admirable. Segun el santo Doctor, el discurrir es señal de poco alcance
del entendimiento; es una facultad que se nos ha concedido para suplir á
nuestra debilidad; y así es que los ángeles entienden, mas no discurren.
Cuanto mas elevada es una inteligencia, ménos ideas tiene; porque
encierra en pocas, lo que las mas limitadas tienen distribuido en
muchas. Así los ángeles de mas alta categoría entienden por medio de
pocas ideas; el número se va reduciendo á medida que las inteligencias
criadas se van acercando al Criador, el cual como ser infinito é
inteligencia infinita, todo lo ve en una sola idea, única,
simplicísima, pero infinita: su misma esencia. ¡Cuán sublime teoría!
Ella sola vale un libro; ella prueba un profundo conocimiento de los
secretos del espíritu; ella nos sugiere innumerables aplicaciones con
respecto al entendimiento del hombre.
En efecto, los genios superiores no se distinguen por la mucha
abundancia de las ideas; sino en que estan en posesion de algunas,
capitales, anchurosas, donde hacen caber al mundo. El ave rastrera se
fatiga revoloteando, y recorre mucho terreno, y no sale de la angostura
y sinuosidades de los valles: el águila remonta su majestuoso vuelo,
posa en la cumbre de los Alpes, y desde allí contempla las montañas, los
valles, la corriente de los rios, divisa vastas llanuras pobladas de
ciudades, y amenizadas con deliciosas vegas, galanas praderas, ricas y
variadas mieses.
En todas las cuestiones hay un punto de vista principal, dominante; en
él se coloca el genio. Allí tiene la clave, desde allí lo domina todo.
Si al comun de los hombres no les es posible situarse de golpe en el
mismo lugar, al ménos deben procurar llegar á él á fuerza de trabajo; no
dudando que con esto se ahorrarán muchísimo tiempo, y alcanzarán los
resultados mas ventajosos. Si bien se observa, toda cuestion y hasta
toda ciencia, tienen uno ó pocos puntos capitales á los que se refieren
los demas. En situándose en ellos, todo se presenta sencillo y llano, de
otra suerte no se ven mas que detalles y nunca el conjunto. El
entendimiento humano, ya de suyo tan débil, ha menester que se le
muestren los objetos tan simplificados como sea dable; y por lo mismo es
de la mayor importancia desembarazarlos de follaje inútil, y que
ademas, cuando sea preciso cargarle con muchas atenciones simultáneas,
se las distribuya de suerte que queden reducidas á pocas clases, y cada
una de estas vinculada en un punto. Así se aprende con mas facilidad, se
percibe con lucidez y exactitud, y se auxilia poderosamente la memoria.
§ VIII.
Necesidad del trabajo.
De las doctrinas de este capítulo sobre la inspiracion é intuicion,
¿podremos inferir la conveniencia de abandonar el discurso, y hasta el
trabajo, y de entregarnos á una especie de quietismo intelectual? No
ciertamente. Para el desarrollo de toda facultad hay una condicion
indispensable: el ejercicio. En lo intelectual como en lo físico, el
órgano que no funciona se adormece, pierde de su vida, el miembro que no
se mueve se paraliza. Aun los genios mas privilegiados no llegan á
adquirir su fuerza hercúlea, sino despues de largos trabajos. La
inspiracion no desciende sobre el perezoso; no existe cuando no hierven
en el espíritu ideas y sentimientos fecundantes. La intuicion, el _ver_
del entendimiento, no se adquiere sino con un hábito engendrado por el
mucho _mirar_. La ojeada rápida, segura y delicada de un gran pintor, no
se debe solo á la naturaleza, sino tambien á la dilatada contemplacion y
observacion de los buenos modelos: y la magia de la música no se
desenvolveria en la organizacion mas armónica, sujeta únicamente á oir
sonidos ásperos y destemplados[16].
CAPÍTULO XVII.
LA ENSEÑANZA.
§ I.
Dos objetos de la enseñanza. Diferentes clases de profesores.
Distinguen comunmente los dialécticos entre el método de enseñanza y el
de invencion. Sobre uno y otro voy á emitir algunas observaciones.
