Lo que acontece habitualmente en estado de enfermedad cerebral, puede

suceder muy bien cuando exaltada la imaginacion por una causa

cualquiera, se pone actualmente enfermiza con relacion á lo que la

preocupa. ¿Qué son las manías sino la realizacion de este fenómeno? Pues

entiéndase que las manías estan distribuidas en muchas clases y

graduaciones; que las hay continuas y por intervalos, extravagantes y

arregladas, vulgares y científicas; y que así como _Don Quijote_

convertia los molinos de viento en desaforados gigantes, y los rebaños

de ovejas y carneros en ejércitos de combatientes, puede tambien un

sabio testarudo descubrir con la ayuda de sus telescopios, microscopios

y demas instrumentos, todo cuanto á su propósito cumpliere.

Los hombres muy pensadores y ensimismados corren gran riesgo de caer en

manías sabias, en ilusiones sublimes; que la mísera humanidad, por mas

que se cubra con diferentes formas segun las varias situaciones de la

vida, lleva siempre consigo su patrimonio de flaqueza. Para una débil

mujercilla el susurro del viento es un gemido misterioso, la claridad de

la luna es la aparicion de un finado, y el chillido de las aves

nocturnas es el grito de las evocaciones del averno para asistir á

pavorosas escenas. Desgraciadamente, no son solo las mujeres las que

tienen imaginacion calenturienta, y que toman por realidades los sueños

de su fantasía[5].

CAPÍTULO VI.

CONOCIMIENTO DE LA EXISTENCIA DE LAS COSAS ADQUIRIDO MEDIATAMENTE POR

LOS SENTIDOS.

§ I.

Transicion de lo sentido á lo no sentido.

Los sentidos nos dan inmediatamente noticias de la existencia de muchos

objetos; pero de estos son todavía en mayor número los que no ejercen

accion sobre los órganos materiales, ó por ser incorpóreos, ó por no

estar en disposicion de afectarlos. Sobre lo que nos comunican los

sentidos se levanta un tan extenso y elevado edificio de conocimientos

de todas clases, que al mirarle se hace dificil de concebir cómo ha

podido cimentarse en tan reducida basa.

Donde no alcanzan los sentidos llega el entendimiento, conociendo la

existencia de objetos insensibles por medio de los sensibles. La lava

esparcida sobre un terreno nos hace conocer la existencia pasada de un

volcan que no hemos visto; las conchas encontradas en la cumbre de un

monte nos recuerdan la elevacion de las aguas, indicándonos una

catástrofe que no hemos presenciado; ciertos trabajos subterráneos nos

muestran que en tiempos anteriores se benefició allí una mina; las

ruinas de las antiguas ciudades nos señalan la morada de hombres que no

hemos conocido. Así los sentidos nos presentan un objeto, y el

entendimiento llega con este medio al conocimiento de otros muy

diferentes.

Si bien se observa, este tránsito de lo conocido á lo desconocido no lo

podemos hacer sin que ántes tengamos alguna idea mas ó ménos completa,

mas ó ménos general del objeto desconocido, y sin que al propio tiempo

sepamos que hay entre los dos alguna dependencia. Así en los ejemplos

aducidos, si bien no conocia aquel volcan determinado, ni las olas que

inundaron la montaña, ni á los mineros, ni á los moradores, no obstante

todos estos objetos me eran conocidos en general, así como sus

relaciones con lo que me ofrecian los sentidos. De la contemplacion de

la admirable máquina del universo no pasaríamos al conocimiento del

Criador, sino tuviéramos idea de efectos y causas, de órden y de

inteligencia. Y sea dicho de paso, esta sola observacion basta para

desbaratar el sistema de los que no ven en nuestro pensamiento mas que

sensaciones transformadas.

§ II.

Coexistencia y sucesion.

La dependencia de los objetos es lo único que puede autorizarnos para

inferir de la existencia del uno la del otro; y por consiguiente toda la

dificultad estriba en conocer esta dependencia. Si la íntima naturaleza

de las cosas estuviera patente á nuestra vista, bastaria fijarla en un

ser para conocer desde luego todas sus propiedades y relaciones, entre

las cuales descubririamos las que le ligan con otros. Por desgracia no

es así; pues en el órden físico como en el moral, son muy escasas é

incompletas las ideas que poseemos sobre los principios constitutivos de

los seres. Estos son preciosos secretos velados cuidadosamente por la

mano del Criador; de la propia suerte que lo mas rico y exquisito que

abriga la naturaleza, suele ocultarse en los senos mas recónditos.

