Inferiremos de lo dicho, que los escritores ú oradores dotados de

grandes cualidades para interesar y seducir, son una verdadera calamidad

pública, cuando las emplean en defensa del error. ¿Qué importa el

brillo, si solo sirve á deslumbrar y perder? Las naciones modernas han

olvidado estas verdades, al resucitar entre ellas la elocuencia popular

que tanto dañó á las antiguas repúblicas; en las asambleas deliberantes

donde se ventilan los altos negocios del estado, donde se falla sobre

los grandes intereses de la sociedad, no debiera resonar otra voz que la

de una razon clara, sesuda, austera. La verdad es la misma, la realidad

de las cosas no se muda, porque se haya excitado el entusiasmo de la

asamblea y de los espectadores, y se haya decidido una votacion con los

acentos de un orador fogoso. Es ó no verdad lo que se sustenta, es ó no

útil lo que se propone, hé aquí lo único á que se ha de atender; lo

demas es extraviarse miserablemente, es olvidarse del fin de la

deliberacion, es jugar con los grandes intereses de la sociedad, es

sacrificarlos al pueril prurito de ostentar dotes oratorias, á la

mezquina vanidad de arrancar aplausos.

Ya se ha observado que todas las asambleas, y muy particularmente en el

principio de las revoluciones, adolecen de espíritu de invasion, y se

distinguen por sus resoluciones desatinadas. La sesion comienza tal vez

con felices auspicios, pero de repente toma un sesgo peligroso; los

ánimos se conmueven, la mente se ofusca, la exaltacion sube de punto,

llega á rayar en frenesí; y una reunion de hombres que por separado

habrian sido razonables, se convierten en una turba de insensatos y

delirantes. La causa es obvia; la impresion del momento es viva;

prepondera sobre todo, lo señorea todo con la simpatía natural al

hombre, se propaga como un flúido eléctrico, y corriendo adquiere

velocidad y fuerza; lo que al principio era una chispa, es á pocos

momentos una conflagracion espantosa.

El tiempo, los desengaños y escarmientos amaestran algun tanto á las

naciones, haciendo que se vaya embotando la sensibilidad, y no sea tan

peligrosa la fascinacion oratoria: triste remedio para el mal, la

repeticion de sus daños. Como quiera, ya que no es posible cambiar el

corazon de los hombres, serán dignos de gloria y prez los oradores

esclarecidos, que emplean en defensa de la verdad y de la justicia las

mismas armas que otros usan en pro del error y del crímen. Al lado del

veneno la Providencia suele colocar el antídoto.

§ XIII.

Ilusion causada por los pensamientos revestidos de imágenes.

A mas del peligro de errar que consigo trae la mocion de los afectos,

hay otro tal vez ménos reparado, y que sin embargo es de mucha

trascendencia, cual es el de los pensamientos revestidos con una imágen

brillante. Es indecible el efecto que este artificio produce; tal

pensamiento no mas que superficial, pasa por profundo, merced á su

disfraz grave y filosófico; tal otro que presentado desnudo fuera una

vulgaridad, mostrándose con nobles atavíos oculta su orígen plebeyo; y

una proposicion que enunciada con sequedad mostraria de bulto que es

inexacta ó falsa, ó quizas un solemne despropósito, es contada entre las

verdades que no consienten duda, si anda cubierta con ingenioso velo.

He dicho que los daños en este punto son de mucha trascendencia, porque

suelen adolecer de semejante defecto los autores profundos y

sentenciosos; y como quiera que sus palabras se escuchan con tanto mas

respeto y acatamiento, cuanto es mas fuerte el tono de conviccion con

que se expresan, resulta que el lector incauto recibe como axioma

inconcuso, ó máxima de eterna verdad, lo que á veces no es mas que un

sueño del pensador, ó un lazo tendido adrede á la buena fe de los poco

avisados[19].

CAPÍTULO XX.

FILOSOFÍA DE LA HISTORIA.

§ I.

En qué consiste la filosofía de la historia. Dificultad de adquirirla.

No trato aquí de la historia bajo el aspecto crítico, sino únicamente

bajo el filósofo. Lo relativo á la simple investigacion de los hechos

está explicado en el cap. XI.

