de alta trascendencia, á que no puede acceder sin degradarse, sin faltar
á sus deberes mas sagrados, sin comprometer intereses de la mayor
importancia. El magistrado es naturalmente recto; en su larga carrera no
se le conoce una felonía; y su entereza está acompañada de cierta
firmeza de carácter. Los antecedentes no son malos. Sin embargo, cuando
veais que la tempestad arrecia, que el motin sube ya la escalera, cuando
golpee á la puerta del gabinete el osado demagogo que lleva en una mano
el papel que se ha de firmar, y en otra el puñal ó una pistola
amartillada; temed mas por la suerte del negocio, que por la vida del
magistrado. Es probable que no morirá; la entereza no es el heroismo.
Con los anteriores ejemplos se echa de ver que en algunas ocasiones es
lícito y muy prudente desconfiar de la virtud de los hombres; lo que
acontece cuando el obrar bien exige una disposicion de ánimo, que la
razon, la experiencia y la misma religion, nos enseñan ser muy rara. Es
claro ademas, que para sospechar mal, no siempre será menester que el
apuro sea tal como se ha pintado. Para el comun de los hombres suele
bastar mucho ménos; y para los decididamente malos la simple oportunidad
equivale á vehemente tentacion. Así no es posible señalar otra regla
para discernir los casos, sino que es preciso atender á las
circunstancias de la persona que es el objeto del juicio, graduando la
probabilidad del mal por su habitual inclinacion á él, ó su adhesion á
la virtud.
De estas consideraciones nacen las otras reglas.
REGLA 2ª.
Para conjeturar cuál será la conducta de una persona en un caso dado, es
preciso conocer su inteligencia, su índole, carácter, moralidad,
intereses y cuanto puede influir en su determinacion.
El hombre, aunque dotado de libertad de albedrio, no deja de estar
sujeto á una muchedumbre de influencias que contribuyen poderosamente á
decidirle. El olvido de una sola circunstancia nos puede llevar al
error. Así, suponiendo que un hombre está en un compromiso de que le es
difícil salir sin faltar á sus deberes, parece á primera vista que en
sabiendo cuál es su moralidad, y cuáles los obstáculos que á la sazon
median para obrar conforme á ella, tenemos datos bastantes para
pronosticar sobre el éxito. Pero entónces no llevamos en cuenta una
cualidad que influye sobre manera en casos semejantes: la firmeza de
carácter. Este olvido podrá hacer muy bien que defraude nuestras
esperanzas un hombre virtuoso, y las exceda el malo; pues que para sacar
airosa la virtud en circunstancias apuradas, sirve admirablemente el que
obren en su favor pasiones enérgicas. Un alma de temple fuerte y brioso,
se exalta y cobra nuevo aliento á la vista del peligro; en el
cumplimiento del deber se interesa entónces el orgullo; y un corazon que
naturalmente se complace en superar obstáculos, y arrostrar riesgos, se
siente mas osado y resuelto cuando se halla animado por el grito de la
conciencia. El ceder es debilidad, el volver atras cobardia; el faltar
al deber es manifestar miedo, es someterse á la afrenta. El hombre de
intencion recta y corazon puro, pero pusilánime, mirará las cosas con
ojos muy diferentes. «Hay un deber que cumplir, es verdad; pero trae
consigo la muerte de quien lo cumpla, y la orfandad de la familia. El
mal se hará tambien de la misma manera; y quizas los desastres serán
mayores. Es necesario dar al tiempo lo que es suyo: la entereza no ha de
convertirse en terquedad: los deberes no han de considerarse en
abstracto, es preciso atender á todas las circunstancias; las virtudes
dejan de serlo, si no andan regidas por la prudencia. El buen hombre ha
encontrado por fin lo que buscaba: un parlamentario entre el bien y el
mal; el miedo con su propio traje no servia para el caso; pero ya se ha
vestido de prudencia; la transaccion no se hará esperar mucho.
Hé aquí un ejemplo bien palpable, y por cierto nada imaginario, de que
es preciso atender á todas las circunstancias del individuo que se ha de
juzgar. Desgraciadamente el conocimiento de los hombres es uno de los
estudios mas dificiles; y por lo mismo es tarea espinosa el recoger los
datos precisos para acertar.
