sostenerse á sí mismo, contra la tentación de cobardía? Ese deseo del
honor, ese horror á la ignominia de pasar por cobarde, ¿no ha sido en él
un sentimiento? sí; pero un sentimiento noble, generoso, con cuya fuerza
y ascendiente se ha fortalecido contra las asechanzas del miedo, y ha
cumplido su deber. Esa pasion pues dirigida á un objeto bueno, ha
producido un resultado excelente, que tal vez sin ella no se hubiera
conseguido: en aquellos momentos críticos, terribles, en que el
estruendo del cañon, la gritería del enemigo cercano, y los ayes de los
camaradas moribundos, comenzaban á introducir el espanto en su pecho, la
razon enteramente sola tal vez hubiera sucumbido; pero ha llamado en su
ayuda á una pasion mas poderosa que el temor de la muerte: el
sentimiento del honor, la vergüenza de parecer cobarde; y la razon ha
triunfado, el deber se ha cumplido.
Llegada la órden de replegarse, el oficial se reune á su cuerpo,
habiendo perdido en el puesto fatal á casi todos sus soldados.--Ya le
teníamos á V. por muerto, le dice chanceándose uno de sus amigos; no se
habrá V. olvidado del parapeto.--El oficial se cree ultrajado, pide con
calor una satisfaccion, y á las pocas horas el burlon imprudente ha
dejado de existir. El mismo sentimiento que poco ántes impulsara á una
accion heróica, acaba de causar un asesinato. El honor, la vergüenza de
pasar por cobarde, habian sostenido al valiente, hasta el punto de
hacerle despreciar su vida; el honor, la vergüenza de pasar por cobarde,
han teñido sus manos con la sangre de un amigo imprudente. La pasion
dirigida por la razon se elevó hasta el heroismo; entregada á su ímpetu
ciego, se ha degradado hasta el crímen.
La emulacion es un sentimiento poderoso, excelente preservativo contra
la pereza, contra la cobardía, y contra cuantas pasiones se oponen al
ejercicio útil de nuestras facultades. De ella se aprovecha el maestro
para estimular á los alumnos; de ella se sirve el padre de familia para
refrenar las malas inclinaciones de alguno de sus hijos; de ella se vale
un capitan para obtener de sus subordinados, constancia, valor, hazañas
heróicas. El deseo de adelantar, de cumplir con el deber, de llevar á
cabo grandes empresas, el doloroso pesar de no haber hecho de nuestra
parte todo lo que podíamos y debíamos, el rubor de vernos excedidos por
aquellos á quienes hubiéramos podido superar, son sentimientos muy
justos, muy nobles, excelentes para hacernos avanzar en el camino del
bien. En ellos no hay nada reprensible; ellos son el manantial de muchas
acciones virtuosas, de resoluciones sublimes, de hazañas sorprendentes.
Pero si ese mismo sentimiento se exagera, el néctar aromático, dulce,
confortador, se trueca en el humor mortifero que fluye de la boca de un
reptil ponzoñoso, la emulacion se hace envidia. El sentimiento en el
fondo es el mismo, pero se ha llevado á un punto demasiado alto; el
deseo de adelantar ha pasado á ser una sed abrasadora; el pesar de verse
superado, es ya un rencor contra el que supera; ya no hay aquella
rivalidad que se hermanaba muy bien con la amistad mas íntima, que
procuraba suavizar la humillacion del vencido prodigándole muestras de
cariño, y sinceras alabanzas por sus esfuerzos; que contenta con haber
conquistado el lauro, le escondia para no lastimar el amor propio de los
demas; hay sí, un verdadero despecho, hay una rabia, no por la falta de
los adelantos propios, sino por la vista de los ajenos; hay un verdadero
odio al que se aventaja, hay un vivo anhelo por rebajar el mérito de sus
obras, hay maledicencia, hay el desden con que se encubre un furor mal
comprimido, hay la sonrisa sardónica, que apénas alcanza á disimular los
tormentos del alma.
