la empresa, gritaban algunos por las calles:--"Ea, criollos y criollas,
acarreen piedras para matar á los chapetones, pues ellos han sido
nuestros enemigos:" y para irritar y conmover los ánimos, decian unas
veces "ya le quitaron la cabeza á D. Jacinto Rodriguez:" otros, "han
muerto 30 paisanos nuestros." Pero entre ellos quien sobresalia mas que
todos era D. Juan Montesinos, que decia á grandes voces:--"Vayan hombres
y mugeres á mi casa, y saquen leña y paja para pegar fuego, y acabar con
estos traidores chapetones:" lo que practicaran inmediatamente,
incendiando los balcones y tienda principal, con lo que, obligados á
salir por los tejados aquellos infelices europeos, se pasaron á las
casas inmediatas. Luego que lo advirtieron, tomaron todas las avenidas,
y no hallando otro recurso que el de salir huyendo por la puerta de la
calle: se resolvieron á egecutarlo, pero acometidos de un furioso tropel
de criollos, los iban matando así como iban saliendo, hasta dejarlos
despedazados é inconocibles. Mientras los unos se ocupaban en estas
crueldades, y en quemar la casa, otros juntamente con las mugeres,
saqueaban las tiendas y viviendas altas, donde se atesoraron hasta
700,000 pesos de los mismos europeos, y otros que, persuadidos los
tendrian seguros, los depositaron en su poder, en las especies de oro,
plata sellada, barras, piñas, efectos de Castilla y de la tierra:
habiendo ya saqueado antes la tienda de un criollo, llamado Pantaleon
Martinez, con el pretexto de que era cómplice en el supuesto intento de
los europeos, por cuyo motivo debia perder todos sus haberes, y morir
con ellos.
A las cinco de la mañana del dia 11 se veia ya el lamentable espectáculo
de muchos muertos, tendidos por las calles, desnudos y tan
despedazados, que era preciso examinarlos con gran proligidad para
conocerlos. No contentos con esta venganza, los mandaron llevar al sitio
afrentoso del rollo, y de allí los pasaron á los umbrales de la cárcel,
donde los mantuvieron dos dias, siendo los mas de ellos pasto de los
perros. Se comprendieron en esta desgracia, D. José Endeiza, D. Juan
Blanco, D. Miguel Salinas, D. Juan Pedro Ximenez, D. Juan Vicente
Larran, D. Domingo Pavia, D. Ramon Llano, D. José Cayetano Casas, D.
Antonio Sanchez, D. Francisco Palazuelos, otros que no se conocieron, y
cinco negros. Siguieron los asesinos llevándose en dia claro los robos
que egecutaban, diciendo públicamente lo habian ganado en buena guerra,
y que por derecho les tocaba: y dirigiéndose despues á la cárcel,
abrieron las puertas, echaron fuera todos los presos, y luego salieron
diciendo en altas voces: _Viva nuestro Justicia Mayor, D. Jacinto
Rodriguez:_ caminando juntos con grande algazara y alegria, tocando
cajas y clarines, lo sacaron de su casa, le hicieron dar vuelta por la
plaza mayor, y repitiendo las aclamaciones, lo volvieron á ella, y
habiendo subido el cura vicario á los balcones de la casa capitular, á
preguntarles qué era lo que solicitaban para sosegarse, respondieron
todos á una voz:--Queremos por Justicia Mayor á D. Jacinto Rodriguez, y
que el corregidor y demas chapetones salgan luego del lugar, desterrados
á vista nuestra.
A las doce del dia empezaron á entrar algunos trozos de indios, tocando
sus ruidosas cornetas, y armados de hondas y palos. Con horror de la
naturaleza se veia, que despues de rendir la obediencia á D. Jacinto,
para asegurarle con sus acostumbradas demostraciones de rendimiento, que
eran venidos á defender su vida, cuyas expresiones gratificaba con
generosidad, salian corriendo unidos con los criollos á ver los muertos,
encarnizándose de modo que descargaban nuevamente su furia contra los
cadáveres despedazados, dándoles palos, procurando todos ensangrentar
sus manos, y bañarlas en aquella sangre inocente. De allí pasaron á las
casas de D. Manuel Herrera, del capitan Menacho, y de su cuñado D.
