El uno habla, escribe, proyecta, calcula, da mil vueltas á los objetos,

todo lo prueba, á todo contesta, se hace cargo de mil ventajas,

inconvenientes, esperanzas, peligros, en una palabra, agota la materia,

nada deja en ella ni que decir ni que pensar. ¿Y qué hace el otro? ¿Es

capaz de sostener la disputa con su adversario? no. ¿Deshace todos los

cálculos que el primero acaba de amontonar? no. ¿Satisface á todas las

dificultades con que su dictámen se ve combatido por el contrincante?

no. En pro de su opinion ¿aduce tanta copia de razones como su

adversario? no. Para lograr el objeto, ¿presenta proyectos tan varios é

ingeniosos? no. ¿Qué hace pues el malaventurado ignorante, combatido,

hostigado, acosado por su temible antagonista?

--¿Qué me contesta V. á esto, dice el hombre de los proyectos, y del

saber?

--Nada; pero ¿qué sé yo?....

--Mas, ¿no le parecen á V. concluyentes mis razones?

--No del todo.

--Veamos; ¿tiene V. algo que oponer á ese cálculo? Es cuestion de

números; aquí no hay mas.

--Ya se ve; lo que es en el papel sale bien; la dificultad que yo tengo

es que en la práctica suceda lo mismo. Cuenta V. con muchas partidas, de

que no estoy bien seguro; estoy tan escarmentado....

--¿Pero duda V. de los datos que se nos han proporcionado? ¿Qué interes

habrá habido en engañarnos? Si hay pérdida, no seremos solos nosotros, y

participarán de ella los que nos suministran las noticias. Son personas

entendidas, honradas, versadas en negocios; y ademas tienen interes en

ello, ¿qué mas se quiere? ¿Qué motivo hay de duda?

--Yo no dudo de nada; yo creo lo que V. dice de esos señores: pero ¿qué

quiere V.? el negocio no me gusta. Ademas hay tantas eventualidades que

V. no lleva en cuenta....

--Pero ¿qué eventualidades, señor? si nos atenemos á un simple _puede

ser_, nada llevaremos adelante; todos los negocios tienen sus riesgos;

pero repito que aquí no alcanzo á ver ninguno con visos de probabilidad.

--V. lo entiende mas que yo, dice el rudo encogiéndose de hombros; y

luego meneando cuerdamente la cabeza añade: no señor; repito que el

negocio no me gusta; yo por mi parte no entro en él; V. se empeña en que

ha de ser tan provechosa la especulacion; enhorabuena; allá veremos. Yo

no aventuro mis fondos.

La victoria en la discusion queda sin duda por el proyectista; pero

¿quién acierta? La experiencia lo dirá. El rico al parecer tan torpe,

tiene la mirada ménos vivaz que su antagonista, pero en cambio ve mas

claro, mas hondo, de un modo mas seguro, mas perspicaz, mas certero. No

puede, es verdad, oponer datos á datos, reflexiones á reflexiones,

cálculos á cálculos; pero el discernimiento, el tacto que le

caracteriza, desenvueltos por la observacion, y por la experiencia, le

estan diciendo con toda certeza, que muchos datos son imaginarios, que

el cálculo es inexacto, que no se llevan en cuenta muchas eventualidades

desgraciadas, no solo posibles sino muy probables; su ojeada perspicaz

ha descubierto indicios de mala fe en algunos que intervienen en el

negocio, su memoria bien provista de noticias sobre el comportamiento en

otros asuntos anteriores, le guia para apreciar en su justo valor la

inteligencia y la probidad, que tanto le ponderaba el proyectista.

¿Qué le importa el no ver tanto, si ve mejor, con mas claridad,

distincion y exactitud? ¿Qué le importa el carecer de esa facilidad de

pensar y hablar, muy á propósito para lucirse, pero muy estéril en buen

resultado, como inconducente para el objeto de que se trata?

§ VII.

Observaciones. La cavilacion y el buen sentido.

La vivacidad no es la penetracion: la abundancia de ideas, no siempre

lleva consigo la claridad y exactitud del pensamiento; la prontitud del

juicio suele ser sospechosa de error; una larga serie de raciocinios

demasiado ingeniosos, suele adolecer de sofismas, que rompen el hilo de

la ilacion, y extravian al que se fia en ellos.

