corregidor enviar todas las milicias de su provincia, que marcharon bajo
la conducta del capitan D. Santiago Vial, y al llegar á Juli reconoció
el sangriento estrago de todos los vecinos de aquel pueblo, que pasaban
por españoles, cuyos bienes habian saqueado, sin librarse el sagrado de
los templos del furor y la profanacion, tomando despues los rebeldes por
asilo las cumbres de las montañas inmediatas. Al entrar los nuestros en
la poblacion, encontraron las plazas y calles inundadas de sangre, y
arrojados los cadáveres por todas partes, sin hallar quien les diese
razon alguna de aquel funesto espectáculo: hasta que el ruido de algunos
fusilazos que dispararon á los indios que descendian á las faldas de
unos cerros para incomodarlos, hicieron salir á los curas y algunos mas
que pudieron escapar, metidos en los lugares mas ocultos; y asegurado el
capitan Vial de que no quedaban otros escondidos, recogió su gente y
salió de nuevo á la campaña con todos los que habian tenido la felicidad
de libertarse de la cuidadosa solicitud de los indios, y continuó
retrocediendo hasta las cercanias de Ylabe, desde donde participó cuanto
le habia ocurrido, y en su consecuencia se determinó en junta de guerra
que siguiese su retirada: pero él no obedeció, hasta que le obligaron
los muchos indios del pueblo de Acora, que improvisamente se declararon
por el usurpudor, cuya novedad precisó á Orellana á que acudiese con un
cuerpo de tropas de su mando, solo para sostenerle la retirada, porque
las justas atenciones de su capital no le permitian otra cosa, ni menos
estar ausente de ella por mucho tiempo.
Poco despues de su llegada, recibió la noticia que los indios rebeldes
se hallaban sobre Puno: la comunicaba el Gobernador de Chucuito, Moya,
y le llamaba, advirtiéndole aprovechase los instantes para socorrerle.
Levantó su campo y se puso en marcha á las doce de la noche, dejando
dispuesto le siguiesen, como único medio en aquellas críticas
circunstancias, lo que efectivamente egecutaron la mañana inmediata
hasta Chucuito, escoltando al vecindario de Acora, y los que habian
escapado de Juli é Ylabe, de cuyas poblaciones se apoderaron al instante
los rebeldes, y entregaron á las llamas la cárcel, la horca y algunas
casas particulares, saqueando en las iglesias los muebles de los que
procuraron salvarlos á la sagrada sombra de su respeto. Por la parte de
Azangaro fueron mas felices nuestras armas, pues un corto destacamento,
despachado por Orellana á las órdenes de D. Andres Calisaya, cacique del
pueblo de Tiquillaca, logró no solo socorrer al de Capachica sino
tambien cubrir los de Pusi, Saman, Taraco y Caminaca, que infestaban los
rebeldes, escarmentados con muerte de algunos, y quitándoles el ganado
que llevaban. Así tambien D. Melchor Frias y Castellanos, á la cabeza de
los indios fieles de los pueblos de Mañazo, Vilque, Cavana, y Cavanilla,
que se habian presentado ofreciendo sus personas en servicio del Rey,
recorrió el camino real de Arequipa, y logró derrotar una partida de
ladrones, mandados por un indio llamado Juan Mamani, que lo tenian
interceptado, quitándole la vida á él y á muchos de los suyos, despues
de una obstinada resistencia; de cuyas resultas quedaron libres 20
mugeres españolas que estaban prisioneras, y los indios fieles se
apoderaron de un considerable despojo, procedente de lo mucho que habian
robado de los pueblos y caminos.