Antonio Quiros, á quienes distinguian con iguales honores. El resto de
la tarde lo emplearon en examinar las casas donde presumian habia algun
caudal para saquearlas, y en reconocer los lugares mas ocultos, donde
sospechaban se hubiese escondido algun europeo, de los que se habian
libertado la noche antecedente. Continuaban entrando en tropas los
indios, que estaban convocados en las inmediaciones. Venian con banderas
blancas, y salian los criollos á recibirlos, dándoles muchos abrazos, y
les instaban para que entrasen á la iglesia matriz en busca de los
europeos fugitivos, y cuando no pudiesen haberlos á las manos, á lo
menos se hiciesen entregar las armas que habian escondido en ella.
Consiguieron esto, porque el cura, á fin de que no violasen el sagrado,
les entregó varias pistolas y sables; mas no contentos con ellas,
pedian otras con insolencia, y no teniendo el cura modo de contentarles,
determinó subirse á la cima del rollo á predicar, y darse una disciplina
en público: cuyo acto, lejos de enternecerlos, les provocó la risa, é
insolentándose mas, le despidieron algunos hondazos, con cuya eficaz
insinuacion le hicieron bajar bien á prisa. A este tiempo habia sacado
en procesion el Prior de San Agustin, acompañado de las comunidades de
San Francisco y de la Merced, la devota efigie del Santo-Cristo de
Burgos, llevándole en procesion por las calles, plazas y extramuros de
la villa, pero solo le acompañaban las viejas: y sin hacer aprecio ni
respetar tan sagrada imagen, se ocupaban los criollos, unidos con los
indios, en saquear la casa del corregidor. Y habiéndole suplicada al
Padre Prior se dirigiese por la calle del Tambo de Jerusalem, por ver si
contenia á los indios que estaban derribando la puerta de la tienda de
D. Francisco Resa, lo egecutó, pero nada pudo conseguir, antes si
ocasionó que los indios empezasen á declarar su apostasia á la religion
católica, que hasta entonces se juzgaba habian profesado: pues dijeron
en alta voz, que dicha imagen no suponia mas que cualquiera pedazo de
maguey ó pasta, y que como de estos y otros engaños padecian por
los pintores.
Ya empezaba á sentirse la consternacion que causaban los indios, que
habian entrado en la villa en el espacio de 6 horas, cuyo número pasaba
de 4,000, convocados por D. Jacinto Rodriguez y sus parciales: uno de
ellos dijo al tiempo de entrar los de Pária, que venian de paz, pues el
dia antes habian salido 25 sugetos para detenerlos y estorbar su venida,
porque no eran ya necesarios, cuando se habia conseguido el triunfo
deseado. Pero la noticia que tuvieron del saqueo y caudal que todavia
existia, fué incentivo para que no obedeciesen la órden de retirarse, y
se multiplicaron tanto, que se hace increible el excesivo número que
andaba por las calles, divididos en tropas, tocando sus cornetas, y
despidiendo piedras con las hondas: de suerte que toda la gente de
cristiandad y distincion estaba refugiada en los templos, implorando la
clemencia del Altísimo, y esperando la muerte por instantes. Durante la
noche se ocuparon en saquear las casas y tiendas de los europeos. D.
Francisco Rodriguez, el Alcalde, el cura párroco y otros sacerdotes,
intentaron el 12 por la mañana contener los robos, que estaban
egecutando en la tienda y casa de D. Manuel Bustamante, pero nada
pudieron conseguir, porque prorrumpieron en estas voces: "muera el
Alcalde, pues supo afrentar á sus paisanos:" á esto siguieron los indios
gritando, _comuna, comuna_, palabra de que usaban cuando querian matar ó
robar, como si dijeran _todos á una_. No se verificó este estrago,
porque el Alcalde logró ponerse en salvo por medio del mismo tumulto.
El dia 13 mandó abrir Cabildo D. Jacinto Rodriguez, y cuando se
presumia fuese para tomar alguna providencia, solo se dirigió á que lo
recibiesen de Justicia Mayor, empleo de que se habia posesionado con
solo la autoridad de los sublevados. Antes de entrar en la casa
capitular, se acercó á las puertas de la iglesia matriz, é hizo algunas
demostraciones de querer contener á los indios, que intentaban entrar y
profanar el templo, buscando á los europeos, lo que el cura habia
resistido hasta entonces: pero persuadido por Rodriguez y por D. Manuel
de Herrera, consintió que entrasen doce de los mas principales. El
pretexto era sacar solo al corregidor, que creian estaba en la bóbeda.
