Buscaba en vano Orellana la subida, porque no habia vereda ni lado

alguno que permitiese el acceso á la parte superior de la montaña en que

se habian apostado los enemigos, cuya dificultad se aumentaba con la

copiosa lluvia y granizo que experimentaron por algun tiempo. Conocia la

dificultad y se mantenia con alguna circunspeccion, hasta que le fué

preciso condescender con las instancias de sus tropas, que pedian con

eficacia las guiase al ataque. En efecto, dividió su fusileria en dos

trozos, que marcharon en distintas direcciones, amparándose de los

peñascos para acercarse á los rebeldes, con menos riesgo de las piedras

qué con obstinacion arrojaban con las hondas. Los fusileros y algunos

pocos soldados armados con sables, trabaron el combate, y peleaban

llenos de ardor, avanzando apresuradamente con la mayor bizarria: pero

eran pocos para no ser confundidos y derrotados en la eminencia por la

multitud que los esperaba. Dejólos Orellana en la accion, y volvió en

busca de los demas para persuadirlos, representándoles el laudable

ejemplo de sus compañeros: esfuerzos que no bastaron á empeñarlos; y

receloso de un accidente desgraciado con la proximidad de la noche,

mandó tocar la retirada, que se efectuó sin mas pérdida que la de dos

hombres que se despeñaron. Tuvo cinco heridos de consideracion y otros

muchos levemente, y el mismo Orellana recibió un fuerte golpe de piedra,

que despues de haberle roto la quijada inferior, pasó á herirle en el

pecho. Los indios tuvieron muchos heridos, 30 muertos, con pérdida de

algunas cargas de poca consideracion, y sin embargo que no fué grande la

ventaja que lograron los nuestros este dia, aprovecharon los contrarios

la oscuridad de la noche para ir en busca del Coronel Sanca, que despues

de haber abandonado y entregado á las llamas el pueblo de Lampa, vino á

acampar con su gente á unos cerros eminentes, que distaban solo legua y

media del campo de Orellana.

Con esta noticia juzgó inutil y arriesgado seguir su empeño, y

determinó retroceder hasta las Balzas de Juliaca, para atender no solo

á los insultos que se intentasen contra su provincia, sino tambien para

mantener en la fidelidad á los indios de aquel pueblo, y á los de

Caracoto, Cabana y otros, que se mantenian, aun por el Rey. Durante la

marcha tuvo vehementes indicios de la infidelidad del cacique Pacoricona

que le seguia, á quien hizo prender y conducir asegurado, y despues de

haber hecho alto en las cercanias de Chingora, advirtió que por la

cumbre de las montañas se descubrian los indios divididos en dos trozos,

y que el uno marchaba hacia las Balzas de Juliaca; de que infirió

intentaban apoderarse de ellas para cortarle la retirada. A fin de

evitarlo se puso en movimiento, deseoso de atraerlos á un encuentro si

intentaban oponerse, y se acercó al pueblo de Coata, donde podia hallar

el número de balzas que fuese necesario para pasar sus tropas: y

haciendo inclinar parte de ellas al parage por donde bajaban los indios,

retrocedieron á la eminencia, desde donde el caudillo que los gobernaba

preguntó la razon porque se conducia preso al cacique Pacoricona, siendo

inocente: y seguidamente intimó se le pusiese en libertad, y se le

entregase la persona de Orellana, porque de lo contrario experimentarian

irremediablemente su ruina. Pagaron, unos pocos que dejaron el asilo de

la eminencia, el atrevimiento de su capitan, y en seguimiento de la idea

propuesta, se continuó la marcha para campar en la llanura de Ayaguacas,

donde pasaron la noche sobre las armas, por el cuidado que daba la

inmediacion del enemigo.

