El teatro y la novela ¿no tienen un pequeño número de _notabilidades_,

cuyas obras se imitan hasta el fastidio? La política, la filosofía, la

historia, ¿no cuentan tambien unos pocos adalides, cuyos nombres se

pronuncian sin cesar, y cuyas opiniones y lenguaje se adoptan sin

discernimiento? La _independiente_ Alemania, ¿no tiene sus escuelas

filosóficas, tan marcadas y caracterizadas como serlo pudieron las de

santo Tomas, Escoto y Suarez? ¿Qué son en Francia la turba de los

filósofos universitarios, sino humildes discípulos de Cousin? ¿y qué ha

sido Cousin á su vez sino un vicario de Hegel, y de Schelling? y su

filosofía, que tambien forceja por introducirse entre nosotros, ¿no

comienza con tono magistral, exigiendo respeto y deferencia, á manera de

ministerio sagrado que se dirige á la conversion de las gentes

sencillas? La mayor parte de los que profesan la filosofía de la

historia, ¿hacen mas que recitar trozos de las obras de Guizot, ó de

otros escritores muy contados? Los que se complacen en declamaciones

sobre elevados principios de legislacion, ¿no son con frecuencia

plagiarios de Becaria y Filangieri? Los utilitarios ¿nos dicen por

ventura otra cosa que lo que acaban de leer en Bentham? Los escritores

sobre derecho constitucional, ¿no tienen siempre en la boca á Benjamin

Constant?

Reconozcamos pues un hecho que tan de bulto se presenta, y no nos

lisonjeemos de haber destruido lo que es mas fuerte que nosotros, pero

guardémonos de sus malos efectos, en cuanto nos sea posible. Si á causa

de la debilidad de nuestras luces, estamos precisados á valernos de las

ajenas, no las recibamos tampoco con ignoble sumision, no abdiquemos el

derecho de examinar las cosas por nosotros mismos, no consintamos que

nuestro entusiasmo por ningun hombre llegue á tan alto punto, que sin

advertirlo le reconozcamos como oráculo infalible. No atribuyamos á la

criatura lo que es propio del Criador.

§ IV.

El talento de invencion. Carrera del ingenio.

Si el entendimiento es tal que pueda conducirse á sí mismo, si al

examinar las obras de los grandes escritores, se siente con fuerza para

imitarlos, y se encuentra entre ellos, no como pigmeo entre gigantes,

sino como entre sus iguales, entónces el método de invencion le conviene

de una manera particular, entónces no debe limitarse á _saber los

libros_, es preciso que _conozca las cosas_; no ha de contentarse con

seguir el camino trillado, sino que ha de buscar veredas que le lleven

mejor, mas recto, y si es posible á puntos mas elevados. No admita idea

sin analizar, ni proposicion sin discutir, ni raciocinio sin examinar,

ni regla sin comprobar; fórmese una ciencia propia, que le pertenezca

como su sangre, que no sea una simple recitacion de lo que ha leido,

sino el fruto de lo que ha observado y pensado.

¿Qué reglas deberá tener presentes? Las que se han señalado mas arriba

para todo pensador. El entrar en pormenores seria inútil y tal vez

imposible; que el empeño de trazar al genio una marcha fija, es no ménos

temerario que el de sujetar las expresiones de animada fisonomía al

mezquino círculo de compasados gestos. Cuando le veis abalanzarse brioso

á su gigantesca carrera, no le dirijais palabras insulsas, ni consejos

estériles, ni reglas que no ha de observar; decidle tan solo: «Imágen de

la divinidad, marcha á cumplir los destinos que te ha señalado el

Criador; no te olvides de tu principio y de tu fin; tú levantas el vuelo

y no sabes adónde vas: alza los ojos al cielo, y pregúntaselo á tu

Hacedor. Él te mostrará su voluntad; cúmplela fielmente; que en

cumplirla estan cifrados tu grandor y tu gloria[18].»

CAPÍTULO XIX.

EL ENTENDIMIENTO, EL CORAZON Y LA IMAGINACION.

§ I.

Discrecion en el uso de las facultades del alma. La reina Dido.

Alejandro.

He dicho (Cap. XII) que para conocer la verdad en ciertas materias, era

necesario desplegar á un mismo tiempo diferentes facultades del alma, y

entre ellas he contado el sentimiento. Ahora añadiré que si bien esto es

preciso cuando se trata de aquellas verdades, cuya naturaleza consiste

en relaciones con dicho sentimiento, como todo lo bello ó tierno, ó

melancólico ó sublime; no lo es cuando la verdad pertenece á un órden

distinto que nada tiene que ver con nuestra facultad de sentir.

