fanatismo y crueldad de la nacion española, pintándola como un pueblo
estúpido que no quiso ser feliz; referirán los mil motivos que tuvo el
gran Capitan para entremeterse en los negocios de la Península, y
señalarán un millon de causas para explicar lo poco satisfactorio de los
resultados. Por supuesto que llegarán á concluir que por esto no se
empañan en lo mas mínimo las glorias del héroe. Pero el lector juicioso
y discreto descubrirá la verdad á pesar de todos los amaños para
oscurecerla. El historiador no habrá podido ménos de confesar á su modo
y con mil rodeos, que Napoleon ántes de comenzar la lucha, y miéntras
las fuerzas del Marques de la Romana le auxiliaban en el norte,
introdujo en España con palabras de amistad, un numeroso ejército, y se
apoderó de las principales ciudades y fortalezas, inclusa la capital del
reino; que colocó en el trono á su hermano José; y que al fin José y su
ejército despues de seis años de lucha, se vieron precisados á repasar
la frontera. Esto no lo habrá negado el historiador; pues bien, esto
basta: píntense los pormenores como se quiera, la verdad quedará en su
lugar. He aquí lo que dirá el sensato lector: «tú, historiador parcial,
defiende admirablemente la reputacion y buen nombre de tu héroe, pero
resulta de tu misma narracion, que él ocupó el pais protestando amistad,
que invadió sin título, que atacó á quien le ayudaba, que se valió de
traicion para llevarse al rey, que peleó durante seis años sin ningun
provecho. De una parte estaban pues la buena fe del aliado, la lealtad
del vasallo, y el arrojo y la constancia del guerrero; de otra podian
estar la pericia y el valor, pero á su lado resaltan la mala fe, la
usurpacion, y la esterilidad de una dilatada guerra. Hubo pues yerro y
perfidia en la concepcion de la empresa, maldad en la ejecucion; razon y
heroismo en la resistencia.»
REGLA 5ª.
Los anónimos merecen poca confianza.
El autor habrá tal vez callado su nombre por modestia ó por humildad;
pero el público que lo ignora, no está obligado á prestar crédito á
quien le habla con un velo en la cara. Si uno de los frenos mas
poderosos, cual es el temor de perder la buena reputacion, no es todavía
bastante para mantener á los hombres en los límites de la verdad, ¿cómo
podremos fiarnos de quien carece de él?
REGLA 6ª.
Antes de leer una historia es muy importante leer la vida del
historiador.
Casi me atreveria á decir que esta regla, por lo comun tan descuidada,
es de las que deben ocupar el lugar mas distinguido. En cierto modo se
halla ya contenida en lo que llevo dicho mas arriba (Cap. VIII); pero
no será inútil haberla establecido por separado, siquiera para tener
ocasion de ilustrarla con algunas observaciones.
Claro es que no podemos saber qué medios tuvo el historiador para
adquirir el conocimiento de lo que narra, ni el concepto que debemos
formar de su veracidad, si no sabemos quién era, cuál fué su conducta, y
demas circunstancias de su vida. En el lugar en que escribió el
historiador, en las formas políticas de su patria, en el espíritu de su
época, en la naturaleza de ciertos acontecimientos, y no pocas veces en
la particular posicion del escritor, se encuentra quizas la clave para
explicar sus declamaciones sobre tal punto, su silencio ó reserva sobre
tal otro; porqué pasó sobre este hecho con pincel lijero, porqué cargó
la mano sobre aquel.
Un historiador del revuelto tiempo de la Liga no escribia de la misma
suerte que otro del reinado de Luis XIV; y trasladándonos á épocas mas
cercanas, las de la revolucion, de Napoleon, de la restauracion, y de la
dinastía de Orleans, han debido inspirar al escritor otro estilo y
lenguaje. Cuando andaban animadas las contiendas entre los papas y los
príncipes, no era por cierto lo mismo publicar una memoria sobre ellas,
en Roma, Paris, Madrid ó Lisboa. Si sabeis donde salió á luz el libro
que teneis en la mano, os haréis cargo de la situacion del escritor; y
así supliréis aquí, cercenaréis allá; en una parte descifraréis una
palabra oscura, en otra comprenderéis un circunloquio; en esta página
apreciaréis en su justo valor una protesta, un elogio, una restriccion;
en aquella adivinaréis el blanco de una confesion, de una censura, ó
señalaréis el verdadero sentido á una proposicion demasiado atrevida.
