Amanecía, y multitud de hombres de mal aspecto vagaban por la calle.
Veíanse paisanos armados, y muchos guapos de la Macarena y de Triana.
Mi criada tuvo miedo; pero yo no. Repetidas veces nos vimos obligadas
a variar de rumbo para evitar el encuentro de algunos grupos en que se
oía el ronco estruendo de ¡_vivan las caenas_!, ¡_muera la nación_!
Llegamos por fin al río. Ya el día había aclarado bastante, y desde la
puerta de Triana vimos la chimenea del vapor, que despedía humo.
—Si esos barcos de nueva invención humean al andar —dije—, el vapor se
marcha ya.
Desde la puerta de Triana a la Torre del Oro se extendía un cordón de
soldados de artillería. En la puerta de Jerez había cañones. Nada de
esto me arredraba, porque mi exaltación me infundía grandes alientos,
y hablando al oficial de artillería, logré pasar hasta la orilla,
donde algunas tablas, sostenidas sobre pilotes, servían de muelle. El
vapor bufaba como animal impaciente que quiere romper sus ligaduras
y huir. Multitud de personas se dirigían al embarcadero. Reconocí a
Canga-Argüelles, a Calatrava, a Bertrán de Lis, a Salvato, a Galiano y
a otros muchos que no eran diputados.
«Él se irá también —pensé—. Vendrá aquí de seguro... Pero no, no creo
que se me pueda escapar.»
Una idea grandiosa cruzó por mi mente, una de esas ideas napoleónicas
que yo tengo en momentos de gravedad suma. Ocurriome embarcarme también
en el vapor, si le veía partir. No tenía equipaje, ¿pero qué me
importaba? Mariana se quedaría para llevarlo después.
Acerqueme a Calatrava, que se asombra mucho de verme.
—Quiero un puesto en el vapor —le dije.
—¿También usted se marcha?... ¿De modo que...?
—Temo ser perseguida. Estoy muerta de miedo desde ayer. Me han
amenazado con anónimos atroces.
—¿Ha preparado usted su equipaje?
—He preparado lo más preciso: el viaje es corto. Mi criada se queda
para arreglar lo que dejo aquí.
—También nosotros dejamos nuestros equipajes, porque no caben en el
vapor. Irán en aquella goleta.
—¿Me hace usted un sitio, sí o no?
—¿Un sitio? Sí, señora. Dejando el equipaje... El gobierno ha fletado
el buque. Puede usted venir.
Esto se llama proceder pronto y con energía... Pero observé a todos los
que llegaban, y no le vi. A cada instante creía verle aparecer.
—No puede tardar —dije, después que di mis órdenes a Mariana—. Ahora sí
que es mío.
Mariana hacía objeciones muy juiciosas; pero yo a nada atendía. Estaba
ciega, loca.
—¿Y si no se embarca? —me dijo mi criada—. Todavía no ha venido...
—Pero ha de venir... A ver si está por ahí el duque del Parque.
Miramos las dos en todos los grupos, y no vimos al duque.
—¿El señor duque del Parque no va a Cádiz? —pregunté a Salvato.
—El señor duque no se ha atrevido a votar el destronamiento.
—¿Y qué?
—Que los que no votaron no se creen en peligro, y seguirán en Sevilla.
—De modo que Su Excelencia...
—No tengo noticia de que se embarque con nosotros.
—Venga usted —me dijo Calatrava alargándome la mano para llevarme a la
cubierta del buque.
—Entre usted, amigo, entre usted, que aún tengo que decir algo a mi
criada.
—Parece que vacila usted...
—En efecto..., sí..., no estoy decidida aún.
No, no podía entrar en aquel horrible bajel que iba a partir silbando
y espumarajeando, sin llevar al que turbaba mi vida. Yo les vi entrar
uno tras otro, les conté; ni uno solo escapó a mi observación, y ¡él
no estaba! ¡Siempre ausente, siempre lejos de mí, siempre en dirección
diametralmente opuesta a la dirección de mis ideas y de mi apasionada
voluntad! Esto era para enloquecer completamente, y digo completamente,
porque yo estaba ya bastante loca. Mi desvarío insensato aumentaba
como la fiebre galopante del enfermo solicitado por la muerte.
Se embarcaron, ¡ay! Vi al horrendo vapor separarse del muelle; vi
moverse las paletas de sus ruedas machacando y rizando el agua, le oí
silbar y mugir echando humo, hasta que emprendió su marcha majestuosa
río abajo.
No yendo él, no podía causarme aflicción quedarme en tierra. Él estaba
también en Sevilla.
—Ahora —dije—, ahora no es posible que lo pierda otra vez. Si tengo
actividad e ingenio, pronto saldré de esta angustiosa situación.
No quise detenerme, como el vulgo que se extasiaba contemplando el humo
del vapor que conducía hacia el postrer rincón de España el último
resto del liberalismo. Como aquel humo en los aires, así se desvanecía
en el tiempo la Constitución... Pero en mi mente no podían fijarse ni
por un instante estas ideas.
Érame forzoso pensar en otras cosas, y en la realidad de mi ya
insoportable desdicha. ¿A dónde debía ir? En los primeros momentos
después del embarque no pude determinarlo, y vagué breve rato por
la ribera, hasta que me obligaron a huir los excesos de la salvaje
muchedumbre, que se precipitó sobre los equipajes de los diputados,
apoderándose de ellos y saqueándolos en presencia de la poca tropa que
había quedado en el muelle.
Al mismo tiempo sentí el clamor de las campanas echadas a vuelo
en señal de que Sevilla había dejado de pertenecer al gobierno
constitucional, y en cuerpo y alma pertenecía ya al absolutismo.
¡Cambio tan rápido como espantoso! El pronunciamiento se hizo entre
berridos salvajes, en medio del saqueo y del escándalo, al grito de
¡_muera la nación_! La verdad es que los alborotadores hacían poco daño
a las personas; pero sí robaban cuanto podían. Al entrar por la puerta
de Jerez, procuré apartarme lo más posible de la turbulenta oleada
que marchaba hacia el corazón de Sevilla, con objeto, según oí, de
destrozar el salón de sesiones y el café del Turco, donde se reunían
los patriotas.
Lejos de desmayar yo con tantas contrariedades, el insomnio y el
continuo movimiento, parecía que la misma fatiga me daba alientos
prodigiosos. No sentía el más ligero cansancio, y mi cerebro, como
una llama cada vez más viva, hallábase en ese maravilloso estado de
actividad que es para los poetas, para los criminales y para los que se
ven en peligro, la rápida inspiración del momento. Yo sentía en mí un
estro grandioso, avivado por mis contrariadas pasiones, mi rencor y mi
despecho. Tenía la penetrante vista del genio, y había llegado a ese
momento sublime en que los más profundos secretos de nuestro destino
se nos muestran con claridad espantosa. Mi pensamiento, como la aguja
magnética de una brújula, señalaba con insistencia la casa del marqués
de Falfán.
—¡Oh, allí, allí... he de encontrar la solución de este horrible
problema!