Lo que veia el uno no acertaba á verlo el otro, aquel reputaba á este

por estúpido, y este á su vez le pagaba con la misma moneda. Lo que el

uno apreciaba con admirable tino, el otro lo juzgaba disparatando; lo

que uno miraba como inestimable tesoro, considerábalo el otro cual

miserable bagatela. ¿Y esto porqué? ¿Cómo es que grandes pensadores

discuerden hasta tal punto? ¿Cómo es que las verdades no se presenten á

los ojos de todos de una misma manera? Es que estas verdades son de

especies muy diferentes; es que el compas y la regla no sirven para

apreciar lo que afecta el corazon; es que los sentimientos nada valen en

el cálculo y en la geometría; es que las abstracciones metafísicas nada

tienen que ver con las ciencias sociales; es que la verdad pertenece á

órdenes tan diferentes cuanto lo son las naturalezas de las cosas,

porque la verdad es la misma realidad.

El empeño de pensar sobre todos los objetos de un mismo modo, es un

abundante manantial de errores; es trastornar las facultades humanas; es

transferir á unas lo que es propio exclusivamente de otras. Hasta los

hombres mas privilegiados á quienes el Criador ha dotado de una

comprension universal, no podrán ejercerla cual conviene, si cuando se

ocupan de una materia, no se despojan en cierto modo de sí mismos, para

hacer obrar las facultades que mejor se adaptan al objeto de que se

trata[12].

CAPÍTULO XIII.

LA BUENA PERCEPCION.

§ I.

La idea.

Percibir con claridad, exactitud y viveza, juzgar con verdad, discurrir

con rigor y solidez, hé aquí las tres dotes de un pensador;

examinémoslas por separado, emitiendo sobre cada una de ellas algunas

observaciones.

¿Qué es una idea? No nos proponemos investigarlo aquí. ¿Qué es la

percepcion en su rigor ideológico? Tampoco es este el blanco de nuestras

tareas, ni conduciria al fin que deseamos. Bastará pues decir, en

lenguaje comun, que percepcion es aquel acto interior con el cual nos

hacemos cargo de un objeto: siendo la idea aquella imágen,

representacion, ó lo que se quiera, que sirve como de pábulo á la

percepcion. Así percibimos el círculo, la elipse, la tangente á una de

estas curvas; percibimos la resultante de un sistema de fuerzas, la

razon inversa de estas en los brazos de una palanca, la gravitacion de

los cuerpos, la ley de aceleracion en su descenso, el equilibrio de los

flúidos; percibimos la contradiccion del ser y no ser á un mismo tiempo,

la diferencia entre lo esencial y accidental de los seres; percibimos

los principios de la moral; percibimos nuestra existencia y la de un

mundo que nos rodea; percibimos una belleza ó un defecto en un poema ó

en un cuadro; percibimos la sencillez ó complicacion de un negocio, los

medios fáciles ó arduos para llevarle á cabo; percibimos la impresion

agradable ó desagradable que hace en nuestros semejantes tal ó cual

palabra, gesto ó suceso; en breve, percibimos todo aquello de que se

hace cargo nuestro espíritu; y aquello que en lo interior nos parece que

nos sirve de espejo para ver el objeto, aquello que ora está presente á

nuestro entendimiento, ora se retira, ó se adormece, aguardando que otra

ocasion lo dispierte ó que nosotros lo llamemos para volverse á

presentar; aquello que no sabemos lo que es, pero cuya existencia no nos

es dable poner en duda, aquello se llama idea.

Poco nos importan aquí las opiniones de los ideólogos; por cierto que

para pensar bien no es necesario saber si la idea es distinta de la

percepcion ó no, si es la sensacion transformada ó no, ni si nos ha

venido por este ó aquel conducto, ó si la tenemos innata ó adquirida.

Para la resolucion de todas estas cuestiones, sobre las cuales se ha

disputado siempre, y se disputará en adelante, se necesitan actos

reflejos que no puede hacer quien no se ocupa de ideología, so pena de

distraerse de su tarea, y embarazar y extraviar lastimosamente su

pensamiento. Quien piensa, no puede estar continuamente pensando que

piensa y cómo piensa; de otra suerte el objeto de su entendimiento se

cambiará; y en vez de ocuparse de lo que debe, se ocupará de sí mismo.

