haya debido modificar sus opiniones políticas. Reúnese con sus amigos,
la conversacion gira sobre las últimas ocurrencias, y se eleva poco á
poco hasta la region de las teorias de gobierno. Don Marcelino ya no
será absolutista del otro dia. ¡Qué escándalo, dice uno de los
circunstantes, yo no puedo recordarlo sin detestar esas
trampas!--Ciertamente, responde D. Marcelino, pero en todo hay
inconvenientes; mire V., el absolutismo proporciona quietud, pero ¿qué
sé yo? tambien tiene sus cosas. A los hombres no conviene gobernarlos
con palo; y al fin es necesario no olvidar la dignidad propia.--¿Pero la
olvidan por ventura los que viven bajo un gobierno absoluto?--Yo no digo
eso, pero sí que es préciso no precipitarse en condenar las formas
representativas; porque no puede negarse que las absolutas tienen cierta
rigidez, de que se resienten hasta las últimas ruedas del gobierno.
El lector conocerá que D. Marcelino, sin advertirlo siquiera, piensa en
la escena del pasaporte; el rudo _atras_ del granadero, el grito del
centinela, _paisano, la capa_, la descortesia de los esbirros y del
oficial, han bastado para introducir en sus ideas políticas una reforma
de alguna consideracion.
Desgraciadamente el oficial de la policía habia llevado muy léjos sus
sospechas. Librado el pasaporte, no pudo ménos de indicar á su principal
que se le habia presentado un sugeto, de quien recelaba, segun las
señas, no fuese uno de los que buscaba la autoridad. Sin saber cómo, en
el acto de subir D. Marcelino á la diligencia es detenido, conducido á
la cárcel, y allí se le fuerza á pasar algunos dias, sin que basten á
libertarle las vehementes presunciones que en su favor ofrecen, un traje
muy decente y cómodo, un cuerpo bien nutrido, y un semblante pacato. No
se necesitaba mas para que acabasen de desplomarse con estrépito sus
convicciones absolutistas, ya algo desmoronadas con el negocio del
pasaporte. Lo brusco de la captura, lo incómodo de la cárcel, lo pesado
y quisquilloso y ofensivo de los interrogatorios, bastan y sobran para
que salga D. Marcelino de la prision con su liberalismo rejuvenecido,
con su aficion á la tabla de derechos, con su odio á la arbitrariedad,
con su aversion al gobierno militar, con su vehemente deseo de que la
seguridad personal y demas garantías constitucionales sean una verdad.
Su fe política es en la actualidad muy viva; en cuanto á firmeza,
aguardad que vengan otras elecciones, ó que un dia de ruido le asusten
las carreras y los gritos de la calle. Será dificil que las nuevas
convicciones resistan á tan dura prueba.
§ V.
Anselmo. Sus variaciones sobre la pena de muerte.
Anselmo, jóven aficionado al estudio de las altas cuestiones de
legislacion, acaba de leer un elocuente discurso en contra de la pena de
muerte. Lo irreparable de la condenacion del inocente, lo repugnante y
horroroso del suplicio, aun cuando lo sufra el verdadero culpable, la
inutilidad de tal castigo para extirpar ni disminuir el crímen, todo
está pintado con vivos colores, con pinceladas magníficas; todo realzado
con descripciones patéticas, con anécdotas que hacen estremecer. El
jóven se halla profundamente conmovido, imagínase que medita, y no hace
mas que _sentir_; cree ser un filósofo que juzga, cuando no es mas que
un hombre que se _compadece_. En su concepto la pena de muerte es
inútil; y aun cuando no fuera injusta, es bastante la inutilidad para
hacer su aplicacion altamente criminal. Este es un punto en que la
sociedad debe reflexionar seriamente para libertarse de esa costumbre
cruel que le han legado generaciones ménos ilustradas. Las convicciones
del nuevo adepto nada dejan que desear; en ellas se combinan razones
sociales y humanitarias; al parecer, nada fuera capaz de conmoverlas.
