Con este aviso se destinaron 80 fusileros, para que castigasen aquel

atrevimiento, á la verdad no esperado, á vista de todo el ejército, y

mandado suspender la marcha, retrocedió el mismo General con el

regimiento de caballeria del Cuzco, para rodear al monte por su falda, é

impedir escapase ninguno de aquellos atrevidos sediciosos. Pero ellos,

lejos de intimidarse con la inmediacion de las tropas que se dirigian al

ataque, se mantuvieron obstinados, sin pensar mas que en morir ó

defender el puesto, que ocupaban con la mayor intrepidez y osadia,

favorecidos de ambas piedras muy altas, que los ponian á cubierto, sin

hacer caso de las ofertas del perdon, que les hacia un oficial de las

tropas de Cotabamba, á quien con furor respondian, que antes querian

morir que ser indultados. Enardecidas las tropas de esta bárbara

resolucion, los atacaron con el mayor ardor, y ellos fueron cediendo

hasta la cresta del monte, donde considerando ya era imposible escapar

de las manos de sus contrarios, eligieron muchos el desesperado partido

de despeñarse, precipitándose desde una altura de mas de 200 varas, para

hacerse pedazos antes que rendirse, y los restantes buscaron por asilo

los cóncavos de las peñas, desde donde hacian los últimos esfuerzos para

la defensa, sin hacer el menor aprecio de las repetidas voces que les

gritaban nuestros soldados, ofreciéndoles de nuevo el perdon,

compadecidos de la situacion en que se hallaban. Pero nada fué bastante

á disminuir aquella ferocidad, y fué preciso que algunos de los nuestros

con evidente peligro de sus vidas los buscasen, para sacarlos de las

profundas cuevas en que se habian metido, donde se dejaron hacer

pedazos, antes que entregarse: y hubo rebelde, que ganando el tercio del

fusil al soldado que lo perseguia, forcejeó atrevidamente con intencion

de despeñarle, y lo hubiera conseguido por lo escarpado del terreno, si

no lo socorriese prontamente un compañero suyo. De este modo siguieron

la defensa, hasta que murieron todos los que tuvieron la temeridad de

emprenderla: cuyo hecho se hará muy dudoso, á cuantos por las distancia

ó por el equivocado concepto en que habian tenido hasta ahora á los

indios del Perú, no puedan hacer un cabal juicio del valor con que

despreciaron sus vidas, por sostener tan terrible sedicion.

Se iba ya acercando el ejército á las inmediaciones de la villa de Puno,

y para tener noticias positivas de su situacion, determinó el Comandante

General despachar un propio á D. Joaquin Antonio de Orellana, que

mandaba en ella, y entre otras prevenciones, le decia, iba á toda

diligencia á socorrerle con fuerzas poderosas, y que le adelantase las

noticias del estado en que se hallaba el pueblo de Juliaca. Pero en

seguida de la marcha entró en él, y no halló la respuesta, que no

recibió hasta por la noche, cuando estaba ya acampado á seis leguas de

distancia; donde llegó un oficial de la guarnicion de aquella villa, con

la respuesta de su comandante, en que participaba hallarse sitiado

todavia por 12,000 indios, que seguian las banderas de Tupac-Catari,

quienes los combatian con el mayor teson, y que sus tropas se hallaban

cansadas por los repetidos asaltos que habian sufrido y rechazado. Que

habia temido por instantes perecer con todos sus soldados y vecinos, á

manos de los sitiadores, porque habian hecho empeño de rendirlos por la

fuerza ó por el hambre: pero que habian cobrado nuevo aliento, y tenido

el mayor consuelo con la noticia de la proximidad de las tropas del Rey;

manifestándolo desde luego con la demostracion de dar las debidas

gracias al Todo Poderoso, por una felicidad que no esperaban,

anunciándola á los rebeldes con un repique de campanas y repetidas

salvas de la artilleria y luminarias. Pero que estos, lejos de sentir

aquel accidente, impuestos de la novedad por un indio desertor, habian

hecho iguales demostraciones de júbilo, con sus cajas, bocinas y

repetidas algazaras, voceando á los sitiados, que el ejército del Rey

que acababa de llegar, y venia mandado por el Visitador General de estos

reinos, D. José Antonio Areche, iba en su favor á castigarlos, por los

muchos indios que habian muerto, y que luego verificarian que José

Gabriel Tupac-Amaru habia procedido en virtud de órden de S.M., cuyas

espresiones eran solo el efecto de la sagaz política con que el caudillo

Tupac-Catari y sus capitanes los tenian seducidos y engañados.