§ II.

Regla para percibir bien.

Percibiremos con claridad y viveza, si nos acostumbramos á estar atentos

á lo que se nos ofrece (Cap. II); y si ademas hemos procurado adquirir

el necesario tino para desplegar en cada caso las facultades que se

adaptan al objeto presente.

¿Se me da una definicion matemática? nada de vaguedad, nada de

abstracciones, nada de fantástico ó sentimental, nada del mundo en su

complicacion y variedad; en este caso he de valerme de la imaginacion,

no mas que como del encerado donde trazo los signos, y las figuras, y

del entendimiento como del ojo para mirar. Aclararé la regla proponiendo

un ejemplo de los mas sencillos: una de las definiciones elementales de

la geometría.

La circunferencia es una línea curva reentrante cuyos puntos distan

igualmente todos de uno que se llama centro. Por lo pronto, es evidente

que no se trata aquí, ni de la circunferencia tal como suele tomarse en

sentido metafórico, cuando se la aplica á objetos no geométricos; ni en

un sentido lato y grosero, como en los casos en que no se necesita

precision y rigor; debo pues considerar la definicion dada como la

expresion de un objeto del órden ideal, al cual se aproximará mas ó

ménos la realidad.

Pero, como las figuras geométricas se someten á la vista y á la

imaginacion, me valdré de una de estas, y si es posible de ambas, para

representarme aquello que quiero concebir. Trazada la figura en el

encerado, ó en la imaginacion, veo ó imagino una circunferencia; pero

¿esto me basta para comprender bien su naturaleza? No. El hombre mas

rudo la ve é imagina tan perfectamente como el mas cumplido matemático;

y no sabe darse cuenta á sí mismo de lo que es una circunferencia. Luego

la vista ó la imaginacion de la figura, no son suficientes para la idea

geométrica completa. Ademas, que si no se necesitara otra cosa, el gato

que acurrucado en una silla está contemplando atentamente una curva que

su amo acaba de trazar, y que sin duda la ve tan bien como este, y la

imagina cuando cierra los ojos, tendria de la misma una idea igualmente

perfecta que Newton ó Lagrange.

¿Qué se necesita pues para que haya una percepcion intelectual, que se

conozca el conjunto de condiciones de las cuales no puede faltar ninguna

sin que desaparezca la curva? Esto es lo explicado por la definicion; y

para que la percepcion sea cabal, deberé hacerme cargo de cada una de

dichas condiciones, y su conjunto formará en mi entendimiento la idea de

la curva.

Quien se haya ocupado en la enseñanza habrá podido observar la

diferencia que acabo de señalar. Vista una circunferencia y la manera de

trazarla con el compas, el alumno mas torpe la reconoce donde quiera que

se le presente, y la describe sin equivocarse. En esto no cabe

diferencia entre los talentos; pero viene el definir la curva, señalando

las condiciones que la forman, y entónces se palpa lo que va de la

imaginacion al entendimiento, entónces se conoce ya al jóven negado, al

medianamente capaz, al sobresaliente. ¿Qué es la circunferencia?

preguntais al primero.--Es esto que acabo de trazar.--Pero bien, ¿en qué

consiste? ¿cuál es la naturaleza de esta línea? ¿en qué se diferencia de

la recta que explicamos ayer? ¿Son lo mismo la una que la otra?--Oh! no:

esta es así.... redonda.... aquí hay un punto....--Se acuerda V. de la

definición que da el autor? Sí, señor; la circunferencia es una línea

curva reentrante, cuyos puntos distan igualmente todos de uno que se

llama centro.--¿Porqué la llamamos curva?--Porque no tiene sus puntos en

una misma direccion.--¿Porqué, reentrante?--Porque vuelve ó entra en sí

misma.--Si no fuese reentrante, ¿seria circunferencia?--Sí señor.--¿No

acaba V. de decirnos que ha de serlo?--Ah! Sí señor.--¿Porqué, en no

siendo reentrante, ya no seria circunferencia?--Porque.... la

circunferencia.... porque....--En fin cansado de esperar, y de explicar,

llamais á otro; que os da la definicion, que os explica los términos,

pero que ahora se os deja la palabra _curva_, ahora la _igualmente_, que

si le obligais á una atencion mas perfecta, se hace cargo de lo que le

decís, lo repite muy bien, pero que á poco tiene otro olvido, ó

equivocacion, dando á entender que no se ha formado todavía idea cabal,

que no se da cumplida razon á sí mismo del conjunto de condiciones

necesarias para formar una circunferencia.

