Si nos fuese conocida la esencia de las cosas, podríamos asentar con

respecto á ella proposiciones universales, sin ningun género de

excepcion; porque siendo la esencia la misma en todos los seres de una

misma especie, claro es que lo que del uno afirmásemos, seria igualmente

aplicable á todos. Pero como de lo tocante á dicha esencia conocemos

poco, y de una manera imperfecta, y muchas veces nada, es de ahí que por

lo comun no es posible hablar de los seres, sino con relacion á las

propiedades que están á nuestro alcance, y de las que á menudo no

discernimos si estan radicadas en la esencia de la cosa, ó si son

puramente accidentales. Las proposiciones generales se resienten de este

defecto; pues como expresan lo que nosotros concebimos y juzgamos, no

pueden extenderse sino á lo que nuestro espíritu ha conocido. De donde

resulta que sufren mil excepciones que no preveíamos; y tal vez

descubrimos que se habia tomado por regla lo que no era mas que

excepcion. Esto sucede aun suponiendo mucho trabajo de parte de quien

establece la proposicion general; ¿qué será, si atendemos á la lijereza

con que se las suele formar y emitir?

§ IV.

Las definiciones inexactas.

De estas puede decirse casi lo mismo que de los axiomas; pues que sirven

de luz para dirigir la percepcion y el juicio, y de punto de apoyo para

afianzar el raciocinio. Es sobre manera difícil una buena definicion, y

en muchos casos imposible. La razon es obvia; la definicion explica la

esencia de la cosa definida; y ¿cómo se explica lo que no se conoce? A

pesar de tamaño inconveniente, existen en todas las ciencias una

muchedumbre de definiciones que pasan cual moneda de buena ley; y si

bien sucede con frecuencia que se levantan los autores contra las

definiciones de otros, ellos á su vez cuidan de reemplazarlas con la

suyas, las que hacen circular por toda la obra tomándolas por base en

sus discursos. Si la definicion ha de ser la explicacion de la esencia

de la cosa, y el conocer esta esencia es negocio tan difícil, ¿porqué se

lleva tanta prisa en definir? El blanco de las investigaciones es el

conocimiento de la naturaleza de los seres; la proposicion pues en que

se explicase esta naturaleza, es decir la definicion, debiera ser la

última que emitiese el autor. En la definicion está la ecuacion que

presenta despejada la incógnita; y en la resolucion de los problemas

esta ecuacion es la última.

Lo que nosotros podemos definir muy bien es lo puramente convencional;

porque la naturaleza del ser convencional es aquella que nosotros mismos

le damos por los motivos que bien nos parecen. Así, ya que no nos es

posible en muchos casos definir la cosa, al ménos debiéramos fijar bien

lo que entendemos cuando hablamos de ella; ó en otros términos,

deberíamos definir la palabra con que pretendemos expresar la cosa. Yo

no sé lo que es el sol; no conozco su naturaleza; y por tanto si me

preguntan su definicion, no podré darla. Pero sé muy bien á qué me

refiero cuando pronuncio la palabra _sol_, y así me será fácil explicar

lo que con ella significo. ¿Qué es el sol? no lo sé. ¿Qué entiende V.

por la palabra _sol_? Ese astro cuya presencia nos trae el dia, y cuya

desaparicion produce la noche. Esto me lleva naturalmente á las palabras

mal definidas.

§ V.

Palabras mal definidas. Exámen de la palabra igualdad.

En la apariencia nada mas fácil que definir una palabra, porque es muy

natural que quien la emplea sepa lo que se dice, y de consiguiente pueda

explicarlo. Pero la experiencia enseña no ser así, y que son muy pocos

los capaces de fijar el sentido de las voces que usan. Semejante

confusion nace de la que reina en las ideas, y á su vez contribuye á

aumentarla. Oiréis á cada paso una disputa acalorada en que los

contrincantes manifiestan quizas ingenio nada comun: dejadlos que den

cien vueltas al objeto, que se acometan y rechacen una y mil veces, como

enemigos en sangrienta batalla; entónces si os quereis atravesar de

mediador, y hacer palpable la sinrazon de ambos, tomad la palabra que

expresa el objeto capital de la cuestion, y preguntad á cada uno, ¿qué

entiende V. por esto? ¿qué sentido da V. á esta palabra? Os acontecerá

con frecuencia que los dos adversarios se quedarán sin saber qué

responderos, ó pronunciando algunas expresiones vagas, inconexas,

manifestando bien á las claras que les habeis salido de improviso, que

no esperaban el ataque por aquel flanco, siendo quizas aquella la

primera vez que se ocupan, mal de su grado, en darse cuenta á sí mismos

del sentido de una palabra que en un cuarto de hora han empleado

centenares de veces, y de que estaban haciendo infinitas aplicaciones.

