Santo Tomas de Aquino desenvuelve sobre este particular una doctrina

admirable. Segun el santo Doctor, el discurrir es señal de poco alcance

del entendimiento; es una facultad que se nos ha concedido para suplir á

nuestra debilidad; y así es que los ángeles entienden, mas no discurren.

Cuanto mas elevada es una inteligencia, ménos ideas tiene; porque

encierra en pocas, lo que las mas limitadas tienen distribuido en

muchas. Así los ángeles de mas alta categoría entienden por medio de

pocas ideas; el número se va reduciendo á medida que las inteligencias

criadas se van acercando al Criador, el cual como ser infinito é

inteligencia infinita, todo lo ve en una sola idea, única,

simplicísima, pero infinita: su misma esencia. ¡Cuán sublime teoría!

Ella sola vale un libro; ella prueba un profundo conocimiento de los

secretos del espíritu; ella nos sugiere innumerables aplicaciones con

respecto al entendimiento del hombre.

En efecto, los genios superiores no se distinguen por la mucha

abundancia de las ideas; sino en que estan en posesion de algunas,

capitales, anchurosas, donde hacen caber al mundo. El ave rastrera se

fatiga revoloteando, y recorre mucho terreno, y no sale de la angostura

y sinuosidades de los valles: el águila remonta su majestuoso vuelo,

posa en la cumbre de los Alpes, y desde allí contempla las montañas, los

valles, la corriente de los rios, divisa vastas llanuras pobladas de

ciudades, y amenizadas con deliciosas vegas, galanas praderas, ricas y

variadas mieses.

En todas las cuestiones hay un punto de vista principal, dominante; en

él se coloca el genio. Allí tiene la clave, desde allí lo domina todo.

Si al comun de los hombres no les es posible situarse de golpe en el

mismo lugar, al ménos deben procurar llegar á él á fuerza de trabajo; no

dudando que con esto se ahorrarán muchísimo tiempo, y alcanzarán los

resultados mas ventajosos. Si bien se observa, toda cuestion y hasta

toda ciencia, tienen uno ó pocos puntos capitales á los que se refieren

los demas. En situándose en ellos, todo se presenta sencillo y llano, de

otra suerte no se ven mas que detalles y nunca el conjunto. El

entendimiento humano, ya de suyo tan débil, ha menester que se le

muestren los objetos tan simplificados como sea dable; y por lo mismo es

de la mayor importancia desembarazarlos de follaje inútil, y que

ademas, cuando sea preciso cargarle con muchas atenciones simultáneas,

se las distribuya de suerte que queden reducidas á pocas clases, y cada

una de estas vinculada en un punto. Así se aprende con mas facilidad, se

percibe con lucidez y exactitud, y se auxilia poderosamente la memoria.

§ VIII.

Necesidad del trabajo.

De las doctrinas de este capítulo sobre la inspiracion é intuicion,

¿podremos inferir la conveniencia de abandonar el discurso, y hasta el

trabajo, y de entregarnos á una especie de quietismo intelectual? No

ciertamente. Para el desarrollo de toda facultad hay una condicion

indispensable: el ejercicio. En lo intelectual como en lo físico, el

órgano que no funciona se adormece, pierde de su vida, el miembro que no

se mueve se paraliza. Aun los genios mas privilegiados no llegan á

adquirir su fuerza hercúlea, sino despues de largos trabajos. La

inspiracion no desciende sobre el perezoso; no existe cuando no hierven

en el espíritu ideas y sentimientos fecundantes. La intuicion, el _ver_

del entendimiento, no se adquiere sino con un hábito engendrado por el

mucho _mirar_. La ojeada rápida, segura y delicada de un gran pintor, no

se debe solo á la naturaleza, sino tambien á la dilatada contemplacion y

observacion de los buenos modelos: y la magia de la música no se

desenvolveria en la organizacion mas armónica, sujeta únicamente á oir

sonidos ásperos y destemplados[16].

CAPÍTULO XVII.

LA ENSEÑANZA.

§ I.

Dos objetos de la enseñanza. Diferentes clases de profesores.

