Al día siguiente le aguardaba en mi casa, y no fue hasta muy tarde,
cuando ya anochecía. Estaba muy fatigado, triste y abatido. Lo primero
de que me habló fue del vacío que había dejado en su casa la muerte
de su madre, de la partida de su hermana, a quien creía encontrar en
Madrid, y del brevísimo espacio que un perverso destino había puesto
entre la marcha de ella y la llegada de él.
—Castigo de Dios es esto —dijo—, por mi descuido en escribirle y mi
desnaturalizado proceder.
Después pasó de la tristeza a la furia. Yo procuraba arrancarle tan
lúgubres ideas, recordándole nuestro placentero viaje del verano
anterior y la catástrofe de su cautiverio; hacíale mil preguntas
sobre sus padecimientos, emancipación, campaña de Cataluña y toma de
la Seo; pero solo me contestaba con monosílabos y secamente. Escaso
interés mostraba por las cosas pasadas, y aun yo misma, que era un
presente digno, a mi parecer, de alguna estima, apenas podía obtener
de él atención insegura y casi forzada. Su pensamiento estaba fijo en
la fugitiva, y mis sutiles zalamerías no podían apartarle de allí. No
cesaba de discurrir sobre los móviles de aquel viaje, y yo, sintiendo
revivir y agitarse en mí lo que siempre tuve de serpiente, estuve a
punto de indicarle que Soledad habría partido arrastrada por algún
hombre; pero en el momento en que desplegaba los labios para sugerir
esta idea, me contuve. Aquella vez había vencido mi conciencia, y
hallándome con fuerzas para las mayores crueldades, no las tuve para la
calumnia.
Al fin creí prudente no decirle una palabra sobre aquella cuestión.
—Bastaba que yo viniese con deseo de verla —dijo hiriendo violentamente
el suelo con el pie— para que ella huyese de mí. Así son todas mis
cosas. Lo bueno existe mientras yo lo deseo. Pero lo toco, y adiós.
Estas amargas palabras eran un desaire para mí, y por lo visto yo no
estaba comprendida en el número de las cosas buenas; pero sofoqué mi
resentimiento y seguí escuchándole.
—Desde que el deseo de venganza y mi odio al absolutismo —añadió— me
inclinaron a tomar las armas, tuve el presentimiento de que la campaña
se echaría a perder, y así ha sido. Ya tienes a la plaza de Figueras en
poder de los franceses; a Mina vagabundo, sin saber qué partido tomar,
y todo el ejército desconcertado y sin esperanza de vencer. ¡Gran
milagro habría sido que donde yo estoy hubiese victorias! Desastres y
nada más que desastres. La sombra que yo echo sobre la tierra, destruye.
—¡Qué necio eres! ¿Crees acaso en las estrellas fatales y en el sino?
—No debiera creer; pero todo me manda que crea... Ya ves. Me envía
Mina a Madrid con una comisión en que funda grandes esperanzas, y
desde que llego aquí pierdo las pocas que traía, porque no hallo sino
desanimación y flojedad. Al mismo tiempo, la ilusión más querida de
este viaje se ha desvanecido como el humo. Yo tenía una hermana, más
que hermana, amiga, con una amistad pura y entrañable que nadie puede
comprender sino ella y yo; una amistad que tiene todo lo santo de la
fraternidad y todo lo bueno del amor, sin las tenebrosas ansias de
este. En mi hermana veía yo todo lo que me queda de familia, lo único
que me resta de hogar; en ella veía a mi madre, y una representación
de todos los goces de mi casa, la paz del alma, dichas muy grandes sin
mezcla de martirio alguno. Pues bien: llego, y mi casa está desierta.
Jamás pensé en perderla. Ella, el único ser de quien estaba seguro,
vuela también lejos de mí, y se va. ¡Ay, Jenara! ¡No puedo decirte
cuán sola estaba mi casa! Figúrate todo el universo vacío y sin vida.
Ni mi madre, ni Soledad... ¡Qué sepulcro, Dios mío! Así se va quedando
mi corazón lo mismo que una gran fosa, todo lleno de muertos... Tú
no puedes entender esto, Jenara. En ti todo vive. Tu carácter hace
resucitar las cosas, y eres un ser privilegiado para quien el mundo se
dispone siempre del modo más favorable; pero yo...
