Creen algunos que con respecto á los paises donde está en vigor la

libertad de imprenta, no es muy difícil encontrar la verdad, porque

teniendo todo linaje de intereses y opiniones algun periódico que les

sirve de órgano, los unos desvanecen los errores de los otros, brotando

del cotejo la luz de la verdad. «Entre todos lo saben todo y lo dicen

todo; no se necesita mas que paciencia en leer, cuidado en comparar,

tino en discernir y prudencia en juzgar.» Así discurren algunos. Yo creo

que esto es pura ilusion: y lo primero que asiento es que ni con

respecto á las personas ni las cosas, los periódicos no lo dicen todo,

ni con mucho, ni aun aquello que saben bien los redactores, hasta en los

paises mas libres.

§ II.

Los periódicos no lo dicen todo sobre las personas.

Estamos presenciando á cada paso que los partidarios de lo que se llama

una notabilidad, la ensalzan con destemplados elogios; miéntras sus

adversarios le regalan á manos llenas los dictados de ignorante,

estúpido, inhumano, sanguinario, tigre, traidor, monstruo, y otras

lindezas por este estilo. El saber, los talentos, la honradez, la

amabilidad, la generosidad y otras cualidades que le atribuían al héroe

los escritores de su devocion, quedan en verdad algo ajadas con los

cumplimientos de sus enemigos; pero al fin, ¿qué sacais en limpio de

esta baraunda? ¿Qué pensará el extranjero que ha de decidirse por uno de

los extremos, ó adoptar un justo medio á manera de árbitro arbitrador?

El resultado es andar á tientas, y verse precisado ó á suspender el

juicio ó á caer en crasos errores. La carrera pública del hombre en

cuestion no siempre está señalada por actos bien caracterizados; y

ademas lo que haya en ellos de bueno ó malo, no siempre es bien claro si

debe atribuirse á él ó á sus subalternos.

Lo curioso es que á veces entre tanta contienda, la opinion pública en

ciertos círculos, y quizas en todo el pais, está fijada sobre el

personaje, de suerte que no parece sino que se miente de comun acuerdo.

En efecto, hablad con los hombres que no carecen de noticias, quizas con

los mismos que le han declarado mas cruda guerra; «lo que es talento,

oiréis, nadie se lo niega; sabe mucho y no tiene malas intenciones; pero

qué quiere V.?.... se ha metido en eso, y es preciso desbancarle; yo soy

el primero en respetarle como á persona privada; y ojalá que nos

hubiese escuchado á nosotros; nos hubiera servido mucho, y habria

representado un papel brillante. «¿Veis á ese otro tan honrado, tan

inteligente, tan activo y enérgico, que al decir de ciertos periódicos,

él y solo él, puede apartar la patria del borde del abismo? Escuchad á

los que le conocen de cerca, y tal vez á sus mas ardientes defensores.»

Que es un infeliz, ya lo sabemos; pero al fin es el hombre que nos

conviene, y de álguien nos hemos de valer. Se le acusa de impuros

manejos; esto ¿quién lo ignora? en el banco A tiene puestos tales

fondos, y ahora va á hacer otro tanto en el banco B. En verdad que roba

de una manera demasiado escandalosa, pero mire V., esto es ya tan

comun...., y ademas, cuando le acusan nuestros adversarios, no es

menester que uno le deje en las astas del toro. ¿No sabe V. la historia

de ese hombre? pues yo le voy á contar á V. su vida y milagros ...» Y

se os refieren sus aventuras, sus altos y bajos, y sus maldades ó

miserias, ó necedades, y desde entónces ya no padeceis ilusiones, y

juzgais en adelante con seguridad y acierto.

Estas proporciones no las disfrutan por lo comun los extranjeros, ni los

nacionales que se contentan con la lectura de los periódicos, y así

creyendo que la comparacion de los de opuestas opiniones les aclara

suficientemente la verdad, se forman los mas equivocados conceptos sobre

los hombres y las cosas.

