multitud, silenciosa y sobrecogida,
se fué dispersando lentamente por las calles.
Cortés se dirigió á Olid. «La muerte de Moctezuma, le dijo, ha llenado
de miedo á estos bárbaros. Es necesario aprovecharnos de los instantes y
salir de la ciudad. Reunid inmediatamente un consejo de guerra.»
Olid convocó á todos los oficiales, y mientras quedaban unos á la guarda
de la fortaleza, otros entraron en el salón que habitaba Cortés.
El consejo fué tumultuoso, como el que tiene una tripulación en una nave
que va á naufragar. Se discutió con calor si la retirada sería de día ó
de noche; todos voceaban y disputaban hasta el grado de poner la mano en
el puño de las espadas. Cortés tuvo que imponer silencio y que dirigir
una mirada fiera á los más insolentes oficiales.
En un momento de silencio el soldado Botello, llamado el _astrólogo_,
levantó la voz:--Señor capitán, dijo, os anuncio que os vereis reducido
al último extremo de miseria; pero después tendreis grandes honores y
fortuna. En cuanto al ejército español, digo que es necesario que salga
cuanto antes de esta ciudad maldita, pero precisamente deberá _ser de
noche_.
La disputa cesó desde el momento que se oyó la opinión del astrólogo, y
aquella gente fiera, pero supersticiosa, obedeció la voluntad del simple
soldado.
--Saldremos esta noche precisamente, dijo Cortés. Haced, pues, vuestros
preparativos, y armaos de la resolución que siempre habeis tenido para
acabar los más apurados lances. Tomad todo el oro y joyas que querais;
pero cuidado, que podreis ser víctimas del mismo peso del oro que
cargueis.
Apenas los oficiales y soldados oyeron esta orden, cuando corrieron al
tesoro; y encontrando el oro amontonado en el suelo, comenzaron á llenar
sus alforjas y maletas con cuanto pudo caber en ellas.
XI
En la tarde, el horizonte se fué nublando gradualmente, y una masa de
nubes negras y amenazadoras vino al parecer expresamente de la cumbre de
los volcanes. El silencio profundo que reinaba en la ciudad aumentaba
más el pavor, y todo anunciaba una tormenta en el cielo y una matanza en
la tierra. Así llegó la noche imponente y sombría. Los pechos de los
españoles, fuertes y templados como sus aceros, se estremecieron sin
embargo. Todos pensaron que quizá no verían el sol del nuevo día.
Moctezuma, mudo, silencioso, moría entre sus cojines, más del despecho,
más del dolor de haber visto el fin sangriento de su reinado, que de la
herida que tenía en la cabeza. Los nobles que le acompañaban de pie á su
derredor, observaban los preparativos de los españoles, y casi
adivinaban la suerte que les estaba reservada. Cortés, que creía que
Moctezuma había causado realmente la situación tremenda en que se
hallaba, había cambiado la afección que concibió al principio, en un
odio profundo.
La tempestad que se cernía hacía ya algunas horas sobre la ciudad,
descargó por fin. Gruesas gotas de agua y granizos comenzaron á caer en
los terrados. Los relámpagos con su azufrosa y blanca luz, herían las
armaduras de los caballeros, iluminaban sus fisonomías terribles, y
entraban instantáneamente por una ventana estrecha á dar un lívido color
al triste cuadro que presentaban el Emperador y sus caciques, esperando
silenciosos que se cumpliese su inexorable destino.
El padre Olmedo dijo una misa, á la que asistieron todos los capitanes y
soldados; acabada, Cortés organizó la marcha, y á las doce de la noche
del 1.º de julio de 1520, en medio de una horrible tempestad, se
abrieron las puertas de la fortaleza y abandonaron los españoles
aquellas murallas, testigos de sus horribles padecimientos y de su
indómito valor[7].
XII
--¿Qué haremos con los prisioneros?--preguntó uno de los oficiales á
Cortés.
