El orgullo tiene mas malicia, la vanidad mas flaqueza; el orgullo

irrita, la vanidad inspira compasion; el orgullo concentra, la vanidad

disipa; el orgullo sugiere quizas grandes crímenes, la vanidad ridículas

miserias; el orgullo está acompañado de un fuerte sentimiento de

superioridad é independencia, la vanidad se aviene con la desconfianza

de sí mismo, hasta con la humillacion; el orgullo tiende los resortes

del alma, la vanidad los afloja; el orgullo es violento, la vanidad es

blanda; el orgullo quiere la gloria, pero con cierta dignidad, con

cierto predominio, con altivez, sin degradarse; la vanidad la quiere

tambien, pero con lánguida pasion, con abandono, con molicie: podria

llamarse la afeminacion del orgullo. Así la vanidad es mas propia de las

mujeres, el orgullo de los hombres, y por la misma razon la infancia

tiene mas vanidad que orgullo, y este no suele desarrollarse sino en la

edad adulta.

Si bien es verdad que en teoría estos dos vicios se distinguen por las

cualidades expresadas, no siempre se encuentran en la práctica con

señales tan características. Lo mas comun es hallarse mezclado en el

corazon humano, teniendo cada cual no solo sus épocas sino sus dias, sus

horas, sus momentos. No hay una línea divisoria que separe perfectamente

los dos colores; hay una gradacion de matices, hay irregularidad en los

rasgos, hay ondas, aguas, que solo descubre quien está acostumbrado á

desenvolver y contemplar los complicados y delicados pliegues del humano

corazon. Y aun si bien se mira, el orgullo y la vanidad son una misma

cosa con distintas formas; es un mismo fondo que ofrece diversos

cambiantes segun el modo con que le da la luz. Este fondo es la

exageracion del amor propio, el culto de sí mismo. El ídolo está

cubierto con tupido velo, ó se presenta á los adoradores con faz

atractiva y risueña; mas por esto no varía, es el hombre que se ha

levantado á sí propio un altar en su corazon, y se tributa incienso, y

desea que se lo tributen los demas.

§ XIX.

Cuán general es dicha pasion.

Puede asegurarse sin temor de errar, que esta es la pasion mas general,

la que admite ménos excepciones, quizas ninguna, aparte las almas

privilegiadas sumergidas en la purísima llama de un amor celeste. La

soberbia ciega al ignorante como al sabio, al pobre como al rico, al

débil como al poderoso, al desventurado como al feliz, á la infancia

como á la vejez; domina al libertino, no perdona al austero, campea en

el gran mundo, y penetra en el retiro de los claustros; rebosa en el

semblante de la altiva señora, que reina en los salones por la nobleza

de su linaje, por sus talentos y hermosura, pero se trasluce tambien en

la tímida palabra de la humilde religiosa, que salida de familia oscura,

se ha encerrado en el monasterio, desconocida de los hombres sin mas

porvenir en la tierra que una sepultura ignorada.

Encuéntranse personas exentas de liviandad, de codicia, de envidia, de

odio, de espíritu de venganza; pero libre de esa exageracion del amor

propio, que segun es su forma, se llama orgullo ó vanidad, no se halla

casi nadie, bien podria decirse que nadie. El sabio se complace en la

narracion de los prodigios de su saber, el ignorante se saborea en sus

necedades; el valiente cuenta sus hazañas, el galan sus aventuras; el

avariento ensalza sus talentos económicos, el pródigo su generosidad; el

lijero pondera su viveza, el tardío su aplomo; el libertino se envanece

por sus desórdenes, y el austero se deleita en que su semblante muestre

á los hombres la mortificacion y el ayuno.

Este es sin duda el defecto mas general; esta es la pasion mas

insaciable cuando se le da rienda suelta; la mas insidiosa, mas sagaz

para sobreponerse, cuando se la intenta sujetar. Si se la domina un

tanto á fuerza de elevacion de ideas, de seriedad de espíritu y firmeza

de carácter, bien pronto trabaja por explotar esas nobles cualidades,

dirigiendo el ánimo hácia la contemplacion de ellas; y si se la resiste

con el arma verdaderamente poderosa y única eficaz, que es la humildad

cristiana, á esta misma procura envanecerla, poniéndole asechanzas para

hacerla perecer. Es un reptil que si le arrojamos de nuestro pecho, se

arrastra y enrosca á nuestros pies; y cuando pisamos un extremo de su

flexible cuerpo, se vuelve y nos hiere con emponzoñada picadura.