El temor de ser denunciados, de indisponerse con determinadas personas,

el respeto debido á la vida privada, el decoro propio, y otros motivos

semejantes, impiden á menudo á los periódicos el descender á ciertos

pormenores, y referir anécdoctas que retratan al vivo al personaje á

quien atacan; sucediendo á veces que con la misma exageracion de los

cargos, la destemplanza de las invectivas, y la crueldad de las sátiras,

no le hacen ni con mucho el daño que se le podria hacer con la sencilla

y sosegada exposicion de algunos hechos particulares.

Los escritores distinguen casi siempre entre el hombre privado y el

hombre público; esto es muy bueno en la mayor parte de los casos, porque

de otra suerte la polémica periodística, ya demasiado agria y

descompuesta, se convirtiera bien pronto en un lodazal donde se

revolvieran inmundicias intolerables; pero esto no quita que la vida

privada de un hombre no sirva muy bien para conjeturar sobre su conducta

en los destinos públicos. Quien en el trato ordinario no respeta la

hacienda ajena, ¿creeis que procederá con pureza cuando maneje el erario

de la nacion? El hombre de mala fe, sin convicciones de ninguna clase,

sin religion, sin moral, ¿creeis que será consecuente en los principios

políticos que aparenta profesar, y que en sus palabras y promesas puede

descansar tranquilo el gobierno que se vale de sus servicios? El

epicúreo por sistema, que en su pueblo insultaba sin pudor el decoro

público, siendo mal marido y mal padre, ¿creeis que renunciará a su

libertinaje cuando se vea elevado á la magistratura, y que de su

corrupcion y procacidad nada tendrán que temer la inocencia y la fortuna

de los buenos, nada que esperar la insolencia y la injusticia de los

malos? Y nada de esto dicen los periódicos, nada pueden decir, aunque

les conste á los escritores sin ningun género de duda.

§ III.

Los periódicos no lo dicen todo sobre las cosas.

Hasta en política, no es verdad que los periódicos lo digan todo. ¿Quién

ignora cuánto distan por lo comun las opiniones que se manifiestan en

amistosa conversacion de lo que se expresa por escrito? Cuando se

escribe en público hay siempre algunas formalidades que cubrir, y muchas

consideraciones que guardar; no pocos dicen lo contrario de lo que

piensan; y hasta los mas rígidos en materia de veracidad se hallan á

veces precisados ya que no á decir lo que no piensan, al ménos á decir

mucho ménos de lo que piensan. Conviene no olvidar estas advertencias,

si se quiere saber algo mas en politica de lo que anda por ese mundo

como moneda falsa de muchos reconocida, pero recíprocamente aceptada,

sin que por esto se equivoquen los inteligentes sobre su peso y ley.[9]

CAPÍTULO X.

RELACIONES DE VIAJES.

§ I.

Dos partes muy diferentes en las relaciones de viajes.

En esta clase de escritos deben distinguirse dos partes: las

descripciones de objetos que ha visto, ó escenas que ha presenciado el

viajero; y las demas noticias y observaciones de que llena su obra. Por

lo tocante á lo primero, conviene recordar lo que se ha dicho sobre la

veracidad; añadiéndose dos advertencias: 1ª. que la desconfianza de la

fidelidad de los cuadros debe guardar alguna proporcion con la distancia

del lugar de la escena, por aquello de: luengas tierras, luengas

mentiras; 2ª. que los viajeros corren riesgo de exagerar, desfigurar, y

hasta fingir, haciendo formar ideas muy equivocadas sobre el pais que

describen, por el vanidoso prurito de hacerse interesantes, y de darse

importancia, contando peregrinas aventuras.

En cuanto á las demas noticias y observaciones, no es dable reducir á

reglas fijas el modo de distinguir la verdad del error; mayormente

siendo imposible esta tarea en muchísimos casos. Pero será bien

presentar reflexiones que llenen de algun modo el vacío de las reglas,

inspirando prudente desconfianza y manteniendo en guarda á los

inexpertos é incautos.

§ II.

Orígen y formacion de algunas relaciones de viajes.

