Pasemos ahora revista, como anunciamos antes, á las asignaturas y textos
de aquella famosísima Academia de primera enseñanza, donde aprendieron á
leer y medio escribir muchos que han sido luego jueces, promotores,
médicos, boticarios, canónigos, catedráticos y hasta periodistas.
Comenzábase por el _Jesús_ ó _Abecedario_. (JESÚS era entonces la
primera palabra que profería el niño al comenzar á civilizarse. Después
seguía la primera letra del alfabeto.)
Pasábase luego al _Silabario_ y á aprender de viva voz, y hasta con
música, todo el _Catecismo_ del Padre Ripalda. Por cierto que al llegar
á la pregunta: «_Decid niño: ¿Cómo os llamais?_,» costaba á algunos
mucho trabajo responder al tenor del libro: «_Pedro_, _Juan_,
_Francisco_, _etc._,» y respondían: _Valentín_, _Manuel_, _Bonifacio_, ó
como quiera que se llamaban.
Entrábase á continuación á leer en el _Libro de obligaciones del
hombre_; en seguida, en _El Amigo de los niños_, y finalmente, en _El
Fleury_ (sic), tres obras notables, que nos enteraban de lo poco ó mucho
que contenían, sin que Don Carmelo se metiese nunca á poner ni quitar,
ni á explicar ó comentar cosa alguna.--¿Qué tenía él que ver con tantas
cosas del Antiguo y del Nuevo Testamento como trae á colación, en su
célebre _Catecismo histórico_, el preceptor de los hijos y nietos de
Luis XIV?
En punto á _Aritmética_, no era el maestro, sino el pasante, quien nos
enseñaba hasta cuentas de _proporción_ y de _compañía_, y recuerdo que,
para sacar esta última, había que llenar de rayas y guarismos todo un
pliego de papel de barbas...--¿De qué me han valido los laureles que
alcancé en este punto?--Pero ¿qué sabía entonces nadie, ni yo mismo, si
mi porvenir era ó no de banquero?--¡Hicieron, pues, divinamente en
enseñarme á manejar ó contar millones, billones y trillones!
Nuestro muestrario para escribir debíase á la pericia caligráfica del
propio D. Carmelo, á cuya letra sigue pareciéndose mucho la mía y la de
todos los que frecuentaron su escuela. También nos enseñaba á _reglar_
papel con un plomo sobre las _pautas_ de madera y alambre; mas, por lo
que toca á _Ortografía_ y _Gramática castellana_, nos dejaba en el
estado de la inocencia y dueños absolutos de nuestras acciones. ¡El
héroe de Bailén y de los Arapiles no había sospechado siquiera que
existiesen reglas y trabas para la escritura, después de tanta sangre
como les había costado á los españoles su _independencia_!
En compensación; algunas tardes de invierno (indudablemente en los
grandes aniversarios de aquella gigantesca lucha), el antiguo soldado
sentía como nostalgia de los campamentos y de las lides, y, después de
referirnos varios combates, y sobre todo aquel en que lo hirieron y ganó
la cruz, nos decía:
--¡Vaya, caballeros, de todo conviene saber un poco! Voy á dar á Vds.
otra leccioncita de equitación.
¡Era de ver entonces la escuela! Todos los muchachos soltábamos plumas,
libros y papeles, y nos colocábamos de un lado de las extensísimas y
achaflanadas mesas de escribir, muy parecidas á largos caballos, y que
de tales servían en semejantes ocasiones.
--¡Pié en el estribo!...--gritaba el maestro.
Todos poníamos la mano derecha sobre la mesa correspondiente, y el pié
izquierdo sobre el banco que de ella nos separaba.
--¡Una!--seguía mandando D. Carmelo.
Todos nos alzábamos hasta quedar enhiestos sobre el pié apoyado en el
banco-estribo y con la pierna derecha colgando al aire...
--¡Dos!
Todos extendiamos la pierna derecha á lo largo del lomo de aquel
prolongado y doble pupitre...
--¡Tres!
Todos pasábamos la pierna derecha al lado opuesto, y quedábamos á
caballo sobre la mesa.
--¡Magnífico!--exclamaba fuera de sí el veterano, blandiendo la palmeta
sobre invisibles enemigos.--¡A ellos, muchachos, á ellos! ¡A paso de
carga! ¡Viva Dios! ¡Viva España! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la
independencia española!
Entonces haciamos todos como si cabalgáramos en un corcel á galope;
principiábamos á mecernos de atras para adelante, golpeando la mesa con
las posaderas, y manoteando como si blandiésemos espadas ó lanzas, y
excusado es decir que libros, papeles, plumas, tinteros, todo rodaba ó
saltaba que era una bendición de Dios, hasta que el sargento Clavijo,
asustado de su propio triunfo, daba la orden de
--¡Alto la carga!
Figúrese cualquiera qué habría sido, entre tanto, de los pantalones
claros de color, y el asombro y furia de las madres al ver llegar á sus
hijos con toda la horcajadura llena de tinta...--Felizmente, tales
escenas ocurrían en invierno, como dejo dicho, y casi todos los
escolares llevábamos pantalones de paño oscuro.--¡Y, de un modo ó de
otro, los franceses habían sido pulverizados!
Réstame hablar un poco de la asignatura de _Geografía_.
Dos textos, guardados como oro en paño, tenía D. Carmelo para
instruirnos en esta ciencia, y éranse dos _listas manuscritas_, no sé
por quién ni cuándo, que se nos leían todos los viernes para que las
aprendiésemos de memoria.
Comenzaba la una diciendo:
«_Tiene este Reino de España ciento cuarenta_ CIUDADES, _que son_: _En
el Reino de_ CASTILLA LA NUEVA, _tal y cual; en el_ REINO DE NAVARRA,
_esta y la otra_,» etc., etc., y que concluía (lo recuerdo
perfectamente) por este rabillo: «_En el_ SEÑORÍO DE VIZCAYA, _Orduña_.»
