En primer lugar, confieso que estas reglas contribuyen á dar al

entendimiento cierta precision que puede servir en algunos casos para

concebir con mas claridad, y atender á los vicios que entrañe un

discurso: bien que á veces esta ventaja quedará neutralizada con los

inconvenientes acarreados por la presuncion de que se sabe raciocinar,

porque no se ignoran las reglas del raciocinio. Puede uno saber muy bien

las reglas de un arte, y no acertar á ponerlas en práctica. Tal

recitaria todas las reglas de la oratoria sin equivocar una palabra, que

no sabria escribir una página sin chocar, no diré con los preceptos del

arte, sino con el buen sentido.

§ II.

El silogismo. Observaciones sobre este instrumento dialéctico.

Formaremos cabal concepto de la utilidad de dichas reglas, si

consideramos que quien raciocina no las recuerda, si no se ve precisado

á formular un argumento á la manera escolástica, cosa que en la

actualidad ha caido en desuso. Los alumnos aprenden á conocer si tal ó

cual silogismo peca contra esta ó aquella regla; y esto lo hacen en

ejemplos tan sencillos, que al salir de la escuela nunca encuentran nada

que á ellos se parezca. «Toda virtud es loable, la justicia es virtud,

luego es loable.» Está muy bien: pero cuando se me ofrece discernir si

en tal ó cual acto se ha infringido la justicia, y la ley tiene algo que

castigar; si me propongo investigar en qué consiste la justicia,

analizando los altos principios en que estriba, y las utilidades que su

imperio acarrea al individuo y á la sociedad; ¿de qué me servirá dicho

ejemplo, ú otros semejantes? Los teólogos y juristas, quisiera que me

dijesen si en sus discursos les han servido mucho las decantadas reglas.

«Todo metal es mineral, el oro es metal, luego es mineral.» «Ningun

animal es insensible, los peces son animales, luego no son insensibles.»

«Pedro es culpable, este hombre es Pedro, luego este hombre es

culpable.» «Esta onza de oro no tiene el debido peso, esta onza es la

que Juan me ha dado, luego la onza que Juan me ha dado no tiene el

debido peso.» Estos ejemplos y otros por el mismo tenor, son los que

suelen encontrarse en las obras de lógica que dan reglas para los

silogismos; y yo no alcanzo qué utilidad pueden traer al discurso de los

alumnos.

La dificultad en el raciocinio no se quita con estas frivolidades mas

propias para perder el tiempo en la escuela que para enseñar. Cuando el

discurso se traslada de los ejemplos á la realidad, no encuentra nada

semejante: y entónces ó se olvida completamente de las reglas, ó despues

de haber ensayado el aplicarlas continuamente, se cansa bien pronto de

la enojosa é inútil tarea. Cierto sugeto, muy conocido mio, se habia

tomado el trabajo de examinar todos sus discursos á la luz de las reglas

dialécticas; no sé si en la actualidad conservará todavia este peregrino

humor; miéntras tuve ocasion de tratarle no observé que alcanzase gran

resultado.

Analicemos algunos de estos ejemplos, y comparémoslos con la práctica.

Trátase de la pertenencia de una posesion. Todos los bienes que fueron

de la familia N debieron pasar á la familia M; pero el mucho tiempo

trascurrido y otras circunstancias, hacen que se suscite un pleito sobre

el manso B, de que esta última se halla en posesion, fundándose en que

sus derechos á ella le vienen de la familia N. Claro es que el silogismo

del posesor ha de ser el siguiente: Todos los bienes que fueron de la

familia N me pertenecen; es así que el manso B se halla en este caso,

luego el manso B me pertenece. Para no complicar, supondremos que no

haya dificultad en la primera proposicion, ó sea en la mayor; y que toda

la disputa recaiga sobre la menor; es decir que le incumbe probar que

efectivamente el manso B perteneció á la familia N.

Todo el pleito gira, no en si el silogismo es concluyente, sino en si se

prueba la menor ó no. Y pregunto ahora: ¿pensará nadie en el silogismo?

