cuyas obras se imitan hasta el fastidio? La política, la filosofía, la
historia, ¿no cuentan tambien unos pocos adalides, cuyos nombres se
pronuncian sin cesar, y cuyas opiniones y lenguaje se adoptan sin
discernimiento? La _independiente_ Alemania, ¿no tiene sus escuelas
filosóficas, tan marcadas y caracterizadas como serlo pudieron las de
santo Tomas, Escoto y Suarez? ¿Qué son en Francia la turba de los
filósofos universitarios, sino humildes discípulos de Cousin? ¿y qué ha
sido Cousin á su vez sino un vicario de Hegel, y de Schelling? y su
filosofía, que tambien forceja por introducirse entre nosotros, ¿no
comienza con tono magistral, exigiendo respeto y deferencia, á manera de
ministerio sagrado que se dirige á la conversion de las gentes
sencillas? La mayor parte de los que profesan la filosofía de la
historia, ¿hacen mas que recitar trozos de las obras de Guizot, ó de
otros escritores muy contados? Los que se complacen en declamaciones
sobre elevados principios de legislacion, ¿no son con frecuencia
plagiarios de Becaria y Filangieri? Los utilitarios ¿nos dicen por
ventura otra cosa que lo que acaban de leer en Bentham? Los escritores
sobre derecho constitucional, ¿no tienen siempre en la boca á Benjamin
Constant?
Reconozcamos pues un hecho que tan de bulto se presenta, y no nos
lisonjeemos de haber destruido lo que es mas fuerte que nosotros, pero
guardémonos de sus malos efectos, en cuanto nos sea posible. Si á causa
de la debilidad de nuestras luces, estamos precisados á valernos de las
ajenas, no las recibamos tampoco con ignoble sumision, no abdiquemos el
derecho de examinar las cosas por nosotros mismos, no consintamos que
nuestro entusiasmo por ningun hombre llegue á tan alto punto, que sin
advertirlo le reconozcamos como oráculo infalible. No atribuyamos á la
criatura lo que es propio del Criador.
§ IV.
El talento de invencion. Carrera del ingenio.
Si el entendimiento es tal que pueda conducirse á sí mismo, si al
examinar las obras de los grandes escritores, se siente con fuerza para
imitarlos, y se encuentra entre ellos, no como pigmeo entre gigantes,
sino como entre sus iguales, entónces el método de invencion le conviene
de una manera particular, entónces no debe limitarse á _saber los
libros_, es preciso que _conozca las cosas_; no ha de contentarse con
seguir el camino trillado, sino que ha de buscar veredas que le lleven
mejor, mas recto, y si es posible á puntos mas elevados. No admita idea
sin analizar, ni proposicion sin discutir, ni raciocinio sin examinar,
ni regla sin comprobar; fórmese una ciencia propia, que le pertenezca
como su sangre, que no sea una simple recitacion de lo que ha leido,
sino el fruto de lo que ha observado y pensado.
¿Qué reglas deberá tener presentes? Las que se han señalado mas arriba
para todo pensador. El entrar en pormenores seria inútil y tal vez
imposible; que el empeño de trazar al genio una marcha fija, es no ménos
temerario que el de sujetar las expresiones de animada fisonomía al
mezquino círculo de compasados gestos. Cuando le veis abalanzarse brioso
á su gigantesca carrera, no le dirijais palabras insulsas, ni consejos
estériles, ni reglas que no ha de observar; decidle tan solo: «Imágen de
la divinidad, marcha á cumplir los destinos que te ha señalado el
Criador; no te olvides de tu principio y de tu fin; tú levantas el vuelo
y no sabes adónde vas: alza los ojos al cielo, y pregúntaselo á tu
Hacedor. Él te mostrará su voluntad; cúmplela fielmente; que en
cumplirla estan cifrados tu grandor y tu gloria[18].»
CAPÍTULO XIX.
EL ENTENDIMIENTO, EL CORAZON Y LA IMAGINACION.
§ I.
Discrecion en el uso de las facultades del alma. La reina Dido.
Alejandro.
He dicho (Cap. XII) que para conocer la verdad en ciertas materias, era
necesario desplegar á un mismo tiempo diferentes facultades del alma, y
entre ellas he contado el sentimiento. Ahora añadiré que si bien esto es
preciso cuando se trata de aquellas verdades, cuya naturaleza consiste
en relaciones con dicho sentimiento, como todo lo bello ó tierno, ó
melancólico ó sublime; no lo es cuando la verdad pertenece á un órden
distinto que nada tiene que ver con nuestra facultad de sentir.
