XXX

Amanecía, y multitud de hombres de mal aspecto vagaban por la calle.

Veíanse paisanos armados, y muchos guapos de la Macarena y de Triana.

Mi criada tuvo miedo; pero yo no. Repetidas veces nos vimos obligadas

a variar de rumbo para evitar el encuentro de algunos grupos en que se

oía el ronco estruendo de ¡_vivan las caenas_!, ¡_muera la nación_!

Llegamos por fin al río. Ya el día había aclarado bastante, y desde la

puerta de Triana vimos la chimenea del vapor, que despedía humo.

—Si esos barcos de nueva invención humean al andar —dije—, el vapor se

marcha ya.

Desde la puerta de Triana a la Torre del Oro se extendía un cordón de

soldados de artillería. En la puerta de Jerez había cañones. Nada de

esto me arredraba, porque mi exaltación me infundía grandes alientos,

y hablando al oficial de artillería, logré pasar hasta la orilla,

donde algunas tablas, sostenidas sobre pilotes, servían de muelle. El

vapor bufaba como animal impaciente que quiere romper sus ligaduras

y huir. Multitud de personas se dirigían al embarcadero. Reconocí a

Canga-Argüelles, a Calatrava, a Bertrán de Lis, a Salvato, a Galiano y

a otros muchos que no eran diputados.

«Él se irá también —pensé—. Vendrá aquí de seguro... Pero no, no creo

que se me pueda escapar.»

Una idea grandiosa cruzó por mi mente, una de esas ideas napoleónicas

que yo tengo en momentos de gravedad suma. Ocurriome embarcarme también

en el vapor, si le veía partir. No tenía equipaje, ¿pero qué me

importaba? Mariana se quedaría para llevarlo después.

Acerqueme a Calatrava, que se asombra mucho de verme.

—Quiero un puesto en el vapor —le dije.

—¿También usted se marcha?... ¿De modo que...?

—Temo ser perseguida. Estoy muerta de miedo desde ayer. Me han

amenazado con anónimos atroces.

—¿Ha preparado usted su equipaje?

—He preparado lo más preciso: el viaje es corto. Mi criada se queda

para arreglar lo que dejo aquí.

—También nosotros dejamos nuestros equipajes, porque no caben en el

vapor. Irán en aquella goleta.

—¿Me hace usted un sitio, sí o no?

—¿Un sitio? Sí, señora. Dejando el equipaje... El gobierno ha fletado

el buque. Puede usted venir.

Esto se llama proceder pronto y con energía... Pero observé a todos los

que llegaban, y no le vi. A cada instante creía verle aparecer.

—No puede tardar —dije, después que di mis órdenes a Mariana—. Ahora sí

que es mío.

Mariana hacía objeciones muy juiciosas; pero yo a nada atendía. Estaba

ciega, loca.

—¿Y si no se embarca? —me dijo mi criada—. Todavía no ha venido...

—Pero ha de venir... A ver si está por ahí el duque del Parque.

Miramos las dos en todos los grupos, y no vimos al duque.

—¿El señor duque del Parque no va a Cádiz? —pregunté a Salvato.

—El señor duque no se ha atrevido a votar el destronamiento.

—¿Y qué?

—Que los que no votaron no se creen en peligro, y seguirán en Sevilla.

—De modo que Su Excelencia...

—No tengo noticia de que se embarque con nosotros.

—Venga usted —me dijo Calatrava alargándome la mano para llevarme a la

cubierta del buque.

—Entre usted, amigo, entre usted, que aún tengo que decir algo a mi

criada.

—Parece que vacila usted...

—En efecto..., sí..., no estoy decidida aún.

No, no podía entrar en aquel horrible bajel que iba a partir silbando

y espumarajeando, sin llevar al que turbaba mi vida. Yo les vi entrar

uno tras otro, les conté; ni uno solo escapó a mi observación, y ¡él

no estaba! ¡Siempre ausente, siempre lejos de mí, siempre en dirección

diametralmente opuesta a la dirección de mis ideas y de mi apasionada

voluntad! Esto era para enloquecer completamente, y digo completamente,

porque yo estaba ya bastante loca. Mi desvarío insensato aumentaba

como la fiebre galopante del enfermo solicitado por la muerte.

Se embarcaron, ¡ay! Vi al horrendo vapor separarse del muelle; vi

moverse las paletas de sus ruedas machacando y rizando el agua, le oí

silbar y mugir echando humo, hasta que emprendió su marcha majestuosa

río abajo.

No yendo él, no podía causarme aflicción quedarme en tierra. Él estaba

también en Sevilla.

—Ahora —dije—, ahora no es posible que lo pierda otra vez. Si tengo

actividad e ingenio, pronto saldré de esta angustiosa situación.

No quise detenerme, como el vulgo que se extasiaba contemplando el humo

del vapor que conducía hacia el postrer rincón de España el último

resto del liberalismo. Como aquel humo en los aires, así se desvanecía

en el tiempo la Constitución... Pero en mi mente no podían fijarse ni

por un instante estas ideas.

Érame forzoso pensar en otras cosas, y en la realidad de mi ya

insoportable desdicha. ¿A dónde debía ir? En los primeros momentos

después del embarque no pude determinarlo, y vagué breve rato por

la ribera, hasta que me obligaron a huir los excesos de la salvaje

muchedumbre, que se precipitó sobre los equipajes de los diputados,

apoderándose de ellos y saqueándolos en presencia de la poca tropa que

había quedado en el muelle.

Al mismo tiempo sentí el clamor de las campanas echadas a vuelo

en señal de que Sevilla había dejado de pertenecer al gobierno

constitucional, y en cuerpo y alma pertenecía ya al absolutismo.

¡Cambio tan rápido como espantoso! El pronunciamiento se hizo entre

berridos salvajes, en medio del saqueo y del escándalo, al grito de

¡_muera la nación_! La verdad es que los alborotadores hacían poco daño

a las personas; pero sí robaban cuanto podían. Al entrar por la puerta

de Jerez, procuré apartarme lo más posible de la turbulenta oleada

que marchaba hacia el corazón de Sevilla, con objeto, según oí, de

destrozar el salón de sesiones y el café del Turco, donde se reunían

los patriotas.

Lejos de desmayar yo con tantas contrariedades, el insomnio y el

continuo movimiento, parecía que la misma fatiga me daba alientos

prodigiosos. No sentía el más ligero cansancio, y mi cerebro, como

una llama cada vez más viva, hallábase en ese maravilloso estado de

actividad que es para los poetas, para los criminales y para los que se

ven en peligro, la rápida inspiración del momento. Yo sentía en mí un

estro grandioso, avivado por mis contrariadas pasiones, mi rencor y mi

despecho. Tenía la penetrante vista del genio, y había llegado a ese

momento sublime en que los más profundos secretos de nuestro destino

se nos muestran con claridad espantosa. Mi pensamiento, como la aguja

magnética de una brújula, señalaba con insistencia la casa del marqués

de Falfán.

—¡Oh, allí, allí... he de encontrar la solución de este horrible

problema!

Los cien mil hijos de San Luis · 第 31 / 38 题