Si quiero apreciar todo el mérito de Virgilio en el episodio de Dido, es

menester que no raciocine con sequedad, sino que imagine y sienta; pero

si me propongo juzgar bajo el aspecto moral la conducta de la reina de

Cartago, es preciso que me despoje de todo sentimiento, y que deje

encomendado á la fria razon el fallar conforme á los eternos principios

de la virtud.

Al leer á Quinto Curcio, admiro al héroe macedon, y me complazco en

verle cuando se arroja impávido al traves del Gránico, vence en Arbela,

persigue y anonada á Darío, y señorea el oriente. En todo esto hay

grandeza, hay rasgos que no fueran debidamente apreciados, si se cerrara

el corazon á todo sentimiento. La sublime narracion del sagrado Texto

(1. Mach. Cap. 1) no será estimada en su justo valor, por quien no haga

mas que analizar con frialdad. «Y sucedió que despues que Alejandro

Macedon, hijo de Filipo, que fué el primero que reinó en Grecia, salido

de la tierra de Cethim, derrotó á Dario rey de los Persas y de los

Medos, dió muchas batallas, y conquistó las fortalezas de todos, y mató

á los reyes de la tierra. Y pasó hasta los confines del mundo, y se

apoderó de los despojos de numerosas gentes, _y la tierra calló en su

presencia_....» Cuando uno llega á esta expresion, el libro se cae de

las manos, y el asombro se apodera del alma. En presencia de un hombre

_la tierra calló_..... Sintiendo con viveza la fuerza de esta imágen, se

forma la mayor idea que formarse pueda del héroe conquistador. Si para

conocer esta verdad, abstraigo y discurro y cavilo, y ahogo mis

sentimientos, nada comprenderé; es preciso que me olvide de toda

filosofía, que no sea mas que hombre, y que dejando la fantasía en

libertad, y el corazon abierto, mire al hijo de Filipo, saliendo de la

tierra de Cethim, marchando con pasos de gigante hasta la extremidad del

orbe, y contemple á la tierra, que amedrentada calla. Pero si me

propongo examinar la justicia y la utilidad de aquellas conquistas,

entónces será preciso cortar el vuelo á la imaginacion, amortiguar los

sentimientos de admiracion y entusiasmo; será preciso olvidar al jóven

monarca rodeado de sus falanges, y descollando entre sus guerreros como

el Júpiter de la fábula entre el cortejo de los dioses; será necesario

no pensar mas que en los eternos principios de la razon, y en los

intereses de la humanidad. Si al hacer este exámen dejo campear la

fantasía y dilatarse el corazon, erraré; porque la radiante auréola que

orla las sienes del conquistador, me deslumbrará, me quitará la osadía

de condenarle, me inclinará á la indulgencia por tanto genio y heroismo;

y se lo perdonaré todo, cuando vea que en la cumbre de su gloria, á la

edad de 33 años, _se postra en un lecho y conoce que se muere_. Et post

hæc decidit in lectum, et cognovit quia moreretur. (Machab. lib. 1. cap.

1.)

§ II.

Influencia del corazon sobre la cabeza. Causas y efectos.

A cada paso se observa la mucha influencia que sobre nuestra conducta

tienen las pasiones; y el insistir en probar esto, seria demostrar una

verdad demasiado conocida. Pero no se ha reparado tanto en los efectos

de las pasiones sobre el entendimiento, aun con respecto á verdades que

nada tienen que ver con nuestras acciones. Quizas sea este uno de los

puntos mas importantes del arte de pensar, y por lo mismo lo expondré

con algun detenimiento.

Si nuestra alma estuviese únicamente dotada de inteligencia, si pudiese

contemplar los objetos sin ser afectada por ellos, sucederia que en no

alterándose dichos objetos, los veríamos siempre de una misma manera. Si

el ojo es el mismo, la distancia la misma, el punto de vista el mismo,

la cantidad y direccion de la luz las mismas, la impresion que recibamos

no podrá ménos de ser siempre la misma. Pero cambiada una cualquiera de

estas condiciones, cambiará la impresion; el objeto será mas ó ménos

grande, los colores mas ó ménos vivos ó quizas del todo diferentes; su

figura sufrirá considerables modificaciones, ó tal vez se convertirá en

otra nada semejante. La luna conserva siempre su misma figura, y no

obstante nos presenta de continuo variedad de fases; una roca informe y

desigual se nos ofrece á lo léjos como una cúpula que corona un soberbio

edificio; y el monumento que mirado de cerca es una maravilla del arte,

se divisa á larga distancia como una peña irregular, desgajada, caida á

la aventura en las faldas del monte.

