Continuaron los amotinados sus diligencias, y para que no desmayasen de

la empresa, gritaban algunos por las calles:--"Ea, criollos y criollas,

acarreen piedras para matar á los chapetones, pues ellos han sido

nuestros enemigos:" y para irritar y conmover los ánimos, decian unas

veces "ya le quitaron la cabeza á D. Jacinto Rodriguez:" otros, "han

muerto 30 paisanos nuestros." Pero entre ellos quien sobresalia mas que

todos era D. Juan Montesinos, que decia á grandes voces:--"Vayan hombres

y mugeres á mi casa, y saquen leña y paja para pegar fuego, y acabar con

estos traidores chapetones:" lo que practicaran inmediatamente,

incendiando los balcones y tienda principal, con lo que, obligados á

salir por los tejados aquellos infelices europeos, se pasaron á las

casas inmediatas. Luego que lo advirtieron, tomaron todas las avenidas,

y no hallando otro recurso que el de salir huyendo por la puerta de la

calle: se resolvieron á egecutarlo, pero acometidos de un furioso tropel

de criollos, los iban matando así como iban saliendo, hasta dejarlos

despedazados é inconocibles. Mientras los unos se ocupaban en estas

crueldades, y en quemar la casa, otros juntamente con las mugeres,

saqueaban las tiendas y viviendas altas, donde se atesoraron hasta

700,000 pesos de los mismos europeos, y otros que, persuadidos los

tendrian seguros, los depositaron en su poder, en las especies de oro,

plata sellada, barras, piñas, efectos de Castilla y de la tierra:

habiendo ya saqueado antes la tienda de un criollo, llamado Pantaleon

Martinez, con el pretexto de que era cómplice en el supuesto intento de

los europeos, por cuyo motivo debia perder todos sus haberes, y morir

con ellos.

A las cinco de la mañana del dia 11 se veia ya el lamentable espectáculo

de muchos muertos, tendidos por las calles, desnudos y tan

despedazados, que era preciso examinarlos con gran proligidad para

conocerlos. No contentos con esta venganza, los mandaron llevar al sitio

afrentoso del rollo, y de allí los pasaron á los umbrales de la cárcel,

donde los mantuvieron dos dias, siendo los mas de ellos pasto de los

perros. Se comprendieron en esta desgracia, D. José Endeiza, D. Juan

Blanco, D. Miguel Salinas, D. Juan Pedro Ximenez, D. Juan Vicente

Larran, D. Domingo Pavia, D. Ramon Llano, D. José Cayetano Casas, D.

Antonio Sanchez, D. Francisco Palazuelos, otros que no se conocieron, y

cinco negros. Siguieron los asesinos llevándose en dia claro los robos

que egecutaban, diciendo públicamente lo habian ganado en buena guerra,

y que por derecho les tocaba: y dirigiéndose despues á la cárcel,

abrieron las puertas, echaron fuera todos los presos, y luego salieron

diciendo en altas voces: _Viva nuestro Justicia Mayor, D. Jacinto

Rodriguez:_ caminando juntos con grande algazara y alegria, tocando

cajas y clarines, lo sacaron de su casa, le hicieron dar vuelta por la

plaza mayor, y repitiendo las aclamaciones, lo volvieron á ella, y

habiendo subido el cura vicario á los balcones de la casa capitular, á

preguntarles qué era lo que solicitaban para sosegarse, respondieron

todos á una voz:--Queremos por Justicia Mayor á D. Jacinto Rodriguez, y

que el corregidor y demas chapetones salgan luego del lugar, desterrados

á vista nuestra.

A las doce del dia empezaron á entrar algunos trozos de indios, tocando

sus ruidosas cornetas, y armados de hondas y palos. Con horror de la

naturaleza se veia, que despues de rendir la obediencia á D. Jacinto,

para asegurarle con sus acostumbradas demostraciones de rendimiento, que

eran venidos á defender su vida, cuyas expresiones gratificaba con

generosidad, salian corriendo unidos con los criollos á ver los muertos,

encarnizándose de modo que descargaban nuevamente su furia contra los

cadáveres despedazados, dándoles palos, procurando todos ensangrentar

sus manos, y bañarlas en aquella sangre inocente. De allí pasaron á las

casas de D. Manuel Herrera, del capitan Menacho, y de su cuñado D.