Nada mas conforme á razon que aquel sentimiento de la propia dignidad,
que se exalta santamente cuando las pasiones brutales excitan á una
accion vergonzosa; que recuerda al hombre lo sagrado de sus deberes, y
no le consiente deshonrarse faltando á ellos; aquel sentimiento que le
inspira la actitud que le conviene tomar, segun la posicion que ocupa;
aquel sentimiento que llena de majestad el semblante y modales del
monarca, que da al rostro y maneras de un pontífice santa gravedad y
uncion augusta; que brilla en la mirada de fuego de un gran capitan y en
su ademan resuelto, osado, imponente; aquel sentimiento que á la dicha
no le permite alegria descompuesta, ni al infortunio abatimiento
ignoble; que señala la oportunidad de un prudente silencio, ó sugiere
una palabra decorosa y firme; que deslinda la afabilidad de la nimia
familiaridad, la franqueza del abandono, la naturalidad de los modales
de una libertad grosera; aquel sentimiento en fin que vigoriza al hombre
sin endurecerle, que le suaviza sin relajarle, que le hace flexible sin
inconstancia, y constante sin terquedad. Pero ese mismo sentimiento, si
no está moderado y dirigido por la razon, se hace orgullo; el orgullo
que hincha el corazon, enhiesta la frente, da á la fisonomía un aspecto
ofensivo, y á los modales una afectacion entre irritante y ridícula; el
orgullo que desvanece, que imposibilita para adelantar, que se suscita á
sí propio obstáculos en la ejecucion, que inspira grandes maldades, que
provoca el aborrecimiento y el desprecio, que hace insufrible.
¡Qué sentimiento mas razonable que el deseo de adquirir ó conservar lo
necesario para las atenciones propias, y de aquellas personas de cuyo
cuidado encargan el deber ó el afecto! Él previene contra la
prodigalidad, aparta de los excesos, preserva de una vida licenciosa,
inspira amor á la sobriedad, templanza en todos los deseos, aficion al
trabajo. Pero este mismo sentimiento llevado á la exageracion, impone
ayunos que Dios no acepta, frio en el invierno, calor en el verano, mal
cuidado de la salud, abandono en las enfermedades, mortifica con
privaciones á la familia, niega todo favor á los amigos, cierra la mano
para los pobres, endurece cruelmente el corazon para toda clase de
infortunios, atormenta con sospechas, temores, zozobras, prolonga las
vigilias, engendra el insomnio, persigue y agita con la aparicion de
espectros robadores los breves momentos de sueño, haciendo que no pueda
lograr descanso
El rico avaro en el angosto lecho,
Y que sudando con terror despierte.
Véase pues con cuánta verdad he dicho que los mismos sentimientos buenos
la exageracion los hace malos; que el sentimiento por sí solo, es una
guia mas segura, y á menudo peligrosa. La razon es quien debe dirigirle
conforme á los eternos principios de la moral; la razon es quien debe
encaminarle, hasta en el terreno de la utilidad. Por esto jamas el
hombre se ocupa demasiado del conocimiento de sí mismo; ningun esfuerzo
está de mas para adquirir aquel criterio moral y acertado, que nos
enseña la verdad práctica, la verdad que debe presidir á todos los actos
de nuestra vida. Proceder á la aventura, abandonarse ciegamente á las
inspiraciones del corazon, es exponerse á mancharse con la inmoralidad,
y á cometer una serie de yerros que acaban por acarrear terribles
infortunios.
§ LV.
La ciencia es muy útil á la práctica.
En todo lo concerniente á objetos sometidos á leyes necesarias, claro es
que el conocimiento de estas ha de ser utilísimo, cuando no
indispensable. De cuyo principio infiero que discurren muy mal los que
en tratándose de ejecutar, descuidan la ciencia y solo se atienen á la
práctica. La ciencia, si es verdaderamente digna de este nombre, se
ocupa en el descubrimiento de las leyes que rigen la naturaleza; y así
su ayuda ha de ser de la mayor importancia. Tenemos de esta verdad una
irrefragable prueba en lo que ha sucedido en Europa de tres siglos á
esta parte. Desde que se han cultivado las matemáticas y las ciencias
naturales, el progreso de las artes ha sido asombroso. En el siglo
actual se estan haciendo continuamente ingeniosos descubrimientos; y
¿qué son estos, sino otras tantas aplicaciones de la ciencia?