§ XX.

Necesidad de una lucha continua.

Siendo esta una de las miserias de la flaca humanidad, preciso es

resignarse á luchar con ella toda la vida; pero es necesario tener

siempre fija la vista sobre el mal, limitarle al menor círculo posible;

y ya que no sea dado á nuestra debilidad el remediarlo del todo, al

ménos no dejarle que progrese, evitar que cause los estragos que

acostumbra. El hombre que en este punto sabe dominarse á si mismo, tiene

mucho adelantado para conducirse bien; posee una cualidad rara que luego

producirá sus buenos resultados, perfeccionando y madurando el juicio,

haciendo adelantar en el conocimiento de las cosas y de los hombres, y

adquiriendo esa misma alabanza que tanto mas se merece cuanto ménos se

busca.

Removido el óbice es mas fácil entrar en el buen camino; y libre la

vista de esa niebla que la ofusca, no es tan peligroso extraviarse.

§ XXI.

No es solo la soberbia lo que nos induce á error al proponernos un fin.

Para proponerse acertadamente un fin, es necesario comprender

perfectamente la posicion del que le ha de alcanzar. Y aquí repetiré lo

que llevo indicado mas arriba, y es que son muchos los hombres que

marchan á la aventura, ya sea no fijándose en un fin bien determinado,

ya no calculando la relacion que este tiene con los medios de que se

puede disponer. En la vida privada como en la pública, es tarea harto

difícil el comprender bien la posicion propia: el hombre se forma mil

ilusiones, que le hacen equivocar sobre el alcance de sus fuerzas, y la

oportunidad de desplegarlas. Sucede con mucha frecuencia que la vanidad

las exagera, pero como el corazón humano es un abismo de

contradicciones, tampoco es raro el ver que la pusilanimidad las

disminuye mas de lo justo. Los hombres levantan con demasiada facilidad

encumbradas torres de Babel, con la insensata esperanza de que la cima

podrá tocar al cielo: pero tambien les acontece desistir pusilánimes,

hasta de la construccion de una modesta vivienda. Verdaderos niños que

ora creen poder tocar el cielo con la mano, en subiendo á una colina,

ora toman por estrellas que brillan á inmensa distancia en lo mas

elevado del firmamento, bajas y pasajeras exhalaciones de la atmósfera

sublunar. Quizas se atreven á mas de lo que pueden; pero á veces no

pueden porque no se atreven.

¿Cuál será en estos casos el verdadero criterio? Pregunta á que es

difícil contestar, y sobre la cual solo caben reflexiones muy vagas. El

primer obstáculo que se encuentra es que el hombre se conoce poco á sí

mismo; y entónces, ¿cómo sabrá lo que puede y lo que no puede? Se dirá

que con la experiencia; es cierto; pero el mal está en que esa

experiencia es larga, y que á veces da su fruto cuando la vida toca á su

término.

No digo que ese criterio sea imposible; muy al contrario, en varias

partes de esta misma obra indico los medios para adquirirle. Señalo la

dificultad, pero no afirmo la imposibilidad: la dificultad debe

inspirarnos diligencia, mas no producirnos abatimiento.

§ XXII.

Desarrollo de fuerzas latentes.

Hay en el espíritu humano muchas fuerzas que permanecen en estado de

_latentes_ hasta que la ocasion las despierta y aviva; el que las posee

no lo sospecha siquiera, quizas baja al sepulcro sin haber tenido

conciencia de aquel precioso tesoro, sin que un rayo de luz reflejara en

aquel diamante que hubiera podido embellecer la mas esplendente diadema.

¡Cuántas veces una escena, una lectura, una palabra, una indicacion,

remueve el fondo del alma y hace brotar de ella inspiraciones

misteriosas! Fria, endurecida, inerte ahora, y un momento despues surge

de ella un raudal de fuego que nadie sospechara oculto en sus entrañas.

