La Seo de Urgel está situada en la confluencia de dos ríos que allí
son torrentes: el Segre, originario de Puigcerdá, y el Valira, un
bullicioso y atronador joven enviado a España por la República de
Andorra. Enormes montañas la cercan por todas partes, y tres gargantas
estrechas le dan entrada por caminos que entonces solo eran a propósito
para la segura planta del mulo. Sobre la misma villa se eleva la
Ciudadela; más al norte, el Castillo; entre estas dos fortalezas el
escarpado arrabal de Castel-Ciudad, y en dirección a Andorra la torre
de Solsona. La imponente altura de estas posiciones hace muy difícil su
expugnación: es preciso andar a gatas para llegar hasta ellas.
El 29, Mina dispuso que se atacara a Castel-Ciudad. El éxito fue
desgraciado; pero el 1.º de febrero, operando simultáneamente todas
las tropas contra Castel-Ciudad, Solsona y el Castillo, se logró poner
avanzadas en puntos cuya conquista hacía muy peligrosa la resistencia
de los sitiados. Por último, el 3 de febrero, a las doce de la mañana,
las contraguerrillas del _Cojo_ y el regimiento de Murcia penetraban
en la Ciudadela, defendida por seiscientos hombres al mando de Romagosa.
Aunque no se hallaba totalmente restablecido, Salvador Monsalud volvía
tan rápidamente a su estado normal, que creyó de su deber darse
de alta en los críticos días 1.º y 2 de febrero. Además de que se
sentía regularmente ágil y fuerte, le mortificaba la idea de que se
le supusiera más encariñado con la convalecencia que con las balas.
Tomó, pues, el mando de su compañía de contraguerrillas, a las órdenes
del valiente _Cojo de Lumbier_, y fue de los primeros que tuvieron la
gloria de penetrar en la Ciudadela. Sin saber cómo, sintiose dominado
por la rabiosa exaltación guerrera que animaba a su gente. Vio los
raudales de sangre, oyó los salvajes gritos, todo ello muy acorde con
su excitado espíritu.
Cuando la turba vencedora cayó como una venganza celeste sobre los
vencidos, sintió, sí, pasajero temblor; pero sobreponiéndose a sus
sentimientos, recordó las instrucciones de Mina, y supo transmitir
las órdenes de degüello con tanta firmeza como el cirujano que ordena
la amputación. Vio pasar a cuchillo a más de doscientos hombres en la
Ciudadela, y no pestañeó; pero no pudo vencer una tristeza más honda
que todas las tristezas imaginables, cuando Seudoquis, acercándose a él
sobre charcos de sangre y entre los destrozados cuerpos, le dijo con la
misma expresión lúgubre de la tarde de los tres Roures:
—Me confirmo en mi idea, amigo Monsalud. La Constitución será vencida.
Al día siguiente, bajó a la Seo, que le pareció un sepulcro del cual
se acabara de sacar el cuerpo putrefacto. Su estrechez lóbrega y
húmeda, así como su suciedad, hacían pensar en los gusanos insaciables:
no se podía entrar en ella con ánimo sereno. Como oyera decir que
en los claustros de la catedral, convertidos en hospital, había no
pocas personas de Madrid, allá se fue creyendo encontrar algún amigo
de los muchos y diversos que tenía. Grande era el número de heridos
y enfermos; mas no vio ningún semblante conocido. En el palacio
arzobispal estaban los enfermos de más categoría. Dirigiose allá, y
apenas había dado algunos pasos en la primera sala, cuando se sintió
llamado enérgicamente.
Miró, y dos nombres sonaron:
—¡Salvador!
—¡Pipaón!
Los dos amigos de la niñez, los dos colegas de la conspiración del 19,
los dos hermanos, aunque no bien avenidos, de la gloria de las Tres
Cruces, se abrazaron con cariño. El buen Bragas, que poco antes, viendo
mal parada la causa constitucional, había corrido a la Seo a ponerse
a las órdenes de la Regencia, cual hombre previsor, padecía de un
persistente reúma que le impidió absolutamente huir a la aproximación
de las tropas liberales. Confiaba el pobrecito en las infinitas trazas
de su sutil ingenio para conseguir que no se le causara daño; y como
tuvo siempre por norte hacerse amigos, aunque fuera en el infierno,
muy mal habían de venir las cosas para que no saliese alguno entre
los soldados de Mina. A pesar de todo, estuvo con el alma en un hilo
hasta que vio aparecer la figura, por demás simpática, de su antiguo
camarada; y no pudiendo contener la alegría, le llamó, y después de
estrecharle en sus brazos con la frenética alegría del condenado que
logra salvarse, le dijo:
—¡Qué bonita campaña la vuestra...! Habéis tomado la Seo como quien
coge un nido de pájaros... Si he de ser franco contigo, me alegro... no
se podía vivir aquí con esa canalla de Regencia... Yo vine por cuenta
del gobierno constitucional a vigilar... ya tú me entiendes; y me
marchaba, cuando... ¡Qué desgraciado soy! Pero supongo que no me harán
daño alguno, ¿eh...? ¿Tienes influencia con Mina...? Dile que podré
ponerle en autos de algunas picardías que proyectan los regentes. Te
juro que diera no sé qué por ver colgado de la torre al arzobispo.