Lo propio sucede con el entendimiento: los objetos son á veces los

mismos, y no obstante se ofrecen muy diferentes, no solo á distintas

personas, sino á una misma; sin que para esta mudanza sea necesario

mucho tiempo. Quizas un instante de intervalo es suficiente para cambiar

la escena; nos hallamos ya en otra parte; se ha corrido un velo, y todo

ha variado; todo ha tomado otras formas y colores; diriase que los

objetos han sido tocados con la varita de un mago.

¿Y cuál es la causa? es que el corazon se ha puesto en juego, es que

nosotros nos hemos mudado, y nos parece que se han mudado los objetos.

Así al darse á la vela la embarcacion que nos lleva, el puerto y las

costas huyen á toda prisa; cuando en realidad nada se ha movido sino la

nave.

Y nótese que esta mudanza no se realiza tan solo cuando el ánimo se

conmueve profundamente, y puede decirse que las pasiones estan

levantadas; en medio de una calma aparente sufrimos á menudo esta

alteracion en la manera de ver, alteracion tanto mas peligrosa, cuanto

ménos se hacen sentir las causas que la producen. Se han dividido en

ciertas clases las pasiones del corazon humano, pero sea que no se hayan

comprendido todas en la clasificacion filosófica, sea que cada una de

ellas entraña en su seno otras muchas que deben ser consideradas como

sus hijas, ó como transformaciones de una misma, lo cierto es que quien

observe con atencion la variedad y graduacion de nuestros sentimientos

creerá estar asistiendo á las mudables ilusiones de una vision

fantasmagórica. Hay momentos de calma y de tempestad, de dulzura y de

acritud, de suavidad y de dureza, de valor y de cobardia, de fortaleza y

de abatimiento, de entusiasmo y de desprecio, de alegría y de tristeza,

de orgullo y de anonadamiento, de esperanza y de desesperacion, de

paciencia y de ira, de postracion y de actividad, de expansion y de

estrechez, de generosidad y de codicia, de perdon y de venganza, de

indulgencia y de severidad, de placer y de malestar, de saboreo y de

tedio, de gravedad y de lijereza, de elevacion y de frivolidad, de

seriedad y de chiste, de.... pero adónde vamos á parar, enumerando la

variedad de disposiciones que experimenta nuestra alma? No es mas

mudable é inconstante el mar azotado por los huracanes, mecido por el

zéfiro, rizado con el aliento de la aurora, inmóbil con el peso de una

atmósfera de plomo, dorado con los rayos del sol naciente, blanqueado

con la luz del astro de la noche, tachonado con las estrellas del

firmamento, ceniciento como el semblante de un difunto, brillante con

los fuegos del medio dia, tenebroso y negro, como la boca de una tumba.

§ III.

Eugenio. Sus transformaciones en veinte y cuatro horas.

Érase una hermosa mañana de abril, Eugenio se habia levantado muy

temprano, habia extendido maquinalmente el brazo á su librería, y con el

tomito en la mano, pero sin abrir, se habia asomado al balcon que daba

vista á una risueña campiña. ¡Qué dia mas bello! ¡qué hora tan

embelesante! El sol se levanta en el horizonte matizando las nubecillas

con primorosos colores, y desplegando en todas direcciones madejas de

luz, como la dorada cabellera ondeante sobre la cabeza de un niño; la

tierra ostenta su riqueza y sus galas, el ruiseñor gorjea y trina en la

cercana arboleda, el labrador se encamina á su campo, saludando al

luminar del dia con cantares de dicha y de amor. Eugenio contempla

aquella escena con un placer inexplicable. Su ánimo tranquilo, sosegado,

apacible, se presta fácilmente á emociones gratas y suaves. Goza de

completa salud, disfruta de pingüe fortuna; los negocios de la familia

andan con viento en popa, y cuantos le rodean, se esmeran en

complacerle. Su corazon no está agitado por ninguna pasion violenta;

anoche concilió sin dificultad el sueño, que no se ha interrumpido hasta

el rayar del alba; y espera que las horas se adelanten para entregarse

al ordinario curso de sus tranquilas tareas.

