Esa fuerza de voluntad que da valor en el combate y fortaleza en el

sufrimiento; que triunfa de todas las resistencias, que no retrocede por

ningun obstáculo, que no se desalienta con el mal éxito, ni se quebranta

con los choques mas rudos; esa voluntad, que segun la oportunidad del

momento, es fuego abrasador, ó frialdad aterradora; que segun conviene,

pinta en el rostro formidable tempestad, ó una serenidad todavía mas

formidable; esa gran fuerza de voluntad, que es hoy lo que era ayer, que

será mañana lo que es hoy; esa gran fuerza de voluntad sin la que no es

posible llevar á cabo arduas empresas que exijan dilatado tiempo; que es

uno de los caractéres distintivos de los hombres que mas se han señalado

en los fastos de la humanidad, de los hombres que viven en los

monumentos que han levantado, en las instituciones que han establecido,

en las revoluciones que han hecho, ó en los diques con que las han

contenido; esa gran fuerza de voluntad que poseian los grandes

conquistadores, los jefes de sectas, los descubridores de nuevos mundos,

los inventores que consumieron su vida en busca de su invento, los

políticos que con mano de hierro amoldaron la sociedad á una nueva

forma, imprimiéndola un sello que despues de largos siglos no se ha

borrado aun; esa fuerza de voluntad que hace de un humilde fraile un

gran papa en Sixto V, un gran regente en Cisneros; esa fuerza de

voluntad que cual muro de bronce detiene el protestantismo en la cumbre

del Pirineo, que arroja sobre la Inglaterra una armada gigantesca, y

escucha impasible la nueva de su pérdida, que somete el Portugal, vence

en San Quintin, levanta el Escorial, y que en el sombrío ángulo del

monasterio, contempla con ojos serenos la muerte cercana; miéntras

Extraña agitacion, tristes clamores

En el palacio de _Felipe_ cunden,

Que por el claustro y poblacion á un tiempo

Con angustiados ayes se difunden;

esa fuerza de voluntad, repito, necesita dos condiciones ó mas bien

resulta de la accion combinada de dos causas; una idea, y un

sentimiento. Una idea clara, viva, fija, poderosa, que observa el

entendimiento, ocupándole todo, llenándole todo. Un sentimiento fuerte,

enérgico, dueño exclusivo del corazon y completamente subordinado á la

idea. Si alguna de estas circunstancias falta, la voluntad flaquea,

vacila.

Cuando la idea no tiene en su apoyo el sentimiento, la voluntad es

floja; cuando el sentimiento no tiene en su apoyo la idea, la voluntad

vacila, es inconstante. La idea es la luz que señala el camino; es mas,

es el punto luminoso que fascina, que atrae, que arrastra; el

sentimiento es el impulso, es la fuerza que mueve, que lanza.

Cuando la idea no es viva, la atraccion disminuye, la incertidumbre

comienza, la voluntad es irresoluta; cuando la idea no es fija, cuando

el punto luminoso muda de lugar, la voluntad anda mal segura; cuando la

idea se deja ofuscar ó reemplazar por otras, la voluntad muda de

objetos, es voluble; y cuando el sentimiento no es bastante poderoso,

cuando no está en proporcion con la idea, el entendimiento la contempla

con placer, con amor, quizas con entusiasmo, pero el alma no se halla

con fuerzas para tanto: el vuelo no puede llegar allá; la voluntad no

intenta nada, y si intenta, se desanima y desfallece.

Es increible lo que pueden esas fuerzas reunidas; y lo extraño es que su

poder no es solo con respecto al que las tiene, sino que obra

eficazmente sobre los que le rodean. El ascendiente que llega á ejercer

sobre los demas un hombre de esta clase, es superior á todo

encarecimiento. Esa fuerza de voluntad, sostenida y dirigida por la

fuerza de una idea, tiene algo de misterioso que parece revestir al

hombre de un carácter superior y le da derecho al mando de sus

semejantes: inspira una confianza sin límites, una obediencia ciega á

todos los mandatos del héroe. Aun cuando sean desacertados, no se los

cree tales; se considera que hay un plan secreto que no se concibe: «él

sabe bien lo que hace,» decian los soldados de Napoleon, y se arrojaban

á la muerte.

