Diciendo esto, mi corazón, oprimido por tantos desengaños, se
ensanchaba, llenándose otra vez de esperanza, de ese don del cielo que
jamás se agota y que a nadie puede faltar.
—Pues no veo yo muy tranquila esta noche la ciudad de Sevilla —indicó
Mariana—. Si, como dicen, se ha marchado toda la tropa, puede que nos
despertemos mañana en un charco de sangre.
Echeme a reír, burlándome de sus ridículos temores, y seguimos
avanzando con bastante presteza hacia la calle del Oeste. Detúveme
antes de llamar en su casa, para que un breve descanso disimulara mi
sofocación y se amortiguasen las llamaradas de mis mejillas.
—Sentémonos —dije a Mariana— al amparo de este árbol. Ahora no hay gran
prisa. Ya le tengo cogido. Estoy tranquila. Él ha de venir a su casa.
Ahora, ahora sí que le tengo en mi mano.
Cuando llamamos en la reja que daba entrada al patio, una mujer nos
dijo que el señor Monsalud no estaba en casa.
—Pues tengo que hablarle precisamente esta noche, y le esperaré —dije
resueltamente.
Yo no reparaba en conveniencia alguna social. En el estado de mi
espíritu, nada tenía fuerza para contenerme. Importábame ya muy poco
que me vieran, que me conocieran, que me señalasen con el dedo, ni
que el vulgo suspicaz y murmurador me hiciera objeto de burlas y
comentarios deshonrosos.
Al principio vacilaba en dejarme entrar la mujer que me abrió la
puerta; pero tanto insté y con tan arrogante autoridad me expresaba,
que al fin me llevó a una sala baja. Allí estaba un viejecillo que,
a la débil claridad de un velón de cobre, arreglaba baúles y cajas,
poniendo en ellas libros, ropa y papeles. Era un tal Bartolomé
Canencia. Él no debía conocerme; pero se apresuró a saludarme con
extremada cortesía. Cual si comprendiera las ansias que yo padecía
aquella noche, dijo:
—No está en casa, ni puedo asegurar que venga pronto; pero sí que
vendrá. Necesitamos arreglar todo para nuestra partida.
—¿Cuándo?
—Mañana. Nos vamos con el gobierno. ¿Quién se atreverá a quedarse
aquí después que marchen los ministros? Esto es un volcán realista.
En cuanto desaparezca el gobierno que obstruye el cráter, se agitará
con fuego y vapores vomitando horrores. ¡Pobre Sevilla! no ha querido
oír mis consejos, los consejos de la experiencia, señora; hela aquí en
poder del realismo más brutal. Este pueblo, tan célebre por su riqueza
y por su gracia como por sus procesiones, está infestado de curas, y
aquí los curas son ricos.
Ya me fastidiaba esta conversación, y hábilmente la desvié de la
política haciéndola recaer sobre mi objeto. Canencia contestó a mis
preguntas de una manera categórica.
—Esta tarde salimos juntos —me dijo—. Él se quedó en las Gradas de
la catedral, donde tenía una cita, y yo seguí hacia el Alcázar para
asistir a la salida de Su Majestad... Luego nos encontramos de nuevo a
eso de las siete: parecía disgustado, sin duda porque la cita no pudo
verificarse. Entramos en casa, y a poco salió para ver a Calatrava.
Díjome que volvería a arreglar su equipaje, y aquí me tiene usted
arreglando el mío, señora, para lo que se le ofrezca mandar. De modo
que si usted desea algo en Cádiz, puede dar sus órdenes con toda
franqueza.
—Yo también pienso ir a Cádiz.
—¡Usted también! Bueno es que vayan todos —dijo con ironía maliciosa—
para que se haga con solemnidad el entierro de la Constitución. Allí
nació, señora, y allí le pondremos la mortaja; que todo lo que nace ha
de perecer... ¡Si se hubieran seguido mis consejos, señora!... pero
los hombres se han dejado enloquecer por la ambición y la vanidad.