Pocos son los hombres que se sobreponen completamente á las
circunstancias que los rodean: pocos son los que arrostran un gran
peligro por la sola causa de la verdad; pocos son los que en situaciones
críticas no buscan una transaccion entre sus intereses y su conciencia.
En atravesándose riesgos de mucha gravedad, el mantenerse fiel á la
virtud es heroismo, y el heroismo es cosa rara.
Ademas que no siempre puede decirse que haya obrado mal un escritor, por
haberse atemperado á las circunstancias, si no ha vulnerado los derechos
de la justicia y de la verdad. Casos hay en que el silencio es prudente
y hasta obligatorio; y por lo mismo, bien se puede perdonar á un
escritor el que no haya dicho todo lo que pensaba, con tal que no haya
dicho nada contra lo que pensaba. Por mas profundas que fuesen las
convicciones de Belarmino sobre la potestad indirecta, ¿habriais exigido
de él, que se expresase en Paris de la misma suerte que en Roma? Esto
hubiera equivalido á decirle: «hablad de manera, que tan pronto como el
Parlamento tenga noticia de vuestra obra, sean recogidos los ejemplares
á mano armada, quemado quizas uno de ellos por la mano del verdugo, y
vos expulsado de Francia ó encerrado en un calabozo.»
El conocimiento de la posicion particular del escritor, de su conducta,
moralidad, carácter, y hasta de su educacion, ilustran muchísimo al
lector de sus obras. Para formar juicio de las palabras de Lutero sobre
el celibato, servirá no poco el saber que quien habla es un fraile
apóstata, casado con Catalina de Boré; y quien haya tenido paciencia
bastante para ruborizarse mil veces hojeando las impudentes
_confesiones_ de Rousseau, será bien poco accesible á ilusiones, cuando
el filósofo de Ginebra le hable de filantropía y de moral.
REGLA 7ª.
Las obras póstumas publicadas por manos desconocidas ó poco seguras, son
sospechosas de apócrifas ó alteradas.
La autoridad de un ilustre difunto poco sirve en semejantes casos: no es
él quien nos habla, sino el editor, bien seguro de que el interesado no
le podrá desmentir.
REGLA 8ª.
Historias fundadas en memorias secretas y papeles inéditos;
publicaciones de manuscritos en que el editor asegura no haber hecho mas
que introducir órden, limar frases, ó aclarar algunos pasajes, no
merecen mas crédito que el debido á quien sale responsable de la obra.
REGLA 9ª.
Relaciones de negociaciones ocultas, de secretos de estado, anécdotas
picantes sobre la vida privada de personajes célebres, sobre tenebrosas
intrigas, y otros asuntos de esta clase, han de recibirse con extrema
desconfianza.
Si difícilmente podemos aclarar la verdad de lo que pasa á la luz del
sol, y á la faz del universo, poco debemos prometernos tocante á lo que
sucede en las sombras de la noche y en las entrañas de la tierra.
REGLA 10ª.
En tratándose de pueblos antiguos ó muy remotos, es preciso dar poco
crédito á cuanto se nos refiera, sobre riquezas del pais, número de
moradores, tesoros de monarcas, ideas religiosas, y costumbres
domésticas.
La razon es clara: todos estos puntos son difíciles de averiguar; es
necesario mucho tiempo de residencia, perfecto conocimiento de la
lengua, inteligencia en ramos de suyo muy difíciles y complicados,
medios de adquirir noticias exactas sobre objetos ocultos que brindan á
la exageracion y en que por parte de los mismos naturales hay á veces
mucha ignorancia, y hasta sabiéndolo, tienen mil y mil motivos para
aumentar ó disminuir. Finalmente en lo que toca á costumbres domésticas,
no se alcanza su exacto conocimiento, si no se puede penetrar en lo
interior de las familias, viéndolas como hablan y obran en la efusion y
libertad de sus hogares[11].
CAPÍTULO XII.
CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL MODO DE CONOCER LA NATURALEZA,
PROPIEDADES Y RELACIONES DE LOS SERES.
§ I.
Una clasificacion de las ciencias.
Conocidas las reglas que pueden guiarnos para conocer la existencia de
un objeto, fáltanos averiguar cuales son las que podrán sernos útiles,
al investigar la naturaleza, propiedades y relaciones de los seres.