Para los usos comunes de la vida no se necesitan estas cualidades en

grado tan eminente; pero el poseerlas del modo que se adapte al talento,

índole y posicion del individuo, es siempre muy útil y en algunos casos

necesario. De esto dependen en gran parte las ventajas que unos llevan á

otros en la buena direccion y acertado manejo de los asuntos; pudiendo

asegurarse que quien esté enteramente falto de dichas cualidades será

hombre de poco valer, incapaz de llevar á cabo ningun negocio

importante. Para las grandes cosas es necesaria gran fuerza, para las

pequeñas basta pequeña; pero todas han menester alguna. La diferencia

está en la intensidad y en los objetos: mas no en la naturaleza de las

facultades ni de su desarrollo. El hombre grande como el vulgar, se

dirigen por el pensamiento, y se mueven por la voluntad y las pasiones.

En ambos la fijeza de la idea y la fuerza del sentimiento, son los dos

principios que dan á la voluntad energía y firmeza. Las piedrezuelas que

arrebata el viento estan sometidas á las mismas leyes que la masa de un

planeta.

§ LX.

Conclusion y resúmen.

Criterio es un medio para conocer la verdad. La verdad en las cosas es

la realidad. La verdad en el entendimiento, es conocer las cosas tales

como son. La verdad en la voluntad es quererlas como es debido, conforme

á las reglas de la sana moral. La verdad en la conducta es obrar por

impulso de esta buena voluntad. La verdad en proponerse un fin, es

proponerse el fin conveniente y debido, segun las circunstancias. La

verdad en la eleccion de los medios es elegir los que son conformes á la

moral, y mejor conducen al fin. Hay verdades de muchas clases; porque

hay realidad de muchas clases. Hay tambien muchos modos de conocer la

verdad. No todas las cosas se han de mirar de la misma manera, sino del

modo que cada una de ellas se ve mejor. Al hombre le han sido dadas

muchas facultades. Ninguna es inútil. Ninguna es intrínsecamente mala.

La esterilidad ó la malicia les vienen de nosotros que las empleamos

mal. Una buena lógica debiera comprender al hombre entero; porque la

verdad está en relacion con todas las facultades del hombre. Cuidar de

la una, y no de la otra, es á veces esterilizar la segunda, y malograr

la primera. El hombre es un mundo pequeño: sus facultades son muchas y

muy diversas; necesita armonía, y no hay armonía sin atinada

combinacion, y no hay combinacion atinada si cada cosa no está en su

lugar; si no ejerce sus funciones ó las suspende en el tiempo oportuno.

Cuando el hombre deja sin accion alguna de sus facultades, es un

instrumento al que le faltan cuerdas; cuando las emplea mal es un

instrumento destemplado. La razon es fria, pero ve claro; darle calor, y

no ofuscar su claridad: las pasiones son ciegas, pero dan fuerza; darles

direccion, y aprovecharse de su fuerza. El entendimiento sometido á la

verdad; la voluntad sometida á la moral; las pasiones sometidas al

entendimiento y á la voluntad, y todo ilustrado, dirigido, elevado por

la religion; hé aquí el hombre completo; el hombre por excelencia. En él

la razon da luz, la imaginacion, pinta, el corazon vivifica, la religion

diviniza.

FIN.

NOTAS

[1] Pág. 7.--_Verum est id quod est_, dice san Agustin (Lib. 2. Solil.

cap. 5). Puede distinguirse entre la verdad de la cosa y la verdad del

entendimiento: la primera, que es la cosa misma, se podrá llamar

objetiva; la segunda, que es la conformidad del entendimiento con la

cosa, se apellidará formal, ó subjetiva. El oro es metal,

independientemente de nuestro conocimiento; hé aquí una verdad objetiva.

El entendimiento conoce que el oro es metal, hé aquí una verdad formal ó

subjetiva.

Mucha presuncion seria el despreciar las reglas para pensar bien.