Pero suponed que esto no acontece, y que cada cual da con facilidad y

presteza la explicacion pedida: estad seguro que el uno no aceptará la

definicion del otro, y que la discordancia que ántes versaba ó parecia

versar sobre el fondo de la cuestion, se trasladará de repente al nuevo

terreno entablándose disputa sobre el sentido de la palabra. He dicho _ó

parecia versar_, porque si bien se ha observado el giro de la discusion,

se habrá echado de ver que bajo el nombre de la cosa se ocultaba con

frecuencia el significado de la palabra.

Hay ciertas voces que expresando una idea general, aplicable á muchos y

muy diferentes objetos y en los sentidos mas varios, parecen inventadas

adrede para confundir. Todos las emplean, todos se dan cuenta á si

mismos de lo que significan, pero cada cual á su modo; resultando una

algarabia que lastima á los buenos pensadores.

«La igualdad de los hombres, dirá un declamador, es una ley establecida

por el mismo Dios. Todos nacemos llorando, todos morimos suspirando: la

naturaleza no hace diferencia entre pobres y ricos, plebeyos y nobles; y

la religion nos enseña que todos tenemos un mismo orígen y un mismo

destino. La igualdad es obra de Dios; la desigualdad es obra del hombre;

solo la maldad ha podido introducir en el mundo esas horribles

desigualdades de que es víctima el linaje humano; solo la ignorancia, y

la ausencia del sentimiento de la propia dignidad han podido

tolerarlas.» Esas palabras no suenan mal al oido del orgullo: y no puede

negarse que hay en ellas algo de especioso. Ese hombre dice errores

capitales, y verdades palmarias; confunde aquellos con estas; y su

discurso seductor para los incautos, presenta á los ojos de un buen

pensador una algarabía ridicula. ¿Cuál es la causa? Toma la palabra

_igualdad_ en sentidos muy diferentes, la aplica á objetos que distan

tanto como cielo y tierra; y pasa á una deduccion general, con entera

seguridad, como si no hubiese riesgo de equivocacion.

¿Queremos reducir á polvo cuanto acaba de decir? Hé aquí como deberemos

hacerlo.

--¿Qué entiende V. por igualdad?

--Igualdad, igualdad.... bien claro está lo que significa.

--Sin embargo no será de mas que V. nos lo diga.

--La igualdad está en que el uno no sea ni mas ni ménos que el otro.

--Pero ya ve V. que esto puede tomarse en sentidos muy varios; porque

dos hombres de seis pies de estatura serán iguales en ella, pero será

posible que sean muy desiguales en lo demas; por ejemplo, si el uno es

barrigudo, como el gobernador de la ínsula Barataria, y el otro seco de

carnes como el caballero de la Triste Figura. Ademas dos hombres pueden

ser iguales ó desiguales en saber, en virtud, en nobleza, y en un millon

de cosas mas; con que será bien que ántes nos pongamos de acuerdo en la

acepcion que da V. á la palabra igualdad.

--Yo hablo de la igualdad de la naturaleza, de esta igualdad establecida

por el mismo Criador, contra cuyas leyes nada pueden los hombres.

--Así no quiere V. decir mas sino que por naturaleza todos somos

iguales....

--Cierto.

--Ya; pero yo veo que la naturaleza nos hace á unos robustos, á otros

endebles, á unos hermosos, á otros feos, á unos ágiles, á otros torpes,

á unos de ingenio despejado, á otros tontos, á unos nos da inclinaciones

pacificas, á otros violentas, á unos.... pero seria nunca acabar si

quisiera enumerar las desigualdades que nos vienen de la misma

naturaleza. ¿Dónde está la igualdad natural de que V. nos habla?

--Pero estas desigualdades no quitan la igualdad de derechos....

--Pasando por alto que V. ha cambiado ya completamente el estado de la

cuestion, abandonando ó restringiendo mucho la igualdad de la

naturaleza, tambien hay sus inconvenientes en esa igualdad de derechos.

