Nace la _fea_. Todos le ponen mala cara: el padre retrocede: la madre se
abochorna: después la compadece...: finalmente la oculta.
¡No está orgullosa de su hija!... Acaso teme también que diga alguna
comadre:--_¡Vecina! ¡Cómo se parece á usted!_
A la hijastra de la naturaleza se la cree indigna de un nombre francés ó
italiano: se llamará (nada de Julia, nada de Eduarda, nada de Isolina,
nada de Amelia) Anselma, Bonifacia, Cuasimoda ó cosa de este jaez.
Los primeros años de la _fea_ están descritos admirablemente por
Honorato Balzac en aquellos tipos relegados, encogidos, tímidos,
dolientes, víctimas de la doméstica tiranía y juguetes de la cruel
hermosura que figuran en muchas de sus obras.
Y aquí debemos advertir que hay feas de _¡Jesús!_, de _¡Jesús María!_ y
de _¡Jesús, María y José!_
Esta última (que es aquella que no tiene nariz, ó que la tiene de á
tercia, y que es bizca, y jorobada, y coja, y cuyos dientes cuelgan
fuera de los labios como los colmillos del elefante) vive libre y exenta
de las mortales dudas, de los crueles engaños y de otros sinsabores
propios y privativos de _la fea perfecta_, de _la fea_ por
antonomasia.--Un monstruo no es mujer.--Su desventura causa general
compasión, y esto le basta al triste aborto que hemos descrito.
La primera (que, sin ser hermosa, ni tan siquiera _pasable_, llega á
_pasar_ alguna vez, ó porque tropieza con un hombre de gusto revesado,
ó porque un filósofo dispensa lo grotesco del dibujo por la buena
calidad, ó buenas cualidades, del género); la _fea_ de _¡Jesús!_, digo,
no merece tampoco que hablemos de ella.
¡La de _¡Jesús María!_, la de _en medio_, es la fatal, la predestinada,
la elegida del dolor, la víctima de los dioses!
¡Otra vez el _término medio_!
Desgarbada, verde, larga de piernas y brazos, con el cuello de
agarrotada, las manos huesosas, la mirada repugnante, aunque impregnada
de cierta melancolía, la boca inútil para la risa,--meteoro fisonómico
que en ella es una atroz descomposición,--sin armonía en las facciones,
con la boca algo distante de la nariz, con la nariz demasiado cerca ó
demasiado lejos de los ojos, con los dientes dislocados, con las orejas
un poco grandes...--¡Hela ahí!
Es hábil, ingeniosa: ella sola se ha enseñado á leer, á escribir, á
coser, á bordar, á hacer calceta, á picar papel y á fabricar dulces,
flores de trapo y otras manufacturas primorosas.
Sabe religión y moral; tiene todo el almanaque en la memoria y el _Flos
sanctorum_ en la punta de los dedos; conoce muchos cuentos de vieja y es
muy beata.
No hay para qué deciros que todas estas habilidades son nuevas
ridiculeces á los ojos de sus hermanos, de sus amigos y de todo el
mundo, excepto á los de su madre.
Su madre le tiene un rencoroso amor, una profunda lástima: comprende su
situación, y adivina su porvenir... La esconde, pues, la proteje, y la
quiere más que á todos sus hijos... al cabo de cierto tiempo.--¿Sabéis
por qué?--¡Porque la hermosura no llega nunca á la abnegación santa de
la fealdad, y la abnegación de los hijos es la delicia de los
padres!--Fuera de que ya ha dicho Luis Eguílaz, con muchísima razón, que
siempre el padre quiere más
al hijo que vale menos.
Una _fea_ no tiene _amor propio_. ¡He aquí la fuente de mil virtudes!
Pero no adelantemos los sucesos.
Entre su niñez de angel y su mayor edad de santa, nuestra heroina tiene
que pasar algunos años de demonio, ó más bien algunos años de infierno.
Durante su niñez, la sin ventura no cambiaría sus habilidades y su
talento por la estúpida belleza de sus hermanas...
¡Aún no sabe lo que le espera!
Aún no conoce el amor...
Así llega á los catorce años.
Y aquí principia el poema del alma: aquí principia la tragedia del
corazón: aquí principia el martirio de la _fea_.