La diferencia que en las ciencias especulativas media entre un hombre

vulgar y otro sobresaliente, no consiste á menudo sino en que este

conoce con claridad, distincion y exactitud, lo que aquel solo conoce de

una manera inexacta, confusa y oscura; no consiste en el número de las

ideas, sino en la calidad; nada dice este sobre un punto, de que tambien

no tenga noticia aquel; ambos miran el mismo objeto, solo que la vista

del uno es mucho mas perfecta que la del otro. Lo propio sucede en lo

relativo á la práctica. Hombres profundamente inmorales hablarán de la

moral, de tal suerte que manifiesten no desconocer sus reglas; pero

estas reglas las saben ellos en general, sin haberse cuidado de hacer

aplicaciones, sin haber reparado en los obstáculos que impiden el

ponerlas en planta en tal ó cual ocasion, sin que se les ocurran de una

manera pura y viva, cuando se ofrece oportunidad de hacer uso de ellas.

Quien está en posesion de su entendimiento, de la voluntad, del hombre

entero, son las pasiones; esas reglas morales las conservan, por decirlo

así, archivadas en lo mas recóndito de su conciencia; ni aun gustan de

mirarlas como objeto de curiosidad, temerosos de encontrar en ellas el

gusano del remordimiento. Por el contrario, cuando la virtud está

arraigada en el alma, las reglas morales llegan á ser una idea familiar,

que acompaña todos los pensamientos y acciones, que se aviva y se agita

al menor peligro, que impera y apremia ántes de obrar, que remuerde

incesantemente si se la ha desatendido. La virtud causa esa continua

presencia intelectual de las reglas morales, y esta presencia á su vez

contribuye á fortalecer la virtud; así es que la religion no cesa de

inculcarlas, segura de que son preciosa semilla que tarde ó temprano

dará algun fruto.

§ XLVI.

Los sentimientos morales auxilian la virtud.

En ayuda de las ideas morales vienen los sentimientos, que tambien los

hay muy morales, y poderosos, y bellísimos; porque Dios al permitir que

sacudan y conturben nuestro espíritu violentas y aciagas tempestades,

tambien ha querido proporcionarnos el blando mecimiento de céfiros

apacibles. El hábito de atender á las reglas morales y de obedecer sus

prescripciones, desenvuelve y aviva estos sentimientos; y entonces el

hombre para seguir el camino de la virtud, combate las inclinaciones

malas con las inclinaciones buenas; las luchas no son de tanto peligro,

y sobre todo no son tan dolorosas; porque un sentimiento lucha con otro

sentimiento, lo que se padece con el sacrificio del uno se compensa con

el placer causado por el triunfo del otro, y no hay aquellos

sufrimientos desgarradores que se experimentan, cuando la razon pelea

con el corazon enteramente sola.

Este desarrollo de los sentimientos morales, ese llamar en auxilio de la

virtud las mismas pasiones, es un recurso poderoso para obrar bien é

ilustrar el entendimiento cuando le ofuscan otras pasiones. Hay en esta

oposicion mucha variedad de combinaciones que dan excelentes resultados.

El amor de los placeres se neutraliza con el amor de la propia dignidad;

el exceso del orgullo se templa con el temor de hacerse aborrecible, la

vanidad se modera por el miedo al ridículo; la pereza se estimula con el

deseo de la gloria; la ira se enfrena por no parecer descompuesto; la

sed de venganza se mitiga ó extingue, con la dicha y la honra que

resultan de ser generoso. Con esta combinacion, con la sagaz oposicion

de los sentimientos buenos á los sentimientos malos, se debilitan suave

y eficazmente muchos de los gérmenes de mal que abriga el corazon

humano; y el hombre es virtuoso, sin dejar de ser sensible.

§ XLVII.

Una regla para los juicios prácticos.

Conocido el principal resorte del propio corazon, y desarrollados tanto

como sea posible los sentimientos generosos y morales; es necesario

saber cómo se ha de dirigir el entendimiento para que acierte en sus

juicios prácticos.