¿Cuál es el método mas á propósito para comprender el espíritu de una

época, formarse ideas claras y exactas sobre su carácter, penetrar las

causas de los acontecimientos, y señalar á cada cual sus propios

resultados? Esto equivale á preguntar cuál es el método conveniente para

adquirir la verdadera filosofía de la historia.

¿Será con la eleccion de los buenos autores? ¿pero cuáles son los

buenos? ¿quién nos asegura que no los ha guiado la pasion? ¿quién sale

fiador de su imparcialidad? ¿cuántos son los que han escrito la historia

del modo que se necesita para enseñarnos la filosofía que le

corresponde? Batallas, negociaciones, intrigas palaciegas, vidas y

muertes de principes, cambios de dinastías, de formas políticas, á esto

se reducen la mayor parte de las historias; nada que nos pinte al

individuo con sus ideas, sus afectos, sus necesidades, sus gustos, sus

caprichos, sus costumbres; nada que nos haga asistir á la vida íntima de

las familias y de los pueblos; nada que en el estudio de la historia nos

haga comprender la marcha de la humanidad. Siempre en la política, es

decir, en la superficie; siempre en lo abultado y ruidoso, nunca en las

entrañas de la sociedad, en la naturaleza de las cosas, en aquellos

sucesos que por recónditos y de poca apariencia, no dejan de ser de la

mayor importancia.

En la actualidad se conoce ya este vacío, y se trabaja por llenarle. No

se escribe la historia sin que se procure filosofar sobre ella. Esto que

en sí es muy bueno, tiene otro inconveniente, cual es, que en lugar de

la verdadera filosofía de la historia se nos propina con frecuencia la

filosofía del historiador. Mas vale no filosofar que filosofar mal; si

queriendo profundizar la historia la trastorno, preferible seria que me

atuviese al sistema de nombres y fechas.

§ II.

Se indica un medio para adelantar en la filosofía de la historia.

Preciso es leer las historias, y á falta de otras, debe uno atenerse á

las que existen; sin embargo yo me inclino á que este estudio no basta

para aprender la filosofía de la historia. Hay otro mas á propósito, y

que hecho con discernimiento, es de un efecto seguro: el estudio

inmediato de los monumentos de la época. Digo _inmediato_, esto es, que

conviene no atenerse á lo que nos dice de ellos el historiador, sino

verlos con los propios ojos.

Pero este trabajo, se me dirá, es muy pesado, para muchos imposible,

difícil para todos. No niego la fuerza de esta observacion; pero

sostengo que en muchos casos, el método que propongo ahorra tiempo y

fatigas. La vista de un edificio, la lectura de un documento, un hecho,

una palabra al parecer insignificantes y en que no ha reparado el

historiador, nos dicen mucho mas y mas claro, y mas verdadero y exacto,

que todas sus narraciones.

Un historiador se propone retratarme la sencillez de las costumbres

patriarcales; recoge abundantes noticias sobre los tiempos mas remotos,

y agota el caudal de su erudicion, filosofía y elocuencia, para hacerme

comprender lo que eran aquellos tiempos y aquellos hombres, y ofrecerme

lo que se llama una descripcion completa. A pesar de cuanto me dice, yo

encuentro otro medio mas sencillo, cual es el asistir á las escenas

donde se me presenta en movimiento y vida lo que trato de conocer. Abro

los escritores de aquellas épocas, que no son ni en tanto número, ni tan

voluminosos, y allí encuentro retratos fieles que enseñan y deleitan. La

Biblia y Homero nada me dejan que desear.

§ III.

Aplicacion á la historia del espíritu humano.

La inteligencia humana tiene su historia, como la tienen los sucesos

exteriores; historia tanto mas preciosa, cuanto nos retrata lo mas

íntimo del hombre, y lo que ejerce sobre él poderosa influencia.

Hállanse á cada paso descripciones de escuelas, y del carácter y

tendencia del pensamiento en esta ó aquella época; es decir que son

muchos los historiadores del entendimiento; pero si se desea saber algo

mas que cuatro generalidades, siempre inexactas, y á menudo totalmente

falsas, es preciso aplicar la regla establecida: leer los autores de la

época que se desea conocer. Y no se crea que es absolutamente necesario

revolverlos todos, y que así este método se haga impracticable para el

mayor número de los lectores; una sola página de un escritor nos pinta

mas al vivo su espíritu y su época que cuanto podrian decirnos los mas

minuciosos historiadores.

