Hacia los primeros días de abril vi pasar a los generales de división
Bourdessoulle, duque de Reggio y Molitor, que entraron en España por
Behovia. Después pasó Su Alteza el sobrino de Luis XVIII con todo su
Estado Mayor, en el cual iba Carlos Alberto, príncipe de Carignan.
No se puede imaginar cortejo más lucido. Yo no había visto nada tan
magnífico y deslumbrador, como no fuera la comitiva de José Bonaparte
antes de darse la batalla de Vitoria el año 13, feliz para la causa
española; pero de muy malos recuerdos para mí, porque en él perdí la
batalla de mi juventud, casándome como me casé.
También vi pasar a mi amigo Eguía, remozado por la emoción y tan
vanaglorioso del papel que iba a representar, que no se le podía
resistir, como no fuera tomando a broma sus bravatas. Iban con él don
Juan Bautista Erro y Gómez Calderón, aquel a quien el mordaz Gallardo
llamaba _Caldo pútrido_. El barón de Eroles, que con los anteriores
tipos debía formar la Junta, al amparo del gobierno francés, entró por
Cataluña con el mariscal Moncey.
No recibieron a los franceses las bayonetas ni la artillería del
gobierno constitucional, sino una nube de guerrilleros, que les
abrieron sus fraternales brazos, ofreciéndose a ayudarles en todo,
y a marchar a vanguardia, abriéndoles el camino. Tal apoyo era de
grandísimo beneficio para la causa, porque los partidarios realistas
ascendían a 35.000. ¡Ay de los franceses si les hubieran tenido en
contra! Pero les tenían a su favor, y esto solo, ¡qué fenómeno!, puso
al buen Angulema por encima de Napoleón. El absolutismo español no
podía hacer al hijo de San Luis mejor presente que aquellos 35.000
salvajes, entre los cuales (¡cuánto han variado mis ideas, Dios mío!)
tengo el sentimiento de decir que estaba mi marido. ¡Y yo le había
admirado, yo le había aceptado por esposo diez años antes solo por ser
guerrillero!... Cuando se hacen ciertas cosas, ya que no es posible que
el porvenir se anticipe para avisar el desengaño, debiera caer un rayo
y aniquilarnos.
El conde de España mandaba las partidas de Navarra; Quesada, las de las
Provincias Vascongadas; y Eroles, las de Cataluña. ¡Cómo fraternizaron
las partidas con los franceses, que habían sido origen de su nacimiento
en 1808! Era todo lo que me quedaba por ver. Se abrazaban, dando vivas
a San Luis, a San Fernando, a la religión, a los Borbones, al rey, a
la Virgen María, a San Miguel arcángel y a los serenísimos infantes.
Yo no lo vi, porque no quise pasar la frontera. Me repugnaban estas
cosas, y los soldados de la fe habían llegado poco a poco a serme muy
antipáticos.
Largamente hablé de esto con el conde de Montguyon, que me perseguía
tenazmente, permaneciendo en Behovia todo el tiempo que le fue posible.
Elogiaba a los guerrilleros, diciendo que, a pesar de sus defectillos,
eran tipos de heroísmo, de aquella independencia caballeresca que
tanto había enaltecido el nombre español en tiempos remotos. También
le seducían por ser, como los frailes, gente muy pintoresca. Mi don
Quijote era una especie de artista, y gustaba de hacer monigotes en un
libro, dibujando arcos viejos, mendigos, casuchas, una fila de chopos,
carros, lanchas pescadoras y otras menudencias de que estaba muy
envanecido.
Era próximamente el 9 de abril cuando me trasladé a Irún para vivir con
la familia de Sodupe-Monasterio, gente muy hidalga, más católica que el
Papa, realista hasta el martirio y de afabilísimo trato. Frecuentaban
la casa (que era más bien palacio con hermosos prados y huerta) todos
los españoles que el gran suceso de la intervención traía y llevaba de
una nación a otra, y no pocos oficiales franceses, de cuyas visitas
se holgaban mucho los Sodupe-Monasterio, porque oían hablar sin cesar
de exterminio de liberales, del trono de San Fernando y de nuestra
preciosísima fe católica.
Allí Montguyon no me dejaba a sol ni sombra, pintándome su amor con
colores tan extremados que me daba lástima verle y oírle. Su acendrado
y respetuoso galanteo merecía, en efecto, alguna misericordia. Le
permití besar mi mano; pero no pudo arrancarme la promesa de seguirle
al interior de España. Cada vez sentía yo más deseos de quedarme en
Irún y en aquella apacible vivienda, donde, sin que faltara sosiego,
había bastantes elementos para combatir el fastidio. Con esta
resolución, mi don Quijote, que ya parecía querer dejar de serlo en
la pureza de sus ensueños amorosos, estaba desesperado. Despidiose de
mí muy enternecido, y besándome con ardor las manos, voluptuosidad
inocente de que nunca se hartaba. ¡Cuán lejos estaba el llagado amante
de que no pasarían dos horas sin que cambiara diametralmente mi
determinación!
