Apresuró Diego Tupac-Amaru cuanto pudo sus prevenciones, y se apareció

con todas sus fuerzas el dia 7 de Mayo, en las alturas inmediatas a

Puno, mandando extender las tropas por aquellas montañas al estruendo de

la artilleria, cajas y clarines. No se descuidó Orellana en tomar

cuantas prevenciones consideró oportunas para evitar el ser sorprendido

aquella noche, pero el enemigo no hizo movimiento alguno; hasta la una

de la tarde del dia siguiente, que se puso en marcha para atacar los

indios fieles que estaban apostados en el Cerro del Azogue, y habiendo

conseguido desalojarlos, bajaron en su seguimiento hasta el Castillo de

Santa Bárbara, con tanto impetu, que fué preciso saliese la guarnicion á

sostenerlos, empezando de este modo la accion por aquel lado, que en

breve se hizo general, y fué preciso oponerles la caballeria por la

parte de la campaña, y destacar algunos piquetes de fusileros para

contenerlos cerca la iglesia de San Juan, donde hacian sus mayores

esfuerzos para ocupar aquel puesto: y aunque duró por largo rato la

obstinacion y la resistencia por una y otra parte, fueron al fin

rechazados con pérdida de algunos de los suyos, y sin daño considerable

de los nuestros.

Retiradas á las eminencias que tenian ocupadas, no hicieron movimiento

en todo el dia siguiente, en que fué continuada su griteria y algazara

hasta las dos de la tarde, que se advirtió el motivo; que fué por haber

descubierto los que venian de la parte de Chucuito, que continuando su

marcha en varias direcciones, llegaron á acampar muy cerca de la villa

sobre el mismo camino real, donde se mantuvieron hasta el otro dia, en

que de concierto con Diego Tupac-Amaru, y á una misma hora, se movieron

de sus campamentos para rodear la poblacion y acometerla por todas

partes. El ataque fué con la mayor intrepidez, y tanta bizarria, que se

hará increible á los que no hayan conocido á aquellos indios en todo su

furor guerrero. Su caballeria, que era numerosa, atacó por la parte de

la laguna, y logró cortar el ganado, sin dar lugar á los pastores de

entrarle á lo interior de la poblacion. Sufrieron por largo rato el

fuego de la artilleria de los castillos de Guansapafa, Santiago y Santa

Bárbara, y el de la fusileria, apostada en los parapetos exteriores á

interiores, arrojándose con ferocidad á las trincheras para forzarlas,

animados con la presencia de sus primeros generales, que repetian los

ataques, particularmente contra las que estaban inmediatas al Tambo de

Santa Rosa, de que disistieron por lo mucho que les ofendia el fuego del

Castillo de Santiago, que no estaba muy distante. Por la parte superior

de la poblacion, bajo el cañon de Guamapata, se habian ya internado

hasta la calle de las casas del licenciado Mogrovejo, y cuando pensaba

Orellana en los medios de resistirlos y rechazarlos, como lo consiguió

en poco rato, se le dió aviso de que otros entraban por la calle

principal, y revolviendo sobre ellos para oponerse, los atacó

valerosamente, y les hizo perder el terreno que habian adelantado.

Por las espaldas de la parroquia de San Juan acometieron tambien con un

furor lleno de desesperacion, logrando en el primer impetu del choque,

romper un destacamento de lanceros, sostenido de algunos fusileros que

mandaba D. Martin de Cea, obligándoles á retroceder llenos de confusion

y desórden en busca de asilo en las calles interiores. Poco despues

pusieron en fuga á nuestra caballeria, que perseguida por los rebeldes,

huia del mismo modo, dejando á los fusileros cortados á su retaguardia.

Salióles al encuentro Orellana, y los detuvo, afeándoles en pocas

palabras el deshonor de su vergonzosa y apresurada retirada, y

reanimados con el ardor y eficacia de sus razones, volvieron sobre los

enemigos, que ya cruzaban las primeras calles y en especial la que

vulgarmente llaman de Puno, y las que la atraviesan. Al primer choque

murieron dos ó tres de los mas osados, y recobradas animosamente las

tropas de Orellana, estimuladas por el ejemplo de valor que les dieron

el capitan de caballeria, el cacique D. Andres Calisaya, el teniente de

fusileros, D. Martin Cea, y su hijo D. Felipe, cargaron sobre los demas

y lograron rechazarlos hasta fuera de la poblacion, matando á muchos en

el alcance, en tanto que Orellana se dirigió á socorrer la trinchera de

Santa Rosa, que defendia con valeroso teson el alferez de fusileros, D.