La primera regla que se ha de tener presente es no juzgar ni deliberar

con respecto á ningun objeto miéntras el espíritu está bajo la

influencia de una pasion relativa al mismo objeto. ¡Cuán ofensivo no

parece un hecho, una palabra, un gesto, que acaba de irritar! «La

intencion del ofensor, se dice á sí mismo el ofendido, no podia ser mas

maligna; se ha propuesto no solo dañar sino ultrajar; los circunstantes

deben de estar escandalizados; si no se tomase una pronta y completa

venganza, la sonrisa burlona que asomaba á los labios de todos se

convertiria irremisiblemente en profundo desprecio por quien ha tolerado

que de tal modo se le cubriera de afrentosa ignominia. Es preciso no ser

descompuesto, es verdad; pero ¿hay acaso mayor descompostura que el

abandono del honor? es necesario tener prudencia; pero esta prudencia

¿debe llegar hasta el punto de dejarse pisotear por cualquiera?» ¿Quién

hace este discurso? ¿es la razón? no ciertamente; es la ira. Pero la

ira, se dirá, no discurre tanto. Sí, discurre; porque toma á su servicio

al entendimiento, y este le proporciona todo lo que necesita. Y en este

servicio no deja de auxiliarle á su vez la misma ira; porque las

pasiones en sus momentos de exaltacion, fecundizan admirablemente el

ingenio con las inspiraciones que les convienen.

¿Queremos una prueba de que quien así discurria y hablaba, no era la

razon sino la ira? héla aquí evidente. Si en lo que piensa el hombre

encolerizado hubíese algo de verdad, no la desconocerian del todo los

circunstantes. Tampoco carecen ellos de sentimientos de honor, tambien

estiman en mucho su propia dignidad; saben distinguir entre una palabra

dicha con designio de zaherir, y otra escapada sin intencion ofensiva, y

sin embargo ellos no ven nada de lo que el encolerizado ve con tanta

claridad; y si se sonrien, esa sonrisa es causada, no por la humillacion

que él se imagina haber sufrido, sino por esa terrible explosion de

furor, que no tiene motivo alguno. Mas todavía: no es necesario acudir á

los circunstantes para encontrar la verdad; basta apelar al mismo

encolerizado cuando haya desaparecido la ira. ¿Juzgará entónces como

ahora? Es bien seguro que no; él será tal vez el primero que se reirá de

su enojo, y que pedirá se le disimule su arrebato.

§ XLVIII.

Otra regla.

De estas observaciones nace otra regla, y es que al sentirnos bajo la

influencia de una pasion, hemos de hacer un esfuerzo, para suponernos

por un momento siquiera, en el estado en que su influencia no exista.

Una reflexion semejante, por mas rápida que sea, contribuye mucho á

calmar la pasion, y á excitar en él ánimo ideas diferentes de las

sugeridas por la inclinacion ciega. La fuerza de las pasiones se

quebranta, desde el momento que se encuentra en oposicion con un

pensamiento que se agita en la cabeza; el secreto de su victoria suele

consistir en apagar todos los contrarios á ellas, y avivar los

favorables. Pero tan pronto como la atencion se ha dirigido hácia otro

órden de ideas, viene la comparacion, y por consiguiente cesa el

exclusivismo. Entre tanto se desenvuelven otras fuerzas intelectuales y

morales no subordinadas á la pasion, y esta pierde de su primitiva

energía por haber de compartir con otras facultades la vida que ántes

desfrutara sola.

Aconseja estos medios no solo la experiencia de su buen resultado, sino

tambien una razon fundada en la naturaleza de nuestra organizacion. Las

facultades intelectuales y morales nunca se ejercitan sin que funcionen

algunos de los órganos materiales. Ahora bien; entre los órganos

corpóreos está distribuida una cierta cantidad de fuerzas vitales de que

disfrutan alternativamente en mayor ó menor proporcion, y por

consiguiente con decremento en los unos, cuando hay incremento en los

otros. De lo que resulta, que ha de producir un efecto saludable el

esforzarse en poner en accion los órganos de la inteligencia en

contraposicion con los de las pasiones, y que la energía de estas ha de

menguar á medida que ejerzan sus funciones los órganos de la

inteligencia.

