II.

Pasábamos de ciento veinte los _jóvenes amables_ que nos dirigiamos por

aquel camino al _templo de Minerva_.--Costaba una peseta al mes á los

pudientes y dos reales á los pobres recibir el pan intelectual, en forma

de palmetazos, de manos del _Sargento Clavijo_, á quien las Autoridades

y otras personas circunspectas solían denominar _Don Carmelo_.--Por la

mañana se entraba en clase á las ocho, lo mismo en Diciembre que en

Junio, y se salía á las doce; y por la tarde se entraba á las tres y se

salía á las cinco.--Los jueves sólo había escuela por la mañana.

Voy á ver si recuerdo todas las vacaciones del año: diez y nueve días de

Pascua de Navidad, ó sea desde Santo Tomás Apóstol hasta Reyes; siete de

Carnaval, desde el Jueves _lardero_ hasta el Miércoles de Ceniza; doce

de Semana Santa, desde el Viernes de Dolores hasta el Martes de Pascua

de Resurrección (todos inclusive); tres de Pascua de Pentecostés; once

de ferias; tres de Jubileo de la Porciúncula, y sobre ciento de _misa_,

entre domingos, fiestas y Santos que sólo traían _mano_ en el almanaque

(y que son los que después ha declarado Roma _no de precepto_): total,

ciento cincuenta y un días de huelga, sin contar la entrada ó

proximidad de los _facciosos_, la recepción del nuevo obispo, las

romerías tradicionales, la llegada de un batallón con música, las

elecciones, las rogativas, el exorcismo á la langosta, las grandes

nevadas, los _días_ y cumpleaños del padre, de la madre, de los abuelos,

de los hermanos, de los tíos, de los padrinos y de la ex-ama de leche de

cada alumno, por lo que respectaba al alumno mismo, y sus propios días,

cumpleaños, sarampión, escarlatina, viruelas, alfombrilla, catarros,

indigestiones, aporreaduras, lutos y repentino destrozo del pantalón ó

de la chaqueta...--Pongamos, pues, la mitad del año, y es cuenta

redonda.

Pero voy extendiéndome á hablar de cosas comunes á la mayoría de las

escuelas de aquellos tiempos, cuando debo circunscribirme á las

especialidades de la de mi ex-sargento segundo...

El buen D. Carmelo Clavijo tenía hermosa letra, aunque demasiado gorda y

anticuada: letra de canciller del siglo XVII. En cuentas no era ningún

Pitágoras; pero á enseñarnos á serlo, como algunos lo fuimos, ayudábale

su _pasante_, pupilero y oráculo, el Sr. Frasquito Sarmiento, antiguo

escribiente de la _Administración de Millones_, y capaz de contarle los

pelos al demonio. De lo demás que sabía nuestro héroe trataré en

capítulo aparte, cuando examine el programa y los textos semi-vivos y

semi-muertos de su escuela.

Cinco eran allí los castigos ó sanciones penales de la enseñanza: 1.º,

ponerse de rodillas; 2.º, correazos _sobre_ la ropa; 3.º, palmetazos;

4.º, llevar colgado al cuello ¡todo un día! cierto cartón en que estaba

pintado un _burro_; y 5.º, azotes, ó sea disciplinazos que llamaré

_pajareros_, por ir este adjetivo pegado al _innominable_ (por no decir

_inefable_) sustantivo con que se designaba allí, y áun suele designarse

en la vida doméstica, la parte del cuerpo... infantil que los recibía.

La correa ó correas (pues había dos) eran de lo más recio que se conoce

en materia de pieles, y una tenía D. Carmelo y otra el Sr.

Frasquito.--La palmeta, primorosamente tallada y torneada en madera de

álamo negro, que es de las más fibrosas y menos quebradizas, ostentaba

los cinco agujeros de rigor, en recuerdo de las cinco llagas del

Salvador del mundo, y su manejo correspondía exclusivamente al Jefe de

la clase. El burro había sido dibujado por la señora de Sarmiento. Y, en

fín, los azotes se administraban, tomando á cuestas un adulto al

_recipiente_ ó _receptor_ (pues no cabe llamarlo _recipiendario_),

bajándole los calzones y dándole otro adulto con las disciplinas...

Ambos oficios, el de picota y el de verdugo, eran muy codiciados, y

sólo se concedían al mérito notorio. Las disciplinas se diferenciaban

muy poco de las que usan los ascetas; pero tenían la desventaja de no

ser esgrimidas por mano propia.

No tacharé, sin embargo, de cruel al maestro Clavijo... ¡Mucho más lo

era el pasante! El antiguo sargento distinguíase, por el contrario, como

hombre sensible y cariñoso, y recuerdo innumerables rasgos suyos de

ternura... verdaderamente maternal (que no paternal) con los muchachos,

sobre todo con los pequeñuelos. V. gr. Cuando alguno de estos era

víctima de también _inefables_ ó _innominables_ descuidos propios de la

infancia, él mismo lo metía en la pila, sacaba agua del pozo, lavábalo

como una niñera, enjuagábale luego la ropa, tendíala al sol para que se

secara, y, en el ínterin, acostábalo entre las dos zaleas que hacían

veces de alfombra en la Presidencia y en la Vicepresidencia, si era

invierno, y, si era verano, cubríalo con su moquero de seis cuartas...