La rutina que desdeña á la ciencia, muestra con semejante desden un
orgullo necio, hijo de la ignorancia. El hombre se distingue de los
brutos animales por la razon con que le ha dotado el Autor de la
naturaleza; y no querer emplear las luces del entendimiento para la
direccion de las operaciones, aun las mas sencillas, es mostrarse
ingrato á la bondad del Criador. ¿Para qué se nos ha dado esa antorcha
sino para aprovecharnos de ella en cuanto sea posible? Y si á ella se
deben tan grandes concepciones cientificas, ¿porqué no la hemos de
consultar para que nos suministre reglas que nos guien en la práctica?
Véase el atraso en que se encuentra la España en cuanto á desarrollo
material, merced al descuido con que han sido miradas durante largo
tiempo las ciencias naturales y exactas; comparémonos con las naciones
que no han caido en este error, y nos será fácil palpar la diferencia.
Verdad es que hay en las ciencias una parte meramente especulativa, y
que difícilmente puede conducir á resultados prácticos; sin embargo es
preciso no olvidar, que aun esta parte al parecer inútil, y como si
dijéramos de mero lujo, se liga muchas veces con otras que tienen
inmediata relacion con las artes. Por manera que su inutilidad es solo
aparente, pues andando el tiempo se descubren consecuencias en que no se
habia reparado. La historia de las ciencias naturales y exactas nos
ofrece abundantes pruebas de esta verdad, ¿Qué cosa mas puramente
especulativa y al parecer mas estéril, que las fracciones continuas? y
no obstante ellas sirvieron á Huigens para determinar las dimensiones de
las ruedas dentadas en la construccion de su autómata planetario.
La práctica sin la teoría permanece estacionaria, ó no adelanta sino con
muchísima lentitud; pero á su vez, la teoría sin la práctica fuera
tambien infructuosa. La teoría no progresa ni se solida sin la
observacion, y la observacion estriba en la práctica. ¿Que seria la
ciencia agrícola sin la experiencia del labrador?
Los que se destinen á la profesion de un arte deben, si es posible,
estar preparados con los principios de la ciencia en que aquella se
funda. Los carpinteros, albañiles, maquinistas, saldrian sin duda mas
hábiles maestros si poseyesen los elementos de geometría y de mecánica;
y los barnizadores, tintoreros y de otros oficios no andarian tan á
tientas en sus operaciones, si no careciesen de las luces de la química.
Si una gran parte del tiempo que se pierde miserablemente en la escuela
y en casa, ocupándose en estudios inconducentes, se emplease en adquirir
los conocimientos preparatorios, acomodados á la carrera que se quiere
emprender, los individuos, las familias y la sociedad reportarian por
cierto mayor fruto de sus tareas y dispendios.
Bueno es que un jóven sea literato; pero ¿de qué le servirá un brillante
trozo de Walter Scott, ó de Víctor Hugo, cuando colocado al frente de un
establecimiento sea preciso conocer los defectos de una máquina, las
ventajas ó inconvenientes de un procedimiento, ó adivinar el secreto con
que en los paises extranjeros se ha llegado á la perfeccion de un tinte?
Al arquitecto, al ingeniero, ¿serán los artículos de política los que
les enseñarán á construir un edificio con solidez, elegancia, aptitud y
buen gusto, á formar atinadamente el plan de una carretera ó canal, á
dirigir las obras con inteligencia, á levantar una calzada, ó suspender
un puente?
§ LVI.
Inconvenientes de la universalidad.
El saber es muy costoso y la vida muy breve; y sin enbargo vemos con
dolor que se desparraman las facultades del hombre hácia mil objetos
diferentes, halagando á un tiempo la vanidad y la pereza. La vanidad,
porque de esta suerte se adquiere la reputacion de sabio; la pereza,
porque es harto mas trabajoso el fijarse sobre una materia y dominarla,
que no el adquirir cuatro nociones generales sobre todos los ramos.
