Es cierto que cuando el hombre tiene idea de la existencia de seres

desconocidos, y está convencido de que estos se ponen en relacion con

él, fácilmente se inclina á imaginar que ha oido acentos fatídicos, y se

han ofrecido á sus ojos espectros venidos del otro mundo. Mas no sucede,

ni puede suceder así, en no abrigando el hombre semejante conviccion, y

mucho ménos si ni aun llega á tener noticia de que existen dichos seres;

pues entónces no es dable conjeturar de dónde procederia una ilusion tan

extravagante. Si bien se observa, todas las creaciones de nuestra

fantasia, hasta las mas incoherentes y monstruosas, se forman de un

conjunto de imágenes de objetos que otras veces hemos visto; y que á la

sazon reunimos del modo que place á nuestro capricho, ó nos sugiere

nuestra cabeza enfermiza. Los castillos encantados de los libros de

caballería, con sus damas, enanos, salones, subterráneos, hechizos y

todas sus locuras, son un informe agregado de partes muy reales que la

imaginacion del escritor componia á su manera, sacando al fin un todo

que solo cabia en los sueños de un delirante. Lo propio sucede en lo

demas: la razon y la experiencia estan acordes en atestiguarnos este

fenómeno ideológico. Si suponemos pues que no se tiene idea alguna de

otra vida distinta de la presente, ni de otro mundo que el que está á

nuestra vista, ni de otros vivientes que los que moran con nosotros en

la tierra, el hombre fingirá gigantes, fieras monstruosas, y otras

extravagancias por este estilo; mas no seres invisibles, no revelaciones

de un cielo que no conoce, no dioses que le ilustren y dirijan. Ese

mundo nuevo, ideal, puramente fantástico, no le ocurrirá siquiera;

porque semejante ocurrencia no tendrá, por decirlo así, punto de

partida, carecerá de antecedentes que puedan motivarla. Y aun

suponiendo que este órden de ideas se hubiese ofrecido á algun

individuo, ¿cómo era posible que de ello participase la humanidad

entera? ¿Cuándo se habria visto semejante _contagio_ intelectual y

moral?

Sea lo que fuere del valor de estas reflexiones, pasemos á los hechos:

dejemos lo que haya podido ser, y examinemos lo que ha sido.

§ XI.

Pruebas históricas de la existencia de la revelacion.

Existe una sociedad que pretende ser la única depositaria é intérprete

de las revelaciones con que Dios se ha dignado favorecer al linaje

humano: esta pretension debe llamar la atencion del filósofo que se

proponga investigar la verdad.

¿Qué sociedad es esa? ¿Ha nacido de poco tiempo á esta parte? Cuenta

diez y ocho siglos de duracion, y estos siglos no los mira sino como un

período de su existencia; pues subiendo mas arriba, va explicando su no

interrumpida genealogía y se remonta hasta el principio del mundo. Que

lleva diez y ocho siglos de duracion, que su historia se enlaza con la

de un pueblo cuyo origen se pierde en la antigüedad mas remota, es tan

cierto como que han existido las repúblicas de Grecia y Roma.

¿Qué títulos presenta en apoyo de su doctrina? En primer lugar, está en

posesion de un libro, que es sin disputa el mas antiguo que se conoce, y

que ademas encierra la moral mas pura, un sistema de legislacion

admirable, y contiene una narracion de prodigios. Hasta ahora nadie ha

puesto en duda el mérito eminente de este libro; siendo esto tanto mas

de extrañar, cuanto una gran parte de él nos ha venido de manos de un

pueblo, cuya cultura no alcanzó ni con mucho á la de otros pueblos de la

antigüedad.

¿Ofrece la dicha sociedad algunos otros títulos que justifiquen sus

pretensiones? A mas de los muchos, á cual mas graves é imponentes, hé

aquí uno que por sí solo basta. Ella dice que se hizo la transicion de

la sociedad vieja á la nueva, del modo que estaba pronosticado en el

libro misterioso; que llegada la plenitud de los tiempos, apareció sobre

la tierra un Hombre-Dios, quien fué á la vez el cumplimiento de la ley

antigua, y el autor de la nueva; que todo lo antiguo era una sombra y

figura, que este Hombre-Dios fué la realidad; que él fundó la sociedad

que apellidamos Iglesia católica, le prometió su asistencia hasta la

consumacion de los siglos, selló su doctrina con su sangre, resucitó al

tercer dia de su crucifixion y muerte, subió á los cielos, envió al

Espíritu santo, y que al fin del mundo ha de venir á juzgar á los vivos

y á los muertos.