No siempre es fácil tarea el señalar á punto fijo esos defectos;

mayormente cuando el que los padece es un hablador facundo y brillante,

que desenvuelve sus ideas en un raudal de hermosas palabras. La razon

humana es de suyo tan cavilosa, poseen ciertos hombres cualidades tan á

propósito para deslumbrar, para presentar los objetos bajo el punto de

vista que les conviene ó los preocupa, que no es raro ver á la

experiencia, al buen juicio, al tino, no poder contestar á una nube de

argumentos especiosos otra cosa que: «esto no irá bien; estos

raciocinios no son concluyentes; aquí hay ilusion; el tiempo lo

manifestará.»

Y es que hay cosas que mas bien se sienten que no se conocen; las hay

que se _ven_ pero no se prueban, porque hay relaciones delicadas, hay

minuciosidades casi imperceptibles, que no es posible demostrar con el

discurso á quien no las descubre á la primera ojeada; hay puntos de

vista sumamente fugaces, que en vano se buscan por quien no ha sabido

colocarse en ellos en el momento oportuno.

§ VIII.

Delicadeza de ciertos fenómenos intelectuales, en sus relaciones con la

práctica.

En el ejercicio de la inteligencia y demas facultades del hombre, hay

muchos fenómenos que no se expresan con ninguna palabra, con ninguna

frase, con ningun discurso: para comprender al que los experimenta es

necesario experimentarlos tambien; y á veces es tan perdido el tiempo

que se emplea para darse á entender, como si un hombre con vista

quisiese á fuerza de explicacion, dar idea de los colores á un ciego de

nacimiento.

Esta delicadeza de fenómenos abunda en todos los actos de nuestra

inteligencia; pero se nota de una manera particular en lo que tiene

relacion con la práctica. Entónces, no puede abandonarse el espíritu á

vanas abstracciones, no puede formarse sistemas fantásticos, puramente

convencionales; preciso es que tome las cosas no como él las imagina ó

desea, sino como son; de lo contrario, cuando haga el tránsito de la

idea á los objetos, se encontrará en desacuerdo con la realidad, y verá

desconcertados todos sus planes.

Añádase á esto que en tratándose de la práctica, sobre todo en las

relaciones de unos hombres con otros, no influye solo el entendimiento,

sino que se desenvuelven simultáneamente las demas facultades. No hay

tan solo la comunicacion de entendimiento con entendimiento, sino de

corazon con corazon; á mas de la influencia recíproca de las ideas, hay

tambien la de los sentimientos.

§ IX.

Los despropósitos.

El que está mas ventajosamente dotado en las facultades del alma, si se

encuentra con otros que ó carezcan de alguna de ellas, ó las posean en

grado inferior, se halla en el mismo caso que quien tiene completos los

sentidos con respecto al que está privado de alguno.

Si se recuerdan estas observaciones, se ahorrarán mucho tiempo y

trabajo, y aun disgustos en el trato de los hombres. Risa causa á veces

el observar cómo forcejan inútilmente ciertas personas por apartar á

otras de un juicio errado, ó hacerles comprender alguna verdad. Óyese

quizas en la conversacion un solemne desatino dicho con la mayor

serenidad y buena fe del mundo. Está presente una persona de buen

sentido, y se escandaliza, y replica, y aguza su discurso, y esfuerza

mil argumentos para que el desatinado comprenda su sinrazon, y este, á

pesar de todo, no se convence, y permanece tan satisfecho, tan contento;

las reflexiones de su adversario no hacen mella en su ánimo impasible. Y

esto ¿porqué? ¿Le faltan noticias? no. Lo que le falta en aquel punto es

sentido comun. Su disposicion natural, ó sus hábitos, le han formado

así: y el que se empeña en convencerle debiera reflexionar que quien ha

sido capaz de verter un desatino tan completo, no es capaz de comprender

la fuerza de la impugnacion.

§ X.

Entendimientos torcidos.