El cacique de Caracato, impulsado de su fidelidad, manifestó la órden

que habia recibido del indio, Coronel Sanca, para alistar la gente de su

pueblo y cortar las citadas Balsas de Juliaca y Suches, cuyo

cumplimiento se encargaba bajo graves penas en nombre del Inca, Rey y

Señor del Perú; de que receló Orellana que el pensamiento del rebelde no

era otro que dejarle cortado, y atacar la villa de Puno y Chucuito, para

poder pasar mas libremente por Pacajes á la ciudad de la Paz razon

porque adelantó su marcha hasta las cercanias de Coata, campando en las

orillas del rio. Y sin perder instante expidió las órdenes para que

condugesen 25 balzas del pueblo de Capachica, y se mantuvo un dia en

este puesto, así para dar descanso á sus tropas, como para conocer el

estado de las armas: diligencia oportuna, porque al siguiente dia un

indio de aquella inmediaciones avisó que los enemigos venian marchando,

dispuestos para al ataque; como efectivamente se verificó, y al medio

dia habian ya bajado de las montañas, y se adelantaban con ademan de

acometer el campo que ocupaban nuestras tropas. Era ventajoso, porque su

izquierda estaba apoyada sobre el rio caudaloso de Coata; su derecha

cubierta de una laguna, y por la espalda no permitia sino un estrecho

paso la península que forman las aguas, en cuya entrada se colocaron 25

hombres de á caballo para mayor seguridad de la mulada y ganado que

estaban como encerradas en su recinto.

Reconocieron los comandantes de los rebeldes, Ingaricona y Sanca, tan

ventajosa situacion, y se suscitó entre ellos la disputa sobre si

convendria ó no emprender el ataque: resistíalo el segundo contra los

deseos y esfuerzos del primero, que queria obstinadamente se acometiese,

considerando el poco número que se le oponia, que aun creyeron menor de

lo que realmente era, por haber mandado á la infanteria se sentase para

esperar el momento del combate: disposicion que certificó al enemigo en

su opinion, y se persuadió que los bultos que se divisaban eran las

cargas de equipaje, colocadas de aquel modo para que sirviesen de

resguardo al impulso de las piedras de sus hondas. Preocupados del

engaño y del dictámen de Ingaricona, apoyado por el de un cacique de la

provincia de Carabaya, que se les habia incorporado en el acto de la

disputa, resolvieron atacar contando con la victoria, y apoderarse de

las armas y municiones para remitirlas á Tupac-Amaru. Con este intento

se fueron acercando, y cuando estaban inmediatos, se les hicieron

algunas proposiciones pacíficas por el teniente de cura de Nicasio, y el

eclesiástico D. Manuel Salazar, quienes los persuadoan á que rendidas

las armas, aprovechasen el indulto y perdon general, que á nombre de

S.M. se habia publicado: pero ellos respondieron osadamente, por medio

de un indio, que no lo necesitaban, ni menos reconocian ya por su

Soberano al Rey de España, sino únicamente á su Inca, Tupac-Amaru, y

desde luego empezaron á hacer algunos movimientos, y á las cuatro de la

tarde se avanzaban con gran prisa para atacar. Formaban un semi-círculo,

cuyo costado derecho gobernaba Ingaricona, el izquierdo Sanca, y el

centro el cacique de Carabaya, que terminó la disputa á favor del

primero: pero los que venian á las órdenes de Sanca entraban tibios y

con grande repugnancia en el combate; efectos sin duda, de la oposicion

que habia manifestado su capitan.

Empezaron el ataque por los 25 hombres de á acaballo que guardaban el

paso que cubria la retaguardia, y era entrada del puesto donde estaba el

ganado y la mulada de que intentaron desde luego apoderarse, reforzando

los ataques y los esfuerzos: de modo, que fué preciso tambien doblar la

resistencia, reforzando aquel puesto con otros 25 hombres. En esta

situacion estaba casi rodeada la gente de Orellana, y considerando era

ya tiempo de atacar á los contrarios, se formó en batalla, colocando la

fusileria en el centro. Las lanzas, sables y palos, divididos por mitad

á los costados, sostenidos por la poca caballeria que le habia quedado,

y mandando dar un cuarto de conversion por mitad á derecha é izquierda,

acometió á un tiempo á los indios de Ingaricona y Sanca, que se

sostuvieron por algun rato con teson, peleando valerosamente, hasta que

los de Sanca cedieron, despues de haber perdido algunos hombres, y

emprendieron una fuga precipitada, arrojándose á un estero profundo,

donde se ahogaron algunos, y los demas siguieron la retirada con el

mayor desórden, hasta ampararse de las montañas inmediatas. Este

accidente dió lugar á que la tropa que cargaba aquel rebelde le dejase

en su vergonzosa fuga, y revolviese sobre el centro y derecha de los

enemigos, mandados por Ingaricona, que peleaban con la mayor

obstinacion, para dejar airosa la opinion que habia sostenido su gefe.