¿sirve de nada el recordar que lo que se dice de todos se ha de decir

de cada uno? Cuando se haya llegado á probar que el manso B perteneció á

la familia N, ¿será menester ninguna regla para deducir que la familia M

es legítima poseedora? El discurso se hace, es cierto; existe el

silogismo, no cabe duda; pero es cosa tan clara, es tan obvia la

deduccion, que las reglas dadas para sacarla, mas bien que otra cosa,

parecerán un puro entretenimiento especulativo. No estará el trabajo en

el silogismo, sino en encontrar los títulos para probar que el manso B

perteneció realmente á la familia N, en interpretar cual conviene las

cláusulas del testamento, donacion, ó venta por donde lo habia

adquirido; en esto y otros puntos consistirá la dificultad, para esto

seria necesario aguzar el discurso, prescribiéndole atinadas reglas á

fin de discernir la verdad entre muchos y complicados y contradictorios

documentos. Gracioso seria por demas, el preguntar á los interesados, á

los abogados y al juez, cuántas veces han pensado en semejantes reglas,

cuando seguian con ojo atento el hilo que debía respectivamente

conducirlos al objeto deseado.

«La moneda que no reune las calidades prescritas por la ley no debe

recibirse; esta onza de oro no las tiene, luego no debe recibirse.» El

raciocinio es tan concluyente como inútil. Cuando yo este bien instruido

de las circunstancias exigidas por la ley monetaria vigente, y ademas

haya experimentado que esta onza de oro carece de ellas, se la devolveré

al dador sin discursos; y si se traba disputa, no versará sobre la

legitimidad de la consecuencia, sino sobre si á tantos ó cuantos granos

de déficit se ha de tomar todavia, si está bien pesada ó no, si lleva

esta ó aquella señal, y otras cosas semejantes.

Cuando el hombre discurre no anda en actos reflejos sobre su

pensamiento, así como los ojos cuando miran no hacen contorsiones para

verse á sí mismos. Se presenta una idea, se la concibe con mas ó ménos

claridad; en ella se ve contenida otra, ú otras; con estas se suscita el

recuerdo de otras, y así se va caminando con suavidad, sin cavilaciones

reflejas, sin embarazarse á cada paso con la razon de aquello que se

piensa.

§ III.

El entimema.

La evidencia de estas verdades ha hecho que se contase entre las formas

de argumentacion el entimema, el cual no es mas que un silogismo en que

se calla por sobrentendida, alguna de sus proposiciones. Esta forma se

la enseñó á los dialécticos la experiencia de lo que estaban viendo á

cada paso; pues pudieron notar que en la práctica se omitia por

superfluo el presentar por extenso todo el hilo del raciocinio. Así en

el último ejemplo, el silogismo por extenso seria el que se ha puesto al

principio; pero en forma de entimema se convertiria en este otro: «Esta

onza no tiene las condiciones prescritas por la ley, luego no debo

recibirla;» ó en estilo vulgar, y mas conciso y expresivo: «No la tomo;

es corta.»

§ IV.

Reflexiones sobre el término.

Todo el artificio del silogismo consiste en comparar los extremos con un

término medio, para deducir la relacion que tienen entre sí. Cuando se

conocen ya, y se tienen presentes esos extremos y ese término medio,

nada mas sencillo que hacer la comparacion; pero cabalmente entónces ya

no es necesaria la regla, porque el entendimiento ve al instante la

consecuencia buscada. ¿Cómo se encuentra ese término medio? ¿Cómo se

conocen los dos extremos, cuando se hacen investigaciones sobre un

objeto, del cual se ignora lo que es? Sé muy bien que si este mineral

que tengo en las manos fuese oro, tendria tal calidad; pero el embarazo

está en que ni se me ocurre que esto pueda ser oro, y por tanto no

pienso en uno de los dos extremos; ni aun cuando pensara en ello, me

encuentro con medios para comprobarlo. Sabe muy bien el juez que si el

hombre que pasa por su lado fuera el asesino á quien persigue desde

mucho tiempo, deberia enviarle al suplicio; pero la dificultad está en

que al ver al culpable no piensa en el asesino; y si pensara en él y

sospechase que es el individuo que está presente, no puede condenarle

por falta de pruebas. Tiene los dos extremos, mas no el término medio;