La enseñanza tiene dos objetos: 1º. instruir á los alumnos en los
elementos de la ciencia: 2º. desenvolver su talento para que al salir de
la escuela puedan hacer los adelantos proporcionados á su capacidad.
Podria parecer que estos dos objetos no son mas que uno solo; sin
embargo no es así. Al primero alcanzan todos los profesores que poseen
medianamente la ciencia; al segundo no llegan sino los de un mérito
sobresaliente. Para lo primero, basta conocer el encadenamiento de
algunos hechos y proposiciones, cuyo conjunto forma el cuerpo de la
ciencia; para lo segundo es preciso saber cómo se ha construido esa
cadena que enlaza un extremo con otro; para lo primero bastan hombres
que conozcan los libros, para lo segundo son necesarios hombres que
conozcan las cosas.
Mas diré: puede muy bien suceder que un profesor superficial sea mas á
propósito para la simple enseñanza de los elementos que otro muy
profundo; pues que este sin advertirlo, se dejará llevar á discursos que
complicarán la sencillez de las primeras nociones, y así dañará á la
percepcion de los alumnos poco capaces.
La clara explicacion de los términos, la exposicion llana de los
principios en que se funda la ciencia, la metódica coordinacion de los
teoremas y de sus corolarios, hé aquí el objeto de quien no se propone
mas que instruir en los elementos.
Pero al que extienda mas allá sus miradas, y considere que los
entendimientos de los jóvenes no son únicamente tablas donde se hayan de
tirar algunas líneas que permanezcan allí inalterables para siempre,
sino campos que se han de fecundar con preciosa semilla, á este le
incumben tareas mas elevadas y mas difíciles. Conciliar la claridad con
la profundidad, hermanar la sencillez con la combinacion, conducir por
camino llano y amaestrar al propio tiempo en andar por senderos
escabrosos, mostrando las angostas y enmarañadas veredas por donde
pasaron los primeros inventores, inspirar vivo entusiasmo, despertar en
el talento la conciencia de las propias fuerzas, sin dañarle con
temeraria presuncion, hé aquí las atribuciones del profesor que
considera la enseñanza elemental no como fruto, sino como semilla.
§ II.
Genios ignorados de los demas, y de sí mismos.
¡Cuán pocos son los profesores dotados de esta preciosa habilidad! Y
¿cómo es posible que los haya en el lastimoso abandono en que yace este
ramo? ¿Quién cuida de aficionar á la enseñanza á los hombres de
capacidad elevada? ¿Quién procura fijarlos en esta ocupacion, si se
deciden alguna vez á emprenderla? Las cátedras son miradas á lo mas como
un hincapié para subir mas arriba, con las arduas tareas que ellas
imponen, se unen mil y mil de un órden diferente; y se desempeña
corriendo y á manera de distraccion lo que deberia obsorber al hombre
entero.
Así, cuando entre los jóvenes se encuentra alguno en cuya frente chispea
la llama del genio, nadie la advierte, nadie se la avisa, nadie se lo
hace sentir: y encajonado entre los buenos talentos, prosigue su carrera
sin que se le haya hecho experimentar el alcance de sus fuerzas. Porque
es preciso saber que estas fuerzas no siempre las conoce el mismo que
las posee, aun cuando sean con respecto á lo mismo que le ocupa. Podrá
muy bien suceder que el fuego del genio permanezca toda la vida entre
cenizas, por no haber habido una mano que las sacudiera. ¿No vemos á
cada paso que una lijereza extraordinaria, una singular flexibilidad de
ciertos miembros, una gran fuerza muscular y otras calidades corporales,
estan ocultas hasta que un ensayo casual viene á revelárselas al que las
posee? Si Hércules no manejara mas que un bastoncito, nunca creyera ser
capaz de blandir la pesada clava.
§ III.
Medios para descubrir los talentos ocultos, y apreciarlos en su valor.
