Dios no ha dejado indefensas sus leyes, á todas las ha escudado con el

justo castigo; castigo que por lo comun se experimenta ya en esta vida.

Por esta razon los cálculos basados sobre el interes en oposicion con la

moral, estan muy expuestos á salir fallidos, enredándose la inmoralidad

en sus propios lazos. Mas no se crea que con esto quiera yo negar que el

hombre virtuoso se halle muchas veces en posicion sumamente

desventajosa, para competir con un adversario inmoral. No desconozco que

en un caso dado, tiene mas probabilidad de alcanzar un fin el que puede

emplear cualquier medio por no reparar en ninguno, como le sucede al

hombre malo; y que no dejara de ser un obstáculo gravísimo el tener que

valerse de muy pocos medios ó quizas solamente de uno, como le acontece

al virtuoso, á causa de que los inmorales son para él como si no

existiesen; pero si bien esto es verdad considerando un negocio

aislado, no lo es ménos que andando el tiempo, los inconvenientes de la

virtud se compensan con las ventajas; así como las ventajas del vicio se

compensan con los inconvenientes; y que en último resultado, un hombre

verdaderamente recto llegará á lograr el fruto de su rectitud alcanzando

el fin que discretamente se proponga; y que el inmoral expiará tarde ó

temprano sus iniquidades, encontrando la perdicion en la extremidad de

sus malos y tortuosos caminos.

§ XXXV.

Defensa de la virtud contra una inculpacion injusta.

Los hombres virtuosos y desgraciados, tienen cierta propension á señalar

sus virtudes como el orígen de sus desgracias; pues que á esto los

inclinan de consuno el deseo de ostentar su virtud, y el de ocultar sus

imprudencias; que imprudencias muy grandes se cometen tambien con la

intencion mas recta y mas pura. La virtud no es responsable de los males

acarreados por nuestra imprevision ó lijereza; pero el hombre suele

achacárselos á ella con demasiada facilidad. «Mi buena fe me ha

perdido,» exclama el hombre honrado víctima de una impostura; cuando lo

que le ha perdido no es su buena fe, sino su torpe confianza en quien le

ofrecia demasiados motivos para prudentes sospechas. ¿Acaso los malos no

son tambien con mucha frecuencia víctima de otros malos, y los pérfidos

de otros pérfidos? La virtud nos enseña el camino que debemos seguir,

mas no se encarga de descubrirnos todos los lazos que en él podemos

encontrar: esto es obra de la penetracion, de la prevision, del buen

juicio, es decir de un entendimiento claro y atinado. Con estas dotes no

está reñida la virtud, mas no siempre las lleva por compañeras. Como

fiel amiga de la humanidad se alberga sin repugnancia en el corazon de

toda clase de hombres; ora brille en ellos esplendente y puro el sol de

la inteligencia, ora esté oscurecido con espesa niebla.

§ XXXVI.

Defensa de la sabiduría contra una inculpacion infundada.

Creen algunos que los grandes talentos y el mucho saber, propenden de

suyo al mal; esto es una especie de blasfemia contra la bondad del

Criador. ¿La virtud necesita acaso las tinieblas? Los conocimientos y

las virtudes de la criatura, ¿no emanan acaso de un mismo origen, del

piélago de luz y santidad, que es Dios? Si la elevacion de la

inteligencia condujese al mal, la maldad de los seres estaria en

proporcion con su altura; ¿adivinais la consecuencia? ¿porqué no

sacarla? La sabiduría infinita seria la maldad infinita; y héos aquí en

el error de los maniqueos, encontrando en la extremidad de la escala de

los reres un principio malo. Pero ¿qué digo? peor fuera este error que

el de Manes; pues que en él, no se podria admitir un principio bueno. El

genio del mal presidiria sin rival, enteramente solo, á los destinos del

mundo; el rey del Averno deberia colocar su trono de negra lava en las

esplendentes regiones del empíreo.

No, no debe el hombre huir de la luz por temor de caer en el mal; la

verdad no teme la luz, y el bien moral es una gran verdad. Cuanto mas

ilustrado esté el entendimiento mejor conocerá la inefable belleza de la

virtud, y conociéndola mejor, tendrá ménos dificultades en practicarla.