Retiradas como queda espuesto las milicias de Chucuito hasta su capital,
el capitan D. Santiago Vial, consultó á la Junta de Guerra, establecida
en Puno, si deberia seguir su retirada, hasta incorporarse en aquella
villa con las demas tropas, mantenerse en defensa de la ciudad, en caso
de ser atacados por los enemigos, que desde el Desaguadero y Cepita,
continuaban la conquista de toda la provincia, y para este caso pedia se
le socorriese con municiones de guerra. Respondió la Junta, que se le
franquearian, no solo las municiones, sino tambien que se le reforzaria
con la gente que se considerase necesaria, luego que informase el número
de enemigos que le amenazaba; pero al mismo tiempo escribió privadamente
el Gobernador Moya al comandante, que procurase retirarse con toda la
tropa: disposiciones que hacen descubrir alguna animosidad entre estos
dos corregidores, desgracia que regularmente se esperimenta, cuando
muchos tienen parte en las operaciones militares, pues cada uno quiere
para sí una gloria, que es envidiada aun de los que no son capaces de
adquirirla, y de que se han seguido muchas desgracias dificiles de
reparar despues, como aconteció en esta ocasion; porque en tanto se
resolvia, determinó la guarnicion de Chucuito atacar una partida de
indios que se le acercaba. Salióle al encuentro, y trabó el combate en
la cumbre y faldas de una montaña de mucha aspereza y dificil subida, á
distancia de media legua de la ciudad, donde no bastó el valor con que
atacaron al enemigo para conseguir ventaja conocida, y volviendo á salir
á su encuentro la mañana del dia siguiente, ya le hallaron mejorado de
situacion; pero sin embargo pelearon largo rato sin fruto alguno.
Por la tarde reconocieron los enemigos el poco daño que recibian de un
pedrero, con que se procuraba ofenderlos, y determinaron apoderarse de
él: como en efecto lo consiguieron, atacando improvisamente y con
precipitacion á los que le defendian, quienes se pusieron en vergonzosa
y precipitada fuga, de que se siguió un total desórden en los demas. No
malograron los indios esta ocasion favorable que se les presentaba, y
cargando de nuevo con el todo á los fugitivos, los siguieron hasta
encerrarlos en la ciudad, en cuyo alcance perdieron la vida muchos de
los nuestros. Los indios no se atrevieron á penetrar hasta dentro de la
poblacion, y se retiraron á las faldas de los cerros que la dominan,
despues de haber incendiado unos pocos ranchos de los alrededores,
satisfechos de las ventajas que habian conseguido: pero la confusion
estremada en que quedaron aquellos milicianos, ocasionó una total falta
de obediencia, y sin reparar el peligro á que se esponian, huyeron
dispersos y desordenados á Puno, donde llegaron muchos la misma noche,
refiriendo aquel suceso con tristes lamentos y grandes exageraciones del
número de enemigos que hacian subir á lo inmenso. Difundióse la novedad
al instante en toda la villa, y consternó de tal suerte los ánimos, que
Orellana llegó á recelar intentasen abandonarlo sus tropas: de modo que
se vió precisado á tomar las mayores precauciones para evitarlo, y á la
mañana siguiente; aunque por la parte de Lampa no faltaban justos
recelos de nuevo ataque, hizo marchar á Chucuito tres compañias de
caballeria, con el fin de indagar la situacion de los indios, y que
penetrasen hasta la misma ciudad, si se hallaba desembarazado el camino,
pero con la órden de no empeñarse en funcion alguna, sino que unicamente
apoyasen la retirada de los oficiales y soldados que habian quedado, y
tambien que recogiesen los miserables españoles de aquel vecindario, y
procurasen libertarlos del furor de los indios rebeldes.
Dejaron pasar los enemigos éste destacamento hasta la misma ciudad, pero
fué con cautela, porque inmediatamente ocuparon un desfiladero
inevitable, para hacer mas dificil su retirada, lo que advertido por el
Comandante, al tiempo que estaba reuniendo á todos los que habian
quedado en Chucuito, le fué preciso retroceder con aceleracion, y sin
embargo se vió obligado á abrirse el paso á viva fuerza: en cuya accion
perdió algunos soldados, sin poder evitar el estrago que los rebeldes
hicieron en los que procuraban salvarse al abrigo de este socorro, en
cuya ocasion perdió tambien la vida el cura de la iglesia de Santa Cruz
de Juli, que pudo evitar el primer riesgo de perderla, en la conmocion
de su pueblo. Los primeros que llegaron á Puno refirieron el conflicto
en que suponian á Chucuito, con cuya noticia mandó Orellana se aprontase
toda la fusileria, determinado ir en persona á socorrerla, y ya en el
acto de emprender la marcha, llegaron otros que variaron mucho las
circunstancias, asegurando se habia librado la mayor parte de las
gentes, y que venian un poco mas atras incorporados con las tres
compañias de caballeria, y que asimismo era inutil ir en busca de los
que no habian podido pasar el desfiladero en que estaban apostados los
rebeldes, porque habian perecido ya indefectiblemente. Razones que le
hicieron suspender la salida, y muy en breve le dieron motivo para el
mas justo sentimiento, porque reconoció el engaño y la falta de muchos
sugetos de estimacion, particularmente la de D. Nicolas de Mendiolaza y
otras personas, que le obligaron de nuevo á mandar se llevasen balzas
para la laguna hasta las orillas inmediatas á Chucuito, para libertar á
algunos que se habian ocultado entre la paja, llamada _totora_, de
que abunda.