El párroco les aseguraba que no habia tal, pero simple ó maliciosamente
añadió, que habia cuatro europeos ya confesados. Los indios que no
deseaban otra cosa, se encendieron en ira, y llenos de furor entraron en
la iglesia por fuerza, abrieron las bóbedas, y las indias mas atrevidas
que los hombres, penetraron lo mas oculto. No encontraron á ninguno,
pero como era tanto el deseo de venganza contra el corregidor, sacaron
el ataud, en que se habia depositado el cadáver de D. Francisco
Mollinedos, administrador de correos, que pocos dias antes habia
fallecido; mandáronlo desclavar, creyendo estuviese dentro el
corregidor, pero no encontrándolo, sacaron los cuchillos y descargaron
sobre aquel cadáver, sus furias, dándole muchas puñaladas. Pasaron
despues á reconocer segunda vez la iglesia, y encontraron á D. Miguel
Estada, que mataron en el mismo cementerio: tambien hallaron á D. Miguel
Bustamante, y llevándole á los portales de Cabildo, le presentaron vivo
á D. Jacinto Rodriguez, le preguntaron si lo habian de matar, y habiendo
dispuesto lo entrasen en la cárcel, para cargarlo de prisiones, no
hicieron caso de la órden, y le dijeron á gritos: "Vos nos habeis
llamado para matar chapetones, y ahora quereis que solamente entren en
la cárcel; pues no ha de ser así"; y usando la voz _comuna, comuna_,
dieron muerte á aquel infeliz. Prosiguieron profanando el templo,
escudriñando con luces los lugares mas ocultos de él, cercáronle, y
sacaron á D. Vicente Fierro y D. Francisco Resa de un casa inmediata, á
quienes tambien mataron.
Cebados ya los indios en profanar los templos y matar europeos, entraron
en la iglesia y convento de San Agustin, encontraron en la calle con D.
Agustin Arregui, criollo, y queriendolo matar, porque les pareció
europeo, á fin de escapar, les dijo: "Yo no soy chapeton, sino criollo:
entrad al convento, donde están cinco chapetones con sus armas." Pero
para asegurarse, le llevaron con ellos, y despues de haber buscado los
lugares mas ocultos, le dieron cruel muerte, porque no habiéndolos
encontrado, se persuadieron queria escaparse con este engaño. No faltó
quien poco despues les avisase el lugar donde se escondian los que
buscaban, y volviendo á entrar con doblada furia, hallaron á D. Ventura
Ayarra, D. Pedro Martinez, D. Francisco Antonio Cacho y á un francès,
que una hora antes habia tomado el hábito de religioso: los que
perecieron tambien á mano de aquellos bárbaros.
El dia 14 amaneció cercado de una multitud de indios el convento de la
Merced, y para asegurar la presa se subieron á los techos, y entrando
con el mayor desacato en la iglesia, la reconocieron toda, y hallando
debajo del manto de Nuestra Señora de Dolores, á D. José Bullain, lo
sacaron á empellones, y le dieron muerte. Volvieron en tropel á la
iglesia, y hallaron que los que habian quedado sacaban á D. José
Ibarguen, vestido de muger, trage que tomó para confundirse con el sexo,
y estando rezando con las demas, lo acusó un criollo. Acometiéronle
furiosos, conocido por los zapatos, y arrancándole de los brazos de su
propia consorte, á quien el dolor obligó á salir en seguimiento de su
marido, y á quien consolaban los homicidas, con decirle: "no llóres, que
nosotros no tenemos la culpa, porque esto lo egecutamos por órden de D.