Un profesor de matemáticas que explique á sus alumnos la teoría de las
secciones cónicas les dará una idea clara y exacta de dichas curvas,
presentándoles las ecuaciones que expresan su naturaleza, y deduciendo
las propiedades que de esta se originan. Hasta aquí el discípulo aprende
bien los elementos, pero no se ejercita en el desarrollo de sus fuerzas
intelectuales; nada se le ofrece que pueda hacerle sentir el talento de
invencion, si es que en realidad le posea. Pero si el profesor le hace
notar que aquella ecuacion fundamental, al parecer de mera convencion,
no es probable que se le haya establecido sin motivo, desde luego el
jóven se halla mal seguro sobre la basa que reputaba sólida, y busca el
medio de darle algun apoyo. Si el alumno no acierta en el principio
generador de dichas curvas, se le puede hacer notar el nombre que
llevan, y recordarle que la seccion paralela á la base del cono es un
círculo. Entónces naturalmente el alumno corta el cono con planos en
diferentes posiciones, y á la primera ojeada advierte que si la seccion
es cerrada, y no paralela á la base, resultan curvas cuya figura se
parece á la que se ha llamado elipse. Ya imagina la seccion mas cercana
al paralelismo, ya mas distante, y siempre nota que la figura es una
elipse, con la única diferencia de su mayor aplanacion por los lados, ó
bien de la mayor diferencia de los ejes. ¿Será posible expresar por una
ecuacion la naturaleza de esta curva? ¿Hay algunos datos conocidos?
¿Tienen alguna relacion con las propiedades del cono, y de la seccion
paralela? ¿La mayor ó menor inclinacion del plano cambia la naturaleza
de la seccion? Dando al plano otras posiciones, de suerte que no salga
cerrada la seccion, ¿qué curvas resultan? ¿Hay alguna semejanza entre
ellas, y las parábolas é hipérboles? Estas y otras cuestiones se ofrecen
al discípulo dotado de capacidad; y si es de muy felices disposiciones,
veréisle al instante tirar líneas dentro del cono, compararlas unas con
otras, concebir triángulos, calcular sus relaciones, y tantear mil
caminos para llegar á la ecuacion deseada. Entónces no aprende
simplemente las primeras nociones de la teoría; se ha convertido ya en
inventor; su talento encuentra pábulo en que cebarse; y cuando aislado
en los procedimientos de primera enseñanza contaba muchos iguales en la
inteligencia de la doctrina explicada, ahora echaréis de ver que deja á
sus compañeros muy atras, que ellos no han dado un paso, miéntras él, ó
ha obtenido el resultado que se buscaba, ó adelantado en el verdadero
camino. Entónces da á conocer sus fuerzas, y las conoce él mismo;
entónces se palpa que su capacidad es superior á la rutina, y que quizas
andando el tiempo podrá ensanchar el dominio de la ciencia.
Un profesor de derecho natural explicará cumplidamente los derechos y
deberes de la patria potestad, y las obligaciones de los hijos con
respecto á los padres, aduciendo las definiciones y razones que en tales
casos se acostumbran. Hasta aquí llegan los elementos; pero nada se
encuentra para desenvolver el genio filosófico de un alumno
privilegiado, ni que pueda hacerle sobresalir entre el comun de sus
compañeros, dotados de una capacidad regular. El hábil profesor desea
tomar la medida de los talentos que hay en la cátedra, y el tiempo que
le sobra despues de la explicacion le emplea en hacer un experimento.
--¿Sobre estos deberes le parece á V. si nos dicen algo los sentimientos
del corazon? Las luces de la filosofía ¿estan de acuerdo con las
inspiraciones de la naturaleza? A esta pregunta responderán hasta los
medianos, observando que los padres naturalmente quieren á los hijos, y
estos á los padres, y que así estan enlazados nuestros deberes con
nuestros afectos, instigándonos estos al cumplimiento de aquellos. Hasta
aquí no hay diferencia entre los alumnos que se llaman de buen talento.
Pero prosigue el profesor analizando la materia y pregunta.
--¿Qué le parece á V. de los hijos que se portan mal con los padres, y
no corresponden con la debida gratitud al amor que estos les prodigaron?
--Que faltan á un deber sagrado y desoyen la voz de la naturaleza.