Rara vez hay mucha elevacion en las ideas, sin que de ella participen

los sentimientos; y los sentimientos elevados ó nacen de la misma

virtud, ó son una disposicion muy á propósito para alcanzarla.

Hasta hay en favor del talento y del saber una razon fundada en la

naturaleza de las facultades del alma. Nadie ignora que por lo comun el

mucho desarrollo de la una es con algun perjuicio de la otra; por

consiguiente, cuando en el hombre se desenvuelvan de una manera

particular las facultades superiores, menguarán en su fuerza las

pasiones groseras, orígen de los vicios.

La historia del espíritu humano confirma esta verdad: generalmente

hablando, los hombres de entendimiento muy elevado no han sido

perversos; muchos se han distinguido por sus eminentes virtudes; otros

han sido débiles como hombres, mas no malvados; y si uno que otro ha

llegado á este extremo, debe mirarse como excepcion, no como regla.

¿Sabeis porqué un malvado de gran talento compromete, por decirlo así,

la reputacion de los demas, prestando ocasion á que de algunos casos

particulares se saquen deducciones generales? Porque en un malvado de

gran talento todos piensan, de un malvado necio nadie se acuerda; porque

forman un vivo contraste la iniquidad y el gran saber, y este contraste

hace mas notable el extremo feo; por la misma razon que se repara mas en

la relajacion de un sacerdote que en la de un seglar. Nadie nota una

mancha mas en un cristal muy sucio; pero en otro muy limpio y brillante,

se presenta desde luego á los ojos el mas pequeño lunar.

§ XXXVII.

Las pasiones son buenos instrumentos, pero malos consejeros.

Ya vimos (Cap. XIX) cuán pernicioso era el influjo de las pasiones para

impedirnos el conocimiento de la verdad, aun la especulativa; pero lo

que allí se dijo en general, tiene muchísima mas aplicacion en

refiriéndose á la práctica. Cuando tratamos de ejecutar alguna cosa, las

pasiones son á veces un auxiliar excelente; mas para prepararla en

nuestro entendimiento, son consejeros muy peligrosos.

El hombre sin pasiones seria frio, tendria algo de inerte, por carecer

de uno de los principios mas poderosos de accion que Dios ha concedido á

la humana naturaleza; pero en cambio, el hombre dominado por las

pasiones es ciego y se abalanza á los objetos á la manera de los brutos.

Examinando atentamente el modo de obrar de nuestras facultades, se echa

de ver que la razon es á propósito para dirigir, y las pasiones para

ejecutar; y así es que aquella atiende no solo á lo presente sino

tambien á lo pasado y á lo venidero, cuando estas miran el objeto solo

por lo que es en el momento actual, y por el modo con que nos afecta. Y

es que la razon como verdadera directora se hace cargo de todo lo que

puede dañar ó favorecer, no solo ahora, sino tambien en el porvenir;

pero las pasiones como encargadas únicamente de ejecutar, solo se cuidan

del instante y de la impresion actuales. La razon no se para solo en el

placer sino en la utilidad, en la moralidad, en el decoro; las pasiones

prescinden del decoro, de la moralidad, de la utilidad, de todo lo que

no sea la impresion agradable ó ingrata, que en el acto se experimenta.

§ XXXVIII.

La hipocresía de las pasiones.

Cuando hablo de pasiones, no me refiero únicamente á las inclinaciones

fuertes, violentas, tempestuosas, que agitan nuestro corazon como los

vientos el océano; trato tambien de aquellas mas suaves, mas

espirituales, por decirlo asi, porque al parecer estan mas cerca de las

altas regiones del espíritu, y que suelen apellidarse _sentimientos_.

Las pasiones son las mismas, solo varian por su forma, ó mas bien por la

graduacion de intensidad, y por el modo de dirigirse á su objeto. Son

entónces mas delicadas, pero no ménos temibles; pues que esa misma

delicadeza contribuye á que con mas facilidad nos seduzcan y extravien.

Cuando la pasion se presenta en toda su deformidad y violencia,

sacudiendo brutalmente el espíritu, y empeñándose en arrastrarle por

malos caminos, el espíritu se precave contra el adversario, se prepara á

luchar, resultando tal vez que la misma impetuosidad del ataque provoca

una heróica defensa. Pero si la pasion depone sus maneras violentas, si

se despoja, por decirlo así, de sus groseras vestiduras, cubriéndose con

el manto de la razon; si sus sugestiones se llaman conocimiento, y sus

inclinaciones voluntad, ilustrada pero decidida, entónces toma por

traicion una plaza que no hubiera tomado por asalto.