Estos, ó pertenecen al órden de la naturaleza, comprendiendo en él todo
cuanto está sometido á las leyes necesarias de la creacion, á los que
apellidaremos _naturales_; ó al órden moral, y los nombraremos
_morales_; ó al órden de la sociedad humana, que llamaremos _históricos_
ó mas propiamente _sociales_; ó al de una providencia extraordinaria,
que designaremos con el titulo de _religiosos_.
No insistiré sobre la exactitud de esta division; confesaré sin
dificultad, que en rigor dialéctico, se le pueden hacer algunas
objeciones; pero es innegable que está fundada en la misma naturaleza de
las cosas, y en el modo con que el entendimiento humano suele distinguir
los principales puntos de vista. Sin embargo, para manifestar con mayor
claridad la razon en que se apoya, hé aqui presentada en pocas palabras
la filiacion de las ideas.
Dios ha criado el universo y cuanto hay en él, sometiéndole á leyes
constantes y necesarias; de aquí el órden natural. Su estudio podria
llamarse filosofía natural.
Dios ha criado al hombre dotándole de razon y de libertad de albedrío;
pero sujeto á ciertas leyes, que no le fuerzan, mas le obligan: hé aquí
el órden moral, y el objeto de la filosofía moral.
El hombre en sociedad ha dado origen á una serie de hechos y
acontecimientos: hé aquí el órden social. Su estudio podria llamarse
filosofía social, ó si se quiere filosofía de la historia.
Dios no está ligado por las leyes que él mismo ha prescrito á las
hechuras de sus manos: por consiguiente puede obrar sobre y contra esas
leyes, y así es dable que existan una serie de hechos y revelaciones de
un órden superior al natural y social: de aquí el estudio de la religion
ó filosofía religiosa.
Dada la existencia de un objeto, pertenece á la filosofía el
desentrañarle, apreciarle y juzgarle; ya que en la acepcion comun, esta
palabra _filósofo_, significa el que se ocupa en la investigacion de la
naturaleza, propiedades y relaciones de los seres.
§ II.
Prudencia científica y observaciones para alcanzarla.
En el buen órden del pensamiento filosófico entra una gran parte de
prudencia, muy semejante á la que preside á la conducta práctica. Esta
prudencia es de muy difícil adquisicion, es tambien el costoso fruto de
amargos y repetidos desengaños. Como quiera, será bueno tener á la vista
algunas observaciones que pueden contribuir á engendrarla en el
espíritu.
OBSERVACION 1ª.
La íntima naturaleza de las cosas nos es por lo comun muy desconocida:
sobre ella sabemos poco é imperfecto.
Conviene no echar nunca en olvido esta importantísima verdad. Ella nos
enseñará la necesidad de un trabajo muy asiduo, cuando nos propongamos
descubrir y examinar la naturaleza de un objeto; dado que lo muy oculto
y abstruso, no se comprende con aplicacion liviana. Ella nos inspirará
prudente desconfianza en el resultado de nuestras investigaciones, no
permitiéndonos que con precipitacion nos lisonjeemos de haber encontrado
lo que buscamos. Ella nos preservará de aquella irreflexiva curiosidad
que nos empeña en penetrar objetos cerrados con sello inviolable.
Verdad poco lisonjera á nuestro orgullo, pero indudable; certísima á los
ojos de quien haya meditado sobre la ciencia del hombre. El Autor de la
naturaleza nos ha dado suficiente conocimiento para acudir á nuestras
necesidades físicas y morales, otorgándonos el de las aplicaciones y
usos que para este efecto pueden tener los objetos que nos rodean; pero
se ha complacido al parecer en ocultar lo demas; como si hubiese querido
ejercitar el humano ingenio durante nuestra mansion en la tierra, y
sorprender agradablemente al espíritu al llevarle á las regiones que le
aguardan mas allá del sepulcro, desplegando á nuestros ojos el inefable
espectáculo de la naturaleza sin velo.