Monsalud, después de tranquilizarle, pidiole noticias de Madrid y de su
familia.
Permaneció indeciso el cortesano breve rato, y después añadió con su
habitual ligereza de lenguaje:
—¿Pero dónde te has metido? ¿Te secuestraron los facciosos? Ya me lo
suponía, y así lo dije a tu pobre madre cuando estuvo en mi casa a
preguntarme por ti. La buena señora no tenía consuelo. Se comprende.
¡No saber de ti en tanto tiempo...!
—¿Vive mi madre? —preguntó Salvador—. ¿Está buena?
—Hace algunos días que falto de Madrid y no puedo contestarte —dijo
Bragas mascullando las palabras—; pero si recibieses alguna mala
noticia, no debes sorprenderte. Tu ausencia durante tantos meses y
la horrible incertidumbre en que ha vivido tu buena madre, no son
ciertamente garantías de larga vida para ella.
—Pipaón, por Dios —dijo Monsalud con amargura—, tú me ocultas algo; tú,
por caridad, no quieres decirme todo lo que sabes. ¿Vive mi madre?
—No puedo afirmar que sí ni que no.
—¿Cuándo la has visto?
—Hace cuatro meses.
—¿Y entonces estaba buena?
—Así, así...
—Y Sola, ¿estaba buena?
—Así, así. Las dos tan apesadumbradas, que daba pena verlas.
—¿Seguían viviendo en el Prado?
—No: volvieron a la calle de Coloreros... Comprendo tu ansiedad. Si no
hubiera huido con la Regencia una persona que se toma interés por ti,
que te nombra con frecuencia y que hace poco ha llegado de Madrid...
—¿Quién?
—Jenara.
—¿Ha estado aquí...? No me dices nada que no me abrume, Pipaón.
—Marchó con el arzobispo y Mataflorida. ¡Qué guapa está! Y conspira
que es un primor. Solo ella se atrevería a meterse en Madrid, llevando
mensajes de esta gente de la frontera, como hizo en la primavera
pasada, y volver locos a los ministros y a la camarilla... Pero te has
turbado al oír su nombre... Ya, ya sé que os queréis bien. Ella misma
ha dejado comprender ciertas cosas... ¡Cuánto ha padecido por arrancar
de la facción a un sujeto secuestrado en Benabarre! Ese hombre eres tú.
Bien claro me lo ha dado a entender ella con sus suspiros siempre que
te nombraba, y tú con esa palidez teatral que tienes desde que hablamos
de ella. Amiguito, bien, bravo; mozas de tal calidad bien valen seis
meses de prisión. A doce me condenaría yo por haber gustado esa miel
hiblea.
Y prorrumpió en alegres risas, sin que el otro participase de su
jovialidad. Reclinado en la cama del enfermo, la cabeza apoyada en la
mano, Monsalud parecía la imagen de la meditación. Después de larga
pausa, volvió a anudar el hilo del interrumpido coloquio, diciendo:
—¿Conque ha estado aquí hace poco?
—Sí. ¿Ves esta cinta encarnada que tengo en el brazo...? Ella me la
puso para sujetarme la manga que me molestaba. Si quieres este recuerdo
suyo, te lo puedo ceder en cambio de la protección que me dispensas
ahora.
Salvador miró la cinta; pero no hizo movimiento alguno para tomarla, ni
dijo nada sobre aquel amoroso tema.
—¿Y dices que hizo esfuerzos por rescatarme? —preguntó.
—Sí... ¡pobre mujer! Se me figura que te amó grandemente; pero acá
para entre los dos, no creo que la primera virtud de Jenara sea la
constancia... Si tanto empeño tenía por salvarte, ¿por qué no te salvó,
siendo, como era, amiga de Mataflorida, del arzobispo y del barón?
Con tomar una orden de la Regencia y dirigirse al interior del país
dominado por los arcángeles de la fe, bastaba... Pero no había quien la
decidiera a dar este paso, y antes que meterse entre guerrilleros, me
dijo una vez que prefería morir.