§ IV.

Ejemplo sacado de las fisonomías, que aclara lo dicho sobre el modo de

adelantar en la filosofía de la historia.

Si el lector se contenta con lo que le dicen los otros, y no trata de

examinarlo por sí mismo, logrará tal vez un conocimiento _histórico_,

pero no _intuitivo_: _sabrá_ lo que son los hombres y las cosas, pero no

lo _verá_: dará razon de la cosa, pero no será capaz de pintarla. Una

comparacion aclarará mi pensamiento. Supongamos que se me habla de un

sugeto importante que no puedo tratar ni ver, y curioso yo de saber algo

de su figura y modales, pregunto á los que le conocen personalmente. Me

dirán, por ejemplo, que es de estatura mas que mediana, de espaciosa y

despejada frente, cabello negro y caido con cierto desórden, ojos

grandes, mirada viva y penetrante, color pálido, facciones animadas y

expresivas; que en sus labios asoma con frecuencia la sonrisa de la

amabilidad, y que de vez en cuando anuncia algo de maligno; que su

palabra es mesurada y grave, pero que con el calor de la conversacion se

hace rápida, incisiva y hasta fogosa; y así me irán ofreciendo un

conjunto físico y moral para darme la idea mas aproximada posible; si

supongo que estas y otras noticias son exactas, que se me ha descrito

con toda fidelidad el original, tengo una idea de lo que es la persona

que llamaba mi curiosidad, y podré dar cuenta de ella á quien como yo

estuviese deseoso de conocerla. Pero ¿es esto bastante para formar un

concepto cabal de la misma, para que se me presente á la imaginacion

tal como es en sí? Ciertamente que no. ¿Quereis una prueba? Suponed que

el que ha oido la relacion es un retratista de mucho mérito; ¿será capaz

de retratar á la persona descrita? Que lo intente, y concluida la obra,

preséntese de improviso el original, es bien seguro que no se le

conocerá por la copia.

Todos habremos experimentado por nosotros mismos esta verdad: cien y

cien veces habremos oido explicar la fisonomía de una persona; á nuestro

modo nos hemos formado en la imaginacion una figura en la cual hemos

procurado reunir las cualidades oidas; pues bien, cuando se presenta la

persona, encontramos tanta diferencia que nos es preciso retocar mucho

el trabajo, si no destruirle totalmente. Y es que hay cosas de que es

imposible formarse idea clara y exacta sin tenerlas delante; y las hay

en gran número, y sumamente delicadas, imperceptibles por separado y

cuyo conjunto forma lo que llamamos la fisonomía. ¿Cómo explicaréis la

diferencia de dos personas muy semejantes? No de otra manera que

viéndolas: se parecen en todo, no sabriais decir en qué discrepan; pero

hay alguna cosa que no las deja confundir: á la primera ojeada lo

percibís, sin atinar lo que es.

Hé aquí todo mi pensamiento. En las obras críticas se nos ofrecen

extensas y tal vez exactas descripciones del estado del entendimiento en

tal ó cual época; y á pesar de todo no la conocemos aun: si se nos

presentasen trozos de escritores de tiempos diferentes, no acertaríamos

á clasificarlos cual conviene; nos fatigaríamos en recordar las

cualidades de unos y otros, pero esto no nos evitaria el caer en

equivocaciones groseras, en disparatados anacronismos. Con mucho ménos

trabajo saliéramos airosos del empeño si hubiésemos leido los autores de

que se trata: quizas no disertaríamos con tanto aparato de erudicion y

crítica; pero juzgaríamos con harto mas acierto. «El giro del

pensamiento, diríamos, el estilo, el lenguaje revelan un escritor de tal

época; este trozo es apócrifo, aquí se descubre la mano de tal otro

tiempo;» y así andaríamos clasificando sin temor de equivocarnos, por

mas que no pudiésemos hacernos comprender bien de aquellos que como

nosotros, no conociesen de vista á aquellos personajes. Si entónces se

nos dijera: «y tal cualidad, ¿cómo es que no se encuentra aquí? ¿porqué

tal otra se halla en mayor grado? porqué?...» «Imposible será,»

replicaríamos quizas nosotros, «satisfacer todos los escrúpulos de V.;

lo que puedo asegurar es, que los personajes que figuran aquí los tengo

bien conocidos; y que no puedo equivocarme sobre los rasgos de su

fisonomía, porque los he visto muchas veces.»