Juan Cáceres.

A los principios del ataque, la falta de precaucion de los que defendian

el Castillo de Guansapata, ocasionó la desgracia de volarse el repuesto

de pólvora, de cuyas resultas quedaron algunos muy maltratados, y fué

preciso acudiese á su socorro el teniente de fusileros, D. Evaristo

Franco, que con un piquete de esta tropa estaba de reserva en la plaza

mayor, en atencion á que Urbina que le mandaba, habia quedado bastante

lastimado, y con solos dos ó tres soldados capaces de la defensa. Luego

que los indios lo advirtieron, atacaron este Castillo con tanto denuedo,

que llegaron muy inmediato á su cimiento á descubierto: pero habiendo

logrado descargar sobre ellos con felicidad un cañonazo á metralla, se

apartaron prontamente, sin volver á pensar en tan temerario arrojo. No

sucedió así con el de Santiago, porque los que habian emprendido su

ataque, lo egecutaron repetidamente con el mayor teson, en los que

lograron herir gravemente al oficial y á muchos soldados, de los que le

defendian. Pero conociendo que por aquel medio eran inutiles sus

diligencias, intentaron minarlo, sufriendo un fuego continuo, que se les

hizo desde el castillo: á pesar del que, hubieran conseguido su intento,

sino sale á socorrerle con un piquete el ayudante mayor, D. Francisco

Castillo, reforzado con los rejones que mandaba D. Juan Monasterio, que

lograron rechazarlos á mucha distancia. Por la parte en que estaba la

trinchera de Santa Rosa, que mandaba D. Juan de Cáceres, repitieron

segunda vez el ataque, sin haber sido bastante á su escarmiento el vivo

fuego que se les hizo, y la muerte de muchos que esperimentaron en el

primero: antes bien, mas obstinados y feroces se acercaron á ella, y

lograron forzarla, rechazando á los que la defendian, haciéndolos

retirar apresuradamente, sin que las animosas razones, ni el ejemplo del

oficial que los mandaba, fuesen bastantes para detenerlos, y recordarles

su obligacion. Pero socorridos con oportunidad por la tropa que estaba

de reserva en la plaza mayor, recobraron nuevo aliento, y cargaron con

tanta bizarria á los enemigos, que los hicieron retroceder aun con mas

aceleracion de la que habian entrado, dedicándose inmediatamente al

reparo de la trinchera que habian inutilizado los rebeldes. Se hacen

increibles, al menos dudosos los esfuerzos, que por todas partes

hicieron este dia los insurgentes, para conseguir la espugnacion de

aquella villa: pero no lograron otra ventaja, que la de incendiar

algunos ranchos y casas de poca consideracion, que por estar separados

de lo principal del pueblo, no pudieron incluirse en el recinto, ni

resguardarlas con el fuego de las trincheras, asimismo que los demas

edificios, que por la igual longitud de las calles, no pudieron ponerse

á cubierto, sin un conocido riesgo de los que lo intentasen. Se pelea

con obstinacion todo aquel dia, por una y otra parte, hasta que con las

sombras de la noche, volvieron los sitiadores á ocupar sus cuarteles, y

Orellana no se descuidó en aprovechar esta ocasion favorable, para

retirar el oficial y guarnicion del Castillo de Santiago, que se

hallaban muy maltratados de los golpes y heridas recibidas en los

ataques, y determinó tambien abandonarle por falta de sugetos, que con

utilidad sirviesen los cañones, considerando seria mas ventajoso

colocarlos en la plaza mayor á disposicion del Comandante de artilleria,

para que los emplease segun conviniese á la necesidad y ocurrencias que

se ofreciesen en adelante. Aquella noche se mantuvieron los oficiales y

guarnicion sobre las armas en las trincheras, y los indios fieles se

apostaron por toda la circunferencia esterior de la poblacion, ademas de

varios piquetes y patrullas, que estuvieron en continuo movimiento hasta

el alba, para observar los que intentase el enemigo, á fin de que estas

precauciones evitasen cualquiera sorpresa que hubiesen meditado. Al

dia siguiente, que se contaba 11 de Mayo de 1781, salieron los rebeldes

de sus campamentos á la misma hora que en el antecedente, y siguieron

igual método en los ataques. Los sitiados los rechazaron tambien con

felicidad por todas partes, sin embargo de haberse empeñado mas

