IV.

Ni una palabra más acerca del sargento Clavijo, considerado como

profesor de primeras letras, y ¡bien sabe Dios que no ha sido mi ánimo

zaherirlo en estos renglones, sino hacer su elogio hasta cierto

punto!--¿Tenía él la culpa de no ser un sabio? Y ¿podía enseñarse más y

mejor, sabiendo menos? ¿Llegaría nadie á ser maestro de escuela con tan

cortas luces y pocas humanidades?--¿Qué digo pocas? ¡Él no tenía más que

una, la que manda Cristo, la _humanidad_ que también se llama _amor al

prójimo_!--Y ¿cabe negar mérito á la hercúlea tarea de meterse á enseñar

sin saber nada? ¿No revela esto, cuando menos, grandísima fuerza de

voluntad, conocimiento del corazón humano, ó profundo y filosófico

desdén á la sabiduría? ¿Desconocerá alguien que Sócrates, el ilustre, el

insigne, el incomparable maestro de Platón y Antisthenes, _acabó_ por

donde _empezó_ el sargento Clavijo, esto es, reconociendo que _no sabía

nada_, ó, por mejor decir, que en el mundo _no había nada que saber ni

que enseñar_?

¡Descanse, pues, tranquilamente mi respetable y querido maestro, el

aliado de mi inocencia, el cómplice de mi ignorancia!--A la edad de

setenta años, y cuando yo tenía ya veinticinco y rodaba por el mundo,

dejó la instrucción pública y se retiró á la vida privada. Un verano,

que fuí á mi siempre grata ciudad natal (Jaen), á desaturdirme de las

vanidades de la córte y á visitar los pobres majuelos que heredé de mis

padres, topé con _él_ en un solitario camino. Iba caballero en la más

alegre y lustrosa borrica que haya podido nunca reemplazar sin

desventaja á un trotón de guerra. Llevábala enjaezada con estribos,

bocado y todo, como si fuese el más brioso corcel, y la ilusión habría

sido completa, sin el cesto de uvas y de higos, cubiertos de pámpanos,

que sujetaba sobre el arzón con el brazo derecho...

¡Muy viejo estaba!... pero risueño y tranquilo. Lo reconocí en el acto,

y él lloró de júbilo al enterarse de quién era yo. Dióme á probar sus

higos y uvas, y nos separamos para siempre.

Murió tan digna y feliz persona pocos meses después, y de seguro que

inmediatamente subió al cielo, donde, como ya he dicho, no podrían menos

de colocarle entre los grandes héroes de á caballo, sin tener para nada

en cuenta la parte literaria y pedagógica de su vida.--Mientras tanto,

había yo vuelto á la córte, ó sea á mis cuarteles de invierno, y hasta

dos ó tres años más tarde, que regresé á mi pueblo á vender unas viñas,

no supe que el antiguo maestro de primeras letras sólo vivía ya en la

memoria de sus discípulos.

[Illustration] ÍNDICE.

Páginas.

Cosas que fueron: Cuadros de costumbres · 第 119 / 140 题