—Y ¿crees tú que ella podría darme noticias de mi familia?
—Se me figura que sí —dijo Pipaón poniendo semblante compungido—. Yo
le oí ciertas cosas... No será malo, querido amigo, que te dispongas a
recibir alguna mala noticia.
—Dímela de una vez, y no me atormentes con medias palabras —manifestó
Salvador ansioso.
—De este mundo miserable —añadió Bragas con una gravedad que no le
sentaba bien—, ¿qué puede esperarse más que penas?
—¡Ya lo sé! Jamás he esperado otra cosa.
—Pues bien... Yo te tengo por un hombre valiente... ¿Para qué andar con
rodeos y palabrillas?
—Es verdad.
—Si al fin había de suceder; si al fin habías de apurar este cáliz
de amargura... ¡Ah, mi querido amigo, siento ser mensajero de esta
tristísima nueva!
—¡Oh, Dios mío, lo comprendo ya! —exclamó Salvador ocultando su rostro
entre las temblorosas manos.
—¡Tu madre ha muerto! —dijo Pipaón.
—¡Oh, bien me lo decía el corazón! —balbució el huérfano traspasado de
dolor—. ¡Madre querida, yo te he matado!
Durante largo rato lloró amargamente.
_Creyendo ahora oportuno no trabajar más por cuenta propia, vuelve el
autor a utilizar el manuscrito de la señora en su segunda pieza, que
concuerda cronológicamente con el punto en que se ha suspendido el
anterior relato._
_Los lectores perdonarán esta larga incrustación ripiosa, tan inferior
a lo escrito por la hermosa mano y pensado por el agudo entendimiento
de la señora. Pero como la seguridad del edificio de esta historia
lo hacía necesario, el autor ha metido su tosco ladrillo entre el
fino mármol de la gentil dama alavesa. El segundo fragmento lleva por
título_ De París a Cádiz, _y a la letra dice así:_
X
A fines de diciembre del 22, tuve que huir precipitadamente de la
Seo, que amenazaba el cabecilla Mina. No es fácil salir con pena de
la Seo. Aquel pueblo es horrible, y todo el que vive dentro de él se
siente amortajado. Mataflorida salió antes que nadie, trémulo y lleno
de zozobra. No podré olvidar nunca la figura del arzobispo, montado a
mujeriegas en un mulo, apoyando una mano en el arzón delantero y otra
en el de atrás, y con la teja sujeta con un pañuelo para que no se la
arrancase el fuerte viento que soplaba. Es sensible que no pueda una
dejar de reírse en circunstancias tristes y luctuosas, y que a veces
las personas más dignas de veneración por su estado religioso, exciten
la hilaridad. Conozco que es pecado y lo confieso; pero ello es que yo
no podía tener la risa.
Nos reunimos todos en Tolosa de Francia. Resolví entonces no mezclarme
más en asuntos de la Regencia. Jamás he visto un desconcierto
semejante. Muchos españoles emigrados, viendo cercana la intervención
(precipitada por las altaneras contestaciones de San Miguel), temblaban
ante la idea de que se estableciese un absolutismo fanático y vengador,
y suspiraban por una transacción, interpretando el pensamiento de Luis
XVIII. Pero no había quien apease a Mataflorida de su borrica, o sea
de su idea de restablecer las cosas _en el propio ser y estado que
tuvieron_ desde el 10 de mayo de 1814 hasta el 7 de marzo de 1820.
Balmaseda le apoyaba, y don Jaime Creux (el gran jinete de quien antes
he hablado) era partidario también del absolutismo puro y sin mancha
alguna de Cámaras ni camarines. El barón de Eroles y Eguía se oponían
furiosamente a esta salutífera idea de sus compañeros.
Mi amigo, el general de la coleta (ya separado de la pastelera de
Bayona), quería destituir a la Regencia y prender a Mataflorida y al
arzobispo. Mataflorida, fuerte con las instrucciones reservadísimas
de Su Majestad, que yo y otros emisarios le habíamos traído, seguía
en sus trece. La junta de Cataluña, los apostólicos de Galicia, la
junta de Navarra, los obispos emigrados enviaban representaciones
a Luis XVIII para que reconociese a la Regencia de Urgel, mientras
la Regencia misma, echándosela de soberana, enviaba una especie de
plenipotenciarios de figurón a los soberanos de Europa.