§ XXXIX.

Ejemplo. La venganza bajo dos formas.

Un hombre que ha irrogado una ofensa, está con una pretension en cuyo

éxito puede influir decisivamente el ofendido. Tan pronto como este lo

sabe, recuerda la ofensa recibida, el resentimiento se dispierta en su

corazon, al resentimiento sucede la cólera, y la cólera engendra un vivo

deseo de venganza. ¿Y porqué dejara de vengarse? ¿No se le ofrece ahora

una excelente oportunidad? ¿No será para él un placer el presenciar la

desesperacion de su adversario burlado en sus esperanzas, y quizas

sumido en la oscuridad, en la desgracia, en la miseria? «Véngate,

véngate, le dice en alta voz su corazon; véngate, y que él sepa que te

has vengado; dáñale, ya que él te dañó, humíllale, ya que él te humilló;

goza tú el cruel pero vivo placer de su desgracia, ya que él se gozó en

la tuya. La víctima está en tus manos; no la sueltes; cébate en ella;

sacia en ella tu sed de venganza. Tiene hijos, y perecerán.... no

importa.... que perezcan; tiene padres y morirán de pesar.... no

importa.... que mueran: así será herido en mas puntos su infame

corazon; asi sangrará con mas abundancia; asi no habrá consuelo para él;

así se llenará la medida de su afliccion; así derramarás en su villano

pecho toda la hiel y amargura que él un dia derramara en el tuyo.

Véngate, véngate; ríete de una generosidad que él no practicó contigo;

no tengas piedad de quien no la tuvo de tí; él es indigno de tus

favores, indigno de compasion, indigno de perdon; véngate, véngate.»

Así habla el odio exaltado por la ira; pero este lenguaje es demasiado

duro y cruel para no ofender á un corazon generoso. Tanta crueldad

dispierta un sentimiento contrario: «este comportamiento seria ignoble,

seria infame, se dice el nombre á sí mismo; esto repugna hasta al amor

propio. ¿Pues qué? ¿yo he de gozarme en el abatimiento, en el perpetuo

infortunio de una familia? ¿No seria para mí un remordimiento

inextinguible la memoria de que con mis manejos he sumido en la miseria

á sus hijos inocentes, y hundido en el sepulcro á sus ancianos padres?

Esto no lo puedo hacer; esto no lo haré; es mas honroso no vengarme;

sepa mi adversario que si él fué bajo, yo soy noble, si él fué inhumano,

yo soy generoso; no quiero buscar otra venganza que la de triunfar de él

á fuerza de generosidad, cuando su mirada se encuentre con mi mirada,

sus ojos se abatirán, el rubor encenderá sus mejillas, su corazon

sentirá un remordimiento, y me hará justicia.»

El espíritu de venganza ha sucumbido por su imprudencia; lo queria todo,

lo exigia todo, y con urgencia, con imperiosidad, sin consideraciones de

ninguna clase; y el corazon se ha ofendido de semejante desman; ha

creido que se trataba de envilecerle, ha llamado en su auxilio á los

sentimientos nobles, que han acudido presto y han decidido la victoria

en favor de la razon. Otro quizas hubiera sido el resultado, si el

espíritu de venganza hubiese tomado otra forma ménos dura, si cubriendo

su faz con mentida máscara, no hubiese mostrado sus facciones feroces.

No debia dar destemplados gritos, aullidos horribles; era menester que

envuelto y replegado en el seno mas oculto del corazon, hubiese

destilado desde allí su veneno mortal. «Por cierto, debia decir, que el

ofensor no es nada digno de obtener lo que pretende; y solo por este

motivo conviene oponerse á que lo obtenga. Hizo una injuria, es verdad;

pero ahora no es ocasion de acordarse de ella. No ha de ser el

resentimiento quien presida á tu conducta sino la razon, el deseo de que

una cosa de tanta entidad no vaya á parar á malas manos. El pretendiente

no carece de algunas buenas disposiciones para el desempeño; ¿porqué no

hacerle esta justicia? Pero en cambio adolece de defectos imperdonables.

La ofensa que te hizo á tí lo manifiesta bien; de ella no debes

acordarte para la venganza, pero sí para formar un juicio acertado.