Abre por fin el libro: es una novela romántica. Un desgraciado á quien

el mundo no ha podido comprender, maldice á la sociedad, á la humanidad

entera, maldice á la tierra y al cielo, maldice lo pasado, lo presente y

lo futuro, maldice al mismo Dios, se maldice á sí mismo; y cansado de

mirar un sol helado y sombrío, una tierra mustia y agostado, de

arrastrar una existencia que pesa sobre su corazon, que le oprime, que

le ahoga como los brazos del verdugo al infeliz ajusticiado, se propone

dar fin á sus dias. Miradle, ya está en el borde del precipicio fatal,

ya está escrita en la cartera la palabra _á Dios_; ya vuelve en torno su

cabeza desgreñada, su semblante pálido, sus ojos hundidos é inflamados,

sus facciones alteradas; y ántes de consumar el atentado se queda un

momento en silencio, y luego reflexiona sobre la naturaleza, sobre los

destinos del hombre, sobre la injusticia de la sociedad. «Esto es

exagerado, dice con impaciencia Eugenio; en el mundo hay mucho malo,

pero no lo es todo. La virtud no está todavía desterrada de la tierra;

yo conozco muchas personas que sin atroz calumnia no pueden ser contadas

entre los criminales. Hay injusticias, es cierto; pero la injusticia no

es la regla de la sociedad; y si bien se observa, los grandes crímenes

son excepciones monstruosas. La mayor parte de los actos que se cometen

contra la virtud proceden de nuestra debilidad; nos dañan á nosotros

mismos, pero no traen perjuicios á otros; no aterrorizan al mundo, y los

mas se consuman sin llegar á su noticia. Ni es verdad que el bienestar

sea tan imposible; los infortunados son muchos, pero no todo dimana de

injusticia y crueldad; en la misma naturaleza de las cosas se encuentra

la razon de estos males, que ademas no son ni tantos ni tan negros como

se nos pintan aquí. No sé qué modo de mirar los objetos tienen esos

hombres; se quejan de todo, blasfeman de Dios, calumnian á la humanidad

entera, y cuando se elevan á consideraciones filosóficas, llevan el alma

por una region de tinieblas, donde no encuentra mas que un caos

desesperante. Cuando vuelve de semejantes excursiones, no sabe

pronunciar otras palabras que _maldicion_ y _crímen_. Esto es

insoportable; esto es tan falso en filosofía como feo en literatura.»

Así discurria Eugenio, y cerraba buenamente el libro, y apartaba de su

mente aquellos tétricos recuerdos, entregándose de nuevo á la

contemplacion de la bella naturaleza.

Pasan las horas, suena la de comenzar sus tareas; y aquel dia parece el

de las desgracias. Todo va mal; diríase que le han alcanzado á Eugenio

las maldiciones del suicida. Muy de mañana corre por la casa un mal

humor terrible; N ha pasado malísima noche; M se ha levantado

indispuesto, y todos son mas agrios que zumo de fruta verde. A Eugenio

se le pega tambien algo de la malignidad atmosférica que le rodea; pero

todavía conserva alguna cosa de las apacibles emociones de la salida del

sol.

El dia se va encapotando, el tiempo no será tan bueno como se prometia

el espectador de la mañana. Sale Eugenio á sus diligencias, la lluvia

comienza, el paraguas no basta para cubrir al viandante, y en una calle

estrecha y atestada de lodo se encuentra Eugenio con un caballo que

galopa, sin atender á que los chispazos de fango de sus cascos dejan al

pobre pasajero pedestre hecho una lástima de pies á cabeza. Ya es

preciso retroceder, volverse á casa, entre irritado y mohino, no

maldiciendo tan alto como el romántico, pero sí haciendo no muy piadosa

plegaria para el caballo y el jinete. La vida no es ya tan bella, pero

todavía es soportable; la filosofía se va encapotando como el tiempo,

pero el sol no ha desaparecido aun. Los destinos de la humanidad no son

desesperantes, pero los lances de los hombres son algo pesados. Al fin

siempre seria mejor que las caras domésticas no fueran de cuaresma, que

las calles estuviesen limpias, ó que si estaban sucias, no galopasen los

caballos á la inmediacion de los transeuntes.