Pero, obligados del esfuerzo del trozo vencedor que los cargó

impetuosamente, tuvieron que ceder al órden y constancia de las tropas

de Orellana, que empeñadas en la accion, mataban cuantos rebeldes se les

oponian, hasta que amedrentados por el continuado fuego del fusil, se

pusieron en desordenada fuga. La victoria fué completa, y se siguió el

alcance hasta los cerros y collados, en que procuraban ampararse los

contrarios para salvar sus vidas: pero la muerte y el horror los siguió

por todas partes, y dejaron en el campo mas de 400 cadáveres. Cuidaba el

celo del licenciado Salazar de exhortar á los moribundos,

persuadiéndolos á que en su última agonia invocasen los dulces nombres

de Jesus y de Maria, pero tuvo que lamentarse mucho su caridad á vista

de la pertinacia con que espiraban. Duró la accion dos horas y media, y

conseguido el triunfo, se celebró con repetidas aclamaciones de viva el

Rey, y añadiéndose el consuelo, de que ninguno de los nuestros hubiese

precido, cuyo particular beneficio se atribuyó justamente á la Reina

Purisima de la Concepcion, cuya efigie iba colocada en la principal

bandera, y en los corazones de los soldados, que devotos y confiados,

imploraban su auxilio para el vencimiento; porque las fuerzas de los

rebeldes ascendian á 5,000 combatientes, sin contar un crecido número de

mugeres, que obstinadas los seguian, y no les eran inutiles, porque

conducian sin cesar piedras á los hombres, para que no les faltasen en

el acto del combate. Pagaron algunas con la vida su ferocidad, por mas

que procuraba impedirlo el Comandante, persuadiendo á sus soldados no

empleasen el valor en objeto tan débil: pero rara vez puede contenerse

el furor de la milicia, empeñada en seguimiento del enemigo.

Se revistaron al dia siguiente las armas, y se hallaron algunas rotas,

y muchas torcidas, por haber usado los indios la precaucion de cubrirse

con unos cueros muy gruesos y duros, para resistir los golpes de los

sables y lanzas; y habiéndose explorado la campaña por algunas partidas,

no vió rebelde alguno en todas las inmediaciones, de que se infirió

habian caminado toda la noche en retirada, como en efecto, se supo poco

despues, estaban en las montañas de la estancia de Chingora. Pasó

Orellana el rio con estas noticias, con intencion de cortar á los que se

hubiesen dirigido por Juliaca; pero no encontró ninguno que se lo

opusiese, antes bien, los indios del pueblo de Guaca y sus

inmediaciones, escarmentados ó temerosos por la funcion antecedente, se

presentaron pidiendo con humildad el perdon é indulto general de sus

vidas y haciendan, que se les concedió desde luego, sin inferirles

perjuicio alguno, y continuando sus marchas hasta Puno, entró felizmente

en esta villa, despues de haberse mantenido en la campaña doce dias, y

desde luego se repitieron á la Soberana Emperatriz de los cielos

solemnes gracias, por la cuidadosa proteccion que se dignó dispensar á

las armas de S.M., como que se reconocia por primera causa de aquellas

felicidades.

Resentidos los indios de las ventajas conseguidas por los que seguian

las reales banderas, y en continuacion de sus ideas sediciosas, no

omitian diligencia para reunir cuantas fuerzas les eran posibles, con

intento de atacar la villa de Puno, y quitado este estorbo, llevar sus

invasiones libremente á las demas provincias, y llegar hasta Oruro, que

ya se habia declarado abiertamente por el rebelde. Observaba Orellana

cuidadosamente sus movimientos, y certificado que no podia resistir al

enemigo en la campaña, determinó defenderse dentro de la villa, y

esperar en ella al enemigo. Para este logro, mandó sin pérdida de tiempo

abrir fosos, levantar trincheras en los puestos mas necesarios,

abastecióse de las municiones de guerra y boca, que permitia la escasez

en que se hallaba, y considerándose todavia muy inferior á los esfuerzos

de los rebeldes, reunió las fuerzas que tenia el Gobernador de Chucuito,

D. Ramon de Moya, quien se habia restituido por este tiempo á su

provincia, para obrar de concierto, ofensiva y defensivamente.