El jóven filósofo habla sobre el particular con un magistrado de
profundo saber y dilatada experiencia, quien opina que la abolicion de
la pena de muerte es una ilusion irrealizable. Desenvuelve en primer
lugar los principios de justicia en que se funda, pinta con vivos
colores las fatales consecuencias que resultarian de semejante paso,
retrata á los hombres desalmados, burlándose de toda otra pena que no
sea el último suplicio, recuerda las obligaciones de la sociedad en la
proteccion del débil y del inocente, refiere algunos casos desastrosos
en que resaltan la crueldad del malvado y los padecimientos de la
víctima; el corazon del jóven ya experimenta impresiones nuevas; una
santa indignacion levanta su pecho, el celo de la justicia le inflama;
su alma sensible se identifica y eleva con la del magistrado; se
enorgullece de saber dominar los sentimientos de injusta compasion, de
sacrificarlos en las aras de los grandes intereses de la humanidad; é
imaginándose ya sentado en un tribunal revestido con la toga de un
magistrado, parece que el corazon le dice: «sí, tambien sabrias ser
justo; tambien sabrias vencerte á tí mismo; tambien sabrias, si
necesario fuese, obedecer á los impulsos de tu conciencia, y con la mano
en el corazon, y la vista en Dios, pronunciar la sentencia fatal en
obsequio de la justicia.»
§ VI.
Algunas observaciones para precaverse del mal influjo del corazon.
Nada mas importante para pensar bien que el penetrarse de las
alteraciones que produce en nuestro modo de ver, la disposicion de
ánimo en que nos hallamos. Y aquí se encuentra la razon de que nos sea
tan difícil sobreponernos á nuestra época, á nuestras circunstancias
peculiares, á las preocupaciones de la educacion, al influjo de nuestros
intereses; de aquí procede que se nos haga tan duro el obrar y hasta el
pensar conforme á las prescripciones de la ley eterna, el comprender lo
que se eleva sobre la region del mundo material, el posponer lo presente
á lo futuro. Lo que está delante de nuestros ojos, lo que nos afecta en
la actualidad, hé aquí lo que comunmente decide de nuestros actos y aun
de nuestras opiniones.
Quien desea pensar bien, es preciso que se acostumbre á estar mucho
sobre sí, recordando continuamente esta importantísima verdad; es
necesario que se habitúe á concentrarse, á preguntarse con mucha
frecuencia: «¿tienes el ánimo bastante tranquilo? ¿no estás agitado por
alguna pasion que te presenta las cosas diferentes de lo que son en sí?
¿estás poseido de algun afecto secreto que sin sacudir con violencia tu
corazon le domina suavemente, por medio de una fascinacion que no
adviertes? En lo que ahora piensas, juzgas, preves, conjeturas, ¿obras
quizas bajo el imperio de alguna impresion reciente, que trastornando
tus ideas, te muestra trastornados los objetos? pocos dias, ó pocos
momentos ántes, ¿pensabas de esta manera? ¿Desde auándo has modificado
tus opiniones? ¿No es desde que un suceso agradable ó desagradable,
favorable ó adverso, han cambiado tu situacion? ¿Te has ilustrado mas
sobre la materia, has adquirido nuevos datos, ó tienes tan solo nuevos
intereses? ¿Qué es lo que ha sobrevenido, razones ó deseos? Ahora que
estás agitado por una pasion, señoreado por tus afectos, juzgas de esta
manera, y tu juicio te parece acertado; pero si con la imaginacion te
trasladas á una situacion diferente, si supones que ha trascurrido algun
tiempo, ¿conjeturas si las cosas se te presentarán bajo el mismo
aspecto, con el mismo color?»
