Ahora hablemos, ¿por qué no?, de la violentísima pasión que inspiré
a un francés. Era este el conde de Montguyon, coronel del tercero de
húsares. Yo le había conocido en Tolosa, habiendo tenido la desgracia
de que mi persona hiciera profunda impresión en él, trastornando las
tres potencias de su alma. Era soltero, de treinta y ocho años, bien
parecido, atento y finísimo como todos los franceses. Persiguiome
hasta París, donde me asediaba como esos conquistadores jóvenes e
impacientes que han oído la célebre frase de César y quieren imitarla.
Al principio me mortificaban sus obsequios; le rechazaba hasta con
menosprecio y altanería; pero al fin, sin corresponder a su amor de
ninguna manera, admití la parte superficial de sus galanterías. Esto le
dio esperanza; pero siempre me trataba con el mayor respeto. Deseando,
sin duda, identificarse con las ideas que en mi tierra suponía, se hizo
una especie de don Quijote, cuya Dulcinea era yo. A veces me parecía
por demás empalagoso; pero después de muchos meses de indiferencia
absoluta, empecé a estimarle, reconociendo sus nobles prendas. Cuando
me disponía a volver a mi país, se me presentó rebosando alegría, y me
dijo:
—Acabo de conseguir que me destinen a la guerra de España. De este modo
consigo tres grandes objetos que interesan igualmente a mí corazón:
guerrear por la Francia, visitar la hermosa tierra de España y estar
cerca de usted.
Él pretendía que me detuviese para partir juntos; pero a esto no
accedí, y me marché dejándole atrás, aunque deseosa, ¿a qué negarlo?,
de que no me siguiese a mucha distancia, pues a causa del fastidio de
viaje tan largo, Francia, con ser tan bella, empezaba a aburrirme de lo
lindo.
¿Se creerá que yo había olvidado a mi pobre cautivo de Benabarre? ¡Ah!,
no, y hasta el último momento que estuve en la Seo de Urgel me ocupé
de su desgraciada suerte. Cada vez que venía a mi pensamiento la idea
de sus penas, me estremecía de dolor, y toda alegría se disipaba en
mi espíritu. Pero este tiene en sí mismo una energía restauradora, no
menos poderosa que la del cuerpo, y sabe curarse de todos sus males
siempre que le ayude el mejor de los Esculapios, que es el tiempo.
Voltaire, que no por impío y blasfemo dejó de tener mucho talento,
escribió una historieta titulada _Los dos consolados_, en la cual pone
de relieve las admirables curas de aquel charlatán, el único cuyos
específicos son infalibles. Yo he leído esa novelita, así como otras
del célebre escritor sacrílego, y esta debilidad mía, imperdonable
quizás en una dama tan acérrima defensora de la religión, la confieso
aquí contritamente, rogando a mis lectores que no revelen a ningún
cura de mi país tan feo secreto, ocultándolo principalmente al señor
canónigo de Tortosa, mi director espiritual, el cual se enfurecerá
si le hablan de las novelas de Voltaire, aunque a mí me consta que él
también las ha leído.
Pues bien: el tiempo fue cicatrizando mis heridas sin curarlas.
Yo también podía erigir una estatua con la inscripción _A celui
qui console_, pues la ausencia indefinida y los días que pasaban
rápidamente, habían calmado aquel insaciable afán de mi alma. En mí
reinaba la tranquilidad, pero no el taciturno y seco olvido; y una
aparición repentina del ser amado podía muy bien en brevísimo instante
destruir los efectos del tiempo, renovando mi mal y aun agravándolo.
Desde París a la frontera no cesaba el movimiento de tropas. Por
todas partes convoyes, cuerpos de ejército y oficiales que iban a
incorporarse a sus regimientos. Francia podía creerse aún en los días
del gran soldado. Hasta Burdeos no tuve noticias ciertas de mi querida
Regencia y de mi ilustre mandatario el marqués de Mataflorida. ¡Ay! La
suerte de este insigne hombre de Estado no podía ser más miserable.