--Nunca será bien, si aun Dios nos tiene reservado el acabar esta
empresa, que quede con vida el que ha sido el Rey de estos idólatras, ni
ninguno de los que se llaman nobles ó caciques[8].
_Tonatiut_ con un semblante torvo se presentó en el salón donde estaba
Moctezuma y sus nobles, alumbrado escasamente y á intervalos por una
hoguera de ocote media apagada.
--Acabad con estos bárbaros que tratan todavía de sacrificarnos, y
echadlos por la azotea á la calle, sobre la Tortuga de piedra, para que
toda la ciudad se entretenga, y cerciorados los indios de que están
muertos, no nos estorben el paso.
Los indios se estremecieron y quisieron huir, ¿adónde? Se pusieron en
pie y esperaron la muerte resueltamente. El Emperador apenas levantó la
cabeza.
Los soldados sacaron los estoques y comenzaron á herir á todos los que
allí estaban. A Moctezuma le dieron cinco puñaladas[9]. Concluida la
matanza sacaron los cadáveres y los arrojaron por la azotea sobre la
gran Tortuga, que estaba en la esquina de la fortaleza, y se
incorporaron al resto de la tropa que avanzaba lentamente entre la
lluvia y las tinieblas, resbalando en el lodo y en la sangre de las
calles.
_Manuel Payno_
XICOTENCATL[10]
Atravesaba el pequeño ejército de Hernán Cortés la soberbia muralla de
Tlaxcala que defendía la frontera oriental de aquella indómita
República.
Los soldados se detenían mirando con asombro aquel monumento gigantesco,
que según la expresión de Prescott «tan alta idea sugería del poder y
fuerza del pueblo que le había levantado.»
Pero aquel paso, aquella fortaleza, cuya custodia tenían encargada los
othomís, estaba entonces desguarnecida. El general español se puso á la
cabeza de su caballería, é hizo atravesar por allí á sus soldados,
exclamando lleno de fe y entusiasmo: «Soldados, adelante, la Cruz es
nuestra bandera, y bajo esta señal venceremos:» y los guerreros
españoles hollaron el suelo de la libre República de Tlaxcalan.
* * * * *
El ejército español y sus aliados los Zempoaltecas caminaban
ordenadamente; Cortés con sus jinetes llevaba la vanguardia; los
Zempoaltecas la retaguardia. Aquella columna atravesando la desierta
llanura, parecía una serpiente monstruosa con la cabeza guarnecida de
brillantes escamas de acero, y el cuerpo cubierto de pintadas y vistosas
plumas.
Cortés caminaba pensativo: el tenaz fruncimiento de su entrecejo,
indicaba su profunda meditación: mil encontradas ideas y mil desacordes
pensamientos debían luchar en el alma de aquel osado capitán, que con un
puñado de hombres se lanzaba á acometer la empresa más grande que
registra la historia en sus anales.
Reinaba el silencio más profundo en la columna, y sólo se escuchaba el
ruido sordo y confuso de las pisadas de los caballos.
De cuando en cuando, Cortés se levantaba sobre los estribos y dirigía
ardientes miradas, como intentando descubrir algo á lo lejos: así
permanecía algunos momentos, nada alcanzaba á ver, y volvía
silenciosamente á caer en su meditación.
¿Qué esperaba, qué temía aquel hombre que procuraba así sondear los
dilatados horizontes?--Esperaba la vuelta de sus embajadores: temía la
resolución del gobierno de la República de Tlaxcala.
* * * * *
Cuando Cortés determinó pasar con su ejército á la capital del imperio
de Moteuczoma, vaciló sobre el camino que debía llevar; era su intención
dejar á un lado la República de Tlaxcala y tomar el camino de Cholula,
país sometido al imperio de México y en donde esperaba encontrar
favorable acogida, por las relaciones de amistad que le unían yá con el
emperador Moteuczoma.