CAPÍTULO XXI.

RELIGION.

§ I.

Insensato discurrir de los indiferentes en materias de religion.

Impropio fuera de este lugar, un tratado de religion, pero no lo serán

algunas reflexiones para dirigir el pensamiento en esta importantísima

materia. De ellas resultará que los indiferentes ó incrédulos son

pésimos pensadores.

La vida es breve, la muerte cierta: de aquí á pocos años el hombre que

disfruta de la salud mas robusta y lozana, habrá descendido al sepulcro,

y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religion

sobre los destinos de la otra vida. Si no creo, mi incredulidad, mis

dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo

insensato, no destruyen la realidad de los hechos: si existe otro mundo

donde se reservan premios al bueno, y castigos al malo, no dejará

ciertamente de existir porque á mí me plazca el negarlo; y ademas esta

caprichosa negativa no mejorará el destino que segun las leyes eternas

me haya de caber. Cuando suene la última hora, será preciso morir, y

encontrarme con la nada ó con la eternidad. Este negocio es

exclusivamente mio, tan mio, como si yo existiera solo en el mundo:

nadie morirá por mí; nadie se pondrá en mi lugar en la otra vida,

privándome del bien, ó librándome del mal. Estas consideraciones me

muestran con toda evidencia, la alta importancia de la religion; la

necesidad que tengo de saber lo que hay de verdad en ella; y que si

digo, «sea lo que fuere de la religion, no quiero pensar en ella,» hablo

como el mas insensato de los hombres.

Un viajero encuentra en su camino un rio caudaloso; le es preciso

atravesarle, ignora si hay algun peligro en este ó aquel vado, y está

oyendo que muchos que se hallan como él á la orilla, ponderan la

profundidad del agua en determinados lugares, y la imposibilidad de

salvarse el temerario que á tantearlos se atreviese. El insensato dice:

«¿qué me importan á mí esas cuestiones?» y se arroja al rio sin mirar

por dónde. Hé aquí al indiferente en materias de religion.

§ II.

El indiferente y el género humano.

La humanidad entera se ha ocupado y se está ocupando de la religion; los

legisladores la han mirado como el objeto de la mas alta importancia;

los sabios la han tomado por materia de sus mas profundas meditaciones;

los monumentos, los códigos, los escritos de las épocas que nos han

precedido, nos muestran de bulto este hecho, que la experiencia cuida de

confirmar; se ha discurrido y disputado inmensamente sobre la religion;

las bibliotecas estan atestadas de obras relativas á ella; y hasta en

nuestros dias la prensa va dando otras á luz en número muy crecido:

cuando pues viene el indiferente y dice: «todo esto no merece la pena de

ser examinado; yo juzgo sin oir, estos sabios son todos unos mentecatos,

estos legisladores unos necios, la humanidad entera es una miserable

ilusa, todos pierden lastimosamente el tiempo en cuestiones que nada

importan;» ¿no es digno de que esa humanidad, y esos sabios, y esos

legisladores, se levanten contra él, arrojen sobre su frente el borron

que él les ha echado, y le digan á su vez: «¿quién eres tú que así nos

insultas, que así desprecias los sentimientos mas íntimos del corazon, y

todas las tradiciones de la humanidad? ¿que así declaras frívolo lo que

en toda la redondez de la tierra se reputa grave é importante? ¿quién

eres tú? ¿Has descubierto por ventura el secreto de no morir? miserable

monton de polvo, ¿olvidas que bien pronto te dispersará el viento? Débil

criatura, ¿cuentas acaso con medios para cambiar tu destino en esa

region que desconoces; la dicha ó la desdicha ¿son para tí indiferentes?

