Campos entró en casa al día siguiente muy temprano. Ya he dicho que
este masón era amigo muy constante de la familia con quien yo vivía, un
matrimonio alavés, de edad madura y sin hijos, extraño por lo general
a las pasiones políticas, aunque la señora, como buena vascongada, se
inclinaba al absolutismo. Campos entró gritando:
—¡Ya nos la ha pegado ese tunante!
Al punto comprendí lo que quería expresar.
—La Bisbal ha capitulado, ¿no es eso? —le dije—. ¡Qué noticia! Ya lo
suponíamos.
—Pero al menos, señora, al menos... —manifestó Campos con afán—. Las
formas, es preciso guardar ciertas formas... Todos estamos dispuestos
a capitular, porque no es posible vivir en lucha con la general
corriente, ni con la Europa entera; pero..., pero...
—¿Y qué ha hecho La Bisbal?
—Dar un manifiesto...
—Ya lo suponía: es el hombre de los manifiestos.
—Un manifiesto en que dice que sí y que no, y que tira y afloja, y
que blanco y que negro... en fin, un manifiesto de La Bisbal. Después
entregó el mando al marqués de Castelldosrius, y ha desaparecido. En
el ejército cunde la desmoralización. La mayor parte de los soldados
se van a donde les da la gana, y aquí nos tiene usted como el 3 de
diciembre de 1808, en poder de los franceses... Vamos a ver, ¿qué hace
ahora un hombre honrado como yo? ¿Qué hacen ahora los hombres que no se
han metido en nada, que desde su campo defendieron siempre el orden y
las conveniencias?...
Yo hacía esfuerzos para contener la risa. La zozobra del masón en
momentos de tanto apuro, y su afán por presentarse como hombre de
orden, ofrecían un cuadro tan gracioso como instructivo.
—¿De modo que ya se acabó la Constitución? —dijo la señora de Saracha,
elevando majestuosamente las manos al cielo, como en acción de
gracias—. Pues ahora habrá perdón general. Se reconciliarán todos los
españoles, dándose fraternales abrazos, y amparándose bajo el manto
amoroso del rey.
Yo me eché a reír.
—No es mal perdón el que nos aguarda —dijo Campos con detestable
humor—. ¡Bonito manto nos amparará! Ya se ha alborotado la gentuza de
los barrios bajos, y las caras siniestras, las manos negras y rapaces,
los trabucos y las navajas, van apareciendo. Nada, nada. Tendremos
escenas de luto y de ignominia, otro 10 de mayo de 1814.
—¿Será posible? Pues me parece que efectivamente hay algo de alboroto
en la calle —dijo mi amiga asomándose al balcón.
Vivíamos en la calle de Toledo, que es la arteria por donde la
emponzoñada sangre sube al cerebro de la villa de Madrid en los
días de fiebre. Cruzaban la calle gentes del pueblo en actitud poco
tranquilizadora. Al poco rato oímos gritar: «¡Viva la religión! ¡Vivan
las caenas!» Fue aquella la primera vez de mi vida que oí tal grito, y
confieso que me horrorizó.
Campos no quiso asomarse, porque le enfurecían los desahogos de la
plebe (mayormente cuando chillaba en contra de los liberales), y seguía
diciendo:
—Veremos cómo tratan ahora a los hombres honrados que han defendido
el orden, que han procurado siempre contener al democratismo y a la
demagogia.
No pude vencer mi natural inclinación a las burlas, y le dije:
—Señor Campos, no doy cuatro cuartos por su pellejo de usted.
—Ni yo tampoco —me respondió riendo.
Él, en medio de su descontento, esperaba filosóficamente el fin, seguro
de sobrenadar tarde o temprano en el piélago absolutista. Era además
hombre de tanto valor como audacia.
La gente de los barrios bajos siguió alborotando todo el día. Moviose
la tropa para mantener el orden, y el general Zayas, que mandaba en
Madrid y había firmado la capitulación aquella misma mañana con los
franceses, parecía dispuesto a ametrallar sin compasión a la canalla.
En gran zozobra vivíamos todos los vecinos de la villa, porque se
hablaba de saqueo y de la aproximación de las partidas de Bessieres, el
infame aventurero que, defendiendo el despotismo, quería lograr lo que
no pudo conseguir combatiendo por la república.
Pero la principal causa de mi inquietud era no ver a mi lado a la
persona que más me interesaba en aquellos días. Le esperé toda la
mañana y toda la tarde, y como a ninguna hora parecía y había hecho
promesa de visitarme, creí que le pasaba algo desagradable. Por la
noche no pude refrenar mi ardorosa impaciencia, y volé a su casa.
Tampoco estaba en ella, y el anciano portero y maestro de escuela,
armado de fusil en medio de la portería, furioso y exaltado cual si
acabara de escaparse de un manicomio, me inspiró tanto miedo que no
quise esperar allí.