Distinguen comunmente los dialécticos entre el método de enseñanza y el

de invencion. Sobre uno y otro voy á emitir algunas observaciones.

La enseñanza tiene dos objetos: 1º. instruir á los alumnos en los

elementos de la ciencia: 2º. desenvolver su talento para que al salir de

la escuela puedan hacer los adelantos proporcionados á su capacidad.

Podria parecer que estos dos objetos no son mas que uno solo; sin

embargo no es así. Al primero alcanzan todos los profesores que poseen

medianamente la ciencia; al segundo no llegan sino los de un mérito

sobresaliente. Para lo primero, basta conocer el encadenamiento de

algunos hechos y proposiciones, cuyo conjunto forma el cuerpo de la

ciencia; para lo segundo es preciso saber cómo se ha construido esa

cadena que enlaza un extremo con otro; para lo primero bastan hombres

que conozcan los libros, para lo segundo son necesarios hombres que

conozcan las cosas.

Mas diré: puede muy bien suceder que un profesor superficial sea mas á

propósito para la simple enseñanza de los elementos que otro muy

profundo; pues que este sin advertirlo, se dejará llevar á discursos que

complicarán la sencillez de las primeras nociones, y así dañará á la

percepcion de los alumnos poco capaces.

La clara explicacion de los términos, la exposicion llana de los

principios en que se funda la ciencia, la metódica coordinacion de los

teoremas y de sus corolarios, hé aquí el objeto de quien no se propone

mas que instruir en los elementos.

Pero al que extienda mas allá sus miradas, y considere que los

entendimientos de los jóvenes no son únicamente tablas donde se hayan de

tirar algunas líneas que permanezcan allí inalterables para siempre,

sino campos que se han de fecundar con preciosa semilla, á este le

incumben tareas mas elevadas y mas difíciles. Conciliar la claridad con

la profundidad, hermanar la sencillez con la combinacion, conducir por

camino llano y amaestrar al propio tiempo en andar por senderos

escabrosos, mostrando las angostas y enmarañadas veredas por donde

pasaron los primeros inventores, inspirar vivo entusiasmo, despertar en

el talento la conciencia de las propias fuerzas, sin dañarle con

temeraria presuncion, hé aquí las atribuciones del profesor que

considera la enseñanza elemental no como fruto, sino como semilla.

§ II.

Genios ignorados de los demas, y de sí mismos.

¡Cuán pocos son los profesores dotados de esta preciosa habilidad! Y

¿cómo es posible que los haya en el lastimoso abandono en que yace este

ramo? ¿Quién cuida de aficionar á la enseñanza á los hombres de

capacidad elevada? ¿Quién procura fijarlos en esta ocupacion, si se

deciden alguna vez á emprenderla? Las cátedras son miradas á lo mas como

un hincapié para subir mas arriba, con las arduas tareas que ellas

imponen, se unen mil y mil de un órden diferente; y se desempeña

corriendo y á manera de distraccion lo que deberia obsorber al hombre

entero.

Así, cuando entre los jóvenes se encuentra alguno en cuya frente chispea

la llama del genio, nadie la advierte, nadie se la avisa, nadie se lo

hace sentir: y encajonado entre los buenos talentos, prosigue su carrera

sin que se le haya hecho experimentar el alcance de sus fuerzas. Porque

es preciso saber que estas fuerzas no siempre las conoce el mismo que

las posee, aun cuando sean con respecto á lo mismo que le ocupa. Podrá

muy bien suceder que el fuego del genio permanezca toda la vida entre

cenizas, por no haber habido una mano que las sacudiera. ¿No vemos á

cada paso que una lijereza extraordinaria, una singular flexibilidad de

ciertos miembros, una gran fuerza muscular y otras calidades corporales,

estan ocultas hasta que un ensayo casual viene á revelárselas al que las

posee? Si Hércules no manejara mas que un bastoncito, nunca creyera ser

capaz de blandir la pesada clava.

§ III.

Medios para descubrir los talentos ocultos, y apreciarlos en su valor.