Por esta falta de conocimiento en lo tocante á la esencia de las cosas,

nos vemos con frecuencia precisados á conjeturar su dependencia por solo

su coexistencia ó sucesion; infiriendo que la una depende de la otra,

porque algunas ó muchas veces existen juntas, ó porque esta viene en pos

de aquella. Semejante raciocinio, que no siempre puede tacharse de

infundado, tiene sin embargo el inconveniente de inducirnos con

frecuencia al error; pues no es fácil poseer la discrecion necesaria

para conocer cuándo la existencia ó la sucesion son un signo de

dependencia, y cuándo no.

En primer lugar debe asentarse por indudable, que la existencia

simultánea de dos seres, ni tampoco su inmediata sucesion, consideradas

en sí solas, no prueban que el uno dependa del otro. Una planta venenosa

y pestilente se halla tal vez al lado de otra medicinal y aromática; un

reptil dañino y horrible se arrastra quizas á poca distancia de la bella

é inofensiva mariposa; el asesino huyendo de la justicia se oculta en el

mismo bosque donde está en acecho un honrado cazador; un airecillo

fresco y suave recrea la naturaleza toda, y algunos momentos despues

sopla el violento huracan llevando en sus negras alas tremenda

tempestad.

Así es muy arriesgado el juzgar de las relaciones de dos objetos porque

se los ha visto unidos alguna vez, ó sucederse con poco intervalo; este

es un sofisma que se comete con demasiada frecuencia, cayéndose por él

en infinitos errores. En él se encontrará el orígen de tantas

predicciones como se hacen sobre las variaciones atmosféricas, que bien

pronto la experiencia manifiesta fallidas; de tantas conjeturas sobre

manantiales de agua, sobre veneros de metales preciosos, y otras cosas

semejantes. Se ha visto algunas veces que despues de tal ó cual posicion

de las nubes, de tal ó cual viento, de tal ó cual direccion de la niebla

de la mañana, llovia, ó tronaba, ó acontecian otras mudanzas de tiempo;

se habrá notado que en el terreno de este ó aquel aspecto se encontró

algunas veces agua, que en pos de estas ó aquellas vetas se descubrió el

precioso mineral; y se ha inferido desde luego que habia una relacion

entre los dos fenómenos, y se ha tomado el uno como señal del otro; no

advirtiendo que era dable una coincidencia enteramente casual, y sin que

ellos tuviesen entre si relacion de ninguna clase.

§ III.

Dos reglas sobre la coexistencia y la sucesion.

La importancia de la materia exige que se establezcan algunas reglas.

1ª. Cuando una experiencia constante y dilatada nos muestra dos objetos

existentes á un mismo tiempo, de tal suerte que en presentándose el uno

se presenta tambien el otro, y en faltando el uno falta tambien el otro,

podemos juzgar sin temor de equivocarnos, que tienen entre sí algun

enlace; y por tanto de la existencia del uno inferiremos legitimamente

la existencia del otro.

2ª. Si dos objetos se suceden indefectiblemente, de suerte que puesto el

primero, siempre se haya visto que seguia el segundo, y que al existir

este, siempre se haya notado la precedencia de aquel, podremos deducir

con certeza que tienen entre sí alguna dependencia.

Tal vez seria difícil demostrar filosóficamente la verdad de estas

aserciones; sin embargo los que las pongan en duda, seguramente no

habrán observado que sin formularlas las toma por norma el buen sentido

de la humanidad, que en muchos casos se acomoda á ellos la ciencia, y

que en las mas de las investigaciones no tiene el entendimiento otra

guia.

Creo que nadie pondrá dificultad en que las frutas cuando han adquirido

cierto tamaño, figura y color, dan señal de que son sabrosas; ¿cómo sabe

esta relacion el rústico que las coge? ¿Cómo de la existencia del color

y demas calidades que ve, infiere la de otra que no experimenta, la del

sabor? Exigidle que os explique la teoria de este enlace, y no sabrá qué

responderos; pero objetadle dificultades y empeñaos en persuadirle que

se equivoca en la eleccion, y se reirá de vuestra filosofía, asegurado

en su creencia por la simple razon de que «siempre sucede así.»