Llegais por fin á un alumno de entendimiento claro y sobresaliente:

traza la figura con mas ó ménos desembarazo, segun su mayor ó menor

agilidad natural, recita mas ó ménos rápidamente las definiciones, segun

la velocidad de la lengua; pero llamadle al análisis, y notaréis desde

luego la claridad y precision de sus ideas, la exactitud y concision de

sus palabras, la oportunidad y tino de las aplicaciones.--En la

definicion ¿podríamos omitir la palabra _línea_?--Como aquí ya hemos

advertido que solo tratamos de líneas, se daria por sobrentendida; pero

en rigor no, porque al decir _curva_, podríase dudar si hablamos de

superficies.--Y expresando _línea_, podriamos omitir _curva_?--Me

parece que sí, ... porque como añadimos _reentrante_, ya excluimos la

recta que no puede serlo; y ademas la recta tampoco puede tener todos

sus puntos igualmente distantes de uno.--Y la palabra _reentrante_, ¿no

la pudiéramos pasar por alto?--No señor; porque si la curva no vuelve

sobre sí misma ya no será una circunferencia; así, por ejemplo, si en

esta borro la parte A B, ya no me queda una circunferencia sino un

arco.--Pero, añadiendo lo demas, de que todos los puntos han de distar

igualmente de uno que se llama centro, bien parece que se sobrentiende

que será reentrante....--No señor, porque en el arco que tenemos á la

vista hay la equidistancia, y sin embargo no es reentrante.--Y la

palabra _igualmente_?--Es indispensable; de otro modo seria no decir

nada; porque una recta tambien tiene todos sus puntos distantes de uno

que no se halle en ella; y ademas una curva que trazo á la aventura,

rasgueando así.... sobre el encerado, tiene tambien todos sus puntos

distantes de otro cualquiera, como A.... que señalo fuera de ella.

Hé aquí una percepcion clara, exacta, cabal, que nada deja que desear,

que deja satisfecho al que habla y al que oye.

Acabamos de asistir al análisis de una idea geométrica, y de señalar la

diferencia entre sus grados de claridad y exactitud; veamos ahora una

idea artística, y tratemos de determinar su mayor ó menor perfeccion. En

ambos casos hay percepcion de una verdad; en ambos casos se necesita

atencion, aplicacion de las facultades del alma; pero con el ejemplo que

sigue palparemos que lo que en el uno daña, en el otro favorece y

vice-versa; y que las clasificaciones y distinciones que en el primero

eran indicio de disposiciones felices, son en el segundo una prueba de

que el disertante se ha equivocado al elegir su carrera.

Dos jóvenes que acaban de salir de la escuela de retórica, que recuerdan

perfectamente cuanto en ella se les ha enseñado, que serían capaces de

decorar los libros de texto de un cabo á otro, que responden con

prontitud á las preguntas que se les hacen sobre tropos, figuras, clases

de composicion, etc., etc., y que en fin han desempeñado los exámenes á

cumplida satisfaccion de padres y maestros, obteniendo ambos la nota de

sobresaliente, por haber contestado con igual desembarazo y lucimiento,

de manera que no era dable encontrar entre los dos ninguna diferencia,

estan repasando las materias en tiempo de vacaciones, y cabalmente leen

un magnífico pasaje oratorio ó poético.

Camilo vuelve una y otra vez sobre las admirables páginas, y ora derrama

lágrimas de ternura, ora centellea en sus ojos el mas vivo entusiasmo.

