VI.

Cogí de nuevo el anteojo, y en un momento me hallé otra vez en medio del

teatro del suplicio.

El reo, entregado ya á los sacerdotes, marchaba atónito por el centro

del cuadro.

De vez en cuando alzaba la cabeza y miraba la luz, el día, el sol, el

cielo...

Aquello, hecho maquinalmente, significaba sed de libertad.

Luégo, parándose, miraba á su alrededor...

¡Estoy seguro de que veía mil millones de hombres y de bayonetas!

Entonces, los clérigos le presentaban un Crucifijo.

Y el reo andaba.

Se comprendía que el afán de los Ministros de Jesucristo era extirpar en

el moribundo aquellos deseos de libertad (última, loca y suprema

esperanza de la desesperación), y hacerle ver apetecible el martirio,

aceptable aquel banco, gloriosa aquella muerte.

Yo no oía, ni podía oir... Pero veía la enérgica y elocuente

gesticulación de uno de los sacerdotes; veía sus inspirados y santos

ademanes, la noble llama que brotaba de sus ojos, las tiernas caricias

que hacía al insensato reo...

Veía esto, y veía á la víctima caminar con paso firme, resuelto,

decidido... ¡Estaba ansiosa de entrar en aquella otra vida que le

ofrecían, vida donde ya no sería juguete de tantos lobos sanguinarios,

vida en que no habría capitanes, ni soldados, ni fusiles, ni nada de lo

que había caido sobre él como una montaña de plomo!

¡Ah! ¿Quién sino la Religión, convencería á ese hombre de que la muerte

es la felicidad?

¿Quién, sino ella, le haría asir el cáliz con mano tranquila y llevarlo

mansamente á los labios?

¿Quién, sino tú, divina Religión de los cristianos, quitaría su

ignominia, su horror y su ferocidad á esa muerte arbitraria, _evitable_,

no decretada por Dios, ni conforme á las leyes de la naturaleza?

¿Quién, sino tú, apagaría el instinto de la carne, de la sangre, de los

nervios, que lo retraen, que lo apartan de aquel sitio, que le impulsan

á que se resista, á que luche, á que rabie, á que muerda, á que patee, á

que diga, en fín, que no, que no quiere morir..., que no quiere, que no

puede, que no debe?

Ved aquí el más grande triunfo del espíritu sobre la materia, del alma

sobre el cuerpo.

* * * * *

El sacerdote se sentó en el banquillo.

Y el patíbulo dejó de ser infame.

¡El ministro de Dios no habría olvidado decir á aquel manso cordero, que

Jesucristo sufrió la misma afrenta!

El reo se arrodilló á los piés del sacerdote, y empezó la confesión...

¡Reo! ¡acúsate de que eres hombre y que vives entre los hombres!

Ya diré antes de concluir cuál era el crimen de aquel pobre hermano

nuestro.

El reo se sentó á su vez en el banco...

¡Ni un movimiento de repulsión!

Yo lo veía ya de frente.

Era joven; había regularidad en su semblante; tenía la barba algo

crecida, los ojos vagos, la tez cárdena y lustrosa.

Atáronlo, y no se resistió...

Ni tembló siquiera.

Sin duda estaba ya imbécil.

Le vendaron los ojos...

¡Ay!... quedaban pocos minutos.

Él lo sabía..., y no botó sobre el patíbulo; y no dió un grito

espantoso; y no exclamó, reventando: «¡mi vida! ¡mi vida!»

¡Él, un hombre tosco, sin reflexión, sin ideas, sin capacidad para el

heroismo, sin condiciones de mártir!

¡Oh Religión! ¡Qué inagotables son tus consuelos! ¡Cuántos bienes

derramas todavía sobre la Tierra!

Cuatro compañeros de aquel hombre atado, vendado, inmóvil, agonizante y

lleno al mismo tiempo de vida, de robustez y de salud...; cuatro

carabineros, cuatro amigos suyos tal vez, se destacaron de una fila,

avanzaron al centro con paso acelerado, alevoso, maldito, y se pararon

en frente del condenado.

Este debió de oir _preparar_...; debió de oir la voz de mando...

Los cuatro soldados se echaron las carabinas á la cara...

Pero, en esto, se enturbiaron los cristales del anteojo..., y no ví más.

¡Acaso eran mis ojos los que se enturbiaban!

Levantéme á impulso de un rapto de ira; me golpeé la frente con las

manos, y miré al sitio fatal...

Allí estaba el hormiguero.

Encima de él oscilaba un poco humo...

Era lo único que se distinguía á la simple vista.

La Naturaleza continuaba entre tanto esplendorosa, risueña, palpitante

bajo las caricias del sol, como una mujer enamorada...

El mar, el campo, la atmósfera, todo había permanecido indiferente ante

la ridícula soberbia del hombre.

Cosas que fueron: Cuadros de costumbres · 第 61 / 140 题