REGLA 3ª.
Debemos cuidar mucho de despojarnos de nuestras ideas y afecciones, y
guardarnos de pensar que los demas obrarán como obraríamos nosotros.
La experiencia de cada dia nos enseña que el hombre se inclina á juzgar
de los demas tomándose por pauta á sí mismo. De aquí han nacido los
proverbios «quien mal no hace, mal no piensa;» y «piensa el ladron que
todos son de su condicion.» Esta inclinacion es uno de los mayores
obstáculos para encontrar la verdad en todo lo concerniente á la
conducta de los hombres; ella expone con frecuencia al virtuoso á ser
presa de los amaños del malvado; y dirige á menudo contra probada
honradez, y quizas acendrada virtud, los tiros de la maledicencia.
La reflexion, ayudada por costosos desengaños, cura á veces este
defecto, orígen de muchos males privados y públicos; pero su raiz está
en el entendimiento y corazon del hombre, y es preciso estar siempre
alerta si no se quiere que retoñen las ramas.
La razon de este fenómeno no será difícil explicarla. En la mayor parte
de sus raciocinios, procede el hombre por analogía. «Siempre ha
sucedido esto, luego ahora sucederá tambien.» «Comunmente despues de tal
hecho, sobreviene tal otro, luego lo mismo acontecerá en la actualidad.»
De aquí dimana que tan pronto como se ofrece la ocasion de formar
juicio, apelamos á la comparacion; si un ejemplo apoya nuestra manera de
opinar, nos afirmamos mas en ella; y si la experiencia nos suministra
muchos, sin esperar mas pruebas damos la cosa por demostrada. Natural
es, que necesitando comparaciones las busquemos en los objetos mas
conocidos, y con los cuales nos hallamos mas familiarizados; y como en
tratándose de juzgar ó conjeturar sobre la conducta ajena hemos menester
calcular sobre los motivos que influyen en la determinacion de la
voluntad, atendemos sin advertirlo siquiera á lo que solemos hacer
nosotros, y prestamos á los demas el mismo modo de mirar y apreciar los
objetos.
Esta explicacion, tan sencilla como fundada, señala cumplidamente la
razon de la dificultad que encontramos en despojarnos de nuestras ideas
y sentimientos, cuando así lo reclama el acierto en los juicios que
formamos sobre la conducta de los demas. Quien no está acostumbrado á
ver otros usos que los de su pais, tiene por extraño cuanto de ellos se
desvia, y al dejar por primera vez el suelo patrio se sorprende á cada
novedad que descubre. Lo propio nos sucede en el asunto de que tratamos:
con nadie vivimos mas intimamente que con nosotros mismos; y hasta los
ménos amigos de concentrarse tienen por necesidad una conciencia muy
clara del curso que ordinariamente siguen su entendimiento y voluntad.
Preséntase un caso, y no atendiendo á que aquello pasa en el ánimo de
los otros, como si dijésemos en tierra extranjera, nos sentimos
naturalmente llevados á pensar que deberá de suceder allí lo mismo á
corta diferencia que hemos visto en nuestra patria. Y ya que he
comenzado comparando, añadiré, que así como los que han viajado mucho no
se sorprenden por ninguna diversidad de costumbres, y adquieren cierto
hábito de acomodarse á todo sin extrañeza ni repugnancia, así los que se
han dedicado al estudio del corazon, y á la observacion de los hombres,
son mas diestros en despojarse de su manera de ver y sentir, y se
colocan mas fácilmente en la situacion de los otros; como si dijéramos
que cambian de traje y de tenor de vida, y adoptan el aire y las maneras
de los naturales del nuevo pais[7].
CAPÍTULO VIII.
DE LA AUTORIDAD HUMANA EN GENERAL.
§ I.
Dos condiciones necesarias para que sea valedero un testimonio.
No siempre nos es dable adquirir por nosotros mismos el conocimiento de
la existencia de un ser, y entónces nos es preciso valernos del
testimonio ajeno. Para que este no nos induzca á error, son necesarias
dos condiciones: 1ª. que el testigo no sea engañado: 2ª. que no nos
quiera engañar. Es evidente que faltando cualquiera de estos dos
extremos, su testimonio no sirve para encontrar la verdad. Poco nos
importa que quien habla la conozca, si sus palabras nos expresan el
error; y la veracidad y buena fe tampoco nos aprovechan si quien las
posee está engañado.
