Ahora me toca retratar (dice el Bachiller, comenzando el segundo
cuaderno de su manuscrito) á otro de los personajes de mayor bulto y
trascendencia que figuran en la historia de mi niñez; al más
caracterizado sin duda alguna, después de los autores de mis días, del
cura que me bautizó y de mis once amas; al que sigue, en el orden de
estos recuerdos casi fantásticos, á aquellos músicos de la capilla de la
catedral, que casi todas las noches iban de concierto y jolgorio á mi
casa, convidados por mi buen padre; al que roturó, digámoslo así, la
tierra virgen, y luego mártir, de mi inteligencia y de mi memoria, y
echó, en los surcos abiertos por la palmeta y las disciplinas, la
primera simiente de los llamados conocimientos humanos; á mi único
maestro oficial de lectura, escritura, cuentas, religión, geografía y
demás cosas que diré en su lugar oportuno; al ilustre SARGENTO CLAVIJO,
en fín, que santa Gloria haya, y que de seguro estará en ella, no diré
de patas ó á pié, pues esto no le satisfaría, pero sí á caballo, como
Santiago y San Jorge; que tal fué siempre su postura favorita en este
planeta de tres al cuarto, que llamamos mundo.
Paréceme que lo estoy viendo..., no á caballo precisamente, pues yo lo
conocí ya apeado, sino paseándose sobre los ladrillos de la escuela,
como un rey sin trono, y alguna que otra vez en burra, camino de su
viña... Era á la sazón más paisano que militar y más eclesiástico que
lego... Había llegado á mi muy amada ciudad natal (Jaen), en los últimos
años del Rey Absoluto, desempeñando el cargo, casi siempre honroso, de
mayordomo de un señor Chantre; y, por muerte del tal Prebendado, heredó
aquella viña, un olivar y algunos maravedises, con los cuales puso la
escuela... Antes de mayordomo, cuando el Dignidad era todavía simple
Canónigo de Leon, Clavijo había desempeñado otra escuela en Astorga, en
la Roma de los maragatos...--Constaban documentalmente su nacimiento,
bautismo y confirmación, verificados en no sé qué villa de Asturias, así
como que había hecho toda la guerra de la Independencia, y llegado,
desde humilde ranchero, á sargento segundo de caballería... Tenía una
hermosa cicatriz en la frente y, al pecho, la cruz de yo no sé qué
cosa... Los mismos conocimientos culinarios que le proporcionaron la
plaza de ranchero de su escuadrón debieron de elevarlo, andando el
tiempo, á la mayordomía del capitular, hombre que se cuidaba hasta
cierto punto; pero lo que aún no he podido averiguar ni discernir es en
virtud de qué conocimientos de otra especie fué maestro de escuela dos
largos periodos de su vida... Decíase, por último, que en Leon estuvo
casado siete meses con una antigua sobrina del Chantre, la cual murió de
parto, anticipado según los amigos de su merced, y muy de tiempo, según
los enemigos...
Paréceme que lo estoy viendo (vuelvo á decir)... Había nacido en 1788,
como lord Byron, y, por consiguiente, tenía cincuenta años cuando á mí
me pusieron en su escuela. Érase alto, y recio, aunque no gordo, y su
rostro, atezado y vulgar, resultaba grave, y hasta digno, merced á una
larga y porruda nariz, de las llamadas borbónicas, y, sobre todo, á un
enorme tupé entrecano que hubieran visto con envidia Larra, Martinez de
la Rosa y demás elegantones de aquel tiempo. Su vestimenta en la clase,
desde el día de San Antonio hasta el de San Miguel, reducíase á un
cumplidísimo pantalón de hilo oscuro que le llegaba hasta cerca de la
barba, colgado de los hombros por medio de dos tirantes de vendo, y
provisto de un ámplio portalón, del tamaño y forma de aquella compuerta
que comunica algunos comedores con la cocina, y que se baja, á guisa de
mesa, para servir las viandas con mayor comodidad y más calientes... Y
digo que su traje se reducía al tal pantalón, porque en verano andaba
siempre en mangas de camisa y sin chaleco, aunque sí con la clásica y
descomunal corbata de ballena, que entonces era de rigor y que, á mi
juicio, sugirió á los criminalistas la idea de sustituir la horca con el
garrote. En invierno vestía otro pantalón por el estilo, de paño de
Ohanes; chaleco de seda, rameado, de vivos colores, y levita negra, muy
alta de cuello, muy larga de faldones y muy estrecha de mangas, aunque
no de puños. La corbata era siempre igual, y como inamovible; tanto, que
yo creo que dormía con ella. Usaba en todo tiempo recias botas negras de
alto cañón, que lucía mucho, por llevar constantemente doblados los
perniles de los pantalones, y no recuerdo haberle visto nunca, en
ninguna estación, sitio ni hora, sin un pañuelo de los llamados de
hierbas, de vara y media en cuadro, echado sobre el hombro izquierdo á
manera de alforjas, tal vez porque no había ni podía haber bolsillo en
que cupiese tan hermosa pieza.--No fumaba el antiguo sargento; pero sí
tomaba mucho polvo, y, cuando se sonaba las narices, parecía que se
hundía el mundo, y todos los muchachos quedábamos inmóviles como
soldados que oyen la voz de _¡firmes!_: ¡tal estruendo hacía el santo
varón! Su voz era también estentórea, aunque descubría, en los raptos de
furia, alguna que otra nota de vieja. Tenía afeitada toda la cara,
excepto el comienzo de las patillas. Pisaba muy ruidoso, á causa de los
grandes clavos que orlaban las suelas de sus botas, y ufanábase de no
gastar antiparras ni haber tenido nunca sabañones. En cambio, tenía en
los piés todo un almanaque de callos, que le anunciaban las mudanzas
atmosféricas con tres días de anticipación, y cierta quebradura ó hernia
inguinal (_quebrancia_ le llamaba él) equivalente á un termómetro, un
barómetro y un higrómetro, instrumentos que no le eran conocidos, y que,
áun en el caso de conocerlos, no le habrían librado de tener la hernia.
Conque vamos á clase; es decir, estudiemos á nuestro hombre en el pleno
ejercicio de su magisterio.