«Nullam dicere maximarum rerum esse artem, cum minimarum sine arte nulla

sit, hominum est parum considerate loquentium.» «Es de hombres lijeros,

decia Ciceron, el afirmar que para las grandes cosas no hay arte, cuando

de él no carecen ni las mas pequeñas.» (Lib. 2. de offic.) En la

utilidad de las reglas han estado acordes los sabios antiguos y

modernos: la dificultad pues está en saber cuáles son estas, cuál es el

mejor modo de enseñar á practicarlas. _Don de los dioses_ llamó Sócrates

á la lógica, mas por desgracia, no nos aprovechamos lo bastante de este

don precioso, y las cavilaciones de los hombres le hacen inútil para

muchos. Los aristotélicos han sido acusados de embrollar el

entendimiento de los principiantes con la abundancia de las reglas, y el

fárrago de discusiones abstractas; en cambio, las escuelas que les han

sucedido, y particularmente los ideólogos mas modernos, no estan libres

del todo de un cargo semejante. Algunos reducen la lógica á un análisis

de las operaciones del entendimiento, y de los medios con que se

adquieren las ideas; lo que encierra las mas altas y difíciles

cuestiones que ofrecerse puedan á la humana filosofía.

Quisiéramos un poco ménos de ciencia y un poco mas de práctica;

recordando lo que dice Bacon de Verulamio sobre el arte de observacion,

cuando le llama una especie de sagacidad, de olfato cazador, mas bien

que ciencia. Ars experimentalis sagacitas potius est et odoratio quædam

venatica quam scientia. (De Augm. scient. L. 5. c. 2.)

[2] Pág. 10.--Los hombres mas insignes en el mundo científico se han

distinguido por una gran fuerza de atencion; y algunos de ellos por una

abstraccion que raya en lo increible. Arquimedes ocupado en sus

meditaciones y operaciones geométricas, no advierte el estrépito de la

ciudad tomada por los enemigos. Vieta pasa sin interrupcion dias y

noches absorto en sus combinaciones algebráicas y no se acuerda de sí

propio, hasta que le arrancan de tamaña enajenacion sus domésticos y

amigos; Leibnitz malbarata lastimosamente su salud, estando muchos dias

sin levantarse de la silla. Esta abstraccion extraordinaria es

respetable en hombres que de tal suerte han enriquecido las ciencias con

admirables inventos; ellos tenian verdaderamente una mision que cumplir,

y en cierto modo era excusable que á tan alto objeto sacrificaran su

salud y su vida. Pero aun en los genios mas eminentes no ha estado

reñida la intensidad de la atencion con su flexibilidad: Descartes

estaba elaborando sus colosales concepciones entre el estruendo de los

combates; y cuando cansado de la vida militar se retiró del servicio en

que se habia alistado voluntariamente, continuó viajando por los

principales paises de Europa. Con semejante tenor de vida, es muy

probable que el ilustre filósofo habia sabido enlazar la intensidad con

la flexibilidad de la atencion, y que no seria tan delicado en la

materia como Kant, de quien se dice, que el solo desarreglo ó cambio de

un boton en uno de sus oyentes era capaz de hacerle perder el hilo del

discurso. Esto no es tan extraño si se considera que el filósofo aleman

jamas salió de su patria, y que por tanto no debió de acostumbrarse á

meditar sino en el retiro de su gabinete. Pero sea lo que fuere de las

rarezas de algunos hombres célebres, importa sobre manera esforzarse en

adquirir esa flexibilidad de atencion que puede muy bien aliarse con su

intensidad. En esto como en todas las cosas puede mucho el trabajo, la

repeticion de actos, que llegan á engendrar un hábito que no se pierde

en toda la vida. Acostumbrándose á pensar sobre cuantos objetos se

ofrecen, y á dar constantemente al espíritu una direccion seria, se

consigue lentamente, y sin esfuerzo, la conveniente disposicion de

ánimo, ya sea para fijarse largas horas sobre un punto, ya para hacer

suavemente la transicion de unas ocupaciones á otras. Cuando no se posee

esta flexibilidad, el espíritu se fatiga y enerva con la concentracion

excesiva ó se desvanece con cualquiera distraccion; lo primero, á mas de

ser nocivo á la salud, tampoco suele servir mucho para progresar en la

ciencia; y lo segundo inutiliza el entendimiento para los estudios

serios. El espíritu como el cuerpo ha menester un buen régimen; y en

este régimen hay una condicion indispensable: la templanza.

