Retirados los indios con este escarmiento á sus pueblos; estancias,

empezaron á convocar desde ellas á los de las demas provincias

inmediatas, atrayéndolos con la plata robada en el saqueo de Oruro.

Ocuparon los caminos para impedir la internacion de víveres, quitando la

vida á los conductores, y aprovechándose de cuanto conducian: de suerte

que aquellos vecinos se vieron reducidos á sufrir las mayores

necesidades. Todas las noches se tocaba entredicho, por los repetidos

avisos de que entraban los indios á destruir la villa, ocasion que

aprovechaban los cholos para continuar robando cuanto podian, hasta el

18 de Marzo, en que se verificó; amaneciendo en las cimas de los Cerros

de San Felipe y la Tetilla de 6,000 á 7,000. Salieron á combatirlos,

mataron á pocos, y hubo algunos heridos de parte de los Orureños que

bajaron, perdida la esperanza de superar las alturas que estaban

ocupadas, aumentándose la consternacion, así como iba reforzándose el

partido de los indios, con varias partidas que llegaban por instantes, y

se colocaban en el Cerro de San Pedro. Presentaron de nuevo la batalla,

que admitieron los vecinos: pero apenas se empezó el ataque, volvieron á

ocupar las eminencias, excepto 14, que fueron muertos con unos de sus

capitanes, cuya cabeza se enarboló en la punta de una lanza. A este

espectáculo cobraron nuevo esfuerzo, y olvidados del rencor contra los

europeos, por su propia conveniencia, pensaron en buscar los que habian

escapado, y estaban escondidos, para que ayudasen á la defensa, de cuya

comision se encargó D. Clemente Menacho, con toda su compañia, quien

aseguró á un religioso mercedario, podia sacar libremente á algunos que

sabia tenia en su celda, porque habia indulto general para ellos. En

efecto salieron del convento D. Antonio Goiburu, y D. Manuel Puche, que

fueron recibidos con brazos y demostraciones de buena fé, y

sucesivamente se determinaron á hacer lo mismo los que quedaban,

juntándose hasta 18 que tuvieron la felicidad de salvar sus vidas del

furor de la pasada conjuracion. Unidos con los criollos, y sabiendo que

los indios que habian ocupado los cerros inmediatos á Oruro, se

mantenian en el de Chosequirí, distante dos leguas, determinaron

seguirlos y atacarlos: en cuya accion, que duró todo el dia 19,

consiguieron matar 120, y derrotarlos enteramente: sintiendo desde aquel

dia los ventajosos efectos de este triunfo, porque los indios empezaron

á implorar el perdon, y ofrecieron entregar las cabezas que los habian

conmovido, como lo egecutaron despues, conduciendo á los caudillos de

los pueblos de Sorasora, Challacocho y Popó. D. Jacinto Rodriguez y

demas gefes de la milicia, acordaron con ellos un convenio, con la

condicion de que asistiesen á la villa con los víveres necesarios á la

subsistencia de su vecindario.

No causa menos dolor el estrago que la rebelion hizo en el pueblo de San

Pedro de Buena Vista, de la provincia de Chayanta, que, aunque tuvo la

fortuna de escarmentar el atrevimiento de los indios cuando altivos y

sobervios, lo asaltaron en los meses de Noviembre y Diciembre de 1780.

Impacientes de que resistiese su furor tan pequeña poblacion, mal

asistida de municiones de guerra y boca, volvieron con mayores fuerzas

por el mes de Febrero de 1781 á redoblar los ataques y los asaltos. El

cura, Dr. D. Isidoro José de Herrera, en quien en competencia se

admiraban con un gran juicio, una profunda sabiduria, y una acrisolada

fidelidad, exhortaba á sus feligreses á la mayor constancia, y á que no

manchasen su honor con el feo tizne de la deslealtad. Pudo este ejemplar

párroco evadir el riesgo con la fuga: pero hizo escrúpulo de conciencia

desamparar aquella afligida grey, que en ocasion tan apretada necesitaba

de su auxilio, y con una lijera esperanza de que su respeto y autoridad

podrian apagar aquella voraz llama, permaneció en el pueblo.