¿Es verdad que en este Hombre se cumpliesen las antiguas profecías? Es

innegable: leyendo algunas de ellas parece que uno está leyendo la

historia evangélica.

¿Dió algunas pruebas de la divinidad de su mision? Hizo milagros en

abundancia; y cuanto él profetizó, ó se ha cumplido exactamente, ó se va

cumpliendo con puntualidad asombrosa.

¿Cuál fué su vida? Sin tacha en su conducta; sin límite para hacer el

bien. Despreció las riquezas y el poder mundano, arrostró con serenidad

las privaciones, los insultos, los tormentos, y por fin una muerte

afrentosa.

¿Cuál es su doctrina? Sublime cual no cupiera jamas en mente humana; tan

pura en su moral, que le han hecho justicia sus mas violentos enemigos.

¿Qué cambio social produjo este Hombre? Recordad lo que era el mundo

romano, y ved lo que es el mundo actual; mirad lo que son los pueblos

donde no ha penetrado el cristianismo, y lo que son aquellos que han

estado siglos bajo su enseñanza, y la conservan todavía, aunque algunos

alterada y desfigurada.

¿De qué medios dispuso? No tenia dónde reclinar su cabeza. Envió á doce

hombres salidos de la ínfima clase del pueblo; se esparcieron por los

cuatro ángulos de la tierra, y la tierra los oyó y creyó.

Esta religion ¿ha pasado por el crisol de la desgracia? ¿No ha sufrido

contrariedad de ninguna clase? Ahí está la sangre de infinitos mártires,

ahí los escritos de numerosos filósofos que la han examinado, ahí los

muchos monumentos que atestiguan las tremendas luchas que ha sostenido

con los príncipes, con los sabios, con las pasiones, con los intereses,

con las preocupaciones, con todos cuantos elementos de resistencia

pueden combinarse sobre la tierra.

¿De qué medios se valieron los propagadores del cristianismo? De la

predicacion y del ejemplo confirmados por milagros. Estos milagros, la

crítica mas escrupulosa no puede rechazarlos; que si los rechaza, poco

importa, pues entónces confiesa el mayor de los milagros, que es la

conversion del mundo sin milagros.

El cristianismo ha contado entre sus hijos á los hombres mas

esclarecidos por su virtud y sabiduría; ningun pueblo antiguo ni moderno

se ha elevado á tan alto grado de civilizacion y cultura como los que le

han profesado; sobre ninguna religion se ha disputado ni escrito tanto

como sobre la cristiana; las bibliotecas estan llenas de obras maestras

de crítica y de filosofía debidas á hombres que sometieron humildemente

su entendimiento en obsequio de la fe; luego esa religion está á

cubierto de los ataques que se pueden dirigir contra las que han nacido

y prosperado entre pueblos groseros é ignorantes. Ella tiene pues todos

los caractéres de verdadera, de divina.

§ XII.

Los protestantes y la Iglesia católica.

En los últimos siglos los cristianos se han dividido: unos han

permanecido adictos á la Iglesia católica, otros han conservado del

cristianismo lo que les ha parecido bien; y á consecuencia del principio

fundamental que han asentado, y que entrega la fe á discrecion de cada

creyente, se han fraccionado en innumerables sectas.

¿Dónde estará la verdad? Los fundadores de las nuevas sectas son de

ayer, la Iglesia católica señala la sucesion de sus pastores, que sube

hasta Jesucristo; ellos han enseñado diferentes doctrinas, y una misma

secta las ha variado repetidas veces, la Iglesia católica ha conservado

intacta la fe que le trasmitieron los apóstoles; la novedad y la

variedad se hallan pues en presencia de la antigüedad y de la unidad; el

fallo no puede ser dudoso.

Ademas, los católicos sostienen que fuera de la Iglesia no hay

salvacion, los protestantes afirman que los católicos tambien pueden

salvarse; y así ellos mismos reconocen que entre nosotros nada se cree

ni practica que pueda acarrearnos la condenacion eterna. Ellos en favor

de su salvacion no tienen sino su voto; nosotros en pro de la nuestra,

tenemos el suyo y el nuestro; aun cuando juzgáramos solamente por

motivos de prudencia humana, esta nos aconsejaria que no abandonásemos

la fe de nuestros padres.