No se crea que esta práctica sea imposible; cada cual puede probarlo por
experiencia propia, y echará de ver que le sirve admirablemente para
dirigir el entendimiento y arreglar la conducta. No llega por lo comun á
tan alto grado la exaltacion de nuestros afectos, que nos prive
completamente del uso de la razon; para semejantes casos no hay nada que
prescribir; porque entónces hay la enajenacion mental, sea duradera ó
momentánea. Lo que hacen ordinariamente las pasiones es ofuscar nuestro
entendimiento, torcer el juicio; pero no cegar del todo aquel, ni
destituirnos de este. Queda siempre en el fondo del alma una luz que se
amortigua, mas no se apaga; y el que brille mas ó ménos en las ocasiones
criticas, depende en buena parte del hábito de atender á ella, de
reflexionar sobre nuestra situacion, de saber dudar de nuestra aptitud
para pensar bien en el acto, de no tomar los chispazos de nuestro
corazon por luz suficiente para guiarnos, y de considerar que no son
propios sino para deslumbrarnos.
§ VII.
El amigo convertido en monstruo.
Que las pasiones nos ciegan es una verdad tan trivial, que nadie la
desconoce. Lo que nos falta no es el principio abstracto y vago, sino
una advertencia continuada de sus efectos, un conocimiento práctico,
minucioso, de los trastornos que esta maligna influencia produce en
nuestro entendimiento; lo que no se adquiere sin penoso trabajo, sin
dilatado ejercicio. Los ejemplos aducidos mas arriba manifiestan
bastante la verdad cuya exposicion me ocupa; no obstante creo que no
será inútil aclararla con algunos otros.
Tenemos un amigo cuyas bellas cualidades nos encantan, cuyo mérito nos
apresuramos á encomiar siempre que la ocasion se nos brinda, y de cuyo
afecto hácia nosotros no podemos dudar. Niéganos un dia un favor que le
pedimos, no se interesa bastante por la persona que le recomendamos,
recíbenos alguna vez con frialdad, nos responde con tono desabrido, ó
nos da otro cualquier motivo de resentimiento. Desde aquel instante
experimentamos un cambio notable en la opinion sobre nuestro amigo; tal
vez una revolucion completa. Ni su talento es tan claro, ni su voluntad
tan recta, ni su índole tan suave, ni su corazon tan bueno, ni su trato
tan dulce, ni su presencia tan afable; en todo hallamos que corregir,
que enmendar; en todo nos habíamos equivocado; el lance que nos afecta
ha descorrido el velo, nos ha sacado de la ilusion; y fortuna si el
hombre modelo no se ha trocado de repente en un monstruo.
¿Es probable que fuera tanto nuestro engaño? No: lo es sí que nuestro
afecto anterior no nos dejaba ver sus lunares; y que nuestro actual
resentimiento los exagera ó los finge. ¿Por ventura no creíamos posible
que el amigo pudiese negarse á prestar un favor, ó se portase mal en un
negocio, ó en un momento de mal humor se olvidase de su ordinaria
afabilidad y cortesía? Ciertamente que esto no era imposible á nuestros
ojos; si se nos hubiese preguntado sobre el particular, hubiéramos
respondido que era hombre, y por lo mismo estaba sujeto á flaquezas,
pero que esto nada rebajaba de sus excelentes prendas. Pues ahora,
¿porqué tanta exageracion? El motivo está patente; nos sentimos heridos;
y quien piensa, quien juzga, no es el entendimiento ilustrado con nuevos
datos, sino el corazon irritado, exasperado, quizas sediento de
venganza.
¿Queremos apreciar lo que vale nuestro nuevo juicio? hé aquí un medio
muy sencillo. Imaginémonos que el lance desagradable no ha pasado con
nosotros, sino con una persona que nos sea indiferente; aun cuando las
circunstancias sean las mismas, aun cuando las relaciones entre el amigo
ofensor y la persona ofendida, sean tan afectuosas y estrechas como las
que mediaban entre él y nosotros, ¿sacaremos del hecho las mismas
consecuencias? Es seguro que no: conoceremos que ha obrado mal, se lo
diremos quizas con libertad y entereza, habremos tal vez descubierto una
mala cualidad de su índole, que se nos habia ocultado; pero no
dejaremos por esto de reconocer las demas prendas que le adornan, no le
juzgaremos indigno de nuestro aprecio, proseguiremos ligados con él con
los mismos vínculos de amistad. Ya no será un hombre que nada tiene
laudable; sino una persona que dotada de mucho bueno, está sujeta á lo
malo. Y estas variaciones de juicio sucederán aun suponiendo al amigo
culpable en realidad, aun olvidando el ser muy fácil que nuestra pasion
ó interes nos hayan cegado lastimosamente, haciendo que no atendiésemos
á los gravísimos y justos motivos que le habrán impulsado á obrar de la
manera que nosotros reprendemos, haciéndonos prescindir de antecedentes
que conocíamos muy bien, de la conducta que nosotros hemos observado, y
en fin trastornando de tal manera nuestro juicio que un proceder muy
justo y razonable nos haya parecido el colmo de la injusticia, de la
perfidia, de la ingratitud. ¡Cuántas veces nos bastaria para rectificar
nuestro juicio, el mirar la cosa con ánimo sosegado, como negocio que no
nos interesara!