Sientes un secreto y vivo placer en contrariarle, en abatirle, en

perderle; mas este sentimiento no te domina; solo te impulsa el deseo

del bien; y en verdad que si no mediase otro motivo que el

resentimiento, no pondrias ningun obstáculo á sus designios. Hasta

quizas, harias el sacrificio de favorecerle; y en verdad que seria

doloroso, muy doloroso; pero quizas te resignarias á ello. Mas no te

hallas en este caso; afortunadamente la razon, la prudencia, la

justicia estan de acuerdo con las inclinaciones de tu corazon; y bien

considerado, ni las atiendes siquiera, experimentas un placer en dañar á

tu enemigo, mas este placer es una expansion natural, que tú no alcanzas

á destruir, pero que tienes bastante sujeta para no dejarla que te

domine. No hay inconveniente pues en tomar las providencias oportunas.

Lo que importa es proceder con calma, para que vean todos que no hay

parcialidad, que no hay odio, que no hay espíritu de venganza, que usas

de un derecho, y hasta obedeces á un deber.» La venganza impetuosa,

violenta, francamente injusta, no habia podido alcanzar un triunfo que

ha obtenido sin dificultad la venganza pacífica, insidiosa, disfrazada

hipócritamente con el velo de la razon, de la justicia, del deber.

Por este motivo es tan temible la venganza cuando obra en nombre del

celo por la justicia. Cuando el corazon poseido del odio llega á

engañarse a sí mismo, creyendo obrar á impulsos del buen deseo, quizas

de la misma caridad, se halla como sujeto á la fascinacion de un reptil

á quien no ve, y cuya existencia ni aun sospecha. Entónces la envidia

destroza las reputaciones mas puras y esclarecidas, el rencor persigue

inexorable, la venganza se goza en las convulsiones y congojas de la

infortunada víctima, haciéndole agotar hasta las heces el dolor y la

amargura. El insigne Protomártir brillaba por sus eminentes virtudes y

aterraba á los judíos con su elocuencia divina; ¿qué nombre creeis que

tomarán la envidia y la venganza, que les seca los corazones y hace

rechinar sus dientes? ¿Creeis que se apellidarán con el nombre que les

es propio? No, de ninguna manera. Aquellos hombres dan un grito como

llenos de escándalo, se tapan los oidos, y sacrifican al inocente

Diácono en nombre de Dios. El Salvador del mundo admira á cuantos le

oyen, con la divina hermosura de su moral, con el maravilloso raudal de

sabiduría y de amor que fluye de sus labios augustos; los pueblos se

agolpan para verle, y él pasa haciendo bien; afable con los pequeños,

compasivo con los desgraciados, indulgente con los culpables, derrama á

manos llenas los tesoros de su omnipotencia y de su amor; solo pronuncia

palabras de dulzura y perdon: diríase que reserva el lenguaje de una

indignacion santa y terrible para confundir á los hipócritas. Estos han

encontrado en él una mirada majestuosa y severa, y ellos la han

correspondido con una mirada de víbora. La envidia les destroza el

corazon, sienten una abrasadora sed de venganza. Pero ¿obrarán, hablarán

como vengativos? No; este hombre es un blasfemo, dirán, seduce las

turbas, es enemigo del César, la fidelidad pues, la tranquilidad

pública, la religion exige que se le quite de en medio. Y se aceptará la

traicion de un discípulo, y el inocente Cordero será llevado á los

tribunales, y será interrogado, y al responder palabras de verdad, el

príncipe de los sacerdotes se sentirá devorado de celo, y rasgará sus

vestiduras, y dirá «_blasfemó_,» y los circunstantes dirán «es reo de

muerte.»

§ XL.

Precauciones.

Jamas el hombre medita demasiado sobre los secretos de su corazon; jamas

desplega demasiada vigilancia para guardar las mil puertas por donde se

introduce la iniquidad; jamas se precave demasiado contra las

innumerables asechanzas con que él se combate á sí propio. No son las

pasiones tan temibles cuando se presentan como son en sí, dirigiéndose

abiertamente á su objeto, y atropellando con impetuosidad cuanto se les

pone delante. En tal caso, por poco que se conserve en el espíritu el

amor de la virtud, si el hombre no ha llegado todavía hasta el fondo de

la corrupcion ó de la perversidad, siente levantarse en su alma un grito

de espanto é indignacion, tan pronto como se le ofrece el vicio con su

aspecto asqueroso. Pero ¿qué peligros no corre, si trocados los nombres,

y cambiados los trajes, todo se le ofrece disfrazado, trastornado? si

sus ojos miran al traves de engañosos prismas, que pintan con galanos

colores y apacibles formas, la negrura y la monstruosidad?

