Retiré el anteojo con ira.
El espectáculo se desvaneció como un sueño.
Y me hallé solo.
Allá percibíase una mancha negra sobre el campo... Parecía la sombra de
una nubecilla, y, en realidad, era un hormiguero humano.
He aquí todo.
¡Qué diminutos somos los hombres mirados desde una elevación de cien
piés, ó á mil pasos de distancia! ¡Qué cómicas son nuestras seriedades,
qué inciertas y risibles nuestras justicias é injusticias!
Calmóse súbitamente mi indignación.
El horror que iba á verificarse parecíame, desde tan lejos, un juego de
niños, una danza de muñecos movidos por resortes, una lucha de insectos
sobre la superficie de un lago.
¡Oh! sí... ¡Cuán mezquino, cuán insignificante era todo lo que había
visto, todo lo que iba á ver, comparado con el sol, con el mar, con el
cielo, con aquellos tres grandes reflejos de Dios que embelesaban mi
alma!
Entonces exclamé, como si pudiera ser oido por la distante muchedumbre:
--¡Miserables! ¿Qué vais á hacer? ¿Qué entendéis vosotros de _fuerza_,
de _justicia_, ni de _leyes_? ¡Si rodara un trozo de esa montaña, os
aplastaría á todos, jueces, soldados, criminal y verdugos! ¡Si avanzasen
un poco las olas de ese mar, os sorberían como á granos de arena!
Figuráos que Dios desencadenase á cualquiera de los ejecutores de su
cólera, á la tempestad, á la peste, al terremoto... ¿Creéis que sólo
mataría á ese llamado _reo_? ¡Vosotros, que os llamáis _inocentes_,
moriríais al par del culpable!--Esa muerte, ese hecho de _matar_ que
tenéis en tanto, porque no sabéis hacer otra cosa, ¿no os recuerda
¡imbéciles! que todos estáis sentenciados á morir, y que, si respiráis,
si vivís, si tenéis acción para matar á nuestro hermano, lo debéis á la
clemencia de un insecto que no emponzoña vuestra sangre, ó á la piedad
de un soplo de viento que no os borra de la superficie de la tierra?