Las tardes de Canícula presentaba la escuela un cuadro digno de los

pintores flamencos de costumbres, ó de que entonces hubiera habido

fotógrafos. Debía de ser cosa convenida entre el maestro y el pasante

que cada uno de ellos dormiría la siesta una de las dos horas que

duraba la clase vespertina; el maestro, de tres á cuatro, y el pasante,

de cuatro á cinco. Mas, para ello, requeríase ante todo que callaran los

ciento veinte muchachos durante aquellas dos horas..., y he aquí cómo se

lograba este milagro. Recostábase D. Carmelo en su sillón de vaqueta, y

el Sr. Frasquito comenzaba á dar paseos de tigre enjaulado, rápidos y de

puntillas, por el único y vastísimo salón (antiguo alhorí) que servía de

aula. _¡A callar!_ gritaba en cuanto el dómine bajaba los párpados, y ya

no permitía á ningún niño ni mojar la pluma, ni volver la hoja del libro

en que leía, ni rebullirse, ni mirar á nadie ni á nada... Dormíanse

todos, por consiguiente, ó aparentaban dormirse, y si alguno abría los

ojos ó la boca, ya estaba encima el Sr. Frasquito, amenazándole con la

correa hasta que los cerraba. Libres y aseguradas de impunidad las

moscas, su largo y monótono zumbido era entonces la única voz que sonaba

en la escuela, aparte de los ronquidos del benemérito asturiano, cuya

alma, en aquel momento, recorría los campos de batalla de Talavera,

Ciudad-Rodrigo y Vitoria... Daba luego la recíproca el maestro al

pasante, y á las cinco en punto acabábanse, simultáneamente, la clase y

las siestas.--No podían empero llamarse á engaño los padres de los

chicos, puesto que también habían logrado que estos les dejasen dormir,

y no para otra cosa obligaban tiránicamente al sargento Clavijo á que

tuviese escuela las tardes de Canícula, contra la antigua y buena

práctica andaluza.

Los sábados en la tarde dirigía siempre el maestro un ligero sermón á

sus regocijados discípulos, momentos antes de darles suelta por treinta

y nueve horas. Ya se había cantado la Salve, y cada arrapiezo tenía su

gorra en la mano (soñando con todo lo que iba á diablear el domingo,

desde que Dios echase sus luces hasta bien entrada la noche), cuando D.

Carmelo daba un correazo sobre su mesa, en señal de atención, y decía:

«Señores: mañana es domingo, día de misa de precepto: no hay clase.

Oigan Vds. misa mayor en su respectiva parroquia, y además todas las que

puedan, pues las almas del Purgatorio no reciben otro consuelo que el

que nosotros les enviamos. Traten con respeto y obediencia á sus padres,

á los mayores en edad, saber y gobierno y á las personas de suposición.

Besen la mano á los sacerdotes que encuentren en la calle, y socorran á

los pobrecitos con los cuartos que hubiesen de gastar en dulces. Por la

tarde, vayan Vds. á la novena... tal, y al oscurecer, al Rosario. Y, en

fín, vengan el lunes con muchos ánimos de hacerse pronto hombres útiles

á sus familias y á la Patria.--Vayan ustedes con Dios.»

Algunos sábados añadía en tono confidencial: «Señores: se está acabando

la tinta; traigan Vds. el lunes un cuarto, los que puedan, y los que no,

procúrense caparrosa y agallas. En el jardín del Marqués de Tal hay un

hermosísimo ciprés, y el jardinero les permitirá que cojan los gálbulos

que haya derribado el aire.»

El penúltimo día de cada mes, aunque no fuera sábado, pronunciaba

también algunas frases monitorias. «Señores (decía): recuerden Vds. á

sus padres que este mes _trae treinta_ (ó veintiocho ó veintinueve, ó

bien que mañana es 31), y que, por lo tanto, hay que venir á la escuela

con el dinero del pobre maestro, el cual celebraría mucho ser rico y

poder enseñar á Vds. de balde.»

Y, en fín, desde 1.º de Noviembre comenzaba á pregonar este otro bando:

«Señores: se acerca el día de la Purísima Concepción, patrona de las

escuelas. Hay que traer colgaduras, cera, flores de trapo, candeleras,

cornucopias, dulces, castañas, frutas secas, garbanzos tostados y demás,

para la gran función religiosa, con refresco y todo, que habrá aquí

dicho día, y á la que vendrán únicamente aquellos de Vds. que sean

buenos y aplicados. También les exhorto á que vayan reuniéndose los

domingos en la noche y ensayando los coros á María Santísima, cuya letra

y música conoce todo el mundo. ¡Es menester que nuestra función eclipse

la de todas las escuelas de Astorga..., donde se hacen con especial

magnificencia!»

¡Astorga! ¿Qué nos importaba á nosotros eclipsar á gentes de un país tan

distante del nuestro? Pero á D. Carmelo le importaba mucho. ¡D. Carmelo

tenía sus pasiones en el particular! ¡D. Carmelo no olvidaba nunca

ningún capítulo de su pasada historia! ¡D. Carmelo era un hombre

esencialmente retrospectivo!

Cosas que fueron: Cuadros de costumbres · 第 117 / 140 题