Pasé la noche en un estado de angustia horrible. Corrían rumores de que
pronto tendríamos saqueo, prisiones, muertes y escandalosas escenas.
Se decía que los liberales más señalados eran perseguidos por las
calles como perros rabiosos y apedreadas sus casas. Yo no podía vivir.
Al amanecer del otro día, que era el 20 de mayo, busqué a Salvador en
diversos puntos, y tampoco le pude encontrar. Antes de volver a casa vi
movimientos de tropas en la Puerta del Sol, y me dijeron que Bessieres
había aparecido con sus cuadrillas, que yo llamaba de _asesinos de
la fe_, por detrás del Retiro, amenazando entrar en Madrid. La plebe
de los barrios bajos se le había reunido, y como hambrientos perros
aullaban mirando a la corte con ansias de devorarla. Todo Madrid estaba
aterrado, y yo más que nadie, no por el temor del saqueo, sino por la
sospecha de que la persona más cara a mi corazón hubiera sido víctima
del furor de la plebe.
Esperé también todo aquel día. Campos entró a darnos noticias de lo
que pasaba. Oíamos cañonazos lejanos, y a cada instante creíamos ver
llegar y difundirse por las calles a la desenfrenada turba soez, ebria
de sangre y de pillaje. Pero Dios no quiso que en aquel día triunfaran
los malvados. El general Zayas destrozó a los _asesinos de la fe_,
acuchillando a los chisperos y mujerzuelas que entre ellos graznaban.
La plebe, aterrada, volvió a sus oscuras guaridas, y mucha gente
mala huyó a los campos, aguardando a poder entrar con los franceses.
Desde que supimos el gran peligro a que habíamos estado expuestos los
habitantes de Madrid, todos deseábamos que llegasen de una vez los Cien
mil hijos de San Luis, para que, estableciendo un gobierno regular,
contuvieran a la canalla azuzada por los realistas furibundos.
Al fin salí de la angustia que me atormentaba. En la mañana del día 21,
el prófugo, por quien yo había derramado tantas lágrimas, se presentó
delante de mí en estado bastante lastimoso, desencajado y lleno de
contusiones, con los ojos encendidos, seca la boca, cubierta de sudor
la hermosa frente, rotos y llenos de polvo los vestidos.
Al punto comprendí que había sido maltratado por las feroces bestias
populares. No le dije nada, y me apresuré a cuidarle, proporcionándole
alimento y reposo. Él me miraba con ojos extraviados. Apretando los
puños exclamó:
—¿Has visto a la canalla?
Necesitaba sosiego, y por todos los medios procuré tranquilizarle.
—No pienses más en eso —le dije—, y regocíjate ahora en la paz de mi
compañía y en esta dulce soledad en que estamos.
—¡No puedo, no puedo! —exclamó con gran agitación.
Y después repetía:
—¿Has visto a la canalla? Pero ¡qué canalla es la canalla!
Más tarde me contó que había corrido un gran riesgo, porque al salir
de un sitio en que estaban reunidas varias personas contrarias al
despotismo, fue acometido, pudiendo salvar a duras penas la vida,
gracias a su energía y al coraje con que se defendió.
Su estado febril inspirome bastante ansiedad aquella noche que pasó
junto a mí; pero a la mañana siguiente, su prodigiosa naturaleza había
triunfado de la ebullición de la sangre irritada.
—No puedo ir a mi casa —me dijo—, y aun será peligroso que salga a la
calle; pero yo necesito disponer mi viaje.
—¿Vuelves al norte?
—No: tengo que ir a Sevilla, donde está lo que queda de gobierno
liberal. No tengo ya ni un resto siquiera de esperanza; pero es preciso
que cumpla fielmente la comisión del general Mina, y vaya hasta las
últimas extremidades, para que nos quede al menos el consuelo de
haberlo intentado todo, y para que se pueda decir esta verdad terrible:
«No hubo un solo liberal en España que supiera cumplir con su deber.»
—Pues si vas a Andalucía iré contigo —dije, regocijándome ya con la
idea de acompañarle y huir de Madrid, donde mi conciencia no podía
estar tranquila.
—El viaje no será fácil —respondió sin demostrar grande entusiasmo por
mi compañía—, mayormente para una señora.
—Para mí todo es fácil.
—No se encontrarán carruajes.
—Como ruede el dinero, rodarán los coches.
—La policía vigilará la salida de los liberales.
—No importa.
Sin pérdida de tiempo empecé mis diligencias para nuestro viaje. Ningún
propietario de coches quería arriesgar su material ni sus caballerías,
porque los facciosos se apoderaban de ellas. No me acobardó, sin
embargo, y seguí mis pesquisas. Campos también deseaba proporcionar a
mi amigo fácil escapatoria.
La entrada de los franceses, el día 23, me dio alguna esperanza; mas,
por desgracia, entre las fuerzas de vanguardia no venía el conde de
Montguyon. Vi, en cambio, muchos guerrilleros del norte, de fiero
aspecto, y temblé de pavor, deseando entonces más vivamente huir de la
corte.