Sobre una desgracia viene otra. Reparado Eugenio del primer descalabro,

vuelve á sus diligencias, dirigiéndose á casa de su amigo, quien le ha

de comunicar noticias satisfactorias, con respecto á un negocio de

importancia. Por lo pronto es recibido con frialdad, el amigo procura

eludir la conversacion sobre el punto principal, y finge ocupaciones

apremiadoras que le obligan á aplazar para otro dia el tratar del

asunto. Eugenio se despide algo desabrido y receloso, y se devana los

sesos por adivinar el misterio; pero una feliz casualidad le hace

encontrar con otro amigo que le revela la trama del primero, y le avisa

que no se duerma si no quiere ser víctima de la perfidia mas infame.

Marcha presuroso á tomar sus providencias, acude á otros que puedan

informarle de la verdadera situacion de las cosas, le explican la

traicion, se compadecen de su desgracia, pero todos convienen en que ya

es tarde. La pérdida es crecida, y ademas irreparable: el pérfido ha

tomado sus medidas con tanta precaucion, que el desgraciado Eugenio no

ha advertido la estratagema hasta que se ha visto enredado sin remedio.

Acudir á los tribunales es imposible, porque el negocio no lo consiente;

reprochar al pérfido la negrura de su accion es desahogo estéril; con

tomar una venganza nada se remedia y se aumentan los males del vengador.

No hay mas que resignarse. Eugenio se retira á su casa, entra en su

gabinete, se entrega á todo el dolor que consigo trae el frustrarse

tantas esperanzas, y un cambio inevitable en su posicion social. El

libro está todavía sobre la mesa, su vista le recuerda las reflexiones

de la mañana; y exclama en su interior: «Oh! cuán miserablemente te

engañabas, cuando reputabas exageracion las infernales pinturas que del

mundo hacen esos hombres! No puede negarse: tienen razon: esto es

horrible, desconsolador, desesperante, pero es la realidad. El hombre es

un animal depravado, la sociedad es una cruel madrastra, mejor diré un

verdugo que se complace en atormentarnos, que nos insulta, y se mofa de

nuestras angustias, al mismo tiempo que nos cubre de ignominia, y nos da

la muerte. No hay buena fe, no hay amistad, no hay gratitud, no hay

generosidad, no hay virtud sobre la tierra; todo es egoismo, miras

interesadas, perfidias, traicion, mentira. Para tanto padecer, ¿porqué

se nos ha dado la vida? ¿dónde está la Providencia, dónde la justicia de

Dios? dónde?....»

Aquí llegaba Eugenio, y, como ven nuestros lectores, la dulce y apacible

y juiciosa filosofía de la mañana, se habia trocado en pensamientos

satánicos, en inspiraciones de Beelzebub. Nada se habia mudado en el

mundo, todo proseguia en su ordinaria carrera, y ni el hombre ni la

sociedad podian decirse peores, ni entregados á otros destinos, por

haberle sucedido á Eugenio una desgracia imprevista. Quien se ha mudado

es él; sus sentimientos son otros, su corazon lleno de amargura derrama

la hiel sobre el entendimiento, y este, obedeciendo á las inspiraciones

del dolor y de la desesperacion, se venga del mundo pintándole con los

colores mas horribles. Y no se crea que Eugenio proceda de mala fe: ve

las cosas tales como las expresa; así como las expresaba por la mañana

tales como á la sazon las veia.

Dejamos á Eugenio, en el terrible _dónde_.... que á no dudarlo hubiera

abortado una blasfemia horripilante, si no se interrumpiera el monólogo

con la llegada de un caballero que con libertad de amigo penetra en el

gabinete sin detenerse en antesalas.

--Vamos, mi querido Eugenio, ya sé que te han jugado una mala partida.

--¡Cómo ha de ser!

--Es mucha perfidia.

--Así anda el mundo.

--Lo que importa es remediarlo.

--Remedio?.... es imposible ...

--Muy sencillo.

--Me gusta la frescura.

--Todo está en aprontar mas fondos, aprovechar el correo de hoy, y

ganarle por la mano.

--¿Pero cómo los apronto? sus cálculos estriban sobre la imposibilidad

en que me hallo de hacerlo, y como sabia el estado de mis negocios,

efecto de los desembolsos hechos hasta aquí para el maldito objeto, está

bien seguro que no podré tomarle la delantera.

--Y si estos fondos estuviesen ya prestos ...

--No soñemos ...