Todo el mundo está convencido de que cierto grado de frio hiela los

líquidos, y que otro de calor los vuelve al primer estado. Muchos son

los que no saben la razon de estos fenómenos; pero nadie duda de la

relacion entre la congelacion y el frio y la liquidacion y el calor.

Quizás podrian suscitarse dificultades sobre las explicaciones que en

esta parte ofrecen los físicos; pero el linaje humano no aguarda á que

en semejantes materias lo ilustren los sabios: «siempre existen juntos

estos hechos, dice; luego entre ellos hay alguna relacion que los liga.»

Son infinitas las aplicaciones que podrian hacerse de la regla

establecida; pero las anteriores bastan para que cualquiera las

encuentre por sí mismo. Solo diré que la mayor parte de los usos de la

vida estan fundados en este principio: la simultánea existencia de dos

seres observada por dilatado tiempo, autoriza para deducir que

existiendo el uno existirá tambien el otro. Sin dar por segura esta

regla, el comun de los hombres no podria obrar; y los mismos filósofos

se encontrarian mas embarazados de lo que tal vez se figuran. Darian

pocos pasos mas que el vulgo.

La 2ª. regla es muy análoga á la primera: se funda en los mismos

principios, y se aplica á los mismos usos. La constante experiencia

manifiesta que el pollo sale de un huevo; nadie hasta ahora ha explicado

satisfactoriamente cómo del licor encerrado en la cáscara se forma aquel

cuerpecito tan admirablemente organizado; y aun cuando la ciencia diese

cumplida razon del fenómeno, el vulgo no lo sabria; y sin embargo ni

este ni los sabios vacilan en creer que hay una relacion de dependencia

entre el licor y el polluelo; al ver el pequeño viviente, todos estamos

seguros de que le ha precedido aquella masa que á nuestros ojos se

presentaba informe y torpe.

La generalidad de los hombres, ó mejor diremos, todos, ignoran

completamente de qué manera la tierra vegetal concurre al desarrollo de

las semillas y al crecimiento de las plantas; ni cual es la causa de que

unos terrenos se adapten mejor que otros á determinadas producciones;

pero _siempre_ se ha visto así, y esto es suficiente para que se crea

que una cosa depende de otra, y para que al ver la segunda deduzcamos

sin temor de errar la existencia de la primera.

§ IV.

Observaciones sobre la relacion de casualidad. Una regla de los

dialécticos.

Sin embargo conviene advertir la diferencia que va de la sucesion

observada una sola vez, ó repetida muchas. En el primer caso, no solo no

arguye casualidad, pero ni aun relacion de ninguna clase; en el 2º. no

siempre indica dependencia de efecto y causa, pero sí al ménos

dependencia de una causa comun. Si el flujo y reflujo del mar se hubiese

observado que coincidia una que otra vez con cierta posicion de la luna,

no podria inferirse que existia relacion entre los dos fenómenos; mas

siendo constante la expresada coincidencia, los fisicos debieron

inferir, que si el uno no es causa del otro, al ménos tienen ambos una

causa comun, y que así estan ligados en su origen.

A pesar de lo que acabo de decir, tienen mucha razon los dialécticos

cuando tachan de sofístico el raciocinio siguiente: _post hoc, ergo

propter hoc; despues de esto, luego por esto_. 1º. Porque ellos no

hablan de una sucesion constante; 2º. porque aun cuando hablaran, esta

sucesion puede indicar dependencia de una causa comun, y no que lo uno

sea causa de lo otro.

Si bien se observa, la misma regla á que atendemos en los negocios

comunes, es mas general de lo que á primera vista pudiera parecer: de

ella nos servimos en el curso ordinario de las cosas, de la propia

suerte que en lo tocante á la naturaleza. Segun el objeto de que se

trata se modifica la aplicacion de la regla: en unos casos basta una

experiencia de pocas veces, en otros se la exige mas repetida; pero en

el fondo siempre andamos guiados por el mismo principio: dos hechos que

siempre se suceden, tienen entre si alguna dependencia, la existencia

del uno indicará pues la del otro.