Antonio Quiros, á quienes distinguian con iguales honores. El resto de

la tarde lo emplearon en examinar las casas donde presumian habia algun

caudal para saquearlas, y en reconocer los lugares mas ocultos, donde

sospechaban se hubiese escondido algun europeo, de los que se habian

libertado la noche antecedente. Continuaban entrando en tropas los

indios, que estaban convocados en las inmediaciones. Venian con banderas

blancas, y salian los criollos á recibirlos, dándoles muchos abrazos, y

les instaban para que entrasen á la iglesia matriz en busca de los

europeos fugitivos, y cuando no pudiesen haberlos á las manos, á lo

menos se hiciesen entregar las armas que habian escondido en ella.

Consiguieron esto, porque el cura, á fin de que no violasen el sagrado,

les entregó varias pistolas y sables; mas no contentos con ellas,

pedian otras con insolencia, y no teniendo el cura modo de contentarles,

determinó subirse á la cima del rollo á predicar, y darse una disciplina

en público: cuyo acto, lejos de enternecerlos, les provocó la risa, é

insolentándose mas, le despidieron algunos hondazos, con cuya eficaz

insinuacion le hicieron bajar bien á prisa. A este tiempo habia sacado

en procesion el Prior de San Agustin, acompañado de las comunidades de

San Francisco y de la Merced, la devota efigie del Santo-Cristo de

Burgos, llevándole en procesion por las calles, plazas y extramuros de

la villa, pero solo le acompañaban las viejas: y sin hacer aprecio ni

respetar tan sagrada imagen, se ocupaban los criollos, unidos con los

indios, en saquear la casa del corregidor. Y habiéndole suplicada al

Padre Prior se dirigiese por la calle del Tambo de Jerusalem, por ver si

contenia á los indios que estaban derribando la puerta de la tienda de

D. Francisco Resa, lo egecutó, pero nada pudo conseguir, antes si

ocasionó que los indios empezasen á declarar su apostasia á la religion

católica, que hasta entonces se juzgaba habian profesado: pues dijeron

en alta voz, que dicha imagen no suponia mas que cualquiera pedazo de

maguey ó pasta, y que como de estos y otros engaños padecian por

los pintores.

Ya empezaba á sentirse la consternacion que causaban los indios, que

habian entrado en la villa en el espacio de 6 horas, cuyo número pasaba

de 4,000, convocados por D. Jacinto Rodriguez y sus parciales: uno de

ellos dijo al tiempo de entrar los de Pária, que venian de paz, pues el

dia antes habian salido 25 sugetos para detenerlos y estorbar su venida,

porque no eran ya necesarios, cuando se habia conseguido el triunfo

deseado. Pero la noticia que tuvieron del saqueo y caudal que todavia

existia, fué incentivo para que no obedeciesen la órden de retirarse, y

se multiplicaron tanto, que se hace increible el excesivo número que

andaba por las calles, divididos en tropas, tocando sus cornetas, y

despidiendo piedras con las hondas: de suerte que toda la gente de

cristiandad y distincion estaba refugiada en los templos, implorando la

clemencia del Altísimo, y esperando la muerte por instantes. Durante la

noche se ocuparon en saquear las casas y tiendas de los europeos. D.

Francisco Rodriguez, el Alcalde, el cura párroco y otros sacerdotes,

intentaron el 12 por la mañana contener los robos, que estaban

egecutando en la tienda y casa de D. Manuel Bustamante, pero nada

pudieron conseguir, porque prorrumpieron en estas voces: "muera el

Alcalde, pues supo afrentar á sus paisanos:" á esto siguieron los indios

gritando, _comuna, comuna_, palabra de que usaban cuando querian matar ó

robar, como si dijeran _todos á una_. No se verificó este estrago,

porque el Alcalde logró ponerse en salvo por medio del mismo tumulto.

El dia 13 mandó abrir Cabildo D. Jacinto Rodriguez, y cuando se

presumia fuese para tomar alguna providencia, solo se dirigió á que lo

recibiesen de Justicia Mayor, empleo de que se habia posesionado con

solo la autoridad de los sublevados. Antes de entrar en la casa

capitular, se acercó á las puertas de la iglesia matriz, é hizo algunas

demostraciones de querer contener á los indios, que intentaban entrar y

profanar el templo, buscando á los europeos, lo que el cura habia

resistido hasta entonces: pero persuadido por Rodriguez y por D. Manuel

de Herrera, consintió que entrasen doce de los mas principales. El

pretexto era sacar solo al corregidor, que creian estaba en la bóbeda.