Pero sus aliados los Zempoaltecas le aconsejaron otra cosa. Tlaxcala era
una República independiente y libre; sus hijos, belicosos é indomables,
no habían consentido nunca el yugo del imperio Azteca, vencedores en las
llanuras de Poyauhtlan: vencedores de Axayacatl, y vencedores después de
Moteuczoma, el amor á su patria les había hecho invencibles y les
constituía irreconciliables enemigos de los mexicanos: los Zempoaltecas
aconsejaron á Cortés que procurase hacer alianza con los de Tlaxcala,
abonando encarecidamente el valor y la lealtad de aquellos hombres.
Comprendió Cortés que sus aliados tenían razón, y tomó decididamente el
camino de Tlaxcala, enviando delante de sí como embajadores á cuatro
Zempoaltecas para hablar al senado de Tlaxcala, con un presente marcial
que consistía en un casco de género carmesí, una espada y una ballesta,
y portadores de una carta en la que encomiaba el valor de los
Tlaxcaltecas, su constancia y su amor á la patria, y concluía
proponiéndoles una alianza con objeto de humillar y castigar al soberbio
emperador de México.
Los embajadores partieron; Cortés continuó su camino, atravesó la gran
muralla tlaxcalteca y penetró en el terreno de la República, sin que
aquéllos hubieran vuelto á dar noticia de su embajada.
* * * * *
El ejército español avanzaba con rapidez; el general seguía cada momento
más inquieto: por fin no pudo contenerse, puso al galope su caballo, y
una partida de jinetes le imitó, y algunos peones aceleraron el paso
para acompañarle; así caminaron algún tiempo explorando el terreno: de
repente alcanzaron á ver una pequeña partida de indios armados que
echaban á huir cuando vieron acercarse á los españoles: los jinetes se
lanzaron en su persecución, y muy pronto alcanzaron á los fugitivos;
pero éstos, en vez de aterrorizarse por el extraño aspecto de los
caballos, hicieron frente á los españoles y se prepararon á combatir.
Aquel puñado de valientes hubiera sido arrollado por la caballería, si
en el mismo momento un poderoso refuerzo no hubiera aparecido en su
auxilio.
Los españoles se detuvieron, y Cortés envió uno de su comitiva para
avisar á su ejército que apresurase la marcha. Entretanto los indios
disparando sus flechas se arrojaron sobre los españoles, procurando
romper sus lanzas y arrancar á los jinetes de los caballos; dos de éstos
fueron muertos en aquella refriega, y degollados para llevarse las
cabezas como trofeos de guerra.
Rudo y desigual era el combate, y mal lo hubieran pasado los españoles
que allí acompañaban á Cortés, á no haber llegado en su socorro el resto
del ejército: desplegóse la infantería en batalla, y las descargas de
los mosquetes y el terrible estruendo de las armas de fuego que por
primera vez se escuchaba en aquellas regiones, contuvieron á los
enemigos que retirándose en buen orden y sin dar muestra ninguna de
pavor, dejaron á los cristianos dueños del lugar del combate.
Sobre aquel terreno se detuvieron los españoles, acampando, como señal
del triunfo, sobre el mismo campo de batalla.
* * * * *
Dos enviados Tlaxcaltecas y dos de los embajadores de Cortés se
presentaron entonces para manifestar, en nombre de la República, la
desaprobación del ataque que habían recibido los españoles, y ofreciendo
á éstos que serían bien recibidos en la ciudad.
Cortés creyó ó fingió creer en la buena fe de aquellas palabras: cerró
la noche y el ejército se recogió, sin perderse un momento la
vigilancia.
Amaneció el siguiente día, que era el 2 de septiembre de 1519, y el
ejército de los cristianos, acompañado de tres mil aliados, se puso en
marcha, después de haber asistido devotamente á la misa que celebró uno
de los capellanes.
Rompían la marcha los jinetes, de tres en fondo, á la cabeza de los
cuales iba como siempre el denodado Cortés.