¡Y qué desorden en los primeros momentos de aquel día! Por mucha prisa
que se dieron los franceses a establecerse, no lograron impedir mil
excesos.
Centenares de hombres, cuyo furor había sido pagado, corrían por
las calles celebrando entre borracheras el horrible carnaval del
despotismo. Rompían a pedradas los cristales, trazaban cruces en las
puertas de las casas donde vivían patriotas, como señal de futuras
matanzas; escarnecían a todo el que no era conocido por su exaltación
absolutista; gritaban como locos, maldiciendo la libertad y la nación.
No escapaban de sus groserías las personas indiferentes a la política,
porque era preciso haber sido perro de presa del absolutismo para
obtener perdón. Algunos frailes de los que más habían escandalizado en
el púlpito con sus sermones sanguinarios, eran llevados en triunfo.
Saliendo de misa de San Isidro, me vi insultada y seguida por una turba
de mujerzuelas feroces, solo porque llevaba un lazo verde. El color
verde era ya el color de la ignominia, como emblema del liberalismo,
que tantas veces había escrito sobre él _Constitución o muerte_.
Vi maltratar a un joven de buen porte, solo porque usaba bigote, y
desde aquel día, el tal adorno de las varoniles caras fue señal de
francmasonismo y de extranjería filosófica.
Quien vio una vez tales escenas, no puede olvidarlas. Mis ideas habían
cambiado mucho desde mi viaje a Francia. Conservando el mismo respeto
al trono y al gobierno fuerte, había perdido el entusiasmo realista.
Pero en aquel día tristísimo se desvanecieron en mi cabeza no pocos
fantasmas; y aunque seguí creyendo que uno solo gobierna mejor que
doscientos, el absolutismo popular me inspiró aversión y repugnancia
indecibles.
No había concluido de referir en mi casa el gran peligro que había
corrido por llevar un lazo verde, cuando entró Campos. Traía semblante
muy alegre.
—Ya está resuelta la cuestión de tu viaje —dijo a Salvador—. Esta noche
puedes marchar, si quieres.
—¿Cómo? —preguntamos él y yo.
—De un modo tan sencillo como seguro. El marqués de Falfán de los
Godos[4] había pensado marchar a Andalucía... ¡Como la pobre Andrea
está tan delicada...! En fin, se han decidido a salir esta noche.
Tienen silla de postas propia. Al punto me he acordado de ti. Falfán de
los Godos tiene gusto en llevarte.
[4] Véase _El Grande Oriente_.
—Eso no puede ser —dije vivamente, saliendo al encuentro de aquella
proposición con verdadera furia, que trataba de disimular.
—¿Por qué no ha de poder ser, señora mía? —dijo Campos—. En la silla
de postas irán cómoda y seguramente el marqués, mi sobrina con su
hijo, la doncella y dos criados, que seremos nosotros, Salvador y yo.
Perfectísimamente.
El taimado masón se restregaba las manos en señal de regocijo.
—Me parece una excelente idea —afirmó Monsalud mirándome—. ¿No crees tú
lo mismo?
Yo no contesté nada. Estaba furiosa. El vio sin duda en mis ojos la
tempestad que se había desatado en mi corazón; mas no por conocerlo
se apresuró a conjurarla. Antes bien, ocupose de disponer su viaje
con una calma, con una indiferencia hacia mí que me irritaron más. Mi
dignidad me impedía pedir un puesto en aquel coche que se llevaría la
mitad de mi alma. La misma dignidad me impedía recordarle nuestro dulce
proyecto de ir juntos. Encerreme breve rato en mi cuarto para que nadie
conociese la alteración nerviosa que me sacudía, y con los dientes hice
pedazos un pañuelo inocente. Mis ojos, secos e inflamados, no podían
dar salida a la angustia de mi corazón, derramando una sola lágrima.
Cuando me presenté de nuevo, mi apariencia no podía ser más tranquila.
Afectaba naturalidad y hasta alegría: tal era la perfección de mi
disimulo. Evoqué todas las fuerzas de mi voluntad para forjar la
máscara de hierro, bajo la cual escondía mi verdadero semblante lleno
de luto y consternación. ¡Qué intenso padecer! ¿Cómo no, si Salvador
mismo me había contado toda la historia de sus relaciones con Andrea
Campos, después marquesa de Falfán de los Godos? Yo la había tratado
bastante después de su matrimonio. La admirable hermosura de la
americanilla, representándose en mi imaginación, me la quemaba como un
hierro abrasado.
Tuve valor para verles partir. Vi a la sobrina de Campos subir al
coche, haciéndose la interesante con su languidez de dama enfermita;
vi al viejo marqués engomado y lustroso, como un muñeco que acaba de
salir del taller de juguetes; vi a Salvador tomando en brazos y besando
cariñoso al niño de la marquesa... No quise ver más... ¡El coche
partió!... ¡Se fueron!...