Conocemos muchas propiedades y aplicaciones de la luz, pero ignoramos su
esencia; conocemos el modo de dirigir y fomentar la vegetacion, pero
sabemos muy poco sobre sus arcanos; conocemos el modo de servirnos de
nuestros sentidos, de conservarlos y ayudarlos, pero se nos ocultan los
misterios de la sensacion; conocemos lo que es saludable ó nocivo á
nuestro cuerpo, pero en la mayor parte de los casos nada sabemos sobre
la manera particular con que nos aprovecha ó daña. ¿Qué mas? calculamos
continuamente el tiempo, y la metafísica no ha podido aclarar bien lo
que es el tiempo; existe la geometría, y llevada á un grado de admirable
perfeccion; y su idea fundamental, la extension, está todavía sin
comprender. Todos moramos en el espacio, todo el universo está en él; le
sujetamos á riguroso cálculo y medida; y la metafisica ni la ideología
no han podido decirnos aun en qué consiste; si es algo distinto de los
cuerpos, si es solamente una idea, si tiene naturaleza propia, no
sabemos si es un ser ó nada. Pensamos y no comprendemos lo que es el
pensamiento; bullen en nuestro espíritu las ideas, é ignoramos lo que es
una idea; nuestra cabeza es un magnífico teatro donde se representa el
universo con todo su esplendor, variedad y hermosura; donde una fuerza
incomprensible crea á nuestro capricho mundos fantásticos, ora bellos,
ora sublimes, ora extravagantes, y no sabemos lo que es la imaginacion,
ni lo que son aquellas prodigiosas escenas, ni como aparecen ó
desaparecen.
¡Qué conciencia mas viva no tenemos de esa inmensa muchedumbre de
afecciones que apellidamos sentimientos! y sin embargo ¿qué es el
sentimiento? El que ama siente el amor, pero no le conoce; el filósofo
que se ocupa en el exámen de esta afeccion, señala quizas su orígen,
indica su tendencia y su fin, da reglas para su direccion; pero en
cuanto á la íntima naturaleza del amor, se halla en la misma ignorancia
que el vulgo. Son los sentimientos como un flúido misterioso que circula
por conductos cuyo interior es impenetrable. Por la parte exterior, se
conocen algunos efectos; en algunos casos se sabe de dónde viene y
adónde va, y no se ignora el modo de minorar su velocidad, ó cambiar su
direccion; pero el ojo no puede penetrar en la oscura cavidad: el agente
queda desconocido.
Nuestro propio cuerpo, ni todos cuantos nos rodean, ¿sabemos por ventura
lo que son? Hasta ahora ¿ha habido algun filósofo que haya podido
explicarnos lo que es un cuerpo? Y sin embargo, estamos continuamente en
medio de cuerpos, y nos servimos continuamente de ellos, y conocemos
muchas de sus propiedades, y de las leyes á que estan sometidos, y un
cuerpo forma parte de nuestra naturaleza.
Estas consideraciones no deben perderse nunca de vista, cuando se nos
ofrece examinar la íntima naturaleza de una cosa para fijar los
principios constitutivos de su esencia. Seamos pues diligentes en
investigar, pero muy mesurados en definir. Si no llevamos estas
cualidades á un alto grado de escrupulosidad, nos acontecerá con
frecuencia el sustituir á la realidad las combinaciones de nuestra
mente.
OBSERVACION 2ª.
Así como en matemáticas hay dos maneras de resolver un problema; una
acertando en la verdadera resolucion; otra manifestando que la
resolucion es imposible; así acontece en todo linaje de cuestiones:
muchas hay cuya mejor resolucion es manifestar que para nosotros son
insolubles. Y no se crea que esto último carezca de mérito, y que sea
fácil el discernimiento entre lo asequible é inasequible: quien es capaz
de ello, señal es que conoce á fondo la materia de que se trata, y que
se ha ocupado con detenimiento en el exámen de sus principales
cuestiones.
Es mucho el tiempo que se ahorra en habiendo adquirido este precioso
discernimiento: pues en ofréciendose el caso, como que se adivina desde
luego si hay ó no los datos suficientes para llegar á un resultado
satisfactorio.
El conocimiento de la imposibilidad de resolver, es muchas veces mas
bien histórico y experimental que científico; es decir que un hombre
instruido y experimentado, conoce que una solución es imposible, ó que
raya en ello á causa de su extrema dificultad, no porque pueda
demostrarlo, sino porque la historia de los esfuerzos que han hecho
otros y quizas de los propios, le manifiesta la impotencia del
entendimiento humano con relacion al objeto. A veces la misma
naturaleza de las cosas sobre las cuales se suscita la cuestion indica
la imposibilidad de resolverla. Para esto es necesario abarcar de una
ojeada los datos que se han menester, conociendo la falta de los que no
existen.
OBSERVACION 3ª.
Como los seres se diferencian mucho entre sí en naturaleza, propiedades
y relaciones, el modo de mirarlos, y el método de pensar sobre ellos han
de ser tambien muy diferentes.