Pero es de advertir que este fenómeno se verificará dirigiendo la

atencion de la inteligencia en un sentido contrario al de las pasiones,

lo que se obtiene trasladándola por un momento al órden de ideas que

tendrá, cuando no esté bajo un influjo apasionado; pues que si por el

contrario la inteligencia se dirige á favorecer la pasion, entónces esta

se fomenta mas y mas con el auxilio; y lo que pudiese perder en energía,

por decirlo así, puramente orgánica, lo recobra en energía moral, en la

mayor abundancia de recursos para alcanzar el objeto, y en esa especie

de bill de indemnidad con que se cree libre de acusaciones, cuando ve

que el entendimiento léjos de combatirla la apoya.

Este trabajo sobre las pasiones no es una mera teoría; cualquiera puede

convencerse por sí mismo de que es muy practicable, y de que se sienten

sus buenos efectos tan pronto como se le aplica. Es verdad que no

siempre se acierta en el medio mas á propósito para ahogar, templar ó

dirigir la pasion levantada; ó que aun encontrado, no se le emplea como

es debido; pero la sola costumbre de buscarle basta para que el hombre

esté mas sobre sí, no se abandone con demasiada facilidad á los primeros

movimientos, y tenga en sus juicios prácticos un criterio que falta á

los que proceden de otra manera.

§ XLIX.

El hombre riéndose de sí mismo.

Cuando el hombre se acostumbra á observar mucho sus pasiones, hasta

llega á emplear en su interior el ridículo contra si mismo; el ridículo,

esa sal que se encuentra en el corazon y en el labio de los mortales

como uno de tantos preservativos contra la corrupcion intelectual y

moral, el ridículo, que no solo se emplea con fruto contra los demas,

sino tambien contra nosotros mismos, viendo nuestros defectos por el

lado que se prestan á la sátira. El hombre se dice entónces á sí propio

lo que decirle pudieran los demas; asiste á la escena que se

representaria, si el lance cayera en manos de un adversario de chiste y

buen humor. Que contra otro se emplea tambien en cierto modo la sátira,

cuando la empleamos contra nosotros mismos; porqué si bien se observa,

hay en nuestro interior dos hombres que disputan, que luchan, que no

estan nunca en paz, y así como el hombre inteligente, moral, previsor,

emplea contra el torpe, el inmoral, el ciego, la firmeza de la voluntad

y el imperio de la razon, así tambien á veces lo combate y le humilla

con los punzantes dardos de la sátira. Sátira que puede ser tanto mas

graciosa y libre, cuanto carece de testigos, no hiere la reputacion,

nada hace perder en la opinion de los demas, pues que no llega á ser

expresada con palabras, y la sonrisa burlona que hace asomar á los

labios se extingue en el momento de nacer.

Un pensamiento de esta clase ocurriendo en la agitacion causada por las

pasiones, produce un efecto semejante al de una palabra juiciosa,

incisiva y penetrante, lanzada en medio de una asamblea turbulenta.

¡Cuántas veces se nota que una mirada expresiva cambia el estado del

espíritu de uno de los circunstantes, moderando ó ahogando una pasion

enardecida! ¿Y qué ha expresado aquella mirada? nada mas que un recuerdo

del decoro, una consideracion al lugar ó a las personas, una

reconvencion amistosa, una delicada ironía; nada mas que una apelacion

al buen sentido del mismo que era juguete de la pasion; y esto ha sido

suficiente para que la pasion se amortiguase. El efecto que otro nos

produce ¿porqué no podríamos producírnoslo nosotros mismos, si no con

igualdad, al ménos con aproximacion?

§ L.

Perpetua niñez del hombre.

Poco basta para extraviar al hombre: pero tampoco se necesita mucho para

corregirle algunos defectos. Es mas débil que malo, dista mucho de

aquella terquedad satánica que no se aparta jamas del mal una vez

abrazado; por el contrario, tanto el bien como el mal los abraza y los

abandona con suma facilidad. Es niño hasta la vejez; preséntase á los

demas con toda la seriedad posible; mas en el fondo se encuentra á sí

propio pueril en muchas cosas y se avergüenza. Se ha dicho que ningun

grande hombre le parecia grande á su ayuda de cámara; esto encierra

mucha verdad. Y es que visto el hombre de cerca, se descubren las

pequeñeces que le rebajan. Pero mas cosas sabe él de sí mismo que su

ayuda de cámara, y por esto es todavía ménos grande á sus propios ojos;

por esto aun en sus mejores años, necesita cubrir con un velo la

puerilidad que se abriga en su corazon.