§ VIII.
Cavilosas variaciones de los juicios políticos.
¿Estan en el poder nuestros amigos políticos ó aquellos que mas nos
convienen, y dan algunas providencias contrarias á la ley? «Las
circunstancias, decimos, pueden mas que los hombres y las leyes; el
gobierno no siempre puede ajustarse á estricta legalidad: á veces lo mas
legal es lo mas ilegítimo; y ademas, así los individuos como los
pueblos, como los gobiernos, tienen un instinto de conservacion que se
sobrepone á todo; una necesidad, á cuya presencia ceden todas las
consideraciones y todos los derechos.» La infraccion de la ley ¿se ha
hecho con lisura, confesándola sin rodeos, y excusándose con la
necesidad? «Bien hecho, decimos; la franqueza es una de las mejores
prendas de todo gobierno; ¿de qué sirve engañar á los pueblos, y
empeñarse en gobernar con ficciones y mentiras?» ¿Se ha procurado no
quebrantar la ley? pero se la ha eludido con una cavilacion fútil,
interpretándola en sentido abiertamente contrario á la mente del
legislador? «La ocurrencia ha sido feliz, decimos, al ménos se muestra
tan profundo respeto á la ley, que no se le desmiente ni en la última
extremidad. La legalidad es cosa sagrada, contra la cual es preciso no
atentar nunca; no hace poco el gobierno que no pudiendo salvar el fondo,
deja intactas las formas. Si algo hay de arbitrariedad, al ménos no se
presenta con la irritante férula del despotismo. Esto es precioso para
la libertad de los pueblos.»
Los hombres del poder ¿son nuestros adversarios? El asunto es muy
diferente. «La ilegalidad no era necesaria; y ademas, aun cuando lo
fuese, la ley es ántes que todo. ¿Adónde vamos á parar, si se concede á
los gobiernos la facultad de quebrantarla, cuando lo juzguen necesario?
Esto equivale á autorizar el despotismo; ningun gobernante infringe las
leyes, sin decir que la infraccion está justificada por necesidad
urgente é indeclinable.»
El gobierno ¿ha confesado abiertamente la infraccion de la ley? «Esto es
intolereble, exclamamos: esto es añadir á la infraccion el insulto;
siquiera se hubiese echado mano de algun lijero disfraz ... es el último
extremo de la impudencia, es la ostentacion de la arbitrariedad mas
repugnante. Está visto, en adelante no será menester andarse en rodeos;
no hiciera mas el autócrata de las Rusias.»
¿El gobierno ha procurado salvar las formas, guardando cierta apariencia
de legalidad? «No hay peor despotismo, exclamamos, que el ejercido en
nombre de la ley; la infraccion no es ménos negra, por andar acompañada
de pérfida hipocresía. Cuando un gobierno en casos apurados quebranta la
ley, y lo confiesa paladinamente, parece que con su confesion pide
perdon al público, y le da una garantía de que el exceso no será
repetido; pero el cometer las ilegalidades á la sombra de la misma ley,
es profanarla torpemente, es abusar de la buena fe de los pueblos, es
abrir la puerta á todo linaje de desmanes. En no respetando la mente de
la ley, todo se puede hacer con la ley en la mano; basta asirse de una
palabra ambigua, para contrariar abiertamente todas las miras del
legislador.»
§ IX.