Imagínanse algunos que en sabiendo pensar sobre una clase de objetos
está ya trillado el camino para lograr lo mismo con respecto á todos;
bastando para ello dirigir la atencion á lo que se quiere estudiar de
nuevo. De aquí es, que se oye en boca de muchos, y se lee tambien en uno
que otro autor, la insigne falsedad de que la mejor lógica son las
matemáticas, porque acostumbran á pensar en todas materias con rigor y
exactitud.
Para desvanecer esta equivocacion, basta observar que los objetos que se
ofrecen á nuestro espíritu son de órdenes muy diferentes, que los medios
de que disponemos para alcanzarlos nada tienen de parecido, que las
relaciones que con nosotros los unen son desemejantes, y que en fin la
experiencia está enseñando todos los dias que un hombre dedicado á dos
clases de estudios resulta sobresaliente en la una, y quizas muy mediano
en la otra; que en aquella piensa con admirable penetracion y
discernimiento, miéntras en esta no se eleva sobre miserables
vulgaridades.
Hay verdades matemáticas, verdades físicas, verdades ideológicas,
verdades metafísicas; las hay morales, religiosas, políticas; las hay
literarias é históricas; las hay de razon pura, y otras en que se
mezclan por necesidad la imaginacion y el sentimiento; las hay meramente
especulativas, y las hay que por necesidad se refieren á la práctica;
las hay que solo se conocen por raciocinio, las hay que se ven por
intuicion, y las hay de que solo nos informamos por la experiencia; en
fin, son tan variadas las clases en que podrian distribuirse, que fuera
difícil reducirlas á guarismo.
§ III.
Los sabios resucitados.
El lector palpará el fundamento de lo que acabo de exponer, y se
desentenderá en adelante de las frivolas objeciones que pudiera
presentar el espíritu de sutileza y cavilacion, asistiendo á la escena
que voy á ofrecerle, en la cual encontrará retratada al vivo la
naturaleza de las cosas, y explicada y demostrada á un mismo tiempo la
importante verdad que deseo inculcarle.
Yo supongo reunidos en un vasto establecimiento un gran número de
hombres célebres, los que resucitados tales como eran en vida, con los
mismos talentos é inclinaciones, pasan algunos dias encerrados allí,
bien que con amplia libertad de ocuparse cada cual en lo que fuere de su
agrado. La mansion está preparada como tales huéspedes se merecen; un
riquísimo archivo, una inmensa biblioteca, un museo donde se hallan
reunidas las mayores maravillas de la naturaleza y del arte; espaciosos
jardines adornados con todo linaje de plantas, largas hileras de jaulas
donde rugen, braman, aullan, silban, se revuelven, se agitan, todos los
animales de Europa, Asia, Africa y América. Allí estan Gonzalo de
Córdoba, Cisneros, Richelieu, Cristóbal Colon, Hernan Cortés, Napoleon,
Tasso, Milton, Boileau, Corneille, Racine, Lope de Vega, Calderon,
Molière, Bossuet, Massillon, Bourdaloue, Descártes, Malebranche, Erasmo,
Luis Vives, Mabillon, Vieta, Fermat, Bacon, Keplero, Galileo, Pascal,
Newton, Leibnitz, Miguel Angelo, Rafael, Linneo, Buffon y otros que han
trasmitido á la posteridad su nombre inmortal.
Dejadlos hasta que se hayan hecho cargo de la distribucion de las
piezas, y cada cual haya podido entregarse á los impulsos de su
inclinacion favorita. El gran Gonzalo leerá con preferencia las hazañas
de Escipion en España, desbaratando á sus enemigos con su estrategia,
aterrándolos con su valor, y atrayéndose el ánimo de los naturales con
su gallarda apostura y conducta generosa. Napoleon se ocupará en el paso
de los Alpes por Aníbal, en las batallas de Cánas y Trasimeno; se
indignará al ver á César vacilante á la orilla del Rubicon, golpeará la
mesa con entusiasmo al mirarle cual marcha sobre Roma, vence en
Farsalia, sojuzga el Africa, y se reviste de la dictadura. Tasso y
Milton tendrán en sus manos la Biblia, Homero y Virgilio; Corneille y
Racine á Sófocles y Eurípides; Molière á Aristófanes, Lope de Vega, y
Calderon; Boileau á Horacio; Bossuet, Massillon y Bourdaloue á san Juan
Chisóstomo, san Agustin, san Bernardo; miéntras Erasmo, Luis Vives y
Mabillon estarán revolviendo el archivo, andando á caza de polvorientos
manuscritos para completar un texto truncado, aclarar una frase dudosa,
enmendar una expresion incorrecta, ó resolver un punto de crítica. Entre
tanto sus ilustres compañeros se habrán acomodado conforme á su gusto
respectivo. Quien estará con el telescopio en la mano, quien con el
microscopio, quien con otros instrumentos; al paso que algunos,
inclinados sobre un papel cubierto de signos, letras y figuras
geométricas, estarán absortos en la resolucion de los problemas mas
abstrusos. No estarán ociosos los maquinistas, ni los artistas, ni los
naturalistas; y bien se deja entender que encontraremos á Buffon junto á
las verjas de una jaula, á Linneo en el jardin, á Whatt examinando los
modelos de maquinaria, y á Rafael y Miguel Angelo, en las galerías de
cuadros y estatuas.