§ V.

Un ejemplo.

Es de noche y veo que en la cima de una montaña se enciende un fuego; á

poco rato de arder, noto que en la montaña opuesta asoma una luz; brilla

por breve tiempo y desaparece. Esta ha salido despues de encendido el

fuego en la parte opuesta; pero de aquí no puedo inferir que haya entre

los dos hechos relacion alguna. Al dia siguiente, veo otra vez que se

enciende el fuego en el mismo lugar, y que del mismo modo se presenta la

luz. La coincidencia en que ayer no me habia parado siquiera, ya me

llama la atencion hoy: pero esto podrá ser una casualidad, y no pienso

mas en ello. Al otro dia acontece lo mismo; crece la sospecha de que no

sea una señal convenida. Durante un mes se verifica lo propio; la hora

es siempre la misma, pero nunca falta la aparicion de la luz á poco de

arder el fuego; entónces ya no me cabe duda de que ó el un hecho es

dependiente del otro, ó por lo ménos hay entre ellos alguna relacion; y

ya no me falta sino averiguar en qué consiste una novedad que no acierto

á comprender.

En semejantes casos el secreto para descubrir la verdad, y prevenir los

juicios infundados, consiste en atender á todas las circunstancias del

hecho, sin descuidar ninguna por despreciable que parezca. Así en el

ejemplo anterior, supuesto que á poco de encendido el fuego se

presentaba la luz, diráse á primera vista, que no es necesario pararse

en la hora de la noche, y ni tampoco en si esta hora variaba ó no. Mas

en la realidad estas circunstancias eran muy importantes, porque segun

fuese la hora, era mas ó menos probable que se encendiese fuego y

apareciese luz; y siendo siempre la misma, era mucho ménos probable que

los dos hechos tuviesen relacion, que si hubiera sido variada. Un

imprudente que no reparase en nada de eso, alarmaria la comarca con las

pretendidas señales; no cabria ya duda de que algunos malhechores se

ponen de acuerdo, se explicaria sin dificultad el robo que sucedió tal ó

cual dia, se comprenderia lo que significaba un tiro que se oyó por

aquella parte, y cuando la autoridad tendria aviso del malvado complot,

cuando recaerian ya negras sospechas sobre familias inocentes; hé aqui

que los exploradores enviados á observar de cerca el misterio, podrian

volver muy bien riéndose del espanto y del espantador, y descifrando el

enigma en los términos siguientes: «Muy cerca de la cima donde arde el

fuego, está situada la casa de la familia A, que á la hora de acostarse

aposta un vigilante en las cercanías, porque tiene noticia de que unos

leñadores quieren estropear parte de bosque plantado de nuevo. El

centinela siente frio, y hace muy bien en encender lumbre sin ánimo de

espantar á nadie, sino es á los malandrines de segur y cuerda. Como

cabalmente aquella es la hora en que suelen acostarse los comarcanos, lo

hace tambien la familia B que habita en la cumbre de la montaña

opuesta. Al sonar el reloj, levanta el dueño los reales de la chimenea,

dice á todo el mundo: «vámonos á dormir,» y entre tanto él sale á un

terrado al cual dan varias puertas, y empuja por la parte de afuera para

probar si los muchachos han cerrado bien. Como el buen hombre va á

recogerse, lleva en la mano el candil, y héos aquí la luz misteriosa que

salia á una misma hora, y desaparecia en breve, coincidiendo con el

fuego, y haciendo casi pasar por ladrones á quienes solo trataban de

guardarse de ladrones.

¿Qué debia hacer en tal caso un buen pensador? Hélo aquí. A poco rato de

encendido el fuego aparece la luz, y siempre á una misma hora poco mas ó

ménos, lo que inclina á creer que será una señal convenida. El país está

en paz, con que esto debiera de ser inteligencia de malhechores. Pero

cabalmente no es probable que lo sea, porque no es regular que escojan

siempre un mismo lugar y tiempo, con riesgo de ser notados y

descubiertos. Ademas que la operacion seria muy larga durando un mes, y

estos negocios suelen redondearse con un golpe de mano. Por aquellas

inmediaciones estan las casas A y B, familias de buena reputacion que no

se habrán metido á encubridores. Parece pues que ó ha de haber

coincidencia puramente casual, ó que si hay seña, debe de ser sobre

negocio que no teme los ojos de la justicia. La hora del suceso es

precisamente la en que se recogen los vecinos de esta tierra; veamos si

esto no será que algunos quehaceres obligan á los unos á encender fuego,

y á los otros á sacar la luz.