Hizo ánimo el General de pasar aquella noche dos leguas de Puno, con el

fin de presentarse á su vista al siguiente dia muy temprano, y tener el

tiempo suficiente para la operacion que conviniese practicar, y tomar

las disposiciones que fuesen necesarias: pero á las dos de la tarde tuvo

aviso que los rebeldes la habian asaltado de nuevo, con intento de pasar

á cuchillo á todos sus defensores, antes que recibiese el socorro que

esperaba. Aceleróse la marcha, y á las 4 de la tarde se halló el

ejército en frente de la villa, y vió el General acreditado cuanto le

habian informado. Con la presencia de las tropas del Rey suspendieron

los enemigos al momento la accion, retirándose á un monte inmediato,

bastante elevado, y el ejército campó en su falda por ser ya tarde, y

hallarse los soldados muy fatigados de la marcha, con resolucion de

atacarlos la mañana siguiente: á cuyo fin se le previno á Orellana, que

en el momento que observase empezaba el ataque, hiciese una salida con

la guarnicion, para cortarles la retirada. Cuando se estaban tomando

todas las disposiciones para verificarlo, llegó al campamento el

corregidor Orellana, acompañado de muchos oficiales, y llenos de gozo

refirieron, que los rebeldes habian desamparado aquella noche su

situacion, y que segun se reconocia, se habian dividido en varios

trozos, siguiendo cada uno distinta direccion.

Manifestaron con las mayores demostraciones de alegria su

agradecimiento, y aseguraron se habrian retirado y abandonado el pueblo,

si el corregidor de Arequipa, Baltasar Semanat, les hubiese dado el

auxilio que le habian pedido, para conseguirlo sin el riesgo de ser

interceptados. Se presentó tambien el presbítero D. Casimiro Rios,

natural de Puno, que fué preso por los rebeldes en el camino de

Arequipa, aprovechando para su fuga la precipitacion con que los

sediciosos se habian retirado. Este informó, que mandaba el ejército de

los rebeldes un indio llamado Andres Guara, como general de Catari,

quien para persuadir á sus súbditos que su fuga no dimanaba de la

presencia de las tropas españolas, les hizo creer levantaba el campo por

hallarse muy enfermo, con el fin de irse á curar á su patria.

De este modo se libertaron los constantes vecinos defensores de la villa

de Puno, que por tanto tiempo habian sufrido un obstinado sitio,

rechazando los ataques de los rebeldes de ambos partidos; esto es, de

los que hostilizaban por la parte de Chucuito, que obedecian á Julian

Apasa, apellidado Tupac-Catari, bajo el título de virey de Tupac-Amaru;

y por la otra de los esfuerzos de los indios de las provincias de

Azangaro, Lampa y Carabaya, que bajo las órdenes de diferentes

caudillos, y aun de las de Diego Cristóval Tupac-Amaru, procuraron con

la mal obstinada constancia rendir aquella villa y sacrificar á su furor

las vidas de todos sus habitantes, á cuyo empeño les estimulaba la

consideracion, de que quitada esta barrera, quedaban enteramente á su

disposicion todos aquellos dilatados dominios, y que en ellos no estaba

ya por el Rey otra ciudad que la de la Paz, que consideraban tambien en

sus manos, siempre que pudiesen reunir las fuerzas y dedicarse á su

espugnacion con empeño, como lo habian ya principiado: graduando aquella

empresa, la única que les faltaba para afianzar su tirano dominio en

todas las provincias de la Sierra, como se verá mas adelante, porque

ahora se hace preciso retroceder algunos pasos para tomar desde su

orígen el sitio de Puno, y los motivos que obligaron á su corregidor, D.