[3] Pág. 14.--Un hombre dedicado á una profesion para la cual no ha

nacido, es una pieza dislocada: sirve de poco, y muchas veces no hace

mas que sufrir y embarazar. Quizas trabaja con celo, con ardor; pero sus

esfuerzos ó son impotentes, ó no corresponden ni con mucho á sus deseos.

Quien haya observado algun tanto sobre este particular, habrá notado

fácilmente los malos efectos de semejante dislocacion. Hombres muy bien

dotados para un objeto, se muestran con una inferioridad lastimosa

cuando se ocupan de otro. Uno de los talentos mas sobresalientes que he

conocido en lo tocante á ciencias morales y políticas, le considero

mucho ménos que mediano con respecto á las exactas; y al contrario, he

visto á otros de feliz disposicion para adelantar en estas, y muy poco

capaces para aquellas.

Y lo singular en la diferencia de los talentos es que aun tratándose de

una misma ciencia, los unos son mas á propósito que otros para

determinadas partes. Así se puede experimentar en la enseñanza de las

matemáticas que la disposicion de un mismo alumno no es igual con

respecto á la Aritmética, Algebra y Geometría. En el cálculo, unos se

adiestran con facilidad en la parte de aplicacion, miéntras no adelantan

igualmente ni con mucho, en la de generalizacion; unos adelantan en la

Geometría mas de lo que habian hecho esperar en el estudio del Algebra y

Aritmética. En la demostracion de los teoremas, en la resolucion de los

problemas, se echan de ver diferencias muy señaladas: unos se aventajan

en la facilidad de aplicar, de construir, pero deteniéndose, por decirlo

así, en la superficie, sin penetrar en el fondo de las cosas; al paso

que otros no tan diestros en lo primero, se distinguen por el talento de

demostracion, por la facilidad en generalizar, en ver resultados, en

deducir consecuencias lejanas. Estos últimos son hombres de ciencia, los

primeros son hombres de práctica; á aquellos les conviene el estudio, á

estos el trabajo de aplicacion.

Si estas diferencias se notan en los límites de una misma ciencia, ¿qué

será cuando se trate de las que versan sobre objetos los mas distantes

entre sí? y sin embargo, ¿quién cuida de observarlas, y mucho ménos de

dirigir á los niños y á los jóvenes por el camino que les conviene? A

todos se nos arroja, por decirlo así, en un mismo molde: para la

eleccion de las profesiones suele atenderse á todo, ménos á la

disposicion particular de los destinados á ellas. ¡Cuánto y cuánto falta

que observar en materia de educacion é instruccion!

En la acertada eleccion de la carrera no solo se interesa el adelanto

del individuo, sino la felicidad de toda su vida. El hombre que se

dedica á la ocupacion que se le adapta, disfruta mucho, aun entre las

fatigas del trabajo; pero el infeliz que se halla condenado á tareas

para las cuales no ha nacido, ha de estar violentándose continuamente,

ya para contrariar sus inclinaciones, ya para suplir con esfuerzo lo que

le falta en habilidad.

Algunos de los hombres que mas se han distinguido en la respectiva

profesion, habrian sido probablemente muy medianos, si se hubiesen

dedicado á otra que no les conviniera. Malebranche se ocupaba en el

estudio de las lenguas y de la historia, y no daba muestras de ninguna

disposicion muy aventajada, cuando acertó á entrar en la tienda de un

librero, donde le cayó en manos el _Tratado del hombre_ de Descártes.

Causóle tanta impresion aquella lectura, que se cuenta haber tenido que

interrumpirla mas de una vez para calmar los fuertes latidos de su

corazon. Desde aquel dia Malebranche se dedicó al estudio que tan

perfectamente se le adaptaba; y diez años despues publicaba ya su famosa

obra de la _Investigacion de la verdad_. Y es que la palabra de

Descartes despertó el genio filosófico adormecido en el jóven bajo la

balumba de las lenguas y de la historia: sintióse otro, conoció que él

era capaz de comprender aquellas altas doctrinas, y como el poeta al

leer á otro poeta, exclamó: «_tambien yo soy filósofo_.»

Una cosa semejante le sucedió á Lafontaine. Habia cumplido veinte y dos

años, sin dar muestras de abrigar genio poético. No lo conoció él mismo

hasta que leyó la oda de Malherbe sobre el asesinato de Enrique IV. Y

este mismo Lafontaine que tan alto rayó en la poesía, ¿qué hubiera sido

como hombre de negocios? Sus inocentadas que tanto daban que reir á sus

amigos, no son muy buen indicio de felices disposiciones para este

género.