¿Cómo se hacen la mayor parte de los viajes? Pasando no mas que por los

lugares mas famosos, deteniéndose algun tanto en los puntos principales,

y atravesando el pais intermedio tan rápidamente como es posible; pues á

ello instigan tres causas poderosas: ahorrar tiempo, economizar dinero,

y disminuir la molestia. Si el pais es culto, con buenos caminos, con

canales, rios y costas de pronta navegacion, el viajero salta de una

capital á otra disparándose como una flecha; dormitando con el

mecimiento del coche ó de la nave, y asomando la cabeza por la

portezuela para recrearse con la vista de algun bello paisaje, ó

paseándose sobre cubierta contemplando las orillas del rio cuya

corriente le arrebata. Resulta de ahí que todo el pais intermedio queda

completamente desconocido, en cuanto concierne á ideas, religion, usos y

costumbres. Algo ve sobre la calidad del terreno y los trajes de los

moradores, porque ambos objetos se le ofrecen á los ojos; pero hasta en

estas cosas si el viajero no es cauto, y pretende hablar en general,

podrá dar á sus lectores las noticias mas falsas y extravagantes. Si de

aquí á algunos años logramos navegar por el Ebro desde Zaragoza á

Tortosa, el viajero que pintase el terreno y los trajes de Aragon y

Cataluña, ateniéndose á lo que hubiese visto en la ribera del rio, por

cierto que les proporcionaria á sus lectores copia disparatada.

Ahora reflexione el aficionado á relaciones de viajes, el caso que debe

hacer de las detalladas noticias sobre un pais de muchos millares de

leguas cuadradas descrito por un viajero que le ha observado de la

susodicha manera. «El que lo ha visto de cerca lo dice, así será sin

asomo de duda:» de esta suerte hablas, ó crédulo lector, pensando que en

recoger aquellas noticias ha puesto tu guia gran trabajo y cuidado; pues

yo te diré lo que podria muy bien haber sucedido, y otra vez no te

dejarás engañar con tanta facilidad.

Llegado el viajero á la capital, tal vez con escaso conocimiento de la

lengua, y quizas con ninguno, habrá andado atolondrado y confuso algunos

dias, en el laberinto de calles y plazas, desplegando á menudo el plano

de la ciudad, preguntando á cada esquina, y saliendo del paso del mejor

modo posible, para encontrar la oficina de pasaportes, la casa de la

embajada, y los sugetos para quienes lleva carta de recomendacion. Este

tiempo no es muy á propósito para observar; y si á ratos toma coche,

para librarse de cansancio y evitar extravío, tanto peor para los

apuntes de su cartera: todo desfila á sus ojos con mucha rapidez como en

linterna mágica las ilusiones de los cuadros; recogerá muy gratas

sensaciones, pero no muchas noticias. Viene en seguida la visita de los

principales edificios, monumentos, bellezas y preciosidades cuyo índice

encuentra en la _guia_; y ó la capital no ha de ser de las mayores, ó se

le han pasado muchos dias en la expresada tarea. La estacion se

adelanta, es preciso todavía visitar otras ciudades, acudir á los baños,

presenciar tal ó cual escena en un punto lejano, el viajero ha de tomar

la posta, y correr á ejecutar en otra parte lo que acaba de practicar

allí. A los pocos meses de su partida del suelo natal, está ya de

vuelta, y ordena durante el invierno sus apuntes, y en la primavera se

halla de venta un abultado tomo sobre el viaje. Agricultura, artes,

comercio, ciencia, política, ideas populares, religion, usos,

costumbres, carácter, todo lo ha observado de cerca el afortunado

viajero; en su libro se halla la estadística universal del pais; creedle

sobre su palabra y podréis ahorraros el trabajo de salir de vuestro

gabinete, sin que ignoreis los mas pequeños y delicados pormenores.