Se ponderan de continuo las ventajas de la division del trabajo en la
industria, y no se advierte que este principio es tambien aplicable á la
ciencia. Son pocos los hombres nacidos con felices disposiciones para
todo. Muchos que podrian ser una excelente _especialidad_, dedicándose
principal ó exclusivamente á un ramo, se inutilizan miserablemente
aspirando á la universalidad. Son incalculables los daños que de esto
resultan á la sociedad y á los individuos: pues que se consumen
estérilmente muchas fuerzas que bien aprovechadas y dirigidas, habrian
podido producir grandes bienes. Vaucanson y Vatt hicieron prodigios en
la mecánica: y es muy probable que se hubieran distinguido muy poco en
las bellas artes y en la poesía; Lafontaine se inmortalizó con sus
_Fábulas_, y metido á hombre de negocios, hubiera sido de los mas
torpes. Sabido es que en el trato de la sociedad, parecia á veces estar
falto de sentido comun.
No negaré que unos conocimientos presten á otros grande auxilio, ni las
ventajas que reporta una ciencia de las luces que le suministran otras,
quizas de un órden totalmente distinto; pero repito que esto es para
pocos, y que la generalidad de los hombres debe dedicarse especialmente
á un ramo.
Así en las ciencias como en las artes, lo que conviene es elegir con
acierto la profesion: pero una vez escogida, es preciso aplicarse á
ella ó principal ó exclusivamente.
La abundancia de libros, de periódicos, de manuales, de enciclopedias
convida á estudiar un poco de todo: esta abundancia indica el gran
caudal de conocimientos atesorados con el curso de los siglos y de que
disfruta la edad presente; pero en cambio acarrea un mal muy grave, y es
que hace perder á muchos en intensidad lo que adquieren en extension; y
á no pocos les proporciona aparentar que saben de todo cuando en
realidad no saben nada.
Si la España ha de progresar de una manera real y positiva, es preciso
que se acuda á remediar este abuso; que se encajonen, por decirlo así,
los ingenios en sus respectivas carreras, y que sin impedir la
universalidad de conocimientos en los que de tanto sean capaces, se
cuide que no falte en algunos la profundidad, y en todos la suficiencia.
La mayor parte de las profesiones demandan un hombre entero, para ser
desempeñadas cual conviene; si se olvida esta verdad, las fuerzas
intelectuales se consumen lastimosamente sin producir resultado: como en
una máquina mal construida se pierde gran parte del impulso por falta de
buenos conductos que le dirijan y apliquen.
A quien reflexione sobre el movimiento intelectual de nuestra patria en
la época presente, se le ofrece de bulto la causa de esa esterilidad que
nos aflige, á pesar de una actividad siempre creciente. Las fuerzas se
disipan, se pierden, porque no hay direccion: los ingenios marchan á la
aventura, sin pensar adónde van: los que profesan con fruto una carrera
la abandonan á la vista de otra que brinda con mas ventajas: y la
revolucion trastornando todos los papeles, haciendo del abogado un
diplomático, del militar un político, del comerciante un hombre de
gobierno, del juez un economista, de nada todo, aumenta el vértigo de
las ideas, y opone gravísimos obstáculos á todos los progresos.
§ LVII.
Fuerza de la voluntad.
El hombre tiene siempre un gran caudal de fuerzas sin emplear; y el
secreto de hacer mucho, es acertar á explotarse á sí mismo. Para
convencerse de esta verdad basta considerar cuánto se multiplican las
fuerzas del hombre que se halla en aprieto: su entendimiento es mas
capaz y penetrante, su corazon mas osado y emprendedor, su cuerpo mas
vigoroso: ¿y esto porqué? ¿se crean acaso nuevas fuerzas? no
ciertamente: solo se despiertan, se ponen en accion, se aplican á un
objeto determinado. ¿Y cómo se logra esto? El aprieto aguijonea la
voluntad, y esta desplega, por decirlo así, toda la plenitud de su
poder: quiere el fin con intensidad y viveza, manda con energía á todas
las facultades que trabajen por encontrar los medios á propósito, y por
emplearlos una vez encontrados; y el nombre se asombra de sentirse otro,
de ser capaz de llevar á cabo lo que en circunstancias ordinarias le
pareciera del todo imposible.