¿Qué ha sucedido? se ha removido un pequeño obstáculo que impedia la

comunicacion con el aire libre, se ha presentado á la masa eléctrica un

punto atrayente, y el fluido se ha comunicado y dilatado con la

celeridad del pensamiento.

El espíritu se desenvuelve con el trato, con la lectura, con los viajes,

con la presencia de grandes espectáculos; no tanto por lo que recibe de

fuera, como por lo que descubre dentro de sí. ¿Qué le importa el haber

olvidado lo visto ú oido ó leído, si se mantiene viva la facultad que el

afortunado encuentro le revelara? el fuego prendió, arde sin

extinguirse, poco importa que se haya perdido la tea.

Las facultades intelectuales y morales se excitan tambien como las

pasiones. A veces un corazon inexperto duerme tranquilamente el sueño de

la inocencia: sus pensamientos son puros como los de un ángel, sus

ilusiones cándidas como el copo de nieve que cubre de blanquísima

alfombra la dilatada llanura; pasó un instante; se ha corrido un velo

misterioso; el mundo de la inocencia y de la calma desapareció, y el

horizonte se ha convertido en un mar de fuego y de borrascas. ¿Qué ha

sucedido? Ha mediado una lectura, una conversacion imprudente, la

presencia de un objeto seductor. Hé aquí la historia del dispertar de

muchas facultades del alma. Criada para estar unida con el cuerpo con

lazo incomprensible, y para ponerse en relacion con sus semejantes,

tiene como ligadas algunas de sus facultades hasta que una impresion

exterior viene á desenvolverlas.

Si supiéramos de qué disposiciones nos ha dotado el Autor de la

naturaleza no seria difícil ponerlas en accion, ofreciéndoles el objeto

que mas se les adapta, y que por lo mismo las excita y desarrolla; pero

como al encontrarse el hombre engolfado en la carrera de la vida, ya le

es muchas veces imposible volver atras, deshaciendo todo el camino que

la educacion y la profesion escogida ó impuesta le han hecho andar, es

necesario que acepte las cosas tales como son, aprovechándose de lo

bueno, y evitando lo malo en lo que le sea posible.

§ XXIII.

Al proponernos un fin debemos guardarnos de la presuncion y de la

excesiva desconfianza.

Sea cual fuere su carrera, su posicion en la sociedad, sus talentos,

inclinaciones ó índole, nunca el hombre debe prescindir de emplear su

razon, ya sea para prefijarse con acierto el fin, ya para echar mano de

los medios mas á propósito para llegar á el.

El fin ha de ser proporcionado á los medios, y estos son las fuerzas

intelectuales, morales ó fisicas y demas recursos de que se puede

disponer. Proponerse un blanco fuera del alcance, es gastar inútilmente

las fuerzas; así como es desperdiciarlas, exponiéndolas á disminuirse

por falta de ejercicio, el no aspirar á lo que la razon y la experiencia

dicen que se puede llegar.

§ XXIV.

La pereza.

Si bien es cierto que la prudencia aconseja ser mas bien desconfiado que

presuntuoso, y que por lo mismo no conviene entregarse con facilidad á

empresas arduas, tambien importa no olvidar que la resistencia á las

sugestiones del orgullo ó de la vanidad, puede muy bien explotarla la

pereza.

La soberbia es sin duda un mal consejero, no solo por el objeto á que

nos conduce, sino tambien por la dificultad que hay en guardarse de sus

insidiosos amaños; pero es seguro que poco falta si no encuentra en la

pereza una digna competidora. El hombre ama las riquezas, la gloria, los

placeres, pero tambien ama mucho el no hacer nada; esto es para él un

verdadero goce, al que sacrifica á menudo su reputacion y bienestar.

Dios conocia bien la naturaleza humana, cuando la castigó con el

trabajo; el comer el pan con el sudor de su rostro es para el hombre una

pena continua, y frecuentemente muy dura.

§ XXV.

Una ventaja de la pereza sobre las demas pasiones.

