Mucho me irritó la orden del señor deán, que sin duda no esperaba a una
persona amada, y entré en la iglesia consolándome de aquel percance con
la idea de que en edificio tan vasto no faltarían puertas por donde
salir. Pasamos al otro lado; pero en la puerta que da a la plaza de la
Lonja, otro ratón de iglesia me salió al encuentro después de echar los
pesados cerrojos, y también dijo:
—De orden del señor deán.
«¡Malditos sean todos los deanes!», exclamé para mí, dirigiéndome a
la puerta que da a la fachada. Allí, un viejo con gafas, sotana y
sobrepelliz, se restregaba las manos gruñendo estas palabras:
—Ahora, ahora va a ser ella. Señores liberales, nos veremos las caras.
Yo fui derecha a levantar el picaporte; pero también aquella puerta
estaba cerrada, y el sacristán viejo, al ver mi cólera, que no podía
contener, alzó los hombros disculpándose con la orden de la primera
autoridad capitular. El de las gafas añadió:
—Hasta que no pase la gresca no se abrirán las puertas.
—¿Qué gresca?
—La que han armado con la salida del rey loco. Mi opinión, señora, es
que ahora va a ser ella, porque hay un complot que no lo saben más de
cuatro.
Volvió a restregarse las manos fuertemente, guiñando un ojo.
—¿Y a qué hora sale Su Majestad?
—A las seis, según dicen; pero antes ha de correr la sangre por las
calles de Sevilla como cuando la inundación de hace veinte años, la
cual fue tan atroz, que por poco fondean los barcos dentro de la
catedral.
—¡De modo que estaré encerrada aquí hasta las seis! —exclamé llena de
furor—. Esto no se puede sufrir, es un abuso, un escándalo. Me quejaré
a las autoridades, al rey.
—El rey está loco —dijo el viejo con horrible ironía.
—Al gobierno; me quejaré al arzobispo. O me dejan salir o gritaré
dentro de la iglesia, reclamando mi derecho.
Discurrí con agitación indecible por la iglesia, nave arriba, nave
abajo, saliendo de una capilla y entrando en otra, pasando del patio
al templo y del templo al patio. Miraba a los negros muros buscando un
resquicio por donde evadirme, y enfurecida contra el autor de orden tan
inicua, me preguntaba para qué existían deanes en el mundo.
Los canónigos dejaban el coro y se reunían en su camarín, marchando de
dos en dos o de tres en tres, charlando sobre los graves sucesos. Los
sochantres y el fagotista se dirigían piporro en mano a la capilla de
música, y los inocentes y graciosos niños de coro, al ser puestos en
libertad, iban saltando, con gorjeos y risas, a jugar a la sombra de
los naranjos.
Varias veces, en las repetidas vueltas que por toda la iglesia di, pasé
por la capilla de San Antonio. Sin que pueda decir que me dominaban
sentimientos de irreverencia, ello es que mi compungida devoción al
santo había desaparecido. No le miré con aversión; pero si con cierto
enojo respetuoso, y en mi interior le decía: «¿Es esto lo que yo tenía
derecho a esperar? ¿Qué modo de tratar a los fieles es este?»
Mi egoísmo había llegado al horrible extremo de pedir cuenta a la
divinidad de los desaires que me hacía. Irritábame contra el cielo,
porque no satisfacía mis caprichos.
Pero, ¡maldita hora!, quien a mí me irritaba verdaderamente era el
deán tirano que mandaba encerrar a la gente porque se le antojaba.
Desde que le vi salir del coro en compañía del arcediano, moviéndose
muy lentamente a causa del peso de su descomunal panza, le tuve por un
realistón furibundo, sin que por esto me fuese menos antipático. ¿Por
qué habían cerrado las puertas? Por poner el sagrado recinto a salvo de
una invasión plebeya, e impedir que el bullicio de los vivas y mueras
turbase la santa paz de la casa de Dios. Con todo su celo no pudo el
señor deán conseguirlo, y desde el patio oíamos claramente los gritos
de la muchedumbre y el paso de la caballería. La Giralda cantó las
cinco, cantó las seis, y la deplorable situación no cambiaba, ni las
puertas se abrían, ni se desvanecía el rumor del pueblo. Yo creo que
si aquello se prolonga demasiado, me atrevo a decir dos palabras al
buen canónigo encerrador. Por fin no era yo sola la impaciente: otras
muchas personas, detenidas como yo, se quejaban igualmente, y todos nos
dirigíamos en alarmante grupo al sacristán; pero sin conseguir nada.
—Cuando Su Majestad haya salido de Sevilla —nos respondía—, o se arma
la de San Quintín, o todo quedará tranquilo.
Por fin, después de las siete, la puerta del Perdón se abrió y vimos
las Gradas y la gente que iba y venía sin tumulto. Yo me arrojé a la
calle como se arrojaría en el agua aquel cuyos vestidos ardieran.
Miraba a un lado y otro; me comía con los ojos a cuantos pasaban;
caminé apresuradamente hacia la Lonja y hasta el Alcázar; mi cabeza
se movía sin cesar, dirigiendo la vista a todo semblante humano.
¡Afán inútil!... Yo buscaba y rebuscaba, y mi hombre no aparecía en
ninguna parte... Ya se ve... ¡las siete de la tarde! Se cansaría de
aguardarme... tendría que hacer...
Volví de nuevo a la catedral, recorrila toda, salí, di la vuelta
por la Lonja; pero, ¡ay!, si diera la vuelta a toda la tierra, creo
que tampoco le encontrara: ¡tal era la horrible insistencia de mi
desgracia! Y, sin embargo, hasta en las baldosas del piso, en el aire y
en el sonido, hallaba no sé qué indicio misterioso de que él me había
aguardado allí largas horas. Esto era para morir.
Después de mucho correr, senteme en un banco de piedra junto a la
Lonja. Tanto me enfadaba la gente que veía regresar del Alcázar y de
la puerta de San Fernando, que si las llamas de furor que abrasaban mi
pecho fueran materiales, de buena gana hubiera vomitado fuego sobre
los que pasaban ante mí. Venían de ver partir al rey loco. Muchos se
lamentaban de que se tratase de tal suerte al soberano de Castilla.
¡Menguados! ¿porqué no tomaban las armas? Sí, ¿por qué no las tomaban?
Me habría gustado ver a todos los habitantes de Sevilla destrozándose
unos a otros.
La Giralda cantó otra hora, no sé cuál, y entonces me decidí a tomar
nueva resolución.
—Vamos a su casa —dije a Mariana.
—Es de noche, señora.
La infeliz no quería alejarse mucho de la casa. Pero no le contesté y
nos pusimos en camino para la calle del Oeste.
—¿Y si no está? —indicó mi criada—. Porque es muy posible que con estas
cosas...
—¿Qué cosas?
—Estas revoluciones, señora.
—Si no hay nada.
—Pues... como se han llevado al rey después de volverle loco... En el
patio de la catedral decía uno que tendremos revolución mañana cuando
se marche el gobierno, porque el gobierno se marchará.
—Déjalo ir: no nos hace falta. Date prisa.
—Pues yo creo que nos llevaremos otro chasco.
—Si no está en su casa, le esperaré.
—¿Y si no vuelve hasta muy tarde?
—¡Hasta muy tarde le esperaré!
—¿Y si no vuelve hasta mañana?
—Hasta mañana le esperaré. No me muevo de su casa hasta que le vea.
Ahora, ahora sí que no se me escapa. ¿Concibes tú que se me pueda
escapar?