Con esta heróica resolucion enarboló por estandarte un Santo-Cristo, y

con tan sagrada efigie exhortaba á los españoles y reprendia á los

rebeldes: mas estos, despreciando aquellos divinos auxilios que les

franqueaba el Todo-Poderoso por mano de su ministro, repetian los golpes

con un diluvio de piedras; y aunque los nuestros por siete dias

continuos hicieron prodigios de valor y de constancia, no solo

rechazando los furiosos esfuerzos con que eran acometidos por aquella

canalla, sino hiriendo y matando á muchos, cediendo ya las fuerzas á la

obstinada porfia y número desigual de los contrarios, y hallándose

fatigados de la hambre y de la sed, con total falta de pólvora y balas,

y sin llegar el auxilio que repetidas veces habian pedido al Comandante

Militar y Audiencia de la Plata, distante solas 30 leguas, determinaron

por último remedio retirarse al templo, creyendo que el respeto debido á

la casa de Dios fuese la mas inespugnable fortaleza, que les salvase las

vidas. Pero ¡ó barbaridad inaudita! no fué así, pues con opróbio de la

misma racionalidad, y menosprecio del adorable Sacramento, de las

sagradas imágenes, y de toda la corte celestial, se convirtió el templo

en cueva de facinerosos, que con sacrílegas manos quitaron la vida al

cura y á cinco sacerdotes, pasando á cuchillo mas de 1,000 personas,

entre hombres, mugeres y criaturas, quedando el santuario convertido en

pielago de sangre inocente, y salpicados con ella los altares.

Esperimentóse la misma tragedia en el pueblo de Caracoto, provincia de

Sicasica, donde la sangre de los españoles, derramada en la iglesia,

llegó á cubrir los tobillos de los sacrilegos agresores: en el de

Tapacari provincia de Cochabamba tuvieron igual suerte los que la

habitaban: llegando la crueldad de los rebeldes á tanto exceso, que

quisieron enterrar vivas á las mugeres españolas, para lo que tenian ya

abierto un hoyo en la plaza, capaz de enterrarlas á todas. Ejercitaron

en este pueblo la crueldad hasta el estremo. Sacaron de la iglesia á un

español, que se habia acogido al altar mayor con seis hijos varones, le

arrastraron hasta su casa, le pusieron el cuchillo en las manos,

precisándole con crueles azotes, á que fuese verdugo de su propia

sangre, en presencia de la muger que se hallaba adelantada de su

embarazo. Resistíose el infeliz á esta bárbara egecucion, así por los

cariñosos ruegos de la madre, como por los tiernos sollozos de los

hijos, sin que bastase tan compasivo espectáculo á enternecer los

corazones empedernidos de aquellos tiranos, que se resolvieron degollar

al padre, y á los hijos á vista de la madre, por mas diligencias y

lágrimas que empleó para libertarlos, y habiendo abortado con el dolor y

susto, acudieron rabiosos á examinar el feto, y hallando que era varon,

le quitaron la vida, antes que espirase naturalmente.