Un profesor de matemáticas que explique á sus alumnos la teoría de las

secciones cónicas les dará una idea clara y exacta de dichas curvas,

presentándoles las ecuaciones que expresan su naturaleza, y deduciendo

las propiedades que de esta se originan. Hasta aquí el discípulo aprende

bien los elementos, pero no se ejercita en el desarrollo de sus fuerzas

intelectuales; nada se le ofrece que pueda hacerle sentir el talento de

invencion, si es que en realidad le posea. Pero si el profesor le hace

notar que aquella ecuacion fundamental, al parecer de mera convencion,

no es probable que se le haya establecido sin motivo, desde luego el

jóven se halla mal seguro sobre la basa que reputaba sólida, y busca el

medio de darle algun apoyo. Si el alumno no acierta en el principio

generador de dichas curvas, se le puede hacer notar el nombre que

llevan, y recordarle que la seccion paralela á la base del cono es un

círculo. Entónces naturalmente el alumno corta el cono con planos en

diferentes posiciones, y á la primera ojeada advierte que si la seccion

es cerrada, y no paralela á la base, resultan curvas cuya figura se

parece á la que se ha llamado elipse. Ya imagina la seccion mas cercana

al paralelismo, ya mas distante, y siempre nota que la figura es una

elipse, con la única diferencia de su mayor aplanacion por los lados, ó

bien de la mayor diferencia de los ejes. ¿Será posible expresar por una

ecuacion la naturaleza de esta curva? ¿Hay algunos datos conocidos?

¿Tienen alguna relacion con las propiedades del cono, y de la seccion

paralela? ¿La mayor ó menor inclinacion del plano cambia la naturaleza

de la seccion? Dando al plano otras posiciones, de suerte que no salga

cerrada la seccion, ¿qué curvas resultan? ¿Hay alguna semejanza entre

ellas, y las parábolas é hipérboles? Estas y otras cuestiones se ofrecen

al discípulo dotado de capacidad; y si es de muy felices disposiciones,

veréisle al instante tirar líneas dentro del cono, compararlas unas con

otras, concebir triángulos, calcular sus relaciones, y tantear mil

caminos para llegar á la ecuacion deseada. Entónces no aprende

simplemente las primeras nociones de la teoría; se ha convertido ya en

inventor; su talento encuentra pábulo en que cebarse; y cuando aislado

en los procedimientos de primera enseñanza contaba muchos iguales en la

inteligencia de la doctrina explicada, ahora echaréis de ver que deja á

sus compañeros muy atras, que ellos no han dado un paso, miéntras él, ó

ha obtenido el resultado que se buscaba, ó adelantado en el verdadero

camino. Entónces da á conocer sus fuerzas, y las conoce él mismo;

entónces se palpa que su capacidad es superior á la rutina, y que quizas

andando el tiempo podrá ensanchar el dominio de la ciencia.

Un profesor de derecho natural explicará cumplidamente los derechos y

deberes de la patria potestad, y las obligaciones de los hijos con

respecto á los padres, aduciendo las definiciones y razones que en tales

casos se acostumbran. Hasta aquí llegan los elementos; pero nada se

encuentra para desenvolver el genio filosófico de un alumno

privilegiado, ni que pueda hacerle sobresalir entre el comun de sus

compañeros, dotados de una capacidad regular. El hábil profesor desea

tomar la medida de los talentos que hay en la cátedra, y el tiempo que

le sobra despues de la explicacion le emplea en hacer un experimento.

--¿Sobre estos deberes le parece á V. si nos dicen algo los sentimientos

del corazon? Las luces de la filosofía ¿estan de acuerdo con las

inspiraciones de la naturaleza? A esta pregunta responderán hasta los

medianos, observando que los padres naturalmente quieren á los hijos, y

estos á los padres, y que así estan enlazados nuestros deberes con

nuestros afectos, instigándonos estos al cumplimiento de aquellos. Hasta

aquí no hay diferencia entre los alumnos que se llaman de buen talento.

Pero prosigue el profesor analizando la materia y pregunta.

--¿Qué le parece á V. de los hijos que se portan mal con los padres, y

no corresponden con la debida gratitud al amor que estos les prodigaron?