--Pues mira, estábamos reunidos varios amigos para el negocio que tú no

ignoras; se nos ha referido lo que te acaba de suceder, y el desastre

que iba á ocasionarte. La profunda impresion que me ha producido, puedes

suponerla; y habiendo pedido permiso á los socios para abandonar por mi

parte el proyecto, y venir á ofrecerte mis recursos, todos

instantáneamente han seguido mi ejemplo; todos han dicho que arrostraban

con gusto el riesgo de aplazar sus operaciones, y de sacrificar su

ganancia hasta que tú hubieses salido airoso del negocio.

--Pero yo no puedo consentir....

--Déjate ...

--Pero, y si esos caballeros, á quienes no conozco siquiera ...

--Tú desconfianza estaba ya prevista; aprovecha el correo, yo me voy, y

en esta cartera encontrarás todo lo que se necesita. A Dios, mi querido

Eugenio.

La cartera ha caido al lado del libro fatal; Eugenio se avergüenza de

haber anatematizado la humanidad, sin excepciones; la hora del correo no

le permite filosofar, pero siente que su filosofía toma un sesgo ménos

desesperante. A la mañana siguiente el sol asomará hermoso y radiante

como hoy, el ruiseñor cantará en el ramaje, el labrador se dirigirá á

sus faenas, y Eugenio volverá á ver las cosas como las veia ántes de sus

fatales aventuras. En 24 horas, que por cierto no han alterado nada ni

en la naturaleza, ni en la sociedad, la filosofía de Eugenio ha

recorrido un espacio inmenso, para volver como los astros, al mismo

punto de donde partiera.

§ IV.

Don Marcelino. Sus cambios políticos.

Don Marcelino acaba de salir de unas elecciones, en que los partidos han

luchado en tremenda batalla. La fuerza muscular ha tenido tambien su

voto; se han blandido puñales, se han menudeado los garrotazos; la

campanilla del presidente ha resonado entre el ruido de voces

estentóreas, y de pulmones de bronce. Don Marcelino pertenece al partido

derrotado, y ha tenido que salvarse á escape. Lo que es valor, ya se ve,

no le faltaba; pero ha sido preciso no olvidar las consideraciones de

prudencia y decoro.

La desagradable impresion no se le borrará en algunos dias, y es notable

que ella basta para echar á perder sus ideas liberales. «Desengáñense

Vds., señores, dice con el tono de la mas profunda conviccion, esto es

una farsa, un absurdo; nos hemos empeñado en una barbaridad; no hay mas

remedio que un brazo fuerte; el absolutismo tiene sus inconvenientes,

pero del mal el ménos. El gobierno representativo; el gobierno de la

razon ilustrada y de la voluntad libre, es muy hermoso en las páginas de

las obras de derecho constitucional, y en los artículos de periódico;

pero en la realidad no medran mas que la intriga, la inmoralidad, y

sobre todo la impudencia y la audacia. Yo ya estoy desengañado, y he

palpado bien aquello de: otros vendrán que me abonarán.»

A consecuencia de los disturbios, la autoridad militar toma una actitud

imponente, declara el estado de sitio, la constitucion se suspende, los

revoltosos se amedrentan, y la ciudad recobra la calma. Don Marcelino

puede entregarse sin recelo á sus paseos ordinarios; reina la mayor

seguridad de dia como de noche; y así el cuitado elector va olvidando la

escena de los campanillazos, gritos, garrotes y puñales.

Ocúrresele entre tanto hacer un viaje, y necesita su pasaporte. A la

entrada de la casa de la policia hay numerosa guardia de tropa: Don

Marcelino se va á entrar por la primera puerta que se ofrece, y el

granadero le dice: «_Atras._» Encaminase á la otra, y el centinela le

grita en alta y destemplada voz: «_Paisano, la capa._» Quítase el

embozo, prosigue algo mohino, y los esbirros, que se resienten de la

rigidez gubernativa, le dicen en ademan descortes: «no vaya V. tan

aprisa; aguarde V. su turno.» Llegado á la mesa, el oficial le dirige

mil preguntas investigadoras, le mira de pies á cabeza, como si

sospechase que el pobre D. Marcelino es uno de los jefes del motin del

otro dia. Al fin le entrega el pasaporte con ademan desdeñoso, baja la

cabeza, y no se digna devolver el saludo que el viajero le dirige con

afabilidad y cortesía.

El Criterio · 第 10 / 21 段