Si existe ese juez, de quien no quieres ocuparte, ¿esperas que se dará

por satisfecho, si al llamarte á juicio le respondes: «¿y á mí qué me

importaban vuestros mandatos, ni vuestra misma existencia?» Antes de

desatar tu lengua con tan insensatos discursos, date una mirada á tí

mismo; piensa en esa débil organizacion que el mas leve accidente es

capaz de trastornar, y que brevísimo tiempo ha de bastar á consumir; y

entónces siéntate sobre una tumba, recógete y medita.

§ III.

Tránsito del indiferentismo al exámen. Existencia de Dios.

Curado el buen pensador del achaque de indiferentismo, convencido

profundamente de que la religion es el asunto de mas elevada

importancia, debiera pasar mas adelante y discurrir de esta manera: ¿Es

probable que todas las religiones no sean mas que un cúmulo de errores,

y que la doctrina que las rechaza á todas sea verdadera?

Lo primero que las religiones establecen ó suponen, es la existencia de

Dios. ¿Existe Dios? ¿Existe algun Hacedor del universo? Levanta los ojos

al firmamento, tiéndelos por la faz de la tierra, mira lo que tú mismo

eres; y viendo por todas partes grandor y órden, dí, si te atreves: «el

acaso es quien ha hecho el mundo; el acaso me ha hecho á mí; el edificio

es admirable, pero no hay arquitecto; el mecanismo es asombroso, pero no

hay artífice; el órden existe sin ordenador, sin sabiduría para concebir

el plan, sin poder para ejecutarle.» Este raciocinio que tratándose de

los mas insignificantes artefactos, seria despreciable y hasta contrario

al sentido comun, ¿se podrá aplicar al universo? Lo que es insensato con

respecto á lo pequeño, ¿será cuerdo con relacion á lo grande?

§ IV.

No es posible que todas las religiones sean verdaderas.

Son muchas y muy varias las religiones que dominan en los diferentes

puntos de la tierra; ¿seria posible que todas fuesen verdaderas? El sí y

el no, con respecto á una misma cosa, no puede ser verdadero á un mismo

tiempo. Los judíos dicen que el Mesías no ha venido, los cristianos

afirman que sí; los musulmanes respetan á Mahoma como insigne profeta,

los cristianos le miran como solemne impostor; los católicos sostienen

que la Iglesia es infalible en puntos de dogma y de moral, los

protestantes lo niegan; la verdad no puede estar por ambas partes, unos

ú otros se engañan. Luego es un absurdo el decir que todas las

religiones son verdaderas.

Ademas, toda religion se dice bajada del cielo: la que lo sea, será la

verdadera, las restantes no serán otra cosa que ilusion ó impostura.

§ V.

Es imposible que todas las religiones sean igualmente agradables á Dios.

¿Es posible que todas las religiones sean igualmente agradables á Dios,

y que se dé igualmente por satisfecho con todo linaje de cultos? No. A

la verdad infinita no puede serle acepto el error, á la bondad infinita

no puede serle grato el mal: luego el afirmar que todas las religiones

son igualmente buenas, que con todos los cultos el hombre llena bien sus

deberes para con Dios, es blasfemar de la verdad y bondad del Criador.

§ VI.

Es imposible que todas las religiones sean una invencion humana.

¿No seria lícito pensar que no hay ninguna religion verdadera, que todas

son inventadas por el hombre? No. ¿Quién fué el inventor? El origen de

las religiones se pierde en la noche de los tiempos: allí donde hay

hombres, allí hay sacerdote, altar y culto. ¿Quién seria ese inventor,

cuyo nombre se habria olvidado, y cuya invencion se habria difundido por

toda la tierra, comunicándose á todas las generaciones? Si la invencion

tuvo lugar entre pueblos cultos, ¿cómo se logró que la adoptasen los

bárbaros y hasta los salvajes? Si nació entre bárbaros, ¿cómo no la

rechazaron las naciones cultas? Diréis que fué una necesidad social, y

que su orígen está en la misma cuna de la sociedad. Pero entónces se

puede preguntar, ¿quién conoció esta necesidad, quién discurrió los

medios de satisfacerla, quién excogitó un sistema tan á propósito para

enfrenar y regir á los hombres? y una vez hecho el descubrimiento,

¿quién tuvo en su mano todos los entendimientos y todos los corazones,

para comunicarles esas ideas y sentimientos que han hecho de la religion

una verdadera necesidad, y, por decirlo así, una segunda naturaleza?