Antonio de Orellana, á formar el proyecto de resistir á los rebeldes en

aquel pequeño recinto: resolucion que justamente merece se traslade á la

posteridad, á fin que la constancia, fidelidad y espíritu de este

vasallo, y de los demas que le acompañaron, sirvan de estímulo para

imitar una accion que es tanto mas admirable, cuanto en él no concurrian

ni el menor conocimiento, ni los principios del arte de la guerra.

Divulgado el atroz atentado cometido por José Gabriel Tupac-Amaru con su

corregidor, D. Antonio Arriaga, que las provincias de Cailloma y

Chumbilvicas desde luego le habian prestado la obediencia, y que

intentaba apoderarse de las otras, el de la de Lampa, D. Vicente Ore,

deseoso de ahogar en sus principios el violento incendio de rebelion que

comenzaba á experimentarse, como mas cercano á la de Tinta, libró los

correspondientes exhortos á los corregidores de Azangaro, Carabaya,

Puno, Chucuito, Arequipa y la Paz, para que le socorriesen, con el

intento de hacer todos los esfuerzos que le fuesen posibles, y

desvanecer las ideas del rebelde. Reunidas, pues, la fuerzas en la

capital de Lampa, y nombrado por comandante de todas ellas D. Francisco

Dávila, oficial que habia sido de marina, se deliberó que D. Antonio de

Orellana marchase con su gente al pueblo de Ayabirí, para reforzar aquel

importante puesto que se reputaba como frontera: pero á las dos jornadas

recibió órden de retroceder, juntamente con 100 hombres mas que conducia

á sus órdenes, como efectivamente lo verificó, restituyéndose otra vez á

Lampa. Al propio tiempo se libró la misma providencia al Coronel de

milicias de Azangaro, y al Teniente Coronel de las de Lampa, que le

ocupaban con algunas tropas de sus respectivas provincias: pero estos

representaron, exponiendo algunas consideraciones que acreditaban su

dictámen de mantenerse en él. Sin embargo de lo expuesto por aquellos

oficiales, comprendiendo que era absolutamente necesario reunir las

fuerzas en un punto para obrar de concierto, y con el debido

conocimiento de ellas, se les repitió la órden para que sin pérdida de

tiempo practicasen lo que anteriormente se les habia mandado pero cuando

la recibieron estaba ya tan cerca el enemigo, que no pudieron verificar

su retirada sin confusion, cayendo muchos en manos del rebelde, y

juntándosele otros, ya fuese con la vil idea de seguir sus infames

banderan, ó por asegurar sus máximas, fiados en las ofertas que habia

publicado.

