Ni una palabra más acerca del sargento Clavijo, considerado como
profesor de primeras letras, y ¡bien sabe Dios que no ha sido mi ánimo
zaherirlo en estos renglones, sino hacer su elogio hasta cierto
punto!--¿Tenía él la culpa de no ser un sabio? Y ¿podía enseñarse más y
mejor, sabiendo menos? ¿Llegaría nadie á ser maestro de escuela con tan
cortas luces y pocas humanidades?--¿Qué digo pocas? ¡Él no tenía más que
una, la que manda Cristo, la _humanidad_ que también se llama _amor al
prójimo_!--Y ¿cabe negar mérito á la hercúlea tarea de meterse á enseñar
sin saber nada? ¿No revela esto, cuando menos, grandísima fuerza de
voluntad, conocimiento del corazón humano, ó profundo y filosófico
desdén á la sabiduría? ¿Desconocerá alguien que Sócrates, el ilustre, el
insigne, el incomparable maestro de Platón y Antisthenes, _acabó_ por
donde _empezó_ el sargento Clavijo, esto es, reconociendo que _no sabía
nada_, ó, por mejor decir, que en el mundo _no había nada que saber ni
que enseñar_?
¡Descanse, pues, tranquilamente mi respetable y querido maestro, el
aliado de mi inocencia, el cómplice de mi ignorancia!--A la edad de
setenta años, y cuando yo tenía ya veinticinco y rodaba por el mundo,
dejó la instrucción pública y se retiró á la vida privada. Un verano,
que fuí á mi siempre grata ciudad natal (Jaen), á desaturdirme de las
vanidades de la córte y á visitar los pobres majuelos que heredé de mis
padres, topé con _él_ en un solitario camino. Iba caballero en la más
alegre y lustrosa borrica que haya podido nunca reemplazar sin
desventaja á un trotón de guerra. Llevábala enjaezada con estribos,
bocado y todo, como si fuese el más brioso corcel, y la ilusión habría
sido completa, sin el cesto de uvas y de higos, cubiertos de pámpanos,
que sujetaba sobre el arzón con el brazo derecho...
¡Muy viejo estaba!... pero risueño y tranquilo. Lo reconocí en el acto,
y él lloró de júbilo al enterarse de quién era yo. Dióme á probar sus
higos y uvas, y nos separamos para siempre.
Murió tan digna y feliz persona pocos meses después, y de seguro que
inmediatamente subió al cielo, donde, como ya he dicho, no podrían menos
de colocarle entre los grandes héroes de á caballo, sin tener para nada
en cuenta la parte literaria y pedagógica de su vida.--Mientras tanto,
había yo vuelto á la córte, ó sea á mis cuarteles de invierno, y hasta
dos ó tres años más tarde, que regresé á mi pueblo á vender unas viñas,
no supe que el antiguo maestro de primeras letras sólo vivía ya en la
memoria de sus discípulos.
[Illustration] ÍNDICE.
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