Hay ciertos entendimientos que parecen naturalmente defectuosos, pues

tienen la desgracia de verlo todo bajo un punto de vista falso ó

inexacto ó extravagante. En tal caso no hay locura, ni monomanía; la

razon no puede decirse trastornada, y el buen sentido no considera á

dichos hombres como faltos de juicio. Suelen distinguirse por una

insufrible locuacidad, efecto de la rapidez de percepcion, y de la

facilidad de hilvanar raciocinios. Apénas juzgan de nada con acierto: y

si alguna vez entran en el buen camino, bien pronto se apartan de él

arrastrados por sus propios discursos. Sucede con frecuencia ver en sus

razonamientos una hermosa perspectiva que ellos toman por un verdadero y

sólido edificio; el secreto está en que han dado por incontestable un

hecho incierto, ó dudoso, ó inexacto, ó enteramente falso; ó han

asentado como principio de eterna verdad una proposicion gratuita, ó

tomado por realidad una hipótesis; y así han levantado un castillo que

no tiene otro defecto que estar en el aire. Impetuosos, precipitados, no

haciendo caso de las reflexiones de cuantos los oyen, sin mas guia que

su torcida razon, llevados por su prurito de discurrir y hablar,

arrastrados, por decirlo así, en la turbia corriente de sus propias

ideas y palabras, se olvidan completamente del punto de partida, no

advirtiendo que todo cuanto edifican es puramente fantástico, por

carecer de cimiento.

§ XI.

Inhabilidad de dichos hombres para los negocios.

No hay peores hombres para los negocios; desgraciado el asunto en que

ellos ponen la mano; y desgraciados muchas veces ellos mismos, si en sus

cosas se hallan abandonados á su propia y exclusiva direccion. Las

principales dotes de un buen entendimiento práctico son la madurez del

juicio, el buen sentido, el tacto, y estas cualidades les faltan á

ellos. Cuando se trata de llegar á la realidad, es preciso no fijarse

solo en las ideas, sino pensar en los objetos; y esos hombres se olvidan

casi siempre de los objetos y solo se ocupan de sus ideas. En la

práctica es necesario pensar, no en lo que las cosas debieran ó pudieran

ser, sino en lo que son; y ellos suelen pararse menos en lo que son, que

en lo que pudieran ó debieran ser.

Cuando un hombre de entendimiento claro y de juicio recto, se encuentra

tratando un asunto con uno que adolezca de los defectos que acabo de

describir, se halla en la mayor perplejidad. Lo que aquel ve claro, este

lo encuentra oscuro; lo que el primero consideraba fuera de duda, el

segundo lo mira como muy disputable. El juicioso plantea la cuestion de

un modo que le parece muy natural y sencillo, el caviloso la mira de una

manera diferente; diríase que son dos hombres de los cuales el uno

padece una especie de estrabismo intelectual que desconcierta y confunde

al que ve y mira bien.

§ XII.

Este defecto intelectual suelo nacer de una causa moral.

Reflexionando sobre la causa de semejantes aberraciones, no es difícil

advertir que el origen está mas bien en el corazon que en la cabeza.

Estos hombres suelen ser extremadamente vanos; un amor propio mal

entendido les inspira el deseo de singularizarse en todo; y al fin

llegan á contraer un hábito de apartarse de lo que piensan y dicen los

demas, esto es, de ponerse en contradiccion con el sentido comun.

La prueba de que entregados con naturalidad á su propio entendimiento no

verian tan erradamente los objetos, y de que el caer en ridículas

aberraciones procede mas bien de un deseo de singularizarse convertido

en hábito, está en que suelen distinguirse por un espíritu de constante

oposicion. Si el defecto estuviese en la cabeza, no habria ninguna razon

para que en casi todas las cuestiones ellos sostuvieran el _no_ cuando

los demas sostienen el _sí_, y ellos estuviesen por el _sí_ cuando los

otros estan por el _no_; siendo de notar que á veces hay un medio seguro

para llevarlos á la verdad, y es el sostener el error.

Convengo en que á menudo ellos no advierten lo mismo que hacen, que no

tienen una conciencia bien clara de esa inspiracion de la vanidad que

los dirige y sojuzga; pero la funesta inspiracion no deja de existir; ni

deja de ser remediable si hay quien se lo avise; mayormente si la edad,

la posicion social y las lisonjas, no han llevado el mal hasta el último

extremo. Y no es raro que se presenten ocasiones favorables para

amonestar con algun fruto; porque esos hombres con su imprudencia,

suelen atraer sobre sí amargos disgustos, cuando no desgracias; y

entónces, abatidos por la adversidad, y enseñados por experiencia

dolorosa, suelen tener lúcidos intervalos de que puede aprovecharse un

amigo sincero para hacerles oir los consejos de una razon juiciosa.