Peligros de la mucha sensibilidad. Los grandes talentos. Los poetas.
Hay errores de tanto bulto, hay juicios que llevan tan manifiesto el
sello de la pasion, que no alucinan á quien no esté cegado por ella. No
está la principal dificultad en semejantes casos; sino en aquellos en
que, por presentarse mas disfrazado, no se conoce el motivo que habrá
falseado el juicio. Desgraciadamente, los hombres de elevado talento
adolecen muy á menudo del defecto que estamos censurando. Dotados por lo
comun de una sensibilidad exquisita, reciben impresiones muy vivas, que
ejercen grande influencia sobre el curso de sus ideas y deciden de sus
opiniones. Su entendimiento penetrante encuentra fácilmente razones en
apoyo de lo que se propone defender, y sus palabras y escritos arrastran
á los demas con ascendiente fascinador.
Esta será sin duda la causa de la volubilidad que se nota en hombres de
genio reconocido; hoy ensalzan lo que mañana maldicen; hoy es para ellos
un dogma inconcuso, lo que mañana es miserable preocupacion. En una
misma obra se contradicen tal vez de una manera chocante, y os conducen
á consecuencias que jamas hubierais sospechado fueran conciliables con
sus principios. Os equivocariais si siempre achacaseis á mala fe estas
singulares anomalías: el autor habrá sostenido el sí y el no con
profunda conviccion; porque sin que él lo advirtiese, esta conviccion
solo dimanaba de un sentimiento vivo, exaltado; cuando su entendimiento
se explayaba con pensamientos admirables por su belleza y brillantez, no
era mas que un esclavo del corazon; pero esclavo hábil, ingenioso, que
correspondia á los caprichos de su dueño ofreciéndole exquisitas
labores.
Los poetas, los verdaderos poetas, es decir, aquellos hombres á quienes
ha otorgado el Criador elevada concepcion, fantasía creadora y corazon
de fuego, estan mas expuestos que los demas á dejarse llevar por las
impresiones del momento. No les negaré la facultad de levantarse á las
mas altas regiones del pensamiento, ni diré que les sea imposible
moderar el vuelo de su ingenio y adquirir el hábito de juzgar con
acierto y tino; pero á no dudarlo, habrán menester mas caudal de
reflexion y mayor fuerza de carácter, que el comun de los hombres.
§ X.
El poeta y el monasterio.
Un viajero poeta atravesando una soledad oye el tañido de una campana,
que le distrae de las meditaciones en que estaba embelesado. En su alma
no se alberga la fe, pero no es inaccesible á las inspiraciones
religiosas. Aquel sonido piadoso en el corazon del desierto, cambia de
repente la disposicion de su espíritu, y le lleva á saborearse en una
melancolía grave y severa. Bien pronto descubre la silenciosa mansion
donde buscan asilo, léjos del mundo, la inocencia y el arrepentimiento.
Llega, apéase, llama, con una mezcla de respeto y de curiosidad; y al
pisar los umbrales del monasterio se encuentra con un venerable anciano,
de semblante sereno, de trato cortes y afable. El viajero es obsequiado
con afectuosa cordialidad, es conducido á la iglesia, á los claustros, á
la biblioteca, á todos los lugares donde hay algo que admirar ó notar.
El anciano monje no se aparta de su lado, sostiene la conversacion con
discernimiento y buen gusto, se muestra tolerante con las opiniones del
recien venido, se presta á cuanto puede complacerle, y no se separa de
él, sino cuando suena la hora del cumplimiento de sus deberes. El
corazon del viajero está dulcemente conmovido: el silencio interrumpido
tan solo por el canto de los salmos; la muchedumbre de objetos
religiosos que inspiran recogimiento y piedad, unidos á las estimables
cualidades y á la bondad y condescendencia del anciano cenobita,
inspiran al corazon del viajero sentimientos de religion, de admiracion
y gratitud, que señorean vivamente su alma. Despidiéndose de su
venerable huésped, se aleja meditabundo, llevándose aquellos gratos
recuerdos que no olvidará en mucho tiempo. Si en semejante situacion de
espíritu, le place á nuestro poeta intercalar en sus relaciones de viaje
algunas reflexiones sobre los institutos religiosos, ¿qué os parece que
dirá? Es bien claro. Para él, la institucion estará en aquel monasterio,
y el monasterio estará personificado en el monje cuya memoria le
embelesa. Contad pues con un elocuente trozo en favor de los institutos
religiosos, un anatema contra los filósofos que los condenan, una
imprecacion contra las revoluciones que los destruyen, una lágrima de
dolor sobre las ruinas y las tumbas.