Verificado este intento, aun se halló no eran bastantes para resistir al

enemigo, y se determinó pedir refuerzos al Comandante y Junta de Real

Hacienda de la ciudad de la Paz, pero solo se logró la remesa de 10,000

pesos; porque el socorro de tropas fué derrotado en la marcha, por los

indios de Omasuyos y Larecaja. Confirmábanse de dia en dia las noticias,

de que un ejército de los rebeldes, compuesto de 18,000 indios y

engrosado por varias partidas de Atuncolla, Vilque y Totorani, se

hallaba ya en el pueblo de Juliaca, distante solo nueve leguas de Puno,

á las órdenes del mestizo teniente general, nombrado por el rebelde,

Ramon Ponce, y los coroneles, Pedro Bargas y Andres Ingaricona, quienes

dejaban derramada por todas partes la sangre española, sin distincion de

sexos ni edades, pues á cuantos animaba alguna parte de ellas eran

víctimas de su crueldad y furor. En efecto el dia 10 de Marzo de 1730, á

las 11 de la mañana, se presentaron en las alturas inmediatas á Puno con

grande voceria y estrépito de tambores y clarines, que alternaban con

salvas de fusileria, para autorizar las nuevas banderas que tremolaban,

en tanto se iba estendiendo aquella multitud por los montes, que

circundaban la poblacion, de modo que ocupaban una estencion de

tres leguas.

Se habia cubierto anticipadamcnte con los indios fieles que se

distinguen por Mañazos, á las órdenes de su cacique D. Anselmo Bastirra,

el cerro elevado, que vulgarmente se llama _del Azogue_. Incomodaba

mucho á los enemigos la posesion de este sitio, y le atacaron

inmediatamente con tal impetu, que á poco rato fué preciso acudir con el

socorro que pedian los defensores, mandando marchar las cuatro compañias

de caballeria, con órden de hacer solo el ademan de querer subir hasta

la cumbre, por si los rebeldes, al advertir este movimiento, acudian á

defenderse, y desistian del ataque. Y sin duda se hubiera logrado el

intento, si la tropa se hubiese sugetado á la obediencia: pero lejos de

esto, repechó hacia la cumbre inmediata, y trabó combate con los

enemigos, que por instantes aumentaban el número, y de esta suerte se

acaloró tanto la accion, que los mismos que iban al socorro de los otros

le pidieron á poco rato. Se hacia sensible este accidente por la falta

que podia hacer para la defensa del pueblo: pero sin embargo se envió

una compañia de fusileros con el capitan D. Santiago Vial, únicamente

para sostener la retirada de la caballeria, la que se consiguió

felizmente, cubriendo esta operacion con el fuego del fusil, de cuyas

resultas tuvieron los contrarios 30 muertos y muchos heridos, y de los

nuestros solo lo fueron levemente D. José Antonio Castilla, cacique de

Pomata, y un soldado de su compañia.

Mantuviéronse los rebeldes sin hacer movimiento lo poco que quedaba de

aquel dia y toda la noche siguiente, poro fué insufrible su algazara.

Por nuestra parte se doblaron las guardias y centinelas, se nombraron

piquetes de caballeria y algunos lanceros á pié, para que se mantuviesen

en continua vigilancia al rededor de la villa, así para evitar algun

incendio, como para que con la mayor precaucion y silencio se

adelantasen cuanto les fuese posible á observar los movimientos del

enemigo, tornando despues cuantas providencias eran necesarias para no

ser sorprendidos. A cuyo tiempo rompieron el ataque del Cerro del

Azogue, y reconociendo era muy dificultoso defenderle, se mandó

abandonar, é inmediatamente le ocupó el enemigo, que parece no esperaba

mas que posesionarse de él para comenzar el ataque del pueblo, porque á

las diez de la mañana del dia siguiente se puso en movimiento con ademan

de bajar de las eminencias, haciendo jactanciosa ostentacion de su

multitud, con extenderse por las faldas de los montes que se presentaban

á la vista. Adelantáronse algunos á prender fuego á los ranchos que

estaban poco distantes de la poblacion, abrigados y sostenidos de

algunos fusiles que disparaban contra la guarnicion, y ofendian hasta la

plaza mayor; pero se evitó, colocando en una de las torres de la matriz

seis fusileros para que hiciesen fuego sobre ellos, y destacando hacia

el puesto de Orcopata un piquete de los mismos con una compañia de

caballeria, que no solo lograron ahuyentarlos, sino tambien embarazar

cortasen el camino real de Chucuito, como lo intentaban.