«Esto es inimitable, exclama, es imposible leerlo sin conmoverse

profundamente! ¡qué belleza de imágenes, qué fuego, qué delicadeza de

sentimientos, qué propiedad de expresion, qué inexplicable enlace de

concision y abundancia, de regularidad y lozanía!» «¡Oh! sí, le contesta

Eustaquio, esto es muy hermoso; ya nos lo habian dicho en la escuela; y

si lo observas, verás que todo está ajustado á las reglas del arte.»

Camilo percibe lo que hay en el pasaje, Eustaquio no; y sin embargo

aquel discurre poco, apénas analiza, solo pronuncia algunas palabras

entrecortadas, miéntras este diserta á fuer de buen retórico. El uno ve

la verdad, el otro no; ¿y porqué? porque la verdad en este lugar es un

conjunto de relaciones, entre el entendimiento, la fantasía y el

corazon; es necesario desplegar á la vez todas estas facultades,

aplicándolas al objeto con naturalidad, sin violencia ni tortura, sin

distraerlas con el recuerdo de esta ó aquella regla, quedando el

análisis, razonado y crítico para cuando se haya sentido el mérito del

pasaje. Enredarse en discursos, traer á colacion este ó aquel precepto,

ántes de haberse hecho cargo del escogido trozo, ántes de haberle

_percibido_, es maniatar, por decirlo así, el alma, no dejándole

expedita mas que una facultad cuando las necesita todas.

§ III.

Escollo del análisis.

Hasta en las materias donde no entran para nada la imaginacion y el

sentimiento, conviene guardarse de la manía de poner en prensa el

espíritu obligándole á sujetarse á un método determinado, cuando ó por

su carácter peculiar, ó por los objetos de que se ocupa, requiere

libertad y desahogo. No puede negarse que el análisis, ó sea la

descomposicion de las ideas, sirve admirablemente en muchos casos para

darles claridad y precision; pero es menester no olvidar, que la mayor

parte de los seres son un _conjunto_, y que el mejor modo de percibirlos

es ver de una sola ojeada las partes y relaciones que le constituyen.

Una máquina desmontada presenta con mas distincion y minuciosidad las

piezas de que está compuesta; pero no se comprende tambien el destino de

ellas, hasta que colocadas en su lugar, se ve como cada una contribuye

al movimiento total. A fuerza de descomponer, prescindir y analizar,

Condillac y sus secuaces no hallan en el hombre otra cosa que

sensaciones; por el camino opuesto Descártes y Malebranche, apénas

encontraban mas que ideas puras, un refinado espiritualismo; Condillac

pretende dar razon de los fenómenos del alma, principiando por un hecho

tan sencillo como es el acercar una rosa á la nariz de su

hombre-estatua, privado de todos los sentidos, excepto el olfato;

Malebranche busca afanoso un sistema para explicar lo mismo; y no

encontrándolo en las criaturas, recurre nada ménos que á la esencia de

Dios.

En el trato ordinario, vemos á menudo laboriosos razonadores que

conducen su discurso con cierta apariencia de rigor y exactitud, y que

guiados por el hilo engañoso van á parar á un solemne dislate.

Examinando la causa, notaremos que esto procede de que no miran el

objeto sino por una cara. No les falta análisis, tan pronto como una

cosa cae en sus manos la descomponen; pero tienen la desgracia de

descuidar algunas partes; y si piensan en todas, no recuerdan que se han

hecho para estar unidas, que estan destinadas á tener estrechas

relaciones, y que si estas relaciones se arrumban, el mayor prodigio

podrá convertirse en descabellada monstruosidad.

§ IV.

El tintorero y el filósofo.