Por lo demas, cuando una realidad cruel no ha venido todavía á

desengañarlos, cuando en sus accesos de sinrazon se entregan sin medida

á la vanidad de sus proyectos, no suele haber otro medio para

resistirles que callar, y con los brazos cruzados, y meneando la cabeza,

sufrir con estóica impasibilidad la impetuosa avenida de sus

proposiciones aventuradas, de sus raciocinios incoherentes, de sus

planes descabellados.

Y por cierto que esa impasibilidad no deja de producir de vez en cuando

saludables efectos: porque el deseo de disputar cesa cuando no hay quien

replique; no cabe oposicion cuando nadie ataca. Así no es raro ver á

esos hombres volver en sí á poco rato de abrumar con su locuacidad á

quien no les contesta; y amonestados por la elocuencia del silencio,

excusarse de su molesta petulancia. Son almas inquietas y ardientes que

viven de contradecir, y que á su vez necesitan contradiccion: cuando no

la hay, cesa la pugna; y si se empeñan en comprenderla, bien pronto se

fastidian cuando notan que léjos de habérselas con un enemigo resuelto á

pelear, se ceban en quien se ha entregado como víctima en las aras de

una verbosidad importuna.

§ XIII.

La humildad cristiana en sus relaciones con los negocios mundanos.

La humildad cristiana, esa virtud que nos hace conocer el límite de

nuestras fuerzas, que nos revela nuestros propios defectos, que no nos

permite exagerar nuestro mérito, ni ensalzarnos sobre los demas, que no

nos consiente despreciar á nadie, que nos inclina á aprovecharnos del

consejo y ejemplo de todos, aun de los inferiores, que nos hace mirar

como frivolidades indignas de un espíritu serio el andar en busca de

aplausos, el saborearse en el humo de la lisonja; que no nos deja creer

jamas que hemos llegado á la cumbre de la perfeccion en ningun sentido,

ni cegarnos hasta el punto de no ver lo mucho que nos queda por

adelantar, y la ventaja que nos llevan otros; esa virtud que bien

entendida es la verdad, pero la verdad aplicada al conocimiento de lo

que somos, de nuestras relaciones con Dios y con los hombres; la verdad

guiando nuestra conducta para que no nos extravien las exageraciones del

amor propio; esa virtud, repito, es de suma utilidad en todo cuanto

concierne á la práctica, aun en las cosas puramente mundanas.

Sí, la humildad cristiana, en cambio de algunos sacrificios, produce

grandes ventajas, hasta en los asuntos mas distantes de la devocion. El

soberbio compra muy caro su satisfaccion propia; y no advierte que la

víctima que inmola á ese ídolo que ha levantado en su corazon, son á

veces sus intereses mas caros, es la misma gloria en pos de la cual tan

desolado corre.

§ XIV.

Daños acarreados por la vanidad y la soberbia.

¡Cuántas reputaciones se ajan, cuando no se destruyen, por la miserable

vanidad! ¡cómo se disipa la ilusión que inspirara un gran nombre, si al

acercársele os encontrais con una persona que solo habla de sí misma!

¡Cuántos hombres, por otra parte recomendabilísimos, se deslustran, y

hasta se hacen objeto de burla, por un tono de superioridad, que choca é

irrita, ó atrae los envenenados dardos de la sátira! ¡Cuántos se empeñan

en negocios funestos, dan pasos desastrosos, se desacreditan ó se

pierden, solo por haberse entregado á su propio pensamiento de una

manera exclusiva, sin dar ninguna importancia á los consejos, á las

reflexiones ó indicaciones de los que veian mas claro, pero que tenian

la desgracia de ser mirados de arriba abajo, á una distancia inmensa,

por ese dios mentido que habitando allá en el fantástico empíreo

fabricado por su vanidad, no se dignaba descender á la ínfima region

donde mora el vulgo de los modestos mortales!