La pereza, es decir, la pasion de la inaccion, tiene para triunfar, una

ventaja sobre las demas pasiones, y es que no exige nada; su objeto es

una pura negacion. Para conquistar un alto puesto es preciso mucha

actividad, constancia, esfuerzos; para granjearse brillante nombradía es

necesario presentar títulos que la merezcan, y estos no se adquieren

sin largas y penosas fatigas; para acumular riquezas es indispensable

atinada combinacion y perseverante trabajo; hasta los placeres mas

muelles no se disfrutan si no se anda en busca de ellos, y no se emplean

los medios conducentes. Todas las pasiones, para el logro de su objeto,

exigen algo; solo la pereza no exige nada. Mejor la contentais sentado

que en pié, mejor echado que sentado, mejor soñoliento que bien

despierto. Parece ser la tendencia á la misma nada; la nada es al ménos

su solo límite; cuanto mas se acerca á ella el perezoso, en su modo de

ser, mejor está.

§ XXVI.

Orígen de la pereza.

El orígen de la pereza se halla en nuestra misma organizacion, y en el

modo con que se ejercen nuestras funciones. En todo acto hay un gasto de

fuerza, hay pues un principio de cansancio, y por consiguiente de

sufrimiento. Cuando la pérdida es insignificante, y solo ha trascurrido

el tiempo necesario para desplegar la accion de los órganos ó miembros,

no hay sufrimiento todavía, y hasta puede sentirse placer; mas bien

pronto la pérdida se hace sensible, y el cansancio empieza. Por esta

causa no hay perezoso que no emprenda repetidas veces y con gusto

algunos trabajos; y quizas por la misma razon tambien, los mas vivos no

son los mas laboriosos. La intensidad con que ponen en ejercicio sus

fuerzas, debe de excitar en ellos mas pronto que en otros, la sensacion

de cansancio; por cuyo motivo, se acostumbrarán mas fácilmente á mirar

el trabajo con aversion.

§ XXVII.

Pereza del espíritu.

Como el ejercicio de las facultades intelectuales y morales necesita la

concomitancia de ciertas funciones orgánicas, la pereza tiene lugar en

los actos del espíritu como en los del cuerpo. No es el espíritu quien

se cansa, sino los órganos corporales que le sirven; pero el resultado

viene á ser el mismo. Así es que hay á veces una pereza de pensar y aun

de querer, tan poderosa como la de hacer cualquier trabajo corpóreo. Y

es de notar que estas dos clases de pereza no siempre son simultáneas,

pudiendo existir la una sin la otra. La experiencia atestigua que la

fatiga puramente corporal, ó del sistema muscular, no siempre produce

postracion intelectual y moral; y no es raro estar sumamente fatigado de

cuerpo, y sentir muy activas las facultades del espíritu. Al contrario,

despues de largos é intensos trabajos mentales, á veces se experimenta

un verdadero placer en ejercitar las fuerzas físicas, cuando las

intelectuales han llegado ya á un estado de completa postracion. Estos

fenómenos no son difíciles de explicar si se advierte que las

alteraciones del sistema muscular distan mucho de guardar proporcion con

las del sistema nervioso.

§ XXVIII.

Razones que confirman lo dicho sobre el orígen de la pereza.

En prueba de que la pereza es un instinto de precaucion contra el

sufrimiento que nace del ejercicio de las facultades, se puede observar:

1º. que cuando este ejercicio produce placer, no solo no hay repugnancia

á la accion, sino que hay inclinacion hácia ella; 2º. que la repugnancia

al trabajo es mas poderosa ántes de empezarle, porque entónces es

necesario un esfuerzo para poner en accion los órganos ó miembros; 3º.

que la repugnancia es nula cuando desplegado ya el movimiento, no ha

trascurrido aun el tiempo suficiente para hacer sentir el cansancio que

nace del quebranto de las fuerzas; 4º. que la repugnancia renace, y se

aumenta á medida que este quebranto se verifica; 5º. que los mas vivos

adolecen mas de este mal porque experimentan ántes al sufrimiento; 6º.

que los de índole versátil y lijera, suelen tener el mismo defecto, por

la sencilla razon de que á mas del esfuerzo que exige el trabajo, han de

menester otro para sujetarse á sí mismos venciendo su propension á

variar del objeto.

§ XXIX.

La inconstancia. Su naturaleza y orígen.