Lo que sucede en extremos apurados, debe enseñarnos el modo de
aprovechar y multiplicar nuestras fuerzas en el curso de los negocios
comunes: regularmente, para lograr un fin, lo que se necesita es
_voluntad_: voluntad decidida, resuelta, firme, que marche á su objeto
sin arredrarse por obstáculos ni fatigas. Las mas de las veces, no
tenemos verdadera voluntad, sino veleidad; quisiéramos, mas no queremos,
quisiéramos, si no fuese preciso salir de nuestra habitual pereza,
arrostrar tal trabajo, superar tales obstáculos, pero no queremos
alcanzar el fin á tanta costa; empleamos con flojedad nuestras
facultades, y desfallecemos á la mitad del camino.
§ LVIII.
Firmeza de voluntad.
La firmeza de voluntad es el secreto de llevar á cabo las empresas
arduas; con esta firmeza comenzamos por dominarnos á nosotros mismos;
primera condicion para dominar los negocios. Todos experimentamos que en
nosotros hay dos hombres; uno inteligente, activo, de pensamientos
elevados, de deseos nobles, conformes á la razon, de proyectos arduos y
grandiosos; otro torpe, soñoliento, de miras mezquinas, que se arrastra
por el polvo cual inmundo reptil; que suda de angustia al pensar que se
le hace preciso levantar la cabeza del suelo. Para el segundo no hay el
recuerdo de ayer, ni la prevision de mañana; no hay mas que lo presente,
el goce de ahora, lo demas no existe; para el primero hay la enseñanza
de lo pasado, y la vista del porvenir; hay otros intereses que los del
momento, hay una vida demasiado anchurosa para limitarla á lo que
afecta en este instante; para el segundo el hombre es un ser que siente
y goza; para el primero el hombre es una criatura racional, á imágen y
semejanza de Dios, que se desdeña de hundir su frente en el polvo, que
la levanta con generosa altivez hácia el firmamento, que conoce toda su
dignidad, que se penetra de la nobleza de su orígen y destino, que alza
su pensamiento sobre la region de las sensaciones, que prefiere al goce
el deber.
Para todo adelanto sólido y estable, conviene desarrollar al hombre
noble, y sujetar y dirigir al ignoble, con la firmeza de la volundad.
Quien se ha dominado á sí mismo domina fácilmente el negocio, y á los
demas que en él toman parte. Porque es cierto que una volundad firme y
constante, ya por sí sola, y prescindiendo de las otras cualidades de
quien la posea, ejerce poderoso ascendiente sobre los ánimos, y los
sojuzga y avasalla.
La terquedad es sin duda un mal gravísimo, porque nos lleva á desechar
los consejos ajenos, aferrándonos en nuestro dictámen y resolucion,
contra las consideraciones de prudencia y justicia. De ella debemos
precavernos cuidadosamente, porque teniendo su raiz en el orgullo, es
planta que fácilmente se desarrolla. Sin embargo, tal vez podria
asegurarse que la terquedad no es tan comun, ni acarrea tantos daños
como la inconstancia. Esta nos hace incapaces de llevar á cabo las
empresas arduas, y esteriliza nuestras facultades, dejándolas ociosas, ó
aplicándolas sin cesar á objetos diferentes, y no permitiendo que llegue
á sazon el fruto de las tareas; ella nos hace retroceder á la vista del
primer obstáculo, y desfallecer al presentarse un riesgo ó fatiga; ella
nos pone á la merced de todas nuestras pasiones, de todos los sucesos,
de todas las personas que nos rodean; ella nos hace tambien tercos en el
prurito de mudanza, y ella nos hace desoir los consejos de la justicia,
de la prudencia, y hasta de nuestros mas caros intereses.