Ocurrió del modo siguiente. Al saber que yo estaba en Irún, fue a
visitarme un individuo, que aún no podía llamarse personaje, y al
cual conocí en Madrid el año anterior, y también el 19. Se llamaba
don Francisco Tadeo Calomarde, y era de la mejor pasta de servil que
podía hallarse por aquellos tiempos. Empleado desde su tierna edad en
el ministerio de Gracia y Justicia, se había criado en los cartapacios
y en el papel de pleitos: los legajos fueron su cuna, y las Reales
cédulas sus juguetes. Su jurisprudencia, llena de pedantería, me
inspiraba aversión. Tenía fama de muy adulador de los poderosos, y,
según se decía, compró el primer destino con su mano, casándose con una
muchacha muy fea, a quien dio malos tratos.
Los que le han juzgado tonto se equivocan, porque era listísimo, y su
ingenio más bien socarrón que brillante, antes agudo que esclarecido;
era maestro en el arte de tratar a las personas y de sacar partido de
todo. Habíase hecho amigo de don Víctor Sáez, y aun del mismo rey y del
infante don Carlos, por sus bajas lisonjas y lo bien que les servía
siempre que encontraba ocasión para ello.
Tenía entonces cincuenta años, y acababa de salir del encierro
voluntario a que le redujo el régimen liberal. Había ido a la frontera
para llevar no sé qué recados a los señores de la Junta. Me lo dijo,
y como no me importaban ya gran cosa los dimes y diretes de los
realistas, que no por estar tan cerca de la victoria dejaban de andar a
la greña, fijeme poco en ello, y lo he olvidado. Calomarde no era mal
parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la
del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su
origen se traslucía bastante. Hablamos de los sucesos de Madrid que él
había presenciado, y me informó de todo.
—Siento que usted no hubiera estado por allá —me dijo—; habría visto
cómo se iba desbaratando el constitucionalismo, solo con el anuncio de
la intervención. ¡Si no podía ser de otra manera!... Ahora están que
no les llega la camisa al cuerpo, y en ninguna parte se creen seguros.
Después que ultrajaron a Su Majestad, le han arrastrado a Andalucía con
el dogal al cuello, como el mártir a quien se lleva al sacrificio.
—No tanto, señor don Tadeo —le dije—. Su Majestad habrá ido, como
siempre, en carroza, y mucho será que los mozos de los pueblos no hayan
tirado de ella.
—Eso se deja para la vuelta —indicó Calomarde riendo—. Ahora los
francmasones han seducido a la plebe, y Su Majestad, por donde
quiera que va, no oye más que denuestos. El 19 de febrero, cuando se
alborotaron los comuneros y masones porque estos querían sustituir a
aquellos en el ministerio, los chisperos borrachos y los asesinos del
Rastro daban _mueras_ al rey y a la reina. Un diputado muy conocido
apareció en la Plaza Mayor mostrando una cuerda, con la cual proponía
ahorcar a Su Majestad y arrastrarle después. La canalla penetró hasta
la cámara real. ¡Escándalo de los escándalos! Parecía que estábamos en
Francia y en los sangrientos días de 1793. El mismo rey me ha dicho que
los ministros entraban en la cámara cantando el himno de Riego.
—¡Oh, no tanto, por Dios! —repetí, ofendida de las exageraciones de mis
amigos—. Poco mal y bien quejado.
—Me parece que usted, con sus viajes a Francia y sus relaciones con
los ministros del liberal y filósofo Luis XVIII, se nos está volviendo
francmasona —dijo don Tadeo, entre bromas y veras—. ¿Hay en la historia
desacato comparable al de obligar al rey a partir para Andalucía?
—¡Oh, Dios nos tenga de su mano!... ¡Qué desacato! ¡Qué ignominia!...
—exclamé, remedando sus aspavientos—. Es preciso considerar que un
gobierno, cualquiera que sea, está en el caso de defenderse si es
atacado.
—Según mi modo de ver, un gobierno de tunantes no merece más que el
decreto que ha de mandar a Ceuta a todos sus individuos. ¡Ah, señora
mía, y cómo se ha entibiado el fervor de usted! Bien dicen que los
aires de esa Francia loca son tan nocivos...
—Creo lo mismo que creía; pero mi absolutismo se ha civilizado,
mientras el de ustedes continúa en estado salvaje. El mío se viste como
la gente, y el de ustedes sigue con taparrabo y plumas. Si el gobierno
de tunantes ha resuelto refugiarse en Andalucía, llevándose a la corte,
ha sido para no estar bajo la amenaza de los batallones franceses.
—Ha sido —dijo Calomarde riendo brutalmente—, porque sabían que Madrid
no tiene defensa posible; que los ejércitos de Ballesteros y de La
Bisbal son dos fantasmas; que cuatro soldados y un cabo de los del
serenísimo señor duque de Angulema podían cualquier mañanita sorprender
a la villa y a los _Siete Niños_ y al Congreso entero, al Ayuntamiento
soberano y a toda la comunidad masónica y landaburiana. Esta es la pura
verdad. ¡Y qué bonito espectáculo han dado al mundo! En presencia de la
intervención armada, ¿cómo se preparan esos mentecatos para conjurar
la tormenta? Llamando a las armas a treinta mil hombres, y disponiendo
(esto es lo más salado) que con los milicianos que quieran seguir al
Congreso se formen algunos batallones, recibiendo cada individuo cinco
reales diarios. ¡Se salvó la patria, señora!