En el de Palca, de la misma provincia de Cochabamba, cometieron las

mismas tiranias y sacrilégios, dando muerte á muchas personas de todos

sexos y edades, y al cura D. Gabriel Arnau, que acabó á golpes y

empellones al pié de la sagradas aras, teniendo en las manos el

Santísimo Sacramento del Altar, que quedó espuesto á la mas sacrílega

profanacion: y tomando una india la hostia consagrada, corria con ella

en las manos, diciendo: "mirad el engaño, que padecemos por estos

pícaros; esta torta la hizo el sacristan con la harina que yo conduje

del valle, y despues nos fingen que en ella está Dios sacramentado." Así

tambien en el pueblo de Arque fueron víctima de la sedicion todos los

vecinos españoles, establecidos en él y su quebrada. En ella asaltaron

al pueblo de Colcha, y egercitaron iguales crueldades, prendiendo á su

cura, el Dr. D. Martin Martinez de Tineo, que maneatado le condujeron en

medio del tumulto, donde fué herido de un garrotazo en la cabeza, porque

no quiso asentir á sus proposiciones, de que no les daria azotes, para

que aprendiesen la doctrina. Este eclesiástico se mantuvo con la mayor

entereza, á vista del peligro que le amenazaba: preguntándole si los

azotaria, les respondia, que sí, cuando diesen motivo, por no quererse

instruir en las obligaciones cristianas. Reproducianle los indios, que

solo les daria 20 ó 25 azotes: á que replicaba, que si cometian aquella

falta, los castigaria con los 50, como lo habia acostumbrado hasta

entonces, manteniéndose inflexible á estas y otras proposiciones que le

hacian, opuestas á su ministerio. Pero como su celo y arreglada

couducta, con las muchas limosnas que hacia, y los infinitos intereses

de obvenciones que continuamente los perdonaba, le hubiesen hecho muy

amado de todos, salvó la vida; y libre ya de sus opresores, pasó sin

pérdida de tiempo á la capital de la provincia, dondo entró bañado en su

propia sangre, y presentándose en la plaza mayor, sin haber hecho otra

diligencia, que ponerse en la herida una medida de Nuestra Señora de

Copacabana, rodeado de un numeroso concurso, exortó á los circunstantes,

diciendo: ¿Donde está la lealtad y religion de los Cochabambinos, que

no evita tantos daños y sacrilegios? Y enseñando la herida, decia:

"Mirad como se trata á los sacerdotes y ministros del santuario: no

creais en las vanas ofertas del traidor Tupac-Amaru, todos sereis

víctima de su tirana ambicion, porque su intento es derramar toda la

sangre española; buenos testigos son las crueldades egecutadas en Arque,

Tapacari, Palca y otros pueblos." Y repitiendo las mismas razones, dió

muchas vueltas por la plaza y calles de la villa, con lo que conmovió

los ánimos de aquellos cholos, que estaban vacilando en la fidelidad, y

anunciaban con pasquines y canciones, les faltaba poco para abrazar el

partido del rebelde, lo que daba fundados motivos para temer una

tragedia tan sangrienta, como semejante á la de Oruro, de que hubiera

resultado la pérdida inevitable de todo el reino; porque aquella

provincia tiene mas de 20,000 hombres de todas castas, que pasan por

españoles, capaces de manejar las armas, y tan valientes como

determinados.

Este celoso párroco fué el principal móvil para que los Cochabambinos se

arraigasen en la fidelidad, vinculando Dios por este medio en aquella

provincia el remedio de tan detestable sublevacion: porque no bien

comprendieron el altivo pensamiento de los rebeldes, de pasar á los

filos del cuchillo á todos los que no fuesen legítimamente indios,

cuando armados con solas lanzas y palos, salieron con denuedo, y les

hicieron conocer su esfuerzo. Estos valerosos provincianos se hicieron

el terror de los sediciosos, porque en los repetidos encuentros que

tuvieron, dejaron regadas las campañas con la sangre del enemigo,

debiéndose á su bizarria el haberlos contenido para que no repitiesen de

nuevo las inauditas crueldades que se experimentaron al principio de la

conmocion. Estos varones fuertes han dado á conocer que, disciplinados y

armados como corresponde, no tenian que envidiar á las tropas veteranas

mas aguerridas. Es verdad que se les ha notado poca obediencia y

demasiada inclinacion al pillage, pero estos defectos dimanaron por la

falta de disciplina y del mal egemplo que les dieron sus comandantes y

oficiales.