No habían avanzado aún mucho terreno, cuando salieron á su encuentro los
otros dos Zempoaltecas, embajadores de Cortés, anunciándole que el
general Xicoténcatl les esperaba con un poderoso ejército y decidido á
estorbarles el paso á todo trance.
En efecto, á pocos momentos una gran masa de Tlaxcaltecas se presentó
blandiendo sus armas y lanzando alaridos guerreros.
Cortés quiso parlamentar, pero aquellos hombres nada escucharon, y una
lluvia de dardos, de piedras y de flechas vino á rebotar, como única
contestación, sobre los férreos arneses de los españoles.
«Santiago y á ellos,» gritó Cortés con ronca voz, y los jinetes bajando
las lanzas arremetieron á aquella cerrada multitud.
Los Tlaxcaltecas comenzaron á retirarse: los españoles, ciegos por el
ardor del combate, comenzaron á perseguirlos, y así llegaron hasta un
desfiladero cortado por un arroyo, en donde era imposible que
maniobrasen la artillería ni los jinetes.
Cortés comprendió lo difícil de su situación, y con un esfuerzo
desesperado logró salir de aquella garganta y descender á la llanura.
Pero entonces sus asombrados ojos contemplaron allí un ejército de
Tlaxcaltecas, que su imaginación multiplicaba: era el ejército de
Xicoténcatl que esperaba con ansia el momento del combate.
Sobre aquella multitud confusa se levantaba la bandera del joven
general; era la enseña de la casa de Tittcala, una garza sobre una roca,
y las plumas y las mallas de los combatientes, amarillas y rojas,
indicaban también que eran los guerreros de Xicoténcatl.
Sonaron los teponaxtles, se escuchó el alarido de guerra y comenzó un
terrible combate.
* * * * *
Era Xicoténcatl, el jefe de aquel ejército, un joven hijo de uno de los
ancianos más respetables entre los que componían el senado de Tlaxcala.
De formas hercúleas, de andar majestuoso, de semblante agradable, sus
ojos negros y brillantes parecían penetrar, en los momentos de
meditación del caudillo, los oscuros misterios del porvenir, y sobre su
frente ancha y despejada no se hubiera atrevido á cruzar nunca un
pensamiento de traición, como un pájaro nocturno no se atreve nunca á
cruzar por un cielo sereno y alumbrado por la luz del día.
Xicoténcatl era un hermoso tipo, su elevado pecho estaba cubierto por
una ajustada y gruesa cota de algodón sobre la que brillaba una rica
coraza de escamas de oro y plata; defendía su cabeza un casco que
remedaba la cabeza de un águila cubierta de oro y salpicada de piedras
preciosas, y sobre el cual ondeaba un soberbio penacho de plumas rojas y
amarillas: una especie de tunicela de algodón bordada de leves plumas,
también rojas y amarillas, descendía hasta cerca de la rodilla; sus
nervudos brazos mostraban ricos brazaletes, y sobre sus robustas
espaldas descansaba un pequeño manto, formado también de un tejido de
exquisitas plumas.
Llevaba en la mano derecha una pesada maza de madera erizada de puntas
de _itztli_, y en el brazo izquierdo un escudo, en el que estaban
pintadas como divisa las armas de la casa de Tittcala, y del cual pendía
un rico penacho de plumas. Xicoténcatl, con ese fantástico y hermoso
traje, hubiera podido tomarse por uno de esos semidioses de la Mitología
griega: todo el ejército Tlaxcalteca le obedecía, y era él, el alma
guerrera de aquella República, la encarnación del patriotismo y del
valor; y era él, el que despreciando las fabulosas consejas que hacían
de los españoles divinidades invencibles é hijos del sol, conducía las
huestes de la República al encuentro de aquellos extranjeros,
despreciando los cobardes consejos del viejo Maxixcatzin que quería la
paz con los cristianos, y sin intimidarse de que éstos manejaban el rayo
y caminaban sobre monstruos feroces y desconocidos.