Jacinto Rodriguez." Corrió en busca del indulto, pero cuando volvió,
halló á su marido desnudo, despedazado. En aquel instante encontraron
debajo de una anda á un negro esclavo de D. Diego Azero, y le dieron la
misma muerte. Siguieron estas y otras crueldades, que se aumentaron con
la venida de 6,000 indios de la parte de Sorasora, quienes unidos á los
demas, buscaban con igual furor y cuidado á los europeos: hallaron en un
desvan á D. Pedro Lagraba, que habia libertado su vida la primera noche
del tumulto, y le condujeron á la plaza, donde acabó de la misma suerte
que los demas. De este modo se vió atropellada por la ambicion y codicia
de cuatro ó seis sugetos, la grandeza del Todo-Poderoso, profanados sus
templos, despreciadas sus sagradas imágenes, usurpada la inmunidad de
las iglesias por las casas de los Rodriguez, pues estas eran el mejor
asilo para escapar de la muerte; como lo consiguieron varios europeos,
ya fuese por las alianzas de una antigua amistad, ó ya para cohonestar
sus atroces delitos, con algunos hechos piadosos: pero la casa del
Señor, sus altares y tabernáculos se vieron polutos, despreciados y
ultrajados por esta vil canalla.
Llegada la noche, desamparan los indios el convento de la Merced, se
libraron en él D. José Caballero, D. José Lorzano, y D. Manuel Puch, por
la diligencia de un religioso: pero creyendo el comendador que los
sediciosos incendiarian la iglesia, por esta causa les obligó á salir á
una casa que les tenia destinada, disfrazados en traje ordinario. El
desgraciado D. José Caballero con la confusion se separó de los demas, y
se vió precisado á mantenerse entre los tumultuados, hasta la media
noche, que siendo descubierto le llevaron á D. Jacinto Rodriguez, quien
habiéndoles dicho no lo conocia, acabó á manos de los traidores, con la
mas cruel muerte que puede idear la impiedad. Tambien fueron víctimas
de su furor 14 negros de los europeos, sin mas delito que ser sus
esclavos. Siguieron saquando consecutivamente 20 casas, y segun una
prudente regulacion, ascendjeron los robos hasta dos millones de pesos,
habiendo perecido no solo los europeos que contenia la villa, sino
tambien los de todas las inmediaciones, cuyas cabezas traian los indios,
para presentarlas al nuevo Justicia Mayor, quien las hacia enterrar
clandestinamente.
Vacilaba ya la confianza de D. Jacinto Rodriguez, y empezaba á temer á
los mismos que habia llamado: juntó á los indios, y despues de
prevenirles se mantuviesen solo un dia en la villa, ofreció les daria de
las cajas reales un peso á cada uno, cuyo hecho se egecutó al siguiente
dia 15, sin mas autoridad que su antojo: y convenido con los oficiales
reales, abrieron las puertas del tesoro del Rey, y extrageron cuatro
zurrones, y mandándolos juntar de nuevo, se les cumplió lo prometido, y
se les hizo entender por medio del cura, que no habia necesidad se
mantuviesen dentro de la poblacion, y que recibido cada uno el peso, se
retirasen á sus estancias. "Hijos mios, les decia, yo como cura y
vicario vuestro, y en nombre de todo este vecindario, os doy las debidas
gracias por la fidelidad con que habeis venido á defendernos, matando á
estos chapetones pícaros, que nos querian quitar la vida á traicion á
todos los criollos: una y mil veces os agradecemos, y os suplicamos os
retireis á vuestras casas, pues ya como lo habeis visto, quedan muertos,
y por si hubieseis incurrido en alguna excomunion ó censura, haced todos
un acto de contricion, para recibir la absolucion." Y luego siguió con
el _misereatur vestri_; hecho que se hará dudoso á cuantos no estuvieron
presentes, pero así es, y así sucedió. Instaban despues los indios, para
que se les declarase por el Justicia Mayor las reglas que debian
observar en adelante: preguntaban si las tierras de los españoles serian
todas pertenecientes al comun de los indios: se les respondia que sí.
Añadian que en adelante no pagarian tributos, diezmos, ni primicias; á
todo condescendian el cura, los prelados y los vocales del Cabildo,
llenos de temor, viéndose en medio de 15,000 indios, todos armados de
palos, piedras y hondas.