§ II.
Exámen y aplicaciones de la primera condicion.
Conocemos si el testigo ha sido engañado ó no atendiendo á los medios de
que ha podido disponer para alcanzar la verdad: y en estos medios
comprendo tambien su capacidad y demas cualidades personales que le
hacen mas ó ménos apto para el efecto.
Al referírsenos algun hecho, cuando el narrador no es testigo ocular, á
veces la buena educacion no permite preguntar quién lo ha contado; pero
la buena lógica prescribe atender siempre á esta circunstancia, y no
prestar lijeramente asenso sin haberlo tenido presente.
Atravieso un pais que me es desconocido, y oigo la siguiente
proposicion: «este es el año de mejor cosecha que de mucho tiempo acá se
ha visto en esta comarca.» Lo primero que debo hacer es parar la
atencion en la persona que así lo dice. ¿Es un hombre anciano, rico
propietario de la tierra, establecido en sus mismas posesiones,
aficionado á recoger noticias y formar estados comparativos? No puedo
dudar que quien habla debe de saberlo muy bien; pues que su interes,
profesion, inclinaciones particulares y larga experiencia le
proporcionan cuantos medios son deseables para formar juicio acertado.
¿Es un hijo del mismo propietario, que solo se llega á las posesiones de
su padre para divertirse ó sacar dinero; que distraido por la vida de
las ciudades, se cuida muy poco de lo que pasa en los campos? Bien podrá
saberlo por habérselo oido á su padre; pero si esta última circunstancia
falta, el testimonio es muy poco seguro. ¿Es un viajero que recorre de
vez en cuando aquel pais, por negocios que nada tienen que ver con la
agricultura? Su palabra merece poca fe, porque son escasos los medios
que ha tenido para cerciorarse de lo que afirma; su proposicion podrá
ser echada á la aventura.
En una reunion se cuenta que el ingeniero N. acaba de idear una nueva
máquina para tal ó cual producto, y que su invencion lleva ventaja á
cuantas se han conocido hasta ahora. El testigo es ocular.--¿Quién lo
refiere?--Es un caballero de la misma profesion, muy acreditado en ella,
que ha viajado mucho para ponerse al nivel de los últimos adelantos en
maquinaria, comisionado repetidas veces ya por el gobierno, ya por
sociedades de fabricantes, para comparar diferentes sistemas de
construccion y elaboracion: el juez es competente; no es fácil haya sido
engañado por un charlatan cualquiera.--El testigo es un fabricante que
tiene invertidos grandes capitales en maquinaria, y se propone invertir
muchos mas; posee algunos conocimientos en el ramo, pues que su interes
propio le llama la atencion hácia este punto, y cuenta con bastantes
años de experiencia. El testimonio no es despreciable, pero ha perdido
mucho de las cualidades del primero. No conoce por principios la
mecánica, habrá visto algunos establecimientos, mas no los necesarios
para poder comparar la invencion con los demas sistemas conocidos: el
maquinista sabia que las arcas no estaban vacías, tenia un interes en
que se formase alto concepto de la invencion; hay pues bastante peligro
de que el mérito sea exagerado, hasta podrá ser muy mediano, y quizas
nulo.
Una mujer de veracidad probada, pero de imaginacion ardiente y viva, y
ademas muy crédula en asuntos de carácter extraordinario y misterioso,
refiere con el tono de la mayor certeza y con el lenguaje y ademan de
una impresion reciente, que en la noche anterior ha oido en su casa un
ruido espantoso; que habiéndose levantado ha visto el resplandor de
algunas luces en partes del edificio en las que no habita nadie; y que
repetidas veces han resonado con toda claridad voces desconocidas, ya
cual gemidos de dolor, ya cual aullidos de desesperacion, ya cual
aterradoras amenazas. La testigo habrá sido engañada. Es probable que
estando profundamente dormida, algun gato que andaria ocupado en sus
ordinarias tareas de hurto ó caza, habrá derribado algun traste con
estrepitoso fracaso. La buena señora, que quizas conciliaria
dificilmente el sueño, agitada por espectros y fantasmas, dispierta al
retumbante ruido: levántase despavorida, corre presurosa de una á otra
parte; ve en los aposentos desiertos alguna luz, por la sencilla razon
de que nadie cuidó de cerrar las ventanas, y por ellas penetran los
rayos de la luna; por fin llegan á sus oidos las voces misteriosas que
no debieron de ser mas que los silbidos del viento, los crujidos de
alguna puerta mal segura, y tal vez el remoto maullo del malandrin que
salido por la buhardilla se va á trabar refriegas por la vecindad, sin
pensar que sus maldades tienen en congojosa cuita á su dueña y
bienhechora.