Si quiero apreciar todo el mérito de Virgilio en el episodio de Dido, es
menester que no raciocine con sequedad, sino que imagine y sienta; pero
si me propongo juzgar bajo el aspecto moral la conducta de la reina de
Cartago, es preciso que me despoje de todo sentimiento, y que deje
encomendado á la fria razon el fallar conforme á los eternos principios
de la virtud.
Al leer á Quinto Curcio, admiro al héroe macedon, y me complazco en
verle cuando se arroja impávido al traves del Gránico, vence en Arbela,
persigue y anonada á Darío, y señorea el oriente. En todo esto hay
grandeza, hay rasgos que no fueran debidamente apreciados, si se cerrara
el corazon á todo sentimiento. La sublime narracion del sagrado Texto
(1. Mach. Cap. 1) no será estimada en su justo valor, por quien no haga
mas que analizar con frialdad. «Y sucedió que despues que Alejandro
Macedon, hijo de Filipo, que fué el primero que reinó en Grecia, salido
de la tierra de Cethim, derrotó á Dario rey de los Persas y de los
Medos, dió muchas batallas, y conquistó las fortalezas de todos, y mató
á los reyes de la tierra. Y pasó hasta los confines del mundo, y se
apoderó de los despojos de numerosas gentes, _y la tierra calló en su
presencia_....» Cuando uno llega á esta expresion, el libro se cae de
las manos, y el asombro se apodera del alma. En presencia de un hombre
_la tierra calló_..... Sintiendo con viveza la fuerza de esta imágen, se
forma la mayor idea que formarse pueda del héroe conquistador. Si para
conocer esta verdad, abstraigo y discurro y cavilo, y ahogo mis
sentimientos, nada comprenderé; es preciso que me olvide de toda
filosofía, que no sea mas que hombre, y que dejando la fantasía en
libertad, y el corazon abierto, mire al hijo de Filipo, saliendo de la
tierra de Cethim, marchando con pasos de gigante hasta la extremidad del
orbe, y contemple á la tierra, que amedrentada calla. Pero si me
propongo examinar la justicia y la utilidad de aquellas conquistas,
entónces será preciso cortar el vuelo á la imaginacion, amortiguar los
sentimientos de admiracion y entusiasmo; será preciso olvidar al jóven
monarca rodeado de sus falanges, y descollando entre sus guerreros como
el Júpiter de la fábula entre el cortejo de los dioses; será necesario
no pensar mas que en los eternos principios de la razon, y en los
intereses de la humanidad. Si al hacer este exámen dejo campear la
fantasía y dilatarse el corazon, erraré; porque la radiante auréola que
orla las sienes del conquistador, me deslumbrará, me quitará la osadía
de condenarle, me inclinará á la indulgencia por tanto genio y heroismo;
y se lo perdonaré todo, cuando vea que en la cumbre de su gloria, á la
edad de 33 años, _se postra en un lecho y conoce que se muere_. Et post
hæc decidit in lectum, et cognovit quia moreretur. (Machab. lib. 1. cap.
1.)
§ II.
Influencia del corazon sobre la cabeza. Causas y efectos.
A cada paso se observa la mucha influencia que sobre nuestra conducta
tienen las pasiones; y el insistir en probar esto, seria demostrar una
verdad demasiado conocida. Pero no se ha reparado tanto en los efectos
de las pasiones sobre el entendimiento, aun con respecto á verdades que
nada tienen que ver con nuestras acciones. Quizas sea este uno de los
puntos mas importantes del arte de pensar, y por lo mismo lo expondré
con algun detenimiento.
Si nuestra alma estuviese únicamente dotada de inteligencia, si pudiese
contemplar los objetos sin ser afectada por ellos, sucederia que en no
alterándose dichos objetos, los veríamos siempre de una misma manera. Si
el ojo es el mismo, la distancia la misma, el punto de vista el mismo,
la cantidad y direccion de la luz las mismas, la impresion que recibamos
no podrá ménos de ser siempre la misma. Pero cambiada una cualquiera de
estas condiciones, cambiará la impresion; el objeto será mas ó ménos
grande, los colores mas ó ménos vivos ó quizas del todo diferentes; su
figura sufrirá considerables modificaciones, ó tal vez se convertirá en
otra nada semejante. La luna conserva siempre su misma figura, y no
obstante nos presenta de continuo variedad de fases; una roca informe y
desigual se nos ofrece á lo léjos como una cúpula que corona un soberbio
edificio; y el monumento que mirado de cerca es una maravilla del arte,
se divisa á larga distancia como una peña irregular, desgajada, caida á
la aventura en las faldas del monte.