término que no se lo ofrecerá ciertamente bajo formas dialécticas. ¿Cómo

se llama este hombre? Su patria, su residencia ordinaria, los

antecedentes de su conducta, su modo de vivir en la actualidad, el lugar

donde se hallaba cuando se cometió el asesinato, testigos que le vieron

en las inmediaciones del sitio en que se encontró la víctima; su traje,

estatura, fisonomia, señales sangrientas que se han notado en su ropa,

el puñal escondido, el azoramiento con que llegó á deshora á su casa

pocos momentos despues del desastre, algunas prendas que se han

encontrado en su poder, y que se parecen mucho á otras que tenia el

difunto, sus contradicciones, su reconocida enemistad con el asesinado;

hé aquí los términos medios, ó mas bien un conjunto de circunstancias

que han de indicar si el preso es el verdadero asesino. ¿Y para qué

aprovecharán las reglas del silogismo? Ahora habrá que atender á una

palabra, despues á un hecho; aquí se habrá de examinar una señal, mas

allá se habrán de cotejar dos ó mas coincidencias. Será preciso atender

á las cualidades físicas, morales y sociales del individuo, será

necesario apreciar el valor de los testigos, en una palabra, deberá el

juez revolver la atencion en todas direcciones, fijarla sobre mil y mil

objetos diferentes, y pesarlo todo en justa y escrupulosa balanza para

no dejar sin castigo al culpable, ó no condenar al inocente.

Lo diré de una vez: los ejemplos que suelen abundar en los libros de

dialéctica de nada sirven para la práctica: quien creyese que con aquel

mecanismo ha aprendido á pensar, puede estar persuadido de que se

equivoca. Si lo que acabo de exponer no le convence, la experiencia le

desengañará.

§ V.

Utilidad de las formas dialécticas.

Sin embargo de lo dicho, no negaré que esas formas dialécticas sean

útiles aun en nuestro tiempo, para presentar con claridad y exactitud el

encadenamiento de las ideas en el raciocinio: y que si no valen mucho

como medio de invencion, sean á veces provechosas como conducto de

enseñanza. Así es que léjos de pretender que se las destierre del todo

de las obras elementales, conviene que se las conserve, no en toda su

sequedad, pero si en todo su vigor. _Nervos et ossa_ las llamaba Melchor

Cano con mucha oportunidad: no se destruyan pues esos nervios y huesos;

basta cubrirlos con piel blanda y colorada, para que no repugnen ni

ofendan. Porque es preciso confesar que ahora á fuerza de desdeñar las

formas, se cae en el extrema opuesto, sumamente dañoso al adelanto de

las ciencias, y á la causa de la verdad. Antes, los discursos eran

descarnados en demasía, presentaban, por decirlo así, desnuda la

armazon; pero ahora, tanto es el cuidado de la exterioridad, tal el

olvido de lo interior, que en muchos discursos no se encuentra mas que

palabras, que serian bellas, si serlo pudieran palabras vacias. Con el

auxilio de las formas dialécticas, traveseaban en demasía los ingenios

sutiles y cavilosos; con las formas oratorias se envuelven á menudo los

espíritus huecos. _Est modus in rebus_[15].

CAPÍTULO XVI.

NO TODO LO HACE EL DISCURSO.

§ I.

La inspiracion.

Es un error el figurarse que los grandes pensamientos son hijos del

discurso; este, bien empleado, sirve algun tanto para enseñar, pero poco

para inventar. Casi todo lo que el mundo admira de mas feliz, grande y

sorprendente, es debido á la inspiracion; á esta luz instantánea que

brilla de repente en el entendimiento del hombre, sin que él mismo sepa

de donde le viene. Inspiracion la apellido, y con mucha propiedad,

porque no cabe nombre mas adaptado para explicar este admirable

fenómeno.

Está un matemático dando vueltas á un intrincado problema; se ha hecho

cargo de todos los datos, nada le queda que practicar de lo que para

semejantes casos está prevenido. La resolucion no se encuentra; se han

tanteado varios planteos, y á nada conducen. Se han tomado al acaso

diferentes cantidades, por si se da en el blanco; todo es inútil. La

cabeza está fatigada; la pluma descansa sobre el papel, nada escribe. La

atencion del calculador está como adormecida de puro fija; casi no sabe

si piensa. Cansado de forcejear por abrir una puerta tan bien cerrada,

parece que ha desistido de su empeño, y que se ha sentado en el umbral

aguardando si alguien abrirá por la parte de adentro. «Ya lo veo,»

exclama de repente, «esto es!....» y cual otro Arquimédes, sin saber lo

que le sucede, saltaria del baño y echaria á correr gritando: «Lo he

encontrado!..... Lo he encontrado!....»