En esta breve reseña se contiene el hilo del discurso de un católico que

conforme á lo que dice san Pedro, quiera estar preparado para dar cuenta

de su fe, y manifestar que ateniéndose á la católica, no se desvía de

las reglas de bien pensar. Ahora, añadiré algunas observaciones que

sirvan a prevenir peligros, en que zozobra con harta frecuencia la fe de

los incautos.

§ XIII.

Errado método de algunos impugnadores de la religion.

En el exámen de las materias religiosas siguen muchos un camino errado.

Toman por objeto de sus investigaciones un dogma, y las dificultades

que contra él levantan, las creen suficientes para destruir la verdad de

la religion; ó al ménos para ponerla en duda. Esto es proceder de un

modo que atestigua cuán poco se ha meditado sobre el estado de la

cuestion.

En efecto: no se trata de saber si los dogmas estan al alcance de

nuestra inteligencia, ni si damos completa solucion á todas las

dificultades que contra este ó aquel puedan objetarse: la religion misma

es la primera en decirnos que estos dogmas no podemos comprenderlos con

la sola luz de la razon; que miéntras estamos en esta vida, es necesario

que nos resignemos á ver los secretos de Dios al traves de sombras y

enigmas, y por esto nos exige la fe. El decir pues, «yo no quiero creer

porque no comprendo,» es enunciar una contradiccion; si lo comprendieses

todo, claro es que no se te hablaria de fe. El argumentar contra la

religion, fundándose en la incomprensibilidad de sus dogmas, es hacerle

un cargo de una verdad que ella misma reconoce, que acepta, y sobre la

cual en cierto modo, hace estribar su edificio. Lo que se ha de examinar

es, si ella ofrece garantías de veracidad, y de que no se engaña en lo

que propone: asentado el principio de su infalibilidad, todo lo demas se

allana por sí mismo; pero si este nos falta, es imposible dar un paso

adelante. Cuando un viajero de cuya inteligencia y veracidad no podemos

dudar, nos refiere cosas que no comprendemos, ¿por ventura le negaremos

nuestra fe? No ciertamente. Luego una vez asegurados de que la Iglesia

no nos engaña, poco importa que su enseñanza sea superior á nuestra

inteligencia.

Ninguna verdad podria subsistir, si bastasen á hacernos dudar de ella

algunas dificultades que no alcanzásemos á desvanecer. De esto se

seguiria que un hombre de talento esparciria la incertidumbre sobre

todas las materias, cuando se encontrase con otros que no le igualasen

en capacidad; porque es bien sabido que en mediando esta diferencia, no

le es dado al inferior deshacerse de los lazos con que le enreda el que

le aventaja.

En las ciencias, en las artes, en los negocios comunes de la vida,

hallamos á cada paso dificultades que nos hacen incomprensible una cosa

de cuya existencia no nos es permitido dudar. Sucede á veces que la cosa

no comprendida nos parece rayar en lo imposible; mas si por otra parte

sabemos que existe, nos guardamos de declararla tal, y conservando la

conviccion de su existencia, recordamos el poco alcance de nuestro

entendimiento. Nada mas comun que oir: «No comprendo lo que ha contado

fulano; me parece imposible, pero en fin es hombre veraz y que sabe lo

que dice; si otro lo refiriera no lo creeria, pero ahora no pongo duda

en que la cosa es tal como él la afirma.»

§ XIV.

La mas alta filosofía acorde con la fe.

Imagínanse algunos que se acreditan de altos pensadores cuando no

quieren creer lo que no comprenden; y estos justifican el famoso dicho

de Bacon: «poca filosofía aparta de la religion, mucha filosofía conduce

á ella.» Y á la verdad, si se hubiesen internado en las profundidades

de las ciencias, conocieran que un denso velo encubre á nuestros ojos la

mayor parte de los objetos; que sabemos poquísimo de los secretos de la

naturaleza; que hasta de las cosas, en apariencia mas fáciles de

comprender, se nos ocultan por lo comun los principios constitutivos, su

esencia; conocieran que ignoramos lo que es este universo que nos

asombra, que ignoramos lo que es nuestro cuerpo, que ignoramos lo que es

nuestro espíritu; que nosotros somos un arcano á nuestros propios ojos,

y que hasta ahora todos los esfuerzos de la ciencia han sido impotentes

para explicar los fenómenos que constituyen nuestra vida, que nos hacen

sentir nuestra existencia; conocieran que el mas precioso fruto que se

recoge en las regiones filosóficas mas elevadas es una profunda

conviccion de nuestra debilidad é ignorancia. Entónces infirieran que

esa sobriedad en el saber, recomendada por la religion cristiana, esa

prudente desconfianza de las fuerzas de nuestro entendimiento, estan de

acuerdo con las lecciones de la mas alta filosofía; y que así el

catecismo nos hace llegar desde nuestra infancia al punto mas culminante

que señalara á la ciencia la sabiduría humana.