particularmente contra la citada trinchera que defendia Cáceres, situada

á las espaldas de la iglesia de San Juan, considerándola con fundamento

mas endeble que las otras, porque la escasez de tiempo, y el cansancio

de la guarnicion, no habia permitido repararla completamente. Por la

noche se tomaron las medidas mas oportunas á precaver el peligro que

amenazaba la inmediacion del enemigo, ya bastante diestro en aprovechar

las ocasiones de poner en egecucion sus cautelas: y en efecto, no fueron

inutiles, porque á las 2 de la mañana dió aviso el Castillo de

Guansapata, que se ponia en movimiento. Mandó Orellana desde luego tomar

las armas á la tropa, que no estaba destinada á la defensa de los

puestos, y salió del recinto, para observar por sí mismo la intencion, y

halló que verdaderamente habian los rebeldes descendido hasta la falda

de las alturas que ocupaban: pero suspendieron la continuacion de su

marcha hasta las 6-1/2 de la mañana, en que divididos en muchos trozos,

y con un movimiento de ambos ejércitos, dieron principio al cuarto

ataque, con mayor desesperacion y ferocidad que los anteriores, haciendo

ademanes, que manifestaban la confianza que aquel dia tenian del

vencimiento.

No por esto desmayaron aquellos valerosos, constantes defensores, antes

bien, á pesar de las fatigas y cuidados continuos, sufridos en los dias

y noches antecedentes, se mostraron á su comandante intrepidamente

dispuestos á la resistencia, y ocupando cada uno el puesto que tenia

señalado, se recibió por todas partes al enemigo con la mas constante

bizarria. Sus principales esfuerzos se dirigian á las trincheras que

mandaban D. Francisco Barreda, D. Juan de Monasterio y D. Juan de

Cáceres, porque reconocieron desde el dia antecedente, que ya estaba

abandonado el Castillo de Santiago, cuyo fuego las ponia á cubierto, é

impedia á los rebeldes acercarse demasiado á ellas; como lo egecutaron

avanzando repetidas veces con obstinacion, sin embargo de haber sido

siempre rechazados. Por las espaldas de la iglesia de San Juan,

acometieron con igual ó mayor empeño, pero los contuvo D. Martin Cea con

su piquete de fusileros, y la caballeria de Calacoto y Juliaca,

reforzada con los honderos de estos mismos pueblos que Orellana habia

mandado apostar en aquel puesto desde los principios del ataque. La

trinchera de D. Juan Cáceres lisonjeaba las esperanzas de los enemigos,

y por lo mismo repetian contra ella con mas vivacidad sus esfuerzos y

ataques: porque habiendo ya conseguido forzarlas en los dias anteriores,

se persuadian que por aquel paraje podrian abrirse el paso que deseaban

á lo interior de la villa; de modo que le fué preciso á Orellana

socorrer con algunos soldados que separó de otros, donde el peligro y la

necesidad no eran tantos, aumentándole tambien su fuerza con alguna

tropa, de la que se mantenia de reserva, para acudir donde llamase mas

la atencion por semejantes ocurrencias. Era el conflicto general, y sin

cesar redoblaban los enemigos sus ataques, peleando con desesperada

obstinacion, fiados en la multitud, á que los nuestros oponian una

constante resistencia por todas partes, cuando D. Andres Calisaya con un

trozo de caballeria hizo un giro por la parte superior de la villa, y

pasando por el Castillo de Guansapata, cayó en Orcopata por medio de la

multitud de enemigos que ocupaban este puesto, y á costa de tan bizarra

y determinada accion, no solo consiguió sorprenderlos, sino tambien

dejándolos admirados de tanto arrojo, tuvieron los sitiados un corto

intervalo para tomar algun aliento. Pero muy en breve volvieron de

nuevo, y con mayor empeño, á las hostilidades, prevenidos de útiles para

derribar las paredes del recinto, y buscarse una entrada menos dificil y

peligrosa: como en efecto lo consiguieron, penetrando hasta las espaldas

del Tambo de Santa Rosa, donde prendieron fuego á las viviendas de aquel

lado, de que ya se consideraban posesionados. Pero disfrutaron poco rato

esta ventaja, porque fueron desalojados de aquel puesto por el ayudante

mayor, con la tropa de su mando, quien despues de haberlos rechazado,

atajó oportunamente el progreso de las llamas.

