Se fueron y yo me quedé. Las lágrimas que antes no habían querido salir
de mis ojos, brotaron a raudales, abrasándome las mejillas. No podía
dejar de pensar en la hipocritona, que corría por los campos desiertos,
lanzada por mí al interminable viaje de la desesperación; pero lejos
de tenerle lástima, aquel recuerdo avivaba mi hondo furor, haciéndome
exclamar: «¡Me alegro, mil veces me alegro!»
¡Cuán grande había sido mi castigo! Para que este fuera más evidente,
fui condenada por Dios al mismo suplicio de viajar buscando a una
persona amada, de correr un día y otro día como el que huye de su
sombra, siempre impaciente, siempre anhelante, precipitada de la
esperanza al desengaño y del desengaño a una nueva esperanza. Porque
sí, yo emprendí también el viaje a Andalucía tres días después. Estaba
en la alternativa de morir de despecho o correr también. Hubo en mí
desde aquel día algo de la maldición espantosa que pesaba sobre el
judío errante, y me sentí como arrastrada por la fuerza de un huracán.
¡Ay!, el huracán estaba dentro de mí misma, en mi cólera, en mis celos,
en un loco afán de no hallarme lejos de dos personas, cuya imagen ni
un solo instante se apartaba de mi pensamiento. Si mis lectores me han
conocido ya por lo que va contado de mi borrascosa vida, comprenderán
que yo no podía quedarme en Madrid. Mi carácter me lanzaba fuera como
la pólvora lanza la bala.
Partí... Pero antes debo decir cómo pude conseguir los medios para
ello. Mi primer paso fue recurrir a Eguía; mas desde la entrada de los
franceses le habían arrinconado como trasto inútil, y una regencia
fresca y lozana funcionaba en su lugar. Nombrola Angulema de acuerdo
con el Consejo de Estado, y la componían los duques del Infantado y
de Montemart, el barón de Eroles, el obispo de Osma y don Antonio
Gómez Calderón. Secretario de ella era el venenoso Calomarde, al cual
me dirigí solicitando un pase y licencia para el uso de coche-posta.
Recibiome tan fríamente y con tanta soberbia e hinchazón, que no pude
menos de recordar al don Soplado del poeta sainetero don Ramón de la
Cruz.
Le desprecié como merecía, y recurrí a don Víctor Sáez, nombrado
ministro de Estado; pero este me recordó a la rana cuando quiso
parecerse al buey. Tuvo el mal gusto de echarme en cara mi supuesta
conversión al constitucionalismo y a la Carta francesa, diciéndome mil
necedades presuntuosas y aun amenazándome. Su fatuidad, semejante a la
del pavo cuando se sopla y arrastra las alas para meter ruido, me hizo
reír en sus propias barbas. El único que se me mostró algo propicio
fue Erro, hombre honrado y modesto. Pero nada positivo saqué de la
flamante situación, que daba pruebas de su agudeza política volviendo
las cosas _al propio ser y estado que tenían en 7 de marzo de 1810_,
restableciendo los antiguos Consejos y la Sala de Alcaldes de Casa y
Corte. Era esto volver a los tontillos, al guardainfante y al pelo
empolvado.
Por mi ventura, llegó a Madrid el conde de Montguyon. Le vi; hízome la
centésima declaración de amor, y luego, con semblante dolorido, me
dijo:
—Soy muy desgraciado, señora, en no poder estar cerca de vos. Tengo que
partir con el general Bourdessoulle para esa poética región que llaman
la Mancha, idealizada por las aventuras del gran caballero.
Entonces le manifesté que si me proporcionaba los medios de hacer el
viaje, poniendo yo por mi cuenta todos los gastos, le seguiría a aquel
encantado país que hizo célebre el caballero sin par. Al oír esto, se
volvió todo obsequios, y tres días después tenía yo a mi disposición
una silla de postas con caballos del cuartel general de Bourdessoulle,
y un pase que me aseguraba el respeto de las turbas por todo el
tránsito que iba a recorrer.