¡Y nada acerca de ríos, ni de montañas, ni de límites, ni de ninguna
otra particularidad física del territorio español! ¡Nada tampoco de la
actual división por provincias, ya realizada entonces! ¡Ni tan siquiera
se nombraba á Madrid! ¿Para qué, si no era _ciudad_? En cambio, justo es
decirlo, los que allí estudiamos sabemos hoy perfectamente y podemos
lucirnos en cualquier tertulia diciendo de golpe qué poblaciones de
España son _ciudades_ y cuáles no. ¡Hemos cantado la lista tantas veces!
Pero vamos al segundo texto geográfico de D. Carmelo.
Decía así literalmente, y creo que no era poco decir:
«_Lista de las_ CÓRTES _de los más principales reinos y soberanos
europeos_:
»MADRID, _de España_.--PARÍS, _de Francia_.--LISBOA, _de
Portugal_.--LÓNDRES, _de Inglaterra_.--VIENA, _de Alemania_.--ROMA, _de
Italia_.--NÁPOLES, _de Nápoles_.--VARSOVIA, _de Polonia_.--BERLÍN, _de
Prusia_.--CONSTANTINOPLA, _de Turquía_.--COPENHAGUE, _de
Dinamarca_.--ESTOKOLMO, _de Suecia_.--SAN PETERSBURGO, _de
Rusia_.--PRAGA, _de Bohemia_.--HAYA, _de Holanda_.--BUDA, _de Hungría_.»
Tal era la división política de Europa que se enseñaba en aquella
escuela el año de gracia de 1838, y que, según mis noticias, siguió
enseñándose otra docena de años.
Salí yo, pues, de manos del sargento Clavijo con una Europa casi
fantástica dentro de la cabeza, y sin conocer las reglas de mi lengua
patria; y, cual si ya no necesitara estudiar más acerca de lo presente,
pasé á una clase de latín á estudiar lo pasado, á aprender una lengua
muerta, á enterarme de las guerras púnicas ó de las maldades de
Catilina, y á divertirme traduciendo liviandades de la poesía romana.
¡Figuráos, por consiguiente, mi asombro, y también mi admiración al
_tupé_ moral del buen D. Carmelo, cada vez que oyese decir y sostener, y
probar hasta la evidencia á tal ó cual lectorcillo de _El Eco del
Comercio_, las siguientes verdades: 1.ª que desde 1805 Viena no era la
capital de Alemania; 2.ª, que existía en Europa un imperio de Austria,
de que yo no tenía noticia; 3.ª, que ni en Roma vivía el Soberano de
Italia, ni había tal _Italia_ en el mundo político, como lo demostraba
aquello mismo de «NÁPOLES, _de Nápoles_;» 4.ª, que Polonia fué
despedazada en 1792 y 1793, y dejó de existir en 1795, sin que le
hiciese resucitar, como Estado, su heróica lucha en 1830; 5.ª, que
Bohemia, desde 1556, no pasaba de ser una de tantas provincias
austriacas, y que, por consecuencia, todo lo relativo á tal reino, á su
corte y á su soberano, caía por su base; 6.ª, que no otra cosa pasaba
con la pobre Hungría, sierva también entonces del emperador austriaco, á
pesar de todos los magyares antiguos y modernos..., y 7.ª, que, en
cambio, existían en Europa, aunque no en la _lista_ del sargento
Clavijo, un reino de Piamonte, otro de Grecia y otro de Bélgica, dignos
ciertamente de ser mencionados en las clases de Geografía de las
escuelas públicas!
Pues ¡aún hay más!--A modo de posdata de aquella galería de
nacionalidades muertas y ensangrentadas, leíase este singularísimo
apunte, que mucho me dió que pensar por entonces:
«NOTA.--Se ha descubierto una nueva _Parte del mundo_, á la que se ha
puesto el nombre de OCEANÍA.»
¡Qué enormidad de apéndice! ¡Qué majestad en la incongruencia! ¡Qué
lisura, qué desenfado, y qué embuste tan delicioso!
Porque lo cierto es, como sabrán todos los que hayan estudiado en
escuelas menos peregrinas, que ni en 1838 acababa de descubrirse ninguna
_Parte del mundo_, ni tampoco fué entonces cuando se puso el nombre
colectivo de OCEANÍA á las islas del gran Océano que no cabía asignar al
Asia ó á la América. Inventaron tal _nombre_ los geógrafos á principios
del siglo actual, y entre las tales islas figuraban muchísimas
descubiertas por Magallanes, Van-Diemen y otros navegantes de los siglos
XVI, XVII y XVIII.
Pero, áun así y todo, ¡qué naturalidad, qué frescura salvaje, qué gracia
bucólica había en aquella errónea y trasnochada _posdata_, referente á
toda una PARTE DEL MUNDO! ¡Ah! yo me enorgullezco de haber aprendido
algo en semejantes condiciones, de haber tenido tantas ideas falsas, de
haber estado en tantos errores! Figúraseme, cuando pienso en ellos, como
que he vivido en dos planetas ó en dos siglos muy apartados el uno del
otro; que he estado en dos mundos, que he existido dos veces, como
acontecerá al que cambia de religión ó al que se casa en segundas
nupcias! Por lo demás, permítaseme decir desde ultra-tumba, que me
parece mucho más poético aquel modo de ser, en que no sabían las gentes
por dónde andaban, ni lo que ocurría más allá del anillo de su
horizonte, que este otro en que cualquier mocosuelo es capaz de decirle
á uno cuántos lunares tiene en la rabadilla el Primer Ministro del
celeste Imperio.