Se emplearon en aquella distribucion 25,000 pesos, que se extrageron del
erario, previniendo D. Jacinto á los indios que el restante se reservaba
en cajas, para cuando se verificase la venida de su Rey, José Gabriel
Tupac-Amaru, á quien se le aguardaba por instantes. Cuando se estaba
practicando esta inicua diligencia, llegó un indio que venia de la
provincia de Tinta, y dirigiéndose á D. Jacinto, le dijo, era enviado
por el Inca Tupac-Amaru, y que este encargaba mirasen con mucho respeto
y veneracion á los templos y sacerdote; que no hiciesen daño alguno á
los criollos, y que solo persiguiesen y acabasen á los chapetones. Y
habiéndole preguntado por las cartas, respondió que el dia antes habia
llegado su compañero con un pliego para D. Jacinto: de que resultaron
repetidas aclamaciones del infame nombre del tirano, que se oia repetir
en las plazas y calles públicas por toda clase de gente; con el mayor
regocijo, corriendo todos con banderas y otras demostraciones de júbilo,
que imitó D. Manuel de Herrera desde el balcon de su casa, tremolando un
pañuelo blanco, y acompañando esta accion con las mismas palabras que
los demas, que eran decir: "viva Tupac-Amaru;" las que volvia á
pronunciar el pueblo, lleno de alegria. La chusma de criollos, que oia
estas noticias tan favorables á sus ideas, manifestaba el gozo que le
causaban, y algunos intentaron salir á encontrarle, porque aseguraba el
indio, que muy breve se hallaria en la ciudad de la Paz.
D. Jacinto Rodriguez, convenido con la muger del capitan de aquellas
milicias, D. Clemente Menacho, intentaron que todos los españoles usasen
el traje de los indios. Salió de esta conformidad por las calles,
vestido de terciopelo negro con ricos sobrepuestos de oro; amenazaba á
todos serian víctimas de los rebeldes, sino le imitaban, porque se
persuadirian eran europeos, á que se convinieron por librarse de la
muerte, y en un momento logró la transformacion que deseaba, adoptando
los hombres prontamente la _camiseta_ ó _unco_ de los indios, y las
Señoras dejando sus cortos faldellines aseados, vistieron los burdos y
largos _acsos_ de las indias. Cuando estaban ocupados en estas y otras
providencias, llegó la noticia de que se acercaban los indios
Challapatas. Salieron á recibirlos al campo como á los otros; pero solo
venian 40 de los mas principales, y á la cabeza de ellos D. Juan de Dios
Rodriguez, y luego que entraron en la plaza, se mandó repicasen las
campanas, pasando despues á hospedarse en la casa del que los conducia,
donde fueron bien regalados y asistidos. Al pasar por la Calle del
Correo, quitaron las armas del Rey, que estaban fijadas sobre la puerta
de la administracion, pisándolas y ultrajándolas, con cuyas atrevidas
demostraciones querian dar á entender habia fenecido el reinado de
Nuestro Augusto Soberano, D. Carlos III. Estos indios habian venido con
el especioso pretexto de socorrer la villa, quienes aseguraban que para
defenderla tenian prontos 40,000 hombres: pero se conoció que todo era
invencion de la malicia, pues el tiempo que existieron se ocuparon en
pedir á los hacendados cesiones y renuncias de sus haciendas para su
comunidad, lo que egecutaron los dueños de ellas con escrituras
públicas, para evitar la muerte, queriendo primero perder sus bienes que
sus vidas. Y como hasta aquí estuviesen los indios hechos dueños de
aquella poblacion, ensoberbecidos por el dinero que les habian pagado, y
por las gratificaciones de los Rodriguez y sus parciales, contemplándose
ya superiores, negaron la obediencia, y no quisieron egecutar la órden
que se les habia dado para retirarse: antes con mayor insolencia
volvieron por la noche al saqueo, acometieron la casa y tienda de D.
Francisco Polo, que no le sirvió ser de un criollo para libertarla, y
como amaneciesen en esta operacion, fueron vistos por el dueño, quien
fué á pedir á D. Jacinto remediára aquel exceso: lo que oido por el
indio, Gobernador de Challata, D. Lope Chungara, compadecido de tantos
estragos, resolvió se juntasen los vecinos, y unidos echasen á los
indios, y con la órden que dió, de que el que se resistiese lo matasen,
habiéndola egecutado en dos ó tres de los mas atrevidos, se logró el
intento, saliendo los demas sin la menor resistencia.