A vista de estos sucesos, se adelantaron los indios con todo su grueso,

hasta las faldas y pié de la montaña de Queroni; de suerte que no

dejaron libre á la villa otro frente que el que descubre la laguna por

la parte superior inmediata al Cerro del Azogue. Incendiaron algunos

ranchos, poco distantes de la iglesia de San Juan, se apoderaron del

arrabal de Guansapata, rechazaron á los indios fieles Mañazos que lo

defendian, y finalmente pusieron una de sus banderas sobre un peñasco

muy inmediato á la poblacion, en cuya mayor altura habia una cruz. En

esta crítica situacion, se mandó á los tenientes de fusileros de las

milicias de Puno, D. Martin Sea y D. Evaristo Franco, que con sus

respectivos piquetes acometiesen bruscamente á los enemigos en el parage

donde habian colocado la bandera, lo que egecutaron con mucho riesgo;

pero ayudados del vivo fuego que les hicieron, lograron rechazarlos en

breve rato de aquel puesto: y para que los nuestros le mantuviesen

contra los nuevos refuerzos y socorros que les oponian los contrarios,

fué preciso destacar al capitan D. Santiago Vial, con otro piquete de

fusileros, á fin de que los reforzase; con lo cual no solo contuvieron á

los indios, sino que los apartaron á una considerable distancia,

quedando dueños de una situacion tan importante. Logróse el mismo objeto

por la parte del Cerro de San José, donde tambien fueron rechazados los

rebeldes por el alferez D. Juan Cáceres, que los acometió con la

compañia de caballeria de Pomata, otra de ronderos de Chucuito, y

abrigado del fuego de los fusileros, apostados en la torre de la

iglesia. Las compañias de caballeria de Puno, y la de Tiquillaca,

mandadas por D. Andres Calisaya, cacique de este segundo pueblo, con

otras de las de Chucuito, se opusieron á los que intentaban atacar por

la parte del Cerro de Queroni, pero nunca trabaron el combate, porque

acometidos huian hasta las faldas de la montaña, y bajaban cuando los

nuestros se retiraban. Por lo que se dispuso que el capitan D. Juan

Asencio Monasterio, con el ayudante D. Francisco del Castillo, y algunos

otros oficiales de otras provincias, incorporadas con la compañia de

fusileros, avanzasen apoyados de la caballeria, como lo egecutaron

felizmente, haciendo retroceder al enemigo hasta las montañas, de cuyas

resultas quedó el pueblo libre por todas partes. Duró la funcion hasta

las seis de la tarde: en ella acometieron los enemigos repetidas veces

con todas sus fuerzas, que como queda dicho pasaban de 18,000

combatientes, y las nuestras solo llegaban á 1,400. El número fijo de

los muertos que tuvieron, no se pudo indagar, porque cuidaban de

retirarlos prontamente: pero atendiendo al vivo y continuado fuego que

sufrieron, se puede creer fueron muchos, y mayor número el de los

heridos. De los nuestros salió herido el Gobernador de Chucuito de un

bala de fusil, que le atravesó el muslo izquierdo, y el mismo Orellana

se dislocó un pié de una caida de caballo, cuya incomodidad reparó

brevemente, y continuó la accion. Otros oficiales y soldados fueron

tambien heridos, y algunos de ellos peligrosamente, pero se terminaron

con felicidad las resultas de sus heridas.