Este suceso consternó no poco los ánimos, y se determinó juntar un

consejo de guerra, para resolver lo que se habia de egecutar, atendida

la situacion en que se hallaban, y las ventajas conseguidas por el

rebelde en Sangarara y otros parajes, y á que tambien habian caido en

sus manos en Ayabirí, la mayor parle de la pólvora y balas que se habian

acopiado para la defensa. El Coronel y Teniente Coronel del regimiento

de las milicias de caballeria de Lampa hicieron tambien presente en

aquella ocasion, que sus milicianos eran igualmente sospechosos, por el

efecto que habia causado en sus corazones el artificioso atractivo de

las promesas del usurpador; y atendidas todas estas circunstancias, se

tomó el partido de retirarse al pueblo de Cavanillas lo que tampoco se

practicó, á causa que las referidas milicias no quisieron reunirse, ya

fuese por los motivos espresados, ó porque, poseidas del temor,

repugnaron obedecer aquella disposicion, y solo la pusieron en práctica

las de Paucarcolla y Chucuito, dirigidas por sus corregidores, Orellana

y Moya, que llegaron con los de Lampa, Azangaro y Carabaya al pueblo

indicado, desde donde salieron los tres últimos para la ciudad de

Arequipa, en solicitud del auxilio que de antemano habia pedido Ore, y

los dos primeros volvieron á ocupar sus respectivas provincias, con las

tropas milicianas de ellas, donde permanecieron algun tiempo con la

resolucion de defenderse: pero sabiendo que Tupac-Amaru se hallaba en la

capital de Lampa, receloso el de Chucuito de los movimientos de sus

provincianos, que estaban ya muy inquietos, se retiró á Arequipa, y aun

Orellana. Hostigado de los clamores de los vecinos, que deseaban poner á

salvo sus vidas y haciendas, se vió precisado á buscar un seguro asilo,

á 12 leguas de distancia de aquella villa, y esperar con menos

sobresalto el socorro que tenia pedido, acompañado solamente de los

pocos que estuvieron enteramente determinados á seguirle, quitando por

este medio la ocasion de que aquellas provincias intentasen tal vez

redimir sus intereses del indulto que recelaban, con el atentado de

arrestar su persona, para entregarla despues al caudillo de la rebelion,

como lo solicitaba.

Verificó su determinacion el 11 de Diciembre de 1780, despues de haberse

divulgado por cierto, que José Gabriel habia pasado por Lampa, y que con

su ejército se encaminaba á largas jornadas hácia Puno. Mandó antes de

ponerla en práctica, juntar todos los vecinos que se quedaban, y

animando sus espresiones cuanto pudo, les exhortó con viveza á que

conservasen la mayor fidelidad á nuestro legítimo Soberano, y que se

precaviesen de la sedicion y engaños del tirano: y dejando asegurada las

pocas armas que tenia, para que no se apoderase de ellas el enemigo,

marchó sin pérdida de tiempo hácia la Sierra, donde se mantuvo, hasta

que adquirió noticia, de que despues de cometidos muchos estragos é

infamias en la próvida de Lampa, y dejado secretamente la órden á sus

propios provincianos, para que lo prendiesen y se lo entregasen, habia

retrocedido inopinadamente hacia las provincias del vireinato de Lima,

con las tropas que le seguian, reflexionando serian otros graves y

semejantes motivos, los que retardaban el socorro que habia pedido á los

corregidores de la Paz y Arequipa: y para restablecer en la debida

obediencia las nueve provincias que habian abrazado el infame partido

del rebelde, determinó pasar en persona á Arequipa, para acalorar las

instancias, á fin de que se le auxiliase como lo habia pedido.

Las órdenes superiores de los gefes de aquel vireinato, cuya atencion

llamaban las operaciones y aprestos que se prevenian en el Cuzco,

frustraron la solicitud de Orellana, y D. Baltazar Semanat, corregidor

de Arequipa, se negó enteramente á sus instancias y pretensiones. Estas

dificultades y embarazos encendieron el corazon de Orellana, y resuelto

á seguir la propia suerte que tuviesen los moradores de la villa de

Pune, volvió á ella lleno de constancia, decidido á defenderla hasta el

último término. Llegó el 1.° de Enero de 1781, siendo el primer

corregidor que se restituyó á su provincia, despues de haberla

desamparado, y sin pérdida de tiempo, hecho cargo que las demas estaban

acéfalas, advirtió algunas providencias que le parecieron oportunas para

la defensa y conservacion de sus súbditos, y de sí mismo. Se aplicó

desde luego á disciplinar sus milicias, adiestrándolas en el manejo de

las armas de fuego, pensando por entonces únicamente en sostenerse,

hasta que pudiese verificar su reunion con el Comandante de la Paz, que

debia salir á la cabeza de un cuerpo de tropas, para penetrar en

aquellas provincias, y sosegarlas.