El Comandante de artilleria, D. Francisco Vicenteli, atento siempre á

los pasages que se consideraban en mayor peligro, dirigia á ellos desde

la plaza mayor un fuego muy vivo, y con tanto acierto, que escarmentaba

y contenia á los rebeldes, hasta que poco á poco fueron cediendo y

retirándose de las cercanias de la poblacion, y volvieron á situarse en

la falda de las montañas inmediatas. D. Antonio Urbina hizo tambien un

fuego continuado desde el Castillo Guansapata, que fué de mucha

utilidad, particularmente para impedir que la multitud de indios, que

intentaban forzar las trincheras que mandaba Barreda y Monasterio, lo

consiguiesen. El de Santiago, á cargo de D. Martin Javier de Esquiros,

dirigia su fuego con mas frecuencia hacia la campaña, donde combatia la

caballeria contraria con la nuestra, sostenida una y otra de un cuerpo

de honderos. Desde el reducto situado en las cuatro esquinas de la casa

del cacique D. Anselmo Bustinza, se les hizo fuego con un cañon fundido

á su costa, con el que se defendia parte de la campaña que se descubria

por aquel lado, y no solo contuvo á los sitiadores, sino que tambien

libertó del incendio á todo el barrio, desgracia que habia sufrido el

del Tambo de Santa Rosa, por estar distante de la defensa. Bien que este

fué el único triunfo que consiguieron aquel dia: corto en realidad, y

que de manera alguna correspondia á la pérdida que habian sufrido en

tantos y tan repetidos asaltos, en los cuales habian acreditado un

esfuerzo y constancia que no podian jamas esperarse ni creerse de una

nacion que anteriormente se habia considerado de un carácter veleidoso y

débil. Duró la accion hasta las tres y media de la tarde, en que

tuvieron empeñadas todas las fuerzas del enemigo, separándose del ataque

las que mandaba Diego Cristóval Tupac-Amaru, á su cuartel, antes que los

de la parte de Chucuito, que dilataron media hora mas sus obstinadas

pero infructuosas diligencias: y retirados todos á sus campamentos, tuvo

lugar la guarnicion de atender á sus heridos, que pasaban de 100, sin

los muertos que llegaban á 60, los mas de tiro de fusil, cuya pérdida

puede reputarse considerable si se compara con las que se experimentaron

en los ataques anteriores, al mismo tiempo que acredita la valentia y

resolucion con que se condujeron en este. Pero el amor y constancia que

animaba á los sitiados, lejos de apocarse, adquiria mayor denuedo á

vista de la desgraciada suerte de sus compañeros, y se disponian con

generosa determinacion á resistir el asalto del dia siguiente que

consideraban inevitable, cuando á las primeras luces advirtieron la

novedad de haberse desaparecido aquella noche improvisamente Diego

Cristóval Tupac-Amaru y todos los que le acompañaban, con tanta

precipitacion que dejó en el campo los ricos quitasoles que usaba contra

los rayos del sol, y muchos víveres de que se apoderaron las partidas de

los sitiados, destinadas al reconocimiento de la campaña, y pocos dias

despues se desaparecieron tambien los que habian venido de la parte de

Chucuito, como queda referido anteriormente. Cuyos favorables efectos

causó la inmediacion y presencia de las tropas de Lima, con tanta

oportunidad, que los defensores estaban ya inmediatos á experimentar el

extremo de las necesidades y peligros, así por la falta de municiones de

boca y guerra, como por habérseles frustrado toda esperanza de recibir

socorro de las ciudades de la Paz y de Arequipa. La primera, porque todo

lo necesitaba para atender á sus propias necesidades y defensa; y la

segunda, por haberse negado enteramente á prestarlos su corregidor, D.