El párroco les aseguraba que no habia tal, pero simple ó maliciosamente

añadió, que habia cuatro europeos ya confesados. Los indios que no

deseaban otra cosa, se encendieron en ira, y llenos de furor entraron en

la iglesia por fuerza, abrieron las bóbedas, y las indias mas atrevidas

que los hombres, penetraron lo mas oculto. No encontraron á ninguno,

pero como era tanto el deseo de venganza contra el corregidor, sacaron

el ataud, en que se habia depositado el cadáver de D. Francisco

Mollinedos, administrador de correos, que pocos dias antes habia

fallecido; mandáronlo desclavar, creyendo estuviese dentro el

corregidor, pero no encontrándolo, sacaron los cuchillos y descargaron

sobre aquel cadáver, sus furias, dándole muchas puñaladas. Pasaron

despues á reconocer segunda vez la iglesia, y encontraron á D. Miguel

Estada, que mataron en el mismo cementerio: tambien hallaron á D. Miguel

Bustamante, y llevándole á los portales de Cabildo, le presentaron vivo

á D. Jacinto Rodriguez, le preguntaron si lo habian de matar, y habiendo

dispuesto lo entrasen en la cárcel, para cargarlo de prisiones, no

hicieron caso de la órden, y le dijeron á gritos: "Vos nos habeis

llamado para matar chapetones, y ahora quereis que solamente entren en

la cárcel; pues no ha de ser así"; y usando la voz _comuna, comuna_,

dieron muerte á aquel infeliz. Prosiguieron profanando el templo,

escudriñando con luces los lugares mas ocultos de él, cercáronle, y

sacaron á D. Vicente Fierro y D. Francisco Resa de un casa inmediata, á

quienes tambien mataron.

Cebados ya los indios en profanar los templos y matar europeos, entraron

en la iglesia y convento de San Agustin, encontraron en la calle con D.

Agustin Arregui, criollo, y queriendolo matar, porque les pareció

europeo, á fin de escapar, les dijo: "Yo no soy chapeton, sino criollo:

entrad al convento, donde están cinco chapetones con sus armas." Pero

para asegurarse, le llevaron con ellos, y despues de haber buscado los

lugares mas ocultos, le dieron cruel muerte, porque no habiéndolos

encontrado, se persuadieron queria escaparse con este engaño. No faltó

quien poco despues les avisase el lugar donde se escondian los que

buscaban, y volviendo á entrar con doblada furia, hallaron á D. Ventura

Ayarra, D. Pedro Martinez, D. Francisco Antonio Cacho y á un francès,

que una hora antes habia tomado el hábito de religioso: los que

perecieron tambien á mano de aquellos bárbaros.

El dia 14 amaneció cercado de una multitud de indios el convento de la

Merced, y para asegurar la presa se subieron á los techos, y entrando

con el mayor desacato en la iglesia, la reconocieron toda, y hallando

debajo del manto de Nuestra Señora de Dolores, á D. José Bullain, lo

sacaron á empellones, y le dieron muerte. Volvieron en tropel á la

iglesia, y hallaron que los que habian quedado sacaban á D. José

Ibarguen, vestido de muger, trage que tomó para confundirse con el sexo,

y estando rezando con las demas, lo acusó un criollo. Acometiéronle

furiosos, conocido por los zapatos, y arrancándole de los brazos de su

propia consorte, á quien el dolor obligó á salir en seguimiento de su

marido, y á quien consolaban los homicidas, con decirle: "no llóres, que

nosotros no tenemos la culpa, porque esto lo egecutamos por órden de D.