Vemos á cada paso que los descubrimientos mas útiles, mas provechosos,

mas necesarios, permanecen limitados á esta ó aquella nacion, sin

extenderse á las otras durante mucho tiempo, y no propagándose sino con

suma lentitud á las mas inmediatas ó relacionadas; ¿cómo es que no haya

sucedido lo mismo en lo tocante á la religion? ¿cómo es que de la

invencion maravillosa hayan tenido conocimiento todos los pueblos de la

tierra, sea cual fuere su pais, lengua, costumbres, barbarie ó

civilizacion, grosería ó cultura?

Aquí no hay medio: ó la religion procede de una revelacion primitiva, ó

de una inspiracion de la naturaleza; en uno y otro caso hallamos su

orígen divino; si hay revelacion, Dios ha hablado al hombre, si no la

hay, Dios ha escrito la religion en el fondo de nuestra alma. Es

indudable que la religion no puede ser invencion humana, y que á pesar

de lo desfigurada y adulterada que la vemos en diferentes tiempos y

paises, se descubre en el fondo del corazon humano un sentimiento

descendido de lo alto: al traves de las monstruosidades que nos presenta

la historia, columbramos la huella de una revelacion primitiva.

§ VII.

La revelacion es posible.

¿Es posible que Dios haya revelado algunas cosas al hombre? Sí. El que

nos ha dado la palabra no estará privado de ella; si nosotros poseemos

un medio de comunicarnos recíprocamente nuestros pensamientos y afectos,

Dios todopoderoso é infinitamente sabio, no carecerá seguramente de

medios para trasmitirnos lo que fuere de su agrado. Ha criado la

inteligencia, ¿y no podria ilustrarla?

§ VIII.

Solucion de una dificultad contra la revelacion.

Pero Dios, objetará el incrédulo, es demasiado grande para humillarse á

conversar con su criatura; mas entónces tambien deberíamos decir, que

Dios es demasiado grande para haberse ocupado en criarnos. Criándonos

nos sacó de la nada, revelándonos alguna verdad perfecciona su obra; ¿y

cuándo se ha visto que un artífice desmereciese por mejorar su

artefacto? Todos los conocimientos que tenemos nos vienen de Dios,

porque él es quien nos ha dado la facultad de conocer, y él es quien, ó

ha grabado en nuestro entendimiento las ideas, ó ha hecho que pudiéramos

adquirirlas por medios que todavía se nos ocultan. Si Dios nos ha

comunicado un cierto órden de ideas, sin que nada haya perdido de su

grandor, es un absurdo el decir que se rebajaria si nos trasmitiese

otros conocimientos por conducto distinto del de la naturaleza. Luego

la revelacion es posible; luego quien dudare de esta posibilidad, ha de

dudar al mismo tiempo de la omnipotencia, hasta de la existencia de

Dios.

§ IX.

Consecuencias de los párrafos anteriores.

Importa muchísimo el encontrar la verdad en materias de religion (§ 1 y

2); todas las religiones no pueden ser verdaderas (§ 4); si hubiese una

revelada por Dios, aquella seria la verdadera (§ 4); la religion no ha

podido ser invencion humana (§ 6). La revelacion es posible (§ 7); lo

que falta pues averiguar es, si esta revelacion existe y dónde se halla.

§ X.

Existencia de la revelacion.

¿Existe la revelacion? Por el pronto salta á los ojos un hecho que da

motivo á pensar que sí. Todos los pueblos de la tierra hablan de una

revelacion; y la humanidad no se concierta para tramar una impostura.

Esto prueba una tradicion primitiva, cuya noticia ha pasado de padres á

hijos, y que si bien ofuscada y adulterada, no ha podido borrarse de la

memoria de los hombres.

Se objetará que la imaginacion ha convertido en voces el ruido del

viento, y en apariciones misteriosas los fenómenos de la naturaleza; y

así el débil mortal se ha creido rodeado de seres desconocidos que le

dirigian la palabra, y le descubrian los arcanos de otros mundos. No

puede negarse que la objecion es especiosa; sin embargo no será difícil

manifestar, que es del todo insubsistente y fútil.

El Criterio · 第 12 / 21 段