¿Cómo ha podido adquirir tanta copia de noticias? Un Argos no bastara

para ver y notar tanto en tan breve tiempo; y ademas, ¿cómo habrá

sabido lo que pasaba allí donde no ha estado, es decir, á centenares

de leguas á derecha é izquierda de la carretera, canal ó rio por

donde viajaba? Hélo aquí. Cuando al dar los primeros rayos del sol

á la portezuela del coche, se habrá dispertado, y bostezando, y

desperezándose habrá echado una ojeada sobre el pais, que no se

parece ya á lo que era el de anoche, cruzando y arreglando las

piernas con el caballero de enfrente, habrá trabado quizas la siguiente

conversacion.--V. conoce el pais este?--Un poco.--El pueblo aquel cómo

se llama?--Si mal no me acuerdo es N.--Los principales productos del

pais?--N.--¿La industria?--N.--Carácter?--Flemático como el

postillon.--Riqueza?--Como judios.

Entre tanto llega el coche al parador, el de las respuestas se marcha

quizas sin despedirse; y sus informes que se ignoran de quién sean,

figurarán cual datos positivos entre los apuntes del observador, que

tendrá la humorada de afirmar que cuenta lo que ha visto.

Pero como estos recursos no son suficientes y dejarian muy incompleta la

descripcion, recogerá cuídadosamente los trajes extraños, los edificios

irregulares, las danzas grotescas que se le hayan ofrecido al paso, y

héos aquí un cuadro de costumbres generales que nada dejará que desear.

Sin embargo, aun hay otra mina que explotará el viajero, y de donde

sacará tal vez el principal tesoro. En los periódicos y en las _guias_,

encontrará en crecido número las noticias que ha menester para formar su

estadística; y con los datos que de allí saque, puestos en órden

diferente, intercalando alguna cosa de lo que ha visto ú oido ó

conjeturado, resultará un todo que se hará circular como fruto de los

trabajos investigadores del viajero, y en sustancia no será mas en su

mayor parte, que cuentos de un cualquiera, y traducciones y plagios de

periódicos y obras.

Para que no se extrañe la severidad con que trato á los autores de

_viajes_, sin que por esto me proponga rebajar el mérito donde quiera

que se halle, bastará recordar las necedades y disparates que han

publicado algunos extranjeros que han viajado por España. Lo que á

nosotros nos ha sucedido puede muy bien acontecer á otros pueblos;

saliendo bien ó mal parados, aplaudidos con exageracion, ó criticados

con injusticia, segun el humor, las ideas, y otras cualidades del lijero

pintor que se empeñaba en sacar copia de originales que no habia visto.

§ III.

Modo de estudiar un pais.

La razon y la experiencia enseñan, que para formar cabal concepto de una

pequeña comarca, y poderla describir tal como es, bajo el aspecto

material y moral, es necesario estar familiarizado con la lengua, pasar

allí larga temporada, abundar de relaciones, estar en trato continuo sin

cansarse de preguntar y observar. No creo que haya otro medio de

adquirir noticias exactas y formar acertado juicio; lo demas es andarse

en generalidades, y llenarse la cabeza de errores é inexactitudes. Hasta

que se estudien los paises de esta manera, hasta que se forme de esta

suerte su estadística material y moral, no serán bien conocidos. Estarán

pintados en los libros como en los mapas muy pequeños que nos ofrecen á

la vista dilatadas regiones: todo está cubierto de nombres, y de

círculos, y de crucecitas, y de cordilleras de montañas y de corrientes

de rios; pero medid con el compas las distancias, y andaos por el mundo

sin otra regla; á menudo creeréis estar muy cerca de una ciudad, de un

rio, de un monte, que distan sin embargo nada ménos que cien leguas.

En suma, ¿quereis adquirir noticias exactas sobre un pais, y formar de

su estado concepto verdadero y cabal? estudiadlo de la manera

sobredicha, ó leed á quien lo hubiere estudiado de esta suerte. Y si no

truviereis proporcion para ello, contentaos con cuatro cosas generales,

que os sacarán airoso de una conversacion con vuestros iguales en

aquella clase de conocimientos; pero guardaos de asentar sobre estos

datos un sistema filosófico, político ó económico; y andad con tiento en

lucir vuestra ciencia, si os encontrarais con algun natural del pais, y

no quereis exponeros á ser objeto de risa[10].

CAPÍTULO XI.