Acontece á menudo que despues de largas horas de meditacion, no se ha

podido llegar á un resultado satisfactorio, y cuando el ánimo está

distraido, ocupado en asuntos totalmente diferentes, se le presenta de

improviso la verdad como una aparicion misteriosa. Hallábase santo Tomas

de Aquino en la mesa del rey de Francia; y como no debia de ser mal

criado y descortes, no es regular que escogiese aquel puesto para

entregarse á meditaciones profundas. Pero ántes de la hora del convite

estaria en la celda ocupado en sus ordinarias tareas, aguzando las armas

de la razon para combatir á los enemigos de la Iglesia. Natural es que

le sucediese lo que suelen experimentar todos los que tienen por

costumbre penetrar el fondo de las cosas, que aun cuando han dejado la

meditacion en que estaban embebidos, se les ocurre con frecuencia el

punto en cuestion, como si viniese á llamar a la puerta, preguntando si

le toca otra vez el turno. Y hé aquí, que sin saber cómo, se siente

inspirado, ve lo que ántes no veia, y olvidándose de que estaba en la

mesa del rey, da sobre ella una palmada, exclamando: «Esto es

concluyente contra los maniqueos!....»

§ II.

La meditacion.

Cuando el hombre se ocupa en comprender algun objeto muy dificil, tan

léjos está de andar con la regla y compas en la mano para dirigir sus

meditaciones, que las mas de las veces queda absorto en la

investigacion, sin advertir que medita, ni aun que existe. Mira las

cosas, ahora por un lado, despues por otro; pronuncia interiormente el

nombre de aquello que examina; da una ojeada á lo que rodea el punto

principal; no se parece á quien sigue un camino trillado, como sabiendo

el término á que ha de llegar, sino á quien buscando en la tierra un

tesoro cuya existencia sospecha, pero de cuyo lugar no está seguro, anda

excavando acá y acullá sin regla fija.

Y si bien se observa, no puede suceder de otra manera, cuando ya de

antemano no se conoce la verdad que se busca. El que tiene á la vista un

pedazo de mineral cuya naturaleza conoce, cuando trate de manifestar á

otros lo que él sabe sobre la misma, se valdrá del procedimiento mas

sencillo, y mas adaptado para el efecto. Pero si no tuviese dicho

conocimiento, entónces le revolveria y miraria repetidas veces; por este

ó aquel indicio formaria sus conjeturas, y al fin echaria mano de

experimentos á propósito, no para manifestar que es tal, sino para

descubrir cuál es.

§ III.

Invencion y enseñanza.

De esto nace la diferencia entre el método de enseñanza y el de

invencion: quien enseña, sabe adonde va, y conoce el camino que ha de

seguir, porque ya le ha recorrido otras veces; mas el que descubre tal

vez no se propone nada determinado, sino examinar lo que hay en el

objeto que le ocupa; quizas se prefija un blanco, pero ignorando si es

posible alcanzarle, ó dudando si existe, si es mas que un capricho de su

imaginacion; y en caso de estar seguro de su existencia, no conoce el

sendero que á él le ha de conducir.

