Algunos minutos después salió de la ciudad y dirigióse hacia el cuadro,
entre otra gran masa de gente, el esperado lúgubre cortejo.
Componíanlo un hombre, que llevaba un estandarte morado; diez ó doce
guardias civiles; unas veinte personas vestidas de frac (hermanos de la
Paz y Caridad, sin duda); cuatro clérigos, y un soldado raso.
Un soldado (yo lo veía entonces por detrás) de mediana estatura, enjuto
de carnes, con el hueso occipital estrecho y alto (señal de estupidez),
el pelo lacio, negro, lustroso, las orejas pequeñas y muy encarnadas, y
el cuello delgado, moreno, erguido, amoratado por la fiebre.
Vestía el tosco capote del soldado de infantería; pero suelto,
desceñido..., innoble, y una gorrilla de cuartel cubría su cabeza.
Aquel degradante _negligé_ era espantoso.
Llevaba atadas las manos, cruzadas sobre la espalda.
Un carabinero asía la punta de la cuerda.
Carabinero debía de ser también el reo; pues en todo el aparato de la
ceremonia descollaban los uniformes de color de castaña.
Aquel capote de infantería era una especie de hopa militar.
Detrás del sentenciado iban dos hombres.
El de la derecha era portador de una gran cesta con viandas, _por si la
víctima quería comer antes de morir_...
¡Oh caridad sin ejemplo! ¡Ved la hiel y el vinagre!
El de la izquierda llevaba sobre sus hombros un ataud.
Esto ya consolaba algo.--En aquel ataud descansaría el pobre reo.
Había otros hombres dignos de mención.
Por ejemplo:
Un espendedor de bollos, tortas y merengues, que aprovechaba aquella
solemnidad y aquel concurso para hacer una ganancia loca.
Varios espectadores, que amenizaban el rato comiendo á dos carrillos.
Y el _Entierro_, que esperaba en el río á que hubiese _cadaver_ que
enterrar...