* * * * *
El choque fué terrible: un día entero duró aquel combate, y Xicoténcatl,
que había perdido en él ocho de sus más valientes capitanes, tuvo que
retirarse, pero sin creer por esto que había sido vencido, y esperando
el nuevo día para dar una nueva batalla.
Cortés recogió sus heridos, y sin pérdida de tiempo continuó su marcha
hasta llegar al cerro de Tzompatchtepetl, en cuya cima un templo le
prestó asilo para el descanso de aquella noche.
Los soldados cristianos y sus aliados celebraban la victoria. Cortés
comprendió lo efímero del triunfo. La inquietud devoraba su pecho.
Se dió un día de descanso á las tropas.
Xicoténcatl acampó también muy cerca de Cortés, y se preparaba, lo mismo
que los españoles, á combatir de nuevo.
Sin embargo, el general español quiso probar aún la benignidad y los
medios de conciliación, enviando nuevos embajadores á proponer á
Xicoténcatl un armisticio.
Los embajadores volvieron con la respuesta del joven caudillo: era un
reto á muerte y una amenaza de atacar al siguiente día los cuarteles.
Cortés reflexionó que su situación era comprometida, y decidió salir á
buscar en la mañana siguiente á los Tlaxcaltecas.
* * * * *
Brilló la aurora del 5 de septiembre de 1519. El sol apareció despues
puro y sereno, y á su luz comenzaron á desfilar peones y jinetes.
Su marcha era ordenada y silenciosa como de costumbre: cada uno de los
soldados esperaba el combate de un momento á otro, y todos sabían ya
que su valeroso general los llevaba á atacar resueltamente el campamento
del ejército de Xicoténcatl.
Apenas habrían caminado un cuarto de legua, cuando aquel ejército
apareció á su vista en una extendida pradera.
El espectáculo era sorprendente.
Un océano de plumas de mil colores que ondulaban á merced del fresco
viento de la mañana, y entre el que brillaban como las fosforescencias
del mar en una noche tempestuosa, los arneses de oro y plata y las joyas
preciosas de los cascos de los guerreros Tlaxcaltecas, heridos por la
luz del nuevo día.
En el horizonte, perdiéndose entre la bruma las banderas y pendones de
los distintos caciques Othomís y Tlaxcaltecas, y dominándolo todo,
orgullosa, el águila de oro con las alas abiertas, emblema de la
indómita República.
Al presentarse el ejército de Cortés, aquella multitud se estremeció, y
un espantoso alarido atronó los vientos, y los ecos de las montañas lo
repitieron confusamente.
El monótono sonido de los teponaxtles contestó aquel alarido de guerra:
los guerreros indios se agitaron un momento, y después, como un torrente
que se desborda, aquella muchedumbre se lanzó sobre los españoles.
No hubo uno solo de aquellos valientes pechos castellanos, que no
sintiera un estremecimiento de pavor.
El ejército de Xicoténcatl avanzaba rápidamente levantando un inmenso
torbellino de polvo, que flotaba después sobre ambos ejércitos, como un
dosel, al través del cual cruzaban tristes y amarillentos los rayos del
sol.
Aquella era una hirviente catarata de hombres, de armas, de plumas, de
joyas y de estandartes.
Levantóse un rugido como el de una tempestad: los gritos de los
combatientes que se miraban á cada momento más cerca, se mezclaban con
el estrépito de las armas de fuego, el silbido de las flechas, los
sonidos de los teponaxtles, y de los pífanos y de los atabales.
Los dos ejércitos se encontraron, y se estrecharon y se enlazaron, como
dos luchadores.
Pasó entonces una escena espantosa, indescriptible.
Ni los caballeros ni los infantes podían maniobrar.
