Mujer invencible, corazón de piedra, encantadora y terrible criatura, he
asistido á tus funerales.
Te he vencido en generosidad. ¡Tú fuiste siempre implacable para mí! ¡Yo
te he visto vencida por la muerte..., y he llorado!
¿Qué era ya de tu orgullo, de tu coquetería, de tu soberbia?
¡Allí estabas sin poder ninguno sobre mí, roca inexpugnable! Podía
engreirme en tu sepulcro..., y arrojé en él una flor.
Pero ahora me engrío.--¡Ah! ¡Cómo he triunfado de tu esquivez! Ya no te
deseo; ya no me atormenta tu imagen. Tú has dado por mí el salto de
Léucades, y he curado de tu amor.
Horas enteras te he estado viendo tendida en el ataud. Estabas tan
desarmada por la muerte, que te compadecí.--¡Oh! mi compasión te hubiera
matado, si ya no estuvieras muerta!... ¡Yo, compasión de tí, reina
mía!--Sí, la tuve.
Estabas fea, asquerosa..., y te dejé.
A mi regreso á casa, ví en el balcón á Dolores, y la saludé
tiernamente... Me acordé de tí... y--¡óyelo!--suspiré de nuevo.
Conque adios: hasta el año que viene.