--Que faltan á un deber sagrado y desoyen la voz de la naturaleza.

--Pero ¿cómo es que vemos tan á menudo á los hijos no cumplir como deben

con sus padres, miéntras estos si en algo faltan, suele ser por

sobreabundancia de amor y ternura?

--En esto hacen muy mal los hijos, dirá el uno.

--Los hombres se olvidan fácilmente de los beneficios recibidos, dirá el

otro; quien alegará que los hijos á medida que adelantan en edad se

hallan distraidos por mil atenciones diferentes; quien recordará que los

nuevos afectos engendrados en sus ánimos á causa de la familia de que se

hacen cabezas, disminuyen el que deben á sus padres: y cada cual andará

señalando razones mas ó ménos adaptadas, mas ó ménos sólidas, pero

ninguna que satisfaga del todo. Si entre vuestros alumnos se encuentra

alguno que haya de adquirir con el tiempo esclarecida nombradía,

dirigidle la misma pregunta, á ver si acierta á decir algo que la

desentrañe y la ilustre.

--Es demasiado cierto, os responderá, que los hijos faltan con mucha

frecuencia á sus deberes para con sus padres; pero, si no me engaño, la

razon de esto se halla en la misma naturaleza de las cosas. Cuanto mas

necesario es para la conservacion y buen órden de los seres el

cumplimiento de un deber, el Criador ha procurado asegurar mas dicho

cumplimiento. El mundo se conserva, mas ó ménos bien, á pesar del mal

comportamiento de los hijos; pero el dia que los padres se portasen mal,

y olvidasen el cuidar de sus hijos, el linaje humano caminaria á su

ruina. Así es de notar que los hijos, ni aun los mejores, no profesan á

sus padres un afecto tan vivo y ardiente como los padres á los hijos. El

Criador podia sin duda comunicar á los hijos un amor tan apasionado y

tierno como lo es el de los padres, pero esto no era necesario, y por lo

mismo no lo ha hecho. Y es de notar que las madres, que han menester

mayor grado de este amor y ternura, lo tienen llevado hasta los limites

del frenesí, habiéndolas pertrechado el Criador contra el cansancio que

pudieran producirles los primeros cuidados de la infancia. Resulta pues

que la falta del cumplimiento de los deberes en los hijos, no procede

precisamente de que estos sean peores, pues ellos si llegan á ser

padres, se portan como lo hicieron los suyos; sino de que el amor filial

es de suyo ménos intenso que el paternal, ejerce mucho ménos ascendiente

y predominio sobre el corazon, y por lo mismo se amortigua con mas

facilidad; es ménos fuerte para superar obstáculos, y ejerce menor

influencia sobre la totalidad de nuestras acciones.

En las primeras respuestas encontrabais discípulos aprovechados, en esta

descubrís al jóven filósofo que empieza á descollar, como entre

raquíticos arbustos se levanta la tierna encina, que andando los años se

hará notar en el bosque por su corpulento tronco y soberbia copa.

§ IX.

Necesidad de los estudios elementales.

No se crea por lo dicho, que juzgue conveniente emancipar á la juventud

de la enseñanza de los elementos; muy al contrario, opino que quien ha

de aprender una ciencia, por grandes que sean las fuerzas de que se

sienta dotado, es preciso se sujete á esta mortificacion que es como el

noviciado de las letras. De esto procuran muchos eximirse apelando á

artículos de diccionario que contiene lo bastante para hablar de todo

sin entender de nada; pero la razon y la experiencia manifiestan que

semejante método no puede servir sino á formar lo que llamamos eruditos

á la violeta.

En efecto: hay en toda ciencia y profesion un conjunto de nociones

primordiales, voces y locuciones que le son propias, las cuales no se

aprenden bien sino estudiando una obra elemental: de suerte que cuando

no mediaran otras consideraciones, la presente bastaria á demostrar los

inconvenientes de tomar otro camino. Estas nociones primordiales, y esas

voces y locuciones, deben ser miradas con algun respeto por quien entra

de nuevo en la carrera, pues ha de suponer que no en vano han trabajado

hasta aquí los que á ella se dedicaron. Si el recien venido tiene

desconfianza de sus predecesores, si espera poder reformar la ciencia ó

profesion, y hasta variarla radicalmente, al ménos ha de reflexionar,

que es prudente enterarse de lo que han dicho los otros, que es

temerario el empeño de crearlo todo por sí solo, y es exponerse á perder

mucho tiempo, el no quererse aprovechar en nada de las fatigas ajenas.