Nada de esto hizo efecto, y la corte de Francia, conforme con Eguía y
el barón de Eroles, puso a la Regencia cara de hereje. Por desgracia
para la causa real, Ugarte había sido quitado de la escena política,
y todo el negocio, como puede suponerse, andaba en manos muy ineptas.
Allí era de ver la rabia de Mataflorida, que alegaba en su favor las
órdenes terminantes del rey; pero nada de esto valía, porque los otros
también mostraban cartas y mandatos reales. Fernando jugaba con todos
los dados a la vez. Su voluntad, ¿quién podía saberla?
Entre tanto, todo se volvía recados misteriosos de Tolosa a París y
a Madrid y a Verona. Eguía se carteaba con el duque de Montmorency,
ministro de Estado en Francia, y Mataflorida con Chateaubriand. Cuando
este sustituyó a Montmorency en el ministerio, nuestro marqués vio el
cielo abierto, por ser el vizconde de los que con más ahínco habían
sostenido en Verona la necesidad de volver del revés las instituciones
españolas. Necesitando negociar con él, y no queriendo apartarse de la
frontera de España por temor a las intrigas de Eguía y del barón de
Eroles, me rogó que le sirviese de mensajero, a lo que accedí gustosa,
porque me agradaban, ¿a qué negarlo?, aquellos graciosos manejos de
la diplomacia menuda, y el continuo zarandeo, y el trabar relaciones
con personajes eminentes, príncipes y hasta soberanos reinantes. Yo,
dicho sea sin perjuicio de la modestia, había mostrado regular destreza
para tales tratos, así como para componer hábilmente una intriga; y
el hábito de ocuparme en ello había despertado en mí lo que puede
llamarse el amor al arte. Mi belleza, y cierta magia que, según dicen,
tuve, contribuían no poco entonces al éxito de lo que yo nombraba
plenipotencias de abanico.
Tomé, pues, mis credenciales, y partí para París con mi doncella y
dos criados excelentes que me proporcionó Mataflorida. Estaba en mis
glorias. Felizmente yo hablaba el francés con bastante soltura, y tenía
en tan alto grado la facultad de adaptación, que a medida que pasaba
de Tolosa a Agen, de Agen a Poitiers, de Poitiers a Tours y a París,
parecíame que me iba volviendo francesa en maneras, en traje, en figura
y hasta en el modo de pensar.
Llegué a la gran ciudad ya muy adelantado febrero. Tomé habitación
en la calle del Bac, y después de destinar dos días a recorrer las
tiendas del Palais Royal y a entablar algunas relaciones con modistas y
joyeros, pedí una audiencia al señor ministro de Negocios Exteriores.
Él, que ya tenía noticia de mi llegada, enviome uno de sus secretarios,
dignándose al mismo tiempo ofrecerme un billete para presenciar la
apertura de las tareas legislativas en el Louvre.
Mucho me holgué de esto, y dispúseme a asistir a tan brillante
ceremonia, en la cual debía leer su discurso el rey Luis XVIII,
y presentarse de corte todos los grandes dignatarios de aquella
fastuosa monarquía. Confieso que jamás he visto ceremonia que más me
impresionase. ¡Qué solemnidad, qué grandeza y lujo! El puesto en que me
colocaron los ujieres no era el más cómodo; pero vi perfectamente todo,
y la admiración y arrobamiento de mi espíritu no me permitían atender a
las molestias.
La presencia del anciano rey me causó sensación muy viva. Aclamáronle
ruidosamente cuando apareció en el gran salón, y en realidad inspiraba
entusiasmo y afecto. Bien puede decirse que pocos reyes han existido
más simpáticos ni más dignos de ser amados. Luis XVIII tomó asiento
en un trono sombreado con rico dosel de terciopelo carmesí. Los altos
dignatarios se colocaron en pie en los escaños alfombrados. No se verá
en parte alguna nada más grave ni más imponente y suntuoso.
Su Majestad Cristianísima empezó a leer. ¡Qué voz tan dulce, qué acento
tan patético! A cada párrafo era interrumpido por vivas exclamaciones.
Yo lloraba y atendía con toda mi alma. Se me grabaron profundamente
en la memoria aquellas célebres palabras: «He mandado retirar mi
embajador. Cien mil franceses mandados por un príncipe de mi familia,
por aquel a quien mi corazón se complace en llamar hijo, están a punto
de marchar invocando al Dios de San Luis para conservar el trono de
España a un descendiente de Enrique IV, para librar a aquel hermoso
reino de su ruina y reconciliarlo con Europa.»
Ruidosos y entusiastas vítores manifestaron cuánto entusiasmaba a todos
los franceses allí presentes la intervención. Yo, aunque española,
comprendía la justicia y necesidad de esta medida. Así es que dije para
mí pensando en mis paisanos:
—Ahora veréis, brutos, cómo andáis bien derechos.