§ XV.

Quien abandona la religion católica no sabe dónde refugiarse.

Hemos seguido el camino que puede conducir á la religión católica;

echemos una ojeada sobre el que se presenta, si nos apartamos de ella.

Al abandonar la fe de la Iglesia, ¿dónde nos refugiamos? Si en el

protestantismo, ¿en cuál de sus sectas? ¿Qué motivos de preferencia nos

ofrece la una sobre la otra? Discernirlo será imposible; abrazar á

ciegas una cualquiera nos lo será todavía mas; y por otra parte, esto

equivaldría á no profesar ninguna. Si en el filosofismo, ¿qué es el

filosofismo incrédulo? Es una negacion de todo, las tinieblas, la

desesperacion. ¿Andaremos en busca de otras religiones? Ciertamente que

ni el islamismo, ni la idolatría, no nos contarán entre sus adeptos.

Abandonar pues la religion católica, será abjurarlas todas; será tomar

el partido de vivir sin ninguna; dejar que corran los años; que nuestra

vida se acerque á su término fatal, sin guia para lo presente, sin luz

para el porvenir; será taparse los ojos, bajar la cabeza, y arrojarse á

un abismo sin fondo.

La religion católica nos ofrece cuantas garantías de verdad podemos

desear. Ella ademas nos impone una ley suave, pero recta, justa,

benéfica; cumpliéndola nos asemejamos á los ángeles, nos acercamos á la

belleza ideal que para la humanidad puede excogitar la mas elevada

poesía. Ella nos consuela en nuestros infortunios, y cierra nuestros

ojos en paz; se nos presenta tanto mas verdadera y cierta, cuanto mas

nos aproximamos al sepulcro. Ah! la bondadosa Providencia habrá colocado

al borde de la tumba aquellas santas inspiraciones, como heraldos que

nos avisarán de que íbamos á pisar los umbrales de la eternidad!....

CAPÍTULO XXII.

EL ENTENDIMIENTO PRÁCTICO.

§ I.

Una clasificacion de acciones.

Los actos prácticos del entendimiento son los que nos dirigen para

obrar: lo que envuelve dos cuestiones: cuál es el fin que nos

proponemos, y cuál es el mejor medio para alcanzarle.

Nuestras acciones pueden ejercerse, ó sobre los objetos de la naturaleza

sometidos á la ley de necesidad, y aquí se comprenden todas las artes; ó

sobre lo que cae bajo el libre albedrío, y esto comprende el arreglo de

nuestra conducta con respecto á nosotros mismos y á los demas; abarcando

la moral, la urbanidad, la administracion doméstica, y la política.

Lo dicho hasta aquí sobre el modo de pensar en todas materias, me ahorra

el trabajo de extenderme sobre estos puntos, porque quien se haya

penetrado de las reglas y observaciones precedentes no ignorará cómo

debe proponerse un fin, ni cómo ha de encontrar los medios mas adaptados

para alcanzarle. No obstante, creo que no será inútil añadir algunas

reflexiones que sin salir de los límites fijados por el género de esta

obra, suministren luz para guiarse cada cual en sus diferentes

operaciones.

§ II.

Dificultad de proponerse el debido fin.

No hablo aquí del fin último: este es la felicidad en la otra vida, y á

él nos conduce la religion. Trato únicamente de los secundarios; como

alcanzar la conveniente posicion en la sociedad, llevar á buen término

un negocio, salir airosamente de una situacion difícil, granjearse la

amistad de una persona, guardarse de los tiros de un adversario,

deshacer una intriga que nos amenaza, construir un artefacto que

acredite, plantear un sistema de política, de hacienda ó administracion,

derribar alguna institucion que se crea dañosa y otras cosas semejantes.