Este fué el cruel y sangriento acontecimiento de la villa de Oruro,
donde no solo se experimentaron tiranias de parte de los indios y cholos
sublevados, sino tambien de algunos sacerdotes y prelados de las
religiones. Uno de ellos europeo, y tal vez el mas beneficiado de sus
paisanos, compañero diario de sus mesas, cerró las puertas para que
ninguno pudiese acogerse á su clausura, despidiendo inhumanamente y con
la mayor violencia, á D. Francisco Duran y D. José Arijon, de respetable
ancianidad que lo intentaron. Pero mucho mas tirano se mostró, viendo
dentro del convento á D. José Isasa, que por huir de la persecucion,
habia saltado por las tapias del corral, al que tambien hizo salir en
medio del dia, exponiéndole con barbaridad á que fuese recibido entre
los garrotes, lanzas y hondas de sus enemigos. No menos indigno de su
ministerio se mostró otro, que aunque permitió que sus religiosos
amparasen algunos perseguidos, se apropió una cantidad crecida de
alhajas de oro, perlas y diamantes, que en confianza puso en su celda un
religioso, por recelar fuese saqueada la suya por los amotinados, á
causa de haber encontrado en ella á un europeo: de suerte que segun una
prudente regulacion, usurpó mas de 70,000 pesos fuertes. El cura de la
villa, continuando su errada doctrina, recibió de D. Jacinto Rodriguez
una barra de plata, cuyo valor ascendia á cerca de 2,000 pesos, y una
_mancerina_ de oro que le remitió de las robadas, para que celebrase los
sufragios á los europeos asesinados en el tumulto, contentándose con
enterrarlos á todos juntos en un hoyo, y aplicarles algunas misas.
Ninguno de estos ni otros superiores eclesiásticos hizo la menor
demostracion para impedir á los indios violentasen las iglesias: todos
consintieron en ello, poseidos del espanto, y lo que cansó mayor dolor,
fué ver que, despues de polutas las iglesias, permitiesen celebrar el
santo y tremendo sacrificio de la misa, enterrando el cura, en el lugar
que se hallaba violado, los cadáveres de los vecinos que morian de
enfermedad.
Satisfecha ya la tirania de los cómplices, con tantos y tan trágicos
sucesos, procuraban cohonestar sus maldades con algun específico
pretesto, por si quedaban sometidos á la obediencia del Rey. Suponian
era efectiva la mina, construida por el corregidor desde su casa al
cuartel: formaron autos, cuyos testigos fueron los mismos asesinos y
algunos muchachos, á quienes de propia autoridad dispensaba las edades
el Justicia Mayor, D. Jacinto Rodriguez, haciéndoles firmar
declaraciones, que con anticipacion tenia hechas por direccion de los
abogados Caro y Megia. Quizo probar el hecho de la mina con vista de
ojos, persuadido se habia construido secretamente, como lo habia
mandado: pero le salió el pensamiento errado, porgue los encargados de
esta maldad abandonaron la obra con la consideracion del delito, y
habiendo pasado el exámen el escribano real, D. José de Montesinos,
halló solamente un agujero, que no se dirigia á parte alguna, pero sin
embargo se siguió el proceso lleno de maldades y defectos, y se tuvo la
audacia de remitirlo á la Audiencia de Charcas, para alucinar á sus
Ministros. Se inventaban tambien diariamente continuas infaustas
noticias, á fin de que los pocos vecinos fieles no levantasen el grito;
unas veces aseguraban que habian arrasado la ciudad de la Plata, otras
que en Potosí los criollos, unidos y confederados con los indios de la
mita, habian muerto á todos los europeos, y que en la ciudad de la Paz
se habia querido egecutar la misma traicion que en aquella villa, y que
habian muerto 200 europeos y 300 criollos; con otras novedades de esta
naturaleza, que discurria la malicia para infundir terror y sumision á
los leales.
Disfrutaban los Rodriguez todas las distinciones del usurpado mando con
la mayor satisfaccion, fiados en la ciega subordinacion que les tenian
los indios: pero se desvanecieron todas sus esperanzas la mañana del dia
9 de Marzo, en que improvisamente fué asaltada su casa, de los mismos
que tanto confiaban, y nada menos intentaban que quitarles las cabezas y
destruir toda la villa. Tocaron inmediatamente á entredicho: se juntaron
las milicias, y fueron rechazados los indios con pérdida de 60. Este
hecho les hizo variar de conducta, abandonando desde entonces la
excesiva contemplacion con que les trataban, en especial D. Jacinto, que
estaba persuadido vendrian en su ayuda luego que los llamase, como lo
habian egecutado anteriormente: pero ya desengañados, mandó fundir
algunos pedreros, arreglar las milicias, y acopiar municiones para
la defensa.