Lo propio sucede con el entendimiento: los objetos son á veces los
mismos, y no obstante se ofrecen muy diferentes, no solo á distintas
personas, sino á una misma; sin que para esta mudanza sea necesario
mucho tiempo. Quizas un instante de intervalo es suficiente para cambiar
la escena; nos hallamos ya en otra parte; se ha corrido un velo, y todo
ha variado; todo ha tomado otras formas y colores; diriase que los
objetos han sido tocados con la varita de un mago.
¿Y cuál es la causa? es que el corazon se ha puesto en juego, es que
nosotros nos hemos mudado, y nos parece que se han mudado los objetos.
Así al darse á la vela la embarcacion que nos lleva, el puerto y las
costas huyen á toda prisa; cuando en realidad nada se ha movido sino la
nave.
Y nótese que esta mudanza no se realiza tan solo cuando el ánimo se
conmueve profundamente, y puede decirse que las pasiones estan
levantadas; en medio de una calma aparente sufrimos á menudo esta
alteracion en la manera de ver, alteracion tanto mas peligrosa, cuanto
ménos se hacen sentir las causas que la producen. Se han dividido en
ciertas clases las pasiones del corazon humano, pero sea que no se hayan
comprendido todas en la clasificacion filosófica, sea que cada una de
ellas entraña en su seno otras muchas que deben ser consideradas como
sus hijas, ó como transformaciones de una misma, lo cierto es que quien
observe con atencion la variedad y graduacion de nuestros sentimientos
creerá estar asistiendo á las mudables ilusiones de una vision
fantasmagórica. Hay momentos de calma y de tempestad, de dulzura y de
acritud, de suavidad y de dureza, de valor y de cobardia, de fortaleza y
de abatimiento, de entusiasmo y de desprecio, de alegría y de tristeza,
de orgullo y de anonadamiento, de esperanza y de desesperacion, de
paciencia y de ira, de postracion y de actividad, de expansion y de
estrechez, de generosidad y de codicia, de perdon y de venganza, de
indulgencia y de severidad, de placer y de malestar, de saboreo y de
tedio, de gravedad y de lijereza, de elevacion y de frivolidad, de
seriedad y de chiste, de.... pero adónde vamos á parar, enumerando la
variedad de disposiciones que experimenta nuestra alma? No es mas
mudable é inconstante el mar azotado por los huracanes, mecido por el
zéfiro, rizado con el aliento de la aurora, inmóbil con el peso de una
atmósfera de plomo, dorado con los rayos del sol naciente, blanqueado
con la luz del astro de la noche, tachonado con las estrellas del
firmamento, ceniciento como el semblante de un difunto, brillante con
los fuegos del medio dia, tenebroso y negro, como la boca de una tumba.
§ III.
Eugenio. Sus transformaciones en veinte y cuatro horas.
Érase una hermosa mañana de abril, Eugenio se habia levantado muy
temprano, habia extendido maquinalmente el brazo á su librería, y con el
tomito en la mano, pero sin abrir, se habia asomado al balcon que daba
vista á una risueña campiña. ¡Qué dia mas bello! ¡qué hora tan
embelesante! El sol se levanta en el horizonte matizando las nubecillas
con primorosos colores, y desplegando en todas direcciones madejas de
luz, como la dorada cabellera ondeante sobre la cabeza de un niño; la
tierra ostenta su riqueza y sus galas, el ruiseñor gorjea y trina en la
cercana arboleda, el labrador se encamina á su campo, saludando al
luminar del dia con cantares de dicha y de amor. Eugenio contempla
aquella escena con un placer inexplicable. Su ánimo tranquilo, sosegado,
apacible, se presta fácilmente á emociones gratas y suaves. Goza de
completa salud, disfruta de pingüe fortuna; los negocios de la familia
andan con viento en popa, y cuantos le rodean, se esmeran en
complacerle. Su corazon no está agitado por ninguna pasion violenta;
anoche concilió sin dificultad el sueño, que no se ha interrumpido hasta
el rayar del alba; y espera que las horas se adelanten para entregarse
al ordinario curso de sus tranquilas tareas.