--Pero ¿cómo es que vemos tan á menudo á los hijos no cumplir como deben
con sus padres, miéntras estos si en algo faltan, suele ser por
sobreabundancia de amor y ternura?
--En esto hacen muy mal los hijos, dirá el uno.
--Los hombres se olvidan fácilmente de los beneficios recibidos, dirá el
otro; quien alegará que los hijos á medida que adelantan en edad se
hallan distraidos por mil atenciones diferentes; quien recordará que los
nuevos afectos engendrados en sus ánimos á causa de la familia de que se
hacen cabezas, disminuyen el que deben á sus padres: y cada cual andará
señalando razones mas ó ménos adaptadas, mas ó ménos sólidas, pero
ninguna que satisfaga del todo. Si entre vuestros alumnos se encuentra
alguno que haya de adquirir con el tiempo esclarecida nombradía,
dirigidle la misma pregunta, á ver si acierta á decir algo que la
desentrañe y la ilustre.
--Es demasiado cierto, os responderá, que los hijos faltan con mucha
frecuencia á sus deberes para con sus padres; pero, si no me engaño, la
razon de esto se halla en la misma naturaleza de las cosas. Cuanto mas
necesario es para la conservacion y buen órden de los seres el
cumplimiento de un deber, el Criador ha procurado asegurar mas dicho
cumplimiento. El mundo se conserva, mas ó ménos bien, á pesar del mal
comportamiento de los hijos; pero el dia que los padres se portasen mal,
y olvidasen el cuidar de sus hijos, el linaje humano caminaria á su
ruina. Así es de notar que los hijos, ni aun los mejores, no profesan á
sus padres un afecto tan vivo y ardiente como los padres á los hijos. El
Criador podia sin duda comunicar á los hijos un amor tan apasionado y
tierno como lo es el de los padres, pero esto no era necesario, y por lo
mismo no lo ha hecho. Y es de notar que las madres, que han menester
mayor grado de este amor y ternura, lo tienen llevado hasta los limites
del frenesí, habiéndolas pertrechado el Criador contra el cansancio que
pudieran producirles los primeros cuidados de la infancia. Resulta pues
que la falta del cumplimiento de los deberes en los hijos, no procede
precisamente de que estos sean peores, pues ellos si llegan á ser
padres, se portan como lo hicieron los suyos; sino de que el amor filial
es de suyo ménos intenso que el paternal, ejerce mucho ménos ascendiente
y predominio sobre el corazon, y por lo mismo se amortigua con mas
facilidad; es ménos fuerte para superar obstáculos, y ejerce menor
influencia sobre la totalidad de nuestras acciones.
En las primeras respuestas encontrabais discípulos aprovechados, en esta
descubrís al jóven filósofo que empieza á descollar, como entre
raquíticos arbustos se levanta la tierna encina, que andando los años se
hará notar en el bosque por su corpulento tronco y soberbia copa.
§ IX.
Necesidad de los estudios elementales.
No se crea por lo dicho, que juzgue conveniente emancipar á la juventud
de la enseñanza de los elementos; muy al contrario, opino que quien ha
de aprender una ciencia, por grandes que sean las fuerzas de que se
sienta dotado, es preciso se sujete á esta mortificacion que es como el
noviciado de las letras. De esto procuran muchos eximirse apelando á
artículos de diccionario que contiene lo bastante para hablar de todo
sin entender de nada; pero la razon y la experiencia manifiestan que
semejante método no puede servir sino á formar lo que llamamos eruditos
á la violeta.
En efecto: hay en toda ciencia y profesion un conjunto de nociones
primordiales, voces y locuciones que le son propias, las cuales no se
aprenden bien sino estudiando una obra elemental: de suerte que cuando
no mediaran otras consideraciones, la presente bastaria á demostrar los
inconvenientes de tomar otro camino. Estas nociones primordiales, y esas
voces y locuciones, deben ser miradas con algun respeto por quien entra
de nuevo en la carrera, pues ha de suponer que no en vano han trabajado
hasta aquí los que á ella se dedicaron. Si el recien venido tiene
desconfianza de sus predecesores, si espera poder reformar la ciencia ó
profesion, y hasta variarla radicalmente, al ménos ha de reflexionar,
que es prudente enterarse de lo que han dicho los otros, que es
temerario el empeño de crearlo todo por sí solo, y es exponerse á perder
mucho tiempo, el no quererse aprovechar en nada de las fatigas ajenas.