Pero ¡ay del monasterio, y de todos los institutos monásticos, si el
viajero se hubiese encontrado con un huésped de mal talante, de
conversacion seca y desabrida, poco aficionado á bellezas literarias y
artísticas, y de humor nada bueno para acompañar curiosos! A los ojos
del poeta, el monje desagradable habria sido la personificacion del
instituto; y en castigo del mal recibimiento, hubiera sido condenado
este género de vida, y acusado de abatir el espíritu, estrechar el
corazon, apartar del trato de los hombres, formar modales ásperos y
groseros, y acarrear innumerables males sin producir ningun bien. Y sin
embargo, la realidad de los casos habria permanecido la misma en uno y
otro supuesto: mediando solo la casualidad que deparara al viajero
acogida mas ó ménos halagüeña.
§ XI.
Necesidad de tener ideas fijas.
Las reflexiones que preceden, muestran la necesidad de tener ideas fijas
y opiniones formadas sobre las principales materias; y cuando esto no
sea dable, lo mucho que importa el abstenerse de improvisarlas,
abandonándonos á inspiraciones repentinas. Se ha dicho que los grandes
pensamientos nacen del corazon, y pudiera haberse añadido, que del
corazon nacen tambien los grandes errores. Si la experiencia no lo
hiciese palpable, la razon bastaria á demostrarlo. El corazon no piensa
ni juzga, no hace mas que sentir; pero el sentimiento es un poderoso
resorte que mueve el alma, y desplega y multiplica sus facultades.
Cuando el entendimiento va por el camino de la verdad y del bien, los
sentimientos nobles y puros contribuyen á darle fuerza y brio; pero los
sentimientos ignobles, ó depravados, pueden extraviar al entendimiento
mas recto. Hasta los sentimientos buenos, si se exaltan en demasía, son
capaces de conducirnos á errores deplorables.
§ XII.
Deberes de la oratoria, de la poesía, y de las bellas artes.
Nacen de aquí consideraciones muy graves sobre el buen uso de la
oratoria, y en general de todas las artes que ó llegan al entendimiento
por conducto del corazon, ó al ménos se valen de él como de un auxiliar
poderoso. La pintura, la escultura, la música, la poesía, la literatura
en todas sus partes, tienen deberes muy severos, que olvidan con
demasiada frecuencia. La verdad y la virtud, hé aquí los dos objetos á
que se han de dirigir: la verdad para el entendimiento, la virtud para
el corazon; hé aquí lo que han de proporcionar al hombre por medio de
las impresiones con que le embelesan. En desviándose de este blanco, en
limitándose á la simple produccion del placer, son estériles para el
bien, y fecundas para el mal.
El artista que solo se propone halagar las pasiones, corrompiendo las
costumbres, es un hombre que abusa de sus talentos y olvida la mision
sublime que le ha encomendado el Criador, al dotarle de facultades
privilegiadas que le aseguran ascendiente sobre sus semejantes; el
orador que sirviéndose de las galas de la diccion, y de su habilidad
para mover los afectos y hechizar la fantasía, procura hacer adoptar
opiniones erradas, es un verdadero impostor no ménos culpable que quien
emplea medios, quizas mas repugnantes, pero mucho ménos peligrosos. No
es lícito persuadir cuando no es lícito convencer; cuando la conviccion
es un engaño, la persuasion es una perfidia. Esta doctrina es severa,
pero indudable; los dictámenes de la razon no pueden ménos de ser
severos, cuando se ajustan á las prescripciones de la ley eterna, que es
severa tambien porque es justa é inmutable.