Había triunfado Eguía, a pesar de las furiosas protestas del regente
de Urgel; y para colmo de desdicha, como aún quisiera este llevar
adelante sus locas pretensiones, el duque de Angulema le mandó prender
juntamente con el arzobispo, confinándoles a Tours. Así acabaron las
glorias de aquellos dos ambiciosos. Yo llegué a tiempo para verles,
y cuando manifesté al marqués las poco lisonjeras disposiciones del
_triste Chactas_, el atroz regente, desairado, llamó a Chateaubriand
intrigante, enredador, mal poeta y _franchute_. Esta fue la venganza
del coloso.
Bayona era un campamento cuando yo llegué. El número de españoles casi
superaba al de franceses, y en todos reinaba grande alegría. Reanudé
entonces mis buenas relaciones con el barón de Eroles, haciéndole ver
que mi viaje a París había tenido por causa asuntos particulares,
y entre risas y bromas me reconcilié con Eguía, el cual por razón
del mismo gozo y embobamiento del triunfo, estaba muy dispuesto a
perdonar. En cuanto a las negociaciones, yo no tenía humor de seguir
ocupándome de ellas, y deseaba retirarme a descansar sobre mis laureles
diplomáticos, no solo porque mi entusiasmo absolutista se había
enfriado mucho, sino porque desde algún tiempo las conspiraciones y los
manejos políticos me causaban hastío. Ya he dicho que siempre fui muy
inclinada a la mudanza en mis ocupaciones. Mi espíritu se aviene poco
con la monotonía, y si un día me sedujeron las embajadas, otro llegó en
que me repugnaron. ¡Mágico efecto del tiempo, cuya misión es renovar,
creando las estaciones con los admirables círculos del universo!
También el alma humana ve en sí la alterada sucesión de las primaveras
e inviernos en sus dilataciones y recogimientos.
Yo deseaba entrar en España, y tenía propósito de reanudar las
diligencias para averiguar el paradero de mi cautivo de Benabarre. En
Bayona una familia francesa legitimista, con quien yo tenía antigua
amistad, me convidó a pasar unos días en su casa de campo inmediata a
Behovia, y unos parientes míos invitáronme a que les acompañase en Irún
un par de semanas. A ambos ofrecimientos accedí, empezando por el de
Behovia, aunque la frontera no me parecía el punto más a propósito para
residir en los momentos en que principiaba la guerra. Pero la gente
de aquel país estaba segura de que Angulema atravesaría fácilmente el
Pirineo, por ser muy adicto al absolutismo todo el país vasco-navarro.
Todavía no había pasado Su Alteza la raya, cuando se rompió el fuego
junto al mismo puente internacional. Los carbonarios extranjeros que
andaban por España, unidos a otros perdidos de nuestro país, habían
formado una legión con objeto de hacer frente a las tropas francesas.
Constaba aquella de doscientos hombres, tristes desechos de la ley
demagógica de Italia, de Francia y de España; y para seducir a los
Cien mil hijos de San Luis, se habían vestido a la usanza imperial,
y ondeando la bandera tricolor, gritaban en la orilla española del
Bidasoa: «¡Viva Napoleón II!»
Su objeto era fascinar a los artilleros franceses con este mágico
grito; mas tuvieron la desdicha de que tales aclamaciones fueran
contestadas a cañonazos, y con sus banderas y sus enormes morriones
huyeron a San Sebastián. Pasma la inocente credulidad de los
carbonarios extranjeros y de los masones españoles. Oí decir en Behovia
que los liberales franceses Lafayette, Manuel, Benjamín Constant y
otros, fiaban mucho en los doscientos legionarios mandados por el
republicano emigrado coronel Fabvier. ¡Qué desvaríos engendra el
furor de partido! Corría esto parejas con la necia confianza del
gobierno español, que aun después de declarada la guerra no había
tomado disposiciones de ninguna clase, hallándose sus tropas sin más
recursos ni elementos que el parlerío de los milicianos y el gárrulo
charlatanismo de los clubs.