Jacinto Rodriguez." Corrió en busca del indulto, pero cuando volvió,

halló á su marido desnudo, despedazado. En aquel instante encontraron

debajo de una anda á un negro esclavo de D. Diego Azero, y le dieron la

misma muerte. Siguieron estas y otras crueldades, que se aumentaron con

la venida de 6,000 indios de la parte de Sorasora, quienes unidos á los

demas, buscaban con igual furor y cuidado á los europeos: hallaron en un

desvan á D. Pedro Lagraba, que habia libertado su vida la primera noche

del tumulto, y le condujeron á la plaza, donde acabó de la misma suerte

que los demas. De este modo se vió atropellada por la ambicion y codicia

de cuatro ó seis sugetos, la grandeza del Todo-Poderoso, profanados sus

templos, despreciadas sus sagradas imágenes, usurpada la inmunidad de

las iglesias por las casas de los Rodriguez, pues estas eran el mejor

asilo para escapar de la muerte; como lo consiguieron varios europeos,

ya fuese por las alianzas de una antigua amistad, ó ya para cohonestar

sus atroces delitos, con algunos hechos piadosos: pero la casa del

Señor, sus altares y tabernáculos se vieron polutos, despreciados y

ultrajados por esta vil canalla.

Llegada la noche, desamparan los indios el convento de la Merced, se

libraron en él D. José Caballero, D. José Lorzano, y D. Manuel Puch, por

la diligencia de un religioso: pero creyendo el comendador que los

sediciosos incendiarian la iglesia, por esta causa les obligó á salir á

una casa que les tenia destinada, disfrazados en traje ordinario. El

desgraciado D. José Caballero con la confusion se separó de los demas, y

se vió precisado á mantenerse entre los tumultuados, hasta la media

noche, que siendo descubierto le llevaron á D. Jacinto Rodriguez, quien

habiéndoles dicho no lo conocia, acabó á manos de los traidores, con la

mas cruel muerte que puede idear la impiedad. Tambien fueron víctimas

de su furor 14 negros de los europeos, sin mas delito que ser sus

esclavos. Siguieron saquando consecutivamente 20 casas, y segun una

prudente regulacion, ascendjeron los robos hasta dos millones de pesos,

habiendo perecido no solo los europeos que contenia la villa, sino

tambien los de todas las inmediaciones, cuyas cabezas traian los indios,

para presentarlas al nuevo Justicia Mayor, quien las hacia enterrar

clandestinamente.

Vacilaba ya la confianza de D. Jacinto Rodriguez, y empezaba á temer á

los mismos que habia llamado: juntó á los indios, y despues de

prevenirles se mantuviesen solo un dia en la villa, ofreció les daria de

las cajas reales un peso á cada uno, cuyo hecho se egecutó al siguiente

dia 15, sin mas autoridad que su antojo: y convenido con los oficiales

reales, abrieron las puertas del tesoro del Rey, y extrageron cuatro

zurrones, y mandándolos juntar de nuevo, se les cumplió lo prometido, y

se les hizo entender por medio del cura, que no habia necesidad se

mantuviesen dentro de la poblacion, y que recibido cada uno el peso, se

retirasen á sus estancias. "Hijos mios, les decia, yo como cura y

vicario vuestro, y en nombre de todo este vecindario, os doy las debidas

gracias por la fidelidad con que habeis venido á defendernos, matando á

estos chapetones pícaros, que nos querian quitar la vida á traicion á

todos los criollos: una y mil veces os agradecemos, y os suplicamos os

retireis á vuestras casas, pues ya como lo habeis visto, quedan muertos,

y por si hubieseis incurrido en alguna excomunion ó censura, haced todos

un acto de contricion, para recibir la absolucion." Y luego siguió con

el _misereatur vestri_; hecho que se hará dudoso á cuantos no estuvieron

presentes, pero así es, y así sucedió. Instaban despues los indios, para

que se les declarase por el Justicia Mayor las reglas que debian

observar en adelante: preguntaban si las tierras de los españoles serian

todas pertenecientes al comun de los indios: se les respondia que sí.

Añadian que en adelante no pagarian tributos, diezmos, ni primicias; á

todo condescendian el cura, los prelados y los vocales del Cabildo,

llenos de temor, viéndose en medio de 15,000 indios, todos armados de

palos, piedras y hondas.