Luego que salieron de la ciudad las tres citadas compañias de
caballeria, entraron los indios rebeldes sin la menor resistencia, y
ejecutaron las mas atroces crueldades. Mataron mas de 400 españoles y
mestizos de uno y otro sexo, sin reservar las criaturas de pecho. Dentro
de la casa del cura, de la iglesia mayor que buscaban por asilo, pasaron
á cuchillo á muchos infelices. Con sacrílega osadia profanaron los
templos, sin que la veneracion y el respeto debido sirviese de escudo á
los que se habian ocultado en ellos, porque extrayéndolos á las puertas
de la iglesia, les quitaban las vidas en los umbrales de la casa del
Señor. El mismo Orellana determinó pasar al tercer dia con sus tropas á
impedir en parte, si le era posible, tantos horrores; pero volvió
penetrado de dolor á vista del lastimoso espectáculo que halló por
calles y plazas, y de la funesta idea que presentaba toda la poblacion
reducida á cenizas: y solo tuvo ocasion de reconocer el acierto con que
el celo de D. Pedro Claveran habia trasladado dias antes á Puno mas de
240 quintales de azogue y papeles importantes de S.M., que se hallaban
en las reales cajas, que tambien se envolvieron en el incendio general
del pueblo. No habia en él otros españoles que los dos curas y algunos
pocos eclesiásticos, que tambien aguardaban aquel dia la muerte,
intimada por el inhumano caudillo de los rebeldes, si no declaraban el
parage en que suponian ocultos los caudales de S.M., cuyo peligro
evitaron con la llegada de Orellana, á quien expresaron con lágrimas los
sentimientos de su corazon: y seguidamente se pensó en regresar á Puno,
en cuyo tránsito cargaron los enemigos á los desfiladeros, con intento
de cortar la marcha, como lo habian logrado anteriormente: pero se les
frustró el designio con haber apostado algunos piquetes de fusileros,
que los contuvieron con la pérdida de tres ó cuatro de los mas
atrevidos.
Al propio tiempo ó con poca diferencia, los indios de la parte de
Azangaro, doblando sus esfuerzos, volvieron sobre el pueblo de
Capachica, cuyos indios fieles con algunos mestizos los habian rechazado
á los principios: pero al fin cedieron á la multitud, que apoderada de
la poblacion, usó las mismas crueldades que en las demas, pasando á
cuchillo á todos los españoles y gente blanca, que pudieron haber á las
manos. De manera que, ya no quedaban en las inmediaciones de Puno otras
personas españolas que las que con tiempo procuraron ampararse á la
sombra de las trincheras de aquella villa, que formaba como una pequeña
isla de fidelidad en medio de un mar de rebelion que la circundaba por
todas partes. Los indios rebeldes del Desaguadero, Omasuyos y Pacajes,
desembarazados del cuidado que les daba la provincia de Chucuito, con la
total ruina de su capital, se prevenian para atacar á Puno, de concierto
con los que ocupaban las provincias de Lampa y Azangaro. Esta situacion
á la verdad arriesgada, le obligó á Orellana á pedir algun socorro al
capitan de granaderos del regimiento de infanteria veterana de Lima, D.