Conocida por el corregidor, D. Felix José de Villalobos, la buena

disposicion de los Cochabambinos, y asegurado de su fidelidad, dispuso

600 hombres, que á las órdenes de D. José de Ayarza, saliesen á conocer

los estragos que se experimentaban en su provincia. Se encaminó este

comandante por las quebradas de Arque en busca de los enemigos, que le

esperaron en las inmediaciones del pueblo de Colcha, fiados en su mayor

número, y en las ventajosas situaciones que ocupaban. Presentóles la

batalla, que admitieron audaces, haciéndoles una larga y obstinada

resistencia, hasta que derrotados y puestos en una vergonzosa

desordenada fuga, dejaron sembrados de cadáveres y despojos, á

disposicion del vencedor, los eminentes cerros que tenian por

inespugnables. Subido despues de la victoria el trágico suceso de Oruro,

dirigió sus marchas hasta aquella villa, donde entró, despreciando la

repugnancia que manifestaron los Rodriguez y sus parciales, haciendo

fijar en su puesto el escudo de armas del Soberano, que pocos dias antes

habia sido hollado, y tremolar las reales banderas por las calles y

plazas mas principales: y despues de haber permanecido tres dias en

aquel destino, dejó algunos víveres para alivio del vecindario, y se

retiró á Cochabamba; pero en Oruro se tuvo el atrevimiento de quitar

segunda vez las armas de S.M., luego que verificó su salida. A evitar

las crueldades de Tapacari se destinó otro cuerpo de tropas de igual

fuerza, que despues de haber combatido á los rebeldes, salvó

oportunamente á las mugeres españolas, que tenian ya recogidas y

encerradas para hacer con ellas el cruel atentado de enterrarlas vivas.

Por la parte de Tarata se tuvieron los mismos fundados recelos, que no

llegaron á verificarse por la actividad de su cura D. Mariano Moscoso,

cuyo celo y conocida fidelidad supieron aplicar eficaces remedios,

sacrificando mucha parte de sus intereses para costear bastantes

soldados de aquellas milicias, que sirviesen á contener la osadia de los

malcontentos. Con estos estragos no quedaban por el Rey, desde el

Tucuman hasta el Cuzco, mas que las ciudades de la Plata y la Paz, que

las villas de Potosí, Cochabamba y Puno; porque en la provincia de

Chucuito habian sido semejantes los robos y muertes de los españoles y

sacerdotes, habiendo sentido tambien en la de Mizque algunas turbaciones

que dieron no poco cuidado.

Los continuos y repetidos avisos que sucesivamente recibia de estos

graves acontecimientos el Exmo. Señor D. Juan José de Vertiz, Virey de

Buenos Aires, le determinaron á desprenderse de algunas tropas, sin

embargo de las pocas fuerzas con que se hallaba para atender á las

necesidades y recelos que ocasionaba en todas aquellas costas la guerra

con los ingleses. Primeramente dispuso marchase un destacamento de 200

veteranos, á cargo del capitan de infanteria D. Sebastian Sanchez; y á

pocos dias nombró otro de igual número, inclusa en él la compañia de

granaderos del batallon de infanteria de Savoya, á las órdenes de su

capitan, el Teniente Coronel D. Cristóval Lopez: y no contento aquel

celoso y acreditado General con estas diligencias, envió tambien algunos

oficiales sueltos para que pudiesen contribuir al arreglo y enseñanza de

las milicias, y mandar las operaciones militares que ocurriesen en

aquellas provincias para sugetarlas y mantenerlas en la debida

obediencia al Soberano. Uno de ellos fué el Comandante en gefe del

cuerpo de Dragones de la expedicion, D. José Reseguin, que salió de

Montevideo con la mayor aceleracion; y recibida la instruccion del Virey

se puso en camino por la posta, el 19 de Febrero de 1781, con la mira de

alcanzar el destacamento que habia salido primeramente, y que llevaba ya

dos meses de marcha: y aunque hizo presente á aquel Exmo. no le era nada

airoso ir á servir bajo las órdenes de un Teniente Coronel mas moderno,

y que solo era graduado, no fué obstáculo para que este oficial

practicase cuantos esfuerzos le fueron posibles, á fin de lograr la idea

que se habia propuesto, y que consiguió á costa de sus diligencias;

habiéndose incorporado en aquellas tropas el 13 de Marzo en el Puesto de

los Colorados, que dista 460 leguas de la capital del vireinato, sin que

lograsen detenerle los eficaces esfuerzos y ruegos que emplearon los

vecinos de Jujuy, y los de muchos españoles fugitivos, que por todo el

camino encontraba, quienes le aseguraban estaban ya del todo sublevadas

las provincias de Chichas, Ciuti, Lipes y Porco, que median hasta la

villa de Potosí y ciudad de la Plata, cuya noticia confirmaba el

corregidor de Chayanta, D. Joaquin de Alós, que disfrazado de religioso

franciscano, iba huyendo por no caer segunda vez en manos de los

sediciosos.