El maquinista mas extraordinario empieza quizas á dedicarse á su

profesion en la tienda de un modesto artesano; y por grandes esperanzas

que puedan fundarse en sus brillantes disposiciones, no deja por esto de

aprender los nombres y el manejo de los instrumentos y enseres del

trabajo. Con el tiempo hará en ellos muchas variaciones, los tendrá de

otra materia mas adaptada, cambiará su forma y tal vez su nombre; mas

por ahora es preciso que los tome tales como los encuentra, que se

ejercite con ellos, hasta que la reflexion y la experiencia le hayan

mostrado los inconvenientes de que adolecen y las mejoras de que son

susceptibles.

Puede aplicarse á todas las ciencias el consejo que se da á los que

quieren aprender la historia: ántes de comenzar su estudio, es necesario

leer un compendio. A este propósito son notables las palabras de Bossuet

en la dedicatoria que precede á su _Discurso sobre la historia

universal_. Asienta la necesidad de estudiar la historia en compendio,

para evitar confusion y ahorrar fatiga, y luego añade: «Esta manera de

exponer la historia universal la compararemos á la descripcion de los

mapas geográficos: la historia universal es el mapa general comparado

con las historias particulares de cada pais y de cada pueblo. En los

mapas particulares veis menudamente lo que es un reino, ó una provincia

en si misma; en los universales aprendeis á fijar estas partes del mundo

en su todo; en una palabra, veis la parte que ocupa Paris ó la isla de

Francia en el reino, la que el reino ocupa en la Europa, y la que la

Europa ocupa en el universo.» Pues bien: la oportuna y luminosa

comparacion entre el _Mapa mundi_ y los particulares, se aplica á todos

los ramos de conocimientos. En todos hay un conjunto de que es preciso

hacerse cargo, para comprender mejor las partes, y no andar confuso y

perdido en la manera de ordenarlas. Aun las ideas que se adquieren por

este método, son casi siempre incompletas, á menudo inexactas, y algunas

veces falsas; pero todos estos inconvenientes aun no pesan tanto como

los que resultan de acometer á tientas, sin antecedentes ni guia, el

estudio de una ciencia.

Las obras elementales, se nos dirá, no son mas que un esqueleto; es

verdad, pero tal como es, ahorra muchísimo trabajo; hallándole formado

ya, os será mas fácil corregir sus defectos, cubrirle de nervios,

músculos y carne; darle calor, movimiento y vida.

Entre los que han estudiado por principios una ciencia, y los que, por

decirlo así, han cogido sus nociones al vuelo, en enciclopedias y

diccionarios, hay siempre una diferencia que no se escapa á un ojo

ejercitado. Los primeros se distinguen por la precision de ideas y

propiedad de lenguaje; los otros se lucen tal vez con abundantes y

selectas noticias, pero á la mejor ocasion dan un solemne tropiezo que

manifiesta su ignorante superficialidad[17].

CAPÍTULO XVIII.

LA INVENCION.

§ I.

Lo que debe hacer quien carezca del talento de invencion.

Creo haber dicho lo suficiente con respecto á los métodos de enseñar y

aprender; paso á tratar del método de invencion.

Conocidos los elementos de una ciencia, y llegado el hombre á edad y

posicion en que puede dedicarse á estudios de mayor extension y

profundidad, está en el caso de seguir senderos ménos trillados, y

acometer empresas mas osadas. Si la naturaleza no le ha dotado del

talento de invencion, preciso le será contentarse por toda su vida con

el método elemental, bien que tomado en mayor escala. Necesita guias, y

este servicio le prestarán las obras magistrales. Mas no se crea que

deba entenderse condenado á ciego servilismo, y no haya de atreverse á

discordar nunca de la autoridad de sus maestros; en la milicia

científica y literaria, no es tan severa la disciplina que no sea lícito

al soldado dirigir algunas observaciones á su jefe.