El maquinista mas extraordinario empieza quizas á dedicarse á su
profesion en la tienda de un modesto artesano; y por grandes esperanzas
que puedan fundarse en sus brillantes disposiciones, no deja por esto de
aprender los nombres y el manejo de los instrumentos y enseres del
trabajo. Con el tiempo hará en ellos muchas variaciones, los tendrá de
otra materia mas adaptada, cambiará su forma y tal vez su nombre; mas
por ahora es preciso que los tome tales como los encuentra, que se
ejercite con ellos, hasta que la reflexion y la experiencia le hayan
mostrado los inconvenientes de que adolecen y las mejoras de que son
susceptibles.
Puede aplicarse á todas las ciencias el consejo que se da á los que
quieren aprender la historia: ántes de comenzar su estudio, es necesario
leer un compendio. A este propósito son notables las palabras de Bossuet
en la dedicatoria que precede á su _Discurso sobre la historia
universal_. Asienta la necesidad de estudiar la historia en compendio,
para evitar confusion y ahorrar fatiga, y luego añade: «Esta manera de
exponer la historia universal la compararemos á la descripcion de los
mapas geográficos: la historia universal es el mapa general comparado
con las historias particulares de cada pais y de cada pueblo. En los
mapas particulares veis menudamente lo que es un reino, ó una provincia
en si misma; en los universales aprendeis á fijar estas partes del mundo
en su todo; en una palabra, veis la parte que ocupa Paris ó la isla de
Francia en el reino, la que el reino ocupa en la Europa, y la que la
Europa ocupa en el universo.» Pues bien: la oportuna y luminosa
comparacion entre el _Mapa mundi_ y los particulares, se aplica á todos
los ramos de conocimientos. En todos hay un conjunto de que es preciso
hacerse cargo, para comprender mejor las partes, y no andar confuso y
perdido en la manera de ordenarlas. Aun las ideas que se adquieren por
este método, son casi siempre incompletas, á menudo inexactas, y algunas
veces falsas; pero todos estos inconvenientes aun no pesan tanto como
los que resultan de acometer á tientas, sin antecedentes ni guia, el
estudio de una ciencia.
Las obras elementales, se nos dirá, no son mas que un esqueleto; es
verdad, pero tal como es, ahorra muchísimo trabajo; hallándole formado
ya, os será mas fácil corregir sus defectos, cubrirle de nervios,
músculos y carne; darle calor, movimiento y vida.
Entre los que han estudiado por principios una ciencia, y los que, por
decirlo así, han cogido sus nociones al vuelo, en enciclopedias y
diccionarios, hay siempre una diferencia que no se escapa á un ojo
ejercitado. Los primeros se distinguen por la precision de ideas y
propiedad de lenguaje; los otros se lucen tal vez con abundantes y
selectas noticias, pero á la mejor ocasion dan un solemne tropiezo que
manifiesta su ignorante superficialidad[17].
CAPÍTULO XVIII.
LA INVENCION.
§ I.
Lo que debe hacer quien carezca del talento de invencion.
Creo haber dicho lo suficiente con respecto á los métodos de enseñar y
aprender; paso á tratar del método de invencion.
Conocidos los elementos de una ciencia, y llegado el hombre á edad y
posicion en que puede dedicarse á estudios de mayor extension y
profundidad, está en el caso de seguir senderos ménos trillados, y
acometer empresas mas osadas. Si la naturaleza no le ha dotado del
talento de invencion, preciso le será contentarse por toda su vida con
el método elemental, bien que tomado en mayor escala. Necesita guias, y
este servicio le prestarán las obras magistrales. Mas no se crea que
deba entenderse condenado á ciego servilismo, y no haya de atreverse á
discordar nunca de la autoridad de sus maestros; en la milicia
científica y literaria, no es tan severa la disciplina que no sea lícito
al soldado dirigir algunas observaciones á su jefe.