Un hábil tintorero estaba en su laboratorio ocupado en las tareas de su

profesion. Acertó á entrar un observador minucioso, razonador muy

analítico, y entabló desde luego discusion sobre los tintes y sus

efectos, proponiéndose nada ménos que convencer al tintorero, de que iba

á echar á perder las preciosas telas á que se aplicarian sus

composiciones. A la verdad, la cosa presentaba mal aspecto, y el crítico

no dejaba de apoyarse en reflexiones especiosas. Aquí se veia una serie

de cazuelas con líquidos negruzcos, cenicientos, parduzcos, ninguno de

buen color, todos de mal olor; allí unos pedacitos de goma pegajosa,

desagradable á la vista; enormes calderas estaban hirviendo, donde se

revolvian trozos de madera en bruto, y en las cuales se iban echando

unas hojas secas, que al parecer solo podian servir para tirar á la

calle. El tintorero estaba machacando en un mortero cien y cien materias

que andaba sacando ora de un pote, ora de una marmita, ora de un

saquillo; y revolviéndolo todo, y pasándolo de una cazuela á otra, y

echando ora acá, ora acullá, cucharadas de líquidos que apestaban, y de

cuyo contacto era preciso guardar el cútis porque le roian mas que el

fuego, se aprestaba á vaciar los ingredientes en diferentes calderas, y

sepultar en aquella inmundicia gran número de materias y manufacturas de

inestimable valor. «Esto se va á desperdiciar todo, decia el analítico.

En esta cazuela hay el ingrediente A, que como V. sabe, es

extremadamente cáustico, y que ademas da un color muy feo. En esta otra

hay la goma B, excelente para manchar, y cuyas señales no se quitan sino

con muchísimo trabajo. En esta caldera hay el palo C, que podria servir

para dar un color grosero y comun, pero que no alcanzo cómo ha de

producir nada exquisito. En una palabra, examinado todo por separado,

encuentro que V. emplea ingredientes contrarios á lo que V. se propone;

y desde ahora doy por seguro, que en vez de sacar nada conforme á las

bellísimas muestras que tiene V. en el despacho, va á sufrir una pérdida

de consideracion en su fama é intereses.» «Todo es posible, señor

filósofo, decia el inexorable tintorero, tomando en sus manos las

preciosas materias y ricas manufacturas, y sumergiéndolas sin compasion

en las sucias y pestilentes calderas, todo es posible, mas para dar fin

á la discusion, déjese V. ver por aquí dentro pocos días.» El filósofo

volvió en efecto, y el tintorero desvaneció todas las objeciones,

desplegando á sus ojos las telas que por rigurosa demostracion debian

estar malbaratadas. ¡Qué sorpresa! ¡qué humillacion para el analítico!

Unas mostraban finísima grana, otras delicado verde, otras hermoso azul,

otras exquisito naranjado, otras subido negro, otras un blanco

lijeramente cubierto con variado color; otras ostentaban riquísimos

jaspes donde campeaban á un tiempo la belleza y el capricho. Los matices

eran innumerables y encantadores, las manufacturas limpias, tersas,

brillantes como si hubieran estado cubiertas con cristales sin sufrir el

contacto de la mano del hombre. El filósofo se marchó confuso y

cabizbajo, diciendo para sí: «no es lo mismo saber lo que es una cosa

por sí sola, ó lo que puede ser en combinacion con otras; en adelante no

me contentaré con descomponer y separar, que tambien hace prodigios el

componer y reunir: testigo el tintorero.»

§ V.

Objetos vistos por una sola cara.

Entendimientos por otra parte muy claros y perspicaces, se echan á

perder lastimosamente por el prurito de desenvolver una serie de ideas

que no representando el objeto sino por un lado, acaban por conducir á

resultados extravagantes. De aquí es, que con la razon todo se prueba y

todo se impugna; y á veces un hombre que tiene evidentemente la verdad

de su parte, se halla precisado á encastillarse en las convicciones, y

resistir con las armas del buen sentido y cordura á los ataques de un

sofista que se abre paso por todas las hendiduras, y se escurre al

traves de lo mas sólido y compacto como filtrándose por los poros. La

misma sobreabundancia de ingenio produce este defecto, como las

personas demasiado ágiles y briosas se mantienen difícilmente en un paso

mesurado y grave.

§ VI.

Inconvenientes de una percepcion demasiado rápida.

Es calidad preciosa la rapidez de la percepcion; pero conviene estar

prevenido contra su efecto ordinario, que es la inexactitud. Sucédeles

con frecuencia á los que perciben con mucha presteza, no hacer mas que

desflorar el objeto; son como las golondrinas, que deslizándose

velozmente sobre la superficie de un estanque, solo pueden coger los

insectos que sobrenadan; miéntras otras aves que se sumergen enteramente

ó posan sobre el agua, y con el pico calan muy adentro, hacen servir á

su alimento hasta lo que se oculta en el fondo.