¿Le parece á V. si el niño de pocos años tendrá _derecho_ para reñir y

castigar á su padre?

--V. finge absurdos....

--No señor, que esto y nada ménos que esto exige la igualdad de

derechos; si no es asi deberá V. decirnos de qué derechos habla, de

cuáles debe entenderse la igualdad y de cuáles no.

--Bien claro es que ahora tratamos de la igualdad social.

--No trataba V. de ella únicamente; bien reciente es el discurso en que

hablaba V. en general y de la manera mas absoluta, solo que arrojado de

una trinchera se refugia V. en la otra. Pero vamos á la igualdad social.

Esto significará que en la sociedad todos hemos de ser iguales. Ahora

pregunto, ¿en qué? ¿en autoridad? Entónces no habrá gobierno posible.

¿En bienes? Enhorabuena; dejemos á un lado la justicia, y hagamos el

repartimiento: al cabo de una hora, de dos jugadores el uno habrá

alijerado el bolsillo del otro, y estarán ya desiguales; pasados algunos

dias, el industrioso habrá aumentado su capital, el desidioso habrá

consumido una porcion de lo que recibió; y caeremos en la desigualdad.

Vuélvase mil veces al repartimiento, y mil veces se desigualarán las

fortunas. ¿En consideracion? pero ¿apreciará V. tanto al hombre honrado

como al tunante? ¿se depositará igual confianza en este que en aquel?

¿Se encargarán los mismos negocios á Metternich que al mas rudo patan? Y

aun cuando se quiesese, ¿podrian todos hacerlo todo?

--Esto es imposible; pero lo que no es imposible es la igualdad ante la

ley.

--Nueva retirada, nueva trinchera; vamos allá. La ley dice: el que

contravenga sufrirá la multa de mil reales, y en caso de insolvencia

diez dias de cárcel. El rico paga los mil reales, y se rie de su

fechoria; el pobre que no tiene un maravedí, expia su falta de rejas

adentro. ¿Dónde está la igualdad ante la ley?

--Pues yo quitaria esas cosas; y estableceria las penas de suerte que no

resultase nunca esta desigualdad.

--Pero entónces desaparecerian las multas, arbitrio no despreciable para

huecos del presupuesto y alivio de gobernantes. Ademas voy á demostrarle

á V. que no es posible en ninguna suposicion esta pretendida igualdad.

Demos que para una transgresion está señalada la pena de diez mil

reales; dos hombres han incurrido en ella, y ambos tienen de que pagar;

pero el uno es opulento banquero, el otro un modesto artesano. El

banquero se burla de los diez mil reales, el artesano queda arruinado.

¿Es igual la pena?

--No por cierto; mas ¿cómo quiere V. remediarlo?

--De ninguna manera; y esto es lo que quiero persuadirle á V. de que la

desigualdad es cosa irremediable. Demos que la pena sea corporal,

encontraremos la misma desigualdad. El presidio, la exposicion á la

vergüenza pública, son penas que el hombre falto de educacion, y del

sentimiento de dignidad, sufre con harta indiferencia; sin embargo un

criminal que perteneciese á cierta categoría preferiria mil veces la

muerte. La pena debe ser apreciada, no por lo que es en sí, sino por el

daño que causa al paciente y la impresion con que le afecta; pues de

otro modo desaparecerian los dos fines del castigo: la expiacion y el

escarmiento. Luego, una misma pena aplicada á criminales de clases

diferentes, no tiene la igualdad sino en el nombre, entrañando una

desigualdad monstruosa. Confesaré con V. que en estos inconvenientes hay

mucho de irremediable, pero reconozcamos estas tristes necesidades, y

dejémonos de ponderar una igualdad imposible.

La definicion de una palabra, y el discernir las diferentes aplicaciones

que de ella podrian hacerse, nos ha traido la ventaja de reducir á la

nada un especioso sofisma, y de demostrar hasta la última evidencia que

el pomposo orador ó propalaba absurdos, ó no nos decia nada que no

supiésemos de antemano; pues no es mucho descubrimiento el anunciar que

todos nacemos y morimos de una misma manera.

§ VI.

Suposiciones gratuitas. El despeñado.

