Eran ya _las Animas_, como se dice en mi pueblo.
¡En mi pueblo: á noventa leguas de Madrid: á mil leguas del mundo: en un
pliegue de Sierra-Nevada!
¡Aún me parece veros, padres y hermanos!--Un enorme tronco de encina
chisporroteaba en medio del hogar: la negra y ancha campana de la
chimenea nos cobijaba: en los rincones estaban mis dos abuelas, que
aquella noche se quedaban en nuestra casa á presidir la ceremonia de
familia; en seguida se hallaban mis padres, luego nosotros, y entre
nosotros, los criados...
Porque en aquella fiesta todos representábamos la _Casa_, y á todos
debía calentarnos un mismo fuego.
Recuerdo, sí, que los criados estaban de pié y las criadas acurrucadas ó
de rodillas. Su respetuosa humildad les vedaba ocupar asiento.
Los gatos dormían en el centro del círculo, con la rabadilla vuelta á la
lumbre.
Algunos copos de nieve caían por el cañón de la chimenea, ¡por aquel
camino de los duendes!
¡Y el viento silbaba á lo lejos, hablándonos de los ausentes, de los
pobres, de los caminantes!
Mi padre y mi hermana mayor tocaban el arpa, y yo los acompañaba, á
pesar suyo, con una gran zambomba que había fabricado aquella tarde con
un cántaro roto.
¿Conocéis la canción de los _Aguinaldos_, la que se canta en los pueblos
que caen al Oriente del _Mulhacem_?
Pues á esa música se redujo nuestro concierto.
Las criadas se encargaron de la parte vocal, y cantaron coplas como la
siguiente:
Esta noche es Noche-buena,
y mañana Navidad;
saca la bota, María,
que me voy á emborrachar.
Y todo era bullicio; todo contento. Los roscos, los mantecados, el
alajú, los dulces hechos por las monjas, el rosoli, el aguardiente de
guindas circulaban de mano en mano... Y se hablaba de ir á la _Misa del
Gallo_ á las doce de la noche, y á los _Pastores_ al romper el alba, y
de hacer sorbete con la nieve que tapizaba el patio, y de ver el
_Nacimiento_ que habíamos puesto los muchachos en la torre...
De pronto, en medio de aquella alegría, llegó á mis oidos esta copla,
cantada por mi abuela paterna:
La Noche-buena se viene,
la Noche-buena se vá,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
A pesar de mis pocos años, esta copla me heló el corazón.
Y era que se habían desplegado súbitamente ante mis ojos todos los
horizontes melancólicos de la vida.
Fué aquel un rapto de intuición impropia de mi edad; fué milagroso
presentimiento; fué un anuncio de los inefables tedios de la poesía; fué
mi primera inspiración... Ello es que ví con una lucidez maravillosa el
fatal destino de las tres generaciones allí juntas y que constituían mi
familia. Ello es que mis abuelas, mis padres y mis hermanos me
parecieron un ejército en marcha, cuya vanguardia entraba ya en la
tumba, mientras que la retaguardia no había acabado de salir de la cuna.
¡Y aquellas tres generaciones componían un siglo! ¡Y todos los siglos
habrían sido iguales! ¡Y el nuestro desaparecería como los otros, y como
todos los que vinieran después!...
La Noche-buena se viene,
la Noche-buena se vá...
Tal es la implacable monotonía del tiempo, el péndulo que oscila en el
espacio, la indiferente repetición de los hechos, contrastando con
nuestros leves años de peregrinación por la tierra...
¡Y nosotros nos iremos
y no volveremos más!
¡Concepto horrible, sentencia cruel, cuya claridad terminante fué para
mí como el primer aviso que me daba la muerte, como el primer gesto que
me hacía desde la penumbra del porvenir!
Entonces desfilaron ante mis ojos mil _Noches-buenas_ pasadas, mil
hogares apagados, mil familias que habían cenado juntas y que ya no
existían; otros niños, otras alegrías, otros cantos perdidos para
siempre; los amores de mis abuelas, sus trajes abolidos, su remota
juventud, los recuerdos que les asaltarían en aquel momento; la infancia
de mis padres, la primera Noche-buena de mi familia; todas aquellas
dichas de mi casa anteriores á mis siete años... Y luego adiviné, y
desfilaron también ante mis ojos, mil _Noches-buenas_ más, que vendrían
periódicamente, robándonos vida y esperanza; alegrías futuras en que no
tendríamos parte todos los allí presentes,--mis hermanos, que se
esparcirían por la tierra; nuestros padres, que naturalmente morirían
antes que nosotros; _nosotros_ solos en la vida; el siglo XIX sustituido
por el siglo XX; aquellas brasas hechas ceniza; mi juventud evaporada,
mi ancianidad, mi sepultura, mi memoria póstuma, el olvido de mí; la
indiferencia, la ingratitud con que mis nietos vivirían de mi sangre,
reirían y gozarían, cuando los gusanos profanaran en mi cabeza el lugar
en que entonces concebía todos aquellos pensamientos...
Un río de lágrimas brotó de mis ojos. Se me preguntó por qué lloraba, y,
como yo mismo no lo sabía, como no podía discernirlo claramente, como de
manera alguna hubiera podido explicarlo, interpretóse que tenía sueño y
se me mandó acostar...
Lloré, pues, de nuevo con este motivo, y corrieron juntas, por
consiguiente, mis primeras lágrimas filosóficas y mis últimas lágrimas
pueriles, pudiendo hoy asegurar que aquella noche de insomnio, en que oí
desde la cama el gozoso ruido de una cena á que yo no asistía por ser
demasiado niño (según se creyó entonces), ó por ser ya demasiado hombre
(según deduzco yo ahora), fué una de las más amargas de mi vida.
Debí al cabo de dormirme, pues no recuerdo si quedaron ó no en
conversación la Misa del Gallo, la de los Pastores y el sorbete
proyectado.