Asi discurriria un buen pensador, sin decidirse por esto á creer ó dejar
de creer, pero inclinándose algo mas á lo segundo que á lo primero;
cuando hé aquí que llega á la reunion el marido de la señora espantada.
Es hombre que frisa en los cincuenta, que ha tenido tiempo de perder el
miedo en largos años de carrera militar, no escasea de conocimientos, y
retirado ahora, vive entregado á sus negocios y á sus libros, dejando
que su mujer delire á mansalva. La vista de los circunstantes se dirige
naturalmente al recien llegado; y todos desean saber de su boca la
impresion que le causara la medrosa aventura. «En verdad, señores, dice,
que no sé qué diablos teníamos esta noche en casa. Ocupado en despachar
unos papeles que me corrian prisa, no me habia acostado todavía, cuando
hé aquí que á eso de las doce oigo un estrépito tal que me creí que la
casa se nos venia encima. Lo que es gato no podia ser, porque era
imposible que hiciese tal estrépito; y ademas esta mañana nada se ha
encontrado, ni dislocado, ni roto. Eso de las luces, yo no las he visto;
pero que resonaron unas voces tan tremebundas que casi casi me habrian
metido el miedo en el cuerpo, es positivo. Veremos si la zambra se
repite: yo me temo que se nos ha querido jugar una treta. Desearia
sorprender á los actores representando su papel.» Desde entónces la
cuestion cambia de aspecto; lo que ántes era improbable, ha pasado á ser
creible; el hecho será verdadero, solo falta aclarar su naturaleza.
§ III.
Exámen y aplicaciones de la segunda condicion.
Si conviene precaverse contra el engaño que inocentemente puede haber
sufrido el narrador, no importa ménos estar en guarda contra la falta de
veracidad. Para este efecto será bien informarse de la opinion que en
este punto disfruta la persona, y sobre todo examinar si alguna pasion ó
interes la impelen á mentir. ¿Qué caso puede hacerse de quien pinta
prodigiosos hechos de armas de los cuales espera grados, empleos y
condecoraciones? Está bien claro el partido que tomará el especulador,
si no está dominado por principios de rígida moral y caballerosa
delicadeza. Así, quien refiere acontecimientos en cuya verdad ó
apariencia tiene grande interes, es testigo sospechoso; prestarle
crédito sobre su palabra fuera proceder muy de lijero.
Cuando tratamos de calcular la probabilidad de un suceso que no sabemos
sino por el testimonio de otros, es preciso atender simultáneamente á
las dos condiciones explicadas: conocimiento y veracidad. Pero como en
muchos casos, á mas del testimonio, tenemos algunos datos para
conjeturar sobre la probabilidad de lo que se nos cuenta, es necesario
hacerlos entrar en combinacion, para decidirnos con ménos peligro de
errar. Por lo comun, hay muchas cosas á que atender, en lo cual
enseñarán mas los ejemplos que las reglas.
Un general da parte de una brillante victoria que acaba de conseguir; el
enemigo, por supuesto, era superior en fuerzas, ocupaba posiciones muy
ventajosas, pero ha sido arrollado en todas direcciones, y solo una
precipitada fuga le ha librado de dejar en manos del vencedor numerosos
prisioneros. La pérdida del general ha sido insignificante en
comparacion de la del enemigo; algunas compañías que llevadas de su
ardor se habian adelantado en demasía, viéronse envueltas por
cuadruplicadas fuerzas y tuvieron algunos momentos de conflicto; pero
merced á la bizarria de los jefes, y acertadas disposiciones del
general, pudiéronse replegar con el mayor órden sin mas resultado que
extraviarse un reducido número de soldados.