HISTORIA.

§ I.

Medio para ahorrar tiempo, ayudar la memoria, y evitar errores, en los

estudios históricos.

El estudio de la historia es no solo útil sino tambien necesario. Los

mas escépticos no le descuidan; porque, aun cuando no le admitiesen como

propio para conocer la verdad, al ménos no le desdeñarian como

indispensable ornamento. Ademas que la duda llevada á su mayor

exageracion no puede destruir un número considerable de hechos, que es

preciso dar por ciertos, si no queremos luchar con el sentido comun.

Así, uno de los primeros cuidados que deben tenerse en esta clase de

estudios es distinguir lo que hay en ellos de absolutamente cierto. De

esta manera se encomienda á la memoria lo que no admite sombra de duda,

y queda luego desembarazado el lector para andar clasificando lo que no

llega á tan alto grado de certeza, ó es solamente probable, ó tiene

muchos visos de falso.

¿Quién dudará que existieron en oriente grandes imperios, que los

griegos fueron pueblos muy adelantados en civilizacion y cultura, que

Alejandro hizo grandes conquistas en el Asia, que los romanos llegaron á

ser dueños de una gran parte del mundo conocido, que tuvieron por rival

á la república de Cartago, que el imperio de los señores del mundo fué

derribado por una irrupcion de bárbaros venidos del norte, que los

musulmanes se apoderaron del Africa septentrional, destruyeron en España

el reino de los godos y amenazaron otras regiones de Europa, que en los

siglos medios existió el sistema del feudalismo, y mil y mil otros

acontecimientos ya antiguos ya modernos, de los cuales estamos tan

seguros como de que existen Lóndres y Paris?

§ II.

Distincion entre el fondo del hecho y sus circunstancias. Aplicaciones.

Pero admitidos como indudables cierta clase de hechos, queda anchuroso

campo para disputar sobre otros y desecharlos, ó darles crédito; y hasta

con respecto á los que no consienten ningun género de duda, pueden

espaciarse la erudicion, la crítica y la filosofía de la historia, en el

exámen y juicio de las circunstancias con que los historiadores los

acompañan. Es incuestionable que existieron las guerras llamadas

púnicas, que en ellas Cartago y Roma se disputaron el imperio del

Mediterráneo, de las costas de Africa, España é Italia, y que al fin

salió triunfante la patria de los Escipiones, venciendo á Aníbal y

destruyendo la capital enemiga: pero las circunstancias de aquellas

guerras ¿fueron tales como nosotros las conocemos? En el retrato que se

nos hace del carácter cartagines, en el señalamiento de las causas que

provocaron los rompimientos, en la narracion de las batallas, de las

negociaciones, y otros puntos semejantes, ¿seria posible que hubiésemos

sido engañados? Los historiadores romanos, de quienes hemos recibido la

mayor parte de las noticias, ¿no habrán mezclado mucho de favorable á su

nacion, y de contrario á la rival? Aquí entra la duda, aquí el

discernimiento; aquí entra ora el admitir con recelo y desconfianza, ora

el desechar sin reparo, ora el suspender con mucha frecuencia el juicio.

¿Qué seria de la verdad á los ojos de las generaciones venideras, si por

ejemplo la historia de las luchas entre dos naciones modernas, quedase

únicamente escrita por los autores de una de las dos rivales? Y esto sin

embargo, lo han publicado los unos en presencia de los otros,

corrigiéndose y desmintiéndose recíprocamente, y los acontecimientos se

verificaron en épocas que abundaban ya de medios de comunicacion, y en

que era mucho mas difícil sostener falsedades de bulto. ¿Qué será pues

viniéndonos las narraciones por un conducto solo, y tan sospechoso, por

interesado; y tratándose de tiempos tan distantes, de comunicaciones

tan escasas, y en que no se conocian los medios de publicidad que han

disfrutado los modernos?