—Cúlpate a ti mismo —le dije—, y no hables del destino. Te quejas
de que tu hermana te haya abandonado, y no recuerdas que has estado
mucho tiempo sin escribirle, sin darle noticias de ti, sin decirle ni
siquiera: «estoy vivo».
—Es verdad; pero se amparó de mí el estúpido delirio de la guerra.
Me sedujo la idea gloriosa que representaba nuestro ejército al
perseguir a los realistas. Solo veía lo que estaba delante de mis ojos
y dentro de mí: el enemigo y los torbellinos de mi cerebro, un ideal
de magníficas victorias que dieran a mi país lo que no tiene. Ya sabes
que yo me equivoco siempre. Lo extraño es que conociendo mi torpeza
me empeñe en andar hacia adelante como los demás hombres, en vez de
estarme quieto como las estatuas... Ahora todo lo veo destrozado, caído
y hecho pedazos por mis propias manos, como el que entrando en un
cuarto oscuro y lleno de preciosidades, a ciegas tropieza y lo rompe
todo. En Cataluña, desengaños; en Madrid, más desengaños todavía; un
gran vacío del entendimiento, y otro más grande del corazón. Parece
que la realidad de mis ideas es un ave que se asusta de mis pasos, y
levanta el vuelo cuando me acerco a ella. ¡Maldita persona la mía!
Debía enojarme de tales palabras, porque según ellas, yo no era nada.
Pero no me mostré ofendida, y solamente dije:
—Si al llegar encuentras todo solo y vacío, no es porque las cosas
vuelen antes de tiempo, sino porque tú llegas siempre tarde.
—También es verdad. Llego siempre tarde. Ya ves lo que me ha pasado
ahora. Se le antoja al señor Mina enviarme aquí cuando todo está
perdido. Pero él no contaba con la rapidez de este desmoronamiento:
no contaba con la retirada de Ballesteros sin combatir, ni con la
defección de La Bisbal. Mina tiene la desgracia de creer que todos son
valientes y leales como él.
—¿La defección de La Bisbal? ¡De modo que ya...! No creí que fuera
tan pronto. El conde acostumbra preparar con cierto arte sus
arrepentimientos.
—No se dice públicamente; pero es seguro que ya está en tratos con
los franceses para capitular. Me lo ha dicho Campos, que olfatea los
sucesos. De mañana a pasado, el aborrecido estandarte negro ondeará en
Madrid. ¿A qué he venido yo? No parece sino que vengo a izarlo yo mismo.
—Pues no hagas caso de los masones, ni de la guerra, ni de la
Constitución —le dije—. ¿Para qué te empeñas en cosas imposibles? ¿Por
qué desprecias lo que tienes, y persigues fantasmas vanos?
Me miró comprendiendo mi intención. Sus ojos no indicaban desafectos.
Acompañome a cenar, y mis alardes de humor festivo, mi cháchara y las
delicadas atenciones que con él tuve, no lograron disipar las nubes que
ennegrecían su alma. También la mía se encapotaba lentamente, cayendo
en hondas tristezas. Acostumbrada a verse señora de los sentimientos de
aquel hombre, padecía mucho considerando perdido su amoroso dominio,
esa tiranía dulcísima que al mismo tiempo embelesa al amo y al esclavo.
Pero aún conservaba yo gran parte de mi prestigio. Vencí, aunque sin
poder conseguir la tranquilidad que acompaña a los triunfos completos,
porque descubrí en su complacencia algo de violento y forzado. Sospeché
que al corresponder a mi leal cariño, lo hacía más bien por delicadeza
y por deber que por verdadera inclinación. Esto me atormentó toda la
noche, quitándome el sueño. Cuando pude dormir, la imagen de la pobre
huérfana que recorría media España buscando a su hermano, a su amante o
lo que fuera, se me presentó para atormentarme más. ¡Ay, qué terrible
es una gran falta sin éxito!
La visión de la mujer errante no se quitaba de mi imaginación. Pero
yo entonces, creyéndome menos amada de lo que mi frenesí de amor
exigía, pensando que me habían vencido ajenos recuerdos y vaguedades
sentimentales referentes a otra persona, me gozaba con fiera crueldad
en la desolación de la hermana viajera.
«¡Bien —le decía—, corre tras él, corre hoy y mañana y siempre, para no
encontrarle al fin...! Muy bien, hipocritona. ¡¡Me alegro, me alegro!!»