A primera vista parece que siempre que el hombre obra debe de tener

presente el fin que se propone, y no como quiera, sino de un modo bien

claro, determinado, fijo. Sin embargo, la observacion enseña que no es

así; y que son muchos, muchísimos, aun entre los activos y enérgicos,

los que andan poco ménos que al acaso.

Sucede mil veces que atribuimos á los hombres mas plan del que han

tenido. En viéndolos ocupar posicion muy elevada, sea por su reputacion,

sea por las funciones que ejercen, nos inclinamos naturalmente á

suponerles en todo un objeto fijo, con premeditacion detenida, con vasta

combinacion en los designios, con larga prevision de los obstáculos, con

sagaz conocimiento de la verdadera naturaleza del fin, y de sus

relaciones con los medios que a él conduzcan. Oh! y cuánto engaño! El

hombre en todas las condiciones sociales, en todas las circunstancias de

la vida, es siempre hombre, es decir una cosa muy pequeña. Poco

conocedor de sí mismo, sin formarse por lo comun ideas bastante claras,

ni de la cualidad ni del alcance de sus fuerzas, creyéndose á veces mas

poderoso, á veces mas débil de lo que es en realidad, encuéntrase con

mucha frecuencia dudoso, perplejo, sin saber ni adónde va, ni adónde ha

de ir. Ademas, para él es á menudo un misterio qué es lo que le

conviene; por manera que las dudas sobre sus fuerzas se aumentan con las

dudas sobre su interes propio.

§ III.

Exámen del proverbio: cada cual es hijo de sus obras.

No es verdad lo que suele decirse de que el interes particular sea una

guia segura, y que con respecto á él, raras veces el hombre se

equivoque. En esto como en todo lo demas, andamos inciertos, y en prueba

de ello tenemos la triste experiencia de que tantas y tantas veces nos

labramos nuestro infortunio.

Lo que sí no admite duda es, que así por lo tocante á la dicha como á la

desgracia, se verifica el proverbio de que el hombre es hijo de sus

obras. En el mundo físico como en el moral, la casualidad no significa

nada. Es cierto que en la instabilidad de las cosas humanas, ocurren con

frecuencia sucesos imprevistos que desbaratan los planes mejor

concertados, que no dejan recoger el fruto de atinadas combinaciones y

pesadas fatigas, y que por el contrario favorecen á otros que, atendido

lo que habian puesto de su parte, estaban léjos de merecerlo; pero

tampoco cabe duda en que esto no es tan comun como vulgarmente se dice y

se cree. El trato de la sociedad, acompañado de la conveniente

observacion, rectifica muchos juicios que se habian formado lijeramente

sobre las causas de la buena ó mala fortuna que cabe á diferentes

personas.

¿Cuál es el desgraciado, que lo sea por su culpa, si nos atenemos á lo

que nos dice él? ninguno, ó casi ninguno. Y no obstante, si nos es dable

conocer á fondo su índole, su carácter, sus costumbres, su modo de ver

las cosas, su sistema en el manejo de los negocios, su trato, su

conversacion, sus modales, sus relaciones de amistad ó de familia, raro

será que no descubramos muchas de las causas, si no todas, de las que

contribuyeron á hacerle infeliz.

Las equivocaciones sobre esta materia suelen nacer de que se fija la

atencion en un solo suceso que ha decidido de la suerte de la persona,

sin reflexionar que aquel suceso, ó estaba ya preparado por muchos

otros, ó que solo ha podido tener tan funesta influencia á causa de la

situacion particular en que se hallaba en la persona, por sus errores,

defectos ó faltas.

La suerte próspera ó adversa, rarísima vez depende de una causa sola;

complícanse por lo comun varias, y de órden muy diverso; pero como no es

fácil seguir el hilo de los acontecimientos al traves de semejante

complicacion, se señala como causa principal, ó única, lo que quizas no

es otra cosa que un suceso determinante, ó una simple ocasion.

§ IV.

El aborrecido.

¿Veis á ese hombre á quién miran con desvío ó indiferencia sus antiguos

amigos, á quien profesan odio sus allegados, y que no encuentra en la

sociedad quien se interese por él? Si oís la explicacion en que él

señala las causas, estas no son otras que la injusticia de los hombres,

la envidia que no puede sufrir el resplandor del mérito ajeno, el

egoismo universal que no consiente el menor sacrificio ni aun á los que

mas obligacion tenian de hacerle, por parentesco, por amistad, por

gratitud: en una palabra, el infeliz es una víctima contra quien se ha

conjurado el humano linaje, obstinado en no reconocer el alto mérito,

las virtudes, la bella índole del infortunado. ¿Qué habrá de verdad en

la relacion? Quizas no será difícil descubrirlo en la misma apología;

quizas no sea difícil notar la vanidad insufrible, el carácter áspero,

la petulancia, la maledicencia, que le habrán atraido el odio de los

unos, el desvío de los otros, y que habrán acabado por dejarle en el

aislamiento de que injustamente se lamenta.