Ya no existen aquellos repúblicos austeros, aquellos filósofos
incorruptibles, aquellos sectarios de la honradez más estricta y de
la sabiduría ateniense, hombres que con un pedazo de pan, un vaso de
agua y un buen libro se pasaban la mayor parte de la vida. Ahora todo
es comer a dos carrillos, pedir destinos, figurar... en una palabra,
señora, ya no hay virtudes cívicas.
—¿Y es seguro que el gobierno marcha mañana? —le pregunté para
desviarle de su fastidiosa disertación.
—Segurísimo. No puede ser de otra manera.
—¿Por tierra?
—Por agua, señora. Los ministros y diputados marchan en el vapor.
—¿Y usted y Salvador van también en el vapor?
—Iremos donde podamos, señora, aunque sea en globo por los aires.
Él siguió arreglando sus maletas, y yo me abrumé en mis pensamientos.
En la sala había un reloj de _cucú_ con su impertinente pájaro, de esos
que asoman al dar la hora y nos hacen tantas cortesías como campanadas
tiene aquella. Nunca he visto un animalejo que más me enfadase, y cada
vez que aparecía y me saludaba mirándome con sus ojillos negros y
cantando el cucú, sentía ganas de retorcerle el pescuezo para que no me
hiciera más cortesías. El pájaro cantó las nueve y las diez y las once,
y con su insolente movimiento y su desagradable sonido parecía decirme:
«¿Qué tal, señora, se aburre usted mucho?»
Todo el que ha esperado comprenderá mi agonía. Aquel resbalar del
tiempo, aquella veloz corrida de los minutos que pasan de nuestra
frente a nuestra espalda, amontonándose atrás el tiempo que estaba
delante, es para enloquecer a cualquiera. Cuando no hay un reloj que
lleve la cuenta exacta de la cantidad de esperanza que se desvanece y
de la paciencia que se gasta grano a grano, menos mal; pero cuando
hay reloj y este reloj tiene un pájaro que hace reverencias cada
sesenta minutos y dice _cucú_, no hay espíritu bastante fuerte para
sobreponerse a la pena. Ya cerca de las doce me decía yo: «¡Si no
vendrá!»
Habiendo manifestado mis dudas al viejo Canencia, que parecía algo
molesto por la duración de mi visita, me dijo:
—Puede que venga y puede que no venga. Seguramente estará ahora en
el café del Turco o en casa del duque del Parque. Ya es media noche.
Dentro de unas cuantas horas será de día, y... ¡en marcha todo el mundo
para Cádiz!
Mariana bostezaba, siendo imitada por Canencia. Yo me sostenía
intrépida, sin sueño ni cansancio, resuelta a estar un año en aquel
sitio, si un año tardaba en venir mi hombre.
—De todas maneras —dije a Canencia—, si se marcha mañana ha de venir a
arreglar su equipaje.
—Es muy posible, señora —me contestó secamente—. En caso de que quiera
usted retirarse, puede con toda confianza dejar el recado verbal que
guste. Yo se lo transmitiré puntualmente y con la fidelidad de un
verdadero amigo.
—Gracias.
—Le diré que ha estado aquí... Aunque usted no me ha dicho su nombre,
yo creo conocer a la persona con quien tengo el honor de hablar,
por haberla visto en Madrid algunas veces... ¿No es usted la señora
marquesa de Falfán?
Esta pregunta me hizo estremecer en mi interior, como si un rayo pasara
por mí. Pero dominándome con soberano esfuerzo, repuse gravemente, con
afectada vergüenza.
—Sí, señor: soy la marquesa de Falfán. Fiada en la discreción de usted,
me he aventurado a esperar aquí en hora tan impropia.
—Señora, yo soy un sepulcro, y además un amigo fiel de ese excelente
joven; y como le debo no pocos beneficios, a la amistad se une la
gratitud. Puede usted con toda libertad confiarme lo que quiera. Es muy
posible que él no pueda verla a usted esta noche. Estará muy ocupado, y
sin duda el viaje de mañana trastorna sus planes, porque si no recuerdo
mal, hoy me dijo que pensaba despedirse de usted, por la noche, en casa
de doña María Antonia.