¿Y para qué necesitaba él de consultar á nadie? La elevacion de su

entendimiento, la seguridad y acierto de su juicio, la fuerza de su

penetracion, el alcance de su prevision, la sagacidad de sus

combinaciones, ¿no son ya cosas proverbiales? El buen resultado de todos

los negocios en que ha intervenido, ¿á quién se debe sino á él? Si se

han superado gravísimas dificultades, ¿quién las ha superado sino él? Si

todo no lo han echado á perder sus compañeros, ¿quién lo ha evitado sino

él? ¿Qué pensamiento se ha concebido de alguna importancia que no le

haya concebido él? ¿Qué ocurrencia habrán tenido los otros que con mucha

anticipacion no la hubiese tenido él? ¿De qué hubiera servido cuanto

hayan excogitado los demas, si no lo hubiese rectificado, enmendado,

ilustrado, agrandado, dirigido él?

Contempladle; su frente altiva parece amenazar al cielo; su mirada

imperiosa exige sumision y acatamiento; en sus labios asoma el desden

hácia cuanto le rodea; en toda su fisonomía veréis que rebosa la

complacencia en sí propio; la afectacion de sus gestos y modales os

presenta un hombre lleno de sí mismo, que procede con excesiva

compostura, como si temiese derramarse. Toma la palabra, resignaos á

callar. ¿Replicais? no escucha vuestras réplicas y sigue su camino;

¿insistís otra vez? el mismo desden, acompañado de una mirada que exige

atencion é impone silencio. Está fatigado de hablar, y descansa; entre

tanto aprovechais la ocasion de exponer lo que intentabais hace largo

rato; vanos esfuerzos! el semi-dios no se digna prestaros atencion, os

interrumpe cuando se le antoja, dirigiendo á otros la palabra, si es que

no estaba absorto en sus profundas meditaciones, arqueando las cejas, y

preparándose á desplegar nuevamente sus labios con la majestuosa

solemnidad de un oráculo.

¿Cómo podia ménos de cometer grandes yerros un hombre tan fatuo? y de

esa clase hay muchos, por mas que no siempre llegue la fatuidad á una

exageracion tan repugnante. Desgraciado el que desde sus primeros años

no se acostumbra á rechazar la lisonja, á dar á los elogios que se le

tributan el debido valor; que no se concentra repetidas veces, para

preguntarse si el orgullo le ciega, si la vanidad le hace ridículo, si

la excesiva confianza en su propio dictámen le extravía y le pierde. En

llegando á la edad de los negocios, cuando ocupa ya en la sociedad una

posicion independiente, cuando ha adquirido cierta reputacion merecida ó

inmerecida, cuando se ve rodeado de consideracion, cuando ya tiene

inferiores, las lisonjas se multiplican y agrandan, los amigos son ménos

francos y ménos sinceros, y el hombre abandonado á la vanidad que dejó

desarrollarse en su corazon, sigue cada dia con mas ceguedad el

peligroso sendero, hundiéndose mas y mas en ese ensimismamiento, en ese

goce de sí mismo, en que el amor propio se exagera hasta un punto

lamentable, degenerando, por decirlo asi, en _egolatria_.

§ XV.

El orgullo.

La exageracion del amor propio, la soberbia, no siempre se presenta con

un mismo carácter. En los hombres de temple fuerte y de entendimiento

sagaz, es orgullo; en los flojos y poco avisados, es vanidad. Ambos

tienen un mismo objeto, pero emplean medios diferentes. El orgulloso sin

vanidad, tiene la hipocresía de la virtud; el vanidoso tiene la

franqueza de su debilidad. Lisonjead al orgulloso, y rechazará la

lisonja, temeroso de dañar á su reputacion haciéndose ridículo; de él se

ha dicho con mucha verdad, que es demasiado orgulloso para ser vano. En

el fondo de su corazon siente viva complacencia en la alabanza; pero

sabe muy bien que este es un incienso honroso miéntras el ídolo no

manifiesta deleitarse en el perfume; por esto no os pondrá jamas el

incensario en la mano, ni consentirá que le hagais undular demasiado

cerca. Es un dios á quien agrada un templo magnífico, y un culto

esplendoroso; pero manteniéndose el ídolo escondido en la misteriosa

oscuridad del santuario.

Esto probablemente es mas culpable á los ojos de Dios, pero no atrae con

tanta frecuencia el ridículo de los hombres. Con tanta frecuencia digo,

porque difícilmente se alberga en un corazon el orgullo, sin que á pesar

de todas las precauciones, degenere en vanidad. Aquella violencia no

puede ser duradera; la ficcion no es para continuada por mucho tiempo.