A falta de un principio general tomamos á veces un hecho que no tiene

mas verdad y certeza de la que nosotros le otorgamos. ¿De dónde tantos

sistemas para explicar los fenómenos de la naturaleza? De una suposicion

gratuita que el inventor del sistema tuvo á bien asentar como primera

piedra del edificio. Los mayores talentos se hallan expuestos á este

peligro siempre que se empeñan en explicar un fenómeno, careciendo de

datos positivos sobre su naturaleza y origen. Un efecto puede haber

procedido de una infinidad de causas; pero no se ha encontrado la verdad

por solo saber que ha _podido_ proceder, es necesario demostrar que ha

procedido. Si una hipótesis me explica satisfactoriamente un fenómeno

que tengo á la vista, podré admirar en ella el ingenio de quien la

inventara; pero poco habré adelantado para el conocimiento de la

realidad de las cosas.

Este vicio de atribuir un efecto á una causa _posible_, salvando la

distancia que va de la _posibilidad_ á la _realidad_, es mas comun de lo

que se cree; sobre todo, cuando el razonador puede apoyarse en la

coexistencia ó sucesion de los hechos que se propone enlazar. A veces,

ni aun se aguarda á saber si ha existido realmente el hecho que se

designa como causa; basta que haya podido existir, y que en su

existencia hubiese podido producir el efecto de que se pretende dar

razon.

Se ha encontrado en el fondo de un precipicio el cadáver de una persona

conocida; las señales de la víctima manifiestan con toda claridad que

murió despeñada. Tres suposiciones pueden excogitarse para dar razon de

la catástrofe; una caida, un suicidio, un asesinato. En todos estos

casos, el efecto será el mismo; y en ausencia de datos no puede decirse

que el uno lo explique mas satisfactoriamente que el otro. Numerosos

espectadores estan contemplando la desastrosa escena; todos ansian

descubrir la causa; haced que se presente el mas leve indicio, desde

luego veréis nacer en abundancia las conjeturas, y oiréis las

expresiones de «es cierto; así será; no puede ser de otra manera....

como si lo estuviese mirando ... no hay testigos, no puede probarse en

juicio; pero lo que es duda, no cabe.»

Y ¿cuáles son los indicios? Algunas horas ántes de encontrarse el

cadáver, el infeliz se encaminaba hácia el lugar fatal, y no falta quien

vió que estaba leyendo unos papeles, que se detenia de vez en cuando, y

daba muestras de inquietud. Por lo demas es bien sabido que estos

últimos dias habia pasado disgustos, y que los negocios de su casa

estaban muy mal parados. Toda la vecindad veia en su semblante muestras

de pena y desazon. Asunto concluido; este hombre se ha suicidado.

Asesinato no puede ser, estaba tan cerca de su casa.... ademas que un

asesinato no se comete de esta manera.... Una desgracia es imposible,

porque él conocia muy bien el terreno; y por otra parte, no era hombre

que anduviese precipitado ni con la vista distraida. Como el pobre

estaba acosado por sus acreedores, hoy dia de correo debió de recibir

alguna carta apremiante, y no habrá podido resistir mas.

--Vamos, vamos, responderá el mayor número, cosa clara: y tiene V.

razon, cabalmente es hoy dia de correo....

Llega el juez y al efecto de instruir las primeras diligencias, se

registra la cartera del difunto.

--Dos cartas.

--¿No lo decia yo?.... el correo de hoy!....

--La una es de N. su corresponsal en la plaza N.

--Vamos, cabalmente allí tenia sus aprietos.

--Dice así: «Muy Sr. mio: en este momento acabo de salir de la reunion

consabida. No faltaban renitentes, pero al fin apoyado de los amigos N

N, he conseguido que todo el mundo entrase en razon. Por ahora puede V.

vivir tranquilo, y si su hijo de V. tuviera la dicha de restablecer

algun tanto los negocios de América, esta gente se prestará á todo, y

conservará V. su fortuna y su crédito. Los pormenores para el correo

inmediato; pero he creido que no debia diferir un momento el comunicarle

á V. tan satisfactoria noticia. Entre tanto, etc., etc.» No hay por qué

matarse.

--La otra?....

--Es de su hijo....

--Malas noticias debió de traer....

--Dice así: «Mi querido padre: he llegado á tiempo; y á pocas horas de

mi desembarco, estaba deshecha la trampa. Todo era una estafa del Sr. N.