Al oír esto me quedé como mármol, y en seguida se me llenó el corazón
de ascuas. Desplegué los labios para preguntar: «¿dónde vive esa doña
María Antonia?» pero me contuve a tiempo comprendiendo la gran torpeza
que iba a cometer. Evocando toda mi habilidad de cómica, dije:
—Así pensábamos; pero no ha podido ser.
El infame pájaro se asomó a su nicho, y burlándose de mí cantó la una.
Yo me ahogaba, porque a mis primeras fatigas se unía, desde que habló
aquel hombre, la inmensa sofocación de un despecho volcánico de los
celos que me mataban. En mi cerebro se encajaba una corona de brasas
resplandecientes; mi corazón chorreaba sangre, herido por mil púas
venenosas. Mi afán, mi deseo más vivo era morder a alguien.
Esperé más. Canencia seguía bostezando y Mariana dormitaba. Yo sentía
en mis oídos un zumbido extraño, el zumbido del silencio nocturno, que
es como un eco de mares lejanos, y deshaciéndome esperaba. Habría dado
mi vida entera por verle entrar, por poder hablarle a solas un momento,
arrojando sobre él las palabras, la furia, la hiel que se desbordaban
en mí. A ratos balbucía terribles injurias, que siendo tan infames, a
mí me parecían rosas.
El vil pajarraco volvió a chancearse conmigo, y haciendo la reverencia
más pronunciada y el canto más fuerte, anunció las dos.
—¡Las dos!... ¡pronto será de día! —exclamé.
—Fijamente no viene ya, señora. Es que se embarca con los diputados
—dijo Canencia, dando a entender con sus bostezos que de buena gana
dormiría un rato.
—¿Y a qué hora se embarcan los diputados?
—Al rayar el día: así se dijo anoche en el salón del Congreso, cuando
se levantó la sesión, que ha durado treinta y tres horas.
Estuve largo rato dudando lo que debía hacer. Delante de mi pensamiento
daba vueltas un círculo de fuego que alternativamente, en su lenta
rotación, mostrábame dos preguntas. Primera: ¿_Y si viene después que
yo me vaya_? Segunda: ¿_Y si se embarca en el muelle mientras yo estoy
aquí_?
Yo veía pasar una pregunta, después otra. La segunda sustituía a la
primera, y la primera a la segunda en órbita infinita. Ambas tenían
igual claridad, ambas me deslumbraban y me enloquecían de la misma
manera. Yo, que por lo general me decido pronto, entonces dudaba.
Cuando la voluntad se iba inclinando de un lado, el pensamiento
llamábame del otro, y así contrabalanceados los dos, ponían mi alma
en estado de terrible ansiedad. Largo rato permanecí en esta dolorosa
incertidumbre. Los minutos volaban, y acercándose aquel en que era
preciso resolver definitivamente, el silencio mismo llegó a impresionar
mi cerebro como un bramido intolerable, formado por mil voces. Oía el
latir de mi corazón como se oye un secreto que nos dicen al oído; mi
sangre ardía, y por fin aquella misma palpitación de mi alborotado seno
fue como una voz que hablaba diciéndome: «Anda, anda.»
El pájaro, riendo como un demonio burlón, me saludó tres veces con su
cortesía y su infernal _cucú_. Eran las tres.
—Pronto será de día —dijo Canencia dejando caer sobre el pecho su
cabeza venerable.
Levanteme. Estaba decidida. Pareciome que don Bartolomé, al verme
dispuesta a partir, vio el cielo abierto. Despedime de él bruscamente,
y salimos.
—¿Adónde vamos, señora? —me dijo Mariana—. ¿No es hora de retirarnos ya
a descansar?
—Todavía no.
—¡Señora, señora, por Dios!... Está amaneciendo. No hemos cenado, no
hemos dormido...
—Calla, imbécil —le dije clavando mis dedos en su brazo—. ¡Calla, o te
ahogo!