Se escuchaban los golpes sordos de los aceros de los españoles sobre el
desnudo pecho de los indios, y como el ruido del granizo que azota una
roca, el golpe de las flechas sobre las armaduras de hierro de los
soldados de Cortés.
Aquella carnicería no puede ni explicarse ni comprenderse.
Las balas de los cañones y de los arcabuces se incrustaban en una
espesa muralla de carne humana, y la sangre corría como el agua de los
arroyos.
Era una especie de hervor siniestro de combatientes que se alzaban, y
desaparecían unos bajo los pies de los otros, para convertirse en fango
sangriento.
La traición vino en ayuda de los españoles, y un cacique de los que
militaban á las órdenes de Xicoténcatl huyó llevándose diez mil
combatientes, y la victoria se decidió por los cristianos.
* * * * *
El pueblo y el senado de Tlaxcalan se desalentaron con la derrota.
Xicoténcatl sintió en su corazón avivarse el entusiasmo y el amor á la
patria.
Las almas grandes son como el acero: se templan en el fuego.
Xicoténcatl contaba con el sacerdocio, y los sacerdotes dijeron al
pueblo y al senado que los cristianos, protegidos por el sol, debían ser
atacados durante la noche.
Y el pueblo y el senado creyeron.
Llegó la noche y Xicoténcatl condujo sus huestes al ataque de los
cuarteles de los españoles.
Cortés velaba, y entre las sombras miró las negras masas del ejército
Tlaxcalteca que se acercaban, y puso en pie á sus soldados.
Xicoténcatl llegó hasta el campo atrincherado de los españoles: un paso
los separaba ya, cuando repentinamente una faja de luz roja ciñó el
campamento, y el estampido de las armas de fuego despertó el eco de los
montes.
Los Tlaxcaltecas atacaban con furor; pero en esta vez como en otras, los
cañones y los arcabuces dieron la victoria á Cortés.
El senado de Tlaxcalan culpó la indomable constancia del joven caudillo,
y le obligó á deponer las armas.
Los españoles entraron triunfantes á Tlaxcalan.
El águila de aquella República lanzó un grito de duelo y huyó á las
montañas.
El senado de la República, que nada había hecho en favor de la
independencia de la patria, temeroso del enojo de los conquistadores,
destituyó al joven caudillo; pero el espíritu grande de Hernán Cortés
sintió lo profundamente ingrato de la conducta del senado, é interpuso
su valimiento para que Xicoténcatl fuese restituído en sus honores.
* * * * *
Eran los primeros dias de marzo de 1521. Cortés volvía sobre la capital
del imperio Azteca, de donde había salido fugitivo y casi derrotado en
la célebre _noche triste_, con un ejército poderoso compuesto de
españoles y aliados, como se llamaban á los naturales del país.
En las filas de los Tlaxcaltecas circulaban noticias alarmantes.
Xicoténcatl había desaparecido del campo, y según la opinión general,
aquella separación era provenida del mal trato que los españoles daban á
sus aliados, y sobre todo del odio que Xicoténcatl profesaba á esta
alianza.
Dióse la orden para que los Tlaxcaltecas se dirigieran para Tlacopan con
objeto de comenzar las operaciones del sitio, y los Tlaxcaltecas
emprendieron el camino, dejando á la ciudad de Texcoco, en donde sin
saber para quién, pero con gran terror, habían visto preparar una grande
horca.
* * * * *
Estamos en Texcoco.
El sol se ponía detrás de los montes que forman como un engaste á las
cristalinas aguas del lago: la tarde estaba serena y apacible.
Por el camino de Tlaxcalan llegaba un grupo de peones y jinetes
conduciendo en medio de sus filas á un prisionero, que caminaba tan
orgullosamente como si él viniera mandando aquella tropa.
Atravesaron sin detenerse algunas de las calles de la ciudad, y se
dirigieron sin vacilar á la grande horca colocada cerca de la orilla del
lago.