Pero el bondadoso Luis XVIII siguió diciendo cosas altamente
patrióticas solo bajo el punto de vista francés, y ya aquello no me
gustaba tanto; porque, en fin, empecé a comprender que nos trataban
como a un hato de carneros. He sido siempre de una volubilidad
extraordinaria en mis ideas, las cuales varían al compás de los
sentimientos que agitan mi alma. Así es que de pronto, y sin saber
cómo, se enfrió un poco mi entusiasmo; y cuando Luis dijo con altanero
acento y entre atronadores aplausos aquello de _Somos franceses,
señores_, sentí oprimido mi corazón; sentí que corría por mis venas
rápido fuego, y pensando en la intervención, dije para mí:
«No hay que echar mucha facha todavía, amiguitos. _Españoles somos,
señores._»
Pero no puedo negar que la pompa de aquella corte, la seriedad y
grandeza de la asamblea, acorde con su rey y existente con él sin
estorbarse el uno a la otra, hicieron grande impresión en mi espíritu.
Me acordaba de las discordias infecundas de mi país, y entonces sentía
pena.
«Allá —pensé— tenemos demasiadas Cortes para el rey, y demasiado rey
para las Cortes.»
El día siguiente, 1.º de marzo, era el señalado por Chateaubriand para
recibirme. Vivísimos deseos de verle tenía yo, por dos motivos: por mi
comisión, y porque había leído la _Atala_ poco antes, hallando en su
lectura intenso deleite. No sé por qué me figuraba al vizconde como una
especie de _triste Chactas_, de tal modo que no podía pensar en él sin
traer a la memoria la célebre canción.
Pero todo cambió cuando entré en el ministerio y en el despacho del
célebre escritor, que llenaba el mundo con su nombre y había divulgado
la manía de los bosques de América, el sentimentalismo católico y las
tristezas quejumbrosas a lo René. Vestía de gran uniforme. Su semblante
pálido y hermoso no tenía más defecto que el estudiado desorden de los
cabellos, que asemejaban su cabeza a una de esas testas de aldeano en
cuya selvática espesura jamás ha entrado el peine. En sus ojos brillaba
un mirar vivo y penetrante, que me obligaba a bajar los míos. Pareciome
bastante decaído, aunque su edad no pasara entonces de los cincuenta
y dos años. Su exquisita urbanidad era algo finchada y fría. Sonreía
ligeramente y pocas veces, contrayendo los casi imperceptibles pliegues
de su boca de mármol; pero fruncía con frecuencia el ceño, como una
maña adquirida por la costumbre de creer que cuanto veía era inferior a
la majestad de su persona.
Entendí que la presencia de la diplomática española le había causado
sorpresa. Sin duda creía ver en mí una _maja_ de esas que, conforme él
dice en uno de sus libros, se alimentan con una bellota, una aceituna
o un higo. Debió admirarle mi intachable vestido francés, y la falta
de aquella gravedad española, que consiste, según ellos, en hablar
campanudamente y con altanería. En sus miradas creí sorprender una
curiosidad reparona, algo impropia de hombre tan fino. Pareciome que
miraba si había yo llevado el rosario para rezar en su presencia, o
alguna guitarra para tocar y cantar mientras durase el largo plazo de
la antesala. En sus primeras palabras advertí marcado deseo de llevarme
al terreno literario, porque empezó hablando de lo mucho que admiraba a
mi país, y del Romancero del Cid, asunto que no vino muy de molde.
Viéndole en tan buen terreno, y considerando cuánto debía agradarle la
lisonja, me afirmé en el terreno literario y le hablé de su universal
fama, así como del gran eco de Chateaubriand por todo el orbe. Él me
contestó con frases de modestia tan ingeniosas y bien perfiladas, que
la modestia misma no las hubiera conocido por suyas. Preguntome si
había leído el _Genio del Cristianismo_, y le contesté al punto que
sí y que me entusiasmaba, aunque la verdad era que hasta entonces no
había ni siquiera hojeado tal libro; mas recordando algunos pasajes de
los _Mártires_, le hablé de esta obra y de la gran impresión que en mí
produjera. Pareció maravillado de que una dama española supiera leer,
y me dirigió galanterías del más delicado gusto. Por mi belleza y mis
gracias materiales, yo no debía ser de palo para el vizconde. Después
supe que con cincuenta y dos años a la espalda aún se creía bastante
joven para el galanteo, y amaba a cierta artista inglesa con el furor
de un colegial.