Abre por fin el libro: es una novela romántica. Un desgraciado á quien
el mundo no ha podido comprender, maldice á la sociedad, á la humanidad
entera, maldice á la tierra y al cielo, maldice lo pasado, lo presente y
lo futuro, maldice al mismo Dios, se maldice á sí mismo; y cansado de
mirar un sol helado y sombrío, una tierra mustia y agostado, de
arrastrar una existencia que pesa sobre su corazon, que le oprime, que
le ahoga como los brazos del verdugo al infeliz ajusticiado, se propone
dar fin á sus dias. Miradle, ya está en el borde del precipicio fatal,
ya está escrita en la cartera la palabra _á Dios_; ya vuelve en torno su
cabeza desgreñada, su semblante pálido, sus ojos hundidos é inflamados,
sus facciones alteradas; y ántes de consumar el atentado se queda un
momento en silencio, y luego reflexiona sobre la naturaleza, sobre los
destinos del hombre, sobre la injusticia de la sociedad. «Esto es
exagerado, dice con impaciencia Eugenio; en el mundo hay mucho malo,
pero no lo es todo. La virtud no está todavía desterrada de la tierra;
yo conozco muchas personas que sin atroz calumnia no pueden ser contadas
entre los criminales. Hay injusticias, es cierto; pero la injusticia no
es la regla de la sociedad; y si bien se observa, los grandes crímenes
son excepciones monstruosas. La mayor parte de los actos que se cometen
contra la virtud proceden de nuestra debilidad; nos dañan á nosotros
mismos, pero no traen perjuicios á otros; no aterrorizan al mundo, y los
mas se consuman sin llegar á su noticia. Ni es verdad que el bienestar
sea tan imposible; los infortunados son muchos, pero no todo dimana de
injusticia y crueldad; en la misma naturaleza de las cosas se encuentra
la razon de estos males, que ademas no son ni tantos ni tan negros como
se nos pintan aquí. No sé qué modo de mirar los objetos tienen esos
hombres; se quejan de todo, blasfeman de Dios, calumnian á la humanidad
entera, y cuando se elevan á consideraciones filosóficas, llevan el alma
por una region de tinieblas, donde no encuentra mas que un caos
desesperante. Cuando vuelve de semejantes excursiones, no sabe
pronunciar otras palabras que _maldicion_ y _crímen_. Esto es
insoportable; esto es tan falso en filosofía como feo en literatura.»
Así discurria Eugenio, y cerraba buenamente el libro, y apartaba de su
mente aquellos tétricos recuerdos, entregándose de nuevo á la
contemplacion de la bella naturaleza.
Pasan las horas, suena la de comenzar sus tareas; y aquel dia parece el
de las desgracias. Todo va mal; diríase que le han alcanzado á Eugenio
las maldiciones del suicida. Muy de mañana corre por la casa un mal
humor terrible; N ha pasado malísima noche; M se ha levantado
indispuesto, y todos son mas agrios que zumo de fruta verde. A Eugenio
se le pega tambien algo de la malignidad atmosférica que le rodea; pero
todavía conserva alguna cosa de las apacibles emociones de la salida del
sol.
El dia se va encapotando, el tiempo no será tan bueno como se prometia
el espectador de la mañana. Sale Eugenio á sus diligencias, la lluvia
comienza, el paraguas no basta para cubrir al viandante, y en una calle
estrecha y atestada de lodo se encuentra Eugenio con un caballo que
galopa, sin atender á que los chispazos de fango de sus cascos dejan al
pobre pasajero pedestre hecho una lástima de pies á cabeza. Ya es
preciso retroceder, volverse á casa, entre irritado y mohino, no
maldiciendo tan alto como el romántico, pero sí haciendo no muy piadosa
plegaria para el caballo y el jinete. La vida no es ya tan bella, pero
todavía es soportable; la filosofía se va encapotando como el tiempo,
pero el sol no ha desaparecido aun. Los destinos de la humanidad no son
desesperantes, pero los lances de los hombres son algo pesados. Al fin
siempre seria mejor que las caras domésticas no fueran de cuaresma, que
las calles estuviesen limpias, ó que si estaban sucias, no galopasen los
caballos á la inmediacion de los transeuntes.