Se emplearon en aquella distribucion 25,000 pesos, que se extrageron del

erario, previniendo D. Jacinto á los indios que el restante se reservaba

en cajas, para cuando se verificase la venida de su Rey, José Gabriel

Tupac-Amaru, á quien se le aguardaba por instantes. Cuando se estaba

practicando esta inicua diligencia, llegó un indio que venia de la

provincia de Tinta, y dirigiéndose á D. Jacinto, le dijo, era enviado

por el Inca Tupac-Amaru, y que este encargaba mirasen con mucho respeto

y veneracion á los templos y sacerdote; que no hiciesen daño alguno á

los criollos, y que solo persiguiesen y acabasen á los chapetones. Y

habiéndole preguntado por las cartas, respondió que el dia antes habia

llegado su compañero con un pliego para D. Jacinto: de que resultaron

repetidas aclamaciones del infame nombre del tirano, que se oia repetir

en las plazas y calles públicas por toda clase de gente; con el mayor

regocijo, corriendo todos con banderas y otras demostraciones de júbilo,

que imitó D. Manuel de Herrera desde el balcon de su casa, tremolando un

pañuelo blanco, y acompañando esta accion con las mismas palabras que

los demas, que eran decir: "viva Tupac-Amaru;" las que volvia á

pronunciar el pueblo, lleno de alegria. La chusma de criollos, que oia

estas noticias tan favorables á sus ideas, manifestaba el gozo que le

causaban, y algunos intentaron salir á encontrarle, porque aseguraba el

indio, que muy breve se hallaria en la ciudad de la Paz.

D. Jacinto Rodriguez, convenido con la muger del capitan de aquellas

milicias, D. Clemente Menacho, intentaron que todos los españoles usasen

el traje de los indios. Salió de esta conformidad por las calles,

vestido de terciopelo negro con ricos sobrepuestos de oro; amenazaba á

todos serian víctimas de los rebeldes, sino le imitaban, porque se

persuadirian eran europeos, á que se convinieron por librarse de la

muerte, y en un momento logró la transformacion que deseaba, adoptando

los hombres prontamente la _camiseta_ ó _unco_ de los indios, y las

Señoras dejando sus cortos faldellines aseados, vistieron los burdos y

largos _acsos_ de las indias. Cuando estaban ocupados en estas y otras

providencias, llegó la noticia de que se acercaban los indios

Challapatas. Salieron á recibirlos al campo como á los otros; pero solo

venian 40 de los mas principales, y á la cabeza de ellos D. Juan de Dios

Rodriguez, y luego que entraron en la plaza, se mandó repicasen las

campanas, pasando despues á hospedarse en la casa del que los conducia,

donde fueron bien regalados y asistidos. Al pasar por la Calle del

Correo, quitaron las armas del Rey, que estaban fijadas sobre la puerta

de la administracion, pisándolas y ultrajándolas, con cuyas atrevidas

demostraciones querian dar á entender habia fenecido el reinado de

Nuestro Augusto Soberano, D. Carlos III. Estos indios habian venido con

el especioso pretexto de socorrer la villa, quienes aseguraban que para

defenderla tenian prontos 40,000 hombres: pero se conoció que todo era

invencion de la malicia, pues el tiempo que existieron se ocuparon en

pedir á los hacendados cesiones y renuncias de sus haciendas para su

comunidad, lo que egecutaron los dueños de ellas con escrituras

públicas, para evitar la muerte, queriendo primero perder sus bienes que

sus vidas. Y como hasta aquí estuviesen los indios hechos dueños de

aquella poblacion, ensoberbecidos por el dinero que les habian pagado, y

por las gratificaciones de los Rodriguez y sus parciales, contemplándose

ya superiores, negaron la obediencia, y no quisieron egecutar la órden

que se les habia dado para retirarse: antes con mayor insolencia

volvieron por la noche al saqueo, acometieron la casa y tienda de D.

Francisco Polo, que no le sirvió ser de un criollo para libertarla, y

como amaneciesen en esta operacion, fueron vistos por el dueño, quien

fué á pedir á D. Jacinto remediára aquel exceso: lo que oido por el

indio, Gobernador de Challata, D. Lope Chungara, compadecido de tantos

estragos, resolvió se juntasen los vecinos, y unidos echasen á los

indios, y con la órden que dió, de que el que se resistiese lo matasen,

habiéndola egecutado en dos ó tres de los mas atrevidos, se logró el

intento, saliendo los demas sin la menor resistencia.

