Muy señor mío: Hace algunos años, desde el borde del sepulcro, me
prometió V. irónicamente venir, _si podía_, luego que muriese, á darme
la razón, _suponiendo que yo la tuviera_, en nuestra constante polémica
acerca de los destinos de la humanidad, de la existencia del espíritu,
de la inmortalidad del alma.
Tenía V. ochenta años, y yo diez y ocho, cuando reñíamos tan tremenda
batalla. Usted era ateo, y yo creyente. V. se acercaba á la tumba
diciéndome: «_Dentro de pocas horas habré vuelto al sueño de la
nada_...», y yo penetraba en la existencia diciéndole á V.: «_Nuestra
vida mortal es el verdadero sueño del espíritu, y con la muerte del
cuerpo principiará el despertar del alma._»
Han pasado algunos años desde que murió usted, y, aunque no me ha
cumplido su promesa de aparecérseme una noche para contarme los reinos
_de ultra-tumba_, debo decirle á usted que no por eso he dudado de que
semejantes reinos existan.
Yo ví á V. arrojar el último suspiro entre una sonrisa de incredulidad,
es cierto; pero con la calma del hombre valeroso y honrado cuya vida
había sido un modelo de virtudes domésticas y sociales!--«_¡Hasta
nunca!_» fueron las últimas terribles palabras que pronunció V.,
continuando así nuestra polémica desde las mismas regiones de la
muerte.--«_Hasta luego_,» le contesté yo á V. cerrando sus ojos con mi
cariñosa mano.
Usted no me oía ya. El problema estaba resuelto para su alma. Acababa V.
de morir.
Entonces coloqué mi mano sobre su fría y calva frente, que tan altiva se
alzaba al cielo pocos momentos antes, y medité:--«¿Dónde está (me dije)
aquel espíritu de investigación que tenía aquí su asiento? Aquella idea
inmensa que llenaba los espacios y los siglos, y llevaba aún más lejos
su curiosidad sublime, ¿dónde está?--¿En este cadaver?--No.--Pues
¿dónde?»
¡Oh! si V. se hubiera visto tan triste, tan yerto, tan mudo, tan solemne
en su inmovilidad, tan diferente de como siempre había sido..., habría
creido en la ausencia de su alma!...
Por lo demás, enterramos su cuerpo de usted en la dura tierra, como V.
había deseado.
Y el cuerpo se convertiría en seguida en gusanos, en frondosa yerba, en
azulado fósforo, etc., etc., como V. había previsto.
Y yo me afirmé más y más en la creencia de que su alma de V. seguía
viva, al reparar en la indiferencia y el despego que me inspiró su
cuerpo de V. desde el momento que lo abandonó el espíritu.
Hasta la vista, pues, señor difunto.