Ramon de Arias, y al coronel de milicias, D. José Moscoso, que con un
destacamento de 500 hombres habian salido de Arequipa, y se hallaban á
solas nueve leguas de distancia: pero unicamente le contestaron que no
tenian órdenes de sus gefes para franquearselo, ni menos quisieron
remitirle las municiones y víveres que solicitó comprarles, en el caso
de que retrocediesen prontamente; como lo ejecutaron, dejando á Orellana
en el centro de aquellas provincias sublevadas, sin mas recursos que los
que tenia dentro el corto recinto que ocupaba, donde quedó solo, porque
el Gobernador Moya se vió precisado á pasar á Arequipa para curarse las
resultas de la herida que habia recibido en el muslo, en el ataque del
dia 11 de Marzo. En este estado se dejaron ver los rebeldes por la
parte de Chucuito el dia 9 de Abril de 1781, y hasta la mañana siguiente
fueron desfilando para ocupar las montañas inmediatas que dominan á
Puno. Habia Orellana aumentado algunas defensas para resistirlos.
Levantó un torreon en el ventajoso sitio de Guansapata, donde colocó una
culebrina y un pedrero, con la fusileria correspondiente para su
resguardo. Dentro de la villa reforzó las trincheras, y las aumentó,
abriendo nuevos fosos en los lugares que le parecieron mas débiles.
Tenia tres cañones mas, que hizo fundir con toda diligencia, y procuró
proveerse de pólvora y balas, con cuyas providencias concebia fundadas
esperanzas de rechazar á los rebeldes que intentasen invadirle en
adelante. En efecto, la mañana del 10 amanecieron inmediatas, formando
un semi-círculo por las cumbres de los cerros, desde donde intentaron
apoderarse de una porcion de ganado, dando principio á las hostilidades
por este término y quitar la subsistencia de la guarnicion y vecindario.
A evitarlo se destacaron las compañias de caballeria, y aunque tenian la
órden de no empeñarse, no pudieron contenerse, y acometieron á los
enemigos: de modo que no solo frustraron su intento, sino tambien los
desalojaron del terreno que ocupaban.
Concluida la operacion que se habia encargado á estas compañias, mandó
Orellana se apostasen fuera de la poblacion, hácia las avenidas de
Chucuito, porque en aquella parte se descubria el grueso de enemigos,
quienes no tardaron en trabar con ellas algunas escaramusas que duraron
hasta las dos de la tarde, en que salió á sostenerlas parte de la
fusileria, haciendo un fuego continuado sobre los que acometieron. Desde
el torreon de Guansapata y de la plaza se les hizo tambien bastante
fuego con la artilleria, cuyos tiros dirigidos con oportunidad y
acierto, causaron algun estrago en los enemigos, que amedrentados
retrocedieron á lo mas eminente del Cerro de Orcopata, hasta que con la
proximidad de la noche cesó toda hostilidad de una y otra parte, sin que
de la nuestra hubiese perecido alguno, pero sí muchos de la suya, con un
número considerable de heridos que tuvieron. Al lado opuesto y en el
Cerro del Azogue se habia apostado desde la mañana una partida de
enemigos, que se mantenia en continuo movimíento, haciendo ademanes de
acometer á los indios Mañazos todo el tiempo que duró el ataque de los
otros. Con la idea de cortarlos y que no se reuniesen á los demas, dió
Orellana la órden para que un destacamento de caballeria saliese á
atacarlos, lo que egecutó tan oportunamente, que al propio tiempo
llegaron los indios fieles de Paucarcolla, Guaca y la Estancia de Moro,
que los tomaron por la espalda. Y para asegurar mas el intento, y
obligarlos á rendirse, se reforzó el puesto con algunos piquetes de
fusileros, que llegaron ya muy tarde, y no les fué posible la subida por
ser muy áspera y peligrosa: obstáculos que les precisaron á retirarse á
la plaza, donde algunos entraron muy maltratados de los hondazos que
habian recibido, por cuyo motivo se tomó la provindencia de mandar á los
indios fieles quedasen y mantuviesen su puesto, y que los Mañazos
resguardasen la falda opuesta hasta la mañana siguiente, en que
seguramente se hubiera conseguido el pensamiento, si la poca observancia
y ninguna advertencia del cacique Bastinza no les hubieran proporcionado
los medios para la fuga. De este modo se resistió la segunda invasion
que sufrió la villa de Pano, y aunque el número de enemigos que la
acometieron, no era tan grande como en la primera, no fué menor la
confianza de tomarla: pero desengañados siguieron el mismo método de
retirarse por la noche, con solo la diferencia de haber seguido su fuga
sin detenerse en parte alguna, por mucho rato temerosos que saliese la
guarnicion en su alcance: como en efecto lo practicó el mismo Orellana
hasta alguna distancia, para impedir los daños que recelaban egecutasen
con los indios de Icho de la jurisdiccion de su provincia, que no habian
faltado hasta entonces á la fidelidad: diligencia infructuosa, pues
cuando llegó á dicho pueblo, ya habian degollado á todas las indias,
vengándose con esta inhumanidad, de la fidelidad de sus maridos, que
estaban alistados en Pano, siguiendo constantemente las banderas de su
legítimo Soberano.