Este fué el cruel y sangriento acontecimiento de la villa de Oruro,

donde no solo se experimentaron tiranias de parte de los indios y cholos

sublevados, sino tambien de algunos sacerdotes y prelados de las

religiones. Uno de ellos europeo, y tal vez el mas beneficiado de sus

paisanos, compañero diario de sus mesas, cerró las puertas para que

ninguno pudiese acogerse á su clausura, despidiendo inhumanamente y con

la mayor violencia, á D. Francisco Duran y D. José Arijon, de respetable

ancianidad que lo intentaron. Pero mucho mas tirano se mostró, viendo

dentro del convento á D. José Isasa, que por huir de la persecucion,

habia saltado por las tapias del corral, al que tambien hizo salir en

medio del dia, exponiéndole con barbaridad á que fuese recibido entre

los garrotes, lanzas y hondas de sus enemigos. No menos indigno de su

ministerio se mostró otro, que aunque permitió que sus religiosos

amparasen algunos perseguidos, se apropió una cantidad crecida de

alhajas de oro, perlas y diamantes, que en confianza puso en su celda un

religioso, por recelar fuese saqueada la suya por los amotinados, á

causa de haber encontrado en ella á un europeo: de suerte que segun una

prudente regulacion, usurpó mas de 70,000 pesos fuertes. El cura de la

villa, continuando su errada doctrina, recibió de D. Jacinto Rodriguez

una barra de plata, cuyo valor ascendia á cerca de 2,000 pesos, y una

_mancerina_ de oro que le remitió de las robadas, para que celebrase los

sufragios á los europeos asesinados en el tumulto, contentándose con

enterrarlos á todos juntos en un hoyo, y aplicarles algunas misas.

Ninguno de estos ni otros superiores eclesiásticos hizo la menor

demostracion para impedir á los indios violentasen las iglesias: todos

consintieron en ello, poseidos del espanto, y lo que cansó mayor dolor,

fué ver que, despues de polutas las iglesias, permitiesen celebrar el

santo y tremendo sacrificio de la misa, enterrando el cura, en el lugar

que se hallaba violado, los cadáveres de los vecinos que morian de

enfermedad.

Satisfecha ya la tirania de los cómplices, con tantos y tan trágicos

sucesos, procuraban cohonestar sus maldades con algun específico

pretesto, por si quedaban sometidos á la obediencia del Rey. Suponian

era efectiva la mina, construida por el corregidor desde su casa al

cuartel: formaron autos, cuyos testigos fueron los mismos asesinos y

algunos muchachos, á quienes de propia autoridad dispensaba las edades

el Justicia Mayor, D. Jacinto Rodriguez, haciéndoles firmar

declaraciones, que con anticipacion tenia hechas por direccion de los

abogados Caro y Megia. Quizo probar el hecho de la mina con vista de

ojos, persuadido se habia construido secretamente, como lo habia

mandado: pero le salió el pensamiento errado, porgue los encargados de

esta maldad abandonaron la obra con la consideracion del delito, y

habiendo pasado el exámen el escribano real, D. José de Montesinos,

halló solamente un agujero, que no se dirigia á parte alguna, pero sin

embargo se siguió el proceso lleno de maldades y defectos, y se tuvo la

audacia de remitirlo á la Audiencia de Charcas, para alucinar á sus

Ministros. Se inventaban tambien diariamente continuas infaustas

noticias, á fin de que los pocos vecinos fieles no levantasen el grito;

unas veces aseguraban que habian arrasado la ciudad de la Plata, otras

que en Potosí los criollos, unidos y confederados con los indios de la

mita, habian muerto á todos los europeos, y que en la ciudad de la Paz

se habia querido egecutar la misma traicion que en aquella villa, y que

habian muerto 200 europeos y 300 criollos; con otras novedades de esta

naturaleza, que discurria la malicia para infundir terror y sumision á

los leales.

Disfrutaban los Rodriguez todas las distinciones del usurpado mando con

la mayor satisfaccion, fiados en la ciega subordinacion que les tenian

los indios: pero se desvanecieron todas sus esperanzas la mañana del dia

9 de Marzo, en que improvisamente fué asaltada su casa, de los mismos

que tanto confiaban, y nada menos intentaban que quitarles las cabezas y

destruir toda la villa. Tocaron inmediatamente á entredicho: se juntaron

las milicias, y fueron rechazados los indios con pérdida de 60. Este

hecho les hizo variar de conducta, abandonando desde entonces la

excesiva contemplacion con que les trataban, en especial D. Jacinto, que

estaba persuadido vendrian en su ayuda luego que los llamase, como lo

habian egecutado anteriormente: pero ya desengañados, mandó fundir

algunos pedreros, arreglar las milicias, y acopiar municiones para

la defensa.

Relación historica de los sucesos de la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru en las provincias del Peru, el año de 1780 · 第 3 / 13 段