Por la noche se doblaron los cuidados y precauciones de seguridad para

evitar una sorpresa; pero los rebeldes abandonaron el sitio y dejaron

solo un trozo que disimulase su retirada: para cohonestar mejor su

verdadera intencion, los que se mantenian á la vista usaron la cautela

de hacer algunas proposiciones á los eclesiásticos que se pusieron á su

inmediacion para parlamentarlos, pidiéndoles de nuevo se le entregase la

persona del corregidor Orellana, y se publicase el bando que remitieron,

mandado observar por el traidor José Gabriel Tupac-Amaru, entreteniendo

parte de la mañana siguiente con estas y otras estratagemas, algo mas

sutiles y advertidas, que lo que regularmente se cree de una nacion

reputada por humilde y poco instruida, hasta que desaparecieron todos en

busca de los primeros que desistieron del empeño. Reconocióse entonces

era cierta su entera retirada, y no dudando irian en mucho desórden, se

dispuso quedasen en la villa las compañias que se estimaron necesarias

para su resguardo, y el resto de las tropas salió en su alcance, á las

órdenes del Coronel de milicias de Chucuito, D. Nicolas de Mendiolaza,

para que les picase la retaguardia, con la prevencion de no empeñarse

demasiado con los enemigos. Logró alcanzarlos á legua y media de

distancia, en una montaña no muy elevada, á la izquierda del camino

real del Cuzco. Al instante que estuvieron inmediatos, los primeros se

apearon, y sin esperar se les uniesen los demas, principiaron el fuego

contra algunos indios, que separados del grueso de su ejército ocupaban

y defendian una corta eminencia de piedra, de donde fueron rechazados al

instante, y pasaron á reunirse con los demas, en lo mas alto del cerro,

que era donde tenian sus cargas. Allí se renovó el combate, con

increible obstinacion y bizarria de una y otra parte, porque separados

los fusileros, segun creian mas convenientes para divertir á los

contrarios, causaban mucho estrago en ellos, que tambien se defendian

con denuedo y constancia. No obstante pudo haberse logrado una accion

gloriosa, si las compañias de caballeria hubieran imitado á los pocos de

la vanguardia que peleaban con intrepidez y arrojo: pero á pesar de la

celosa actividad con que procuró llevarlas al combate su Comandante

Mendiolaza, no pudo reducirlas con la persuasion ni el ejemplo que les

dió, poniendose á la cabeza de ellas, haciendo fuego él mismo á los

enemigos, en medio de un torbellino de piedras, que le arrojaban con sus

hondas desde muy corta distancia: y viendo que nada bastaba, desistió

del intento que se habia propuesto, de mantenerse en aquel sitio hasta

el dia siguiente, para continuar el ataque, y mandó tocar la llamada

para retirarse á Puno, como lo efectuó. Pero la misma inobediencia de

las tropas causó el desórden, y que pereciesen en la funcion y retirada

seis de los nuestros: bien que los enemigos compraron á mucho precio

esta ventaja, porque tuvieron mayor número de muertos y heridos, por

haber sufrido mas de dos horas un fuego muy vivo que les hizo la

fusileria.

Aunque se logró rechazar á los rebeldes en Puno, la confianza que

fundaron en la inutilidad con que se dirigian contra aquella villa los

indios de los pueblos por donde transitaron, ocasionó gravísimas

desgracias. En el pueblo de Coata exterminaron el propio dia á todos los

españoles y mestizos que pudieron haber á las manos, y lo propio

aconteció en el de Capachica. Por otra parte, los pueblos de Yunguyo,

Desaguadero y Cepita de la provincia de Chucuito, se declararon por el

partido de rebelion y se unieron á los de la provincia de Pacajes,

impidiendo pasase un extraordinario, despachado por Orellana al

Comandante de la Paz, en que le pedia nombrase un sugeto capaz de

mantener y defender aquel puesto que ya consideraba preciso, en atencion

á que de resultas de la caida del caballo estaba imposibilitado de

continuar tan importante objeto: y en consideracion á que habia sido

infructuosa aquella diligencia, no pensó en otra cosa que en prevenirse

para hacer menores los daños que esperaba, y resistir las invasiones que

repitiesen los insurgentes. Asimismo el Gobernador de Chucuito, luego

que supo la alteracion de los primeros pueblos de su provincia,

solicitaba los medios de sosegarla, y habiéndose tratado en junta, de

guerra los que parecian mas oportuno, se propuso remitir gente armada

para contener aquellos movimientos, á que no asintió Orellana por la

consideracion de que, siendo dimanados de la misma causa que los demas,

era indispensable que toda la provincia se conmoviese, y por

consiguiente quedase encerrado el destacamento en el centro de ella:

como efectivamente le sucedió al que, por órden particular de su

Gobernador, se despachó á las del cacique de Pomata, D. José Toribio

Castilla, que fué sacrificado con 25 hombres que le acompañaban en su

mismo pueblo; ocasion que aprovecharon los vecinos para declararse á

cara descubierta por el rebelde.

Relación historica de los sucesos de la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru en las provincias del Peru, el año de 1780 · 第 10 / 13 段