Sobre una desgracia viene otra. Reparado Eugenio del primer descalabro,
vuelve á sus diligencias, dirigiéndose á casa de su amigo, quien le ha
de comunicar noticias satisfactorias, con respecto á un negocio de
importancia. Por lo pronto es recibido con frialdad, el amigo procura
eludir la conversacion sobre el punto principal, y finge ocupaciones
apremiadoras que le obligan á aplazar para otro dia el tratar del
asunto. Eugenio se despide algo desabrido y receloso, y se devana los
sesos por adivinar el misterio; pero una feliz casualidad le hace
encontrar con otro amigo que le revela la trama del primero, y le avisa
que no se duerma si no quiere ser víctima de la perfidia mas infame.
Marcha presuroso á tomar sus providencias, acude á otros que puedan
informarle de la verdadera situacion de las cosas, le explican la
traicion, se compadecen de su desgracia, pero todos convienen en que ya
es tarde. La pérdida es crecida, y ademas irreparable: el pérfido ha
tomado sus medidas con tanta precaucion, que el desgraciado Eugenio no
ha advertido la estratagema hasta que se ha visto enredado sin remedio.
Acudir á los tribunales es imposible, porque el negocio no lo consiente;
reprochar al pérfido la negrura de su accion es desahogo estéril; con
tomar una venganza nada se remedia y se aumentan los males del vengador.
No hay mas que resignarse. Eugenio se retira á su casa, entra en su
gabinete, se entrega á todo el dolor que consigo trae el frustrarse
tantas esperanzas, y un cambio inevitable en su posicion social. El
libro está todavía sobre la mesa, su vista le recuerda las reflexiones
de la mañana; y exclama en su interior: «Oh! cuán miserablemente te
engañabas, cuando reputabas exageracion las infernales pinturas que del
mundo hacen esos hombres! No puede negarse: tienen razon: esto es
horrible, desconsolador, desesperante, pero es la realidad. El hombre es
un animal depravado, la sociedad es una cruel madrastra, mejor diré un
verdugo que se complace en atormentarnos, que nos insulta, y se mofa de
nuestras angustias, al mismo tiempo que nos cubre de ignominia, y nos da
la muerte. No hay buena fe, no hay amistad, no hay gratitud, no hay
generosidad, no hay virtud sobre la tierra; todo es egoismo, miras
interesadas, perfidias, traicion, mentira. Para tanto padecer, ¿porqué
se nos ha dado la vida? ¿dónde está la Providencia, dónde la justicia de
Dios? dónde?....»
Aquí llegaba Eugenio, y, como ven nuestros lectores, la dulce y apacible
y juiciosa filosofía de la mañana, se habia trocado en pensamientos
satánicos, en inspiraciones de Beelzebub. Nada se habia mudado en el
mundo, todo proseguia en su ordinaria carrera, y ni el hombre ni la
sociedad podian decirse peores, ni entregados á otros destinos, por
haberle sucedido á Eugenio una desgracia imprevista. Quien se ha mudado
es él; sus sentimientos son otros, su corazon lleno de amargura derrama
la hiel sobre el entendimiento, y este, obedeciendo á las inspiraciones
del dolor y de la desesperacion, se venga del mundo pintándole con los
colores mas horribles. Y no se crea que Eugenio proceda de mala fe: ve
las cosas tales como las expresa; así como las expresaba por la mañana
tales como á la sazon las veia.
Dejamos á Eugenio, en el terrible _dónde_.... que á no dudarlo hubiera
abortado una blasfemia horripilante, si no se interrumpiera el monólogo
con la llegada de un caballero que con libertad de amigo penetra en el
gabinete sin detenerse en antesalas.
--Vamos, mi querido Eugenio, ya sé que te han jugado una mala partida.
--¡Cómo ha de ser!
--Es mucha perfidia.
--Así anda el mundo.
--Lo que importa es remediarlo.
--Remedio?.... es imposible ...
--Muy sencillo.
--Me gusta la frescura.
--Todo está en aprontar mas fondos, aprovechar el correo de hoy, y
ganarle por la mano.
--¿Pero cómo los apronto? sus cálculos estriban sobre la imposibilidad
en que me hallo de hacerlo, y como sabia el estado de mis negocios,
efecto de los desembolsos hechos hasta aquí para el maldito objeto, está
bien seguro que no podré tomarle la delantera.
--Y si estos fondos estuviesen ya prestos ...
--No soñemos ...