Los niños rien y juguetean y retozan: y luego gimen y rabian y lloran,

sin saber muchas veces porqué: ¿no hace lo mismo á su modo el adulto?

Los niños ceden á un impulso de su organizacion, al buen ó mal estado de

su salud, á la disposicion atmosférica que los afecta agradable ó

desagradablemente; en desapareciendo estas causas se cambia el estado de

sus espíritus: no se acuerdan del momento anterior, ni piensan en el

venidero; solo se rigen por la impresion que actualmente experimentan.

¿No hace esto mismo millares de veces el hombre mas serio, mas grave y

sesudo?

§ LI.

Mudanza de D. Nicasio en breves horas.

Don Nicasio es un varon de edad provecta, de juicio sosegado y maduro,

lleno de conocimientos, de experiencia, y que rara vez se deja llevar

de la impresion del momento. Todo lo pesa en la balanza de una sana

razon, y en este peso no consiente que influyan por un adarme las

pasiones de ningun género. Se le habla de una empresa de mucha gravedad

para la cual se cuenta con su práctica de mundo, y su inteligencia

particular en aquella clase de negocios. D. Nicasio está á disposicion

del proponente; no tiene ninguna dificultad en entrar de lleno en la

empresa, y hasta en comprometer en ella una parte de su fortuna. Está

bien seguro de no perderla; si hay obstáculos, no le dan cuidado, él

sabe el modo de removerlos; si hay rivales poderosos, á D. Nicasio no le

hacen mella. Otras hazañas de mas monta ha llevado á cabo; negocios

mucho mas espinosos ha tenido que manejar; mas poderosos rivales ha

tenido que vencer. Embebido en la idea que le halaga, se expresa con

facilidad y rapidez, gesticula con viveza, su mirada es sumamente

expresiva, su fisonomía juvenil, diríase que ha vuelto á sus veinte y

cinco abriles, si algunas canas asomando por un lado del postizo no

revelasen traidoramente los trofeos de los años.

El negocio está concluido; faltan algunos pormenores; quedais emplazado

para redondearlos en otra entrevista; ¿mañana? no señor, nada de

dilaciones, no las consiente la actividad de don Nicasio, es preciso

acabar con todo, hoy mismo, por la tarde. D. Nicasio se ha retirado á su

casa, y ni en su persona, ni en su familia, ni en ninguna de sus cosas

ha ocurrido ningun accidente desagradable.

Es la hora señalada, acudís con puntualidad, y os hallais en presencia

del héroe de la mañana. D. Nicasio está algo descompuesto en su vestido,

merced á un calor que le ahoga. Medio tentido en el sofá, os devuelve el

saludo con un esfuerzo afectuoso, pero con evidentes señales de

fastidiosa lasitud.

--Vamos á ver, Sr. D. Nicasio, si quedamos convenidos definitivamente.

--Tiempo tenemos de hablar.... contesta don Nicasio, y su fisonomía se

contrae con muestras de tedio.

--Como V. me ha citado por esta tarde.....

--Sí, pero....

--Como V. guste.

--Ya se ve; pero es menester pensarlo mucho; qué sé yo!....

--Lo que es dificultades, conozco que hay; solo que viéndole á V. tan

animoso esta mañana, lo confieso, todo se me hacia ya camino llano.

--Animoso sí..... y lo estoy aun..... pero sin embargo, sin embargo,

conviene no llevar demasiada prisa..... En fin ya hablaremos, añade con

expresion de quien desea que no le comprometan.

Don Nicasio es otro, expresa lo que siente; nada de la audacia, de la

actividad de la mañana, nada de los proyectos tan fáciles de ejecutar;

entónces los obstáculos importaban poco, ahora son casi insuperables;

los rivales no significaban nada, ahora son invencibles. ¿Qué ha

sucedido? ¿Le han dado á D. Nicasio otras noticias? no ha visto á nadie.