Partí al fin de Madrid acompañada de mi doncella. Salí como el agua de
una exclusa cuando se le abren las compuertas que la sujetan. Yo no
veía bastante llanura por donde correr; en ningún momento me parecía
que andaba bastante mi coche; enfadábame el cansancio de las mulas, la
pesadez de los mesoneros y la flema del mayoral, que se ponía siempre
de parte de las caballerías en mi febril contienda con el tiempo y la
distancia.
En los pueblos por donde rápidamente pasaba, vi escenas que me causaron
tanta indignación como vergüenza. En Ocaña habían quitado las imágenes
que adornaban el ángulo de algunas calles, poniendo en su lugar el
retrato de Fernando, entre cirios y ramos de flores, y debajo la
piadosa inscripción: «¡Vivan las caenas!» En Tembleque presencié el
acto solemne de arrojar al pilón donde bebían las mulas, a dos o tres
liberales y otros tantos milicianos. En Madridejos tuve miedo, porque
una turba que invadía el camino cantando coplas tan disparatadas como
obscenas, quiso detenerme, fundada en que el mayoral había tocado
con su látigo el estandarte realista que llevaba un fraile. Necesité
mostrar mucha serenidad, y aun derramar algún dinero para que no me
causasen daño; pero no pude seguir hasta que no llegaron a aquel
ilustrado pueblo las avanzadas de la caballería francesa.
En Puerto Lápice se rompió una ballesta de mi coche, ocasionándome
detención de dos días. Las horas eran siglos para mí. Quemaba la tierra
bajo mis pies. Yo hubiera deseado poseer la autoridad de una reina
asiática para vencer tantas dificultades, atando a los hombres al
pescante de mi coche. La desproporción enorme entre mi impetuoso anhelo
y los medios materiales de que disponía, me llevaron a un lamentable
estado nervioso que de ningún modo podía calmar. Únicamente logré un
poco de alivio a aquel penoso hervor de mi carácter empleando un medio
bastante pueril, pero que no parecerá muy absurdo a las mujeres que
se me asemejan. Consistía en tomar el látigo del mayoral y ponerme a
descargar furiosos latigazos sobre los robles del camino en Sierra
Morena, y sobre los olivos de Andalucía.
En Despeñaperros hallé nuevos obstáculos. Allí había una especie de
ejército español, mandado por una especie de general, que tenía
el encargo de hacer una especie de resistencia a las tropas de
Bourdessoulle. Dios había decidido que no hubiese otro Bailén en la
historia, y los inocentes que creían en un nuevo 19 de julio de 1808
se llevaron gran chasco. ¡Parece mentira! Quince años después, los
papeles de aquel drama habían cambiado. Los personajes eran los mismos.
Creeríase que habían resucitado los muertos de la gloriosa época, pero
que al vestirse se habían equivocado de uniforme.
En pocas horas fue desbaratado Plasencia (que así se llamaba el general
que defendía la puerta de Andalucía), y los franceses pisaron el
glorioso campo de las Navas de Tolosa, de Mengíbar y de Bailén. Menos
afortunada yo, fui otra vez detenida, y el conde de Montguyon, a quien
Bourdessoulle mandó situarse en Guarromán, mostró muy poco interés
porque yo siguiera adelante. Con todo, tales artes usé para sacar
partido de su caballería andante, que me libré de él muy lindamente.
Por fin, el 6 de junio entré en Córdoba, donde no me detuve más que lo
preciso.
El 9 por la tarde vi a lo lejos una inmensa mole rojiza que iluminaban
los rayos del sol poniente. Ante mí se extendían hermosas llanadas
de trigo, como un campo de oro, cuya reverberación amarilla ofendía
los ojos. Yo no había visto un cielo más alegre, ni un ambiente más
respirable y que más embelesase los sentidos, ni un crepúsculo más
delicioso. La enorme torre que se destacaba a lo lejos sobre apretado
caserío, y entre otras mil torres pequeñas, iba creciendo a medida que
yo me acercaba, y parecía venir a mi encuentro con gigantesco paso. La
torre era la Giralda, y la ciudad Sevilla.