Entrando de lleno en nuestro asunto, el _triste Chactas_ me dijo:
—Ya oiría usted ayer el discurso de Su Majestad. La guerra es
inevitable. Yo la creo conveniente para las dos naciones, y he tenido
el honor de sostener esta opinión en el congreso de Verona y en el
ministerio, contra muchos hombres eminentes que la juzgaban peligrosa.
En cuanto a la cuestión principal, que es la clase de gobierno que debe
darse a España, no creo en la posibilidad de sostener el absolutismo
puro. Esto es un absurdo, aun en España: las luces del siglo lo
rechazan.
Hícele una pintura todo lo fiel que me fue posible del estado de
nuestras costumbres y de las clases sociales en nuestro país, así como
de los personajes eminentes que en él había, haciendo notar de paso,
conforme a mi propósito, que un solo hombre grande existía en toda la
redondez de las Españas. Este hombre era el marqués de Mataflorida.
—Reconozco las altas dotes del señor marqués —me dijo Chateaubriand
con finísima sonrisa—. Pero la conducta de la Regencia de Urgel ha
sido poco prudente. Su manifiesto del 15 de agosto y sus propósitos
de conservar el absolutismo puro, no pueden hallar eco en la Europa
civilizada.
Yo dije entonces, usando las frases más delicadas, que no era fácil
juzgar de los sucesos de Urgel por lo que afirmaran hombres tan
corrompidos como Eguía y el barón de Eroles, a los cuales, con buenas
palabras, puse de oro y azul. Concluí mi perorata afirmando que la
voluntad de Fernando era favorable a los planes de Mataflorida.
—Para nosotros —dijo— no hay otra expresión de la voluntad del rey de
España que la contenida en la carta que Su Majestad Católica dirigió a
nuestro soberano.
El pícaro me iba batiendo en todas mis trincheras, y me desconcertó
completamente cuando me dijo:
—El gobierno francés ha acordado nombrar una Junta provisional en la
frontera, hasta que las tropas francesas entren en España.
—¿Y la Regencia?
—La Regencia dejará de existir, mejor dicho, ha dejado de existir ya.
—Pero Fernando no le ha retirado sus poderes: antes bien, se los
confirma secretamente un día y otro.
Al oír esto, el insigne escritor y diplomático no contestó nada. Conocí
que se veía en la alternativa de desmentir mi aserto, o de hablar mal
de Fernando, y que, como hombre de intachable cortesía, no gustaba de
hacer lo primero, ni como ministro de un Borbón lo segundo. Viéndole
suspenso insistí, y entonces me dijo:
—Indudablemente, aquí hay algo que ahora no comprendemos; pero que,
andando el tiempo, se ha de ver con claridad.
Después, deseando mostrarme un interés filantrópico por la ventura de
nuestro país, afirmó que él había trabajado porque se declarara la
guerra, sosteniendo para esto penosas luchas con monsieur de Villèle
y sus demás colegas; que la resistencia de Inglaterra y de Wellington
habían exigido de su parte grandes esfuerzos y constancia, y, por
último, que aún necesitaba de no poca energía para vencer la oposición
a la guerra que las Cámaras mostrarían desde su primera sesión.
—Muchos —añadió _Chactas_— me consideran loco. Otros me tienen lástima.
Algunos, y entre ellos los envidiosos, preguntan si podré yo conseguir
lo que no fue dado a Napoleón. Pero yo fío al tiempo la consagración de
este gran hecho, tan necesario a la seguridad del orden y la justicia
en los pueblos de Occidente.
Habló también de las sociedades secretas y de los carbonarios, que sin
duda le inspiraban vivísimo miedo; y yo empecé a comprender que el
objeto de la intervención no era poner paz entre nosotros, ni hacernos
felices, ni aun siquiera consolidar el vacilante trono de un Borbón,
sino aterrar a los revolucionarios franceses e italianos que bullían
sin cesar en los tenebrosos fondos de la sociedad francesa, jamás
reposada ni tranquila.
Prometió contestar a Mataflorida, mas sin mostrarse muy entusiasta de
las altas prendas de mi amigo, ni indicar nada que transcendiese a
propósitos de acceder a su petición. Bajo sus frases corteses creía yo
descubrir cierto menosprecio de los individuos de la Regencia, y aun
de todos los que mangoneaban en la conspiración. De un solo español me
habló con acento que indicaba respeto y casi admiración: de Martínez de
la Rosa. Lo atribuí a mera simpatía del poeta.
Despedime de él, deplorando el mal éxito de mi embajada, y aquí fue
donde se deshizo en cumplidos, buscando y hallando en su fina habilidad
cortesana ocasión para deslizar galanterías, con discretos elogios de
mi hermosura y del país _donde florece el naranjo_. Me había tomado por
andaluza, y yo le dejé en esta creencia.