Por este motivo los mas elevados descubrimientos se enseñan por

principios muy diferentes de los que guiaron á los inventores; el

cálculo infinitesimal es debido á la geometría, y ahora se llega á sus

aplicaciones geométricas por una serie de procedimientos puramente

algebráicos. Así, se levanta en una cordillera de escarpadas montañas un

picacho inaccesible, donde al parecer se divisan algunos restos de un

antiguo edificio: un hombre curioso y atrevido concibe el designio de

subir allá; mira, tantea, trepa por altísimos peñascos, se escurre por

pasadizos impracticables, se aventura por el estrechísimo borde de

espantosos derrumbaderos, se ase de endebles plantas y carcomidas

raices, y al fin cubierto de sudor y jadeando de cansancio, toca á la

deseada cumbre, y levantando los brazos clama con orgullo: «¡ya estoy

arriba!....» Entónces domina de una ojeada todas las vertientes de las

cordilleras; lo que ántes no veia sino por partes, ahora lo ve en su

conjunto: mira hácia los puntos por donde habia tanteado, ve la

imposibilidad de subir por allí, y se rie de su ignorancia. Contempla

las escabrosidades por donde acaba de atravesar, y se envanece de su

temeraria osadía. ¿Y cómo será posible que por estas malezas suban los

que le estan mirando? Pero ved ahí un sendero muy fácil; desde abajo no

se descubre, desde arriba sí. Da muchos rodeos, es verdad, se ha de

tomar á larga distancia, pero es accesible hasta á los mas débiles y

ménos atrevidos. Entónces desciende corriendo, se reune con los demas,

les dice «seguidme,» los conduce á la cima, sin cansancio ni peligro, y

allí los hace disfrutar de la vista del monumento, y de los magníficos

alrededores que el picacho domina.

§ IV.

La intuicion.

Mas no se crea que las tareas del genio sean siempre tan laboriosas y

pesadas. Uno de sus caractéres es la _intuicion_, el ver sin esfuerzo lo

que otros no descubrian sino con mucho trabajo, el tener á la vista el

objeto inundado de luz, cuando los demas estan en tinieblas. Ofrecedle

una idea, un hecho, que quizas para otros serán insignificantes, él

descubre mil y mil circunstancias y relaciones ántes desconocidas. No

habia mas que un pequeño círculo, y al clavarse en él la mágica mirada,

el círculo se agita, se dilata, va extendiéndose como la aurora al

levantarse el sol. Ved, no habia mas que una débil ráfaga luminosa,

pocos instantes despues brilla el firmamento con inmensas madejas de

plata y de oro, torrentes de fuego inundan la bóveda celeste, del

oriente al ocaso, del aquilon al sud.

§ V.

No está la dificultad en comprender sino en atinar. El jugador de

ajedrez. Sobieski. Las víboras de Aníbal.

Hay en este punto una particularidad muy digna de notarse, y que tal vez

no ha sido observada; y es que muchas verdades no son difíciles en sí y

que sin embargo á nadie se ocurren sino á los hombres de talento. Cuando

estos las presentan, ó las hacen advertir, todo el mundo las ve tan

claras, tan sencillas, tan obvias que parece extraño no se las haya

visto ántes.

Dos hábiles jugadores de ajedrez estan empeñados en una complicada

partida. Uno de ellos hace una jugada al parecer tan indiferente.....

«tiempo perdido,» dicen los espectadores; luego abandona una pieza que

podia muy bien defender, y se entretiene en acudir á un punto por el

cual nadie le amenaza. «Vaya una humorada, exclaman todos, esto le hará

á V. mucha falta.» «¿Qué quieren Vds.? dice el taimado, no atina uno en

todo,» y continúa como distraido. El adversario no ha penetrado la

intencion, no acude al peligro, juega, y el distraido que perdia tiempo

y piezas, ataca por el flanco descubierto, y con maligna sonrisa dice:

«jaque mate.» Tiene razon, gritan todos, y ¿cómo no lo habiamos visto?

y una cosa tan sencilla!.... pues es claro, perdió el tiempo para

enfilar por aquel lado, abandonó una pieza para abrirse paso; acudió

allí, no para defenderse sino para cerrar aquella salida; parece

imposible que no lo hubiéramos advertido.»

Estan los turcos acampados delante de Viena; cada cual discurre por

donde se deberá atacarlos cuando llegue el deseado refuerzo á las

órdenes del rey de Polonia. Las reglas del arte andan de boca en boca,

los proyectos son innumerables. Llega Sobieski, echa una ojeada sobre el

ejército enemigo: «es mio, dice, está mal acampado.» Al dia siguiente

ataca, los turcos son derrotados, y Viena es libre. Y despues de visto

el plan de ataque y su feliz éxito, todos dirian: «los turcos cometieron

tal ó cual falta, tenia razon el rey, estaban mal acampados;» todos

veian la verdad, la encontraban muy sencilla, pero despues de habérsela

mostrado.

Todos los matemáticos sabian las propiedades de las progresiones

aritméticas y geométricas; que el exponente de 1 era 0, que el de 10 era

1, que el de 1000 era 2, y así sucesivamente, y que el de los números

medios entre 1 y 10 era un quebrado; pero nadie veia que con esto se

pudiese tener un instrumento de tantos y tan ventajosos usos como son

las tablas de los logaritmos. Neper dijo «hélo aquí;» y todos los

matemáticos vieron que era una cosa muy sencilla.