§ VI.

Reflexiones sobre el ejemplo anterior.

Reflexionando sobre el ejemplo anterior, se nota que á pesar de la

ninguna relacion de seña ni causa, que en sí tenian los dos hechos, no

obstante reconocian en cierto modo un mismo orígen: el sonar la hora de

acostarse. Así se echa de ver, que el error no estaba en suponer que

habia algo de comun en ellos, ni en pensar que la coincidencia no era

puramente casual, sino en que se apelaba á interpretaciones destituidas

de fundamento, se buscaba en la intencion concertada de las personas lo

que era simple efecto de la identidad de la hora.

Esta observacion enseña por una parte el tino con que debe precederse en

determinar la clase de relacion que entre sí tienen dos hechos,

simultáneos ó sucesivos; pero por otra confirma mas y mas la regla dada,

de que cuando la simultaneidad ó sucesion son constantes, arguyen algun

vínculo ó relacion, ó de los hechos entre sí, ó de ambos con un tercero.

§ VII.

La razon de un acto que parece instintivo.

Profundizando mas la materia, encontraremos que el inferir de la

coexistencia ó sucesion la relacion entre los hechos coexistentes ó

sucesivos, aunque parezca un acto instintivo y ciego, es la aplicacion

de un principio que tenemos grabado en el fondo de nuestra alma, y del

que hacemos continuo uso sin advertirlo siquiera. Este principio es el

siguiente: «_donde hay órden, donde hay combinacion, hay causa que

ordena y combina; el acaso es nada_.» Una que otra coincidencia la

podemos mirar como casual, es decir, sin relacion; pero en siendo muy

repetida, ya decimos sin vacilar: «aquí hay enlace, hay misterio, no

llega á tanto la casualidad.»

Así se verifica que examinando á fondo el espíritu humano, encontramos

en todas partes la mano bondadosa de la Providencia, que se ha

complacido en enriquecer nuestro entendimiento y nuestro corazon con

inestimables preciosidades[6].

CAPÍTULO VII.

LA LÓGICA ACORDE CON LA CARIDAD.

§ I.

Sabiduría de la ley que prohibe los juicios temerarios.

La ley cristiana que prohibe los juicios temerarios es no solo ley de

caridad, sino de prudencia, y buena lógica. Nada mas arriesgado que

juzgar de una accion, y sobre todo de la intencion, por meras

apariencias; el curso ordinario de las cosas lleva tan complicados los

sucesos, los hombres se encuentran en situaciones tan varias, obran por

tan diferentes motivos, ven los objetos de maneras tan distintas, que á

menudo nos parece un castillo fantástico, lo que examinado de cerca, y

con presencia de las circunstancias se halla lo mas natural, lo mas

sencillo y arreglado.

§ II.

Exámen de la máxima «piensa mal y no errarás.»

El mundo cree dar una regla de conducta muy importante, diciendo «piensa

mal y no errarás,» y se imagina haber enmendado de esta manera la moral

evangélica. «Conviene no ser demasiado cándido, se nos advierte

continuamente; es necesario no fiarse de palabras; los hombres son muy

malos, obras son amores y no buenas razones:» como si el Evangelio nos

enseñase á ser imprudentes é imbéciles; como si Jesucristo al

encomedarnos que fuésemos sencillos como la paloma, no nos hubiera

avisado que no creyésemos á todo espíritu, que para conocer el árbol

atendiésemos al fruto; y finalmente como si á propósito de la malicia de

los hombres, no leyéramos ya en las primeras páginas de la Sagrada

Escritura que el corazon del hombre está inclinado al mal desde su

adolescencia.

La máxima perniciosa, que se propone nada ménos que asegurar el acierto

con la malignidad del juicio, es tan contraria á la caridad cristiana,

como á la sana razon. En efecto: la experiencia nos enseña que el hombre

mas mentiroso dice mucho mayor número de verdades que de mentiras, y que

el mas malvado hace muchas mas acciones buenas ó indiferentes que malas.