A los dos días fue a pagarme la visita a mi alojamiento de la calle
del Bac, y en su breve entrevista me pareció que huía de mencionar los
oscuros asuntos de la siempre oscura España. En los días sucesivos
visité a otras personas, entre ellas al ministro del Interior, monsieur
de Corbière, y a algunos señores del partido del conde de Artois,
como el príncipe de Polignac y monsieur de la Bourdonnais. También
tuve ocasión de tratar a dos o tres viejas aristócratas del barrio
de San Germán, ardientes partidarias de la guerra de España y no muy
bienquistas con el rey filósofo y tolerante que gobernaba a Francia,
convaleciente aún de la Revolución y del Imperio. De mis conversaciones
con toda aquella gente pude sacar en limpio el siguiente juicio, que
creo seguro y verdadero: Las personas influyentes de la Restauración
deseaban para Francia una monarquía templada y constitucional,
fundada en el orden, y para España el absolutismo puro. Con tal que
en Francia hubiera tolerancia y filosofía, no les importaba que en
España tuviéramos frailes o Inquisición. Todo iría bien, siempre que
en ninguna de las dos naciones hubiese francmasones, carbonarios y
demagogos.
Tenían de nuestro país una idea muy falsa. Cuando Chateaubriand, que
era el genio de la Restauración, decía de España: _allí el matar es
cosa natural, ya sea por amor, ya sea por odio_, puede juzgarse lo que
pensarían todas aquellas personas que no supieron escribir el _Genio
del Cristianismo_. Nos consideraban como un pueblo heroico y salvaje,
dominado por pasiones violentas y por un fanatismo religioso semejante
al del antiguo Egipto.
La princesa de la Tremouille se asombraba de que yo supiera escribir,
y me presentó en su tertulia como un objeto raro, aunque sin dar a
conocer ningún sentimiento ni idea que me mortificasen. Yo creo que ni
uno solo de sus amigos dejó de enamorarse de mí, ilusionados con la
idea de mi sentimentalismo andaluz y de mi gravedad calderoniana, o
de la mezcla que suponían en mí de maja y gran señora, de Dulcinea y
gitana. El más rendido se suponía expuesto a morir asesinado por mí
en un arrebato de celos, pues tal idea tenían de las españolas, que
en cada una de ellas se habían de hallar comprendidas dos personas, a
saber: la cantaora de Sevilla y Doña Jimena, la torera que gasta navaja
y la dama ideal de los romances moriscos. Yo me reía con esto y llevaba
adelante la broma.
Volviendo al asunto de la guerra de España, diré que al salir de
París no tenía duda alguna acerca del pensamiento de los franceses
en esta cuestión. Ellos no hacían la guerra por nuestro bien ni por
el de Fernando. Poco se les importaba que después de vencido el
constitucionalismo, estableciésemos la Carta o el despotismo neto.
Allá nos entenderíamos después con los frailes y los guerrilleros
victoriosos. Su objeto, su bello ideal, era aterrar a los
revolucionarios franceses, harto entusiasmados con las demencias de
nuestros bobos liberales, y además dar a la dinastía restaurada el
prestigio militar que no tenía.
El principal enemigo de los Borbones en Francia era el recuerdo de
Bonaparte y el dejo de aquel dulce licor de la gloria, con cuya
embriaguez se habían enviciado los franceses. Una Monarquía que no
daba batallas de Austerlitz, que no satisfacía de ningún modo el ardor
guerrero de la nación y que no tocaba el tambor en cualquier parte de
Europa, no podía ser amada de aquel pueblo, en quien la vanidad iguala
a la verdadera grandeza, y que tiene tanta presunción como genio. Era
preciso armarla, como decimos en nuestro país; era necesario que la
Restauración tuviera su epopeya chica o grande, aunque esta epopeya
fuese de mentirijillas; era indispensable vencer a alguien, para poder
poner el grito en el cielo y regresar a París con la bambolla de las
conquistas. Dios permitió que el _anima vili_ de este experimento
fuésemos nosotros; que la desgraciada España, cuya fiereza libró a
Europa de Bonaparte, fuese la víctima escogida para proporcionar a
Francia el desahoguillo marcial que debía poner en olvido al Bonaparte
tan execrado.
Mi viaje a París modificó mis ideas absolutistas en principio, si bien,
pensando en España, no podía admitir ciertas cosas que en Francia me
parecían bien. Toda la vida me he congratulado de haber visto y hablado
a monsieur de Chateaubriand, el escritor más grande de su tiempo.
Aunque su fama se eclipsó bastante después de la revolución del 30, lo
cual indica que había en su genio mucho tomado a las circunstancias,
no puede negarse que sus obras deleitan y enamoran, principalmente
por la galanura de su imaginación y la magia de su estilo; y aún
deleitarían más si en todas ellas no hablase tanto de sí propio. Tengo
muy presente su persona, por demás agradable, y su rostro simpático,
con aquella expresión sentimental que se puso de moda, haciendo que
todos los hombres pareciesen enamorados y enfermos. Me parece que le
estoy mirando, y ahora, como entonces, me dan ganas de llevar un peine
en el bolsillo y sacarlo y dárselo diciendo: «Caballero, hágame usted
el favor de peinarse.»