--Pues mira, estábamos reunidos varios amigos para el negocio que tú no
ignoras; se nos ha referido lo que te acaba de suceder, y el desastre
que iba á ocasionarte. La profunda impresion que me ha producido, puedes
suponerla; y habiendo pedido permiso á los socios para abandonar por mi
parte el proyecto, y venir á ofrecerte mis recursos, todos
instantáneamente han seguido mi ejemplo; todos han dicho que arrostraban
con gusto el riesgo de aplazar sus operaciones, y de sacrificar su
ganancia hasta que tú hubieses salido airoso del negocio.
--Pero yo no puedo consentir....
--Déjate ...
--Pero, y si esos caballeros, á quienes no conozco siquiera ...
--Tú desconfianza estaba ya prevista; aprovecha el correo, yo me voy, y
en esta cartera encontrarás todo lo que se necesita. A Dios, mi querido
Eugenio.
La cartera ha caido al lado del libro fatal; Eugenio se avergüenza de
haber anatematizado la humanidad, sin excepciones; la hora del correo no
le permite filosofar, pero siente que su filosofía toma un sesgo ménos
desesperante. A la mañana siguiente el sol asomará hermoso y radiante
como hoy, el ruiseñor cantará en el ramaje, el labrador se dirigirá á
sus faenas, y Eugenio volverá á ver las cosas como las veia ántes de sus
fatales aventuras. En 24 horas, que por cierto no han alterado nada ni
en la naturaleza, ni en la sociedad, la filosofía de Eugenio ha
recorrido un espacio inmenso, para volver como los astros, al mismo
punto de donde partiera.
§ IV.
Don Marcelino. Sus cambios políticos.
Don Marcelino acaba de salir de unas elecciones, en que los partidos han
luchado en tremenda batalla. La fuerza muscular ha tenido tambien su
voto; se han blandido puñales, se han menudeado los garrotazos; la
campanilla del presidente ha resonado entre el ruido de voces
estentóreas, y de pulmones de bronce. Don Marcelino pertenece al partido
derrotado, y ha tenido que salvarse á escape. Lo que es valor, ya se ve,
no le faltaba; pero ha sido preciso no olvidar las consideraciones de
prudencia y decoro.
La desagradable impresion no se le borrará en algunos dias, y es notable
que ella basta para echar á perder sus ideas liberales. «Desengáñense
Vds., señores, dice con el tono de la mas profunda conviccion, esto es
una farsa, un absurdo; nos hemos empeñado en una barbaridad; no hay mas
remedio que un brazo fuerte; el absolutismo tiene sus inconvenientes,
pero del mal el ménos. El gobierno representativo; el gobierno de la
razon ilustrada y de la voluntad libre, es muy hermoso en las páginas de
las obras de derecho constitucional, y en los artículos de periódico;
pero en la realidad no medran mas que la intriga, la inmoralidad, y
sobre todo la impudencia y la audacia. Yo ya estoy desengañado, y he
palpado bien aquello de: otros vendrán que me abonarán.»
A consecuencia de los disturbios, la autoridad militar toma una actitud
imponente, declara el estado de sitio, la constitucion se suspende, los
revoltosos se amedrentan, y la ciudad recobra la calma. Don Marcelino
puede entregarse sin recelo á sus paseos ordinarios; reina la mayor
seguridad de dia como de noche; y así el cuitado elector va olvidando la
escena de los campanillazos, gritos, garrotes y puñales.
Ocúrresele entre tanto hacer un viaje, y necesita su pasaporte. A la
entrada de la casa de la policia hay numerosa guardia de tropa: Don
Marcelino se va á entrar por la primera puerta que se ofrece, y el
granadero le dice: «_Atras._» Encaminase á la otra, y el centinela le
grita en alta y destemplada voz: «_Paisano, la capa._» Quítase el
embozo, prosigue algo mohino, y los esbirros, que se resienten de la
rigidez gubernativa, le dicen en ademan descortes: «no vaya V. tan
aprisa; aguarde V. su turno.» Llegado á la mesa, el oficial le dirige
mil preguntas investigadoras, le mira de pies á cabeza, como si
sospechase que el pobre D. Marcelino es uno de los jefes del motin del
otro dia. Al fin le entrega el pasaporte con ademan desdeñoso, baja la
cabeza, y no se digna devolver el saludo que el viajero le dirige con
afabilidad y cortesía.