§ II.
La autoridad científica.
Los hombres capaces de alzar y llevar adelante una bandera, son muy
pocos; y mejor es alistarse en las filas de un general acreditado, que
no andar á manera de miserable guerrillero, afectando la importancia de
insigne caudillo.
Diciendo esto, no es mi ánimo predicar la autoridad en materias
puramente científicas y literarias; en todo el decurso de la obra he
dado bastante á entender que no adolezco de tal achaque; solo me
propongo indicar una necesidad de nuestro entendimiento, que siendo por
lo comun muy flaco, ha menester un apoyo. La hiedra entrelazándose con
un árbol, se levanta á grande altura; si creciese sin arrimo, yaceria
tendida por el suelo pisoteada por todos los transeuntes. Ademas, que no
por haber hecho esta observacion, se ha de cambiar el órden regular de
las cosas: pues con ella mas bien he consignado un hecho que ofrecido
un consejo. Sí un hecho, porque á pesar de tanto como se blasona de
independencia, es mas claro que la luz del medio dia que esta
independencia no existe, que gran parte de la humanidad anda guiada por
algunos caudillos, y que estos á su talante la llevan por el camino de
la verdad ó del error.
Este es un hecho de todos los paises y de todos los siglos; hecho
indestructible porque está fundado en la misma naturaleza del hombre. El
débil siente la superioridad del fuerte, y se humilla en su presencia;
el genio no es el patrimonio del linaje humano, es un privilegio á pocos
concedido: quien le posee ejerce sobre los demas un ascendiente
irresistible. Se ha observado con mucha verdad que las masas tienen una
tendencia al despotismo; esto dimana de que sienten su incapacidad para
dirigirse, y naturalmente buscan un jefe: la que se experimenta en la
guerra y la política, se nota tambien en las ciencias. La generalidad de
los que las profesan son tambien masas, son verdadero vulgo que
entregado á si mismo no sabria qué hacerse; por lo mismo se arremolina á
manera de grupos populares en torno de los que le hablan algo mejor de
lo que él sabe, y manifiestan conocimientos que él no posee. El
entusiasmo penetra tambien en la plebe sabia, y lo mismo que la otra en
sus asonadas, aplaude y grita: «muy bien, muy bien!... tú lo entiendes
mejor que nosotros; tú serás nuestro jefe....»
§ III.
Modificaciones que ha sufrido en nuestra época la autoridad científica.
A medida que se han generalizado los conocimientos con el inmenso
desarrollo de la prensa, se ha podido creer que el indicado fenómeno
habia desaparecido; pero no es así; lo que ha hecho, ha sido
modificarse. Cuando los caudillos eran pocos, cuando el mando estaba
entre pocas escuelas, andaban los entendimientos á manera de ejércitos
disciplinados, siendo tan patente la dependencia que no era posible
equivocarse. Ahora sucede de otra manera: los caudillos y las escuelas
son en mayor número; la disciplina se ha relajado: pasan los soldados de
uno á otro campo; estos se adelantan un poco, aquellos se quedan
rezagados; algunos se separan y se empeñan en escaramuzas sin
instrucciones ni órdenes de sus jefes; diríase que los grandes ejércitos
han dejado de existir y que cada cual marcha por su lado: pero no os
hagais ilusiones, los ejércitos existen á pesar de ese desórden, todos
saben bien á cuál pertenecen; si desertan del uno se unirán al otro; y
cuando se vean en aprieto, todos se replegarán en la direccion donde
saben que está el cuerpo principal para cubrir su retirada.
Y si entrar quisiésemos en minuciosas cuentas, hallaríamos que no es tan
exacto que los caudillos de ahora sean en mucho mayor número que los de
tiempos anteriores. Formando un cuadro de clasificaciones científicas y
literarias encontraríamos fácilmente que en cada género son muy pocos
los que llevan la bandera, y que sobre sus pasos se precipita la
multitud ahora como siempre.