Baltazar Senmanat.

Libres del todo al fin guarnicion y vecindario de la villa de Puno el

dia 24 de Mayo de 1781, y con la gloria de que fuesen espectadoras de su

resistencia, las tropas del vireinato de Lima, campadas á una legua de

distancia, solo restaba elegir los medios para su conservacion y

seguridad. Pensaba el Comandante General, D. José del Valle, seguir las

marchas con el ejército de su mando hácia las demas provincias que

estaban sublevadas en la jurisdiccion de Buenos Aires, sugetarlas y

socorrer la ciudad de la Paz, que en aquella ocasion supo la tenian

sitiada un número considerable de rebeldes, capitaneados por Julian

Apasa, Tupac-Catari: pero muchas y muy poderosass razones le impidieron

realizar este proyecto, siendo entre todas la mas poderosa, la

considerable desercion de sus tropas que cada dia iba en aumento: sin

embargo que sabian de cierto no se libertaba alguno de caer en manos de

los enemigos, ni salvaban la vida; proporcionándoles por este medio el

arbitrio de engrosar sus fuerzas con las armas de que se apoderaban;

males que se hubieran aumentado considerablemente luego que se hubiese

divulgado iba á alejarlos mas de sus casas, y exponerlos no solo á

nuevos peligros, sino tambien á los rigores de una estacion la mas

penosa del año, así por los excesivos yelos como por la esterilidad de

los campos para la subsistencia de mulas y caballos. En tan crítica

situacion determinó juntar todos los gefes del ejército para oir sus

dictámenes, considerando que su fuerza se habia reducido á 1,100 hombres

de armas entre fusiles y rejones, y á 450 indios: y hechas en la junta

todas las reflexiones convenientes, opinaron contestes sus vocales

convenia se verificase inmediatamente la retirada á la ciudad del Cuzco,

porque de lo contrario era infalible la pérdida de las tropas y armas

que quedaban, sin que los pocos que restasen, amantes de la gloria del

Soberano, se les presentase otro recurso que perecer infructuosamente á

manos de los rebeldes. Bien meditado todo, con la madurez y reflexion

que pedian las circunstancias del caso, unió aquel Gefe su dictámen al

de los demas, y se resolvió la retirada al Cuzco, que anunciada á las

tropas la celebraron con muchas aclamaciones, y despues se supo que

viendo se les dilataba esta órden, habian convenido desertarse aquella

noche 30 soldados milicianos con 150 indios auxiliares.

Tomada esta determinacion, hizo el General llamar á D. Joaquin Antonio

de Orellana, así para que espusiese el estado en que se hallaban las

provincias confinantes, con la ciudad de la Paz, como para que dijese,

si conceptuaba podia conservar en adelante la villa de Puno con el

auxilio de 100 fusileros, que era todo lo que podia dejarle: pero este

esforzado y valeroso comandante, tocando en su guarnicion los mismos

defectos que habia causado la prodigiosa diminucion de aquel ejército, y

que no estarian libres de ellos aquellos 100 hombres que se le ofrecian,

dijo: que atendidas y bien reflexionadas las dificultades que se

presentaban, y la fermentacion en que estaban aquellas inmediatas

provincias, graduaba imposible la conservacion y subsistencia de Puno

con solo aquel refuerzo, ó al menos que él no se hacia responsable de la

continuacion de su defensa: y considerando por otra parte el General D.