Para lograr esta firmeza de voluntad, y precaverse contra la
inconstancia, conviene formarse convicciones fijas, prescribirse un
sistema de conducta, no obrar al acaso. Es cierto que la variedad de
acontecimientos y circunstancias, y la escasez de nuestra prevision nos
obligan con frecuencia á modificar los planes concebidos; pero esto no
impide que podamos formarlos, no autoriza para entregarse ciegamente al
curso de las cosas, y marchar á la aventura. ¿Para qué se nos ha dado la
razon sino para valernos de ella, y emplearla como guia en nuestras
acciones?
Téngase por cierto que quien recuerde estas observaciones, quien proceda
con sistema, quien obre con premeditado designio, llevará siempre
notable ventaja sobre los que se conduzcan de otra manera; si son sus
auxiliares, naturalmente se los hallará puestos bajo sus órdenes, y se
verá constituido su caudillo, sin que ellos lo piensen ni él propio lo
pretenda; si son sus adversarios ó enemigos, los desbaratará, aun
contando con ménos recursos.
Conciencia tranquila, designio premeditado, voluntad firme; hé aqui las
condiciones para llevar a cabo las empresas. Esto exige sacrificios, es
verdad; esto demanda que el hombre se venza á sí mismo, es cierto; esto
supone mucho trabajo interior, no cabe duda; pero en lo intelectual como
en lo moral, como en lo físico; en lo temporal como en lo eterno, está
ordenado que no alcanza la corona quien no arrostra la lucha.
§ LIX.
Firmeza, energía, ímpetu.
Voluntad firme no es lo mismo que voluntad enérgica, y mucho ménos que
voluntad impetuosa. Estas tres cualidades son muy diversas, no siempre
se hallan reunidas, y no es raro que se excluyan reciprocamente. El
ímpetu es producido por un acceso de pasion, es el movimiento de la
voluntad arrastrada por la pasion, es casi la pasion misma. Para la
energía no basta un acceso momentáneo; es necesaria una pasion fuerte,
pero sostenida por algun tiempo. En el ímpetu hay explosion, el tiro
sale, mas el proyectil cae á poca distancia; en la energía hay explosion
tambien, quizas no tan ruidosa, pero en cambio el proyectil silba gran
trecho por los aires, y alcanza un blanco muy distante. La firmeza no
requiere ni uno ni otro; á veces no consiente ni uno ni otro; admite
tambien pasion, frecuentemente la necesita; pero es una pasion
constante, con direccion fija, sometida á regularidad. El ímpetu, ó
destruye en un momento todos los obstáculos ó se quebranta; la energía
sostiene algo mas la lucha, pero se quebranta tambien; la firmeza los
remueve si puede, cuando no, los salva, da un rodeo, y si ni uno ni
otro le es posible, se para y espera.
Mas no debe creerse que esta firmeza no pueda tener en ciertos casos
energía, ímpetu irresistible; despues de esperar mucho, tambien se
impacienta, y una resolucion extrema es tanto mas temible cuanto es mas
premeditada, mas calculada. Esos hombres en apariencia frios, pero que
en realidad abrigan un fuego concentrado y comprimido, son formidables
cuando llega el momento fatal y dicen «ahora».... Entónces clavan en el
objeto su mirada encendida y se lanzan á él rápidos como el rayo,
certeros como una flecha.
Las fuerzas morales son como las físicas; necesitan ser economizadas;
los que á cada paso las prodigan las pierden; los que las reservan con
prudente economía, las tienen mayores en el momento oportuno. No son las
voluntades mas firmes las que chocan continuamente con todo; por el
contrario los muy impetuosos ceden cuando se les resiste, atacan cuando
se cede. Los hombres de voluntad mas firme no suelen serlo para las
cosas pequeñas; las miran con lástima, no las consideran dignas de un
combate. Así en el trato comun son condescendientes, flexibles, desisten
con facilidad; se prestan á lo que se quiere. Pero llegada la ocasion,
sea por presentarse un negocio grande en que convenga desplegar las
fuerzas, sea porque alguno de los pequeños haya sido llevado á un
extremo tal en que no se pueda condescender mas, y sea necesario decir,
_basta_; entónces no es mas impetuoso el leon, si se trata de atacar, no
es mas firme la roca, si se trata de resistir.