¿Ha meditado sobre el negocio? no se habia acordado mas de él. ¿Qué ha

sucedido pues, para causar tamaña revolucion en su espíritu, alterando

su modo de ver las cosas, y quebrantando tan lastimosamente sus ímpetus

juveniles? Nada, la explicación del fenómeno es muy sencilla, no

busqueis grandes causas, son muy pequeñas. En primer lugar, ahora hace

un calor atroz, lo que por cierto dista mucho del oreo de una fresca

brisa como sucedia por la mañana; D. Nicasio está sumamente abatido, la

hora es pesada, el cielo se encapota y parece amenazar tempestad. La

comida era ademas algo indigesta; el sueño de la siesta ha sido

demasiado breve, y no sin alguna pesadilla. ¿Se quiere mas? ¿No son

estos motivos bastante poderosos para trastornar el espíritu de un

hombre grave y modificar sus opiniones? A pesar de todas las citas,

¿quién os ha llevado á su casa bajo una constelacion tan infausta?

Tal es el hombre; la menor cosa le desconcierta, le hace otro. Unido su

espíritu á un cuerpo sujeto á mil impresiones diferentes, que se suceden

con tanta rapidez y se reciben con igual facilidad que los movimientos

de la hoja de un árbol, participa en cierto modo de esa inconstancia y

variedad, trasladando con harta frecuencia á los objetos las mudanzas

que solo él ha experimentado.

§ LII.

Los sentimientos por si solos, son mala regla de conducta.

Lo dicho manifiesta la imposibilidad de dirigir la conducta del hombre

por solo el sentimiento; y la literatura de nuestra época, que tan poco

se ocupa de comunicar ideas de razón y de moral, y que al parecer no se

propone sino excitar sentimientos, olvida la naturaleza del hombre, y

causa un mal de inmensa trascendencia.

El entregar al hombre á merced del solo sentimiento, es arrojar un navio

sin piloto en medio de las olas. Esto equivale á proclamar la

infalibilidad de las pasiones, á decir: "obra siempre por instinto,

obedeciendo ciegamente á todos los movimientos de tu corazon;" esto

equivale á despojar al hombre de su entendimiento, de su libre albedrío,

á convertirle en simple instrumento de su sensibilidad.

Se ha dicho que los grandes pensamientos salen del corazon; tambien

pudiera añadirse que del corazon salen grandes errores, grandes

delirios, grandes extravagancias, grandes crímenes. Del corazon sale

todo; es un arpa soberbia que despide toda clase de sonidos, desde el

horrendo estrépito de las cavernas infernales hasta la mas delicada

armonía de las regiones celestes.

El hombre que no tiene mas guia que su corazon, es el juguete de mil

inclinaciones diversas, y á menudo contradictorias: una lijerísima pluma

en medio de una campiña donde reinan los vientos, no lleva las

direcciones mas variadas é irregulares. ¿Quién es capaz de contar, ni

clasificar, la infinidad de sentimientos que se suceden en nuestro

pecho, en brevísimas horas? ¿Quién no ha reparado en la asombrosa

facilidad con que se pasa de la viva afición á un trabajo, á una

repugnancia casi insuperable? ¿Quién no ha sentido simpatía ó antipatía,

á la simple presencia de una persona, sin que pueda señalarse ninguna

razon de ello, y sin que los hechos ofrezcan en lo sucesivo motivo

alguno que justifique aquella impresión? ¿Quién no se ha admirado

repetidas veces de encontrarse transformado en pocos instantes, pasando

del brio al abatimiento, de la osadía á la timidez ó vice-versa, sin que

hubiese mediado ninguna causa ostensible? ¿Quién ignora las mudanzas que

los sentimientos sufren con la edad, con la diferencia de estado, de

posicion social, de relaciones familiares, de salud, de clima, de

estacion, de atmósfera? Todo cuanto afecta nuestras ideas, nuestros

sentidos, nuestro cuerpo, de cualquier modo que sea, todo modifica

nuestros sentimientos; y de aquí la asombrosa inconstancia que se nota

en los que se abandonan á todos los impulsos de las pasiones; de aquí

esa volubilidad de las organizaciones demasiado sensibles, si no han

hecho grandes esfuerzos para dominarse.

Las pasiones han sido dadas al hombre como medios para despertarle y

ponerle en movimiento, como instrumentos para servirle en sus acciones;

mas no como directoras de su espíritu, no como guias de su conducta. Se

dice á veces que el corazon no engaña; ¡lamentable error! ¿qué es

nuestra vida sino un tejido de ilusiones con que el corazón nos engaña?