El contacto de estos hombres es peligroso; porque sea que hablen, sea

que escriban, suelen distinguirse por una facilidad encantadora; y, lo

que es todavía peor, comunican á todo lo que tratan cierta apariencia de

método, claridad y precision que alucina y seduce. En la ciencia se dan

á conocer por sus principios claros, sus definiciones sencillas, sus

deducciones obvias, sus aplicaciones felices. Caractéres que no pueden

ménos de acompañar el talento de concepcion profunda y cabal; pero que

imitados por otro de ménos aventajadas partes, solo indican á veces

superficialidad y lijereza, como brilla limpia y trasparente el agua

poco profunda, regalando la vista con sus arenas de oro[13].

CAPÍTULO XIV.

EL JUICIO.

§ I.

Qué es el juicio. Manantiales de error.

Para juzgar bien conduce poco el saber si el juicio es un acto distinto

de la percepcion, ó si consiste simplemente en percibir la relacion de

dos ideas. Prescindiré pues de estas cuestiones, y solo advertiré que

cuando interiormente decimos que una cosa es ó no es, ó que es ó no es

de esta ó de aquella manera, entónces hacemos un juicio. Así lo entiende

el uso comun; y para lo que nos proponemos, esto nos basta.

La falsedad del juicio depende muchas veces de la mala percepcion; así

lo que vamos á decir, aunque directamente encaminado al modo de juzgar

bien, conduce no poco á percibir bien.

La proposicion es la expresion del juicio.

Los falsos axiomas, las proposiciones demasiado generales, las

definiciones inexactas, las palabras sin definir, las suposiciones

gratuitas, las preocupaciones en favor de una doctrina, son abundantes

manantiales de percepciones equivocadas ó incompletas y de juicios

errados.

§ II.

Axiomas falsos.

Toda ciencia ha menester un punto de apoyo; y quien se encarga de

profesarla, busca con tanto cuidado este punto, como el arquitecto

asienta el fundamento sobre el cual ha de levantar el edificio.

Desgraciadamente, no siempre se encuentra lo que se necesita; y el

hombre es demasiado impaciente para aguardar que los siglos que él no ha

de ver, proporcionen á las generaciones futuras el descubrimiento

deseado. Si no encuentra, finge; en vez de construir sobre la realidad,

edifica sobre las creaciones de su pensamiento. A fuerza de cavilar y

sutilizar llega hasta el punto de alucinarse á sí mismo, y lo que al

principio fuera un pensamiento vago, sin estabilidad ni consistencia, se

convierte en verdad inconcusa. Las excepciones embarazarian demasiado;

lo mas sencillo es asentar una proposicion universal: hé aquí el axioma.

Vendrán luego numerosos casos que no se comprenden en él; nada importa:

con este objeto se halla concebido en términos generales y confusos ó

ininteligibles, para que interpretándose de mil maneras diferentes,

sufra en su fondo todas las excepciones que se quiera sin perder nada de

su prestigiosa reputacion. Entre tanto el axioma sirve admirablemente

para cimentar un raciocinio extravagante, dar peso á un juicio

disparatado, ó desvanecer una dificultad apremiadora: y cuando se

ofrecen al espíritu dudas sobre la verdad de lo que se defiende, cuando

se teme que el edificio no venga al suelo con fragorosa ruina, se dice á

sí mismo el espíritu: «no, no hay peligro; el cimiento es firme; es un

axioma, y un axioma es un principio de eterna verdad.»

Para merecer este nombre, es menester que la proposicion sea tan patente

al espíritu, como lo son al ojo los objetos que miramos presentes, á la

debida distancia, y en medio del dia. En no dejando al entendimiento

enteramente convencido desde que se le ofrece, y una vez comprendido el

significado de los términos con que se le enuncia, no debe ser admitido

en esta clase. Viciadas las ideas por un axioma falso, vense todas las

cosas muy diferentes de lo que son en sí; y los errores son tanto mas

peligrosos, cuanto el entendimiento descansa en mas engañosa seguridad.

§ III.

Proposiciones demasiado generales.

El Criterio · 第 6 / 21 段