Ha burlado atrozmente nuestra confianza. No soñaba en mi venida, y al

verme en su casa, se ha quedado como herido de un rayo. He conocido su

turbacion, y me he apoderado de toda su correspondencia. Miéntras me

ocupaba de esto ha tomado el portante, é ignoro su paradero. Todo se ha

salvado excepto algun desfalco, que calculo de poca consideracion. Voy

corriendo, porque la embarcacion que sale va á darse á la vela.» etc.

etc.

El correo de hoy no era para suicidarse; el de las conjeturas sale

lucido: todo por haber convertido la posibilidad en realidad, por haber

estribado en suposiciones gratuitas, por haberse alucinado con lo

especioso de una explicacion satisfactoria.

--¿Si podria ser un asesinato?....

--Claro es, porque en este correo.... y ademas, este hombre no carecia

de enemigos.

--El otro dia su colono N. le amenazó terriblemente.

--Y es muy malo.....

--Oh! terrible.... está acostumbrado á la vida bandolera.... vamos,

tiene atemorizada la vecindad....

--¿Y cómo estaban ahora?

--A matar; esta misma mañana salian juntos de la casa del difunto, y

hablaban ambos muy recio.

--¿Y el colono solia andar por aquí?

--Siempre; á dos pasos tiene un campo; y ademas la cuestion estaba (sino

que esto sea dicho entre nosotros), la cuestion estaba sobre esas

encinas del borde del precipicio. El dueño se quejaba de que él le

echaba á perder el bosque, el otro lo negaba; como que en este mismo

lugar estuvieron el otro dia á pique de darse de garrotazos. Miren

Vds.... sino que uno no debe perder á un infeliz.... casi cada dia

estaban en pendencias en este mismo lugar.

--Entónces no hable V. mas.... es una atrocidad! pero ¿cómo se

prueba?....

--Y hoy vean Vds. como no está trabajando en el campo; y tiene por allí

su apero.... y se conoce que ha trabajado hoy mismo..... vamos, ya no

cabe duda; es evidente; el infeliz está perdido, porque esto

respirará.....

Llega uno del pueblo.

--¡Qué desgracia!

--¿No lo sabia V.?

--No señores, ahora mismo me lo han dicho en su casa. Iba yo á verle,

por si se apaciguaba con el pobre N. que está preso en la alcaldía ...

--¿Preso?....

--Sí señores; me ha venido llorando su mujer; dice que se ha excedido de

palabras, y que el alcalde le ha arrestado. Como ya saben Vds. que es

tan maton!....

--¿Y no ha salido mas al campo desde que habló esta mañana con el

difunto en la calle?

--¿Pues cómo habia de salir? vayan Vds. y le encontrarán allí, donde

está desde muy temprano; el pobrecito estaba labrando ahí!....

Nuevo chasco, el asesino estaba á larga distancia, el preso era el

colono: nuevo desengaño para no fiarse de suposiciones gratuitas, para

no confundir la realidad con la posibilidad, y no alucinarse con

plausibles apariencias.

§ VII.

Preocupacion en favor de una doctrina.

Hé aquí uno de los mas abundantes manantiales de error; esto es la

verdadera rémora de las ciencias; uno de los obstáculos que mas retardan

sus progresos. Increible seria la influencia de la preocupacion, si la

historia del espiritu humano no la atestiguara con hechos irrecusables.

El hombre dominado por una preocupacion no busca ni en los libros ni en

las cosas lo que realmente hay, sino lo que le conviene para apoyar sus

opiniones. Y lo mas sensible es, que se porta de esta suerte, á veces

con la mayor buena fe, creyendo sin asomo de duda que está trabajando

por la causa de la verdad. La educacion, los maestros y autores de

quienes se han recibido las primeras luces sobre una ciencia, las

personas con quienes vivimos de continuo, ó tratamos con mas frecuencia,

el estado ó profesion, y otras circunstancias semejantes, contribuyen á

engendrar en nosotros el hábito de mirar las cosas siempre bajo un mismo

aspecto, de verlas siempre de la misma manera.