Los mayores peligros de un corazon puro no estan en el brutal aliciente

de las pasiones groseras sino en aquellos sentimientos que encantan por

su delicadeza y seducen con su ternura; el miedo no entra en las almas

nobles sino con el dictado de prudencia; la codicia no se introduce en

los pechos generosos sino con el titulo de economía previsora; el

orgullo se cobija bajo la sombra del amor de la propia dignidad, y del

respeto debido á la posicion que se ocupa: la vanidad se proporciona

sus pequeños goces, engañando al vanidoso con la urgente necesidad de

conocer el juicio de los demas, para aprovecharse de la crítica; la

venganza se disfraza con el manto de la justicia; el furor se apellida

santa indignacion; la pereza invoca en su auxilio la necesidad del

descanso; y la roedora envidia al destrozar reputaciones, al empeñarse

en ofuscar con su aliento impuro los resplandores de un mérito eminente,

habla de amor á la verdad, de imparcialidad, de lo mucho que conviene

precaverse contra una admiracion ignorante ó un entusiasmo infantil.

§ XLI.

Hipocresía del hombre consigo mismo.

El hombre emplea la hipocresía para engañarse á sí mismo, acaso mas que

para engañar á los otros. Rara vez se da á sí propio exacta cuenta del

móvil de sus acciones; y por esto, aun en las virtudes mas acendradas,

hay algo de escoria. El oro enteramente puro no se obtiene sino con el

crisol de un perfecto amor divino; y este amor, en toda su perfeccion,

está reservado para las regiones celestiales. Miéntras vivimos aquí en

la tierra, llevamos en nuestro corazon un gérmen maligno que ó mata, ó

enflaquece, ó deslustra las acciones virtuosas; y no es poco si se llega

á evitar que ese gérmen se desarrolle y nos pierda. Pero, á pesar de

tamaña debilidad, no deja de brillar en el fondo de nuestra alma aquella

luz inextinguible encendida en ella por la mano del Criador; y esa luz

nos hace distinguir entre el bien y el mal, sirviéndonos de guia en

nuestros pasos, y de remordimiento en nuestros extravíos. Por esta

causa, nos esforzamos á engañarnos á nosotros mismos para no ponernos en

contradiccion demasiado patente con el dictámen de la conciencia; nos

tapamos los oidos para no oir lo que ella nos dice, cerramos los ojos

para no ver lo que ella nos muestra, procuramos hacernos la ilusion de

que el principio que nos inculca no es aplicable al caso presente. Para

esto sirven lastimosamente las pasiones, sugiriéndonos insidiosamente

discursos sofísticos. Cuéstale mucho al hombre parecer malo, ni aun á

sus propios ojos; no se atreve, se hace hipócrita.

§ XLII.

El conocimiento de sí mismo.

El defecto indicado en el párrafo anterior tiene diferente carácter en

las diferentes personas, por cuyo motivo, conviene sobre manera no

perder jamas de vista aquella regla de los antiguos, tan profundamente

sabia: _conócete á ti mismo; nosce te ipsum_. Si bien hay ciertas

cualidades comunes á todos los hombres, estas toman un carácter

particular en cada uno de ellos; cada cual tiene, por decirlo así, un

resorte que conviene conocer y saber manejar. Este resorte, es necesario

descubrir cuál es en los demas, para acertar á conducirse bien con

ellos; pero es mas necesario todavía descubrirle cada cual en sí mismo.

Porque allí suele estar el secreto de las grandes cosas así buenas como

malas, á causa de que ese resorte no es mas que una propension fuerte,

que llega á las demas, subordinándolas todas á un objeto. De esta pasion

dominante se resienten todas las otras; ella se mezcla en todos los

actos de vida; ella constituye lo que se llama el carácter.

§ XLIII.

El hombre huye de sí mismo.