Consultó á este Comandante el sueldo diario que debia dar á sus

soldados, pero la respuesta no fué decisiva, porque se remitia á la que

el aguardaba sobre los puntos que tenia consultados anticipadamente; y

en tanto se trataba del método que debia seguir, tuvo noticias ciertas

de que el rebelde venia ya marchando por la provincia de Lampa. La

estrechez del tiempo, y necesidad de obrar en que le puso esta novedad,

le hizo concebir que ya le era indispensable juntar y reunir el mayor

número de tropas que fuese posible, para esperarle y defender aquella

villa, en caso de que intentase atacarla: y poniendo en práctica este

designio con la mayor prontitud, echó mano de las cantidades producidas

por reales tributos, y señaló un moderado sueldo á sus oficiales y

soldados. Despachó nuevo extraordinario al Comandante de la Paz,

pidiéndole algun socorro de gente, armas y pertrechos de guerra, con que

poder sostener con seguridad su resolucion, pero solo consiguió le

respondiese, que en atencion á que todavia no habian llegado á sus manos

las instrucciones que aguardaba, no podia salir de aquella ciudad, ni

proporcionarle otra especie de socorro, que el de que se auxiliase de

las vecinas provincias, ó se retirase del modo mas conveniente, en caso

de que sus faenas no fuesen suficientes para mantener la provincia y

honor de las armas del Soberano.

Hallábame entonces las provincias inmediatas de Lampa, Azangaro y

Carabaya envueltas en dolorosa confusion, por los desórdenes, robos y

muertes, que cometian en ellas los comisionados de José Gabriel

Tupac-Amaru, tratándolas con inaudita crueldad, y valiéndose de cuantos

medios les dictaba su tirania para engrosar su partido, no solo

reclutando los indios, sino tambien recogiendo ganados para su

subsistencia, y usurpando los reales tributos, como lo egecutaba de su

órden D. Blas Pacoricona, cacique del pueblo de Calapuja, á fin de

reforzar el ejército del tirano que se hallaba sobre la ciudad del

Cuzco. Asegurábase tambien por otra parte, que estos mismos comisionados

intentaban atacar la villa de Puno, y seguir á la espugnacion de la

inmediata ciudad de Chucuito, para apoderarse de mas de 300 quintales de

azogue, que habia en aquellas cajas reales para el fomento de los

minerales inmediatos. Todas estas circunstancias agitaban el corazon de

Orellana, pero al propio tiempo le afirmaban en su determinacion,

deseoso de evitar tan lamentables y extraordinarios males. Lleno, pues,

de estos pensamientos, y de amor y celo por los intereses de S.M., no

dudó un instante sacrificarse en su servicio. Con este designio libró

las órdenes para que se aprontase toda su gente, incluso alguna de otras

provincias, que buscaron su seguridad amparándose en la suya, y pasada

la revista se halló consistian todas sus fuerzas en 130 fusileros, 390

lanceros de á pié, y 140 de á caballo, 84 hombres armados con sables y

80 únicamente con palos y hondas, cuyo total componia el de 824 hombres.