¿Qué concepto formaremos de la accion? Para que se vea cuánta
circunspeccion es necesaria si se desea acertar en los juicios, y con la
mira de ofrecer ejemplos que sirvan de norma en otros casos,
detallaremos las muchas circunstancias á que es preciso atender.
¿Es conocido el general? ¿Tiene reputacion de veraz y modesto, ó pasa
plaza de fanfarron? ¿Cuáles son sus dotes militares? ¿Qué subalternos le
auxilian? Sus tropas ¿gozan fama de valor y disciplina? ¿Se han
distinguido en otras acciones, ó estan desacreditadas por frecuentes
derrotas? ¿Con qué enemigo ha tenido que habérselas? ¿Cuál era el objeto
de la expedicion del general? ¿Lo ha conseguido ó no? En el parte hay
una cláusula que dice: «Sé de positivo que la plaza N puede todavia
sostenerse algunos dias. Así no he creido necesario precipitar las
operaciones, mayormente cuando la situacion del soldado, rendido de
hambre y fatiga, reclamaba imperiosamente algun descanso. El convoy
queda seguro en la ciudad M, adonde me he replegado, abandonando al
enemigo unas posiciones que me eran inútiles, y dejándole que se cebase
en una porcion de viveres que en el ardor de la refriega cayeron en su
poder, á causa de un desórden momentáneo que se debió al miedo de los
bagajeros.» El negocio presenta mal aspecto; á pesar de todos los
rodeos, se conoce que el vencedor ha perdido una parte del convoy, y no
ha podido pasar con lo restante.
¿Qué trofeos nos presenta en testimonio de su victoria? No ha cogido
prisioneros, y él confiesa algunos extraviados; aquellas compañías
demasiado adelantadas sufrieron algunos momentos de conflicto, y fueron
envueltas por fuerzas cuadruplicadas; todo esto significa que hubo en
aquella parte un «sálvese quien pueda» y que el enemigo no dejó de hacer
presa.
¿Cuáles son las noticias que vienen del lugar donde se ha replegado el
general? Es probable que las cartas serán tristes, y que traerán
descripciones aflictivas sobre el desórden en que entró la tropa, y la
disminucion del convoy.
¿Qué dicen los partidarios del enemigo? ¡Ah! esto acaba de aclarar el
misterio; se han echado las campanas á vuelo en el punto P, y han
entrado muchos prisioneros; los enemigos se han presentado orgullosos en
presencia de la plaza sitiada, cuyos apuros son cada dia mayores.
¿Qué está haciendo el general vencedor? Se mantiene en inaccion, y se
añade que ha pedido refuerzos; la brillante victoria habrá sido pues una
insigne derrota.
§ IV.
Una observacion sobre el interes en engañar.
Casos hay en que por interesado que parezca el narrador en faltar á la
verdad, no es probable que lo haya hecho, porque descubierta en breve la
mentira, sin recurso para paliarla, se convertiria contra él de una
manera ignominiosa.
La experiencia nos enseña que no hay que fiar de ciertas relaciones
militares que no pueden ser contradichas luego, con toda claridad y con
presencia de datos positivos, que produzcan completa evidencia. Las
mayores ó menores fuerzas del enemigo, el órden ó la dispersion con que
tal ó cual parte de su ejército emprendió la retirada, el número de
muertos ó heridos, lo mas ó ménos favorable de algunas posiciones
atendida la situacion de los combatientes, lo mas ó ménos intransitable
de los caminos, y otras cosas por este tenor, ¿cómo las puede aclarar
bien el público? Cada cual refiere las cosas á su modo, segun sus
noticias, intereses ó deseos; y los mismos que saben la verdad son
quizas los primeros en oscurecerla haciendo circular las mas insignes
falsedades. Los que llegan á desembarazarse del enredo, y á ver claro en
el negocio, ó callan, ó se hallan impugnados por mil y mil á quienes
importa sostener la ilusion; y la mancha que cae sobre los embaucadores
nunca es tan ignominiosa que no consienta algun disfraz. Pero suponed
que un general que está sitiando una plaza, y nada puede contra ella,
tiene la imprudencia de enviar un pomposo parte al gobierno,
anunciándole que la ha tomado por asalto y estan en su poder los restos
de la guarnicion que no han perecido en la refriega; á pocos dias sabrá
el gobierno, sabrá el público, sabrá el mismo ejército, que el general
ha mentido de una manera tan escandalosa; y la burla y la afrenta que
caerán sobre el impostor le harán pagar cara su gloria de momento.