El prisionero miró la horca; comprendió la suerte que le esperaba, pero
no se estremeció siquiera.
Porque aquel hombre era Xicoténcatl, y Xicoténcatl no sabía temblar ante
la muerte.
Los españoles le notificaron su sentencia: debía morir por haber
abandonado sus banderas, por haber dado este mal ejemplo á los fieles
Tlaxcaltecas.
Xicoténcatl, que comenzaba ya á comprender el español, contestó la
sentencia con una sonrisa de desprecio.
Entonces se arrojaron sobre él y le ataron.
* * * * *
La pálida y melancólica luz de la luna que se ocultaba en el horizonte,
rielando sobre la superficie tranquila de la laguna, alumbró un cuadro
de muerte.
El caudillo de Tlaxcala, el héroe de la independencia de aquella
República, espiraba suspendido de una horca, al pie de la cual los
soldados de Cortés le contemplaban con admiración.
A lo lejos, algunos Tlaxcaltecas huían espantados, porque aquel era el
patíbulo de la libertad de una nación.
_Vicente Riva Palacio._
CUAUHTIMOC
I
LOS TRES REYES
Poco tiempo después de la salida de los españoles en la memorable _Noche
Triste_, se comenzó á notar en los barrios de la ciudad una horrorosa
enfermedad, antes desconocida entre los aztecas. Los médicos hacían uso
de cuantas plantas benéficas conocían y de cuantos sortilegios les
sugería la superstición, y todo era ineficaz. Los jóvenes y los niños
eran atacados repentinamente de unas pústulas rojas que se sobreponían
en el cuerpo las unas á las otras como los botones de una piña, y en
breve tiempo los ojos, las narices, la boca, los carrillos no formaban
sino un conjunto deforme, rojo y candente, como si con un fierro
ardiendo hubiesen los verdugos marcado á la víctima. La mayor parte
morían á los cuatro ó cinco días devorados por una fiebre ardiente, y
dejando en el lecho los pedazos de sus carnes. Eran las viruelas, que
como el primero y más funesto presente de la Europa, regalaba á la raza
indígena un negro que vino entre las gentes de Pánfilo de Narvaez.
Después de la catástrofe de Moctezuma, los mexicanos se apresuraron á
elegir Emperador, y recayó el mando en su hermano _Cuitlahuatzin_, bravo
joven que había reasumido el mando de las fuerzas aztecas desde la
matanza que hizo Alvarado en el templo mayor y vencido á Hernán Cortés,
arrojando á los enemigos de la ciudad. Cuando se proponía levantar un
grande ejército y marchar tal vez al encuentro de los españoles, que
desalentados y casi perdidos se habían refugiado en la república de
Tlaxcala, fué atacado de las viruelas y murió después de un corto
reinado. Igual suerte tocó al Rey de Tlacopan. Los aztecas lloraron
sobre los cadáveres de sus soberanos y les tributaron los honores
fúnebres que eran de costumbre. La población estaba verdaderamente
consternada.
A estas circunstancias y al indomable valor que había mostrado en los
últimos combates, debió Cuauhtimoc su elevación, y fué elegido
Emperador. Era hijo del Rey _Ahuizotl_ y de una princesa heredera del
señorío de _Tlaltelulco_. Tenía de 20 á 23 años; era gallardo y bien
proporcionado; sus ojos negros y rasgados denotaban á la vez que una
dulce melancolía, una fuerza y una energía indomables. Tenían algo de la
belleza del ojo del ciervo y del orgullo y resolución de la mirada del
águila. Su tez era aterciopelada y más blanca que morena; su cabellera,
negra como el ébano, que le caía hasta los hombros, engastaba aquella
fisonomía juvenil y guerrera, que era el tipo perfecto y acabado de la
raza noble del nuevo mundo. A las funciones de general del ejército,
reunía Cuauhtimoc las de sumo sacerdote, y esto hacía que los aztecas le
mirasen como una divinidad.