Verificadas estas primeras diligencias, y completo el número de lanzas

que habia mandado hacer en su misma provincia, como tambien preparadas

las demas cosas que parecian indispensables siguió la prudente conducta

de juntar todos aquellos que componian la parte mas principal de las

milicias, y á los curas y sacerdotes, á quienes manifestó su pensamiento

de salir en busca de los traidores que asolaban las provincias

inmediatas y particularmente la de Lampa. Dióles noticias de las armas,

municiones y tropas milicianas que ya tenia á sus órdenes, representóles

los beneficios y ventajas que podian esperarse para el resguardo de

aquella provincia, y recuperacion de otras, si el Cielo se dignaba

bendecir y prosperar sus sanos designios, y concluyó rogándoles le

diesen su dictámen, y le representasen todos los inconvenientes que

considerasen justos, para variarla en caso que fuese preciso. Todos

conformes y gustosos adhirieron á sus ideas y aprobaron la determinacion

que les habia manifestado, ofreciendo sacrificar sus vidas en la justa

defensa de la patria; por lo que, aprovechándose de la buena

disposicion en que todos se hallaban de salir á campaña, dió las órdenes

para la marcha, y á pesar de las incomodidades que ofrecia la estacion

rigorosa de las aguas, verificó la salida de la villa de Puno, el dia 7

de Febrero de 1781, sin detenerse en lo crecido de los rios, que

opusieron no cortas dificultades á su paso el siguiente dia, entre los

pueblos de Paucarcolla Caracoto, en cuyo puesto acabó de certificarse

era cierto que los comisionado de Tupac-Amaru recorrian las poblaciones,

divididos en tres trozos, y que el primero estaba situado en las

inmediaciones de Saman, Taraco y Pusi. Desde luego determinó dirigirse á

sorprenderlo, y siguió, sus marchas hasta el rio de Juliaca, que mandó

vadear por toda la caballeria, con ánimo de atacar á los rebeldes

improvisamente; pero lo suspendió, por haberle avisado el cura de

Taraco, que los indios estaban pasando el rio de Saman, que distaba seis

leguas. Con este aviso se dirigió á el con 24 fusileros y 60 lanceros:

pero cuando llegó ya habian pasado precipitadamente con la noticia que

adquirieron de que estaba en Juliaca. Sin detenerse un instante mandó

embarcar los pocos soldados que llevaba, y á las dos de la mañana llegó

á acabar de pasar aquel rio caudaloso, é inmediatamente fué en busca de

los enemigos, que favorecidos de la obscuridad de la noche, se habian

retirado á mayor distancia. Siguió la marcha á pié como cinco leguas,

porque no pudo pasar las mulas y caballos, y de esta conformidad alcanzó

un trozo de 52 rebeldes á las 6 de la mañana, á quienes intimó le

entregasen al cruel Nicolas Sanca, que con título de Coronel de

Tupac-Amaru, ocasionaba aquellos alborotos: pero ellos contestaron con

oprobios, llamándoles alzados y rebeldes, y seguidamente acometieron

furiosos: atrevimiento que pagaron, quedando muertos todos los que le

emprendieron.

Entre los papeles que se le encontraron, habia algunos autos originales

y en testimonio, de lo que habia librado el traidor Tupac-Amaru,

dirigidos á apresurar el alistamiento que necesitaba, en que prevenia se

castigase á los párrocos y demas eclesiásticos que se opusiesen á sus

órdenes: y se halló tambien una carta de un alcalde, que citaba al

justicia mayor de la provincia de Azangaro, puesto por el rebelde, para

que reunidos en la estancia de Chingora, con Andres Ingaricona,

comisionado asimismo para juntar los indios de los pueblos de Achaya,

Nicasio y Calapuja, todos incorporados con el mencionado Nicolas Sanca,

acometiesen al cuerpo de tropas de Orellana, al tiempo de pasar el rio

de Juliaca: novedad que le hizo retroceder inmediatamente en busca del

resto de sus tropas que encontró habian ya pasado el rio; y cuidadoso de

aquella reunion, se propuso estorbarla á toda costa. Con este designio

dirigió su marcha hacia el pueblo de Lampa por Calapuja, obligándole á

seguir esta ruta los clamores de una muger, que le representó las

muchas violencias que sufrian en aquel pueblo, por una partida de 300

indios, gobernados por Ingaricona. Pero, por mas diligencias que

practicó, no pudo por entonces descubrir, ni la situacion, ni el

paradero de los indios rebeldes, y resolvió pasar la noche en las

llanuras de Surpo, en cuyo campamento logró se lo declarase una espia,

despues de haberle mandado castigar con algunos azotes, el que confesó

se hallaban situados en la cima de la montaña, llamada Catacora. Sin

esperar mas noticia, se puso en movimiento para buscar al enemigo, y á

poco rato descubrió que ocupaba la eminencia, haciendo ostentacion de

sus banderas, que tremolaban incesantemente: demostracion que

acompañaban de una continuada y confusa griteria, pero no tardaron en

desamparar aquel puesto, para subir á otro mas eminente, donde se

hallaba el grueso de sus tropas.

Relación historica de los sucesos de la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru en las provincias del Peru, el año de 1780 · 第 9 / 13 段