Dirigia y gobernaba á los rebeldes en esta ocasion, un indio de baja
estraccion, llamado Pascual Alarapita, de la provincia de Pária, que
echádo de su patria por delincuente, emprendió y logró con la mayor
rapidez la conquista de algunas provincias, llenándolas de horrores y
confusion, con los sangrientos destrozos, incendios y latrocinios que
egecutó en todos los pueblos, juntamente con Isidro Mamani, que traia de
subalterno, y de tan perversas costumbres como su gefe: pero este fué
preso por los indios del pueblo de Acora el dia despues del ataque de
Pano, quienes lo entregaron en aquella villa con dos capitanes suyos,
que tambien arrestaron. Agasajó Orellana á los aprensores, tratándolos
con la mayor humildad y blandura. Franqueóles el indulto general que
pidieron, por haberse unido al rebelde cuando pasó por su pueblo, á cuya
determinacion les obligó ver retrocedida con tanta precipitacion,
dejándolos abandonados y espuestos al castigo que justamente merecian, y
que sin duda hubieran experimentado para escarmiento de los otros.
Dieron tambien noticia del paraje en que los insurgentes habian dejado
oculto el pedrero, los muebles y plata labrada, de que se habian
apoderado en Chucuito, por lo que se dispuso inmediatamente fuese á
recogerlo todo el contador oficial real interino, D. Pedro Claveran,
asociado con un eclesiástico de la mayor integridad y pureza, con el
laudable fin de que á los dueños existentes se le devolviese lo suyo, ó
cuando nó, á sus herederos: como efectivamente se practicó con la mas
escrupulosa puntualidad, recuperando el pedrero y algunos fusiles que se
encontraron.
Suspensa algun tanto con estos sucesos la atencion por la parte de
Chucuito, fué menester aplicarla hácia la de Azangaro y Lampa, cuyos
indios con los de Carabaya se acercaron de nuevo á las alturas
inmediatas á la villa, como á distancia de una legua, despues de un
encuentro que tuvieron con los leales de Guaca, Atoro y Paucarcolla,
reforzados con tres compañias de caballeria, y algunos fusileros, que
marcharon con el objeto de impedir los robos de ganados, que egecutaban
por todas partes, para reducir á la mayor necesidad posible el corto
número de fieles vasallos que se contenian en el recinto de Puno. Su
número era crecido, comparado con el de los nuestros, cuya retaguardia
picaron, hasta que se ampararon de las trincheras. A la mañana siguiente
salió Orellana contra ellos, con la mayor parte de su gente: pero como
el designio principal que se habian propuesto era reunirse con los de
Chucuito, luego que supieron su retirada, y que estaba preso el
Comandante Mamani, variaron de dictámen, contentándose con llevar el
ganado que habian juntado el dia antes, y pegar fuego al pueblo de
Paucarcolla al pasar por él cuando se retiraban. No desistió Orellana
del empeño de alcanzarlos, aunque reconoció la ventaja que le llebavan
en la marcha: y para conseguirlo, mandó adelantar sus compañias de
caballeria, que en efecto lo lograron en las cercanias del Cerro de
Yupa, de altura portentosa, donde los detuvieron con escaramusas, hasta
que llegó con el resto de la tropa: pero al instante se acogieron á lo
mas alto y escabroso de aquella montaña, donde se les hizo fuego, pero
sin lograr efecto alguno contra ellos, porque se parapetaron detras de
unas tapias de piedra que habia á la cumbre. A las 5 de la tarde, llegó
casualmente al mismo paraje la gente de Cavana y Cavanilla, que se
conducia á Puno de órden de su corregidor para reforzar la guarnicion,
recelando que Diego Tupac-Amaru intentase invadirlo, como se afirmaba:
la que unida con los de Vilque y Mañazo, componian un número capaz de