Apénas dimos los primeros pasos en la carrera de una ciencia, se nos

ofrecieron ciertos axiomas como de eterna verdad, se nos presentaron

ciertas proposiciones como sostenidas por demostraciones irrefragables,

y las razones que militaban por la otra parte, nunca se nos hizo

considerarlas como pruebas que examinar, sino como objeciones que

soltar. ¿Habia alguna de nuestras razones que claudicaba por un lado? se

acudia desde luego á sostenerla, á manifestar que en todo caso no era

aquella la única; que estaba acompañada de otras cumplidamente

satisfactorias; y que si bien ella sola quizas no bastaria, no obstante

añadida á las demas no dejaba de pesar en la balanza y de inclinarla mas

y mas á favor nuestro. ¿Presentaban los adversarios alguna dificultad de

espinosa solucion? El número de las respuestas suplia á su solidez. El

gravísimo autor A contesta de esta manera, el insigne B de tal otra, el

sabio C de tal otra, cualquiera de las tres es suficiente, escójase la

que mejor parezca, con entera seguridad de que el Aquiles de los

adversarios habrá recibido la herida en el tendon. No se trata de

convencer, sino de vencer; el amor propio se interesa en la contienda,

y conocidos son los infinitos recursos de este maligno agente. Lo que

favorece se abulta y exagera; lo que obsta se disminuye, se desfigura ú

oculta: la buena fe protesta algunas veces desde el fondo del alma; pero

su voz es ahogada y acallada como una palabra de paz en encarnizado

combate.

Si así no fuere, ¿cómo será posible explicar que durante largos siglos,

se hayan visto escuelas tan organizadas, como disciplinados ejércitos

agrupados al rededor de una bandera? ¿Cómo es que una serie de hombres

ilustres por su saber y virtudes, viesen todos una cuestion de una misma

manera, al paso que sus adversarios no ménos esclarecidos que ellos, lo

veian todo de una manera opuesta? ¿Cómo es que para saber cuáles eran

las opiniones de un autor, no necesitásemos leerle, bastándonos por lo

comun la órden á que pertenecia, ó la escuela de donde habia salido?

¿Podria ser ignorancia de la materia, cuando consumian su vida en

estudiarla? ¿Podria ser que no leyesen las obras de sus adversarios?

Esto se verificaria en muchos, pero de otros no cabe duda que las

consultarian con frecuencia. ¿Podria ser mala fe? No por cierto; pues

que se distinguian por su entereza cristiana.

Las causas son las señaladas mas arriba; el hombre ántes de inducir á

otros al error, se engaña muchas veces á sí propio. Se aferra á un

sistema, allí se encastilla con todas las razones que pueden

favorecerle; su ánimo se va acalorando á medida que se ve atacado; hasta

que al fin, sea cual fuere el número y la fuerza de los adversarios,

parece que se dice á sí mismo: «este es tu puesto; es preciso

defenderle: vale mas morir con gloria que vivir con ignominiosa

cobardía.»

Por este motivo, cuando se trata de convencer á otros, es preciso

separar cuidadosamente la causa de la verdad de la causa del amor

propio: importa sobre manera persuadir al contrincante de que cediendo,

nada perderá en reputacion. No ataqueis nunca la claridad y perspicacia

de su talento; de otro modo se formalizará el combate, la lucha será

reñida, y aun teniéndole bajo vuestros pies y con la espada en la

garganta, no recabaréis que se confiese vencido.

Hay ciertas palabras de cortesía y deferencia que en nada se ocupen á la

verdad; en vacilando el adversario conviene no economizarlas, si deseais

que se dé á partido ántes que las cosas hayan llegado á extremidades

desagradables[14].

CAPÍTULO XV.

EL RACIOCINIO.

§ I.

Lo que valen los principios y las reglas de la dialéctica.

Cuando los autores tratan de esta operacion del entendimiento, amontonan

muchas reglas para dirigirla, apoyándolas en algunos axiomas. No

disputaré sobre la verdad de estos; pero dudo mucho que la utilidad de

aquellas sea tanta como se ha pretendido. En efecto: es innegable que

las cosas que se identifican con una tercera, se identifican entre sí;

que de dos que se identifican entre sí, si la una es distinta de una

tercera, lo será tambien la otra; que lo que se afirma ó niega de todo

un género ó especie, debe afirmarse ó negarse del individuo contenido en

ellos; y ademas es tambien mucha verdad que las reglas de argumentacion

fundadas en dichos principios son infalibles. Pero yo tengo la

dificultad en la aplicacion; y no puedo convencerme de que sean de

grande utilidad en la práctica.

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