Verdaderamente mi acción no pudo ser más indigna. ¡Precipitar a una
desamparada e infeliz mujer a resolución tan loca, obligarla por vil
engaño a emprender un viaje largo, dispendioso, arriesgado, y, sobre
todo, inútil!... Al mirar esto desde tan distante fecha, me espanto de
mi acción, de mi lengua, y de la horrible travesura y sutileza de mi
entendimiento.
En aquellos días la pasión que me dominaba, y más que la pasión, el
envidioso afán que me producían los recelos de que alguien me robase lo
que yo juzgaba exclusivamente mío, no me permitieron ver claramente mi
conciencia ni la infamia de la denigrante acción que había cometido;
pero cuando todo se fue enfriando y oscureciendo, he podido mirarme
tal cual era en aquel día, y declaro aquí que, según me veo, no hay
fealdad de demonio del infierno que a la mía se parezca.
¡Y sigue una viviendo después de hacer tales cosas! ¡Y parece que
no ha pasado nada, y vuelve la felicidad, y aun se da el caso de
olvidar completamente la perversa y villana acción!... Yo no vacilo
en escribirla aquí, porque me he propuesto que este papel sea mi
confesonario, y una vez puesta la mano sobre él, no he de ocultar ni
lo bueno ni lo malo. La seguridad de que esto no ha de verlo nadie
hasta que yo no me encuentre tan lejos de las censuras de este mundo
como lo están los astros de las agitaciones de la tierra, da valor a mi
espíritu para escribir tales cosas. Yo digo: «Que todo el mundo escriba
con absoluta verdad su vida entera, y entonces, ¡cuánto disminuirá
el número de los que pasan por buenos! Las cuatro quintas partes de
las grandes reputaciones morales no significan otra cosa que _falta
de datos_ para conocer a los individuos que se pavonean con ellas
fatuamente, como los cómicos cuando se visten de reyes.»
Aquella tarde torné a pasar por allí, y entablé conversación con
Sarmiento; pero me fue imposible averiguar por él si Solita insistía
en partir. Yo tenía gran desasosiego hasta no saberlo, y para salir de
mi incertidumbre quise averiguarlo por mí misma. Soy así: lo que puedo
hacer no lo confío a los demás. Me fatigan las dilaciones y la torpeza
de los que sirven por dinero, y carezco de paciencia para aguardar a
que me vengan a decir lo que yo puedo ver por mis propios ojos. Al
llegar la noche y la hora en que solían partir los coches, sillas
de postas y galeras, mi criada y yo nos vestimos manolescamente, con
pañolón y basquiña, y nos encaminamos al parador del Fúcar, de donde,
según mis noticias, salía el ordinario de Valencia.
No tuve que esperar mucho para satisfacer mi curiosidad. Allí estaba.
Solita partía irremisiblemente. Ya no me quedaba duda. La vi dentro del
coche que salía, y no pude sofocar en mí un sentimiento de profundísima
lástima, forma indirecta que tomaba entonces mi conciencia para
presentarme ante los ojos la imagen de mi crimen. Pero el coche partió;
ella se fue con su engaño, y yo me quedé con mi lástima.
No se había extinguido el rumor de las ruedas del carro de Valencia,
cuando sonó más vivo estrépito de ruedas y caballerías. Un gran
carruaje de colleras entró en el parador. Mi criada y yo nos detuvimos
por curiosidad.
—Es el coche de Alcalá —dijeron a nuestro lado—. Esta noche viene lleno
de gente.
Por una de las portezuelas vi la cara de un hombre. El corazón parecía
hacérseme pedazos. Me volví loca de alegría. No pude contenerme. Era
él. Mis exclamaciones cariñosas le obligaron a bajar del coche, y
apenas puso el pie en tierra, me arrojé llorando en sus brazos.