rodear á los rebeldes en su situacion ventajosa, como se egecutó,
estrechándolos de tal suerte, que se les impedia bajar á buscar agua á
las fuentes, que tenian ocupadas y defendidas los nuestros. Con la
resolucion que inspira un estado tan crítico y desesperado, determinaron
hacer los últimos esfuerzos para romper el cordon; como en efecto lo
consiguieron, y tambien escaparse la mayor parte, y entre ellos el
perverso Ingaricona, uno de los principales instrumentos de aquellas
alteraciones. Los que no acertaron á seguirle, quedaron muertos á manos
de los indios de los pueblos citados, que pelearon con todo el furor que
les inspiraba la memoria de los destrozos, y pérdida que habian sufrido
de las mugeres, hijos y ganados. Murieron muchos, y entre ellos gran
número de sus coroneles y capitanes, sin contar con otros que se
hicieron prisioneros, de cuyas declaraciones contestes se tuvo noticia
cierta de la prision de José Gabriel Tupac-Amaru.
En esta ocasion llegó á manos de Orellana una carta de un indio
principal de Acora, avisándole que los rebeldes de aquella parte que se
habian retirado hasta Ylabe y Juli, reforzados con los de la provincia
de Pacajes, venian otra vez marchando sobre aquel pueblo, con ánimo de
vengar en sus indios la resistencia que habian hecho de seguir su
partido. Para sostenerlos, dispuso marchasen las compañias que consideró
bastantes, á fin de que no fuesen sacrificados por los contrarios, pero
depuso este pensamiento con la noticia que adquirió de que su verdadero
designio era volver otra vez sobre Puno, para atacarle de nuevo con
todas las fuerzas que habia reunido, lo mismo que habia ya recelado por
el contesto de tres edictos librados por Pascual Alarapita y Pedro Ruiz
Condori, que pocos dias antes se aprendieron á una india que los
conducia. Trató desde luego no omitir prevencion alguna de las que tenia
premeditadas para esperarlos y resistirlos. Reparó con mayor cuidado las
fortificaciones que habia hecho anteriormente, y tomó todas las
precauciones que le dictaba la experiencia adquirida en los ataques
antecedentes, fundando en ella solamente la esperanza de mantener aquel
puesto, salvar su propia vida y la de todos los que le acompañaban,
porque cerrados los caminos y toda comunicacion por los enemigos con la
ciudad de la Paz y otras partes, no podian contar sino con el valor y
constancia de sus tropas.
Acercáronse finalmente los enemigos hasta la ciudad de Chucuito, donde
se mantuvieron algunos dias esperando las resoluciones de Diego
Tupac-Amaru, que se hallaba en la provincia de Lampa, á la cabeza de un
considerable trozo de enemigos. Tentó Orellana ganar á Pascual
Alarapita, por la suavidad: escribióle, persuadiéndole pidiese el
perdon, y se acogiese bajo las banderas del Soberano, poniendo á su
devocion la provincia de Chucuito, y que entregase á cualquiera que con
su influjo intentase destruir este pensamiento: pero él obstinado en sus
delitos y lleno de soberbia, no quiso contestar, y solo en una esquela
que escribió al prisionero Isidro Mamani, hizo mencion de la carta, para
asegurarle con osadia, que sin leerla la habia entregado á las llamas
añadiéndole muchas amenazas contra Orellana y los demas que intentaban
defender á Puno; de modo que ya no dejaba duda que su intento era
reunirse con el cuerpo de rebeldes, mandado por Diego Tupac-Amaru, y
juntos atacar con todo el esfuerzo posible aquella villa. En este
aprieto determinó Orellana por último recurso, despachar un
extraordinario al corregidor de Arequipa, pidiendo le auxiliase con
gente, víveres y municiones, á cuya práctica no dieron lugar las
ocurrencias posteriores.