Si alguna vez acertamos, entregándonos ciegamente á lo que él nos

inspira, ¡cuántas y cuántas nos hace extraviar! ¿Sabeis porqué se

atribuye al corazon ese acierto instintivo? porque nos llama

extremadamente la atencion uno de sus aciertos, cuando nos consta que

son tantos sus desaciertos; porque nos causa extraña sorpresa el verle

adivinar en medio de su ceguera, cuando son tantas las veces que le

encontramos desatinado. Por esto recordamos su acierto excepcional, en

gracia de este le perdonamos todos sus yerros, y le honramos con una

prevision y un tino que no posee ni puede poseer.

El fundar la moral sobre el sentimiento, es destruirla: el arreglar su

conducta á las inspiraciones del sentimiento, es condenarse á no seguir

ninguna fija, y á tenerla frecuentemente muy inmoral y funesta. La

tendencia de la literatura que actualmente está en boga en Francia, y

que desgraciadamente se introduce tambien en nuestra España, es

divinizar las pasiones: y las pasiones divinizadas son extravagancia,

inmoralidad, corrupcion, crimen.

§ LIII.

No impresiones sensibles, sino moral y razon.

La conducta del hombre, así con respecto á lo moral como á lo útil, no

debe gobernarse por impresiones sino por reglas constantes; en lo moral,

por las máximas de eterna verdad; en lo útil, por los consejos de la

sana razon. El hombre no es un Dios en quien todo se santifique por solo

hallarse en él; las impresiones que recibe, son modificaciones de su

naturaleza que en nada alteran las leyes eternas; una cosa justa no

pierde la justicia, por serle desagradable; una cosa injusta, por serle

agradable, no se lava de la injusticia. El enemigo implacable que hunde

el puñal vengador en las entrañas de su víctima, siente en su corazon un

placer feroz, y su accion no deja de ser un crimen; la hermana de la

caridad que asiste al enfermo, que le alivia y consuela, sufre mas de

una vez tormentos atroces, mas por esto su accion no deja de ser

heróicamente virtuosa.

Prescindiendo de lo moral, y atendiendo á lo útil, es necesario tratar

las cosas con arreglo á lo que son, no á lo que nos afectan; la verdad

no está esencialmente en nuestras impresiones, sino en los objetos;

cuando aquellas nos ponen en desacuerdo con estos, nos extravian. El

mundo real no es el mundo de los poetas y novelistas: es preciso

considerarle y tratarle tal como es en sí; no sentimental, no

fantástico, no soñador; sino positivo, práctico, prosáico.

§ LIV.

Un sentimiento bueno, la exageracion le hace malo.

La religion no sofoca los sentimientos, solo los modera y los dirige; la

prudencia no desecha el auxilio de las pasiones templadas, solo se

guarda de su predominio. La armonía no se ha de producir en el hombre

con el simultáneo desarrollo de las pasiones, sino con su represion; el

contrapeso de las que se dejen funcionando no son solo las otras

pasiones, sino principalmente la razon y la moral. La oposicion misma de

las inclinaciones buenas á las malas; deja de ser saludable, cuando en

ella no preside como señora la razon; porque las inclinaciones buenas no

son buenas sino en cuanto la razon las dirige y modera: abandonadas á sí

mismas, se exageran, se hacen malas.

Un valiente está encargado de un puesto peligroso: el riesgo crece por

momentos; á su alrededor van cayendo sus camaradas: los enemigos se

aproximan cada vez mas; apénas hay esperanza de sostenerse, y la órden

para retirarse no llega. El desaliento entra por un instante en el

corazon del valiente; ¿á qué morir sin ningun fruto? El deber de la

disciplina y del honor ¿se extenderá hasta un sacrificio inútil? ¿No

seria mejor abandonar el puesto, excusarse á los ojos del jefe con lo

imperioso de la necesidad? «No, responde su corazon generoso; esto es

cobardía que se cubre con el nombre de prudencia. ¿Qué dirian tus

compañeros, qué tu jefe, qué cuantos te conocen? ¿la ignominia ó la

muerte? pues la muerte, sin vacilar, la muerte.»

El Criterio · 第 17 / 21 段