Mucho se deberá desconfiar tambien de los griegos cuando nos refieren

sus gigantescas hazañas, las matanzas de innumerables persas, sus rasgos

de patriotismo heróico, y cien cosas por este tenor. La fe ciega, el

entusiasmo sin límites, la admiracion por aquel pueblo de increibles

hazañas, allá se queda para los sencillos; que quien conoce el corazon

del hombre, quien ha visto con sus propios ojos tanto exagerar,

desfigurar y mentir, dice para sí: «el negocio debió de ser grave y

ruidoso; parece que en efecto no se portaron mal esos griegos; pero en

cuanto á saber el respectivo número de combatientes, y otros pormenores,

suspendo el juicio hasta que hayan resucitado los persas, y los oiga

pintar á su modo los acontecimientos y sus circunstancias.»

Esta regla de prudencia es susceptible de infinitas aplicaciones á lo

antiguo y moderno. El lector que de ella se penetre, y no la olvide al

leer la historia, dé por seguro que se ahorrará muchísimos errores, y

sobre todo no desperdiciará tiempo y trabajo en recordar si fueron

sesenta ó setenta mil los que murieron en tal ó cual refriega, y si los

pobres que anduvieron de vencida, y no pueden desmentir al cronista,

eran en número cuadruplicado ó quintuplicado, para su mayor ignominia y

afrenta.

§ III.

Algunas reglas para el estudio de la historia.

Como la historia no entra en esta obrita sino como uno de tantos objetos

que no deben pasarse por alto cuando se trata de la investigacion de la

verdad, fuera inoportuno extenderse demasiado en señalar reglas para su

estudio; esto por sí solo, reclamaria un libro de no pequeño volúmen; y

no conviene gastar un espacio que bien se ha menester para otras cosas.

Así me limitaré á prescribir lo ménos que pueda, y con la mayor brevedad

que alcance.

REGLA 1ª.

Conforme á lo establecido mas arriba (Cap. VIII), es preciso atender á

los medios que tuvo á mano el historiador para encontrar la verdad, y á

las probabilidades de que sea veraz ó no.

REGLA 2ª.

En igualdad de circunstancias, es preferible el testigo ocular.

Por mas autorizados que sean los conductos, siempre son algo peligrosos;

las narraciones que pasan por muchos intermedios suelen ser como los

líquidos, los que siempre se llevan algo del canal por donde corren.

Desgraciadamente abundan mucho en los canales la malicia y el error.

REGLA 3ª.

Entre los testigos oculares, es preferible en igualdad de

circunstancias, el que no tomó parte en el suceso, y no ganó ni perdió

con él. (V. Cap. VIII.)

Por mas crédito que se merezca César cuando nos refiere sus hazañas,

claro es que á sus enemigos no los habia de pintar pocos y cobardes, ni

describirnos sus empresas como demasiado asequibles. Los prodigios de

Aníbal contados por sus mismos enemigos, valen por cierto algo mas.

¿Cómo vemos narradas las revoluciones modernas? Segun las opiniones é

intereses del escritor. Un hombre de aventajado talento ha dado á luz

una historia del levantamiento y revolucion de España en la época de

1808; y sin embargo, al tratar de las Córtes de Cádiz, al traves del

lenguaje anticuado, y del tono grave y sesudo, bien se trasluce el jóven

y fogoso diputado de las constituyentes.

REGLA 4ª.

El historiador contemporáneo es preferible; teniendo empero el cuidado

de cotejarle con otro de opiniones é intereses diferentes, y de separar

en ambos el hecho narrado de las causas que se le señalan, resultados

que se le atribuyen, y juicio de los escritores.

Por lo comun, hay en los acontecimientos algo que descuella, y se

presenta á los ojos demasiado de bulto para que pueda negarlo la

parcialidad del historiador. En tal caso exagera ó disminuye, echa mano

de colores halagüeños ó repugnantes, busca explicaciones favorables

apelando á causas imaginarias, y señalando efectos soñados: pero el

hecho está allí; y los esfuerzos del escritor apasionado ó de mala fe,

no hacen mas que llamar la atencion del avisado lector para que fije la

vista con atencion en lo que hay, y no vea ni mas ni ménos de lo que

hay.

El Criterio · 第 4 / 21 段