§ V.

El arruinado.

¿Habeis oido á ese otro cuya fortuna han arruinado la excesiva bondad

propia, ó la infidelidad de un amigo, ó una desgracia imprevista,

echándole á perder combinaciones sumamente acertadas, proyectos llenos

de prevision y sagacidad? Pues, si alcanzais á procuraros noticias sobre

su conducta, no será extraño que descubrais las verdaderas causas, por

cierto muy distantes de lo que él se imagina.

En efecto, podrá suceder muy bien que haya mediado la infidelidad de un

amigo, que haya ocurrido la desgracia imprevista; podrá ser mucha verdad

que su corazon sea excesivamente bueno, es decir que será muy posible

que en su relacion no haya mentido; pero no será extraño que en esa

misma relacion se os presenten de bulto las causas de su desgracia; que

en su concepcion tan superficial como rápida, en su juicio

extremadamente lijero, en su discurrir especioso y sofístico, en su

prurito de proyectar á la aventura, en la excesiva confianza de sí

mismo, en el menosprecio de las observaciones ajenas, en la

precipitacion y osadía de su proceder, halleis mas que suficiente causa

para haberse arruinado, sin la bondad de su corazon, sin la infidelidad

del amigo, sin la desgracia imprevista. Esta desgracia, léjos de ser

puramente casual, habrá dependido quizas de un órden de causas que

estaban obrando hace largo tiempo, y la infidelidad del amigo, no

hubiera sido difícil preverla, y evitar sus tristes consecuencias, si el

interesado hubiese procedido con mas tiento en depositar su confianza, y

en observar el uso que se hacia de ella.

§ VI.

El instruido quebrado y el ignorante rico.

¿Cómo es posible que ese hombre tan despejado, tan penetrante, tan

instruido, no haya podido mejorar su fortuna, ó haya perdido la que

tenia, cuando ese otro tan encogido, tan torpe, tan rudo, ha hecho

inconcebibles progresos en la suya? ¿No debe esto atribuirse á la

casualidad, á fatalidades, á mala estrella? Así se habla muchas veces,

sin reflexionar que se confunden lastimosamente las ideas, y se quieren

enlazar con íntima dependencia causas y efectos que no tienen ninguna

relacion.

En verdad que el uno es despejado y el otro encogido, que el uno parece

penetrante y el otro torpe; que el uno es instruido y el otro rudo; pero

¿de qué sirven ni ese despejo, ni esa aparente penetracion, ni esa

instruccion para el efecto de que se trata? Es cierto que si se ofrece

figurar en sociedad, el primero se presentará con mas garbo y soltura

que el segundo: que si es necesario sostener una conversacion, aquel

brillará mucho mas que este, que su palabra será mas fácil, sus ideas

mas variadas, sus observaciones mas picantes, sus réplicas mas prontas y

agudas; que el rico en cuestion no entenderá quizas una palabra del

mérito de tal ó cual novela, de tal ó cual drama; que conocerá poco la

historia, y se quedará estupefacto al oir al comerciante quebrado

explicarse como un portento de erudicion y de saber; es cierto que no

sabrá tanto de política, ni de administracion, ni de hacienda, que no

poseerá tantos idiomas; pero, ¿se trataba por ventura de nada de eso,

cuando se ofrecia dar buena direccion á los negocios? No ciertamente.

Cuando pues se pondera el mérito del uno, y se manifiesta extrañeza

porque la suerte no le ha sido favorable, se pasa de un órden á otro muy

diferente, se quiere que ciertos efectos procedan de causas con las que

nada tienen que ver.

Observad atentamente á estos dos hombres tan desiguales en su fortuna,

reflexionad sobre las cualidades de ambos, ved sobre todo si podeis

hacer la experiencia en vista de un negocio que incumba á los dos; y no

os será difícil inferir que así la prosperidad del uno como la ruina del

otro, nacen de causas sumamente naturales.

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