Todos pensarán, todos juzgarán, y sin duda que sus pensamientos serán
preciosos, y sus fallos respetables; y sin embargo estos hombres no se
entenderian unos á otros, si se hablasen los de profesiones diferentes;
si trocais los papeles, será posible que de una sociedad de genios
hagais una reunion de capacidades vulgares, que tal vez llegue á ser
divertida con los disparates de insensatos.
¿Veis á ese cuyos ojos centellean, que se agita en su asiento, da recias
palmadas sobre la mesa, y al fin se deja caer el libro de la mano,
exclamando: _bien, muy bien, magnifico?_.... ¿Notais aquel otro que
tiene delante de sí un libro cerrado, y que con los brazos cruzados
sobre el pecho, los ojos fijos, y la frente contraida y torva,
manifiesta que está sumido en meditacion profunda, y que al fin vuelve
de repente en sí, y se levanta diciendo: «_evidente, exacto, no puede
ser de otra manera....?_» Pues el uno es Boileau, que lee un trozo
escogido de la carta á los Pisones, ó de las Sátiras, y que á pesar de
saberlo de memoria, lo encuentra todavía nuevo, sorprendente, y no puede
contener los impulsos de su entusiasmo: el otro es Descártes que medita
sobre los colores y resuelve que no son mas que una sensacion.
Aproximadlos ahora y haced que se comuniquen recíprocamente sus
pensamientos; Descártes tendrá á Boileau por muy frívolo, pues que tanto
le afecta una imágen bella y oportuna, ó una expresion enérgica y
concisa; y Boileau se desquitará á su vez sonriéndose desdeñosamente del
filósofo cuya doctrina choca con el sentido comun, y tiende á
desencantar la naturaleza.
Rafael contempla extasiado un cuadro antiguo de raro mérito; en la
escena, el sol se ha ocultado en el ocaso, las sombras van cubriendo la
tierra, descúbrese en el firmamento el cuadrante de la luna, y algunas
estrellas que brillan como antorchas en la inmensidad de los cielos.
Descuella en el grupo una figura que con los ojos clavados en el astro
de la noche, y con ademan dolorido y suplicante, diríase que le cuenta
sus penas, y le conjura que le dé auxilio en tremenda cuita. Entre tanto
acierta á pasar por allí un personaje que anda meditabundo de una parte
á otra; y reparando en la luna y estrellas, y en la actitud de la mujer
que las mira, se detiene y articula entre dientes, no sé qué cosas sobre
paralaje, planos que pasan por el ojo del espectador, semidiámetros
terrestres, tangentes á la órbita, focos de la elipse, y otras cosas por
este tenor que distraen á Rafael, y le hacen marchar á grandes pasos
hácia otro lado, maldiciendo al bárbaro astrónomo y a su astronomía.
Allí está Mabillon con un viejo pergamino, calándose mil veces los
anteojos, y ora tomando la luz en una direccion, ora en otra, por si
puede sacar en limpio una línea medio borrada, donde sospecha que ha de
encontrar lo que busca, y miéntras el buen monje se halla atareado en su
faena se le llega un naturalista rogándole que disimule, y armando su
microscopio se pone á observar, si descubre en el pergamino algunos
huevos de polilla. El pobre Linneo tenia recogidas unas florecitas y las
estaba distribuyendo, cuando pasan por allí Tasso y Milton recitando en
alta y sentida voz un soberbio pasaje, y no advierten que lo echan todo
á rodar, y que con una pisada destruyen el trabajo de muchas horas.
En fin aquellos hombres acabaron por no entenderse, y fué preciso
encerrarlos de nuevo en sus tumbas para que no se desacreditasen y no
perdiesen sus títulos á la inmortalidad.