La inconstancia, que en apariencia no es mas que un exceso de actividad,

pues que nos lleva continuamente á ocuparnos de cosas diferentes, no es

mas que la pereza bajo un velo hipócrita. El inconstante sustituye un

trabajo á otro, porque así se evita la molestia que experimenta con la

necesidad de sujetar su atencion y accion á un objeto determinado. Así

es que todos los perezosos suelen ser grandes proyectistas; porque el

excogitar proyectos es cosa que ofrece campo á vastas divagaciones, que

no exigen esfuerzo para sujetar el espíritu; tambien suelen ser amigos

de emprender muchas cosas, sucesiva ó simultáneamente, siempre con el

bien entendido de no llevar á cabo ninguna.

§ XXX.

Pruebas y aplicaciones.

Vemos á cada paso hombres cuyos intereses y deberes reclaman ciertos

trabajos no mas pesados que los que ellos mismos se imponen: y no

obstante dejan aquellos por estos, sacrificando á su gusto el interes y

el deber. Han de despachar un expediente, y le dejan intacto, á pesar de

que no habian de emplear en él ni la mitad del tiempo que han gastado en

correspondencias insignificantes. Han de avistarse con una persona para

tratar un negocio; no lo hacen, y andan mas camino, y consumen mas

tiempo y mas palabras, hablando de cosas indiferentes. Han de acudir á

una reunion donde se han de ventilar asuntos de intereses: no ignoran lo

que se ha de tratar, y no habrian de hacer grande esfuerzo para

enterarse de lo que ocurra, y dar con acierto su dictámen; pues no

importa, aquellas horas reclamadas por sus intereses, las consumirán

quizas disputando de política, de guerra, de ciencias, de literatura, de

cualquier cosa, con tal que no sea aquello á que estan obligados. El

pasear, el hablar, el disputar, son sin duda ejercicio de facultades del

espíritu y del cuerpo; y no obstante en el mundo abundan los amigos de

pasear, los habladores y disputadores, y escasean los verdaderamente

laboriosos. Y esto ¿porqué? porque el pasear y hablar y disputar son

compatibles con la inconstancia, no exigen esfuerzo, consienten variedad

continua, llevan consigo naturales alternativas de trabajo y descanso,

enteramente sujetas á la voluntad y al capricho.

§ XXXI.

El justo medio entre dichos extremos.

Evitar la pusilanimidad sin fomentar la presuncion, sostener y alentar

la actividad sin inspirar vanidad, hacer sentir al espíritu sus fuerzas

sin cegarle con el orgullo, hé aquí una tarea difícil en la direccion de

los hombres, y mas todavía en la direccion de sí mismo. Esto es lo que

el Evangelio enseña, esto es lo que la razon aplaude y admira. Entre

dichos escollos debemos caminar siempre, no con la esperanza de no dar

jamas en ninguno de ellos, pero sí con la mira, con el deseo, y la

esperanza tambien, de no estrellarnos hasta el punto de perecer.

La virtud es difícil, mas no imposible: el hombre no la alcanza aquí en

la tierra sin mezcla de muchas debilidades que la deslustran; pero no

carece de los medios suficientes para poseerla y perfeccionarla. La

razon es un monarca condenado á luchar de continuo con las pasiones

sublevadas; pero Dios la ha provisto de lo necesario para pelear y

vencer. Lucha terrible, lucha penosa, lucha llena de azares y peligros,

mas por lo mismo tanto mas digna de ser ansiada por las almas generosas.

En vano se intenta en nuestro siglo proclamar la omnipotencia de las

pasiones, y lo irresistible de su fuerza para triunfar de la razon; el

alma humana, sublime destello de la divinidad, no ha sido abandonada por

su Hacedor. No hay fuerzas que basten á apagar la antorcha de la moral

ni en el individuo ni en la sociedad; en el individuo sobrevive á todos

los crímenes, en la sociedad resplandece aun despues de los mayores

trastornos: en el individuo culpable, reclama sus derechos con la voz

del remordimiento; en la sociedad, por medio de elocuentes protestas, y

de ejemplos heróicos.

§ XXXII.

La moral es la mejor guia del entendimiento práctico.