José del Valle que no podia desmembrar mas el número de sus tropas, para

atender á las urgencias que podian ocurrirle en la retirada que se habia

determinado, se vió en la dura necesidad de resolver y mandar el

abandono de aquel pueblo, que por tanto tiempo habia frustrado cuantos

esfuerzos hicieron los rebeldes para espugnarle; y consecuente á ello se

dieron las órdenes para que saliese la guarnicion y vecindario, dándoles

tres dias de tiempo para evacuarle: término que aun se minoró despues,

reduciéndolo á dos solamente. Esta determinacion consternó en estremo a

los vecinos, y no poco á Orellana, que sentia verlos reducidos á tan

mísero estado, despues de haber acreditado tanto su constante fidelidad

al Soberano, con el sufrimiento de infinitas calamidades y trabajos por

la conservacion y defensa de aquella villa, que quedó desamparada el dia

26 de Mayo de 1781, con un general sentimiento de cuantos se habian

acogido á ella de otras provincias; y así estos como los naturales,

dejaron en sus casas abandonados todos los muebles en el estado que los

poseian, porque no les fué posible conducirlos á causa de la mucha

escasez de bagajes que tenian. Salieron cerca de 5,000 personas de ambos

sexos y de todas edades, las mas á pié y sin auxillio para seguir la

marcha: espectáculo lastimoso que cruelmente heria en el corazon de

Orellana, sin arbitrio para hacerlo menos penoso: á que se unian las

dificultades de conducir los heridos, que no podian abandonarles, porque

indefectiblemente hubieran sido víctima de los rebeldes. La guarnicion

constaba de 136 fusileros, 440 lanceros de á pié, 64 artilleros, 308

hombres de caballeria, 104 honderos, y 1346 indios de la misma especie,

reunidos y procedentes de los pueblos que se conservaban fieles. Mandó

Orellana, antes de abandonar la villa de Puno, clavar todos los cañones,

y enterrarlos en profundos pozos, así porque no tenian arbitrio ni

comodidad para retirarlos por la falta de mulas, como para evitar se

apoderasen de ellos los rebeldes. Dedicó despues todo su cuidado en dar

oportunas disposiciones para que su gente fuese reunida en la marcha con

las tropas de Lima; y aunque lo consiguió en parte, no logró todo aquel

órden y precision que deseaba el Comandante General, D. José del Valle;

porque ocupado cada uno en el cuidado y conduccion de su familia, se

estraviaban demasiado de la formacion, y así tambien le era imposible en

los campamentos ceñirse á las dimensiones que prescriben las reglas

militares para semejantes casos; porque era mucho estorbo para

observarla, el crecido número de familias que conducia. Algunas

concibiendo mejor modo de subsistir en Arequipa, se dirigieron á esta

ciudad; pero la mayor parte no quisieron apartarse de su Comandante

Orellana, con el honroso designio de sacrificarse por el servicio del

Soberano, en las operaciones que se emprendiesen posteriormente contra

los rebeldes.

Siguió las marchas el Comandante General, dirigiéndose en derechura al

Cuzco, en las reliquias de su ejército, guarnicion y vecindario de Puno,

y con el centro de tantos pesares, tuvo el alivio de recibir alguna

harina, coca y arroz, y otras provisiones que Orellana habia enviado á

buscar á Arequipa, para la subsistencia de su guarnicion: socorro que

repartido entre todos, minoró la escasez de bastimentos que

esperimentaban. Hasta la capital de Lampa nada incomodaron los rebeldes,

pero desde ella empezaron á sentir ya los efectos de la retirada,

porque divididos en muchas y pequeñas divisiones, se dejaban ver

colocados en las alturas inmediatas al camino, para aprovechar desde

ellas los descuidos, y cargar la marcha del ejército por los costados y

retaguardia, matando inhumanamente á cuantos se detenian ó estraviaban.

De esta conformidad y con indecibles trabajos siguieron las tropas por

un pais enemigo, no solo desproveido, sino tambien del todo despoblado.

Al tránsito por la Ventilla, en las inmediaciones del pueblo de Pucara,

los infelices vecinos de Puno que venian á pié, tomaron el camino recto

para Ayabirí. Cargólos el enemigo, advirtiendo estaban separados é

indefensos, y logró egercer en ellos sus acostumbradas crueldades

matando muchos hombres, mugeres y niños, y apoderándose tambien de la

mayor parte de sus pobres equipages, continuando de este modo en picar

la retirada hasta Vilcanota, término del vireinato de Buenos Aires; en

cuyas inmediaciones acometieron á los nuestros con tanto denuedo, y con

un aire de confianza, que cuando menos pensaban conseguir la ventaja de

hacerse dueños de los ganados y bagaje: pero como no pasaban de 1,000,

fué fácil rechazarlos y frustrar sus designios.

Relación historica de los sucesos de la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru en las provincias del Peru, el año de 1780 · 第 12 / 13 段