Recibido por este oficial el mando del departamento, le halló disminuido

de 50 hombres, que habian desertado en el tránsito de la provincia del

Tucuman, seducidos por sus habitantes, que ponderaban los riesgos á que

iban á exponerse, y las comodidades y libertad que ellos disfrutaban,

ofreciéndoles casamientos y otras ventajas; cuyo dulce atractivo fué muy

perjudicial á todas las tropas que se destinaron al Perú; pero se

hallaba reemplazada aquellas falta con una compañia de las milicias de

Salta, aunque muy inferior en la calidad, así por su poca disciplina y

subordinacion, como por el ningun conocimiento que tenian en el manejo

de las armas de fuego. Con estas cortas fuerzas, y con solos 5,000

cartuchos de fusil y algunas armas de repuesto, siguió Reseguin las

marchas, forzándolas cuanto le permitia la debilidad de las caballerias,

y el crecido número de cargas de equipaje que habian multiplicado

algunos oficiales, poseidos de miras lucrativas, faltando expresamente á

las rigurosas órdenes del Virey, dirigidas á evitar todo comercio. Estos

y otros embarazos que le ocurrieron, no lo fueron para que el dia 16

llegase á las inmediaciones del pueblo de Moxo, correspondiente ya á la

provincia de Chicas, desde donde se adelantó á encontrarle el cura de

Talina, el Dr. D. Antonio José de Iribarren, eclesiástico de

recomendables circunstancias; de acrisolada fidelidad al Soberano,

quien le impuso igualmente de la fermentacion en que estaban aquellas

inmediatas provincias, los riesgos que habia padecido por mantener en la

debida subordinacion á sus feligreses, y el terror pánico de que estaban

poseidos los vecinos españoles, á vista de los estragos que cometian los

rebeldes, habiendo sacrificado á su ira, la noche del 6 al 7 de aquel

mes en la villa de Tupiza, al corregidor D. Francisco Garcia de Prado y

algunos de sus dependientes; y que igual suerte habia tenido D.

Francisco Revilla, corregidor de la de Lipes, hallándose fugitivos de

las suyas, D. Martin de Asco, que lo era de la de Cinti, y D. Martin

Boneo, de la de Porco. Persuadíale tambien á que se colocase y detuviese

en su pueblo, á esperar el segundo destacamento que le seguia, porque el

terreno que habia de transitar en adelante era muy quebrado; los

caminos, á mas de ser ásperos, estaban llenos de angosturas, y que era

excesivo el número de indios que se reunia para embarazar el paso á las

tropas. Que si se perdian, era segura la ruina de la ciudad de la Plata,

villa de Potosí, y demas poblaciones que aun se mantenian con alguna

esperanza de salvarse, y que tambien quedaria cortada enteramente la

comunicacion de ellas con el Tucuman y Buenos Aires, de que podia

seguirse la pérdida de todo el reino, pues de este modo les seria fácil

interceptar los socorros y demas auxilios que se remitiesen para

contener á los sediciosos en los límites de la debida obediencia.