Saborearse en la alabanza y mostrar desden hácia ella; proponerse por

objeto principal el placer de la gloria, y aparentar que no se piensa en

ella, es demasiado fingir para que al traves de los mas tupidos velos no

se descubra la verdad. El orgulloso á quien he descrito mas arriba no

podia llamarse propiamente vano, y no obstante su conducta inspiraba

algo peor que la vanidad misma: sobre la indignacion provocaba tambien

la burla.

§ XVI.

La vanidad.

El simplemente vano no irrita, excita compasion, presta pábulo á la

sátira. El infeliz no desprecia á los demas hombres, los respeta, quizas

los admira y teme. Pero padece una verdadera sed de alabanza: y no como

quiera, sino que necesita oirla él mismo, asegurarse de que en efecto se

le alaba, complacerse en ella con delectacion morosa, y corresponder á

las buenas almas que le favorecen, expresando con una inocente sonrisita

su íntimo goce, su dicha, su gratitud.

¿Ha hecho alguna cosa buena? Ah! habladle de ella por piedad, no le

hagais padecer. ¿No veis que se muere por dirigir la conversacion hácia

sus glorias? Cruel! que os desentendeis de sus indicaciones, que con

vuestra distraccion, con vuestra dureza, le obligaréis á aclararlas mas

y mas hasta convertirlas en súplicas.

En efecto, ¿ha gustado lo que él ha dicho ó escrito ó hecho? ¡qué

felicidad! y es necesario que se advierta que fué sin preparacion, que

todo se debió á la fecundidad de su vena, á una de sus felices

ocurrencias. ¿No habeis notado cuántas bellezas, cuántos golpes

afortunados? Por piedad, no aparteis la vista de tantas maravillas, no

introduzcais en la conversacion especies inconducentes, dejadle gozar de

su beatitud.

Nada de la altivez satánica del orgulloso; nada de hipocresía, un

inexprimable candor se retrata en su semblante; su fisonomía se dilata

agradablemente; su mirada es afable, es dulce, sus modales atentos; su

conducta complaciente; el desgraciado está en actitud de suplicante,

teme que una imprudencia no le arrebate su dicha suprema. No es duro, no

es insultante, no es ni siquiera exclusivo, no se opone á que otros sean

alabados; solo quiere participar.

¡Con qué ingenua complacencia refiere sus trabajos y aventuras! En

pudiendo hablar de sí mismo su palabra es inextinguible. A sus

alucinados ojos, su vida es poco ménos que una epopeya. Los hechos mas

insignificantes se convierten en episodios de sumo interes, las

vulgaridades en golpes de ingenio, los desenlaces mas naturales en

resultados de combinaciones estupendas. Todo converge hácia él: la misma

historia de su pais no es mas que un gran drama, cuyo héroe es él; todo

es insipido si no lleva su nombre.

§ XVII.

La influencia del orgullo es peor para los negocios que la de la

vanidad.

Este defecto, aunque mas ridículo que el orgullo, no tiene sin embargo

tantos inconvenientes para la práctica. Como es una complacencia en la

alabanza mas bien que un sentimiento fuerte de superioridad, no ejerce

sobre el entendimiento un influjo tan maléfico. Estos hombres son por lo

comun de un carácter flojo, como lo manifiesta la misma debilidad con

que se dejan arrastrar por su inclinacion. Así es, que no suelen

desechar como los orgullosos el consejo ajeno, y aun muchas veces se

adelantan á pedirle. No son tan altivos que no quieran recibir nada de

nadie; y ademas se reservan el derecho de explotar despues el negocio

para formar su pomito de olor de vanagloria en que se puedan deleitar.

¿Es poco por ventura si el asunto sale bien, el gusto de referir todo lo

que pensó el que le condujo, y la sagacidad con que conoció las

dificultades, y el tino con que procedió para vencerlas, y la prudencia

con que tomó consejo de personas entendidas, y lo mucho que el

aconsejado ilustró el juicio del consejero? No deja de haber en esto una

mina abundante, que á su debido tiempo será explotada cual conviene.

§ XVIII.

Cotejo entre el orgullo y la vanidad.

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