He dicho que convenia observar el talento particular de cada niño para

dedicarle á la carrera que mejor se le adapta: y que seria bueno

observar lo que dice ó hace cuando se encuentra con ciertos objetos.

Madama Perier, en la _Vida_ de su hermano Pascal, refiere que siendo

niño le llamó un dia la atencion el fenómeno del diverso sonido de un

plato herido con un cuchillo, segun se le aplicaba el dedo ó se le

retiraba; y que despues de reflexionar mucho sobre la causa de esta

diferencia escribió un pequeño tratado sobre ella. Este espíritu

observador en tan tierna edad ¿no anunciaba ya al ilustre físico del

experimento de Puy-de-Dôme confirmando las ideas de Torricelli y

Galileo?

El padre de Pascal deseoso de formar el espíritu de su hijo,

fortaleciéndole con otra clase de estudios ántes de pasar al de las

matemáticas, hasta evitaba el hablar de geometría en presencia del niño;

pero este encerrado en su cuarto, traza figuras con un carbon, y

desenvolviendo la definicion de la geometría que habia oido, demuestra

hasta la proposicion 32 de Euclides. El genio del eminente geómetra se

debatia bajo una inspiracion poderosa, que todavía no era él capaz de

comprender.

El célebre Vaucanson se ocupa en examinar atentamente la construccion de

un reloj de una antesala donde estaba esperando á su madre; en vez de

juguetear, acecha por las hendiduras de la caja, por si puede descubrir

el mecanismo: y luego despues se ensaya en construir uno de madera que

revela el asombroso genio del ilustre constructor del _flautista_, y del

_áspid de Cleopatra_.

Bossuet á la edad de 16 años improvisaba en el palacio de Rambouillet un

sermon que por la copia de pensamientos y facilidad de expresion y de

estilo, admiraba al concurso compuesto de los talentos mas escogidos que

á la sazon contaba la Francia.

[4] Pág. 25.--He dicho que la teoría de las probabilidades auxiliada por

la de las combinaciones, pone de manifiesto la imposibilidad que he

llamado de sentido comun, calculando, por decirlo así, la inmensa

distancia que va de la posibilidad del hecho á su existencia; distancia

que nos le hace considerar como poco ménos que absolutamente imposible.

Para dar una idea de esto supondré que se tengan siete letras e, s, p,

a, ñ, o, l, y que disponiéndolas á la aventura, se quiere que salga la

palabra _español_. Es claro que no hay imposibilidad intrínseca, pues

que lo vemos hecho todos los dias, cuando á la combinacion preside la

inteligencia del cajista; pero en faltando esta inteligencia, no hay mas

razon para que resulten combinadas de esta manera que de la otra. Ahora

bien: teniendo presente que el número de combinaciones de diferentes

cantidades es igual á 1×2×3×4.......(n-1)n, expresando n el número de

los factores; siendo siete las letras en el caso presente, el número de

combinaciones posibles será igual á 1×2×3×4×5×6×7.=5040.

Ahora: recordando que la probabilidad de un hecho es la relacion del

número de casos posibles, resulta que la probabilidad de salir por acaso

las siete letras dispuestas de modo que formen la palabra _español_, es

igual á 1/5040. Por manera que estaria en el mismo caso que el salir una

bola negra de una urna donde hubiese 5039 bolas blancas.

Si es tanta la dificultad que hay en que resulte formada una sola

palabra de siete letras; ¿qué será si tomamos por ejemplo un escrito en

que hay muchas páginas, y por tanto gran número de palabras? La

imaginacion se asombra al considerar la inconcebible pequeñez de la

probabilidad cuando se atiende á lo siguiente: 1º. La formacion casual

de una sola palabra es poco ménos que imposible, ¿qué será con respecto

á millares de palabras? 2º. Las palabras sin el debido órden entre sí no

dirian nada, y por tanto seria necesario que saliesen del modo

correspondiente para expresar lo que se queria. Siete solas palabras nos

costarian el mismo trabajo que las siete letras. 3º. Esto es verdad, aun

no exigiendo disposicion en líneas, y suponiéndolo todo en una sola;