Nada mas fácil que el sistema de nuestra numeracion; y sin embargo, no

lo conocieron ni los griegos, ni los romanos. ¿Qué fenómeno mas

sencillo, mas patente á nuestros ojos, que la tendencia de los flúidos

á ponerse á nivel, á subir á la misma altura de la cual descienden? ¿No

lo estamos viendo á cada paso en las retortas, y en todos los vasos

donde hay dos ó mas tubos de comunicacion? ¿Qué cosa mas sencilla que la

aplicacion de esta ley de la naturaleza á objeto de tanta utilidad como

es la conduccion de las aguas? Y sin embargo ha debido trascurrir mucho

tiempo ántes que la humanidad se aprovechara de la leccion que estaba

recibiendo todos los dias en un fenómeno tan sencillo.

Dos artesanos poco diestros se hallan embarazados en una obra. El uno

consulta al otro, ambos cavilan, ensayan, malbaratan, sin conseguir

nada. Acuden por fin á un tercero de aventajada nombradía. ¿A ver si V.

nos saca de apuros?--Muy sencillo, de esta manera--Tiene V. razon, era

tan fácil y no habíamos sabido dar en ello.

Está Aníbal á la víspera de un combate naval, da sus disposiciones, y

entre tanto vuelven á bordo algunos soldados que llevan un gran número

de vasos de barro bien tapados, cuyo contenido conocen muy pocos.

Comienza la refriega, los enemigos se rien de que los marinos de Aníbal

les arrojen aquellos vasos en vez de flechas; el barro se hace pedazos,

y el daño que causa es muy poco. Pasan algunos momentos, un marino

siente una picadura atroz: al grito del lastimado sucede el de otro,

todos vuelven la vista y notan con espanto que la nave está llena de

víboras. Introdúcese el desórden, Aníbal maniobra con destreza y la

victoria se decide en su favor. Ciertamente que nadie ignoraba que era

posible recoger muchas víboras, y encerrarlas en vasos de barro, y

tirarlos á las naves enemigas; pero la ocurrencia solo la tuvo el astuto

cartagines. Y él sin duda encontró el infernal ardid, sin raciocinios ni

cavilaciones; bastóle tal vez que alguien mentase la palabra _víbora_,

para atinar desde luego en que este reptil podia servirle de excelente

auxiliar.

¿Qué nos dicen estos ejemplos? nos dicen que el talento consiste muchas

veces en ver una relacion que está patente, y en la cual nadie atina.

Ella en sí no es dificil, y la prueba está en que tan pronto como alguno

la descubre, y la señala con el dedo diciendo: «mirad;» todos la ven sin

esfuerzo, y hasta se admiran de no haberla advertido. Así que el

lenguaje, llevado por la fuerza misma de las cosas, los llama á estos

pensamientos _ocurrencias_, _golpes_, _inspiraciones_, expresando de

esta manera que no costaron trabajo, que se ofrecieron por sí mismos.

§ VI.

Regla para meditar.

De lo dicho inferiré que para pensar bien no es buen sistema poner el

espíritu en tortura, sino que es conveniente dejarle con cierto

desahogo. Está meditando sobre un objeto, al parecer no adelanta; con la

atencion sobre una cosa, diríase que está dormitando. No importa; no le

violenteis; mira si descubre algun indicio que le guie; se asemeja al

que tiene en la mano una cajita cerrada con un resorte misterioso, en la

cual se quiere poner á prueba el ingenio, por si se encuentra el modo

de abrirla. La contempla largo rato, la vuelve repetidas veces, ora

aprieta con el dedo, ora forcejea con la uña, hasta que al fin permanece

un instante inmóbil y dice: «aquí está el resorte, ya está abierta.»

§ VII.

Carácter de las inteligencias elevadas. Notable doctrina de santo Tomas

de Aquino.

¿Porqué no se ocurren á todos ciertas verdades sencillas? ¿cómo es que

el linaje humano haya de mirar cual espíritus extraordinarios á los que

ven cosas que al parecer todo el mundo habia podido ver? Esto es buscar

la razon de un arcano de la Providencia, esto es preguntar porqué el

Criador ha otorgado á algunos hombres privilegiados una gran fuerza de

intuicion, ó sea vision intelectual inmediata, y la ha negado al mayor

número.

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