Vacilaba Reseguin, combatido de la fuerza de estas razones, y del deseo

que tenia de emprender alguna accion que acreditase su conducta, é

impusiese respeto á los rebeldes. Conocia el inmediato peligro de todo

el Perú, si se malograba aquel corto refuerzo de veteranos, lo árduo de

la empresa que iba á emprender, los obstáculos insuperables que se le

oponian, y el ningun recurso que le quedaba en caso de ser batido. Por

otra parte consideraba, que buscar el abrigo de las trincheras indicaba

temor, que su detencion era peligrosa, porque animaria á los sediciosos,

les daria tiempo para adquirir mayores fuerzas, y concebir fundadas

esperanzas de arraigarse en el dominio que tenian usurpado. Ignoraba la

suerte de la Plata y Potosí, y el éxito que habia tenido el ataque de la

Punilla, que meditaba el Gobernador de armas, D. Ignacio Flores. Por

instantes llegaban de todas partes españoles fugitivos, que ponderaban

los extragos, las muertes y los robos que cometian los indios: nadie se

consideraba seguro, y todos creian perecer irremediablemente á manos de

la tirania. Nada fué bastante para hacer decaer su ánimo. Oia con

serenidad las trágicas relaciones de los que se le unian: hacia concebir

á los tímidos nuevos pensamientos y esperanzas, ponderándoles cuanto

valia aquel corto número de hombres, por su disciplina y por sus armas,

y reflexionando importaba poco se sacrificase él y todos los suyos,

cuando se trataba de evitar la pérdida de todo el reino, y tal vez

podria cortar los progresos de la rebelion que estaba en sus principios

en aquellas provincias, con algunos movimientos y maniobras del arte

militar que supliesen el número y debilidad de sus fuerzas, echó la

suerte, y resolvió vencer ó morir, y dirigirse á evitar el riesgo

inmediato y cierto, abandonando á la fortuna el que estaba mas

distante y dudoso.

Resuelto á poner en práctica esta determinacion, despreció las

instancias de cuantos le persuadian lo contrario, y superadas en su

interior todas las dificultades que le representaban, ocultó las ideas

que tenia determinadas, y trató solo de dar algunas horas de descanso á

sus tropas, con el fin de conferir con el cura Iribarren el modo y

medios que podrian emplearse para sorprender á Tupiza, residencia de

Luis Laso de la Vega, cabeza principal del motin de aquella villa, y de

todas las provincias inmediatas. Despues de reflexionado todo, con la

madurez y resolucion que pedian las críticas circunstancias en que se

hallaba, facilitóle aquel párroco 200 mulas que le pidió, é hizo apostar

en el puesto de Morara, distante tres leguas de Moxo, camino real de

Potosí, y al propio tiempo significó á todos no podia alterar las

órdenes de seguir su marcha, para incorporarse con Flores y salvar la

ciudad de la Plata que tanto cuidado daba por el bloqueo que le hacian

sufrir los indios, acaudillados por los dos hermanos Cataris, de cuya

pérdida se haria responsable por su detencion: y sin el menor retardo

destacó algunas partidas, para que ocupasen los caminos y embarazasen el

paso á cuantos se dirigiesen hacia adelante, con la órden de observar

los movimientos de los enemigos, que con alguna distancia y disimulo,

procuraban certificarse de la verdadera intencion de aquellas tropas.

Lleno de confianza y algo reforzado con aquellos, que poco antes creian

no les quedaba mas recurso que la fuga, se puso en marcha la misma tarde

del citado dia 16 de Marzo, y campó en Moraja con todas las apariencias

de pasar la noche en aquel campamento, tomando las precauciones

necesarias á evitar el grave riesgo que le amenazaba por todas partes.

Hizo poner las tiendas, encender fogatas, y cenar la tropa con brevedad,

y al acabar el dia mandó de nuevo tomar las mulas de refresco que tenia

anticipadas, y dejando el campamento con solo 20 hombres veteranos á

cargo de un oficial, se puso en movimiento con mucha precaucion y

silencio; y dejando á la derecha en el pueblo de Suipacha el camino de

la Plata, tomó el de la izquierda, que dirigia á Tupiza, previniendo al

oficial que quedaba en el campo, cuidase con exactitud y vigilancia,

permaneciesen encendidos los fuegos, y se pasase la palabra toda la

noche: dejándole tambien la órden, para que antes de amanecer el nuevo

dia, levantase el campamento, y siguiese sus pasos con el equipage y

bagajes que le quedaban.

Relación historica de los sucesos de la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru en las provincias del Peru, el año de 1780 · 第 4 / 13 段