De aquí es que en semejantes casos el buen sentido del público suele
preguntar si el parte es oficial: y si lo es, por mas que no haga caso
de las circunstancias con que se procura realzar el hecho, no obstante
presta crédito á la existencia de él. Hasta es de notar que cuando en
gravísimos apuros se miente de una manera escandalosa, con la mira de
alentar por algunas horas mas y dar lugar al tiempo, rara vez se inventa
un parte nombrando personas; se apela á las fórmulas de «sabemos de
positivo; un testigo de vista acaba de referirnos» y otras semejantes;
se suponen oficios recibidos que se imprimirán luego, se ordenan
regocijos públicos etc., pero siempre se suele dejar un camino abierto
para que la mentira no choque demasiado de frente con el buen sentido,
se tiene cuidado en no comprometer el nombre de personas determinadas;
en una palabra, hasta reinando la mayor desfachatez, se guardan siempre
algunas consideraciones á la conciencia pública.
Para dejar pues de prestar crédito á una relacion, no basta objetar que
el narrador está interesado en faltar á la verdad; es necesario
considerar si las circunstancias de la mentira son tan desgraciadas, que
poco despues haya de ser descubierta en toda su desnudez, sin que le
quede al engañador la excusa de que se habia equivocado ó le habian mal
informado. En estos casos, por poca que sea la categoría de la persona,
por poca estimacion de sí misma que se le pueda suponer, mayormente
cuando el asunto pasa en público, es prudente darle crédito, si de esto
no puede resultar ningun daño. Será dable salir engañado, pero la
probabilidad está en contra y en grado muy superior.
§ V.
Dificultades para alcanzar la verdad, en mediando mucha distancia de
lugar ó tiempo.
Si es tan difícil encontrar la verdad, cuando los sucesos son
contemporáneos, y se realizan en nuestro propio pais, ¿qué diremos de lo
que pasa á larga distancia de lugar ó tiempo, ó de uno y otro? ¿Cómo
será posible sacar en limpio la verdad de manos de viajeros ó
historiadores? Por mas desconsolador que sea, es preciso confesarlo,
quien haya observado de qué modo se abulta, y se exagera, y se
disminuye, y se desfigura, y se trastorna de arriba abajo lo mismo que
estamos viendo con nuestros ojos, ha de sentirse por necesidad muy
descorazonado al abrir un libro de historia ó de viajes, ó al leer los
periódicos, particularmente los extranjeros.
Quien vive en el mismo tiempo y pais de los acontecimientos tiene
muchos medios para evitar el error: ó ve las cosas por sí mismo, ó lee y
oye muy diferentes relaciones que puede comparar entre sí; y como está
en datos sobre los antecedentes de las personas y de las cosas, como
trata continuamente con hombres de opuestos intereses y opiniones, como
sigue de cerca el curso de la totalidad de los sucesos, no le es
imposible á fuerza de trabajos y discrecion el aclarar en algunos puntos
la verdad. Pero ¿qué será del desgraciado lector que mora allá en
lejanos paises, y quizas á larga distancia de siglos, y no tiene otro
guia que el periódico ú obra que por casualidad encuentra en un gabinete
de lectura, ó en una biblioteca, ó que habrá adquirido por haber visto
recomendados en alguna parte aquellos escritos, ú oido elogios de quien
presumia entenderlo?
Tres son los conductos por los cuales solemos adquirir conocimiento de
lo que pasa en tiempos y lugares distantes: los periódicos, las
relaciones de los viajeros, y las historias. Diré cuatro palabras sobre
cada uno de ellos[8].
CAPÍTULO IX.
LOS PERIÓDICOS.
§ I.
Una ilusion.