¿qué será si se piden líneas? Solo siete nos traerán la misma dificultad

que las siete palabras y las siete letras. 4º. Para formarse una idea

del punto á que llegaria el guarismo que expresase los casos posibles,

adviértase que nos hemos limitado á un número de los mas bajos, el

_siete_; adviértase que hay muchas palabras de mas letras; que todas las

líneas habrian de constar de algunas palabras, y todas las páginas de

muchas lineas. 5º. Y finalmente, reflexiónese adónde va á parar un

número que se forma con una ley tan aumentativa como esta

1×2×3×4×5×6×7×8 ... (n-1)n. Sígase por breve rato la multiplicacion y se

verá que el incremento es asombroso.

En la mayor parte de los casos en que el sentido comun nos dice que hay

imposibilidad, son muchas las cantidades por combinar, entendiendo por

cantidades todos los objetos que han de estar dispuestos de cierto modo

para lograr el objeto que se desea. Por poco elevado que sea este

número, el cálculo demuestra ser la probabilidad tan pequeña, que ese

instinto con el cual desde luego, sin reflexionar, decimos «esto no

puede ser» es admirable, por lo fundado que está en la sana razon.

Pondré otro ejemplo. Suponiendo que las cantidades son en número de 100,

el de las combinaciones posibles será 1×2×3×4×5×6.... 99×100. Para

concebir la increible altura á que se elevaría este producto,

considérese que se han de sumar los logaritmos de todas estas

cantidades, y que las solas _características_, prescindiendo de las

_mantisas_ dan 92: lo que por sí solo da una cantidad igual á la unidad

seguida de 92 ceros. Súmense las _mantisas_, y añádase el resultado de

los enteros á las _características_, y se verá que este número crece

todavía mucho mas. Sin fatigarse con cálculos se puede formar idea de

esta clase de aumento. Así suponiendo que el número de las cantidades

combinables sea diez mil, por la suma de las solas _características_ de

los factores se tendria una _característica_ igual á 28894; es decir que

aun no llevando en cuenta lo muchísimo que subiria la suma de las

_mantisas_, resultaria un número igual á la unidad seguida de 28894

ceros. Concíbase si se puede lo que es un número, que por poco espesor

que en la escritura se dé á los ceros, tendrá la longitud de algunas

varas; y véase si no es muy certero el instinto que nos dice ser

imposible una cosa cuya probabilidad es tan pequeña que está

representada por un quebrado cuyo numerador es la unidad, y cuyo

denominador es un número tan colosal.

[5] Pág. 35.--He creido inútil ventilar en esta obra las muchas

cuestiones que se agitan sobre los sentidos, en sus relaciones con los

objetos externos, y la generacion de las ideas. Esto me hubiera llevado

fuera de mi propósito, y ademas no habria servido de nada para enseñar á

hacer buen uso de los mismos sentidos. En otra obra, que tal vez no

tarde en dar á luz, me propongo examinar estas cuestiones con la

extension que su importancia reclama.

[6] Pág. 47.--Lo que he dicho sobre las consecuencias que

instintivamente sacamos de la coexistencia ó sucesion de los fenómenos,

está íntimamente enlazado con lo explicado en la _Nota 4_, sobre la

imposibilidad de sentido comun. De esto puede sacarse una demostracion

incontrastable en favor de la existencia de Dios.

[7] Pág. 56.--Los que crean que la moral cristiana induce fácilmente á

error por un exceso de caridad, conocen poco esta moral, y no han

reflexionado mucho sobre los dogmas fundamentales de nuestra religion.

Uno de ellos es la corrupcion original del hombre, y los estragos que

esta corrupcion produce en el entendimiento y en la voluntad. ¿Semejante

doctrina es acaso muy á propósito para inspirar demasiada confianza?

¿Los libros sagrados no estan llenos de narraciones en que resaltan la

perfidia y la maldad de los hombres? La caridad nos hace amar á nuestros

hermanos, pero no nos obliga á reputarlos por buenos, si son malos, no

nos prohibe el sospechar de ellos, cuando hay justos motivos, ni nos

impide el tener la cautela prudente, que de suyo aconseja el conocer la

miseria y la malicia del humano linaje.

El Criterio · 第 19 / 21 段