El hombre ama naturalmente la verdad y el bien; y no se aparta de ellos

sino cuando las pasiones le arrastran y extravian. Miente el mentiroso

en ofreciéndosele alguna ocasion en que faltando á la verdad, cree

favorecer sus intereses ó lisonjear su vanidad necia; pero fuera de

estos casos, naturalmente dice la verdad, y habla como el resto de los

hombres. El ladron roba, el liviano se desmanda, el pendenciero riñe,

cuando se presenta la oportunidad, estimulando la pasion; que si

estuviesen abandonados de continuo á sus malas inclinaciones, serian

verdaderos monstruos, su crímen degeneraria en demencia; y entónces el

decoro y buen órden de la sociedad reclamarian imperiosamente que se los

apartase del trato de sus semejantes.

Infiérese de estas observaciones que el juzgar mal, no teniendo el

debido fundamento, y el tomar la malignidad por garantía de acierto, es

tan irracional como si habiendo en una urna muchísimas bolas blancas, y

poquísimas negras, se dijera que las probabilidades de salir estan en

favor de las negras.

§ III.

Algunas reglas para juzgar de la conducta de los hombres.

Caben en esta materia reglas de juiciosa cautela, que nacen de la

prudencia de la serpiente y no destruyen la candidez de la paloma.

REGLA 1ª.

No se debe fiar de la virtud del comun de los hombres, puesta á prueba

muy dura.

La razon es clara, el resistir á tentaciones muy vehementes exige virtud

firme y acendrada. Esta se halla en pocos. La experiencia nos enseña que

en semejantes extremos la debilidad humana suele sucumbir; y la

Escritura nos previene que quien ama el peligro perecerá en él.

Sabeis que un comerciante honrado se halla en los mayores apuros, cuando

todo el mundo le considera en posicion muy desembarazada. Su honor, el

porvenir de su familia, estan pendientes de una operacion poco justa,

pero muy beneficiosa. Si se decide á ella, todo queda remediado; si se

abstiene, el fatal secreto se divulga, y la perdicion total es

inevitable. ¿Qué hará? Si en la operacion podeis salir perjudicado,

precaveos á tiempo; apartaos de un edificio que si bien en una situacion

regular no amenazaba ruina, está ahora batido por un furioso huracan.

Teneis noticia de que dos personas de amable trato y bella figura, han

trabado relaciones muy íntimas y frecuentes; ambos son virtuosos, y aun

cuando no mediaran otros motivos, el honor debiera bastar á contenerlos

en los debidos límites. Si teneis interes en ello, tomad vuestro partido

con presteza; si no callad; no juzgueis temerariamente; pero rogad á

Dios por ambos, que las oraciones podrán no ser inútiles.

Estais en el gobierno, los tiempos son malos, la época crítica, los

peligros muchos. Uno de vuestros dependientes encargado de un puesto

importante se halla asediado noche y dia por un enemigo que dispone de

largas talegas. El dependiente es honrado segun os parece, tiene grandes

compromisos por vuestra causa, y sobre todo es entusiasta de ciertos

principios, y los sustenta con mucho acaloramiento. A pesar de todo,

será bueno que no perdais de vista el negocio. Haréis muy bien en creer

que el honor y las convicciones de vuestro dependiente no se rajarán con

los golpes de un ariete de cincuenta mil pesos fuertes; pero será mejor

que no lo probeis, mayormente si las consecuencias fuesen irreparables.

Un amigo os ha hecho grandes ofrecimientos, y no podeis dudar que son

sinceros. La amistad es antigua, los títulos muchos y poderosos, la

simpatia de los corazones está probada; y para colmo de dicha, hay

identidad de ideas y sentimientos. Preséntase de improviso un negocio en

que vuestra amistad le ha de costar cara; si no os sacrifica se expone á

graves pérdidas, á inminentes peligros. Para lo que pudiera suceder,

resignaos á ser víctima, temed que las afectuosas protestas se quedarán

sin cumplirse, y que en cambio de vuestro duelo, se os pagará con una

satisfaccion tan gemebunda como estéril.

El Criterio · 第 2 / 21 段