Si no tuviésemos la funesta inclinacion de huir de nosotros mismos, si

la contemplacion de nuestro interior no nos repugnase en tal grado, no

nos seria difícil descubrir cuál es la pasion que en nosotros predomina.

Desgraciadamente, de nadie huimos tanto como de nosotros mismos, nada

estudiamos ménos que lo que tenemos mas inmediato y que mas nos

interesa. La generalidad de los hombres descienden al sepulcro, no solo

sin haberse conocido á sí propios, sino tambien sin haberlo intentado.

Debiéramos tener continuamente la vista fija sobre nuestro corazon para

conocer sus inclinaciones, penetrar sus secretos, refrenar sus ímpetus,

corregir sus vicios, evitar sus extravíos; debiéramos vivir con esa vida

íntima en que el hombre se da cuenta de sus pensamientos y afectos, y no

se pone en relacion con los objetos exteriores, sino despues de haber

consultado su razon y dado á su voluntad la direccion conveniente. Mas

esto no se hace; el hombre se abalanza, se pega á los objetos que le

incitan, viviendo tan solo con esa vida exterior que no le deja tiempo

para pensar en sí mismo. Vense entendimientos claros, corazones

bellísimos, que no guardan para sí ninguna de las preciosidades con que

los ha enriquecido el Criador; que derraman, por decirlo así, en calles

y plazas el aroma exquisito, que guardado en el fondo de su interior,

podria servirles de confortacion y regalo.

Se refiere de Pascal que habiéndose dedicado con grande ahinco á las

matemáticas y ciencias naturales, se cansó de dicho estudio á causa de

hallar pocas personas con quienes poder conversar sobre el objeto de sus

ocupaciones favoritas. Deseoso de encontrar una materia que no tuviera

este inconveniente se dedicó al estudio del hombre, pero bien pronto

conoció por experiencia, que los que se ocupaban de estudiar el hombre

eran todavia en menor número que los aficionados á las matemáticas. Esto

se verifica ahora como en tiempo de Pascal; basta observar al comun de

los hombres para echar de ver cuán pocos son los que gustan de semejante

tarea, mayormente tratándose de sí mismos.

§ XLIV.

Buenos resultados del reflexionar sobre las pasiones.

Cuando se ha adquirido el hábito de reflexionar sobre las inclinaciones

propias, distinguiendo el carácter y la intensidad de cada una de ellas,

aun cuando arrastren una que otra vez al espíritu; no lo hacen sin que

este conozca la violencia. Ciegan quizas el entendimiento, pero esta

ceguera no se oculta del todo al que la padece; se dice á sí mismo,

«crees que ves; mas en realidad no ves; estas ciego.» Pero si el hombre

no fija nunca su mirada en su interior, si obra segun le impelen las

pasiones, sin cuidarse de averiguar de dónde nace el impulso; para él

llegan á ser una misma cosa pasion y voluntad, dictámen del

entendimiento é instinto de las pasiones. Así la razon no es señora sino

esclava; en vez de dirigir, moderar y corregir con sus consejos y

mandatos las inclinaciones del corazon, se ve reducida á vil instrumento

de ellas; y obligada á emplear todos los recursos de su sagacidad para

proporcionarles goces que las satisfagan.

§ XLV.

Sabiduría de la religion cristiana en la direccion de la conducta.

La religion cristiana al llevarnos á esa vida moral íntima reflexiva

sobre nuestras inclinaciones, ha hecho una obra altamente conforme á la

mas sana filosofía, y que descubre un profundo conocimiento del corazon

humano. La experiencia enseña que lo que le falta al hombre para obrar

bien, no es conocimiento especulativo y general, sino práctico,

detallado, con aplicacion á todos los actos de la vida. ¿Quién no sabe y

no repite mil veces que las pasiones nos extravian y nos pierden? La

dificultad no está en eso, sino en saber cuál es la pasion que influye

en este ó aquel caso, cuál es la que por lo comun predomina en las

acciones, bajo qué forma, bajo qué disfraz se presenta al espíritu, y de

qué modo se deben rechazar sus ataques, ó precaver sus estratagemas. Y

todo esto, no como quiera, sino con un conocimiento claro, vivo, y que

por tanto se ofrezca naturalmente al entendimiento, siempre que se haya

de tomar alguna resolucion, aun en los negocios mas comunes.

El Criterio · 第 16 / 21 段