La mejor guia del entendimiento práctico, es la moral. En el gobierno de

las naciones, la política pequeña es la política de los intereses

bastardos, de las intrigas, de la corrupcion; la política grande es la

política de la conveniencia pública, de la razon, del derecho. En la

vida privada, la conducta pequeña es la de los manejos ignobles, de las

miras mezquinas, del vicio; la conducta grande es la que inspira la

generosidad y la virtud.

Lo recto y lo útil á veces parecen andar separados; pero no suelen

estarlo sino por un corto trecho; llevan caminos opuestos en apariencia,

y sin embargo el punto á que se dirigen es el mismo. Dios quiere por

estos medios, probar la fortaleza del hombre; y el premio de la

constancia no siempre se hace esperar todo en la otra vida. Que si esto

sucede una que otra vez, ¿es acaso lijera recompensa el descender al

sepulcro con el alma tranquila, sin remordimiento, y con el corazon

embriagado de esperanza?

No lo dudemos: el arte de gobernar no es mas que la razon y la moral

aplicadas al gobierno de las naciones; el arte de conducirse bien en la

vida privada, no es mas que el Evangelio en práctica.

Ni la sociedad ni el individuo olvidan impunemente los eternos

principios de la moral; cuando lo intentan por el aliciente del interes,

tarde ó temprano se pierden, perecen, en sus propias combinaciones. El

interes que se erigiera en ídolo, se convierte en víctima. La

experiencia de todos los dias es una prueba de esta verdad; en la

historia todos los tiempos la vemos escrita con caractéres de sangre.

§ XXXIII.

La armonía del universo defendida con el castigo.

No hay falta sin castigo; el universo está sujeto á una ley de armonía:

quien la perturba sufre. Al abuso de nuestras facultades físicas sucede

el dolor; á los extravíos del espíritu siguen el pesar y el

remordimiento. Quien busca con excesivo afan la gloria se atrae la

burla; quien intenta exaltarse sobre los demas con orgullo destemplado,

provoca contra sí la indignacion, la resistencia, el insulto, las

humillaciones. El perezoso goza en su inaccion, pero bien pronto su

desidia disminuye sus recursos, y la precision de atender á sus

necesidades le obliga á un exceso de actividad y de trabajo. El pródigo

disipa sus riquezas en los placeres y en la ostentacion: pero no tarda

en encontrar un vengador de sus desvaríos en la pobreza andrajosa y

hambrienta, que le impone en vez de goce privaciones, en vez de lujosa

ostentacion escasez vergonzosa. El avaro acumula tesoros temiendo la

pobreza; y en medio de sus riquezas sufre los rigores de esa misma

pobreza que tanto le espanta: él se condena á sí mismo á todos ellos,

con su alimento limitado y grosero, su traje sucio y raido, su

habitacion pequeña, incómoda y desaseada. No aventura nada por no perder

nada; desconfia hasta de las personas que mas le aman; en el silencio y

tinieblas de la noche visita sus arcas enterradas en lugares

misteriosos, para asegurarse que el tesoro está allí, y aumentarle

todavía mas; y entre tanto le acecha uno de sus sirvientes ó vecinos, y

el tesoro con tanto afan acumulado, con tanta precaucion escondido,

desaparece.

En el trato, en la literatura, en las artes, el excesivo deseo de

agradar produce desagrado; el afan por ofrecer cosas demasiado

exquisitas fastidia: lo ridículo está junto á lo sublime; lo delicado no

dista de lo empalagoso; el prurito de ofrecer cuadros simétricos, suele

conducir á contrastes disparatados.

En el gobierno de la sociedad el abuso del poder acarrea su ruina; el

abuso de la libertad da orígen á la esclavitud. El pueblo que quiere

extender demasiado sus fronteras, suele verse mas estrechado de lo que

exigen las naturales; el conquistador que se empeña en acumular coronas

sobre su cabeza, acaba por perderlas todas; quien no se satisface con el

dominio de vastos imperios, va á consumirse en una roca solitaria en la

inmensidad del Océano. De los que ambicionan el poder supremo, la mayor

parte encuentran la proscripcion ó el cadalso. Codician el alcázar de un

monarca, y pierden el hogar doméstico, sueñan en un trono y encuentran

un patíbulo.

§ XXXIV.

Observaciones sobre las ventajas y desventajas de la virtud en los

negocios.

El Criterio · 第 15 / 21 段