§ II.

La autoridad científica.

Los hombres capaces de alzar y llevar adelante una bandera, son muy

pocos; y mejor es alistarse en las filas de un general acreditado, que

no andar á manera de miserable guerrillero, afectando la importancia de

insigne caudillo.

Diciendo esto, no es mi ánimo predicar la autoridad en materias

puramente científicas y literarias; en todo el decurso de la obra he

dado bastante á entender que no adolezco de tal achaque; solo me

propongo indicar una necesidad de nuestro entendimiento, que siendo por

lo comun muy flaco, ha menester un apoyo. La hiedra entrelazándose con

un árbol, se levanta á grande altura; si creciese sin arrimo, yaceria

tendida por el suelo pisoteada por todos los transeuntes. Ademas, que no

por haber hecho esta observacion, se ha de cambiar el órden regular de

las cosas: pues con ella mas bien he consignado un hecho que ofrecido

un consejo. Sí un hecho, porque á pesar de tanto como se blasona de

independencia, es mas claro que la luz del medio dia que esta

independencia no existe, que gran parte de la humanidad anda guiada por

algunos caudillos, y que estos á su talante la llevan por el camino de

la verdad ó del error.

Este es un hecho de todos los paises y de todos los siglos; hecho

indestructible porque está fundado en la misma naturaleza del hombre. El

débil siente la superioridad del fuerte, y se humilla en su presencia;

el genio no es el patrimonio del linaje humano, es un privilegio á pocos

concedido: quien le posee ejerce sobre los demas un ascendiente

irresistible. Se ha observado con mucha verdad que las masas tienen una

tendencia al despotismo; esto dimana de que sienten su incapacidad para

dirigirse, y naturalmente buscan un jefe: la que se experimenta en la

guerra y la política, se nota tambien en las ciencias. La generalidad de

los que las profesan son tambien masas, son verdadero vulgo que

entregado á si mismo no sabria qué hacerse; por lo mismo se arremolina á

manera de grupos populares en torno de los que le hablan algo mejor de

lo que él sabe, y manifiestan conocimientos que él no posee. El

entusiasmo penetra tambien en la plebe sabia, y lo mismo que la otra en

sus asonadas, aplaude y grita: «muy bien, muy bien!... tú lo entiendes

mejor que nosotros; tú serás nuestro jefe....»

§ III.

Modificaciones que ha sufrido en nuestra época la autoridad científica.

A medida que se han generalizado los conocimientos con el inmenso

desarrollo de la prensa, se ha podido creer que el indicado fenómeno

habia desaparecido; pero no es así; lo que ha hecho, ha sido

modificarse. Cuando los caudillos eran pocos, cuando el mando estaba

entre pocas escuelas, andaban los entendimientos á manera de ejércitos

disciplinados, siendo tan patente la dependencia que no era posible

equivocarse. Ahora sucede de otra manera: los caudillos y las escuelas

son en mayor número; la disciplina se ha relajado: pasan los soldados de

uno á otro campo; estos se adelantan un poco, aquellos se quedan

rezagados; algunos se separan y se empeñan en escaramuzas sin

instrucciones ni órdenes de sus jefes; diríase que los grandes ejércitos

han dejado de existir y que cada cual marcha por su lado: pero no os

hagais ilusiones, los ejércitos existen á pesar de ese desórden, todos

saben bien á cuál pertenecen; si desertan del uno se unirán al otro; y

cuando se vean en aprieto, todos se replegarán en la direccion donde

saben que está el cuerpo principal para cubrir su retirada.

Y si entrar quisiésemos en minuciosas cuentas, hallaríamos que no es tan

exacto que los caudillos de ahora sean en mucho mayor número que los de

tiempos anteriores. Formando un cuadro de clasificaciones científicas y

literarias encontraríamos fácilmente que en cada género son muy pocos

los que llevan la bandera, y que sobre sus pasos se precipita la

multitud ahora como siempre.

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