—El gobierno —repuse prontamente— creyó sin duda que los franceses
eran como los Guardias del 7 de julio, es decir, simples juguetes de
miliciano.
—¡Ya se lo diremos de misas! —dijo frotándose las manos—. Ya pagarán su
alevosía. Solo por el hecho de obligar a nuestro soberano a un viaje
que no le agradaba, merecían todos ellos la muerte.
—Hasta los reyes están en el caso de hacer alguna vez lo que no les
agrada.
—Incluso viajar con un ataque de gota, ¿eh? ¡Crueles y sanguinarios,
más sanguinarios y crueles que Nerón y Calígula! Ni a un perro
vagabundo de las calles se le trata peor.
—¡Si el rey no tenía en aquellos días ataque de gota! —repliqué,
complaciéndome en contradecirle—. Si estaba bueno y sano. La prueba es
que después de clamorear tanto por su enfermedad, anduvo algunas leguas
a pie el primer día de viaje.
—Bueno: concedo que Su Majestad estaba tan bueno como yo. ¿Y si no
quería partir?
—Que hubiera dicho: «no parto».
—¿Y si le amenazaban?
—Haberles ametrallado.
—¿Y si no tenía metralla?
—Haberse dejado llevar por la fuerza.
—¿Y si le mataban?
—Haberse dejado matar. Todo lo admito menos la cobardía.
—Amiguita, usted se nos ha _francmasoneado_ —me dijo el astuto
intrigante, dando cariñosa palmada en mi mano—. A pesar de esto,
siempre la queremos mucho, y la serviremos en lo que podamos. Yo estoy
siempre a las órdenes de usted.
Inflado de vanidad, el amigo del rey hizo elogios de sí mismo, y
después añadió:
—He tenido el honor de ser indicado para secretario de la Junta que se
va a formar en la frontera.
—¡Oh, amigo mío, doy a usted la enhorabuena! —manifesté sumamente
complacida y deplorando entonces haber estado algo dura con Calomarde—.
No se podía haber pensado en una persona más idónea para tan delicado
puesto.
—¿Se le ofrece a usted algo? —dijo don Tadeo, comprendiendo al punto mi
cuarto de conversión.
—Sí; pero yo acostumbro dirigirme siempre a la cabeza —afirmé
resueltamente—. Ya sabe usted que soy muy amiga del general Eguía,
presidente de la Junta.
—¡Ah! entonces...
—Sin embargo. No puedo molestar a Su Excelencia con ciertas
menudencias, tales como pedir noticias de personas, averiguar alguna
cosilla de poca monta...
—Para esto es más propio un secretario tan bien informado como yo de
todos los pormenores de la causa.
—Exactamente. Dígame usted, si lo sabe, en dónde está ahora un pícaro
de mala estofa, que se emplea en bajas cábalas del rey y tiene por
nombre José Manuel Regato.
—¡Ah! ¡Regato!... Debe andar por Andalucía con la corte. No es de mi
negociado ese caballero... ¿Qué? ¿Hay ganas de sentarle la mano?
—Por sentarle la derecha daría la izquierda.
—Pocas noticias puedo dar a usted del señor Regato. Tengo con él muy
pocas relaciones. Quizás Pipaón, que conoce a todo el mundo, pueda
indicar dónde se halla y el modo de sentarle, no una mano, sino las
dos, siempre que sea preciso.
—Y Pipaón, ¿dónde está?
—Aquí.
—¡Aquí! ¡Pipaón!... —exclamé con gozo—. Yo le dejé en la Seo muy
enfermo, y creí que había caído en poder de Mina.
—En efecto, cayó; pero él... ya usted le conoce... con su destreza y
habilidad parece que encontró por allí amigos que le favorecieron.
—Quiero verle, quiero verle al punto —dije con la mayor impaciencia—.
Deseo mucho tener noticias de la Seo y de las facciones de Cataluña.
Y entonces se realizó aquel proverbio que dice: «En nombrando al ruin
de Roma...»
Por la vidriera que daba a la huerta de la casa viose la mofletuda
cara y el pequeño cuerpo de Pipaón, que habiendo tenido noticia de
mi residencia en Irún, iba también a visitarme. Mucho nos alegramos
ambos de hallarnos juntos, y nuestras primeras palabras después de
los cordiales saludos, fueron para recordar los tristes días de la
Seo, su enfermedad y mi disgusto; y luego, por el enlace propio de
los recuerdos, que van de lo triste a lo plácido, hablamos del miedo
del arzobispo, de las casacas que usaba Mataflorida y de otras cosas
frívolas y chistosas, de esas que ocurren siempre en los días trágicos
y nunca faltan en los duelos. Después de estos desahogos, Pipaón,
tomando aquel tono burlesco que unas veces le sentaba bien y otras le
hacía muy insoportable, me dijo:
—Le traigo a usted noticias muy buenas de una persona que le interesa,
y con las noticias una cartita.